Por José Luis Ontiveros*
Estoy cansado, no sé si ello procure salvación para el alma o sea un remedio del cuerpo. Quizá en estas tierras inmensas, uno crea que el alma puede conducir y levantarse pero yo me siento como el VI Ejército en Stalingrado. Aquel del que se dijera “¡El VI Ejército ha muerto para que Alemania viva!” O si lo que escribo es literariamente qué… Estas letras están ateridas y desoladas.
El viaje a Chiatén la ciudad mítica donde hizo erupción un volcán y sus habitantes se negaron a abandonarla, pese a las presiones oficialistas tiene un tanto ese tono alpino de Bariloche.
Cruzando el lago, desde Bariloche, llegaría a Puerto Mont en Chile, pero de ahí a Chaitén le faltan muchas horas, así que tomé tres autobuses para llegar en más de 16 horas a esta ciudad chilena. Me faltan 150 kms. hacia el sur.
Los puestos de carabineros dan confianza. Les daré mi cartografía para que sepan dónde ando. Mas ya avanzo sobre el fiordo y la “Montaña mágica” que deslumbrara a Don Miguel Serrano, en 1947, en su viaje a la Antártida y que emprendiera en 1982 con el célebre historiador Erwin Robertson, en la perspectiva de una avioneta.
Para este momento ya nada me importa. Veo lo que necesito con minuciosidad. Estoy en un chalet de esta villa. Nada de lo humano me interesa, estoy en una situación de desprendimiento zen, hasta sentir si los signos no son otra forma del engaño. De manera inusual no cabe en mí lo superfluo, eso sí me interesa cortarme las uñas de los pies, que era una marca de honorabilidad entre los samuráis si perecían en el combate.
Yo no voy a una batalla contra enemigos externos, voy a un combate contra mí mismo y siento miedo. Por un tiempo no tendré ningún medio de comunicarme con nadie, Sólo estaré con Allah. Ello me basta.
Hubiera querido teorizar sobre las figuras de Jünger en cuanto el guerrero, el trabajador, el emboscado y yo le agregaría el peregrino. O escribir sobre los Wandervögel, los viajeros y amantes del cielo libre desde Guillermo II hasta el III Reich.
Ya escribiré sobre ello, y más si mis nudillos están helados. Hay una lluvia constante y un paisaje umbrío. He admirado a Kipling, a London, y a otros más. Voy a un territorio inabarcable y en donde he de encontrar el sí de mí mismo, sinceridad del Yo profundo, el descartamiento de lo que ha sido mi vida en parte: fatuidad y orgullo. Mas sin orgullo no habría presentado armas por decirlo así en la Italia de plomo ni antes en la DFS (Dirección Federal de Seguridad), pero la fatuidad ha sido imposible de evitar, por lo menos en lo escritural, negado una y otra vez, yo tenía que subir la montaña, ahora ya está la prueba, en muchos días mi sueño será bajo las estrellas y en la radiante luz de la fogata. ¿Llegaré a dónde me propongo?
Hoy todo eso de haber sido el lic. Ontiveros, el que las podía, al que se le cuadraban. Ese que se había olvidado de sí mismo, el que se odiaba, el pazzo, me parecen trucos. Ante mí la noche, el frío, la lluvia; la verdad.
Lo que narro en nada se compara con quienes han sufrido un alto costo por su empuje vital, mas el destino toca a la puerta, será esta maltrecha y pequeña o amplia y dorada, siguen siendo el destino y hoy oigo sus sonidos.
No sé si seré uno de los locos que require tanto esta sociedad, un hombre que puede exponerse a “Vivir peligrosamente”. Y entonces tomo la mochila y canto los himnos, sobre mí la sombra densa de la montaña, que se despeja, por el canto, sólo por el canto.
*Analista y escritor. (México)