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Memoria Histórica: Cuando “la brigada de la muerte” recorría Tarragona y otros mitos de la Guerra Civil

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
viernes 04 de diciembre de 2020, 21:00h

 Pascual Fresquet fue el líder de una de las patrullas más terroríficas de las milicias anarquistas. Ya se había destacado en Caspe por sus crueldades sin límite. Acompañaba la columna de Durruti, pero sus hombres no combatían, sino que “purificaban” (utilizaban esta expresión) la retaguardia. La patrulla estaba formada por unos cuarenta milicianos vinculados a la FAI de Cataluña. 

Javier Barraycoa

Javier Barraycoa

Pascual Fresquet fue el líder de una de las patrullas más terroríficas de las milicias anarquistas. Ya se había destacado en Caspe por sus crueldades sin límite. Acompañaba la columna de Durruti, pero sus hombres no combatían, sino que “purificaban” (utilizaban esta expresión) la retaguardia. La patrulla estaba formada por unos cuarenta milicianos vinculados a la FAI de Cataluña. Se les conoció con el tétrico nombre de “La Brigada de la Muerte” y dispuso de un “Centro irregular de detención” –esto es, una improvisada checa- en la calle Rosario, número 12 de Caspe. A finales de julio de 1936 prendieron fuego a una pira repleta de imaginería y jocalias en la plaza de España de la ciudad. Un estudioso de los hechos, Amadeo Barceló Gresa, en su obra “El Verano de la Tormenta”, describe los hechos: “(…) Fresquet y sus calaveras estuvieron hace unos días especialmente involucrados en el asunto de los santos. No bastaba con quemar y saquear las iglesias, así que desde el Comité se comunicó la obligación de entregar todos los santos, cuadros y objetos religiosos en general, custodiados en domicilios particulares (…)”.

Fresquet había sido el presidente del sindicato de la construcción de la CNT en el barrio de Sants en 1936. Se había hecho famoso por su activismo que le llevó a ser atracador de bancos en favor de la causa anarquista. También era un borracho habitual y entusiasta del boxeo y persona agresiva. También fue conocido por su comportamiento sexual promiscuo y vejatorio con las mujeres era temido incluso por anarquistas y sindicalistas. El aspecto de su Brigada de la muerte era impresionante, pues el autobús en el que montaban a las futuras víctimas llevaba una calavera pintada e, igualmente, sus hombres cosían calaveras en los uniformes.

Fueron descritos así: “Eran unos cuarenta hombres armados, con la calavera cosida al gorro y al pecho. Oficialmente, eran la brigada de investigación de la columna de milicianos Ortiz [la que marchó junto a la de Durruti al frente de Aragón], y su trabajo consistía en desenmascarar y eliminar a los fascistas ocultos en la retaguardia”. En realidad, en la mayor parte de los casos, estos “fascistas” era población civil que no habían tomado las armas contra la República pero eran conocidos por su militancia derechista o por ser católicos, sacerdotes o convecinos delatados por envidias, incluso por deudas. Tras abandonar Caspe, obligados por instancias superiores debido al terror que despertaban en la población, emprendieron una ruta de la muerte por el sur de Cataluña.

Esta es la descripción de las “gestas” de la Brigada: “Actuó durante los tres meses posteriores al estallido de la Guerra Civil en dieciséis municipios de la provincia de Tarragona (en las comarcas del Priorato, Terra Alta, Ribera de Ebro y Baix Camp) y en varios municipios del Bajo Aragón entre julio y septiembre de 1936: Caspe, Fabara, Maella, Gandesa, Falset, Mequinenza, Albalate del Arzobispo, Calanda, Samper de Calanda, Híjar, Bot, Flix, Ascó, Ribarroja de Ebro, Mora de Ebro y Reus. Su finalidad era la “limpieza de fascistas (religiosos, falangistas, militantes de la CEDA, católicos, carlistas, caciques o labradores que se oponían a las colectivizaciones). Su objetivo era implantar pueblo a pueblo el comunismo libertario. Se ha documentado que asesinaron a 247 personas. Se desplazaban en un ómnibus de color negro con calaveras pintadas”.

