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El racismo del que nadie habla: El flagelo de los ataques a granjeros blancos en Sudáfrica

Por Rodrigo
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cutuku2001hotmailcom/10/10/18
lunes 23 de julio de 2018, 21:00h

altLos atracadores dieron una paliza a “Oki”, antes de robar miles de rands de la caja fuerte. Él murió poco después en el hospital. Cada año, decenas de agricultores blancos mueren en Sudáfrica de forma violenta, aunque no existen estadísticas. Foto: AFP

Redacción

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Víctima de agresores negros, Robert “Oki” Turner, un granjero blanco de 66 años pasó a engrosar hace seis meses la larga lista de víctimas de uno de los legados envenenados del apartheid, los “asesinatos de agricultores”.

“Lo golpearon con un gran tronco […]. Yo escuchaba cómo se quebraban sus huesos”. Debbie Turner cuenta en su residencia de ancianos la lenta agonía de su marido, a quien golpearon hasta la muerte en su granja de Sudáfrica.

Un cuarto de siglo después del fin del régimen segregacionista, el país vive una situación inquietante entre violencia, fracasos económicos y divisiones raciales.

“Hasta hace cuatro o cinco años vivíamos felices” en una granja de las montañas de Limpopo (noreste), recuerda Debbie.

Pero la violencia extrema de las grandes ciudades se extendió a las provincias, con atracos, tomas de rehenes y ejecuciones, a veces a cambio de botines ridículos, como un fusil de caza o un teléfono.

El pasado 14 de junio fue el turno de los Turner. En plena noche, unos hombres armados irrumpieron en su granja.

“No me violen”

“Me arrastraron dentro de la casa, me metieron bajo la ducha y quisieron violarme”, cuenta la sexagenaria. Yo les dije: ‘Tengan piedad, no me violen, tengo sida'”. Los atracadores arrastraron después a “Oki” junto a ella y le dieron una paliza, antes de robar varios miles de rands de la caja fuerte.

Robert Turner murió poco después en el hospital.

Cada año, decenas de agricultores blancos mueren en Sudáfrica de forma violenta, aunque no existen estadísticas detalladas sobre estos crímenes.

La oenegé AfriForum, portavoz de la minoría blanca (9% de la población), ha hecho de este uno de sus combates preferidos.

“Sudáfrica es un país muy violento”, reconoce su vicepresidente, Ernst Roets. “Pero estos ataques también tienen una causa política. Algunos dirigentes predican el odio contra los granjeros blancos y los acusan de todos los males”.

En su mira está Julius Malema, jefe de la izquierda radical que exhorta a “hacerse con la tierra” de los blancos, o el presidente Jacob Zuma, quien en 2010 entonó el cántico revolucionario “disparen al granjero, maten al boer”.

La agricultura sudafricana sigue controlada en gran parte por los descendientes de los colonos. Los agricultores blancos poseen 73% de las tierras, según un reciente estudio.

La misma condena

En un contexto de desempleo masivo, florecen los llamados a la “transformación radical de la economía” en beneficio de los negros.

“Los negros creen que les hemos robado el país”, apunta el agricultor GerhardusHarmse. “Pero somos nosotros los que lo construimos”.

El ministro de la Policía, FikileMbalula, les negó cualquier trato de favor en un país con 52 muertos por violencia diarios, fundamentalmente negros.

“El asesinato de cualquier sudafricano debe condenarse de la misma forma”, afirmó.

Los agricultores negros también sufren inseguridad, pero se niegan a unirse al combate de sus colegas blancos. “No aceptamos que algunos utilicen su estatuto de agricultores para difundir un discurso de extrema derecha”, explica VuyoMahlati, presidente de la Asociación de Agricultores Africanos (Afasa).

Por sus propios medios

Al considerarse abandonados por el gobierno, muchos agricultores blancos garantizan su seguridad con sus propios medios, a veces patrullando por la noche armados con pistolas.

“Hay que protegerse […] Queremos estar tranquilos”, justifica MarliSwanepoel, de 37 años, después de comprar una granja aislada en Limpopo.

