Miles de profesionales, políticos y activistas de izquierdas de Cataluña y de España, publican en 'El Periódico' el manifiesto "Retirar la Declaración Unilateral de Independencia. Convocar elecciones".
El manifiesto pide tres exigencias: en primer lugar "la retirada de todos los actos, leyes y declaraciones que puedan conducir a una DUI, que la mayoría rechaza" porque "solo así podrá conseguirse una solución basada en un amplio consenso, en el diálogo y el entendimiento". Asimismo, exigen al Govern "la celebración de elecciones en Cataluña"en un tiempo prudencial y en la forma adecuada, "con plenas garantías democráticas y en donde participen de común acuerdo todas las opciones y sensibilidades políticas". Y por último "una legislatura de reflexión sosegada, de debate e intercambio, en la que todas las alternativas se expongan y se conozcan en igualdad de condiciones".
El manifiesto está impulsado por los promotores de los manifiestos "1-O Estafa Antidemocrática" y "DUI Imposición Antidemocrática", que han sido respaldados por más de 5.000 firmantes desde diferentes sensibilidades de la izquierda.
Cayo Lara, Millás, Juan Marsé...
El texto cuenta con el respaldo de personalidades como los escritores Juan Marsé, Luis Goytisolo y Javier Marías, el miembro de la RAE, Francisco Rico, la Creu de Sant Jordi, Antonina Rodrigo, la directora Isabel Coixet, el exfiscal Anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo, el dibujante Nazario o el director José Luis Guerín, entre otros.
También se encuentra figuras como el Premio Nacional de Poesía, Antonio Hernández, los escritores Juan José Millás, Javier Reverte y Fernando Schwartz, el músico Miguel Ríos, el periodista Miguel Ángel Aguilar, el Premio Nacional Juan de la Cierva, Antonio Hernando, el economista Juan Torres, el excoordinador federal de IU, Cayo Lara, entre otros. Cristina Almeida,Fernando Colomo o Mariscal también se han adherido a este manifiesto.
El manifiesto también denuncia cuatro "falsedades", con un rotundo "No es cierto..."; que Puigdemont represente a un pueblo catalán monolítico, que defienda la democracia, y que la DUI beneficie al pueblo trabajador. Por ello, denuncian que "no es cierto que el 1-O legitime a Puigdemont y su Govern para ejecutar una DUI", y para argumentarlo se presentan los "dudosos resultados oficiales" del 1-O, según los cuales "el 60% de los ciudadanos llamados a las urnas no participaron".
Los firmantes rechazan "la represión injustificada sufrida por algunos ciudadanos y ciudadanas el 1-O" y afirman que les inquietan seriamente "las consecuencias de medidas que limitarán, aunque sea parcial y temporalmente un autogobierno que nadie discute". Y por último denuncian "la actuación del Gobierno de Rajoy, que solo ha logrado enconar los ánimos".
Análisis: Manolo Escobar, Llach y los cerdos
Rubén Amón
Solo desde un estado de enajenación podría haberse imaginado hace unos que Manolo Escobar se convertiría en icono de la canción protesta y que Lluis Llach degeneraría en los comportamientos de un opresor. Estaban cambiados los papeles en tiempos de Franco. Y no porque Escobar fuera un opresor ni un esbirro, pero su repertorio cañi proporcionaba al régimen una anestesia de caspa, tronío y salero, mientras que el quejido de Llach representaba en el exilio francés la plegaria contra la tiranía y la vejación del pueblo catalán.
Es la perspectiva desde la que impresiona la versatilidad de L’Estaca. El himno de la opresión ha derivado en instrumento de pureza étnica y cultural. Y Lluis Llach se ha ofrecido como guardián de las esencias y expresión intimidatoria, montonera, hasta el extremo de haber propuesto perseguir y denunciar a los funcionarios que se resistan a someterse a la ley de transitoriedad.
Impresiona leerla, la ley, porque podría haberse redactado en cualquier modelo de democracia imitativa y degenerada. Y porque no termina de entenderse que las víctimas del franquismo y las personalidades que lo padecieron, Lluis Llach, por ejemplo, suscriban un proyecto político que desfigura el parlamento, neutraliza la oposición, manipula los referendos, exalta la nación, multiplica la propaganda, excluye la diferencia y organiza grandes movilizaciones populares.
Franco está vivo. No ya porque lo resucitan obsesivamente el movimiento indepe, Pablo Iglesias y los adalides fanáticos del nacionalismo, sino porque la misma Cataluña que padeció la discriminación y el asedio del caudillo se ha propuesto parodiarlo.
El caso de Llach es uno de los más llamativos. Ha convertido su escaño de diputado en una obligación patriótica y en un compromiso de ortodoxia nacionalista. Un buen ejemplo consiste en la sofisticación de su rechazo a la posición anti-indepe de los estamentos comunitarios. “Son unos cerdos”, resumió el chansonier en alusión a Tajani, Tusk y Juncker, y en referencia a la foto de familia que se hicieron con Felipe VI y Rajoy en Oviedo arropando el orden institucional.
Llach es un converso. De oprimido a opresor. De la resistencia al dogma. Y produce embarazo escuchar las reflexiones sobre el Estado tiránico, cuando la revolución que él mismo dice encarnar proviene del sistema y aglutina todos los recursos del sistema. Nada más sencillo en la patria oprimida ni más convencional que adherirse al movimiento soberanista. El heroísmo, la transgresión, consisten en la defensa del orden constitucional y de la cultura compartida, de forma que Manolo Escobar asume de manera abradacadabrante —como diría Jacques Chirac— la melodía de la provocación. Y no porque sus canciones conmuevan el alma —más bien la trituran, la desasosiegan— sino porque el sentido del humor y la percusión de la pandereta adquieren un valor catártico frente al fundamentalismo.