Opinión

Cuando tenemos todas las respuestas, pero ya no sabemos qué preguntar

Administrator | Jueves 18 de junio de 2026
Aleksandar Ivanov
Vivimos en la era de las respuestas instantáneas. Cada dilema parece resolverse con un solo clic, y la incertidumbre casi se percibe como un error técnico. Sin embargo, a lo largo de la historia, las respuestas rara vez han transformado por sí solas la civilización. Lo que ha cambiado la civilización han sido las preguntas: preguntas audaces y atrevidas que ponen al descubierto la realidad, someten al poder a examen y obligan a las comunidades a afrontar las consecuencias. Hoy, paradójicamente, precisamente en el momento en que disponemos de la mayor abundancia de respuestas, estamos atravesando una crisis de preguntas.
De la cueva al fuego: la pregunta como la libertad más peligrosa
Las civilizaciones antiguas —Egipto, Mesopotamia, la India, las dinastías chinas y las ciudades-estado griegas— se diferenciaban por sus dioses, sus lenguas y sus formas de gobierno. Pero en su desarrollo había un impulso común: la curiosidad. Esta curiosidad no nacía de motivos románticos. Al contrario, antes de convertirse en una necesidad para dar sentido a la existencia humana —por ejemplo, a través de los dibujos en las paredes de las cuevas—, era ante todo una práctica de supervivencia.
La curiosidad debía responder a preguntas existenciales. Comprender el Nilo significaba comprender la vida. Comprender las estaciones del año significaba comprender el hambre. De esta curiosidad práctica surgieron las grandes abstracciones: ¿qué es el mundo? ¿qué es el ser humano? ¿qué es el orden? ¿qué es la justicia?
El mito de Prometeo también puede situarse en el ámbito de esas necesidades primarias de curiosidad intelectual. En este mito, Prometeo roba a los dioses el secreto del fuego y se lo transmite a los hombres. Pero, en realidad, les da algo más que fuego; les da el poder del cambio. El fuego significaba calor y protección, pero también autonomía: el ser humano podía calentarse sin suplicar al cielo; podía cocinar sin esperar la misericordia de la naturaleza. Históricamente, la humanidad ha continuado precisamente esta historia de desarrollo. Y tan pronto como el ser humano vive la experiencia de la autonomía, comienza a preguntarse: ¿por qué precisamente así? ¿por qué no de otra manera? ¿quién decide?
Probablemente, fue así como los primeros seres humanos, armados con el fuego y la curiosidad, se atrevieron a salir de las cuevas.
Trazando un paralelismo a lo largo de los milenios, recordaría a Krleža y su severa, pero realista, observación: si nos guiáramos exclusivamente por la voluntad de la mayoría, quizá hoy seguiríamos viviendo en cuevas. No porque la mayoría sea «mala», sino porque la mayoría suele votar por la certeza —incluso cuando esa certeza es la certeza de vivir en una ilusión.
Sin duda, en muchos momentos decisivos, el progreso comienza con una minoría o con un individuo que se atreve a parecer valiente, ridículo, sospechoso o peligroso. Lo mismo se aplica al genio de los inventos. Si Einstein o Tesla hubieran sometido sus teorías e inventos a votación, es casi seguro que no habrían sido aprobados.
¿Por qué es esto importante hoy en día? Porque estamos volviendo a la cueva. No, no es de piedra; es digital. Ahora la cueva es la pantalla. O, más exactamente, un casco virtual: para una inmersión total.
Pero desde fuera ya no oímos a las bestias salvajes; oímos notificaciones. La luz ya no proviene del fuego, sino de la pantalla. Y ahí se esconde una nueva forma de peligro: respuestas convincentes sin profundidad, y una vida en la que dejamos de hacer preguntas.
Cuando las palabras están llamadas a sustituir a la verdad
Durante milenios, la humanidad vivió en condiciones de escasez de información. Los libros eran pesados y caros, las bibliotecas —lejanas— y el camino hacia el conocimiento —lento e incierto—. Pero en tan solo unas décadas, la revolución tecnológica ha derribado casi todas las barreras físicas que antes limitaban nuestros horizontes. Internet ha neutralizado la importancia de la distancia y el tiempo; los motores de búsqueda han acortado, simplificado y estructurado la obtención de información; la traducción automática, aunque imperfecta, ha derribado la última gran fortaleza: la barrera lingüística. Hoy disponemos de bases de datos tan enormes que la traducción se vuelve instantánea en amplios ámbitos —no solo la traducción de palabras sueltas, sino también la traducción de contextos—.
