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China está modernizando su Ejército “5 veces más rápido” que EEUU. Análisis

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
domingo 10 de julio de 2022, 20:00h

China está modernizando su Ejército a un ritmo “cinco o seis veces” más rápido que Estados Unidos, según un oficial de la Fuerza Aérea estadounidense.

Redacción

China está modernizando su Ejército a un ritmo “cinco o seis veces” más rápido que Estados Unidos, según un oficial de la Fuerza Aérea estadounidense.

El subsecretario adjunto de Adquisiciones, Tecnología y Logística de la Fuerza Aérea de EE.UU., el mayor general Cameron Holt, quien es responsable de todos los aspectos de la contratación del servicio, ha emitido una severa advertencia sobre los rápidos avances de China en la adquisición de equipos militares de manera que, a su juicio, su Ejército ahora está obteniendo nuevos equipos “cinco o seis veces” más rápido que Estados Unidos, según recogió el miércoles el portal The Drive.

Además de la gran velocidad con la que China puede adquirir nuevas armas, Holt agregó que Pekín también está operando de manera mucho más eficiente que EE.UU. en lo que respecta al poder adquisitivo.

“En paridad de poder adquisitivo, gastan alrededor de un dólar frente a nuestros 20 dólares para llegar a la misma capacidad”, agregó en una audiencia. “Vamos a perder si no podemos descubrir cómo reducir el costo y aumentar la velocidad en nuestras cadenas de suministro”, manifestó Holt.

Ante tal panorama, el alto funcionario del Pentágono indicó que el proceso de adquisición de armas de EE.UU. necesita una reforma para poder competir con sus rivales y argumentó que el sistema actual data del entorno de seguridad de la “Guerra Fría” y de un conjunto muy diferente de amenazas y desafíos.

Oficiales de Pentágono reconocen fracaso en competencia con China

Holt no es el primero en analizar la forma china de gestionar la introducción de tecnologías de punta como parte de su impulso más amplio para convertirse en un poder estratégico preeminente, y hacer una comparación desfavorable con la forma en que se hacen las cosas en Estados Unidos.

En 2019, el entonces jefe del Comando Estratégico del Ejército de EE.UU., el general John Hyten advirtió a Estados Unidos sobre el hecho de que su complejo industrial de defensa había perdido la capacidad de “ir rápido”. Y en octubre de 2021, avisó también del “asombroso” avance de China en materia armamentista destacando que el Ejército chino, cada día más cerca de superar a los de EE.UU. y Rusia.

Entre las diversas quejas sobre el enfoque de modernización del Ejército estadounidense, el exdirector de software de la Fuerza Aérea Nicolas Chaillan advirtió, a su vez, que Estados Unidos está perdiendo la carrera de inteligencia artificial y cibernética frente a China al criticar la incapacidad del Pentágono para seguir el ritmo de su rival chino.

“No tenemos ninguna posibilidad de competir contra China en 15 a 20 años”, manifestó en octubre de 2021 en una entrevista con el diario británico Financial Times.

El imperialismo americano contra el eje China-Rusia: hacia una guerra global

Augusto Zamora R. Y Anthony Garner

“La Federación Rusa es la amenaza más importante y directa para la seguridad de los Aliados y para la paz y la estabilidad en el área euroatlántica”; es uno de los puntos incluidos en la Declaración de la Cumbre de la OTAN, celebrada los días 29 y 30 de junio en Madrid.

“Nos enfrentamos a la competencia sistémica de aquellos, incluida la República Popular China, que desafían nuestros intereses, seguridad y valores (…)”, añade la Declaración de Madrid (el Concepto Estratégico de la OTAN-2022 califica también como “amenaza” las “ambiciones declaradas y las políticas coercitivas de China”).

En abril el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) informó de que el gasto militar mundial aumentó en 2021, hasta alcanzar el “máximo histórico” de 2,1 billones de dólares; el gasto militar de Estados Unidos sumó 801.000 millones de dólares, mientras que el de China (segundo del ranking global) se situó en 293.000 millones y el de Rusia en 65.900 millones.

Es el epicentro de la geopolítica global, que el exembajador de Nicaragua en España, Augusto Zamora R., analiza en el ensayo de 234 páginas De Ucrania al mar de la China. El eje ruso-chino ante un occidente roto, editado en mayo por Akal. El texto incluye los dibujos y viñetas de Anthony Garner, quien también ha ilustrado el cuento Cándido o el optimismo (2021), de Voltaire, y el libro Matamundos (2020), entre otros.

