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Sorprende la poca perspicacia del Príncipe Felipe al afirmar que la España desmoralizada “no es la verdadera”

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
domingo 03 de noviembre de 2013, 15:54h

Ya hemos advertido de forma reiterada en nuestros Confidenciales el torpe empeño de los asesores de Zarzuela en ‘abrasar’ al Príncipe Felipe ante la opinión pública, forzando su protagonismo en actos poco  adecuados, como ha sucedido en tres ocasiones muy recientes.

Ya hemos advertido de forma reiterada en nuestros Confidenciales el torpe empeño de los asesores de Zarzuela en ‘abrasar’ al Príncipe Felipe ante la opinión pública, forzando su protagonismo en actos poco  adecuados, como ha sucedido en tres ocasiones muy recientes.

 

La primera se produjo al asumir Don Felipe el liderazgo de la candidatura del ‘Madrid 2020’, que los conocedores de los entresijos funcionales del Comité Olímpico Internacional (COI) daban por fallida de antemano. La segunda, al presidir el desfile del pasado 12 de Octubre, Día de la Fiesta Nacional, dado su rango castrense de teniente coronel ‘virtual’, y en el que recibió novedades y honores militares forzados -no reglamentados- por parte de la cúpula de las Fuerzas Armadas. Y la tercera al asistir a la XXIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en Panamá, sin ostentar ninguno de esos dos altos rangos, ni poder asumir constitucionalmente la representación oficial del rey Juan Carlos, es decir como ‘convidado de piedra’ o, peor aún, como un auténtico ‘florero político’.

 

Pero ese parece ser un empeño contumaz trasladado también a algunas de sus declaraciones públicas menos perspicaces. Estas innecesarias muestras de poco ‘ojo clínico’ o falta de sensibilidad política y social del Heredero de la Corona, tuvieron un ejemplo llamativo en la recepción del Palacio de Oriente celebrada tras el desfile del 12 de Octubre de 2012, cuando señaló ante representantes de los medios informativos que “Cataluña no es el problema”. Una percepción situada obviamente fuera de la realidad política y que, en todo caso, habría necesitado una aclaración inmediata de cuál, en su opinión, es ‘el problema’ en cuestión…

 

Y ahora, durante su visita a la localidad asturiana de Teverga del pasado 26 de octubre, enmarcada en el programa oficial de entrega de los Premios Príncipe de Asturias y motivada por habérsele concedido la mención especial como ‘Pueblo Ejemplar de Asturias’ por su capacidad para sobreponerse el cierre de la minería en 1992, es decir por una historia más de sufrimiento social envuelta en papel de celofán, Don Felipe volvió a resbalar verbal y conceptualmente al afirmar: “Esa España desmoralizada de la que se habla no es la verdadera”.

 

Porque, claro está, ante semejante boutade, los millones y millones de españoles afectados por el máximo histórico de paro y de pobreza familiar, por el mínimo también histórico en el que se sitúa el poder adquisitivo de las pensiones, por la ‘estafa de las preferentes’ -en su mayoría pensionistas y clases de economía modesta-, por el claro triunfo político de ETA sobre el Estado democrático -negado oficialmente-, por la obligada emigración en busca de un puesto de trabajo y un futuro imposible en el suelo patrio, etcétera…, se preguntan cuál es entonces, en opinión del futuro Rey y Jefe del Estado, ‘la España verdadera’. ¿Acaso la España de la corrupción política desbordante, incluidos los casos próximos a la propia Corona…?

Una pregunta sin mayor respuesta que esta vacua y recurrente afirmación: “La verdadera España es consciente de los problemas pero firme en sus convicciones y decidida a superar las dificultades”. Con el añadido retórico de que si bien las dificultades presentes “son muy grandes, no es menos cierto que no son invencibles”.

Lo curioso del caso, dada su discutible percepción de la España verdadera, es que Don Felipe no debió prestar mucha atención al discurso de Antonio Muñoz Molina, galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, pronunciado en su presencia justo el día anterior y recogido con profusión por los medios informativos gracias a su incisivo contenido, en línea precisamente con la trágica realidad política y social del momento. En su discurso, que versó sobre el ‘oficio de escribir’, denunció el desaliento que genera este trabajo en la incertidumbre actual y en un país “asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia”.

Ante el selecto auditorio del teatro Campoamor de Oviedo, y en un marco protocolario verdaderamente impresionante, el reconocido escritor español insistió en que “en tiempos de incertidumbres colectivas, es difícil hablar de la perseverancia en el trabajo en un país donde tantos millones de personas carecen de él”, lamentando que en España “la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar”.

Pero ante las verdades rotundas de Muñoz Molina -fiel reflejo de la ‘España desmoralizada’-, en el mismo acto oficial, y por tanto antes de su alocución de Teverga, Don Felipe no dejó de anticipar ya su nimia idea de la ‘España verdadera’: la de los vecinos del barrio de Angrois que -como siempre hace el pueblo español- ayudaron en el accidente ferroviario que costó la vida a 79 personas en Santiago de Compostela el 24 de julio, poniéndoles de ejemplo sin más justificación “para hacer frente al pesimismo, la frustración o la desconfianza que afectan hoy a muchos españoles”.

En el acto de entrega de los premios que llevan su nombre, dotados con 50.000 euros, el Príncipe de Asturias insistió también retóricamente en que “al reconocer en ellos lo mejor de la ciencia, de la cultura, de la solidaridad y del deporte, enriquecemos nuestro acervo cultural y ofrecemos una imagen muy alejada del pesimismo, que tantas veces retarda nuestro mejor futuro”…

Con todo, los españoles más agudos se pueden preguntar si el Heredero de la Corona -ahí es nada-, y su equipo asesor (los Rafael Spottorno, Javier Ayuso, Jaime Alfonsín…) tiene o no tienen clara la realidad de la España actual. Nadie discute la necesidad de encontrar un hueco de protagonismo adecuado para Don Felipe, pero, mientras Zarzuela no lo encuentre, debería dejar de hacerle revolotear ‘en nombre del Rey’, de moverle en terrenos inciertos y de perderle por las ramas de la política imaginaria, porque la real es cosa muy distinta y en ella los errores no se perdonan.