Por Juan García-Landete
“Te diferencias mucho de mí –continuó, volviendo a llenar los vasos?. Tú nunca piensas en chicas solamente. Yo, por mi parte, nunca pienso en nada. ¿Por qué había de hacerlo? Soy el ?general soviético’. Nunca pienso. No intentes jamás hacerme pensar”.
“Te diferencias mucho de mí –continuó, volviendo a llenar los vasos?. Tú nunca piensas en chicas solamente. Yo, por mi parte, nunca pienso en nada. ¿Por qué había de hacerlo? Soy el ?general soviético’. Nunca pienso. No intentes jamás hacerme pensar”.
Así se expresa el general Golz en la novela de Ernest Hemingway, Por quién doblan las campanas. Su modelo en la vida real, el general Walter, fue un militar al servicio de cuatro ejércitos, que transitó indemne, como sin querer, pero con su nombre unido al desastre, por uno de los periodos más agitados de la historia.
Karol Waclaw Swierczerwski nació en una Varsovia de finales del siglo XIX que pertenecía al Imperio Ruso. Los pocos recursos de su humilde familia judía motivaron que su paso por la escuela fuera efímero. Pronto comenzó a trabajar en una fábrica y su futuro parecía el mismo que el de millones de obreros. Pero la I Guerra Mundial puso patas arriba el continente y todo cambió en Europa. También para él.
Al iniciarse la contienda fue evacuado a Rusia. Tras una breve estancia en Kazán, la capital de Tatarstán, fue trasladado a Moscú, donde se alistó en el Ejército Ruso y fue enviado a combatir al frente. Pero la Revolución de Octubre provocó que Rusia saliera de la guerra. A su vuelta, Karol se encontró con otro país. De la noche a la mañana Rusia había pasado a ser la Unión Soviética y él un soldado del Ejército Rojo que debía enfrentarse a los blancos, los contrarios a la revolución.
Corría el año 1917 y la insólita carrera de este joven polaco comenzaba en las escaramuzas en la defensa de la capital.
En 1918 se unió al Partido Comunista y se convirtió en un comisario político del Ejército Rojo. En un año convulso, tuvo la suerte de participar en importantes victorias por las que fue condecorado, y que le dieron lustre personal en círculos militares. Ello le abrió las puertas de la prestigiosa academia militar M.V. Frunze.
Durante la primera mitad de los años treinta, Karol disfrutó de una vida plácida en la capital como director de una academia militar para cadetes extranjeros. Era una persona afable y de buen trato, aunque su vida ya comenzaba a verse envuelta en una nube de alcohol, que ya nunca le abandonaría. Tuvo otra conocida afición en las mujeres. A pesar de lo austero y espartano de su carácter, siempre necesitó de la compañía femenina para sentirse completo. En Rusia se casó con Vlada Pejótskaya, su asistente personal. Con ella tuvo una hija. Como su familia nunca le acompañó en sus viajes, él buscó otras opciones a donde fuere. En España vivió con una bailarina llamada Isabel, mientras que en Polonia tuvo otra amante. Swierczerwski nunca ocultó ninguna de estas relaciones, por un peculiar sentido del respeto hacia sus mujeres.
En 1936, Karol Swierczerwski se presentó en España para encabezar la 14º Brigada Internacional contra las fuerzas nacionales del general Franco. La elección de este polaco pesó más que la de otros compañeros rusos con formación castrense mucho más sólida. El KOMINTERN incluso pasó por alto hechos por los que otros candidatos ya habían sido eliminados o enviados al archipiélago gulag. El Kremlin necesitaba a un hombre con una capacidad de observación y síntesis fuera de serie y él era el perfecto espía con disfraz de militar. El mariscal Tujachevski creía que Alemania se convertiría en el principal enemigo de la URSS y quiso tener un hombre de su confianza para vigilar de cerca el potencial y las evoluciones de la Wehrmacht.
El objetivo oficial de estas tropas internacionales era que España se convirtiera en la tumba del fascismo europeo. Pero la campaña del general militarmente fue un fracaso y el mismo asumió gran parte de las responsabilidades por la abultada pérdida de efectivos en las torpes maniobras estratégicas en la defensa de Madrid. En su favor hay que reconocer que sus tropas eran voluntarias e inexpertas, compuestas por desechos de otras brigadas. Un grupo caótico e inepto, un atajo de cobardes que Walter no pudo controlar. Vagabundos y borrachos, como los calificó Hemingway, compañero de juergas del general.
