Redacción- Konstantín Kachalin
En Bosnia y Herzegovina se decidió, en buena medida, todo el año 1995 la suerte futura de Europa. Aunque la comunidad mundial encontró en sí el coraje para reconocer como propio en fracaso en Bosnia, y la ONU hiciera mucho para que las “rencillas étnicas” en los Balcanes no adquirieran un carácter irreversible, en diciembre de 1995 todo eso estaba ya en el pasado.
El Tratado de Dayton entregó la “gestión” de la crisis bosnia a los generales de la OTAN. Y entonces no había ya espacio ni para las medidas de medias tintas, para simpatías o antipatías. Pues, sesenta mil militares bien armados y preparados habían llegado a la región en una misión que distaba de ser misionera. Ellos tenían tareas concretas: la desunión y el desarme de las partes beligerantes, la observancia de las garantías para el retorno de los refugiados y el respeto de los derechos humanos. Una tarea difícil, pero lo principal era que la situación podía ser aprovechada en interés propio.
Pero, los cuatro mil millones de dólares, (el costo de la operación de la OTAN en Bosnia y Herzegovina en 1996) no debían ser lanzados al viento. Muchos analistas consideraban que Clinton, al reunir en Dayton a Franjo Tudjman, Alija Izetbegovic y a Slobodan Milosevic hizo lo principal, a saber, arraigó la presencia de EEUU en los Balcanes por los siglos de los siglos. Es cierto que en el acuerdo de paz de ciento treinta páginas abundaban las virtudes, pero había también no pocos defectos. Uno de ellos es que la población debía pronunciarse en corto plazo por su ciudadanía y nacionalidad. La guerra había alterado considerablemente la composición de la población de Bosnia y Herzegovina. Buena parte de los casi dos millones de refugiados no se apresuraba en absoluto a regresar a casa. Todos soñaban el aferrarse, como fuera, a Occidente próspero. La mayoría de las regiones de Bosnia devinieron étnicamente puras. Los musulmanes de distintas repúblicas de la antigua Yugoslavia habían tratado en los últimos años de la guerra de trasladarse a Sarajevo y alrededores para estar más cerca de sus hermanos en la fe.
Todos ellos necesitaban obtener la ciudadanía bosnia. Las normas de Dayton rezaban: “Para ser portador del pasaporte de Bosnia es necesario que un médico certifique que el candidato no padece tuberculosis ni el sida”. A continuación, la comisaría local conversaba con cada aspirante a la nueva naturalización para aclarar por qué decidió asentarse justamente allí”.
En Sarajevo y poblados contiguos había más que suficiente viviendas serbias vacías, razón por la que para los musulmanes que llegaban no estaba planteado el problema habitacional. Lo principal era tener no solo salud, sino también una especialidad. Había problema con el trabajo, pero Bosnia podía, en el futuro, requerir de trabajadores cualificados, si no los propios, por qué no aprovechar a los que caían como maná del cielo. Para una parte más de los extranjeros, fundamentalmente de los que llegaron durante la guerra para defender a sus correligionarios, no había tampoco problemas con la nueva ciudadanía. Una parte de los mudyahidines se quedó de una u otra manera en Bosnia, ya sea contrayendo matrimonio con jóvenes locales o cambiando el pasaporte. Para ellos estaban abiertas todas las puertas en la Bosnia musulmana. Estos, digamos, bosnios naturalizados estaban dispuestos, sin problema a alguno a entregar su “experiencia militar”, a quienes lo desearan. Los norteamericanos no podían poner reparos. Y ello porque, oficialmente, no había muyahidines en Bosnia y Herzegovina, aunque en los hechos sumaban varias decenas de miles. Así resolvieron dos tareas a la vez: aumentaban la población musulmana en Bosnia y adquirían combatientes fogueados en muchas guerras locales, dispuestos, en cualquier momento a acudir en ayuda de quienes les habían concedido un techo. Alija Izetbegovic entendía perfectamente que el apoyo en EEUU era algo bueno, pero no eterno. De ahí que no era malo contar con reservas dentro de los suyos, o sea, de personas fieles a la causa del Islam.