
Las últimas semanas del procés, tan agitadas, no han servido para que se incremente el apoyo a la independencia en Cataluña. Ha sucedido al contrario: sólo un tercio de catalanes (un 33,5%) son ahora partidarios de la secesión, según una encuesta de Sigma Dos para EL MUNDO.
Los encuestados en Cataluña expresan claramente su deseo de continuar en España si se les hace una pregunta binaria, como la que los independentistas desean plantear en un referéndum. Frente al tercio que querrían la ruptura, un58,3% dice que es favorable a que Cataluña siga con el estatus actual, y un 8,1% no se pronuncia.
En el último estudio del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat, de julio, los independentistas eran menos que los no independentistas, pero la diferencia se ha ensanchado de forma sensible. En ese sondeo, el 41,1% de los catalanes era favorable a la secesión, frente al 49,9% que se oponía.

Entre el total de españoles, los partidarios de la independencia de Cataluña son, como es lógico, muchos menos. Fuera de la comunidad autónoma hay un 10,6% de ciudadanos partidarios de esa secesión, frente al 84,6% contrario. En conjunto, un 80,4% no quiere que Cataluña se independice y un 14,2% sí.
Hay más partidarios de un referéndum
Pero una cosa es estar contra la independencia y otra estar contra un referéndum. La encuesta de Sigma Dos detecta un cambio importante en este sentido: por primera vez, en el conjunto de España hay más partidarios de que se realice una consulta "legal y pactada con el Gobierno de España" (un 57,4%) que contrarios (un 37,9%).
El sondeo, realizado entre el 23 y el 26 de octubre -un día antes de que el Parlament proclamara una independencia unilateral que no está teniendo repercusión real en la calle- detecta que entre los catalanes esa opción concita un amplio apoyo (un 75,6% lo quiere, frente al 19% que no), pero también es mayoritaria en el resto del país. Un 54% de los ciudadanos de otras comunidades españolas son partidarios de ese referéndum "legal y pactado", frente al 41,4% que está en contra y el 4,6% que no se pronuncia.
En cualquier caso, ni los catalanes ni el resto de españoles creen que el procés vaya a desembocar en la independencia. Entre los catalanes es más alto el porcentaje de los que dan "alguna posibilidad" a la secesión (el 36,6%), pero son muchos menos que los que piensan que en ningún caso se producirá (el 55,8%). En el conjunto de españoles, el 22,6% da alguna opción a la independencia y el 71,5% no.
Y si Cataluña continúa finalmente dentro de España ese final no desagradará, mayoritariamente, ni a unos ni a otros. Sólo un 24,9% de los catalanes quiere que el procés acabe con una Cataluña independiente, frente al 33,8% que preferiría más autogobierno o el 19,3% que se inclina por la situación actual.
Un 27,3%, recortaría competencias
Si se les pregunta a todos los españoles, la opción de mantener las cosas como están es la preferida (un 32% de los encuestados la elige), frente al 27,3% que querría recortar competencias a la comunidad y al 20,1% que estaría dispuesto a que Cataluña tuviera más autogobierno.
Las cifras se igualan si se pregunta a la gente si tiene miedo de que la situación en Cataluña derive en situaciones de violencia. Un 60% de catalanes (y el 63,3% del conjunto de españoles) lo temen, frente al 37,5% de ciudadanos de la comunidad (y el 34,6% del total) a los que no asusta esa posibilidad.
EL 60% DE CATALANES TEME QUE HAYA VIOLENCIA
La encuesta de Sigma Dos detecta cifras similares, independientemente de la comunidad de residencia, si se pregunta a la gente si tiene miedo de que el escenario político en Cataluña derive en situaciones de violencia. Un 60% de catalanes (y el 63,3% del conjunto de españoles) lo temen, frente al 37,5% de ciudadanos de la comunidad (y el 34,6% del total) a los que no asusta esa posibilidad. Se trata de una de las obsesiones de los dirigentes independentistas, que han hecho múltiples llamamientos en ese sentido.
