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Las imágenes que no se verán en Occidente. El funeral del comandante “Motorola” mostró de qué lado está Donbass

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
jueves 20 de octubre de 2016, 22:00h

En medio del duelo de todo Donbass, decenas de miles de personas despidieron al heroico comandante de las milicias de Novorrusia “Motorola”. Arseniy Pavlov murió el 16 de octubre por la explosión de un artefacto explosivo colocado en el pasillo del edificio de viviendas en el centro de Donetsk, donde vivía. La investigación está dirigida por el Ministerio del Interior DPR y el Ministerio de la Seguridad del Estado.

 

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En declaraciones al canal Rossiya1 de televisión, el jefe de la República Popular de Donestk, Aleksander Zakharchenko, acusó al Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) de planear el ataque contra el coronel Arseniy Pavlov. "La operación fue ideada por el Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU). Es terrorismo de Estado", dijo.

Zakharchenko asume que el objetivo de Kiev es asustar y sembrar el pánico entre la gente de Donbass. "Pero no lo van a lograr. No van a salirse con la suya con la muerte de mi amigo", agregó.

Un infame atentado terrorista

 

El domingo, 16 de octubre de 2016, la República Popular de Donetsk confirmó la muerte de Arsen Pavlov, más conocido por su nombre de guerra, Motorola, uno de los más famosos comandantes de la milicia primero y del ejército de la RPD después. Según las primeras informaciones, un artefacto explosivo colocado en el ascensor de su casa, causó la muerte de Motorola y uno de sus guardaespaldas en un atentado del que las autoridades de Donetsk culpan a un grupo de sabotaje ucraniano. La RPD, que ve en este ataque una prueba de que Ucrania trata de resolver el conflicto por la fuerza, acordonó la zona, reforzó la seguridad de la ciudad y busca a los autores del atentado. “Poroshenko rompió la tregua. Nos ha declarado la guerra”, declaró ayer Alexander Zajarchenko en su primera aparición ante los medios.

“Según los datos preliminares, un explosivo improvisado hizo explosión en la casa donde vivía Arsen Pavlov”, afirmaba ayer Interfax, primer medio que se hizo eco de la noticia, que añadía que las lesiones sufridas eran “incompatibles con la vida”.

Presente desde el inicio de la rebelión en Donbass, entonces a las órdenes de Igor Strelkov, Motorola, que participó también en las protestas que se produjeron en algunas ciudades de Ucrania en la primavera de 2014, luchó en algunas de las batallas más duras de la guerra. Desde que saltara a la fama en los primeros combates en Slavyansk, los rumores han acompañado siempre al comandante del batallón Sparta, y a medida que las falsas noticias de su muerte se desmentían se convirtió en una obsesión para la parte ucraniana.

Junto a Givi, otra de las figuras conocidas de la defensa de Donetsk y de la batalla por el aeropuerto, fue incluido en la lista de sanciones de la Unión Europea a petición de las autoridades ucranianas, que también trataron, sin éxito, de incluirlos en las listas de búsqueda y captura de Interpol.

En septiembre de 2016, en una ceremonia junto a familiares de soldados ucranianos fallecidos en la guerra, el presidente Poroshenko clamó venganza contra Motorola, a quien acusaba de la muerte de Igor Branovitskiy, uno de los ciborgs ucranianos. “No habrá perdón. Este monstruo tendrá que rendir cuentas. Es el responsable de la muerte de un héroe de Ucrania”, afirmó según recoge la página oficial de la presidencia de Ucrania.

En los mismos términos se manifestó a finales de septiembre de 2016 el que fuera líder del Praviy Sektor, Dmitro Yarosh, que tras criticar la negativa de Interpol a perseguir a Givi y Motorola, advirtió de que la caza continuaba e insistió en que su destino era la muerte.

El atentado que finalmente le costó la vida no fue el primer intento de asesinato contra Motorola. El pasado junio, una bomba instalada en un vehículo explotó junto al hospital en el que se encontraba tratándose una lesión en un ojo. “Se ha producido un intento de asesinato contra el comandante conocido como Motorola, pero ha fracasado. Colocaron un artefacto explosivo accionado a distancia. Fue un ataque. Puedo decir que, conociendo a Arseny como soldado y como persona, había otros muchos lugares en los que le podían haber atacado, pero esta gente eligió un hospital”, afirmó en aquel momento el líder de la RPD, Alexander Zajarchenko. Semanas después, el 25 de agosto, se especuló que una bomba colocada en los alrededores de su vivienda también tenía como objetivo a Motorola.