Es precisamente en medio de esta abundancia donde surge un nuevo y paradójico problema del ser humano contemporáneo. Nuestra crisis crónica ya no se expresa como «no tengo acceso», sino como «no sé qué buscar» y, lo que es aún más importante, «no sé cómo verificar lo que he encontrado». La OCDE formula este diagnóstico con precisión quirúrgica: la alfabetización en el siglo XXI ya no es simplemente la capacidad de descodificar letras, sino la capacidad de construir y validar el conocimiento. ¿Por qué? Porque las tecnologías digitales han ampliado el espacio informativo mucho más allá de los formatos tradicionales y editados, como las enciclopedias y los periódicos, donde otra persona se encargaba de la verificación en nuestro lugar.
En la economía de la atención, donde nuestra concentración se ha convertido en la moneda más valiosa, el poder ha pasado a manos de quienes saben marcar el marco del debate. Hoy en día, la forma en que formulamos la pregunta dicta la respuesta. Si la pregunta se formula de forma incorrecta o manipuladora, conduce inevitablemente a una respuesta que no hace más que confirmar nuestros prejuicios ya existentes. Por eso, ser alfabetizado hoy en día significa poseer inmunidad crítica: la capacidad de distinguir qué es un hecho, qué es una opinión y qué es pura manipulación disfrazada de noticia.
Modelos lingüísticos: fábricas de texto, no de verdad
Esta crisis de validación ha alcanzado proporciones alarmantes con el auge de la inteligencia artificial generativa. La diferencia es fundamental: antes, Google nos daba enlaces —nos ofrecía un mapa hacia la fuente, dejándonos a nosotros el esfuerzo de leer y sacar nuestras propias conclusiones. Los modelos lingüísticos, por el contrario, nos ofrecen una narrativa. Nos proponen una historia ya preparada. Ahí es precisamente donde se esconde el peligro: sustituyen la necesidad de acudir a la fuente por la falsa sensación de que ya lo hemos entendido todo.
La UNESCO advierte con razón que los sistemas generativos públicos se desarrollan a una velocidad que la regulación no alcanza a seguir. En muchos países, este vacío significa que la privacidad de los datos queda a merced de las empresas, y las instituciones educativas se ven desprevenidas, sin mecanismos para verificar las herramientas que los estudiantes ya utilizan masivamente.
Pero el problema va más allá de la regulación; es epistemológico: afecta a los fundamentos mismos de cómo adquirimos y verificamos el conocimiento. El NIST, el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EE. UU., utiliza en su perfil de gestión de riesgos de la IA generativa un término preciso para lo que los profesores ven cada vez más en las aulas: la confabulación. Este término es más preciso y, al mismo tiempo, más inquietante que la popular palabra «alucinación». La confabulación es, en esencia, una mentira presentada con seguridad: una invención que suena tan convincente que resulta difícil distinguirla de la verdad. El NIST advierte de que es precisamente aquí donde reside la amenaza para la integridad de la información: hoy en día es demasiado fácil generar y difundir contenidos en los que se entremezclan los hechos y la ficción, lo que de hecho permite la producción masiva e industrial de desinformación.
Precisamente por eso, como profesor e investigador, insisto en la precisión de las definiciones. Lo que en el lenguaje coloquial llamamos inteligencia artificial, en su forma actual, suele ser un potente modelo lingüístico: una herramienta estadística de predicción de texto. Una herramienta de este tipo puede ser extremadamente útil para resumir, estructurar ideas y crear borradores. Pero es una fábrica de texto, no una fábrica de verdad. La verdad no se puede automatizar; sigue dependiendo de categorías humanas: el método, la verificación, la ética y la responsabilidad.
Pereza epistemológica: cuando el texto sustituye al pensamiento
Cuando las respuestas se vuelven baratas, inevitablemente empezamos a consumirlas sin medida. En el contexto de esta inflación de información accesible surge un fenómeno peligroso: lo denomino pereza epistemológica: la falta de voluntad para buscar la verdad. Es la costumbre de aceptar la primera solución que se propone sin verificarla, sin contexto y sin esfuerzo intelectual.