El 58% de los catalanes cree que el 'procés' es ilegal y la actuación de los Mossos no convence ni en Cataluña
Ni los propios catalanes dan cobertura al proceso impulsado por Carles Puigdemont, que el viernes desembocó en una declaración de independencia en el Parlament. Muy lejos de ese supuesto 50% de la población favorable a que Cataluña sea una nación, la encuesta de Sigma Dos para EL MUNDO refleja que sólo el 29% considera que la Generalitat está actuando de manera legal en su intento de abandonar España. Hasta un 58% piensan que el procedimiento escogido es ilegal.
Entre quienes así se manifiestan hay de votantes de Junts pel Sí, la coalición del PDeCAT y ERC, a la que se sumaron representantes del universo social independentista. El 25% de los que les respaldaron en los comicios de 2015 asume que el cauce elegido está fuera de la ley. En cambio, para el 66%, es totalmente lícito. Hasta en el electorado de la CUP se vislumbra esta fractura: el 21% opina que el comportamiento de la Generalitat es ilegítimo mientras que el 78% lo apoya sin ambages.
También en los votantes del PSC aparece cierta divergencia: el 10% sostiene que el camino emprendido por la Generalitat es legal.
Las discrepancias son patentes también en el criterio sobre el referéndum soberanista del 1-O. A pesar de que el 58% de los catalanes defiende que el procés es ilegítimo, un porcentaje similar (56%) opina que la consulta sobre la independencia debería haberse permitido. Sólo un 38% cree que no. Este resulte conecta con ese mensaje sostenido por los independentistas hasta la extenuación de que votar, aunque sea sobre la separación de Cataluña de España, es algo democrático e impedirlo únicamente una cerrazón. Esto se percibe en el respaldo que un grueso de votantes del PSC (38%), del PSOE (18%) y de Ciudadanos (21% en Cataluña y 14% en el resto de España) dan a la realización y autorización del referéndum.
Pese al amparo que Unidos Podemos dio a la movilización del 1-O el 33% de sus votantes (el 27% en Cataluña) se declara contrario a la consulta.
El papel de los Mossos, cuestionado

Por otra parte, la encuesta de Sigma Dos refleja que la actuación de los Mossos d'Esquadra en las últimas semanas, su pasividad en el referéndum del 1-O, su tardanza en auxiliar a la Policía y la Guardia Civil en las operaciones para desactivar la logística de la consulta no acaban de convencer a los ciudadanos catalanes. En torno a ellos pivota una enorme controversia. Sólo un 38% aprueba su gestión el día de la supuesta consulta independentista. Los aplausos que recibieron en algunos municipios no son unánimes. Un 18% de los encuestados considera que su trabajo ese día estuvo muy mal; un 17% lo califica de mal y un 21% de regular. En cambio para un 11% se comportaron muy bien y para un 14%, bien.
A pesar de esta fragmentación de opiniones, los resultados del sondeo permiten apuntar que los Mossos gozan de más reconocimiento entre los votantes del bloque independentista que entre los votantes del llamado constitucionalista. Pero, de nuevo se constata, que nada en la opinión de los electores catalanes es homogéneo. El 16% de quienes en 2015 votaron a la CUP mantiene que su actuación fue mala y el 18% que regular. También este calificativo se lo da el 21% de los votantes de Junts pel Sí. Y paradójicamente el 12% de quienes en las últimas elecciones optaron tanto por el PP como por el PSC consideran que la labor de los agentes estuvo bien.
En el resto de España las cifras se disparan. Para el 56% la labor que desarrollaron fue mala o muy mala. El respaldo fuera de Cataluña es para la Policía y la Guardia Civil, a pesar de que en algunos casos se utilizó la fuerza para impedir que se votara. Para el 58% de los españoles su actitud el 1-O fue buena o muy buena. Sólo un 24% les penaliza y apunta que actuaron muy mal o mal.
En Cataluña sucede al contrario. Hasta un 58% tacha como malo o muy malo el comportamiento de las Fuerzas de Seguridad del Estado. El 24% lo respalda. Casi las mismas cifras pero cambiadas. Apoyo en España y despego en Cataluña, hasta por parte de los votantes de PP, PSOE y Ciudadanos.
