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Diario de la Guerra del Congo

Por Victoria
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lunes 23 de diciembre de 2013, 00:00h

Hubo un tiempo en que un puñado de españoles dominó una de las mayores regiones del actual Zaire. Fue a mediados de los años sesenta, cuando la descolonización africana y los intereses de las potencias plagaron África de mercenarios y asesores varios trabajando para Gobiernos de todo pelaje y condición.

Por Manuel Ortega

 

Por Manuel Ortega

Hubo un tiempo en que un puñado de españoles dominó una de las mayores regiones del actual Zaire. Fue a mediados de los años sesenta, cuando la descolonización africana y los intereses de las potencias plagaron África de mercenarios y asesores varios trabajando para Gobiernos de todo pelaje y condición.

La España de la época no fue ajena a uno de los conflictos que marcaron aquella década. Allí, en la antigua colonia belga, la sangre negra y europea corrió a raudales de las formas más siniestras que puedan imaginarse. ¿Quién recuerda, hoy día, el martirio de las monjas vascas asesinadas, tras ser violadas, que conmovió a la sociedad española de entonces?

El Congo fue la gran guerra del África negra. Luego vinieron otras. Pero la descolonización y los primeros pasos del nuevo país independiente, en una orgía de violencia, atrajo a todo tipo de personajes. A él llegaron mercenarios franceses, excombatientes de las guerras de Indochina y Argelia, soldados perdidos de la OAS en busca de fortuna o de redimirse con su Patria al servicio de los intereses africanos del monsieur Áfrique del Eliseo, Foccart.

Sin olvidar a pilotos cubanos anticastristas al servicio de la CIA, rhodesianos, sudafricanos y toda una pléyade de aventureros que motivó su bautizo, por la prensa de la época, como les affreux, los terribles.

Por no faltar, hasta el Che Guevara anduvo por aquellos lares, intentando hacer de los simbas una guerrilla de manual que no pudo ser porque, como escribió el gran Jean Larteguy, el África negra deglute todo en su buche y lo transforma en otra cosa.

En aquél río revuelto el Gobierno español, bajo los auspicios de uno de los dirigentes más serios del Congo, Moisés Tshombé, se implicó de manera oficiosa en el conflicto. Bajo los auspicios del general Díez de Villegas, responsable de la política africana española, se abrió un banderín de enganche en Madrid. Aquellos españoles, comandados por el mayor Martínez de Velasco, debían conformar, en una región aislada, el Alto Uélé, el embrión de un Ejército Nacional Congoleño que superase las capillas y las diferencias impuestas por las facciones nacionales y por otros comandantes mercenarios.

Así nació el II Choc, integrado en el VI Commando, formado por españoles -junto a algunos filipinos y sudamericanos- que encuadraban a los makasis, los cojonudos, la tropa nativa. Esa unidad fue, a su modo, de lo más peculiar. Gente de otra pasta. A diferencia de otros, el II Choc del VI Commando no sólo usaba la enseña nacional del Congo, sino también la bandera española. Sus hombres tenían su propio himno en lingala con música del Himno de la Legión y usaban distintivos de graduación españoles. En lo más profundo del Congo, las órdenes y las circulares aparecían en lengua nativa, en francés y en español. Muchos de sus hombres mantuvieron sonados idilios con las mujeres locales -algo inaudito entre mercenarios de otras nacionalidades- y se preocuparon por el bienestar de la población local. Hasta tuvieron un pater, un misionero español, al que le dieron rango de teniente.

Que nadie piense que aquello fue de color de rosa. Hubo muerte también. Algunos de aquellos hombres cayeron y ni siquiera tuvieron el descanso eterno de una tumba. Hoy sonará exagerado pero no es ninguna invención: los hubo que fueron devorados por canibales. Y también hubo actos de valor, si es que no es uno de ellos encerrarse en un endeble puesto en mitad de la selva con unos soldados nativos cuya lealtad nunca estaba puesta a suficiente prueba.

Aquellos hombres existieron. Los vivos y los muertos. Algunos de ellos ocuparon altos cargos entre los asesores militares europeos. Su mayor hazaña fue la retirada del Alto Uélé, en 1967, cuando estalló la gran rebelión mercenaria contra el Gobierno de Mobutu. El II Choc de Martínez de Velasco decidió mantenerse leal a Kinshasha y se retiró de sus posiciones hacia las de los gubernamentales.

Ese viaje fue, en cierto modo, la Anábasis africana de los españoles en el Congo. Jenofonte, en su obra, relató la expedición de regreso, desde el corazón del Imperio persa, de los mercenarios griegos que habían apoyado a Ciro frente a su hermano Artajerjes II. La muerte de Ciro obligó a los Diez Mil a abrirse camino en un territorio hostil bajo el acoso del enemigo. Todo aquello quedó plasmado en la Anábasis del discipulo de Sócrates.

La de los españoles fue escrita por un periodista recién ingresado en el diario Pueblo, Vicente Talón, que llevaba varios años viajando al Congo por cuenta de El Correo de Bilbao, cuando todavía respondía a la denominación de El Correo Español-El Pueblo Vasco. Talón conoció a los hombres del II Choc y compartió vida con ellos. Hasta el punto de que, a punto de hacer las maletas para regresar a España, se armó la pajarraca y fue militarizado por Martínez de Velasco.

Las fotos están ahí y no las esconde. Hoy día escandalizarán a los que dicen ir a las guerras para denunciar no sé qué cosas. A Talón le pusieron un Fal en la mano, un revólver en el cinto y le dijeron muy clarito que allí había que contribuir, ante la situación, para salir con vida. Que los de enfrente disparaban y luego preguntaban, y eso con suerte. Porque las azagayas y los machetes eran peores.

Hoy, repito, no será políticamente correcto. Pero cuando tu vida está en juego y pintan bastos las cosas se ven de otra manera. Y, al fin y al cabo, no hay por qué reir con los bárbaros. Aquella retirada se plasmó en crónicas periodísticas publicadas en el mejor diario de su época -ruda escuela de reporteros endurecidos entre tabaco, alcohol, tahúres, putas y mil historias más- y, pasados los años y con las prudencias debidas a la legislación, en un Diario de la guerra del Congo publicado en 1976.

Casi cuarenta años después el libro, revisado y dotado de material gráfico más interesante, vuelve a estar en el mercado. Un reportaje trepidante y verídico de 308 páginas que cuenta uno de los episodios más desconocidos e increíbles de la Historia militar española. Pese a quien pese.

Fuente: El Semanal Digital