“La geoestrategia de Estados Unidos, para intentar mantener su hegemonía marítima en el mundo, pasa por dividir a la humanidad en dos bloques hostiles: de una parte, Estados Unidos y sus aliados; de otra, Rusia y China y los suyos. Repitiendo escenarios de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos está formando dos frentes: Uno en el Atlántico, con la OTAN como ariete; otro, en el Pacífico, con Japón y Australia como mazos”, escribe Augusto Zamora R. en el texto de Akal.

La agencia estatal Xinhua informó el 17 de junio que China ha “lanzado” en Shanghai su tercer portaviones, el Fujian, construido y diseñado por la potencia asiática; asimismo, en octubre de 2021, Diario del Pueblo se hizo eco de las primeras maniobras desplegadas -de manera conjunta- por buques militares de China y Rusia.

“La conversión de China en superpotencia naval y el renacer del poder naval ruso –más el creciente de India e Irán- están poniendo fin a dos siglos de hegemonía anglosajona. Estados Unidos ha declarado a China su mayor desafío”, explicita De Ucrania al Mar de la China en el prólogo.

Augusto Zamora R. ha sido profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid; es autor de libros como Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos y Réquiem polifónico por Occidente, editados por Akal en 2018.

Zamora Rodríguez destaca el contenido de la nueva Estrategia Nacional de Defensa (NSD, siglas en inglés) de Estados Unidos-2022, que el Pentágono trasladó al Congreso en marzo; entre las prioridades del documento figura la “defensa de la patria, al ritmo de la creciente amenaza multidominio planteada por la República Popular China”; además del “desafío” chino en el Indo-Pacífico, el documento subraya el planteado por Rusia en Europa.

Otro punto central de la NSD hace referencia a que el Pentágono “permanecerá con capacidad de gestionar otras amenazas persistentes, incluidas las de Corea del Norte, Irán y las organizaciones extremistas violentas”.

Un testimonio incluido en el ensayo de Augusto Zamora y Anthony Garner es el del general Mark A. Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto del ejército estadounidense, quien compareció ante el Congreso el 5 de abril; señaló que la propuesta de presupuesto de Defensa de 773.000 millones de dólares (año fiscal 2023) permitirá que el ejército “administre las misiones hoy y también la fuerza para las posibles batallas de 2030 y después”.

El alto mando militar subrayó la necesidad de “seguir una estrategia clara para mantener la paz con la capacidad inequívoca de fuerza en relación con China o Rusia”.

Las declaraciones, proclamas y estrategias se abordan en el prólogo del ensayo (Preludio con misiles); y se profundiza en los diez capítulos del libro: Eurasia, corazón del mundo, corazón, corazón; Afganistán, Afganistán, adiós, imperio, adiós; la OTAN y el codiciado –e imposible– nuevo Brest-Litovsk; China, son mis barcos son mi tesoro; o ¿Un mundo multipolar con áreas concertadas de influencia+cooperación?; el epílogo tiene como título Ucrania, crónica de una guerra anunciada.

En este contexto, ¿de qué modo interpretar el actual conflicto de Ucrania? El autor de Malditos libertadores. Historia del subdesarrollo latinoamericano considera que es la “antesala” de un conflicto de grandes dimensiones que está larvándose en el Mar de la China Meridional.

Esta es una de las claves de la guerra ucraniana: “La pugna creciente entre quienes quieren mantener el orden nacido de la Segunda Guerra Mundial, basado en la hegemonía de Estados Unidos, y quienes quieren establecer un nuevo orden, multipolar (…)”. Augusto Zamora sostiene que China y Rusia lideran el cambio, que incluye normas nuevas y la ONU adaptada al cambio de escenario.

El pasado 4 de febrero se reunieron en Beijing los presidentes de China, Li Jinping, y Rusia, Vladimir Putin; firmaron una declaración conjunta sobre las Relaciones Internacionales en la Nueva Era y el Desarrollo Sostenible Global; entre otros contenidos, las partes manifestaron su preocupación por la alianza militar entre Australia, Estados Unidos y Reino Unido (AUKUS), anunciada en septiembre de 2021; y, en concreto, “su decisión de iniciar la cooperación en el ámbito de los submarinos de propulsión nuclear”.

Se da la circunstancia, además, que China e Islas Salomón han suscrito recientemente un Pacto de Seguridad. “El propósito de la cooperación reside en promover la estabilidad a largo plazo en las Islas Salomón, lo que coincide con los intereses comunes de las islas (Estado soberano y colonia británica de Oceanía hasta 1978) y la región del Pacífico Sur”, afirmó el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Wang Wenbin (agencia Xinhua, 29 de abril); “el pacto no está dirigido a ningún tercero”, agregó.

