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La Diada de la pandemia: todos contra todos

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
domingo 13 de septiembre de 2020, 17:00h

Se empecinó temerariamente el independentismo en celebrar la Diada en plena pandemia de coronavirus. Obvió los miles de contagios y las muertes que se siguen registrando a diario en Cataluña para cumplir con su cita anual con la exaltación callejera. Y, tras arriesgar la salud pública -la de propios y ajenos- únicamente logró ofrecer una imagen de decadencia y desmovilización. De avance desnortado, fragmentación y enfrentamiento interno.

Víctor Mondelo

 

 

Víctor Mondelo

Se empecinó temerariamente el independentismo en celebrar la Diada en plena pandemia de coronavirus. Obvió los miles de contagios y las muertes que se siguen registrando a diario en Cataluña para cumplir con su cita anual con la exaltación callejera. Y, tras arriesgar la salud pública -la de propios y ajenos- únicamente logró ofrecer una imagen de decadencia y desmovilización. De avance desnortado, fragmentación y enfrentamiento interno.

A pocas semanas de que la inhabilitación de Quim Torra empuje al secesionismo a un nuevo choque de consecuencias desconocidas entre los partidarios de la desobediencia y los que apuestan por acatar la Justicia y convocar elecciones con la máxima premura, los promotores del procés fueron incapaces de aclarar al ya muy impaciente votante independentista cuál es el plan para culminar el todavía inconcluso proceso separatista.

Casi 60.000 personas congregó la ANC en 131 concentraciones repartidas por toda Cataluña, superando las 48.000 inicialmente anunciadas tras admitir a última hora varias protestas «autoorganizadas» y no impedidas por el Govern de la Generalitat, que sólo participó en actos sin público para no poder ser acusado de expandir la epidemia en caso de nuevo rebrote, pero que dispuso todas las facilidades para que la principal organización secesionista organizara su novena Diada consecutiva. Diada que promocionó y bendijo. El 24 de agosto prohibió el Ejecutivo catalán las reuniones públicas y privadas de más de 10 personas ante el incremento de casos de Covid, pero enmendó su propia restricción en unas horas, tras caer en la cuenta de que se estaba disparando al pie al imposibilitar la cercana conmemoración del 11 de septiembre.

A pesar del trato de favor recibido, la ANC fue inmisericorde con el Govern y las fuerzas independentistas, a las que ha dejado de mostrar el mínimo respeto esperado entre compañeros de causa para pasar a denunciar sus vergüenzas y presionar sin compasión a meses de las elecciones. Sin la habitual masa congregada ante el escenario, pero con el siempre presto altavoz de TV3 emitiendo en directo sus palabras, exigió Elisenda Paluzie a las formaciones secesionistas «cerrar una etapa sin rumbo que ya dura demasiado». «No podemos seguir esperando el acuerdo de los partidos. No somos un país simbólico con presidentes simbólicos y leyes simbólicas. Estamos hartos de la división y la táctica. Junqueras y Puigdemont, la paciencia de la gente no durará para siempre. Nos tenemos que poner en marcha», amenazó la presidenta de la ANC, para después colocar sobre la mesa su receta para culminar la separación del resto de España. «Trabajad para sumar más del 50% de los votos en las próximas elecciones y después respetad el mandato del 1-O y declarad la independencia». «No os dejéis llevar por los intereses de partido. Si no, la ciudadanía se pondrá de nuevo por delante. Esto no va de unos contra los otros», había anticipado antes el vicepresidente de Òmnium Cultural, Marcel Mauri.

UNA GUERRA ENTRE TRES FACCIONES

Pero claro que va de unos contra otros. Va de al menos tres bandos. El de los amantes de la unilateralidad está encabezado, con matices, por la ANC, la CUP y JxCat. Ayer lo demostró Carles Puigdemont cuando pidió afrontar las próximas elecciones al Parlament «con un carácter refrendario» y situó la confrontación como «un deber inevitable». «Con los regímenes autoritarios no se habla. Para salvar la democracia hace falta derrotarlos», proclamó el prófugo en un mensaje con vocación institucional y difundido desde Bélgica con motivo de la Diada. «Pero la confrontación no se improvisa, se prepara», advirtió el ex presidente de la Generalitat para aclarar a la ANC que promover una nueva declaración de independencia tras los comicios no entra en sus planes inmediatos, a pesar de que el secesionismo coseche su primera victoria en votos en unos comicios. Hito que algunos sondeos dan como posible.