La brutalidad con que operaba la Brigada de la Muerte provocó que el representante de la CNT catalana declarara en el Pleno de Regionales de la CNT, celebrado el 16 de septiembre de 1936 en Madrid, ante las quejas del representante aragonés: “Cataluña aclara que en Barcelona hay el acuerdo de destituir a Ortiz [La caravana era teóricamente su Comisión de información] y al mismo tiempo celebrar una reunión entre los Comités Regionales de Aragón y Cataluña; añade que se nombró en Barcelona una comisión para averiguar las fechorías que comete la Brigada de la Muerte, que dirige Ortiz, y que esta Comisión informará en dicha reunión”. La comisión llamó al orden al verdadero líder, Pascual Fresquet, el cual tuvo que dar cuentas de sus acciones. La Brigada, considerada por la dirección de la CNT como contraria al “espíritu revolucionario”, dejó de operar a partir de octubre de 1936. Fresquet fue llamado al orden. Pero la semilla del horror ya había quedado plantada en las comarcas catalanas. Él se justificó ante sus compañeros anarquistas, según cuenta su propio hijo: “Les dijo que lo que quería era luchar y frenar al enemigo, donde hiciera falta. Que él había nacido para vencer, para servir. Que había que frenar al fascismo. Que había que hacer la Revolución. Y que eso estaba haciendo él con la Brigada de la Muerte”.

En su libro “De la Unión a Banat”, el militante anarquista Juan Giménez Arenas, afirma lo siguiente: “Fresquet había tenido un cargo militar en Aragón, con una unidad un tanto independiente, en la que no hizo más que barbaridades”. Giménez Arenas no lo duda: “Fresquet fue siempre un cerdo”. La Generalitat siempre estuvo enterada de la actuación de la Brigada de la muerte. Sabemos que una delegación de Reus se desplazó hasta Barcelona para hablar del asunto con Lluís Companys. Él confirmó estar al corriente de lo que sucedía y les aseguró que había tomado “todas las prevenciones pertinentes”. En realidad, esas “prevenciones” consistió en pedir a los representantes de Reus que solicitase a sus respectivos partidos y sindicales que tomaran medidas por su cuenta. “¿Qué puedo hacer yo si ustedes mismos no saben indicar a sus afiliados cómo comportarse y qué acciones emprender para cortar esos abusos?”. Con otras palabras, Companys nada hizo. Por su cuenta, Josep Tarradellas y Andreu Nin visitaron algunas de las poblaciones visitadas por Fresquet y sus compañeros, pero no tuvo consecuencias.

Toni Orensanz, en su libro “L’Òmnibus de la mort”, nos cuenta el paso de dicha caravana por Falset, su pueblo natal: “En septiembre de 1936 se presentaron los brigadistas de la muerte en un autobús pintado con calaveras y en una sola noche mataron a 27 personas de derechas. Me llamó la atención que se desplazaran en autobús, lo que significaba que también cometían desmanes en otros lugares, y que al día siguiente el cabecilla del grupo hiciera un pregón para justificarse. Hablaba de hacer justicia, y usaba el eufemismo de la limpieza”. Fresquet, el cabecilla, hombre de instintos brutales, huyó al finalizar la guerra a Francia y se codeó con las mafias marsellesas, llegando a ser un conocido atracador de bancos. Misteriosamente, acabó muriendo en España, tranquilamente, sin que nadie le recordara su macabro pasado. Más sorprendente aún, murió relativamente joven, en 1957, víctima de un cáncer de colon, es que poco antes de morir solicitó un sacerdote para reconciliarse con Dios. Toni Orensanz, en su libro sobre el personaje acaba con estas palabras: “Y así nos dejó Pascual Fresquet, extremaunciado y en la cama, cogido de la mano de un siervo de Dios. Tenía 50 años y murió de cáncer después de haber bebido, fornicado y asesinado todo lo que pudo”.

 

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No, nunca es un buen día para iniciar una ofensiva. Más allá de dificultades varias como las meteorológicas (batirse bajo la lluvia no es aconsejable por mucho que lo aconseje Arthur Freed), sentir en la nuca el gélido aliento de la Parca es incómodo para soldados y oficiales. Pero aquel invierno de 1939 no quedaba sino luchar para intentar dar un poco de aire a la desgastada Segunda República. El 5 de enero, en la que fue la última gran acometida de la lid por parte de las tropas gubernamentales, más de 90.000 soldados se lanzaron de bruces hacia Mérida en la llamada ofensiva de Peñarroya.