Oriol Soler toca a rebato entre medios afines para salvar el independentismo
En las horas clave para la independencia de Cataluña, cuando no estaba claro si el Govern mostraría resistencia el lunes al 155 o si entregaría las llaves como apunta el relevo tranquilo en los Mossos, Oriol Soler, considerado uno de los cerebros en la sombra del 'procés', ha multiplicado sus contactos. Ayer por la tarde convocó una reunión coneminentes periodistas del entorno independentista. La cita se celebró de forma discreta en la sede de la Fundación Bofill, cuya entrada está presidida por un cartel que pide la libertad para 'los Jordis'. Y llega justocuando ERC y PDeCAT se plantean ir a las elecciones convocadas por Rajoy pero temen ser acusados por el ala más dura del independentismo.
Oriol Soler es para muchos en Cataluña la mano que mece la cuna del independentismo. O una de las manos. Empresario, fundador del diario 'Ara', está vinculado a la productora Batabat, la que realizó el vídeo de 'Help Catalonia'. Pertenece a lo que se conoce como el 'estado mayor', un núcleo duro del Govern de Puigdemont junto a actores relevantes del independentismo que, según 'La Vanguardia', se reunió por última vez el martes pasado.
Allí se reúnen la ANC, Òmnium, Artur Mas, los consejeros más próximos a Puigdemont... Y Soler es de las pocas personas con capacidad para ejercer de nexo de unión en el tortuoso mundo independentista. A él se le atribuye la fallida campaña para retirar 155 euros de los bancos catalanes cuando las entidades financieras comenzaron a trasladar sus sedes. En un reportaje de TV3 con interioridades del 1-O, Soler aparece junto a Junqueras, Jordi Cuixart y Marta Pascal debatiendo en la intimidad detalles del referéndum. Sale de espaldas —dicen que huye de los focos—, pero no hay duda de que es él. También hay quien dice que bajo ese aura de personaje misterioso, ahora se le achacan más medallas de las que en realidad tiene.
Sobre las seis de la tarde comenzaron a llegar a la Fundación Bofill algunos de los periodistas más influyentes del entorno independentista citados por Soler. Allí estaba Mònica Terribas, presentadora estrella de Catalunya Radio, la radio pública catalana. El Gobierno de Mariano Rajoy amagó con intervenir los medios de comunicación autonómicos, pero al final desistió. Terribas fue denunciada por un grupo de guardias civiles que la acusaban de “favorecer actuaciones contra el orden público”, pero el Consejo Audiovisual de Cataluña avaló su actuación. Catalunya Radio ha sido en los últimos días objeto de ataques por parte de ultraderechistas.
También acudió Toni Soler, productor de 'Polònia', un programa de humor en la televisión pública autonómica, columnista de 'Ara' e influyentes opinador en redes. Su productora está entre las principales contratistas de TV3, según 'El Mundo'.
Suyo fue el artículo que Borrell citó en la manifestación del domingocomo ejemplo de siembra de odio. Hablando sobre las elecciones del 21-D, Soler escribió: “El bloque unionista se lanzará como los buitres se abalanzan sobre un cadáver”. “¿Cómo se puede tener tan poco cerebro y tan poco respeto para decir estas cosas?”, preguntó Borrell. Soler contestó a través de Twitter. “Yo jamás habría escrito tenemos que tener cuidado, pedazo de analfabeto. Si me vas a citar, cítame bien”.
Oriol Soler no quiso comentar la noticia y este diario intentó anoche obtener la versión de Terribas y de Soler a través del gabinete de prensa de la Corporación Catalana de Medios de Comunicación Audiovisuales (que engloba a TV3 y Catalunya Radio), pero no fue posible.
Había más periodistas respetados, como Ferran Casas, subdirector de 'Nació digital' y presidente del grupo de periodistas Ramon Barnils de promoción de la lengua y la cultura catalana. Y representantes de 'Vilaweb' y 'El Nacional', según fuentes conocedoras del encuentro. Alguno de los presentes no quisieron comentar la reunión, alegando que era un simple encuentro 'off the record', y otros no contestaron a los mensajes de este diario.
Aunque los medios tradicionales como 'El Periódico' y 'La Vanguardia' se han alejado del independentismo y son muy duros con el 'procés' —incluso 'Ara' pidió que no hubiera DUI—, una miríada de diarios digitalesy de opinadores mantienen viva la llama.
