
Alberto Hutschenreuter
La anexión o reincorporación de Crimea a Rusia no solamente ha sido la medida más categórica llevada adelante por Moscú en respuesta al intento occidental de acercar a Ucrania al umbral de ingreso a la estructura política de la Unión Europea, e incluso a la político-militar de la OTAN, y así debilitar considerablemente a Rusia en términos geopolíticos, sino que ha implicado el punto de partida de un enfoque externo post-activo por parte de Moscú.
Podríamos decir que desde entonces y hasta el presente, Rusia ha abandonado casi todo patrón de deferencia en su policía externa ante Occidente, que por su parte desde bastante antes de 2014 lo ha hecho frente a Rusia, dejando abierto con ello inquietantes interrogantes en relación con la estabilidad interestatal.
A esta altura de los hechos casi poco importa cuál de las partes ha derramado la “primera sangre” en relación con el actual estado de tensión y acumulación militar que existe en la placa que se extiende desde el Báltico hasta el Mar Negro, un nuevo telón divisorio y de rivalidad este-oeste, sino que la cuestión central es cómo salir de dicha situación.
Las partes, Occidente y Rusia, se hallan en estado de tensión en casi todas las dimensiones de sus relaciones, desde la militar hasta la económica, pasando por la energética, la nuclear, etc. Cualquier situación de moderación adoptada por una de las partes sería considerada por la otra como una ganancia relativa de poder.
Por caso, si la OTAN anunciara que renuncia a toda futura nueva ampliación, ello para Moscú supondría que su política de fuerza ha rendido; igualmente, si Rusia anunciara que está dispuesta a descomprimir de armas y fuerzas las zonas colindantes con Ucrania, Georgia o los Estados bálticos, ello para Occidente significaría ratificar la victoria en la Guerra Fría y continuar con los dividendos de la misma, esto es, la ampliación de la Alianza Atlántica hasta lograr el colapso de la profundidad estratégica rusa. Entonces, Rusia estaría frente a la gran catástrofe geopolítica.
En este contexto, la crisis entre Occidente y Rusia ha adquirido un componente casi irreductible, situación acaso nueva a la que hay que sumar las posturas firmes y agresivas en relación con las políticas externas de los dos actores centrales del conflicto.
El enfoque y práctica externa de la administración republicana no solo no ha aminorado su posición geopolítica preventiva ante Rusia, sino que se propone avanzar hacia la salida de acuerdos críticos en materia de armas nucleares de rango intermedio, situación que ahondará más las incertidumbres sobre el estado actual de la disuasión ruso-estadounidense.
Por su parte, Rusia ha afirmado un patrón de política externa sin riendas o sujeciones en base a deferencias geopolíticas, es decir, un despliegue externo sin consideraciones en relación con los intereses o reservas de sus adversarios. En otros términos, si desde principios de siglo y hasta 2014 la política externa rusa mantuvo una línea que fue mutando desde la cooperación (en la lucha contra el terrorismo) hasta la tensión con Occidente (por los sucesos en Georgia y el reconocimiento occidental de la independencia de Kosovo), las partes siempre dejaron abiertos espacios para la negociación y los acuerdos, logrando, por caso, la firma del tratado START III en 2010 o la incorporación de Rusia (con apoyo de Estados Unidos) a la Organización Mundial de Comercio en 2012.
Pero a partir de los sucesos en Ucrania, que culminaron con la separación de Crimea del país y la reincorporación de la península a Rusia, sucesos a los que podríamos agregar la aceptación rusa al pedido de asilo político del estadounidense Edward Snowden en 2013 (cuyo permiso de residencia vence en 2020), Moscú sostuvo una política exterior ascendente en relación con el amparo e impulso de sus intereses nacionales y el apoyo a sus socios locales (Osetia del Sur, ucranianos del Donbás, etc.), regionales (Siria, Irán, Egipto, etc.) y globales (China, India, Cuba, etc.).
La proyección de capacidades a Siria, en septiembre de 2016, fue sin duda la manifestación más categórica de dicha política externa: Rusia no solo regresó a la región con el propósito de rescatar al viejo cliente de Oriente Medio, sino que su intervención resultó decisiva para revertir la situación militar en el teatro de confrontación. Más aún, la intervención rusa aseguró la continuidad de Bachar el Asad en el poder, una ganancia de poder rusa clave frente a un Occidente que todavía no se resigna a ello.
En clave geopolítica, Siria es uno de las plazas a la que necesariamente hay que vincular la incorporación de Crimea a Rusia, la militarización del Mar Negro, la relación con Chipre y el mejoramiento de los vínculos con Turquía, cuestión esencial para Moscú en relación con su ambicionada proyección naval hacia el Mediterráneo oriental, una zona de responsabilidad de la Flota del Mar Negro.
