
Juan Laborda
La percepción que tiene la ciudadanía de nosotros, los economistas, es negativa. Se nos trata, con razón, como charlatanes de feria que explicamos muy bien lo que ha pasado, pero absolutamente incapaces de prever nada. Diría, incluso, algo más. Leyendo ciertos análisis, y viendo y escuchando a determinados tertulianos que aparecen de manera frecuente en los “mass media patrios”, se puede afirmar que la mayoría de los economistas son incapaces de ofrecer un diagnóstico medianamente decente de la última crisis sistémica, La Gran Recesión. Se nos empieza a tratar como meros chamanes. Nunca la economía, como ciencia social, ha estado en un nivel tan bajo como en las últimas décadas.
La mayoría de los economistas para hacer que sus modelos funcionen de manera coherente tienden a reducir significativamente la complejidad y los detalles más finos de la economía a través de un conjunto de premisas completamente alejadas de la realidad. Los economistas más dañinos son aquellos cuyo trabajo no está sujeto a las necesarias restricciones que marcan la realidad de los datos, a pesar de lo cual se animan a extraer conclusiones y hacer recomendaciones de política económica. Esto ha dado lugar a determinados modelos apriorísticos, generados en su inmensa mayoría por think tanks conservadores bien financiados, sobre cómo funcionan los mercados. Las economías que describen son fruto de una imaginación febril, y rara vez se han visto en el mundo real. Hay escuelas de pensamiento que dedican enormes esfuerzos a erigir un homenaje a su locura particular, a partir de análisis estadísticos espurios. Sin embargo, ahí siguen, impertérritos.
Sabemos que el sistema de gobernanza económica dominante, el neoliberalismo, creado por las élites para implementar y justificar sus políticas, se encuentra completamente roto. Es totalmente inservible. A pesar de ello, sus manuales siguen siendo los utilizados en la mayoría de las universidades. No les ha bastado su completa inutilidad a la hora de predecir La Gran Recesión. Va a ser necesario un destrozo social, económico y político adicional, al ya producido, para que definitivamente finiquitemos la teoría económica ortodoxa dominante, con sus distintas facciones. Pero veamos de donde emana tanta estupidez académica. Para ello voy a utilizar como referencia el libro Can We Avoid Another Financial Crisis?, publicado este año por la editorial Polity, del economista postkeynesiano australiano Steve Keen, actual responsable de la Escuela de Economía, Historia y Política de la Kingston University.
La macroeconomía no puede derivarse de la microeconomía
Desde 1976, la escuela de Chicago, con Robert Lucas a la cabeza, fiel sustituto de Milton Friedman, ha dominado el desarrollo de la macroeconomía convencional, bajo la proposición de que la buena teoría macroeconómica sólo podría desarrollarse a partir de fundamentos microeconómicos. Argumentando que "la estructura de un modelo econométrico consiste en reglas óptimas de decisión de agentes económicos", Lucas insistió en que un modelo macroeconómico para ser válido debía derivarse de la teoría microeconómica basada en la maximización de la utilidad de los consumidores y de los beneficios empresariales. Pero, como explica Steve Keen en su libro, el precepto metodológico de Lucas, que los fenómenos a nivel macro pueden y de hecho deben derivarse de fundamentos micro, ya había sido invalidado antes de que él lo declarara.
El razonamiento es muy sencillo. Las funciones individuales de demanda solo pueden agruparse si el cambio de los precios relativos no cambia sustancialmente la distribución del ingreso dentro del grupo. Pero esto solo es válido si se agrupan a todos los asalariados en un grupo llamado Trabajadores; a todos los que generan ganancias de capital en un grupo llamado Capitalistas; y a todos los rentistas en un grupo llamado Banqueros. Supone comenzar el análisis desde el nivel de las clases sociales. Alan Kirman propuso tal respuesta hace casi tres décadas: “Si queremos progresar más, deberíamos elaborar las teorías en términos de grupos que tienen un comportamiento colectivamente coherente. Por lo tanto, las funciones de demanda y gasto para ajustarse a la realidad deben definirse en un nivel razonablemente alto de agregación. La idea de que deberíamos comenzar en el nivel del individuo aislado es algo que debemos abandonar.”
