
Fernando Mauri
Conforme se profundiza la crisis estructural y general en Venezuela, aumenta la presión externa sobre el régimen como así los rumores sobre una posible intervención estadounidense en el país caribeño.
Considerando los vínculos de Caracas con Moscú y Pekín, pareciera que la concreción del último escenario activaría el automatismo: las dos potencias nucleares acudirían en defensa del socio caribeño.
Ahora bien, ¿es posible que se materialice este escenario militar mayor que dejaría al mundo “ad portas” de una nueva conflagración mundial?
Es difícil que ello suceda. Sabemos que el régimen de la Guerra Fría hace tiempo desapareció, pero las “culturas estratégicas” permanecen, es decir, ninguna de las tres potencias (Estados Unidos, Rusia y China) “se fugarían hacia adelante” para quedar involucradas en un enfrentamiento militar sin precedentes no existiendo un “sustrato estratégico” que lo habilite. Es verdad que en 1914 no había tal sustrato, pero el grado de nacionalismo, armamentismo y hasta “deseo de guerra” que existía entonces hizo inevitable el choque.
La gran concentración de capacidades nacionales proporciona confianza y autoamparo, pero también deferencia y automoderacion. De no ser así, hace tiempo los poderes mayores se habrían aniquilado, particularmente los dos primeros.
Ello no quiere decir que no podría ocurrir, pero sólo sería posible si se encontraran bajo amenaza intereses vitales de dichos actores o debido a un malentendido estratégico mayor. Considérese que Estados Unidos, es decir, la OTAN, no movilizó fuerzas cuando los acontecimientos en el Cáucaso en 2008. Tampoco lo hizo cuando Rusia se anexionó Crimea en 2014. Yendo más atrás, la entonces URSS brindó apoyo en materia de inteligencia a Argentina en la guerra de 1982 contra el Reino Unido, pero no llegó al punto de quebrantar la relación con Estados Unidos por dicho enfrentamiento en un “área occidental”.
En suma, hay “cotas estratégicas” que muy difícilmente los poderes preeminentes transgrederán, aun en tiempos carentes de orden entre Estados, como ocurre actualmente.
Hay que considerar siempre la geopolítica, la disciplina indispensable, en este caso, en materia de intereses zonales y auto-restriccion entre Estados.
Venezuela es parte de la zona de interés selectivo inmediato de Estados Unidos, como lo es América Central, el Caribe y Colombia, esto es, el Gran Caribe o, como muy bien describen los expertos argentinos Roberto Russell y Fabián Calle, la “periferia turbulenta” de América Latina.
Es cierto que Occidente, es decir, Estados Unidos, ha desplegado capacidades en zonas de interés selectivo ruso, Europa del este; pero ello responde a un reflejo o regularidad histórica: la de potencias marítimas previniendo la “inevitable” expansión del poder terrestre ruso y evitando su proyección hacia mares abiertos.
Finalmente, quizá existe una presunción de carácter casi inevitable en relación con la intervención estadounidense en Venezuela. Más todavía, se considera que así como antes intervino en Granada y Panamá, ahora lo hará en Venezuela.
Siempre es conveniente respetar los tiempos históricos. Aquellos casos tuvieron lugar en otro contexto interestatal ante el cual la administración republicana encabezada por Reagan no tuvo reparos en lograr ganancias decisivas de poder ante su ya débil oponente, la URSS. Más aún, según rezaban los estratégicos “Documentos de Santa Fe”, el propósito consistía en lograr golpes estratégicos secuenciales en dicha región (y en el mundo), el último de los cuales acabaría con el régimen cubano, la gran “humillación estratégica” regional sufrida por Estados Unidos en tiempos de Guerra Fría.
Hay lecciones, no todas, claro, que Washington está asimilando. La de la relación costo-beneficio influye en el caso Venezuela, más allá de las belicosas palabras proferidas por Trump sobre el régimen de Caracas.
Una intervención en Venezuela podría implicar problemas más allá de la captura de Caracas. El régimen podría cerrar filas y poner en práctica lo que cubanos y chinos estuvieron enseñando durante bastante tiempo a la milicia bolivariana: el “método táctico de resistencia revolucionaria”, esto es, mantener la lucha, dañar al enemigo y, sobre todo, evitar la decisión al más fuerte (no obstante, hasta la fecha no sabemos sobre la eficacia de esta enseñanza militar de ‘guerra asimétrica” en los venezolanos).
Venezuela en 2019 tampoco es Kuwait en 1990. Entonces, para Occidente la región del Golfo Pérsico era clave por los recursos estratégicos; pero Estados Unidos no sólo ha diversificado fuentes desde entonces, sino que se ha convertido en un gran productor de hidrocarburos. Las nuevas fuentes alteraron compromisos en relación con “plazas geopolíticas primarias”.