Mientras, en el norte la proyección de capacidades de Rusia hacia el Océano Ártico con el fin de convertirse en el actor central en esa región del mundo es una de las principales líneas de la política exterior post-activa. Hay que recordar que la región nunca fue ajena a los intereses soviéticos, aunque el declive económico de la URSS en los años setenta la obligó casi a paralizar sus emprendimientos geopolíticos allí. Los sucesivos documentos rusos aprobados durante este siglo, como los “Fundamentos de la Política de la Federación de Rusia en el Ártico”, el “Plan 2008-2020” y, sobre todo, la “Estrategia de Desarrollo para el Ártico”, no solo retoman y multiplican aquellos emprendimientos, sino que tienen como fin la demarcación de fronteras y el reconocimiento internacional de la ampliación de la plataforma continental.
Por otra parte, la política exterior de Rusia post-activa se ha hecho casi rutinaria en relación con el intento de desacreditar la democracia occidental a través del apoyo (y recibimiento) a aquellos candidatos nacionales anti-sistema, por caso, a Marine Le Pen, que aspiran a “replantear” (por no decir terminar) la Unión Europea, depreciar el eje atlántico y reconsiderar relaciones con una Rusia dispuesta a incrementar el abastecimiento de energía a Europa y evitar que Estados Unidos consiga ser en el mediano plazo el suministrador energético del continente.
En este contexto, la importancia de los denominados “hackers patrióticos” no solo radica en el impacto que logran en las sociedad occidentales a través del uso de las redes, sino en que “des-responsabilizan” al Kremlin de dichos actos, pues los mismos los llevan adelante ciudadanos y grupos que operan “por su propia iniciativa”.
En los términos del especialista Dmitri Trenin, se trata de “nuevos componentes” de la política exterior de Rusia (“Altas y bajas: la política exterior rusa a comienzos de 2018”, http://carnegie.ru/commentry/75425) En rigor, estos nuevos componentes implican una quinta fase de la política externa de Rusia desde su nacimiento, a principios de los años noventa.
La primera, entre 1992 y 1994, fue una “política exterior romántica” que Rusia desplegó ante Occidente, y que, como bien advirtió Bismarck, nunca logró reciprocidad. La segunda fue una “política exterior retórica”, pues si bien Rusia cayó en la cuenta de que Occidente buscaba debilitarla, el estado de postración no permitió otra posición que el fuerte discurso (Yeltsin habló por entonces de “una Yalta sin Rusia”). La llegada de Putin implicó orden hacia dentro y el despliegue de una “política exterior pro-activa”, esto es, discursiva pero, merced al buen precio de las materias primas y la concentración del poder, con capacidades más recuperadas. Finalmente, a partir de los sucesos en Georgia, la “política exterior activa” implicó recuperación de la capacidad de respuesta rusa (Crimea) e incremento de la capacidad de deferencia internacional.
Quizá la anexión de Crimea en 2014 fue el último acto de la política externa activa. Pero lo cierto es que desde entonces Rusia se ha vuelto más resuelta y desafiante en su enfoque exterior, al punto que recientemente, ante el anuncio estadounidense de retiro del tratado INF firmado en 1987 (armas nucleares de alcance intermedio), el presidente Putin advirtió que “los rusos irán al paraíso” en caso de una guerra nuclear. “El agresor debe comprender que el castigo es inevitable, que será destruido. Y nosotros, como víctimas de una agresión, como mártires, iremos al paraíso. Ellos (los agresores) simplemente morirán, ni siquiera tendrán tiempo de arrepentirse”, advirtió el mandatario ruso durante una conferencia del club Valdai.
Sin duda puede haber retórica en estas palabras; pero no demasiada si consideramos el notable segmento de las capacidades nucleares rusas, situación que indica que las potencias nucleares no se han estado desarmando cualitativamente, y que la disuasión o equilibrio del terror posiblemente se encuentra en sus márgenes.
En esta línea que venimos tratando, el experto Daniel Treisman considera que la política exterior rusa contiene cuatro características inquietantes: asunción de riesgos; falta de estrategias de salida; “outsourcing” (actividad de actores “freelancers”); y “ruido de sables”. (“The New Autocracy. Information, Politics and Policy in Putin’s Russia”, Brookings Institution Press, 2018)
Pero tanto para Trenin como para Treisman, esos componentes no guardan relación con las capacidades financio-económicas de Rusia, situación que, una vez más, nos retrotrae a la URSS de los años setenta, cuando la expansión geopolítica global de la entonces super-potencia no fue acompañada del necesario sostenimiento económico.
En breve, la política exterior rusa ha ingresado en una nueva fase, una “fase 5.0” cuya principal característica parece ser la resolución de no tolerar otra iniciativa occidental que implique trastornar su sensibilidad geopolítica.
Si dicha política externa cuenta con garantías de sostenimiento, el resultado podría implicar estabilidad por balance de poder. Pero si dicha política no cuenta con ello, entonces el panorama es por demás preocupante pues Occidente, dejando de lado una vez más las lecciones de la historia y saltando por sobre lo desconocido, podría considerar que se encuentra habilitado para un nuevo paso estratégico en relación con su propósito de debilitar (o más apropiadamente abatir) a Rusia.