Desafortunadamente, la reacción de la corriente económica dominante fue mucho menos ilustrada: en vez de aceptar este descubrimiento, buscaron las condiciones bajo las cuales podría ser ignorado. Estas condiciones son absurdas, equivalen a suponer que todos los individuos y todas las mercancías son idénticos. Pero el deseo de mantener la metodología dominante, por razones ideológicas, de construir modelos a nivel macro a partir de modelos a nivel individual ganó sobre el realismo. El primer economista que derivó este resultado, William Gorman, sostuvo que era "intuitivamente razonable" aquello que en realidad es una absurda suposición, el hecho de que cambiar la distribución del ingreso no altera el consumo. El texto avanzado de doctorado de Hal Varian “Microeconomic Analysis”, que tuve que sufrir, nos aseguraba que la racionalización intuitivamente ridícula de Gorman era razonable.
Con estos mimbres, como señala Steve Keen, no es de extrañar que, décadas más tarde, los modelos macroeconómicos, minuciosamente derivados de fundamentos microeconómicos, no previeran el mayor evento económico desde la Gran Depresión, es decir, la Gran Recesión.
Conclusión
La conclusión más importante es que la macroeconomía no puede derivarse de la microeconomía. Pero esto no significa, tal como afirma Olivier Blanchard, que "la búsqueda de un núcleo macroeconómico analítico ampliamente aceptado, en el que se puedan localizar las discusiones y las extensiones, pueda ser un sueño". Existe una manera de derivar modelos macroeconómicos partiendo de fundamentos sobre los cuales todos los economistas deben estar de acuerdo. Pero para hacer esto, los economistas tienen que adoptar un concepto que hasta la fecha la ortodoxia dominante ha evitado: la complejidad y, concretamente, los sistemas complejos. Donde ya han empezado a utilizarse estos sistemas es en economía financiera, pero no tanto en el mundo académico, sino en el mundo real, donde se juega la pasta de verdad y las hipótesis irreales no tienen sentido. Pero de ello hablaremos en el siguiente blog.
(II)
La pérdida de peso de la economía como ciencia social, hasta en algunos momentos aproximarse a la irrelevancia, se debió al intento de la ortodoxia dominante de derivar la macroeconomía a partir de la microeconomía. Han fracasado. Después de tantos años, mejor dicho, de varias décadas, los economistas clásicos y sus distintas derivaciones no son capaces de asimilar lo obvio, la absoluta superioridad técnica, moral y económica de los viejos keynesianos, y sus herederos actuales, los postkeynesianos. Si hurgamos un poco, encontraremos la clave. El objetivo era estratégico, de altos vuelos. Crear una versión de la economía que permitiera la mayor acumulación de riqueza de la historia en unas pocas manos, tal como ha acabado ocurriendo. Como siempre, los intereses de clase. Y, sobre todo, ocultar a la ciudadanía la herramienta más importante para alcanzar el pleno empleo, la política fiscal.
La pregunta que surge es inmediata, ¿por qué neoconservadores, neoliberales, economistas neoclásicos, élites económicas, medios de comunicación tienen tanta aversión al uso de la política fiscal? Como detallamos en su momento, Michal Kalecki ya en 1943 en “Political Aspects of Full Employment” exponía tres razones por las que a las élites no les gustaba, y sigue sin gustarles, la idea de utilizar la política fiscal como instrumento de política económica.
Un sistema sin una política fiscal activa significativa supone colocar en el asiento del conductor a los hombres de negocios. “Esto le da a los capitalistas un poderoso control indirecto sobre la política del gobierno”. Además, en segundo lugar, el gasto público pone en tela de juicio un principio moral de la mayor importancia para la élite: “Los fundamentos de la ética capitalista requieren que te ganarás el pan con el sudor -a menos que tengas los medios privados suficientes-”.
Pero sin duda alguna la razón más importante es que a las élites no les gustan las consecuencias del mantenimiento del pleno empleo a largo plazo. “Bajo un régimen de pleno empleo permanente, el miedo dejaría de desempeñar su papel como medida disciplinaria… La disciplina en las fábricas y la estabilidad política son más apreciadas por los líderes empresariales que los beneficios. Su instinto de clase les dice que el pleno empleo duradero es poco sólido... y que el desempleo es una parte integral del sistema capitalista normal".
En realidad, la batalla es de mayor calado. Se trata de determinar si el sector público tiene o no un papel en la economía, de mantener el “estado de bienestar”, de tener prestaciones sociales o leyes de pobres, de tener un buen sistema laboral o el modelo de Bangladesh. Los defensores de la austeridad intentan cambiar el modelo social, privatizar todo -incluida la sanidad y la educación-, forrarse a nuestra costa. Y para ello el papel de ciertos “expertos” es clave, porque al manipular y ocultar el origen de la crisis permiten que esta agenda se alcance, aun a costa de los ciudadanos.
Sistemas Complejos
La conclusión más importante, por lo tanto, es que la macroeconomía no puede derivarse de la microeconomía. Pero demos un paso más. Tal como sostiene Steve Keen en su último libro “Can We Avoid Another Financial Crisis?”, sí que existe una manera de derivar modelos macroeconómicos partiendo de fundamentos sobre los cuales todos los economistas deben estar de acuerdo. Pero para hacer esto, los economistas tienen que adoptar un concepto que hasta la fecha la corriente principal ha evitado: la complejidad.
El descubrimiento de que los fenómenos de orden superior no pueden ser extrapolados directamente de los sistemas de orden inferior es una conclusión común en las ciencias genuinas de hoy en día: es conocido como el problema de "emergencia" en sistemas complejos. Las características dominantes de un sistema complejo provienen de las interacciones entre sus entidades, más que de las propiedades de una sola entidad considerada aisladamente.
La falacia en la creencia de que los fenómenos de nivel superior (como la macroeconomía) tenía que ser, o incluso podría ser, derivada de fenómenos de menor nivel (como la microeconomía) las señaló claramente en 1972 el Premio Nobel de Física Philip Anderson: “La principal falacia en este tipo de pensamiento es que la hipótesis reduccionista no implica de ninguna manera una versión "construccionista": la capacidad de reducir todo a simples leyes fundamentales no implica la habilidad de partir de esas leyes y reconstruir el universo.”
Los economistas convencionales han probado accidentalmente a Anderson. En primer lugar, por su intento de reducir la macroeconomía a la microeconomía aplicada, demostrando que era imposible; y, en segundo lugar, ignorando esta prueba y, en consecuencia, desarrollando modelos macroeconómicos a partir de fundamentos microeconómicos irrelevantes, sin duda la mayor estafa de los últimos setenta años.
La imposibilidad de adoptar un enfoque "construccionista" de la macroeconomía, como lo describió Anderson, significa que si hemos de derivar una macroeconomía decente, debemos empezar por el nivel de la macroeconomía misma. Este es el enfoque de los teóricos de sistemas complejos: trabajar a partir de la estructura del sistema que están analizando, ya que esta estructura, debidamente presentada, contendrá las interacciones entre las entidades del sistema que le dan sus características dominantes.
El fracaso de la economía se debe a la insistencia de los principales economistas en las falsas estrategias de modelización consistentes en derivar la macroeconomía por extrapolación de la microeconomía y de asumir que la economía es un sistema estable que siempre regresa al equilibrio después de una perturbación. Abandonar estos falsos procedimientos de modelización no conduce a una incapacidad para desarrollar modelos macroeconómicos a partir de un "núcleo macroeconómico analítico ampliamente aceptado". Los macroeconomistas neoclásicos han intentado derivar la macroeconomía desde el lado equivocado -el del individuo más que de la economía- y lo han hecho de una manera que pasó por alto los problemas de agregación que conlleva pretender que un individuo aislado puede escalarse al nivel agregado. Es más sensato, y puede que más sencillo, proceder en la dirección inversa: partimos de afirmaciones agregadas, que son verdaderas por definición, y luego las vamos desagregando cuando se requiera más detalle. En otras palabras, existe un "núcleo" en las definiciones mismas de la macroeconomía.
Como señala el bueno de Keen, es posible desarrollar, a partir de principios que ningún macroeconomista puede cuestionar, un modelo que haga cuatro cosas que ningún modelo de equilibrio general dinámico estocástico (DSGE en inglés) puede hacer: generar ciclos endógenos; reproducir la tendencia a la crisis que Minsky sostuvo era endémica al capitalismo (inestabilidad financiera); explicar el crecimiento de la desigualdad en los últimos 50 años; y predecir que la crisis será precedida, como lo fue, por una "Gran Moderación" en el empleo y la inflación. Pero de eso ya hablaremos en el siguiente blog.
(III)
La macroeconomía no se puede derivar de la microeconomía. Quien obvia la imposibilidad de adoptar un enfoque "construccionista" de la macroeconomía demuestra, por un lado, una profunda incompetencia intelectual; y, por otro, unos oscuros ideales guiados por intereses de clase y motivos claramente ideológicos. En realidad los economistas neoclásicos querían la revancha de su fracaso en la Gran Depresión. Pero no les bastó con ello, sino que nos dieron dos tazas más con su incapacidad para prever, diagnosticar y solucionar la Gran Recesión.
Como ya explicamos, los macroeconomistas neoclásicos intentaron derivar la macroeconomía desde el lado equivocado, pasando por alto los problemas de agregación que conlleva pretender que un individuo aislado puede escalarse a nivel agregado. Es más sensato, y más sencillo, proceder en la dirección inversa: partamos de afirmaciones agregadas, que son verdaderas por definición, y luego las vamos desagregando cuando se requiera más detalle.
Partiendo de identidades básicas
Las tres definiciones básicas a partir de las cuales se puede derivar un modelo macroeconómico rudimentario son, por un lado, la tasa de empleo, entendida como la proporción entre el empleo y la población total, y que es un indicador del nivel de actividad económica y del poder de negociación de los trabajadores. Por otro, la relación entre los salarios y el PIB, como un indicador de la distribución de los ingresos. Finalmente, como insistió Minsky, la relación entre la deuda privada y el PIB. Cuando se ponen en forma dinámica, estas definiciones conducen, tal como sostiene Steve Keen en su último libro “Can We Avoid Another Financial Crisis?”, no sólo a enunciados "intuitivamente razonables", sino a afirmaciones que son verdaderas por definición. Veámoslas:
- La tasa de empleo (el porcentaje de la población que tiene un empleo) aumentará si la tasa de crecimiento económico (en porcentaje anual) excede la suma del crecimiento de la población y del crecimiento de la productividad laboral;
- La participación porcentual de los salarios en el PIB aumentará si las demandas salariales exceden el crecimiento de la productividad laboral; y
- La relación entre la deuda y el PIB aumentará si la deuda privada crece más rápidamente que el PIB.
Se trata de simple identidades. Si queremos convertirlas en un modelo económico, tenemos que postular algunas relaciones entre las entidades clave del sistema: entre el empleo y los salarios; entre el beneficio y la inversión; y entre la deuda, los beneficios y la inversión.
Un modelo simple puede explicar la mayor parte del comportamiento de un sistema complejo, porque la mayor parte de su complejidad proviene del hecho de que sus componentes interactúan y no del comportamiento en sí de un individuo o componente bien especificado. Por lo tanto, las relaciones más simples posibles pueden revelar las propiedades básicas de un sistema dinámico complejo, en este caso la economía misma.
Las relaciones posibles más simples son las siguientes. El PIB es un múltiplo del stock de capital instalado; el empleo es un múltiplo de la producción; la tasa de variación del salario es una función lineal de la tasa de empleo; la inversión es una función lineal de la tasa de ganancia; la deuda financia la inversión en exceso más allá de los beneficios; y la población y la productividad del trabajo crecen a tasas constantes.
Construyendo un modelo simple macro de partida
El modelo resultante tiene sólo 3 variables, 9 parámetros y no hay términos aleatorios. Es cierto que se omiten muchas características obvias del mundo real, que se irán introduciendo después. Sin embargo, incluso en este nivel tan simple, su comportamiento es mucho más complejo que el más avanzado modelo neoclásico de equilibrio general dinámico estocástico (DSGE en inglés), debido, al menos, a tres razones.
En primer lugar, las relaciones entre las variables de este modelo no se limitan a ser simplemente aditivas, como lo son en la gran mayoría de los modelos DSGE. Ello supone que los cambios en una variable pueden originar cambios en otras, dando lugar a cambios en las tendencias que un modelo DSGE lineal jamás capturará. En segundo lugar, no se descarta que no se alcance un equilibrio: se considera que puede ocurrir toda una gama de resultados, y no sólo aquellos que son compatibles o conducen al equilibrio. En tercer lugar, el sector financiero, completamente ignorado en los modelos neoclásicos o, en el mejor de los casos, tratado simplemente como una fuente de "fricciones" que ralentizan la convergencia al equilibrio, se incluye de manera simple pero fundamental en este modelo mediante la confirmación empírica.
El modelo genera dos resultados factibles, dependiendo de cómo los capitalistas estén dispuestos a invertir. Con una baja propensión a invertir, el sistema tiende a estabilizarse: el coeficiente de deuda sube de cero a un nivel constante, mientras que los ciclos en la tasa de empleo y la participación salarial convergen gradualmente a valores de equilibrio. La diferencia entre la estabilidad y la inestabilidad es el factor que Minsky insistió que era crucial para entender el capitalismo, pero que está ausente de los modelos generales neoclásicos: el nivel de la deuda privada. Si se estabiliza en un nivel bajo, la economía no experimentará grandes problemas; pero si alcanza un nivel alto y no se estabiliza nos llevará a períodos de graves crisis económicas (de ello deberíamos haber aprendido, ¿verdad?).
El modelo produce otra predicción que también se ha convertido en un dato empírico: la creciente desigualdad. La participación de los trabajadores en el PIB disminuye a medida que aumenta el coeficiente de endeudamiento. Si la tasa de deuda se estabiliza, la desigualdad también se estabiliza, ya que las cuotas de ingreso alcanzan valores de equilibrio positivos. Pero si el coeficiente de deuda sigue aumentando -como lo hace con una mayor propensión a invertir-, la desigualdad sigue aumentando también. Por lo tanto, el aumento de la desigualdad no sólo es una "aspecto negativo" en este modelo, es también el preludio de una crisis.
La dinámica de la creciente desigualdad es más evidente si se introducen como variables los precios y los tipos de interés nominales. A medida que la deuda aumenta a lo largo del ciclo, una parte creciente de la renta que va a los banqueros es compensada por una menor participación de los trabajadores en la renta total, de modo que si bien la participación de los capitalistas fluctúa, permanece relativamente constante en el tiempo. Sin embargo, a medida que los salarios y la inflación se reducen, la composición de la deuda en última instancia acentúa la caída de los salarios y la participación en los beneficios se derrumba. Antes de que se produzca esta crisis, la creciente cantidad de rentas que por el servicio de la deuda va a los banqueros es compensada precisamente por la disminución de la participación de los trabajadores, de modo que la participación en los beneficios permanece efectivamente constante y aparentemente el mundo parece completamente tranquilo para los capitalistas. ¡Craso error!
Conclusión
Partiendo de identidades que siempre se cumplen, Steve Keen consiguió un modelo macro sencillo que hace cuatro cosas que ningún modelo de equilibrio general dinámico estocástico, por muy complicado y complejo que sea, puede hacer: generar ciclos endógenos; reproducir la tendencia a la crisis “a la Minsky”, y que es endémica al capitalismo (inestabilidad financiera); explicar el crecimiento de la desigualdad en los últimos 50 años; y predecir que la crisis será precedida, como lo fue, por una "Gran Moderación" en el empleo y la inflación.
Fuente: Vozpopuli