El reto venezolano para Estados Unidos (y para los países primordialmente vecinos de Venezuela) es básicamente social y también en relación con la expansión de la presencia China más que rusa.
En otros términos, es posible que Washington continúe trabajando desde la presión que implican las sanciones y el aislamiento sobre el régimen venezolano, como así desde las tarea de inteligencia con el fin de provocar disensiones dentro de dicho régimen. Aún hay varias cartas para presionar al régimen.
Por último, hay que decir que la amenaza de intervención externa (Estados Unidos, Colombia) la agita más que nadie el régimen venezolano; y lo hace, en buena medida, considerando que es un elemento de legitimación y relativa búsqueda de convergencia social. Se trata de un recurso clásico por parte, generalmente, de regímenes acorralados.
Pero si finalmente todo fracasa y la situación queda al borde de la injerencia, seguramente Pekín y, sobre todo, Moscú aumentarán su retórica contra Washington y hasta es esperable la presencia de navíos de aquellos países en aguas venezolanas. Pero no una movilización mayor dispuesta a entrar en guerra por Venezuela.
Sin duda, ambas potencias eventualmente bloquearían cualquier autorización en el Consejo de Seguridad para usar la fuerza, pero posiblemente las dos acaben siendo parte de la conveniencia del recambio de oxígeno político en Caracas.
Rusia en Venezuela mantiene intereses relacionados con la venta de armas (las transferencias le han reportado ganancias por arriba de los 15.000 millones de dólares), deuda venezolana (difícilmente Rusia condone la deuda como lo hizo con Cuba, aunque aquella es muy menor en relación con la que mantenía este último pais), participación en refinerias y comercialización de derivados del petróleo de PDVSA en Estados Unidos, y cuestiones de reparación o contrabalanceo estratégico ante Estados Unidos.
Pero todo ello no replicará en una intervención rusa en Venezuela para salvar al régimen, como lo hizo en Siria con su poder aéreo en septiembre de 2015.
En Siria no sólo hubo que “rescatar” a Bachar el Asad, sino evitar una nueva capitulación rusa ante Occidente y en Oriente Medio tras los sucesos de Irak-Kuwait en 1990, cuando Gorbachov decidió soltar la mano a uno de los viejos clientes regionales de Moscú, el régimen de Bagdad. Bien sostuvo entonces el ex secretario de Estado James Baker que ese fue el momento que puso fin a la Guerra Fría.
En Siria Rusia ha logrado ganancias relativas de poder ante Occidente. Difícilmente quiera hacer lo mismo ante un escenario de interés geopolítico estadounidense. Sería elevar el nivel de “sobrecarga” de su política exterior a un nivel insostenible y muy peligroso. Tal vez sería más congruente un “quid pro quo”.
En cuanto a China, su interés en Venezuela es geoeconómico antes que geopolítico, es decir, el valor que le asigna Pekín al país latinoamericano está vinculado con materias primas y su explotación, pero no (por ahora) con convertir a Venezuela en un “coto de reserva geopolítica-estratégica” de China, como sucede con algunos países de África, Sudán, por caso, o bien algunos de sus importantes suministradores del Golfo de Guinea.
Cuando China asocie geoeconomía con geopolítica en algún país latinoamericano, entonces el involucramiento de Pekín será mayor. Pero hasta el momento no hay ningún “almacén militar” de China en la región que implique aquello.
Por otra parte, China no proyecta hacia la región una política de reparación estratégica ante Estados Unidos, como sí lo hace Moscú. Fuentes de suministros, deuda, activos, participación en compañías, etc., componen el creciente lote de intereses chinos en el país caribeño.
Posiblemente, como Rusia, China finalmente se incline por el “correctivo político” en el país, sin que ello afecte su creciente presencia económica y financiera.
Ante una situación extrema, difícilmente Pekín sostenga una respuesta militar, pues ello necesariamente implicaría un gran despliegue de recursos marítimos. Y sabemos que, más allá de sus ambiciones y su despliegue en su “extranjero marítimo cercano”, la potencia asiática dista de ser hoy un poder naval de escala como lo es Estados Unidos.
En breve, existe una visión desmedida de “intervenciones” externas en Venezuela. Es verdad que el país se encuentra atravesado por una crisis estructural integral, y el régimen ingresó en una fase de “comunismo de guerra” con el fin de evitar fracturas internas que podrían herirlo de muerte.
Pero hay un margen relativamente amplio para que Estados Unidos y la (des) unida América Latina continúen haciendo su trabajo.
Por ahora es difícil pensar en una intervención por parte del hegémono continental, pero más cuestionable es una intervención rusa y china para amparar y mantener a Maduro y los suyos.