Llegado el momento, la CUP se ofrece a defender la secesión en la calle. Los antisistema sabotearon la circulación del AVE entre Barcelona y Gerona, e intentaron hacer lo propio en Lérida, resultando detenida una de sus concejales. Tampoco olvidaron sus habituales ataques a la Corona, quemando una fotografía de la Familia Real en el centro de Barcelona; ni la pandemia acabó con ese ritual siempre tolerado por los Mossos d'Esquadra.

También defendió ayer sus intereses la segunda de las facciones separatistas, la que conforman ERC y Òmnium, exponentes de un independentismo más sibilino, que apuesta por negociar la celebración de un referéndum pactado con el Estado sin autoimponerse una fecha para alcanzar dicho acuerdo mientras confía en amarrar concesiones que sacien la impaciencia de sus seguidores. Ayer Marta Rovira, la fugada secretaria general de ERC, exigió a JxCat una respuesta «que no reste». Esto es, urgió a acordar la fecha de las elecciones y evitar el espectáculo del encastillamiento en el Palau que Torra ensueña.

Y asomó la cabeza con orgullo renovado un tercer grupo de soberanistas, el del PNC y el PDeCAT, ya liberados del yugo de Puigdemont. Prometieron «buscar la «centralidad» nacionalista Marta Pascal y David Bonvehí.

«Un barco que navega sin rumbo, sin hoja de ruta y con comandantes que dan directrices opuestas acaba a la deriva y difícilmente llegará al puerto deseado. Si cada uno va por libre, como pasa ahora, nadie se tomará en serio», advirtió Artur Mas, que, ahora enrolado en el barco de los moderados, decidió recuperar la voz y su pasión por la metáfora marinera para constatar la irresoluble atomización del independentismo. El letárgico estado en el que permanece a la espera de resolver sus disputas en las urnas.

Análisis: El suicidio de Barcelona

Gregorio Morán

La única idea razonable que ha parido la Alcaldía de Barcelona en su ominoso reinado es la de encargar el pregón de la Mercè -patrona de la ciudad- a un payaso. Se llama Jaume Mateu y su nombre de guerra es “Tortell Poltrona”. Nada más adecuado al momento de tristeza y desánimo que esta aportación circense que presidirá la alcaldesa Ada Colau dentro de unos días. Ayer tuvimos Diada, pronto llegará la Mercè. Una fiesta permanente en una ciudad que, después de pegarse varios disparos en el pie, parece abocada a descerrajarse la sien. Voluntariamente, como corresponde al derecho a decidir de quienes han llegado al poder a codazos y se mantienen a mamporros.

¿No jaleaban contra el turismo rompedor de la plácida vida urbanita de quienes disfrutan de segunda residencia? Pues ya no hay turistas y tampoco claman por que vengan, por más que la quiebra económica haya dejado a la ciudad en ruinas. Aquí el coronavirus llegó antes que la pandemia. Se le ha alimentado repartiendo los fondos entre los integrados. ¡Quién nos iba a decir que el lado práctico de aquel libro sarcástico del primer Umberto Eco, que tanto dio que hablar a la inteligencia premoderna de los sesenta, que llevaba por título 'Apocalípticos e integrados', se iba a consumar en Barcelona!

Por aquellas fechas se distinguía la ciudad por cierta luz, apenas resplandores, pero llamativa porque España, y muy en concreto Madrid, tenía la grisura que desparrama el cielo agobiante de la mediocridad del Franquismo. Duró lo que duró, apenas una década, un embeleco del que algunos viven aún; los fondos de la inteligencia prosperan cuando están bien colocados en esa bolsa de cotizaciones que es la subvención. La gente común suele juzgar las llamadas Exposiciones Universales por las atracciones y la vistosidad, nadie suele detenerse en lo que reparten en “picos, palas y azadones”, en lo que revierten con la creación de multitud cargos, carguitos, asesorías, accesorios y demás chamarilería que convierten a los empleados en adictos. Nadie, que yo sepa, hizo nunca balance de las partidas que generaron los Juegos Olímpicos del 92. La cara “b” es más ignota para nosotros que la oculta cara de la luna.