Todo terminó en una terrible debacle: 6.000 bajas para la Segunda República y otras 2.000 para los sublevados. Y para nada, pues no se cumplieron los objetivos que anhelaba el general Vicente Rojo; a saber, cortar las comunicaciones entre Madrid y Extremadura y distraer a un Francisco Franco que llamaba ya a las puertas de Cataluña. Peñarroya fue, en definitiva, la última gran ofensiva de la Guerra Civil. Pero también una contienda que ha sido desplazada de este puesto por la del Ebro; aquella que todo el mundo cree conocer como el avance final del Ejército Popular antes de su descalabro total.

Este error histórico es uno de otros tantos que el periodista y escritor Alberto de Frutos y el doctor en Historia Eladio Romero han desvelado a lo largo de una obra que, como su propio nombre indica ( «30 paisajes de la Guerra Civil», Larousse, 2020), se zambulle en los recovecos más inexplorados de nuestra contienda más dolorosa a través de las instantáneas, los mapas y las infografías. Todo ello, sin olvidarse de pilares básicos para todo buen ensayo histórico como los testimonios de supervivientes, los personajes clave y la narración más cruda de los hechos. Batallas desconocidas, unidades olvidadas o eventos desterrados de la memoria son solo algunos de los aspectos que abordan.

De Frutos, en declaraciones a ABC, sostiene que existen una ingente cantidad de mitos muy extendidos sobre la Guerra Civil. Falacias que, a golpe de ser repetidas una y otra vez, se han acomodado en el ideario colectivo y que, ya, resulta casi imposible desterrar. Aunque, de todas ellas, quizá la más aceptada es la idea errónea de que la revuelta militar empezó el 18 de julio. «En realidad, la guarnición de Melilla -la Adelantada- se sublevó el 17», señala el autor. Lo mismo ocurre con la falsa idea de que solo hubo guerrillas republicanas o, entre otras tantas, el papel preponderante que se le atribuye tanto a las Brigadas Internacionales como a las milicianas.

1-¿Empezó la sublevación el 18 de julio?

La guarnición de Melilla –la Adelantada– se subleva el 17 de julio y, sin embargo, la conmemoración del llamado Alzamiento se fija el día 18. Así fue desde el decreto nº 323, firmado por Franco el 16 de julio de 1937 y en cuyo primer artículo leemos: “Se declara día de Fiesta Nacional el dieciocho de julio, fecha en que España se alzó unánimemente en defensa de su fe, contra la tiranía comunista y contra la encubierta desmembración de su solar”.

No es que el decreto pretendiera invisibilizar el arranque del “glorioso alzamiento”, pero antepuso el hecho de que su “unánime explosión” hubiera tenido lugar a la mañana siguiente. De este modo, la memoria del 17 de julio quedó circunscrita al Día de África, en homenaje a las Plazas de soberanía y Marruecos, en tanto que en el 18 se volcó toda la parafernalia del régimen (fue Fiesta Nacional hasta 1977, vinculada, además, a la paga extra de verano y a la Fiesta de Exaltación del Trabajo).

Hay que recordar que Melilla se anticipó unas horas porque trascendió el ruido de sables y las fuerzas leales a la República trataron de neutralizar a los rebeldes. Como sabemos, no fue posible, y el plan siguió su curso. Al día siguiente, Franco, comandante general de Canarias, puso rumbo a Tetuán, vía Casablanca, y tomó el mando del ejército del Protectorado. Simbólicamente, el día 18 recalcaba, pues, el relato del paso decisivo del irresoluto Franco, que apenas unas semanas antes había advertido al Gobierno del malestar de los oficiales por las medidas que se estaban tomando.

2-¿Solo hubo guerrillas republicanas?

Hay bastantes trabajos sobre las guerrillas en el Ejército Popular, sus acciones en Extremadura, Aragón, Jaén, Málaga o el Norte, la labor del coronel Ksanti –un agente del NKVD llamado Jadzhi-Umar Mámsurov– o de las andanzas del XIV Cuerpo de Ejército Guerrillero.

