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Los piratas de Gibraltar : Odian tanto a España como tanto quieren los veranos en Isla Cristina

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
martes 27 de agosto de 2013, 00:00h

Érase que se era, un pequeñísimo territorio, llamado Gibraltar, muy peculiar y con forma de lanza, cuya roca prominente daba sombra al istmo que lo unía con una península ubicada a las orillas del cálido Mediterráneo. Geográficamente es un territorio bastante inhóspito, escarpado, de playas sin arena y espacio sin tierra, rodeado de un agua que no es suya, pero que la usa como si lo fuera, y con unos recursos naturales inapreciables.

Por Santiago Castellano Sanz

 

Por Santiago Castellano Sanz

Érase que se era, un pequeñísimo territorio, llamado Gibraltar, muy peculiar y con forma de lanza, cuya roca prominente daba sombra al istmo que lo unía con una península ubicada a las orillas del cálido Mediterráneo. Geográficamente es un territorio bastante inhóspito, escarpado, de playas sin arena y espacio sin tierra, rodeado de un agua que no es suya, pero que la usa como si lo fuera, y con unos recursos naturales inapreciables.

En dicho peñasco, los últimos macacos de Europa observaban con indiferencia que sus moradores seguían viviendo del latrocinio que tanta gloria trajo en épocas pasadas y cómo desde hace siglos los soberanos británicos que se hicieron con el lugar, entablaban peliagudas amistades con piratas y corsarios para que lo habitaran. No en vano, su graciosísima Majestad Isabel I llegó a condecorar como caballero de su Reino a tan respetable señor como fue sir Francis Drake, gran pirata famoso por su destreza en desvalijar sin piedad a los navíos españoles.

Así que, esta monarquía experta en exprimir limones hasta la cáscara, se encaprichó con este minúsculo territorio ubicado en el punto más septentrional de Europa, al sur del sur. Y de una patada, y tras muchos cañonazos, fueron borrando la historia por la historia sirviéndose de la pleitesía bucanera, previa patente de Corso, con la recompensa de ver cumplir el sueño de todo pirata: vivir impunemente de sus delitos. España, ensimismada en una guerra cainita de sucesión que pintaba muy mal, perdió Gibraltar como quien le quita un caramelo a un niño que discute distraído con su hermano. Y allí se quedaron, no por décadas, sino por siglos. Y ya van tres.

Pero los tiempos cambian, y mucho. Finalmente, esa piratería romántica de loro en el hombro, pata de palo y parche en el ojo, con cánticos al calor del ron, decayó. Los propios piratas se dieron cuenta que su oficio ya no daba beneficio y que lo que antaño fue la joya de la Corona se convertía en bisutería de mercadillo. Pronto sintieron rodar el filo de la navaja sobre el cuello de su gallina de los huevos de oro al cerciorarse que sus guardaespaldas soberanos recelaban de unas cuentas que ya no salían. Muchas libras y doblones de oro para tan pocos monos, pensaron.

Así pues, estos corsarios colgaron los atuendos de pirata y se vistieron de traje de lino, cuello blanco y corbata de seda, para cambiar la espada y el pistolón por oficinas y ordenadores. Ya no era necesario asaltar barcos españoles, mercantes italianos o cobrar peaje, sino que ahora bastaba acomodarse en un despacho y con un simple click se continuaba el oficio gracias al bunkering ilegal, el ciberdelito, el blanqueo de capitales, el contrabando de armas, el estraperlo de sustancias, la ocultación de bienes, los fondos buitres, el abrazo a la corrupción, la explotación laboral y otras labores del gremio del crimen.

Asimismo, se esforzaron en la tarea de seguir ocultando sus cofres del tesoro de una forma más moderna bajo el modelo del ‘paraíso fiscal’: cero impuestos, secreto bancario, nada de IVA, libertad de movimiento de capitales, ciudadanía británica y todos los derechos de la UE sin ser UE. Vamos, la cuadratura del círculo. Y parece ser que les gustó porque desde entonces no han vuelto a tocar un barco, sólo enseñan el garfio cuando de bellacos pescadores españoles se trata. Melancolía de otros tiempos.

El verdadero problema es que, como el mito de las sirenas, estos ladrones han conseguido con sus falsos cánticos/lamentos se les trate como a un país de verdad: propias fronteras, constitución, leyes, defensa, poder de negociación, portavoces internacionales, aguas territoriales, espacio aéreo y hasta lograron transformar a su líder bucanero en jefe de gobierno de un territorio de ultramar.

Su hipocresía tampoco tiene límites. Odian tanto a España como tanto quieren los veranos en Isla Cristina, comen los peces de los pescadores que acosan, usan la sanidad andaluza (gratis), utilizan nuestros recursos para su subsistencia, sacan la arena de nuestras dunas para expandirse ilegalmente, llaman por nuestras líneas y conducen por nuestras carreteras, todo ello por el módico precio de cero euros. Mientras tanto, estos okupas se dedican a lavar los billetes con Ariel, que lo deja todo muy blanco, y se meriendan leyes internacionales con tal despreocupación que incluso sonroja a sus británicos padrinos que les justifican sus vergüenzas como ‘trastadas de críos’.

Tampoco es de gran ayuda la mastodóntica UE que en su eterno despiste se deja engañar por la ilusión óptica de ver andaluces disfrazados de británicos. Como buenos filibusteros de la mar, los llanitos nunca fueron de fiar. Hay que recordar que España en el siglo XIX, les permitió temporalmente asentar un campamento hospitalario en la zona neutral en un acto humanitario para luchar contra una pandemia de fiebre amarilla que por casi les diezma como hormigas bajo una lupa. Pues bien, nunca se fueron ni después de curarse el último mono. En su lugar levantaron una muralla pirata y una pista para aterrizar sus carabelas que ahora vuelan. No tienen credibilidad.

Por lo que España no puede perder más tiempo (si 300 años no son ya suficientes) y debe plantarse firmemente para no dejar de presionar hasta conseguir eliminar todo rastro de privilegios ilegales que tanto dañan nuestros intereses. Al menos, restablecer el statu quo de 1713. Si quieren jugar en la mesa internacional del Derecho que sea sin las cartas marcadas.

Últimamente, también se oye que este tema es un recurso fetiche de ciertos políticos españoles en apuros. Razón no le falta al argumento, sobre todo cuando tenemos al frente del Gobierno a otro tipo de piratas. Pero esto ya querido lector, es otra historia, de miedo eso sí.

Fuente: Diario Siglo XXI