
Jad el Khannoussi
Por vez primera en ocho años, el Congreso norteamericano revoca una prerrogativa de Barack Obama (la número 111 en la historia de los Estados Unidos contra un presidente) y, posiblemente, sea esta la más llamativa de las doce ocasiones en la que el actual presidente ha ejercido su derecho constitucional de vetar una ley. Tanto el Congreso como el Senado otorgaron su aprobación a la Ley de Justicia contra los Patrocinadores del Terrorismo (JASTA), la que permite a los familiares de las victimas del 11 de Septiembre de 2001 demandar ante los tribunales a Arabia Saudí por su presunto papel en dichos acontecimientos. Una decisión que pone en tela de juicio la supervivencia de la alianza entre ambos países, relación que se remonta al 14 de febrero de 1945, a partir del encuentro entre Franklin Roosvelt y AbdelazizSaud. Bajo el lema “seguridad a cambio de petróleo”, Washington se comprometía a prestar protección interna y externa a Arabia, a cambio de que Ryad garantizase el suministro de crudo a Estados Unidos a un precio justo.
El acuerdo asentaba las bases de lo que con posterioridad se denominaría el Triangulo Sagrado (HollyTrinty), que guiaría la política norteamericana en Oriente Medio. Una actuación basada en la obtención de oro negro pero que, sobre todo, perseguía dificultar el intento soviético de alcanzar el Golfo árabe, estrategia conocida como el Cinturón Verde (Green Belt), que más tarde evolucionaría hacia la estrategia del Asedio entre las dos Partes (Dual Contament) y, sobre todo, buscaba garantizar la seguridad de Israel. La relación Arabia-Estados Unidos pasó por momentos de grandes desacuerdos, especialmente cuando el rey Faysal utilizó el petróleo como arma arrojadiza contra Occidente por su apoyo a Israel en la Guerra de los Seis Días (1973) o el derrocamiento del presidente egipcio Mubarak (2011). No obstante, la nueva ley JASTA pone en cuestión tan largas décadas de alianza. Las circunstancias geopolíticas han cambiado. Washington no necesita la ayuda de Arabia como antes. Por un lado, el país norteamericano ha logrado la autosuficiencia energética con el gas exquisito. Y por el otro, sus directrices sintonizan con la de Irán en aquella región, el nuevo país central en la agenda exterior de Washington,después de que Israel haya obtenido luz verde en la ocupación de la Diffa (territorio palestino) y los Altos del Golán, a cambio de su silencio tras el último acuerdo nuclear con el país persa.
Los intercambios entre Irán y Estados Unidos aumentan cada vez más, hasta el punto de que la Casa Blanca guarda un silencio cómplice ante la limpieza demográfica que está llevando a cabo el país persa en la región. Un acuerdo de complicidad que, en realidad, lo que va a provocar es hundir todavía más a esa zona en luchas y conflictos internos, la estrategia del caos que Washington utiliza con tanta frecuencia y aspira a trasladar tarde o temprano a Rusia y China. En este contexto, la hipótesis de que las tropas estadounidenses se han retirado de la región árabe no es más que una simple frase, puesto que cualquier disminución de su presencia allí significa la muerte definitiva para su proyecto de hegemonía a escala planetaria. Una estrategia hasta cierto punto lógica. El petróleo va permanecer dos o tres décadas más siendo la piedra angular que sostenga la economía mundial, será una palanca fundamental para ejercer presión y que seguirá controlando Washington en contra de sus principales competidores, quienes consumen gran parte de sus necesidades energéticas procedentes de la región árabe (Japón 72%, India 78%, y sobre todo, China 55%, Europa 38%), sin olvidar los yacimientos de gas, la futura energía global. A ello se añade el segundo intento chino -probablemente el gran beneficiado de lo que está sucediendo en la zona- de llegar al Mediterráneo (150 mil millones de dólares para reconstruir Siria ofreció el gobierno de China, a cambio de poder establecer bases militares allí), sin olvidar a Moscú que desempeña un rol cada vez más importante en la región.