Esto ya es una realidad cotidiana en el aula. El estudiante lee un texto «perfectamente» redactado, repleto de terminología científica, con una sintaxis impecable y un tono seguro. Pero cuando planteo la pregunta más sencilla —¿qué significa esto en la realidad?—, se hace el silencio. Este silencio no demuestra que los estudiantes sean «malos» o poco intelectuales; demuestra que el sistema les ha recompensado por la forma, por el texto, y no por la comprensión del contenido. El estudiante ha presentado el producto —el texto—, pero ha pasado por alto el proceso: el pensamiento.
Tomemos como ejemplo la gestión de crisis. Si pido a los estudiantes que analicen las inundaciones en Staikovtsy y se basan exclusivamente en un modelo lingüístico, obtendré definiciones de riesgos hidrometeorológicos, principios generales de evacuación e incluso tablas cuidadosamente elaboradas. El texto tendrá un aspecto profesional. Pero cuando plantee cuestiones operativas reales —¿cuál es el protocolo concreto de comunicación de crisis durante la primera hora?; ¿cómo se establece el control de acceso cuando la infraestructura está destruida?; ¿cuál es la diferencia entre riesgo y peligro sobre el terreno?—, la conversación se detiene. Es precisamente en ese momento cuando comprendemos que el texto no es más que un envoltorio, y que el conocimiento es la estructura que falta.
El verdadero conocimiento requiere comprender qué es esencial, qué se puede verificar, cuáles son las posibles consecuencias de una decisión y dónde están los límites de la propia ignorancia. Esta es la metodología de la vida cotidiana. Precisamente por eso la UNESCO aboga por el desarrollo de las capacidades humanas —no solo para el uso técnico de las herramientas, sino también para su validación ética y pedagógica.
Macedonia: el riesgo de la marginalidad y la digitalización cosmética
En el contexto de la transformación digital global, Macedonia se encuentra en una encrucijada. Durante mucho tiempo hemos sido usuarios pasivos de tecnologías ya desarrolladas, lo cual no es un pecado en sí mismo. El verdadero peligro surge cuando seguimos siendo usuarios sin desarrollar la capacidad de utilizar estas tecnologías de forma crítica.
Los datos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) pintan un panorama contrastado. Algunos indicadores suenan esperanzadores: una cobertura del 100 % con redes 4G y alrededor del 80 % de los hogares con ordenador. La infraestructura —el «hardware»— está presente. Sin embargo, ese mismo informe plantea una señal de alarma: la proporción de personas con competencias digitales avanzadas es catastróficamente baja —alrededor del 3 %—. En otras palabras, tenemos carreteras, pero no conductores; tenemos herramientas, pero no maestros.
Aunque las asignaturas de TIC se imparten desde tercer curso y la pandemia ha acelerado el uso de plataformas como Eduino, la pregunta clave sigue sin respuesta: ¿enseñamos a los niños a hacer preguntas, o solo les enseñamos a pulsar botones?
El análisis del IIEP-UNESCO para 2024 es aún más directo y dolorosamente preciso. Señala los bajos niveles de rendimiento académico y los problemas que ya se inician en la etapa preescolar. Al mismo tiempo, el informe localiza el problema en la «cabeza» del sistema: las deficiencias de gestión, la politización y la inestabilidad del personal, que generan una desmotivación sistémica. Cuando la cultura institucional es débil, la tecnología se convierte en algo superficial. Quizás redactemos los informes burocráticos más rápido, pero desde luego no tomamos decisiones de mayor calidad.
Sobre el papel, el Estado tiene una visión. La estrategia SMART/MK 2030 define correctamente la digitalización como herramienta para combatir la corrupción y se apoya en cuatro pilares: infraestructura, competencias, servicios electrónicos e innovación. El marco es correcto. Pero no será más que palabras inútiles y ficticias sobre el papel si la educación y las instituciones no crean la cultura necesaria de pensamiento crítico.
Sin embargo, a juzgar por cómo tratamos los escasos y valientes ejemplos de pensamiento crítico en nuestra sociedad y cómo los marginamos, parece que, lamentablemente, todavía no vamos por el buen camino.