Los que vivimos en Barcelona no estamos encerrados en una burbuja, sino en un sótano donde de vez en cuando aparecen los fantasmas. Esta ciudad, que siempre fue de la luz y jactanciosa de su liberalidad, ahora se enseñorea en los siniestros posos de la xenofobia y la prepotencia. Por mucha que sea la trayectoria de corrupción institucional del PP o del PSOE nunca se había alcanzado la categoría de ser gobernados por una familia mafiosa. Lo hemos logrado y aún pasean su palmito.

Decir Pujol no es una ofensa ni un insulto o al menos una palabra vedada; al contrario, es el padre de las mesnadas que ahora se disputan el poder. Jordi Pujol no fue el abuelo cascarrabias, sino el hombre más corrupto que jamás disfrutó de tanto poder en Cataluña. Modelo de doblez y de cinismo. Como los grandes capos sicilianos, atento devoto de cuanta tradición religiosa, católica y catalana se le pusiera delante. Pecaba mucho, me consta, pero se arrepentía impelido por el servicio a Cataluña. A esta bazofia política, astuta y curtida, le debe Barcelona, emblema del país, la inclinación al suicidio voluntario. ¡Es de los nuestros! El más principal de todos, al que no cabe achacar ninguna maldad congénita ni otra ambición que el poder para sí y para su familia. ¿Y los secuaces? ¿Cuál de ellos tuvo al menos un gesto de honor o de vergüenza? Se conforman, como los sicarios, con escaquearse. “También roban los otros”. Cuando declaró ante el Parlament por sus desmanes, la presidenta de la Cámara le invitó previamente a almorzar, como se haría con Don Vito o Provenzano.

Caminar por Barcelona ahora es pasear por una ciudad herida de muerte. No son sólo los locales cerrados, o amenazados por la inminencia de su final, es también la conciencia de que hay barrios vedados donde la alcaldesa y sus asesores no pisarán nunca. Antaño se llamó Barrio Chino, donde ahora no hay chinos tan tontos como para meterse en ese residuo del páramo, imperio de mafias de menor cuantía y alto riesgo. El Raval le dicen ahora, o le decían, porque ya se cuenta por calles donde llevar un Rolex es como una sentencia, y el menudeo de la droga se ha hecho tan común que lo difícil es dónde comprar pan o tomar una cerveza, pero buscar maría o farlopa está al alcance de todos los bolsillos que puedas arramblar.

Cuando el Partido Socialista de Cataluña tenía la ambición de ser protagonista de algo parecido a un cambio hubo una concejal, Itziar González, que se propuso sanear El Raval. No sólo la amenazaron de muerte, si no que asaltaron su casa y pusieron precio a su frágil figura. Su propio partido se quejó de excesos puritanos y la abandonaron a su suerte, es decir, la sentenciaron. Tuvo que marcharse fuera y aún hoy sus compañeros cubren de silencio aquella complacencia mafiosa. Por eso baila Miquel Iceta, y pasean el antaño radical José Zaragoza y Narcís Serra, el rey de los sobresueldos. No bajan ni con escolta a eso que llaman “el lado mar” de las estribaciones del Ensanche.

Ha pasado desapercibido que el president Torra programe clases de islamización en las escuelas catalanas. Tantos años pidiendo que la religión saliera de los templos laicos que constituyen la enseñanza pública y ahora además el Islam. Quizá ven ahí un caladero de votos al igual que Jordi Pujol favorecía la emigración musulmana porque no tenía poso de lengua castellana.

Si alguien cree que el suicidio de una ciudad permite vivir más holgados a los supervivientes, se equivoca. Una muerte voluntaria nos interroga a todos y más ahora que los animosos independentistas de antaño han descubierto que sus intereses pueden irse al traste en el caos que alimentaron. Uno de esos barómetros del oportunismo intelectual, al que conozco desde 1976, Josep Ramoneda, ya lo apunta al referirse al “camelo de la redención patriótica”. Cabe la duda de si se refiere a Vox o a quienes como él formaron parte de la lista electoral de la CUP rompe bicicletas. Un pistoletazo para el suicidio y otro para abrir la carrera de la “nueva normalidad” política. Con razón el escritor del entorno barcelonés Javier Pérez Andújar escribió con demoledor sarcasmo: “Van 5 consellers de Cultura en 4 años. Ya no hacen electrodomésticos como los de antes”.

Fuente: Vozpopuli