Tras participar en la batalla de Slavyansk y la sitiada Nikolaevka, Motorola llegó a Donetsk el 4 de julio de 2014. Una herida de guerra en una mano le apartó de las batallas durante ese verano, aunque se reincorporó al batallón Sparta en septiembre de aquel año en la decisiva batalla de Ilovaysk. Más adelante, participó, junto a otras unidades de la RPD, en el asalto final al aeropuerto de Donetsk y en la batalla por Debaltsevo.

En julio de 2014, Motorola contrajo matrimonio con Elena, miliciana a la que conoció durante el sitio de Slavyansk, con la que tuvo una hija nacida en 2015 y un hijo nacido hace apenas unas semanas. Arsen Pavlov tenía 33 años.

En su habitual práctica de culpar a la RPD de todos los actos violentos, el SBU ha afirmado que Motorola ha muerto asesinado por sus propios compañeros.

El caballero de semblante alegre

Aleksandr Kots

 

Arsen Pavlov escogió su nombre de guerra mucho antes de la guerra de Donbass. En Rusia había servido durante tres años en la 77ª Brigada de la Infantería Naval. Es ahí donde nació su alias –Motorola- y se quedó con él cuando continuó su carrera militar más allá del servicio militar obligatorio y dos periodos de servicio en Chechenia. Fue allí donde adquirió su primera experiencia de combate y la adicción a la guerra. Hay quienes, tras pasar por la carnicería de sangrientas batallas, emergen con la experiencia de las almas destrozadas y un persistente odio a las armas. Y están los fanáticos, que no solo desean luchar y son buenos en ello, sino que consigan preservar la humanidad en su interior. Motorola era uno de esos. Un soldado de Dios, un amante del rap ruso y incontrolable ocurrente.

Nos conocimos en la primavera de 2014, cuando aún era posible tomar la ruta directa a Slavyansk, incluso aunque ya había empezado la batalla en las afueras de la ciudad. La artillería ucraniana había disparado contra una furgoneta de pasajeros no muy lejos del puesto de control de Karandashi, en la carretera de Andreevka. Con nuestras luces apagadas, nos acercamos muy despacio hacia el lugar en el que la furgoneta cogía polvo cuando un gnomo vestido de camuflaje, armado hasta los dientes, apareció en la oscuridad. Pese a su baja estatura, vestía con naturalidad su equipamiento, que solo reforzaba su credibilidad.

“¿Dónde coño vais?”, preguntó con espontaneidad, con una sonrisa que, sin embargo, no auguraba mucha conversación. “¿Quiénes sois?”

“Periodistas rusos…”

“Está bien que seáis rusos, pero que conduzcáis por la noche está muy mal”.

“¿Está bien entonces si nos acercamos a la furgoneta y grabamos la escena”.

“¿Vais en busca de adrenalina o algo?”, preguntó Motorola con evidente respeto. “Dad la vuelta y seguidnos. Sin intermitentes”.

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A Motik, como le conocían sus amigos, no le gustaba hablar de su pasado. Nació en la República de Komi [en el norte de Rusia], huérfano desde los quince años y creció con su abuela. Además del ejército, también realizó varias profesiones: equipo de rescate, trabajador de la construcción con mármol y granito y otras. Pero su corazón siempre le atraía al camino militar. Primero vio lo ocurrido en Maidan por la televisión y después viajó a Kiev para “satisfacer su curiosidad”. Cuando escuchó a alguien decir informalmente “por cada uno de nosotros, mataremos a diez rusos”, se convenció. Se unió  al movimiento de protestas del sudeste de Ucrania antes de Slavyansk. Viajó a Járkov y Odessa para participar en las protestas hasta que se encontró en medio de la primavera de Crimea, con la pequeña unidad de Igor Strelkov que partió hacia Slavyansk.

Una vez allí, rápidamente se convirtió en uno de los favoritos de la prensa, no por sed de gloria, sino por ser una persona sociable y con carisma. Cautivaba su habilidad para describir los gravísimos hechos con natural ironía y su franqueza le hacía a cualquiera sentirse bienvenido.

Motor fue uno de los primeros en comprender que el componente mediático de la guerra era casi tan importante como el combate tradicional. Con su enorme tableta, grabó vídeos de las primeras batallas, que entregaba a los periodistas. Para emitirlos nos veíamos obligados a eliminar la narración de Motorola, que hacía imposible ver imágenes reales de la guerra sin una sonrisa en la cara.