A esto se suma otro fenómeno preocupante: la generación masiva de mensajes por parte de las instituciones nacionales y locales, así como de los detentadores del poder, mediante herramientas de inteligencia artificial. Así surge una narrativa artificial, ajena y a menudo incomprensible para el ciudadano macedonio medio. De ahí surge el dilema: ¿deben los ciudadanos comprender realmente esta información, o está destinada únicamente a crear la ilusión de que las cosas «avanzan» a un ritmo excelente?
Física global, economía política local
El mundo avanza, con nosotros o sin nosotros. No es cinismo; es física. Pero las consecuencias —quién se convertirá en el centro y quién permanecerá en la periferia eterna— pertenecen por completo a la economía política. El Foro Económico Mundial ya ha señalado que los empleadores prevén un cambio de hasta el 39 % de las competencias clave para 2030. El pensamiento analítico sigue ocupando el primer puesto, pero las competencias que crecen más rápidamente están relacionadas con la inteligencia artificial, el big data, las redes y la ciberseguridad, así como con la alfabetización tecnológica.
Esto significa que el dilema global —si vamos a utilizar estas herramientas— ya está resuelto. Solo queda la pregunta: ¿cómo las vamos a utilizar? Si no educamos a personas capaces de plantear preguntas, crearemos una fuerza laboral que sabe copiar texto, pero no sabe resolver problemas. En tal escenario, la competitividad disminuye, la confianza se desmorona y las instituciones se debilitan.
Precisamente por eso, los debates sobre la «productividad», impuestos por la Cámara de Comercio e Industria y basados en indicadores de los siglos XIX y XX, parecen cada vez más anacrónicos. Mientras el mundo debate sobre la sostenibilidad, la flexibilidad y la alfabetización algorítmica, a nivel local seguimos encerrados en concepciones industriales de la productividad que ya no se corresponden con la realidad de la economía digital. No se trata simplemente de un obstáculo; es una negativa activa a interpretar las señales que nos envía el mundo.
Estrategia de defensa intelectual
Si buscamos una salida a este laberinto, sin duda no reside en prohibir las tecnologías. La historia ha demostrado en repetidas ocasiones que las prohibiciones son un caldo de cultivo para la hipocresía y el agravamiento de la desigualdad. La verdadera respuesta se encuentra en algo más difícil, pero más duradero: en convertir la capacidad de hacer preguntas en una habilidad social clave.
Este cambio debe comenzar, inevitablemente, en el aula. El proceso educativo debe dejar de recompensar urgentemente la mera reproducción. Mientras el profesor pregunte: «Dime lo que pone en el libro», estará formando a una persona obediente. En el momento en que pregunta: «Muéstrame de dónde sabes que eso es cierto», empieza a formar a un investigador. Por eso necesitamos el aprendizaje por proyectos, los casos prácticos y los debates, en los que se evalúa el proceso de llegar a una conclusión, y no solo el producto final.
De ello se deriva la necesidad de una nueva definición de alfabetización. Como señala la OCDE, la validación es el núcleo de la alfabetización en el mundo contemporáneo. En la práctica, esto significa inculcar en cada persona el hábito de verificar las fuentes, reconocer los sesgos y —lo que es más importante— comprender la diferencia fundamental entre correlación y relación de causa y efecto. Hoy en día, saber qué se considera una prueba es más importante que saberse de memoria una definición.
En este contexto, incluso nuestra interacción con la inteligencia artificial adquiere una nueva dimensión. Los modelos lingüísticos son, en esencia, espejos de nuestras preguntas. Aunque la UNESCO habla en sus directrices de «prompt engineering», la esencia no radica en el estudio de trucos técnicos para obtener un mejor texto, sino en disciplinar el pensamiento. Se trata de una metodología, no de magia: la capacidad de establecer el contexto, definir los límites y exigir contraargumentos. Es la «alfabetización en prompts», y requiere lógica, no solo sintaxis.
Sin embargo, la carga no debe recaer únicamente sobre el individuo. Las instituciones —que el IIEP-UNESCO ya identifica como afectadas por deficiencias de gestión— también deben empezar a aprender. Esto implica abandonar la práctica de los escuetos comunicados burocráticos y pasar al análisis a posteriori, al seguimiento de indicadores sociales y a la elaboración de informes que respondan a cuestiones sociales concretas. Una institución que no aprende es una institución que se estanca.