Curiosamente, el bando republicano y parte de la historiografía posterior calificaría de heroico el comportamiento de esta brigada. La reputación del general Walter volvía a quedar impoluta, sin que él se hubiera puesto demasiado interés en salvaguardarla.
Fue en la Guerra Civil Española donde adoptó el sobrenombre por el que se le conocería en adelante. El general siempre tenía en una de sus manos una pistola Walther PP 4 (poseía dos), a punto para rematar personalmente a los desertores.
Pero su misión había terminado. El nazismo estaba en plena efervescencia y el general Walter era requerido en Moscú. Le esperaba la Academia Militar, el alcohol, las condecoraciones de rigor y, previsiblemente, la purga estalinista. Lo último era lo más lógico, tras su aparente fiasco español y teniendo en cuenta la caída en desgracia y fusilamiento del que había sido su valedor, el mariscal Tujachevski. Milagrosamente eso no ocurrió. Es más, Swierczerwski incluso logró arrancar de las garras de la policía política (NKVD) a su hermano y escribió una tesis sobre sus operaciones militares en España que casi logra el Premio Stalin, el más alto reconocimiento intelectual del país. Pero la vida de serena placidez que probablemente soñaba se vio truncada otra vez por el estallido de otra brutal guerra.
El general Walter volvía a estar al frente de una división en 1941. La participación de la 248 división de infantería en la II Guerra Mundial fue una sucesión de despropósitos. El general Walter estaba casi siempre borracho y por ende nunca acertó en sus decisiones. Durante las primeras cinco semanas de la operación Barbarrosa, en las operaciones militares junto al río Viazma en noviembre de 1941 quedaron bien claras sus dotes militares. En un sola semana, de sus diez mil hombres sólo quedaron cinco, incluyéndole, que resultó herido.
Curiosamente, por esto tampoco lo fusilaron, tampoco dimitió, ni fue degradado. Sus conexiones con los órganos del poder obraron la magia y otra vez se vio al mando de una división. Esta vez, sí, solo de reserva para la instrucción de soldados. Pero en 1944, la URSS, con la guerra ya bien encarrilada, decidió crear un Ejército polaco con vistas a la inminente formación de un estado comunista en Polonia. Y volvieron a acordarse de Walter, que pasó al mando de una de las unidades del mismo. Era polaco y comunista.
El insumergible general daría su do de pecho en 1945 en las calles de Berlín, cuando las tropas soviéticas de los mariscales Zhukov, Rossokovski y Konev tenían casi copada la ciudad y el fin de la guerra era cuestión de días. Walter recibió la orden de avanzar por el sur de Berlín ocupando Bautzen. Los nazis recibieron la orden de llevar a cabo un último ataque a la desesperada, con unas fuerzas muy debilitadas, prácticamente simbólicas. Iban a morir matando. El general Von Oppeln avanzó con unos carros anticuados y cincuenta mil hombres mal pertrechados y desmoralizados hacia la posición de Walter. Sus tropas, perfectamente armadas y muy superiores en número, no estaban dispuestas para el combate y sufrieron una derrota que hubiera sido sonrojante si no llega a ser porque a los tanques alemanes se les acabó la gasolina.
Al final de la guerra, los rusos decidieron desprenderse del general y lo enviaron a su Polonia natal. Recibió la orden de diseñar el nuevo ejército polaco. Lo convirtieron en ministro de Defensa. Después de su muerte y durante toda la etapa comunista fue considerado un héroe nacional por su lucha contra el nazismo… Pero, tras la caída del muro cayó en el ostracismo y quedó de él lo que fue, un general soviético cuyo principal aportación fue la aportación a la creación de la Polonia comunista.
Murió en una emboscada de un grupo nacionalista polaco. En este acto se quiso ver el largo brazo del Kremlin. Una operación en la cual Walter era el peón sacrificado para llevar a cabo una deportación de la población ucraniana de la región noroeste de Polonia.
Triste enseñanza de la historia: un general sin dotes castrenses, un militar por decreto y por necesidades políticas. Una persona con otros talentos o sin ellos en un puesto equivocado puede ocasionar demasiados trastornos.