Si atendemos al momento de su aparición, esta ley sobreviene en un contexto de fuerte propaganda mediática, nunca contemplada hasta entonces en el país árabe. El propio presidente Obama, en la revista Atlantic, atacó duramente a Ryad, e incluso advirtió que Arabia no puede seguir escudándose detrás de Estados Unidos, porque le ha llegado el momento de solucionar sus graves problemas internos. No se trata de defender el régimen de Arabia, un régimen arcaico y fuera del curso de la historia (al igual que sucede con el resto de los países de la zona), y que constituye uno de los tres ejes centrales en que se basó el colonialismo para someter a la región árabe y cercenar cualquier atisbo de resurgimiento. La JASTA, en el caso de su aprobación definitiva, un proceso que pueda alargarse meses o años, (a semejanza de lo ocurrido con la ley de financiación del Hizbolá), causará una auténtica revolución en las relaciones internacionales, y en la actual situación de caos no se vislumbra ningún país preparado para afrontarla. Además, la nueva ley permitirá, si se confirma la participación de un ciudadano en actos terroristas cometidos en el suelo norteamericano, denunciar a su propio Estado. Una vez aprobada, va a suceder una auténtica avalancha de peticiones de denuncias por parte de familiares y empresas dañadas por el 11-S, y las posibles compensaciones se dispararán a precios muy altos (se estima que rondarán los 3,7 trillones de dólares). Por ejemplo, ya se conoce que el gobierno de Libia no estuvo implicado en el derribo del Boeing 747 sobre la localidad escocesa de Lockerbie (véanse las versiones de Pierre Carnage, SusanLindauer y, sobre todo, Gordon Thomas), pero tuvo que pagar por este trágico suceso una cuota muy elevada. Al respecto, el entonces Ministro de Exteriores libio, AbderrahimShalqah, manifestaba lo siguiente: “Sabíamos que éramos inocentes, sin embargo hemos abonado 3.000 millones de dólares a las victimas de Lockerbie para comprar nuestra seguridad y la seguridad de nuestro país”. Si atendemos a las reservas financieras de Arabia, no sólo rondaban los 700 mil millones de dólares, sino que superaba los 3,2 trillones, a lo que se añaden las riquezas de sus empresarios y ciudadanos de Arabia. Para evitar semejantespagos, algunos países van a dejar de ingresar su dinero en las cuentas bancarias estadounidenses, entre ellos China. La aprobación de la JASTA debilitará la inmunidad soberana de los Estados, y abrirá las puertas al principio de reciprocidad (en Turquía muchas voces reclaman denunciar a Washington por la protección que brinda al clérigo musulmán FetulahGulen, responsable del fallido golpe militar). En la historia de Estados Unidos abundan páginas y páginas de crímenes de guerra cometidos a lo largo y ancho de los cinco continentes. Al mismo tiempo, la nueva ley despojará al Pentágono del monopolio que detenta a la hora de definir quiénes son los Estados que financian al terrorismo.
La aprobación de la JASTA generará un clima hostil sobre Arabia, que indudablemente el próximo mandatario de la Casa Blanca va a traducir en una serie de medidas políticas en contra de Ryad, entre ellas, impedirle extraer sus riquezas depositadas en bancos norteamericanos. Lo más preocupante es que todo sucede en un contexto de crisis económica que azota al país árabe, a raíz de la bajada de los precios del petróleo, lo que obligó al nuevo monarca a reducir los salarios, después de que sufriera una caída en su presupuesto de 800 mil millones de dólares a 400 mil millones. Esta situación tan delicada debilitará el papel de Arabia en la región ante Teherán, e imposibilitará cualquier intento de reconstrucción de la seguridad en el Golfo árabe.
En fin, se aplique o no la nueva ley, lo cierto es que las amenazas van a estar siempre presentes en contra del país wahabi, que aunque posea recursos para ejercer presión, no va a poder utilizarla. Caso, por ejemplo, de exigir la retirada de su dinero de Norteamérica, o emprender medidas más fuertes, como realizar la venta de su petróleo en otra moneda que no sea el dólar, a semejanza de lo que hizo Saddam Husseim, o pretendió El Gaddafi en su día. El último acuerdo establecido entre Arabia y China, al negociar con el Yuan, no es más que otra sutil maniobra para incitar los celos de Washington, así como las constantes visitas de Arabia a Moscú. Pero efectuar este giro político requiere una voluntad propia muy fuerte de la cual carece la región. Todavía sigue temblando de miedo del gobierno de Estados Unidos, una nación que destruye sus países, aprovecha sus riquezas o las juzga por terrorismo, pero que, en realidad, no son más que estrategias sutiles para someterles aún más, pues fue Norteamérica la que creó el terrorismo, lo financió, lo fertilizó, y hoy lo sigue cultivando.
Desgraciadamente, la árabe es la única región del mundo que no ha desarrollado una fuerza poderosa en su interior, es decir, no cuenta con una potencia regional capaz de hacer frente a los desafíos que la amenazan, en una experiencia, hasta cierto punto, parecida a la de Nasser o más tarde Saddam Husseim. Los países del Golfo desempeñaron un papel crucial en ausencia de esta fuerza propia, no en vano fueron uno de los participes destacados en la destrucción de Irak (2003), el golpe militar de Argelia (1992) o el reciente de Egipto (2013). Por tanto, no encontramos ante un momento histórico que exige altas dosis de sabiduría por parte de intelectuales y ciudadanos para liderar y hacer posible el cambio, un cambio basado en la construcción de un Estado propio árabe, que se asiente sobre los parámetros culturales de aquella región, fomentando así el sentimiento de unidad entre el resto de los países, acompañado de estrategias y visiones que devuelven la esperanza a su población. Y, por supuesto, intentar trazar una geopolítica nueva, consistente en recuperar, primero el corazón de la región (Siria, Egipto e Irak), y luego consolidar nuevas relaciones con otras naciones de su entorno (Turquía, países islámicos de Asia), diversificando así las cooperaciones (con el grupo de Shangai o America Latina) para hacer frente a todos los retos y desafíos que enfrentan a la región, porque es su supervivencia la que está en juego.