Tras la primera batalla seria en Semyonovka el 5 de mayo de 2014, Motik, el último en abandonar el lugar, volvió preocupado, ansioso: “¡No grabéis!”, rugió amenazante a Vasya Yurchuk, el cámara de Zhenya Poddubny. “Es de los nuestros”, intervino cuidadosamente Zhenya.

“Oh, perdona hermano”, se disculpó Motorola inmediatamente. Una hora después, nos pasó material de la batalla: imágenes que se distribuyeron por todas las esquinas del país. Pero cada día se hacía más y más difícil trabajar con un rifle en una mano y un teléfono en la otra. Motik comenzó a llevarnos con él a la guerra en lugar de traer la guerra a nosotros. Nikolayevka, Semyonovka, Illovaisk, Debaltsevo, el aeropuerto de Donetsk… Nos encontrábamos tras un muro de cemento al otro lado de la nueva terminal, cuya segunda planta aún estaba ocupada por los ciborgs ucranianos, mientras que la milicia ya había tomado la planta baja. Arsen nos acompañó personalmente lo más cerca posible para que pudiéramos grabar unas imágenes. La muerte de diferentes calibres explotaba a nuestro alrededor, pero Motorola seguía en calma y sin descomponerse.

“¿Son nuestros?”, pregunté a Motik señalando a unos trescientos metros de nuestra posición: tanques apuntando directamente a la terminal. Apenas eran visibles.

“Periodistas, buenos ojos”, respondió Motorola con una sonrisa. E hizo a la milicia apuntar la artillería a esos tanques.

“Ahora tenemos que salir”, nos dijo. “Viene la respuesta”.

“Pero nuestro dron no ha vuelto aún”, respondieron, perplejos, mis colegas.

“Vale entonces, esperamos”, se sentó tranquilamente contra la valla.

El sonido del dron regresando llegó junto a las explosiones del fuego de contrabatería. Motik esperó con paciencia mientras cargábamos el vehículo. Tras acompañarnos fuera del territorio del fuego de artillería en su característico quad con la bandera de la Infantería Naval, volvió al frente. Un par de meses después, asaltó el aeropuerto junto a sus hombres, luchando en primera línea: “¿hay alguna otra forma?”, decía siempre sorprendido por la pregunta. “Si no voy yo, ¿cómo voy a enviar a mis hombres? Sé que algunos de ellos no van a volver. ¿Cómo iba a mirar a la cara a los demás?”

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Motorola sabía perfectamente que, en tiempos de descanso de la batalla, sin combates ni operaciones de reconocimiento, un ejército puede deteriorarse. Por ese motivo, hacía sudar a su batallón en el campo de entrenamiento, desde la mañana hasta la noche, utilizando programas creados por las fuerzas especiales rusas. Al mismo tiempo, seguía realizando informes puntuales en su cuenta de Instagram.

“Vamos a ponernos de acuerdo en un hashtag, para que todos los corresponsales de guerra puedan subir sus vídeos a internet de forma organizada. Como hacen los americanos, salvo que sus vídeos son una mierda. Y aquí tenemos una guerra real y mucho se ha perdido”, se lamentó Motorola la última vez que nos encontramos, el 1 de octubre de este año.

Estábamos en el Café Leyenda, el lugar oficioso de reunión de los periodistas desde agosto de 2014. Entonces era el único lugar de la ciudad que había permanecido abierto. Con wifi gratuito como añadido, Motorola también frecuentaba este lugar para tomar un latte. Y para charlar con la prensa.

“Pareces nervioso”, comentó uno de nuestros colegas.

“Sí, Lenka va a dar a luz hoy o mañana”.

Makar nació al día siguiente. Motik publicó la noticia en Instagram inmediatamente. Misoslava, que nació hace un año, ahora tiene un hermano pequeño. Cuando Arsen y su guardaespaldas entraban en el ascensor, esperaban arriba, en la cama. La explosión hizo temblar el edificio, llenándolo de un olor a dinamita. Lena conoce ese olor de primera mano: es de Semyonovka, donde conoció a Arsen. Celebraron su boda en Donetsk y luego en Crimea.

 

Motorola no tenía ningún deseo de entrar en política, no le interesaba. Por ese motivo, la teoría de las luchas internas simplemente no tiene sentido. En Ucrania, sin embargo, se le presentaba como un monstruo que ejecutaba prisioneros. He visto de primera mano cómo Motorola trataba a los prisioneros y esas alegaciones son falsas. Para Motorola, ejecutar a alguien era perder la dignidad. No era indulgente, pero tampoco cruel. No era elocuente, pero era convincente. No era un hombre guapo, pero era un amigo leal y un marido fiel. Era un guerrero de Dios, un caballero de semblante alegre.