Otros se niegan a ceder ante el miedo. Como Hans Bergmann, atracado una mañana por hombres armados que le dispararon en el pie antes de vaciar su caja fuerte.

“Vinieron por el dinero […] Todo el mundo cree que los agricultores son ricos”, bromea este sexagenario. Pero “no voy a empezar a encerrarme. Así es la vida”.

Debbie Turner tampoco claudicará.

“Estoy enojada con quienes mataron a mi marido […] A veces quiero que los cuelguen”, reconoce. También reprocha a la policía no haber detenido a los agresores.

Pero en recuerdo de su marido, Turner hizo una promesa: “Un día volveré a la montaña”

Atrocidades racistas en sudáfrica

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Jacob Zuma, presidente del paísfue filmado cantando “ShoottheBoer”(“dubul’ibhunu”), uno de los himnos del Congreso Nacional Africano (ANC), en 2012: el jefe del Estado gritando “matad al blanco”. Su sucesor, CyrilRamaphosa, inició en Febrero de 2018 el proceso de reforma constitucional que permitirá la expropiación sin indemnización de las tierras de los blancos.

En este vídeo pueden ver a un dirigente del ANC reconociendo (a partir del minuto 2:25) que se expropiará sin indemnizaciones, y que “la burocracia y los jueces” harían mejor en no entorpecer el proceso con puntillosidades jurídicas, pues “nada que ordene el gobierno puede ser ilegal”; a partir del minuto 6:00 se puede escuchar a una portavoz del movimiento “Blacks First, Land First”, a quien no se podrá reprochar ambigüedad: “Vamos a por vosotros, y vamos a quitaros todo lo que poseéis [We are comingforyou, and we are going to geteverythingthatyouown]” (6:50). En fin, tampoco hay que exagerar: el líder negro Julius Malema (del EFF) ha asegurado que “no exterminaremos a los blancos”. Cierto es que añadió: por ahora.

¿Por qué los medios de todo el mundo miran para otro lado? ¿Por qué ha tenido que ser la periodista y YouTuber Lauren Southern la que, por libre, sin guardaespaldas y financiada por crowd–funding, se echase a las peligrosísimas pistas rurales sudafricanas para entrevistar a los granjeros afrikaner asediados (el resultado es el impresionante documental Farmlands)?

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La imagen que emerge es la de la “nación arcoiris” –el sueño buenista–multicultural hecho realidad– hundiéndose en el colapso económico y aproximándose peligrosamente a la guerra civil: hay granjeros blancos que han poseído sus fincas por diez generaciones (de hecho, los boers son el grupo étnico más antiguo de Sudáfrica: ninguna de las etnias negras ahora mayoritarias –salvo los san o bosquimanos– estaba allí cuando desembarcaron los holandeses en 1652; los zulúes no llegarían hasta el siglo XIX), y están dispuestos a defenderlas con su vida.

El gobierno sudafricano está aplicando cuotas raciales en las empresas y la administración: como los blancos son el 8% de la población del país, no deben ocupar más del 8% de los puestos. Partidos radicales como los EconomicFreedomFighters exigen la depuración de los blancos. El resultado es la pérdida de personal cualificado, el caos, la ineficiencia. Sudáfrica parece no haber escarmentado en las carnes de la vecina Zimbabwe, donde la expropiación y expulsión de los blancos (auténtica limpieza étnica) sumió al país en la hiperinflación y la carestía a partir de 1980.

La política de cuotas raciales y de “negros primero” está generando una clase blanca desfavorecida a la que el Estado no asiste –no se les admite en los shelters públicos– y que se ve obligada a agruparse en “whitedisplacementcamps” o “whitesquattercamps”. Malviven en chabolas. No tienen dinero para emigrar a Occidente. Además, no está claro que Occidente los admita como refugiados: Canadá ya ha denegado el asilo a algunos.

En 2015, sudafricanos blancos pidieron a la Comisión Europea que reconociese oficialmente un “derecho al retorno”, pues sus antepasados eran holandeses, británicos o franceses. La respuesta fue el silencio. El celo desplegado hasta ahora por las instituciones europeas para detener la limpieza étnica en Sudáfrica es el mismo que el mostrado frente a la persecución de los cristianos en Oriente Medio.