La reunión se prolongó unas dos horas y llega en un momento en que el independentismo se debate entre si debe ir o no a las elecciones autonómicas convocadas por el Gobierno de Rajoy al amparo del artículo 155, habiendo visto cómo los Mossos asumían inmediatamente el mando de Interior, retiraban la escolta a los consejeros y la foto de Puigdemont de las comisarías y que el relevo del mayor Josep Lluís Trapero se producía de forma limpia a favor de su número dos.
El periodismo independentista —o de ese entorno— ha reaccionado con extrañeza a los movimientos del Palau tras la proclamación de la república, en que no ha habido discurso en el balcón y ni siquiera se ha arriado la bandera española. No ha habido, de momento, llamamientos a la desobediencia como algunos podían esperar.
Pilar Rahola, columnista de 'La Vanguardia' y persona con gran influencia en el sector, reaccionó a la declaración grabada del expresidente Carles Puigdemont el sábado afirmando que no había entendido el sentido de la declaración. Poco después, borró el tuit y afirmó que lo relevante era que Puigdemont no se daba por cesado.
En un artículo publicado el domingo, Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat cesado por el Gobierno de Rajoy, escribió en ‘El Punt Avui’ un artículo en el que adelantaba que “en los próximos días tendremos que tomar decisiones que no siempre serán fáciles de entender” y que no había que desaprovechar la oportunidad de validar la república en las urnas.
El problema es que aceptar las elecciones tiene un riesgo. Cuando Puigdemont iba a convocar las suyas, la calle se volvió contra él y ERC tardó solo minutos en llamarle traidor. Además, el viraje, de producirse, debe ser rápido porque los plazos para presentar candidaturas —sea una coalición o no— ya están corriendo. ¿Pueden PDeCAT y ERCconcurrir a unas autonómicas convocadas por el Gobierno de Rajoy bajo el 155? Oriol Soler es una de las personas que tienen la respuesta.
Fuente: El Mundo, El Confidencial
Análisis: El descrédito de Cataluña
Jordi Ibánez
Muchas son las cosas que Cataluña tendrá que agradecer a los líderes independentistas, una secuencia de la que no nos recuperaremos fácilmente: primero vino la vergüenza de los días 6 y 7 de septiembre, pisoteando el Estatut, la Constitución y el reglamento del Parlament. Luego, el falso referéndum del 1 de octubre, que no obtuvo más legitimidad que la que puede conseguirse con forcejeos y con porrazos, y que fue algo que ni debió ocurrir ni debería repetirse. Luego vino la no declaración de independencia del 10 de octubre, de nuevo degradando el Parlament como sede de una suerte de enigmática paralegalidad. Luego, la estampida de empresas (según el inefable Junqueras se fueron horrorizadas por la violencia policial del 1 de octubre, no por otra cosa). Más tarde, asistimos al vodevil de unas elecciones primero anunciadas y luego retiradas, con Puigdemont demostrando que ya no es dueño de la situación ni capaz de ejercer con dignidad sus facultades estatutarias. Y el viernes, finalmente, y casi por fin, la declaración de independencia y el 155. Así culmina una muy mala política basada en el engaño, la propaganda y la agitación, en la simplista atribución al adversario de los vicios en los que a sabiendas, con cinismo y con maquinación el propio soberanismo incurre (no son el Govern ni el Parlament quienes se sitúan fuera de la ley, sino el Gobierno de España, nos han hecho saber sus portavoces; no es el Govern quien malversa fondos públicos para su causa, sino Rajoy al mandar refuerzos policiales a Cataluña, nos explicó Puigdemont; no es el independentismo quien violenta a la Unión Europea, sino el Gobierno de España, nos han aclarado).
Pero hay más. Algo muy difícil de medir, pero que sin duda está sucediendo y de lo que tardaremos mucho en recuperarnos. ¿De veras hemos de merecernos editoriales tan duros como el de Le Monde del 23 de octubre? Llàtzer Moix lo dijo con crudeza en La Vanguardia comentando el no menos demoledor de CharlieHebdo: en Europa hemos pasado de ser una región próspera, abierta y dinámica a convertirnos en el “pariente latoso”. Claro: muchos dirán que eso no se consigue en un par de años, que es algo que viene de lejos. Sabido es lo eficaz que fue el nacionalismo pujolista en la fabricación de esa campana mental y moral indispensable para una autoimagen desconectada del mundo real. Ser “latoso” y sentirse estupendo exige un trabajo doble: no darse cuenta de ello, y al descubrirlo no caer en una depresión.