Pero pocos conocen, en efecto, que el bando nacional se apoyó también en la acción guerrillera, si bien su ejército, mucho más jerarquizado, minimizó su influencia y el propio Franco fue siempre reacio a sus maniobras. En 30 paisajes de la Guerra Civil, nosotros viajamos al “frente vacío” del Alto Tajo, entre Guadalajara, Cuenca y Teruel. Allí se conformó el cuerpo de los Guerrilleros del Alto Tajo, con base en Molina de Aragón, compuesto por unos 400 hombres que respondían al Tercio requeté María de Molina-Marco de Bello. Esencialmente, llevaron a cabo acciones de sabotaje o abastecimiento, como la ocupación del puente de San Pedro, cerca de Zaorejas, en Guadalajara, o una “razzia” para robar ganado en el pueblo de Griegos, Teruel. Lo más llamativo de ese Tercio era la presencia de rusos blancos, cuya huella encontramos hoy en la cruz ortodoxa de Sierra Molina, que les rinde homenaje.

Además, en el curso de la contienda, el coronel José Ungría Jiménez, jefe del Servicio de Información y Policía Militar (SIPM), constituyó los llamados Grupos C, integrados por falangistas que ejecutaban sabotajes en zona republicana. Eran pocos hombres, unos ciento cincuenta. Sus acciones fueron escasas, aunque lo bastante alarmantes para levantar las suspicacias del enemigo, que en un informe fechado el 13 de septiembre de 1938 denunciaba la reciente organización “de unas patrullas copia de nuestros ‘guerrilleros’ que se internan en la zona cubierta por el Ejército de Extremadura”.

3-¿La Guardia Civil era un cuerpo que actuó de una única forma en la contienda?

La Guardia Civil no era un cuerpo monolítico: entre sus efectivos, hubo quien apoyó la sublevación y quien se opuso a ella. Lo cierto es que la legalidad resistió en aquellas localidades que se beneficiaron de su apoyo. Si en julio de 1936 la Guardia Civil no hubiese secundado a los milicianos de San Sebastián, es posible que la ciudad hubiese caído a las primeras de cambio.

En nuestro libro hablamos también de la figura del coronel de la Guardia Civil Antonio Escobar (general en 1938), que contribuyó a frenar el golpe en Barcelona. El general Sebastián Pozas Perea, Director General de la Benemérita, fue fiel a la República, y sus hombres recibieron la consigna de obedecer con “absoluta lealtad el precepto reglamentario de permanecer fieles a su deber por el honor de la Institución”.

Pero hubo guarniciones, claro, que desoyeron las órdenes y se sublevaron. Ahí queda la memoria de los asedios del Alcázar de Toledo o del santuario de la Santísima Virgen de la Cabeza en Andújar (“la Guardia Civil muere pero no se rinde”, rezaba el cartel del capitán Cortés), o el levantamiento del comandante Ángel Molina Galano y el teniente coronel Fernando Chápuli en Albacete.

La Guardia Civil fue un trasunto de España, quedó dividida en dos, y, al final de la contienda, de sus 33.500 miembros murieron o resultaron heridos el 20% del total.

4-¿Se ha idealizado la imagen de las milicianas republicanas?

El idealismo es una quimera en la guerra. La presencia en el frente de estas jóvenes –anarquistas, comunistas y socialistas en su mayoría– se concretó en el verano de 1936, y, en la creación de su mito, la propaganda tuvo un papel esencial. Hay imágenes con mucha fuerza, como el cartel de Cristóbal Arteche en el que una miliciana apela a la población a sumarse al esfuerzo bélico —Les milicies, us necessiten!— o la fotografía de Marina Ginestà en la terraza del hotel Colón de Barcelona, tomada el 21 de julio y que, de hecho, tiene algo de montaje, porque aquella era la primera vez que Marina sostenía un fusil, tal como contamos en el libro.

Pero no nos engañemos, la guerra era una “cosa de hombres”, y el Gobierno no tardó en desincentivar la movilización de las mujeres y facturarlas a la retaguardia (también hubo batallones de milicianas en la retaguardia, para la defensa de las ciudades). De la glorificación inicial se pasó, sin solución de continuidad, a la humillación y el escarnio, hasta el punto de que en su propio bando las calificaron de prostitutas y quintacolumnistas.

