Por Iliá Krámnik
La guerra civil en Siria incluye no poca información sobre cómo cambia el carácter de las acciones de guerra en el mundo contemporáneo. La guerra de información con métodos no tradicionales de lucha determina la imagen de los conflictos en muchos puntos calientes del planeta. Rusia puede enfrentarse con estas amenazas ya en las próximas décadas.
Las raíces del problema
El carácter laico del Gobierno sirio condiciona la construcción de las estructuras de poder: el “régimen oficial” de los Asad, que es un gobierno clásico autocrático militar, no tiene la intención de compartir el poder con las autoridades religiosas. Por una parte, esto aseguró que fuera un estado bastante progresista, la tecnocracia bastante tradicional para la mayoría de las dictaduras militares, permitió hacer de Siria uno de los países más desarrollados del mundo árabe, desarrollando activamente la industria nacional, tanto la ligera y la agroindustrial, como la bastante compleja de producción electrotécnica, la industria química, la producción de ciertos tipos de armamentos, etc.
Por otra parte, el mismo carácter del Gobierno, en un país con una población islámica mayoritaria, creaba conocidos “puntos de tensión”. En las ciudades más grandes, Damasco, Alepo, Homs, tradicionalmente tolerantes desde el punto de vista religioso y con la mayor parte de la población cristiana, estas fricciones se notaban menos, pero en las provincias comenzaron los problemas, los cuales profundizaron las diferencias confesionales. Desde el inicio de los años sesenta, Siria está gobernada por los representantes del partido del renacimiento socialista árabe, Baas, una gran parte de la élite del cual está formada por alauitas, una rama de la parte chií del Islam. Hafez Asad, líder de Siria entre los años 1970 al 2000 y su hijo, el presidente Bashar Asad, también son alauitas. La mayoría de la población de Siria, en cambio, son musulmanes sunitas.
Uno de los enfrentamientos más intensos, vagamente similar al actual, fue el levantamiento islamista de Siria de los años 1976 al 1982, el momento álgido del cual fue el asalto por el ejército sirio a la ciudad de Hama. Entonces murieron varios miles de personas. Con la toma de la ciudad y la eliminación de los líderes del movimiento Hermanos Musulmanes se terminó el levantamiento, pero las raíces del problema quedaron latentes.
Las advertencias sirias
La segunda vez que se puso en juego “la carta sunita” fue durante la “primavera árabe” y por parte de las monarquías del Golfo con el apoyo organizativo e informático de Turquía y los gobiernos occidentales más avanzados. Los disturbios en Siria, que comenzaron con protestas contra la estructura socio-política del país y la dirección de los Asad, rápidamente adquirieron un carácter religioso. Los movimientos islamistas radicales se hicieron con el liderazgo de varios grupos opositores armados.
Hoy día, estos grupos, y sobre todo el Frente al Nusra y otros similares, forman la principal fuerza de choque de los insurgentes que llevan a cabo acciones militares, incluso a pesar de que Occidente rechazó la idea de una intervención militar directa contra Siria. La principal fuerza motora de estos grupos, en opinión de una serie de expertos, es la exportación del islamismo radical de Arabia Saudí y de una serie de países árabes aliados de EEUU, los cuales, de esta manera, lanzan al mundo exterior sus contradicciones internas provocadas por la colaboración con EEUU, inaceptable en las calles del mundo árabe.
Un factor clave en la campaña antisiria fue la guerra informativa lanzada por las monarquías del Golfo y Occidente, el objetivo de la cual fue acusar a Bashar Asad y al ejército sirio de llevar a cabo una guerra contra su propio pueblo. El momento más alto de esta guerra fueron las falsificaciones relacionadas con el supuesto uso de armas químicas por el ejército sirio.
Junto a las acusaciones “químicas”, se promovieron activamente acusaciones de destruir intencionalmente barrios residenciales y poblaciones completas, del asesinato de ciudadanos pacíficos y otros crímenes de guerra. Estas acusaciones se convirtieron en la excusa formal para preparar una operación militar por parte de Occidente.
Siria supo resistir este golpe, aunque es evidente que la derrota definitiva de las bandas armadas es un asunto de varios meses. Uno de los aspectos más importantes fue el apoyo de Rusia, cuya posición política obligó a Occidente a suspender la operación planificada y su posición militar permitió apoyar la capacidad del ejército sirio. No menos importante fue el apoyo informativo de los medios de comunicación rusos, en primer lugar, el canal de televisión Russia Today, que supo hacer llegar a los espectadores occidentales una información alternativa sobre lo que estaba ocurriendo, disminuyendo significativamente el nivel de apoyo a una operación militar, sobre todo con el trasfondo de la crisis económica.
Sin embargo, la amenaza del desarrollo del conflicto con este mismo trasfondo existe también en Rusia. Los grupos radicales islámicos actúan en todas las regiones islámicas de Rusia y fuera de sus fronteras, por ejemplo, el reclutamiento de partidarios en Moscú y otras ciudades y regiones con una población musulmana significativa, tanto de nativos, como de recién llegados o inmigrantes. Este tipo de epidemia de fanatismo del “Islam puro” resulta muy atractivo para los neófitos que no tienen ninguna experiencia espiritual seria en medio de los problemas sociales y económicos actuales.
Hay que tener en cuenta que el caso del empeoramiento de la situación en Rusia tiene todas las probabilidades de ser sometido a una demonización en los medios de comunicación occidentales no menor que la de Siria, y el bloqueo informativo puede ser mucho más estricto.
Todavía más amenazados están los gobiernos de Asia Central. Rusia, que recibe anualmente a decenas de miles de inmigrantes de las antiguas repúblicas centroasiáticas soviéticas y que tiene sus propios intereses en esta región, debe tener en cuenta la probabilidad de que se desate un conflicto en esta región. En este caso, las acciones activas por parte de Rusia provocarán inevitablemente contramedidas informativas serias, lo que exigirá prestar mucha atención a la preparación oportuna de la información pertinente.
Es evidente que las diferencias de Rusia, tanto con Occidente como con los países del golfo Pérsico, complican adicionalmente la situación, asegurando a los movimientos potenciales islamistas un apoyo externo. Una herramienta clave de la lucha en estas condiciones no es el fortalecimiento del ejército, como no perder el control de la situación. Las contramedidas en las regiones conflictivas deben realizarse desde el mismo inicio del conflicto, con medidas sociales e informativas, y en las etapas iniciales, con operaciones de tropas especiales contra los líderes de los rebeldes. Además, el uso de soluciones militares estaría justificado también contra las bases extranjeras y los líderes que se encuentren allá, una buena experiencia de esto ya la tiene Rusia con la liquidación en Qatar de Zelimkhan Yandarbiev.