EL COMPLEJO NACIONALISMO DE LA GENERACIÓN Z DE CHINA

Brian Wong

La generación Z china (definida vagamente como los individuos nacidos después de 1996) tiende a asociarse con imágenes de partidarios feroces, francos e inflexibles del nacionalismo y el régimen del país.

En su incisiva etnografía de la juventud china tras la era de liberalización política de finales de los años ochenta y la política controvertida, Alec Ash observa que "la nueva juventud china, nacida en la década de 2000, también es diversa, moldeada por una China más fuerte y nacionalista", aunque Ash advierte que "la diversidad sigue ahí". El reconocido experto en relaciones internacionales e intelectual Yan Xuetong sugiere que "los estudiantes posmilenarios suelen tener un fuerte sentido de superioridad y confianza y tienden a mirar a otros países desde una perspectiva condescendiente".

Sin embargo, para entender la forma de pensar de los chinos de la Generación Z, es necesario ponerse en su lugar. Una persona de la Generación Z nacida a principios del nuevo milenio habría tenido poco más de un año cuando China entró en la Organización Mundial del Comercio. A los 3 años, fueron testigos del primer astronauta chino en el espacio, Yang Liwei, durante el exitoso viaje del Shenzhou-5. A la edad de 8 años, vivirían tanto el terremoto de Sichuan como los Juegos Olímpicos de Pekín, quizás de forma indirecta, pero estos acontecimientos no dejaron de ser transformadores en la invocación de una nación china. A los 10 años, el PIB de China se había quintuplicado desde su nacimiento, pasando de 1,2 billones de dólares en 2000 a más de 6 billones en 2010.

Luego, a los 12 años, verían un nuevo liderazgo político, éste propagando el "sueño chino" y el "rejuvenecimiento nacional", eslóganes abstractos quizás, pero también proposiciones retóricamente enfáticas que seguían siendo plausibles para una generación que nunca había visto luchar a China. La purga anticorrupción se combinaría con los primeros años de la adolescencia, junto con un cambio hacia un crecimiento interno impulsado por la alta tecnología y una mejora palpable del nivel de vida en la mayoría de las zonas rurales (y quizás incluso en algunas ciudades). Cuando tenían 17 años, se celebró el primer Foro de la Cumbre del Cinturón y la Ruta, que anunció una nueva era para la diplomacia china. A los 19 años, los habitantes del continente habrían observado los acontecimientos que se desarrollaban en Hong Kong y habrían sido convencidos por el Estado y los medios de comunicación social de que la "lucha" contra las fuerzas neocolonialistas hostiles a los intereses chinos seguía siendo omnipresente.

Con esta particular trayectoria de acontecimientos y percepciones, es quizá comprensible que muchos jóvenes chinos sientan un genuino sentimiento de orgullo triunfalista y decidido por su país. Algunos de ellos pueden ver el ascenso del país como algo empíricamente inevitable y normativamente imperativo (como medio de contrarrestar el orden global dirigido por Occidente); otros pueden ser menos obstinados ideológicamente, pero perciben las mejoras materiales en el nivel de vida como una señal de que el país está funcionando y lo hace por ellos.

Sin embargo, equiparar la historia anterior con las historias de todos los jóvenes chinos sería erróneo. Hacerlo sería pasar por alto a los muchos que se ven obligados a la "involución" y a la búsqueda autodestructiva de la riqueza y la estabilidad en una economía precipitadamente precaria, o cuya autoidentificación e identidad no se aglutinan en torno a las líneas "políticamente correctas" (por ejemplo, los individuos queer o políticamente liberales), o, de hecho, que se han encontrado con que se han quedado atrás por los ambiciosos esfuerzos de redistribución y empoderamiento de las bases.

En un artículo reciente, el escritor Peter Hessler recordaba una tarea concreta que había encomendado a sus alumnos de la Universidad de Sichuan: "pedir a los alumnos de primer año que escribieran sobre una figura pública, viva o muerta, china o extranjera, a la que admiraran". Durante su primera estancia como profesor en China, en los años 90, Hessler se hizo la misma pregunta. En el pasado, Mao había sido la opción más popular, pero mis alumnos de la Universidad de Sichuan eran mucho más proclives a escribir sobre científicos o empresarios". Para muchos de la generación más joven de China, la fuente de orgullo nacionalista no es ni política ni estatal: en su lugar, es la innovación y la tenacidad duradera de los empresarios e investigadores civilizados que han llegado a transformar China.