Sea como fuere, el número de milicianas fue muy reducido, inferior a mil. Por el diario de una de ellas, sabemos que en el desembarco de Alberto Bayo en Mallorca, en agosto de 1936, se desplazaron “treinta milicianas y cuatrocientos milicianos”. En 1937, su presencia en el frente era irrelevante. Ahí seguía, por ejemplo, Rosario Sánchez Mora, la Rosario dinamitera de Miguel Hernández, todo un símbolo para este colectivo. Otras, como la militante comunista Lina Odena, habían muerto: se suicidó antes de caer en manos del enemigo.

Acerca de sus acciones, si la propaganda republicana exaltó su arrojo en los primeros meses de la guerra, la franquista puso todo su empeño en desmontar su leyenda: así, las milicianas fueron violadoras, asesinas sin escrúpulos o hasta caníbales.

5-¿Fueron tan útiles las Brigadas Internacionales como nos han hecho creer?

Si repasamos las acciones de las Brigadas Internacionales, entendemos, primero, que el corazón no basta para ganar una batalla y, segundo, que, en muchas ocasiones, aquellos “caballeros de la libertad del mundo” fueron utilizados como mera carne de cañón. Se produjeron verdaderas atrocidades en batallas como Lopera, Jarama, Brunete, el Ebro y tantas otras. Ninguna fue como el Jarama, la verdad. Allí, el batallón Abraham Lincoln, integrado en la XV Brigada Internacional, recibió un duro correctivo por culpa de la ineptitud del comandante húngaro János Gálicz –el general Gal– que, en el ataque al Cerro Pingarrón, perdió a decenas de hombres. Tan grave fue la cosa, que algunos voluntarios norteamericanos se negaron a seguir con esa farsa trágica y fueron juzgados en una cueva en la montaña del Tajuña.

A la hora de describir sus gestas, nadie les escatimaba un adjetivo, y es verdad que, en general, fueron muy bravos. Pero llegaron con unos medios insuficientes, recibieron una formación muy precaria para ser empleados como fuerzas de choque y, en no pocas ocasiones, sufrieron a unos mandos comunistas totalmente incompetentes. Su organizador, el tristemente célebre André Marty, un tipo de gatillo fácil, conocido como el carnicero de Albacete, no tendría nada que envidiar a los indeseables mandos de Senderos de gloria.

Junto con el relato de su coraje, hay que registrar también ese otro, mucho menos complaciente, que habla de lo que callan todas las guerras: deserciones, indisciplina y abusos sobre la población. Es lógico: entre los 35.000 voluntarios, procedentes de más de cincuenta países, había de todo. Según las investigaciones más recientes, uno de cada cinco brigadistas perdió su vida en España.

6-¿Fue la del Ebro la última ofensiva republicana?

El Ebro selló el desenlace de la guerra, pero, entre noviembre de 1938 y marzo de 1939, la República aún pudo jugar una última baza en la partida. La batalla de Peñarroya o Valsequillo fue el clavo ardiendo al que se agarró el jefe de Estado Mayor, general Vicente Rojo, para desbaratar el avance franquista hacia Cataluña.

La operación, en pleno frente extremeño-cordobés, puso contra las cuerdas a Queipo de Llano, cuyo Ejército del Sur contaba con unos 75.000 efectivos, frente a los más de 90.000 del enemigo, distribuidos entre el XXII Cuerpo de Ejército, la Agrupación Toral y la Columna F. El general Escobar estaba al mando.

Sobre el tapete, la campaña, que se desarrolló a partir del 5 de enero, resultaba tan audaz como brillante, y Franco, consciente del peligro, no dejó de azuzar a Queipo para que contraatacara. En sus primeros días, las fuerzas republicanas se apoderaron de 500 km2 de superficie y tomaron Fuente Obejuna, Peraleda del Zaucejo, Los Blázquez y La Granja de Torrehermosa. Desde Barcelona, un entusiasta Vicente Rojo reclamaba un último esfuerzo al general Matallana: “Si pudieséis llegar a Sevilla, creo que habrías resuelto la guerra”, le escribió. Pero este ya no creía en milagros. Las malas condiciones atmosféricas y los refuerzos del Ejército del Sur convirtieron la última gran ofensiva republicana en un espejismo, otro más, el último ya.

La falta de entendimiento entre Rojo y el general Miaja, a la sazón jefe del Grupo de Ejércitos de la Región Central (GERC), fue clave para abortar el desembarco previsto por el primero en Motril. Cuando se detuvieron los combates el 4 de febrero, el frente seguía igual.

Fuente: ABC