Por último, todo esto converge en el concepto de ciberresiliencia, entendido en un sentido mucho más amplio que un conjunto de parámetros técnicos. Cuando el NIST define la integridad y la seguridad de la información como riesgos clave, y el FEM incluye estas habilidades entre las de más rápido crecimiento, en realidad están hablando de la resiliencia del ingenio social. La auténtica ciberresiliencia hoy en día es la capacidad de la sociedad para no sucumbir a la manipulación, no dejarse llevar por la inercia del miedo y el impulso, y exigir siempre, sin excepción, pruebas.
¿Un futuro de preguntas o un futuro de plantillas?
El momento prometeico de nuestra época no consiste solo en que tenemos en nuestras manos un nuevo «fuego». El verdadero peso de este momento reside en la elección que se nos plantea: si utilizamos este fuego para iluminar los rincones oscuros de la ignorancia o para crear ilusiones aún más convincentes en la pared de la cueva.
En la realidad macedonia, parece que el poder ya ha tomado su decisión. En lugar de transparencia, recibimos propaganda algorítmica: aldeas Potemkin digitales en las que las herramientas de IA generan un flujo interminable de éxitos, mensajes estériles y falso optimismo. Esta tecnología no se utiliza para resolver problemas, sino para enmascararlos. Se convierte en la herramienta ideal para proyectar una realidad de color de rosa mientras los sistemas clave se desmoronan. Al ciudadano se le coloca frente a la pared de la cueva, donde observa las sombras de un progreso fabricado, mientras que la verdad permanece fuera, en la oscuridad.
La elección es cruda en su simplicidad. Si reducimos la tecnología a una mera herramienta para escribir y generar más rápido, inevitablemente produciremos más texto, pero dramáticamente menos pensamiento. Obtendremos una hiperinflación de palabras y una deflación de sentido. Esto es especialmente destructivo para las nuevas generaciones, ya moldeadas por la cultura del conocimiento instantáneo. Para ellos, la respuesta es lo que obtienen con un solo clic, sin esfuerzo y sin comprender el contexto. Cuando la educación se reduce a copiar soluciones prefabricadas de máquinas inteligentes, creamos jóvenes con una percepción superficial, incapaces de distinguir la verdad de la manipulación, sujetos ideales de la nueva era de la obediencia automatizada.
Por eso mi tesis sigue siendo la misma y es una advertencia: el escenario más peligroso para la humanidad, y especialmente para una sociedad frágil como la nuestra, no es un escenario de ciencia ficción en el que las máquinas lo sepan todo. El escenario más peligroso es aquel en el que nosotros, los humanos, dejemos de hacer preguntas, cediendo nuestra curiosidad a un algoritmo programado para mantenernos tranquilos, satisfechos y —en esencia— ignorantes.
Puntos clave
  • La nueva alfabetización (OCDE): En el siglo XXI, ser alfabetizado no significa simplemente tener acceso a la información; significa poseer la capacidad de validarla y seleccionarla de forma crítica.
  • La carrera contra el tiempo (UNESCO): Las herramientas generativas se desarrollan mucho más rápido de lo que los Estados pueden regularlas. Esto crea un vacío en el que la privacidad se ve amenazada y las instituciones se quedan sin preparación.
  • La epidemia de confabulaciones (NIST): El riesgo de «alucinaciones» —afirmaciones falsas presentadas de forma convincente— es real y está técnicamente documentado. La integridad de la información se convierte en una cuestión de seguridad primordial.
  • Las habilidades del futuro (WEF): Para 2030, el mercado laboral sufrirá cambios tectónicos. El pensamiento analítico, la inteligencia artificial y la ciberseguridad ya no son una opción; se están convirtiendo en condiciones para la supervivencia.
  • La brecha macedonia (UIT, IIEP-UNESCO): Contamos con una infraestructura sólida —el «hardware»—, pero nuestras competencias avanzadas son débiles, es decir, el «software de nuestras mentes». Sin un giro urgente hacia una cultura de preguntas, estrategias como SMART/MK no serán más que una lista de buenos deseos.

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