El nacionalismo chino como discurso multifacético y fragmentado

Al analizar el nacionalismo de los jóvenes chinos, existen tanto similitudes como diferencias entre su nacionalismo y el nacionalismo más generalizado entre generaciones. El nacionalismo chino es un discurso polifacético, fragmentado y políticamente contestado, cuyo nivel de heterogeneidad varía según las fuerzas de arriba y de abajo. La nación puede ser sumariamente homogénea, pero los sentimientos nacionalistas que la rodean ciertamente no lo son.

El elemento ascendente en los nacionalismos chinos -el plural denota aquí la fragmentación en funcionamiento- no puede ser exagerado. En una entrevista reciente que realicé con la historiadora Rana Mitter en Oxford, Mitter observó que "China es un sustantivo plural": un espectro diverso de individuos compone su sociedad civil y su aparato administrativo y burocrático, y existe un amplio espacio entre las familias, por un lado, y el gobierno nacional, por otro. Esta heterogeneidad se manifiesta en la creación y (re)imaginación de la nación china.

Para algunos, la nación es una reliquia histórica impregnada de imágenes y tropos culturalistas que abarcan "milenios"; para otros, la nación denota un colectivo orientado a la prosperidad y la estabilidad, que garantizaría a sus habitantes una vida próspera y cómoda, y nada más. Sin embargo, para muchos otros, su compromiso con la nación se limita al entorno inmediato que llega a caracterizar su fujin, sus espacios vecinos (véase el excelente trabajo del antropólogo Xiang Biao sobre la política espacial y urbana).

No sólo el arquetipo de nación china varía de una persona a otra, sino que sus sentimientos son también muy dispares: las diferentes comunidades se apoyan en sus bases de identificaciones y escisiones en relación con las comunidades opuestas, para crear cambios ascendentes en el anodino defecto. Como sostiene Cheng Li en "Middle Class Shanghai", el nacionalismo en la megalópolis cosmopolita tiende a estar más entrelazado con las orientaciones internacionalistas y la idea de que el Estado-nación chino no es diferente de, por ejemplo, el Estado-nación estadounidense o británico, en su búsqueda de legitimidad de actuación. Por otro lado, es más probable que las concepciones de la nación de las zonas rurales y las provincias del interior se basen en tropos tradicionalistas y culturales más gruesos, estableciendo paralelismos entre la nación china moderna y el patrimonio ritual heredado a través de generaciones de transmisión oral y textual. Los nuevos avances tecnológicos y el auge de los medios sociales de base han venido a consolidar lo que Peter Gries describe como un "nacionalismo popular" que socava el monopolio del partido gobernante sobre el discurso nacionalista.

Nada de esto quiere decir que el nacionalismo chino sea totalmente orgánico. El partido-estado hace todo lo posible por restar importancia a la retórica que rechaza por considerarla antipatriótica, como medio tanto para significar la relevancia ideológica y el peso de la devoción al país, como para descartar convenientemente el discurso inconformista que percibe como antitético para la estabilidad continuada del régimen. La propaganda estatal, los medios de comunicación sancionados por el Estado y la provisión de beneficios materiales a los actores "independientes" -los influenciadores de la Generación Z por sus discursos patrióticos- también desempeñan un papel clave en la amplificación de las voces nacionalistas que mejor se ajustan a la agenda del Estado. Por último, la educación patriótica nacional y plenamente instalada en China permite al partido enmarcar tanto la comprensión del público de dónde se encuentran los intereses chinos, como su autoidentificación afectiva en lo que respecta a la sustancia y los límites de la nacionalidad china.

Mientras que a finales de la década de 1990 y principios de la de 2000 el enfoque descendente de la construcción de la nación quedó rezagado frente a la riqueza exponencialmente creciente de las narrativas de base, el cambio hacia el "autoritarismo en red" (véase Rebecca MacKinnon) permitió al régimen gobernante cooptar los discursos moderados de la oposición y curar la blogosfera en línea. Mientras tanto, la consolidación y racionalización fuera de línea del aparato burocrático y de seguridad nacional ha permitido al Estado tejer los sentimientos de la población en sus últimas ofertas con respecto a la nación.

Las complejidades del nacionalismo juvenil en China

Lo anterior ha sentado las bases teóricas para que podamos dar sentido al nacionalismo juvenil en la China actual. En efecto, son tiempos sin precedentes: los bloqueos inducidos por la COVID-19 han sido enormemente perturbadores; el coste de la vida en las ciudades está aumentando de tal manera que la educación de los niños resulta prohibitivamente cara; y existe una sensación palpable de estancamiento socioeconómico, con términos como "acostarse" (tangping) y "dejar que se pudra" (bailan) que están surgiendo en el léxico juvenil chino. Los nacionalismos juveniles (de nuevo, un plural) en China varían de tres maneras.

La primera es la medida en que el individuo es capaz de diferenciar entre lo empírico y lo aspiracional. Ciertamente, hay voces que expresan con autenticidad la creencia de que China es actualmente grande y está destinada a la grandeza, que sus rotundos éxitos en el alivio de la pobreza y el desarrollo económico han allanado el camino para el "inevitable ascenso" del país. A su vez, estas voces son amplificadas selectivamente por los medios de comunicación sociales y estatales como ejemplos de patriotismo ideal. Para estos individuos, la aspiración es empírica.

Sin embargo, para otras personas de la generación más joven, que tienen que lidiar con los aspectos negativos de la rápida urbanización de China, las enormes desigualdades entre las zonas rurales y urbanas y las divisiones étnicas y de género dentro del país, no se harían ilusiones sobre el statu quo. Ante tal adversidad, algunos recurren a la resiliencia performativa, dados los mecanismos mencionados para difundir y mantener los sentimientos nacionalistas: que como miembros del colectivo, deben unirse para superar estos "obstáculos" de larga data. En el discurso estatal, la expresión "lucha" (douzheng) se invoca a menudo para justificar la eliminación de situaciones difíciles, tanto internas como externas, con desafío. Un artículo reciente de Zhang Jingyi sostiene que la mejor manera de interpretar el "tangping" de la juventud china no es como un reproche total a la nación china, sino como un tipo distintivo de cinismo hacia los abrumadores obstáculos al progreso y la movilidad social.

La segunda dimensión se refiere al nivel de individualización. El relato estándar sobre los jóvenes nacionalistas en China tiende a encasillarlos mediante etiquetas despectivas como "pequeños rosados" o "ejército rojo". Tales caracterizaciones son desgraciadamente -aunque no sorprendentemente- cada vez más populares en los discursos críticos de los medios de comunicación, que impregnan sus críticas al Estado chino con esencialismos apenas velados sobre la juventud del país.

Sin embargo, estas amplias generalizaciones no harían justicia a lo que Yan Yunxiang llama la "creciente individualización" de la sociedad china. Desde la institucionalización de la responsabilidad individual a través de mecanismos que van desde el crédito social y los sistemas hukou en la cúspide, hasta el auge de las subculturas centradas en el fandom y en el colectivo LGBTQ+ entre los jóvenes de la base, está claro que la sociedad civil china, incluso a pesar de la última década de centralización política, se ha individualizado progresivamente.

Estos hilos de identidad y expresión individuales se entrecruzan a su vez con la nación de forma compleja. Por un lado, hay nacionalistas chinos virulentamente homófobos y transfóbicos que enmarcan la heterogeneidad como la orientación sexual por defecto de un "estado chino fuerte y duradero". Por otro lado, muchos dentro de los espacios queer a menudo operan bajo los auspicios de miembros dentro de dichos espacios con conexiones con los sistemas administrativos y burocráticos. Algunos pueden incluso servir a los cuadros del partido que, sin embargo, luchan por reconciliar sus identidades con la heteronormatividad que sigue siendo dominante en la China actual. Por lo tanto, sería prematuro concluir que todos los nacionalistas de China deben adoptar exactamente las mismas perspectivas personales y políticas.

Una última pregunta es la siguiente: ¿hasta qué punto está politizada, si es que lo está, la juventud china actual? Una de las opiniones es que, en marcado contraste con los que alcanzaron la mayoría de edad en la década de 1980, que fueron testigos del breve coqueteo de China con la democratización liberal occidental, la generación más joven de hoy sigue firmemente aferrada a un Estado-nación que fusionó tendencias autoritarias, tecnocráticas, burocráticas y centralizadoras. La afirmación es que los jóvenes chinos son apolíticos; no tienen más remedio que serlo.

Sin embargo, este punto de vista ignora el vasto terreno que existe entre la subyugación total y la contención política sistemática, y este terreno intermedio es el que atraviesan muchos miembros de la generación Z de China, desde empresarios sociales, activistas medioambientales, fundadores y ejecutivos de ONG, hasta periodistas que buscan realizar una investigación crítica dentro de unos límites estrechos. De hecho, muchos expresan a su vez su trabajo y su misión en el lenguaje de la "nación": para ellos, el mejor medio de servir a China es intentar cambiar el país para mejor, en lugar de bailarlo, dejarlo pudrir.

Sería una tontería concluir que todos los jóvenes chinos son iguales.