Tanto y tan esforzado alejamiento de la realidad solo ha podido sostenerse mediante una intensa y constante apelación a la fe y a la confianza ciega en algo que indefectiblemente tenía que llegar a un punto de deflagración. Pero ahora que ese punto ha llegado sería un grave error frotarse las manos y celebrarlo. El Gobierno y el Estado harán muy bien en gestionar con mesura e inteligencia la violencia que esta deflagración desencadenará. A cada uno lo suyo, sí, pero en dosis sabia y prudentemente administradas. Se trata de un mundo que se hunde: que no nos arrastre. Es más: que del esfuerzo por alejarnos de su fuerza de succión surja una nueva energía que nos permita conjurarnos ante un pronóstico del historiador Julián Casanova. Muchos hemos tenido su verosimilitud muy presente estas últimas semanas: “Yo no sé si lo voy a ver —dijo en una entrevista en eldiario.es—, pero el proceso de independencia de Cataluña es imparable”. Forzar la opción dura (para entendernos: ante la razonable disyuntiva entre prisión incondicional y medidas cautelares optar por la primera, o entre la anticipación y la represión optar por la segunda) es facilitar que este historiador acierte, y que encima lo llegue a ver. Él y nosotros.
Si el Gobierno de España arriesgó su prestigio internacional en la mañana del 1 de octubre, la Generalitat y la obcecación del independentismo lograron en poco más de una semana pasar de pobres víctimas de una democracia con raíces franquistas (el famoso Francoland del que se lamentaba Muñoz Molina) a parecerse mucho a una banda de manipuladores victimistas. Era muy difícil vender los anhelos de una región rica, con todos los derechos y garantías de un Estado democrático dentro de la Unión Europea, y con un nivel de autogobierno de los más elevados en el mundo, como algo que moviese a compasión. Para ganarse esa simpatía internacional había que exagerar mucho la condición de víctima inocente y forzar los errores del Gobierno. También había que ignorar la lógica política de la Unión Europea. Al final, el independentismo catalán ha caído del mismo lado que el Brexit y ha recordado la Padania de Umberto Bossi. Los ojos de la prensa internacional, impresionados sin duda con las imágenes de la represión policial del 1 de octubre, fueron acostumbrándose luego a la niebla catalana y vieron un mundo en el que la famosa posverdad ha echado raíces en creencias y sentimientos.
Que cerca del 50% de una sociedad se mueva en ese circuito mental cerrado es una catástrofe, un desastre sin paliativos. Pero teniendo en cuenta el pequeño detalle de que la sociedad catalana forma parte de la sociedad española, la catástrofe se hace entonces extensiva a toda España, y no lo digo únicamente por los brotes de catalanofobia que se puedan registrar aquí o allá, o porque la crisis catalana pueda acabar en una crisis más general de la democracia española (que puede, y el Gobierno de España debe jugar bien sus cartas para que eso no ocurra). El hecho que ahora cuenta es que la recuperación de este mundo será lenta y laboriosa, pero debe acometerse. Ahora bien, el regreso a la ley no debe ni ahogar la política ni aturdir a la sociedad y, menos aún, crisparla todavía más. Hay que cortar los canales del odio, eso sin duda. Hay que acabar con los sueños húmedos del victimismo, eso también. Pero sin incrementar el odio y el victimismo.
Del mismo modo que el poble català de Puigdemont y Junqueras nunca ha sido la ciudadanía de Cataluña, y su república soñada —su país en forma de— nunca ha sido el país real que han gobernado sectariamente, impidamos ahora que su drama anhelado se convierta en el drama de toda la democracia española. Que su final sea más bien la ocasión para reformar todo lo que la democracia española pueda y deba reformar sobre los cimientos del Estado surgido en 1978. No es un premio para los perdedores. Es una oportunidad para España que no debe dejarse pasar. Para eso hagan de Cataluña algo más que un “motor económico”. Recupérenla también como un corazón de ideas y de vitalidad. Hagan lo imposible para convertirla en una causa para toda España. Y preocúpense de su descrédito como si fuese propio, porque lo es.
* Jordi Ibáñez Fanés es escritor y profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra.