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Episodios sombríos de una República que fusiló hasta a los suyos

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
lunes 08 de febrero de 2021, 16:00h

 Dicen que Azaña lloró. También José Giral, antiguo correligionario de Melquíades Álvarez en las filas del Partido Reformista. Pero el caso es que no hicieron nada para proteger a su viejo mentor de las garras del tribunal revolucionario que en la madrugada del 21 al 22 de agosto de 1936, fusiló al tribuno asturiano en el sótano de la cárcel Modelo.

Cristina Barreiro

Cristina Barreiro

Dicen que Azaña lloró. También José Giral, antiguo correligionario de Melquíades Álvarez en las filas del Partido Reformista. Pero el caso es que no hicieron nada para proteger a su viejo mentor de las garras del tribunal revolucionario que en la madrugada del 21 al 22 de agosto de 1936, fusiló al tribuno asturiano en el sótano de la cárcel Modelo.

Melquíades Álvarez no había conseguido escaño en las elecciones de febrero de 1936. O sí. Pero el caso es que la Comisión de Revisión de Actas dejó al Partido Republicano Liberal Demócrata que presidía sin representación parlamentaria. Desde entonces, el antiguo líder del reformismo, se centró en sus ocupaciones como Decano del Colegio de Abogados de Madrid. Quién había sido uno de los más firmes impulsores de la huelga general de 1917 en Asturias y León, presidente de las últimas Cortes de la Restauración en septiembre de 1923 y opositor a la Dictadura de Primo de Rivera (pero que había pedido la pena de muerte para los autores de la Revolución de 1934) se encontraba a sus 72 años, apartado de la lucha política.

Su evolución ideológica o más bien, habilidad para los acoplamientos pactistas propios de las conveniencias centristas, le había llevado a distanciarse de sus antiguos colegas ahora en el gobierno. Pero él seguía enarbolando las palabras de “libertad y justicia” preocupado por la radicalización que estaba tomando la calle.

La decisión de aceptar la defensa de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange, detenido desde el mes de marzo y al que habían incoado seis procesos penales (cuatro de ellos por tenencia ilícita de armas) no hizo sino ponerlo en el punto de mira de las fuerzas afectas al Frente Popular. Aceptó el encargo de su defensa como “compañero y Decano” –según palabras del protagonista al periodista Félix Centeno, en el diario Informaciones (10 julio 1936)– y no “por obligación” como actualmente puede leerse en la web del Congreso de los Diputados. Melquíades Álvarez tenía ideas contrarias a las de su representado, pero ello no era un obstáculo para que pudiera defenderle. Cumplía un deber.

Desde entonces y al ritmo de la vorágine española, los sucesos se precipitaron. Tras el asesinato de Calvo Sotelo, fueron muchos los que advirtieron a Melquíades Álvarez de la conveniencia de salir de Madrid. Se negó. El 24 de julio las organizaciones sindicales se habían incautado del Colegio de Abogados y habían destituido a su Junta de Gobierno. Melquíades Álvarez dejó entonces su piso de la calle Velázquez y se trasladó a la residencia de su hija, en Lista, donde se sentía más seguro. Pero de nada sirvió.

Una persona del servicio delató al político y al poco tiempo, una patrulla de milicianos se trasladó al domicilio con la intención de detenerlo aunque sin orden judicial alguna. Los escoltas del líder reformista disuadieron a los raptores pero en unas horas, llegó la orden de detención firmada por el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, militante de Izquierda Republicana que posteriormente será acusado de responsabilidades en los crímenes de la Modelo y de Paracuellos. La Policía se lo llevó el 4 de agosto.

Parece que fue el propio Subdirector de Seguridad, Carlos de Juan, quien le aconsejó trasladarse a Lisboa. No lo hizo. El intento de refugiarse en casa de su amigo, el escultor Sebastián Miranda –amigo de Indalecio Prieto–, se truncó cuando de nuevo, de Juan, le convenció para ingresar en la Modelo ofreciéndole mayor garantía para su vida amenazada: a esas alturas era la única cárcel de Madrid bajo el poder del Gobierno, todavía custodiada por funcionarios de prisiones y Guardias de Asalto. Melquíades Álvarez entraba en la celda de políticos, en la nave central de edificio. Pero pronto volvería a entrar en juego la pasividad de Giral y la acción indisciplinada de las milicias.

Desde este punto los sucesos son bien conocidos. Tras un incendio intencionado, la milicia se hacía cargo de los reclusos. El grupo formado por una treintena de destacados políticos fue trasladado a un sótano de la quinta galería, juzgado sin cargos por un tribunal revolucionario, vejado y asesinado por la ráfaga de las ametralladoras. Era la madrugada del 22 de agosto de 1936. Junto a Melquíades Álvarez yacían, entre otros, su correligionario y amigo Ramón Álvarez-Valdés, Manuel Rico Avello, el doctor Albiñana, el exministro Martínez de Velasco, Fernando Primo de Rivera o Julio Ruiz de Alda.

A veces la historia nos ofrece sinsentidos como este. Porque además, en este caso, el político era tachado de ateo y masón. Pero estábamos ante un radicalismo violento que unido a la inacción gubernamental, los convierte en responsables del asesinato. Melquíades Álvarez, quien había sido uno de los defensores del sector obrero y formado parte de la conjunción republicano-socialista, moría víctima de la violencia incontrolada de los primeros meses de la Guerra con un Gobierno a la deriva. ¿Será que no eran ni tan liberales ni tan demócratas?

Terror rojo en Monovar

S. Fontenla

La Auditoría de Guerra del Ejército de Ocupación, del Ejército Nacional, recopiló los delitos (asesinatos, robos, incendios, etc.) cometidos en los territorios controlados por el Frente Popular, y ejecutados por comités formados por elementos de sindicatos UGT, CNT y FAI.

Estas informaciones fueron recogidas por las declaraciones de prisioneros y pasados, y constataron que todas las tropelías de los comités tuvieron el mismo proceder, y se produjeron en las mismas fechas, que solo pudieron deberse a una dirección y consignas centralizadas, con el mismo patrón de la revolución bolchevique rusa.

Llama la atención el descaro con que aquellos sindicatos reclamaron, después de la Transición, los bienes incautados al finalizar la guerra, sin oposición alguna jurídica y política. Sin haber reparado nada de lo que destruyeron e incautaron, cuya suma financiera es elevadísima y su valor histórico y artístico incalculable e irreparable.

El comité de Monóvar (Alicante) se constituyó el mismo 18 de julio, y la Auditoría de Guerra relata algunos de los crímenes:

“También hubo gran número de asesinatos y también los mismos procedimientos y el mismo sadismo dominó en este pueblo. Familias enteras fueron asesinadas como la de D. Ramón Alfonso que fue asesinado, junto con su mujer y su hijo, D. Paulino Verdú, D. José Maruenda, D. Bernabé el “Malalco”, a D. Luis Vidal y hermanos, D, Luis Vicó, a el “Botero”, a Trosqui, a las hermanas Angelinas, al niño José Rico de Masas, el autor de este infanticidio se ufanaba de ello, Luis Vicent, a D. Luis Maruenda lo sacaron de casa por la noche y lo asesinaron en la carretera de Pinoso a Yecla, a Manuel Vidal Bonmartí y a Juan Ramón el gitano lo detuvieron a ambos y los llevaron a la cárcel de la población, donde estuvieron 4 o 5 días, y después les dieron la libertad diciéndoles no había nada contra ellos y la misma noche los sacaron de nuevo de sus casas, en un coche, y en la carretera de Novelda los mataron, dejándolos abandonados en el campo, Manuel Vidal Bonmartí quedó herido gravemente desangrándose hasta que murió, a Paulino Verdú, a Queremón Alfonso, a José Ros y a Hermelando Bernabé los de Monóvar los sacaron de la cárcel de Alicante diciéndoles que iban a libertarles, pero los condujeron al cementerio de Monóvar, donde ya minutos antes de llegar estas víctimas habían asesinado al hijo de Queremón Alfonso, que estaba en el depósito de cadáveres moribundo, invitando a su padre a que entrase donde estaba su hijo, y preguntándole si lo reconocía, después de esta escena asesinaron a todos los detenidos. Hermelando Bernabé al ver la situación gravísima y desesperada en que se encontraba agredió de un puntapié a uno de los asesinos, muriendo este también al día siguiente, a José Vidal Bonmartí lo detuvieron en Lorca, y lo llevaron a Monóvar y en el cementerio le obligaron a cavar su fosa y allí lo asesinaron”.

Luis Collazo, el primer asesinado de la Falange Gallega

Juan Manuel Cepeda

Luis Collazo Campos era un joven gallego de familia humilde y huérfano de padre, que al acabar su Servicio Militar, volvió a su ciudad natal Vigo en el verano del 35 e intentó buscar trabajo para ayudar a la economía familiar.

De inmediato contactó con un antiguo amigo, José Domínguez Sánchez, que en ese momento se encontraba preso por ser falangista. Comenzó a visitarle en la prisión, donde conoce a otros militantes de la Falange Viguesa, con los que empieza a trabar amistad, y a descubrir la Doctrina de José Antonio. Cuándo recobra la libertad su amigo, Luis se une a la Falange de Vigo y empieza a visitar el humilde local que tenían en el número 1 de la Calle General Riego, sede que solo contaba con 2 habitaciones en la planta baja, donde a la vez tenía instalado un taller de zapatería su camarada José Domínguez.

Luis comienza, con 21 años, a vender el periódico “Arriba” por las calles de Vigo, venta que se producía entre continuos ataques de los grupos izquierdistas, en los que Luis se distingue dada su altura y corpulencia física.

El Jefe local de la Falange de Vigo, Felipe Bárcena, le consigue trabajo en las obras de ampliación de la factoría de Campsa, como peón.

Y llega la fatídica fecha del 7 de febrero de 1936, Luis sale del trabajo y se reúne con sus camaradas en el local de Falange, allí se encuentra con Felipe Bárcena, con Jorge y su hermano Ramón Mondina, con Melchor Herrero, José Míguez, Ramón Arias, Carlos Garabal, Enrique Gameselle , Antonio Lamas, José Domínguez y Constantino Cea, ya es noche cerrada.

A la luz de una vela, pues les habían cortado el suministro eléctrico al no poder pagarlo, empiezan la reunión y al poco tiempo oyen un fuerte golpe, tiran la puerta de entrada y unos anarquistas, armados de pistolas les gritan “manos arriba y contra la pared”. Los asaltantes son siete anarquistas, al mando de Luis Quintas, conocido dirigente de la FAI.

Tras unos segundos de estupor, Jorge Mondina, le intenta quita la pistola a Luis Quintas, mientras otro falangista apaga la vela. El jefe anarquista grita, refiriéndose a Mondina, “a éste el primero”. Los anarquistas vacían los cargadores de sus pistolas. Antes de salir, tiran dos botellas de líquido inflamable.

Resultaron heridos los falangistas quedan cubiertos de sangre, en el suelo quedan Garabal, Cea, Gameselle y Luis Collazo.

En la huida, los anarquistas se cruzan con el guardia de Asalto, José Fariñas, que al ver como seguían disparando en dirección al local de Falange, saca su pistola e intercambia disparos con Luis Quintas, además el policía dispara también contra otro anarquista, Robustiano Figueira, que cayó muerto.

La Policía encuentra multitud de casquillos en el suelo del local falangista, una pistola abandonada y 48 impactos de balas en las paredes. Trasladan a los falangistas heridos a la Casa de Socorro, el más grave es Luis Collazo, pues tiene dos heridas mortales de bala en el vientre con orificios de salida por la espalda. Murió dos días después.

Gameselle resultó herido de bala en el pecho, Garabal recibió un disparo que le rompió un brazo, Cea tenía un disparo en el tórax y Domínguez también estaba herido de bala.

La Falange entregó una cantidad de dinero a la madre de Luis, Balbina, para ayudarla, ella se negó y utilizó ese dinero en comprar la sepultura de Luis. En el mes de mayo de 1960, los restos mortales de Luis Collazo fueron trasladados al Valle de los Caídos, donde en la actualidad reposan.

Pero ¿que fue del asesino de Luis Collazo ,el anarquista Luis Quintas?

El anarquista Luis Quintas fue procesado por el atentado pero huyó y al comienzo de la Guerra Civil capitaneó los grupos izquierdistas que atentaron contra otros falangistas en Vigo, en Lavadores, que estaban al mando de Manuel Hedilla.

Al finalizar la Guerra, Luis Quintas estuvo escondido con documentación falsa a nombre de un tal Clemente Cabaleiro, realizando operaciones de contrabando, sin que fuera descubierto, así como ventas de productos por las ferias locales.

Hasta que en el año 1951 fue detenido, descubriendo la policía su verdadera identidad. Fue juzgado por un Consejo de Guerra en Vigo y condenado a prisión, tras la cual quedó libre.

Desde el mismo nacimiento de la Falange a finales de 1933, todos los partidos y sindicatos de izquierdas trataron por todos los medios de hacer callar la voz del nuevo movimiento, llegando incluso al atentado personal.

Hasta el 18 de julio de 1936 se han contabilizado 104 falangistas asesinados principalmente por socialistas, aunque también intervinieron en menor medida en los atentados, comunistas y anarquistas.

Víctor Pradera, el asesinato de un vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales

José Luis Orella

Víctor Pradera fue uno de los principales ideólogos del carlismo, convirtiéndose en el más importante intelectual de esta ideología durante la II república, al asumir la presidencia del Consejo de Cultura Tradicionalista en 1934. Su mayor logro fue la sistematización en un sistema político de un indefinido abanico de ideas, a las que consiguió dar forma y concretar en una forma de Estado corporativo, pero acorde con la personalidad histórica de la nación. Su última obra “El Estado Nuevo” fue su libro cumbre y el que le dio más fama. La importancia de la obra fue de tal calibre, que Pradera tuvo que reunir los artículos en un libro que editó a finales de 1935, y que sirvió de base para la erección del posterior Estado nacional del general Franco.

Nacido en Pamplona en 1872, fue ingeniero de caminos, canales y puertos, aunque la preparatoria para ingresar en la Escuela de Ingenieros de Madrid la realizó en la recién fundada universidad de Deusto. En 1899 y 1901 fue diputado carlista por Tolosa, volviendo a las cortes en 1918 como representante de Pamplona. En su recorrido político, siguió a Juan Vázquez de Mella en su escisión, y fue responsable de adaptar el carlismo al catolicismo social en boga en ese momento. La proclamación de la II República favorecerá la reunión de las diferentes facciones en un solo organismo político carlista. Durante el convulso periodo republicano, se convirtió en uno de sus principales oradores e intelectuales, y logró ser vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales, encargado de velar por la constitución, al ser respaldado por más de un 80 % de los concejales de Navarra, de las quince plazas que debía cubrirse por ese procedimiento en 1933.

Víctor Pradera colaboró en la revista Acción Española y fue Amigo de Ramiro de Maeztu y del político José Calvo Sotelo. El estallido de la Guerra Civil le encontró en San Sebastián, donde no quiso pasar a Francia, para no dejar a una hija embarazada a punto de dar a luz. Se trasladó con su familia a una fonda, el hostal Ursula, al encontrarse su casa particular en línea de frente. La dueña de la fonda puso al corriente a la Junta de defensa formada por representantes del PNV y de los partidos que formaban parte del Frente Popular, de quien era su inesperado huésped. El 2 de agosto un grupo de milicianos anarquistas de la CNT y nacionalistas de ELA-STV le detuvieron por orden del consejero de orden público de la junta, Telesforo de Monzón. La detención era ilegal, al ser expedida por una junta que había secuestrado la competencias del gobierno civil y realizarse sobre una persona que gozaba de inmunidad en su condición de miembro del Tribunal de Garantías Constitucionales.

Un comité revolucionario lo condenó a muerte por monárquico y escritor contrario a la causa republicana. El 26 de agosto la cárcel fue asaltada por milicianos que querían sacar a los presos para asesinarlos. Sin embargo, la rápida actuación del consejero de guerra, el comunista Jesús Larrañaga, evitó la catástrofe. Entretanto, un hijo de Víctor Pradera, Javier Pradera aprovechó a visitar al nuevo consejero de orden público, el nacionalista Juan Antonio Careaga, antiguo compañero de clase en la universidad de Deusto. No obstante, fue detenido en calidad de rehén, haciéndose responsable de su custodia. Javier Pradera ya había sido detenido por la CNT, pero había sido liberado al no encontrar nada contra él. La detención en este caso por los nacionalistas no sentó nada bien a los anarquistas.

En aquel momento, los nacionalistas vascos controlaban la consejería de orden público de la junta de defensa, mientras que las cárceles y checas estaban bajo control revolucionario. La del Kursaal era del PCE, la situada en la calle Larramendi era de la CNT y la cárcel de Ondarreta estaba bajo control de las JSU (Juventudes socialistas Unificadas). El 30 de agosto, 56 presos de la cárcel de Ondarreta fueron fusilados ante las victorias de las fuerzas navarras que llegaban a la ciudad donostiarra. El 6 de septiembre otro numeroso grupo fue sacado, entre los cuales se encontraban Víctor Pradera, que fue pasado por las armas junto a su compañero de aula en Deusto, José María Urquijo, fundador del periódico católico La Gaceta del norte, en el cementerio de Polloe. Entre las tropas nacionales que entraron en San Sebastián, se encontraba su hijo Juan José Pradera, quien se hizo cargo de los cadáveres de su padre y hermano, quien también había sido pasado por las armas. El resto de los presos fueron trasladados a Bilbao, bajo la custodia del consejero de orden público del gobierno vasco, Telesforo de Monzón.

Sara Jordà y Dolores Berti, dos heroínas en la sombra de la guerra civil

César Alcalá

Alo largo de la Guerra Civil, las mujeres hicieron tareas realmente dignas de mencionar. Sara Jordà se dedicó a una admirable actividad caritativa dentro del llamado Socorro Blanco. Desde los centros oficiales de Gerona, donde si infiltró, ayudó a obtener permisos, pasaportes, impresos oficiales, sellos de goma, firmas y dinero que evitaron que muchas personas fueran perseguidas. Organizó expediciones para pasar clandestinamente gente a Francia. Fue descubierta, detenida y fusilada en el castillo de Montjuic el 11 de agosto de 1938. La condenó el Tribunal de Alta Traición con el visto bueno del presiente de la Generalitat de Cataluña Lluís Companys. Su hija pidió que se la indultara. Companys, ante esa demanda, exclamó que “para los traidores, no hay piedad”. Aquel mismo día, en los fosos de Santa Elena de Montjuic se fusiló a 64 personas, 7 mujeres y 57 hombres. Durante muchos años la Rambla de Figueras llevó su nombre.

Dolores Berti era una chica de familia humilde, católica, y natural de Figueras. Su familia, durante la Guerra Civil, protegió en su casa a mosén Luis de Maciá Llavanera. Desconocemos si por una delación o por pura casualidad una patrulla de control anarquista fue a casa de los Berti. Dolores Berti, con arrojo y gallardía, cerró la puerta a los patrulleros para que no pudieran detener al sacerdote allí escondido.

Aquella reacción de la joven hizo suponer a los patrulleros que algo pasaba en esa casa. La caza de aquel día tendría sus frutos. Amenazaron con derribar la puerta si no la abrían y los dejaban entrar. La familia Berti accedió a abrir la puerta ante las amenazas de los patrulleros.

Ya, con la puerta abierta, Dolores Berti fue lanzada escalera abajo por los miembros de la patrulla de control. Quedó mal trecha y casi no se podía mover. Esto no les importó. Sería una víctima más de las muchas que ya habían asesinado. La detuvieron y se la llevaron de allí. La subieron a un coche “fantasma” y cuando llegaron a Vilafreser -partido jurisdiccional de Villademuls (Pla de l’Estany)- la hicieron bajar del coche y la asesinaron en medio del camino. No sin antes insultarla y vejarla. Desconocemos la fecha de su muerte, pero si la de mosén Luis de Maciá Llavanera, asesinado en el Castillo de San Fernando de Figueras el 27 de agosto de 1936.

Dolores Berti es una de las víctimas olvidadas de la guerra civil española. Su nombre no aparece en ningún listado. Nunca existió su muerte y no quedó reflejada en ningún registro. Nadie la reclamó. Debemos suponer que murió a finales de agosto de 1936, pero es solo una suposición. Tampoco sabemos nada de sus padres. Si la detuvieron a ella, también es lógico que a ellos les pasara lo mismo. El caso de la familia Berti, por desgracia, no es único. Muchas personas, y no sólo de la retaguardia catalana, nunca fueron reclamadas o inscritas. Quizás por miedo o al desaparecer todos sus familiares directos.