Maylyn López
Introducción — 3 de enero: Un umbral cruzado
El 3 de enero, ocurrió un hecho sin precedentes en la historia reciente de las relaciones internacionales de Venezuela. Según informes publicados en las horas posteriores, la principal figura política del país, el presidente de la República Bolivariana, fue secuestrado junto con su esposa, tras atentados con bombas que dejaron entre 80 y 100 muertos (según estimaciones actuales). Esto ocurrió como parte de una escalada más amplia que incluyó secuestros marítimos, bloqueos operativos y medidas extraterritoriales.
Lo que distingue cualitativamente a este episodio del pasado no es solo su gravedad, sino también el umbral político y simbólico que ha traspasado. Cuando la coerción deja de limitarse a la presión económica o diplomática y ataca la esencia misma de la representación estatal, el asunto deja de ser una simple cuestión de negociación para convertirse en una cuestión de soberanía.
A nivel cognitivo, es también una prueba extrema: verificar hasta qué punto un acontecimiento excepcional puede ser absorbido, normalizado y hecho aceptable a través del lenguaje.
Aquí es donde debe comenzar el análisis.
El lenguaje decide antes que el pensamiento
En el discurso público dominante, Venezuela no se presenta como una realidad compleja, sino como una fórmula reductiva: dictadura, régimen, narcoestado, crisis humanitaria. Estas palabras no describen: preinterpretan. La lingüística cognitiva demuestra que los marcos mentales activan estructuras mentales que preceden al razonamiento consciente. Como explicó George Lakoff, una vez aceptado un marco, el cerebro ya no evalúa si una acción es legítima, sino cuán necesaria es.
Si hay “dictadura” no hay diálogo.
Si hay un “narcoestado” no hay negociación.
Si hay una “emergencia”, la excepción se convierte en la regla.
De esta manera, la agresión cambia de nombre y se convierte en “intervención”, la coerción en “presión”, el castigo colectivo en “sanciones selectivas”.
Cuando la violencia se vuelve administrativa
El paso decisivo, a nivel neuropolítico, es la burocratización de la violencia.
El acto de fuerza ya no aparece como una excepción dramática, sino como un procedimiento técnico, reglamentario, casi neutral.
Es en este contexto que deben interpretarse las incautaciones de petroleros ocurridas en diciembre de 2025. Se trata de acciones concretas y materiales que afectan el núcleo económico del país y se presentan como simples medidas de "aplicación de la ley".
Diciembre de 2025: Las incautaciones de petroleros
Durante
diciembre de 2025 , Estados Unidos interceptó y decomisó al menos dos buques petroleros involucrados en el transporte de petróleo venezolano en el Mar Caribe, con la participación directa de la Guardia Costera estadounidense y la extensión unilateral de las medidas de sanciones sobre rutas y operadores.
Según reconstrucciones periodísticas concordantes:
Un petrolero fue detenido en aguas internacionales y despojado de su carga en virtud de sanciones estadounidenses no aprobadas por organismos multilaterales;
Un segundo barco, que inicialmente no estaba incluido en ninguna lista pública de sanciones, también fue bloqueado y confiscado, ampliando efectivamente el control sobre las rutas energéticas del Caribe.
- En el léxico oficial, estas acciones se han denominado “medidas de cumplimiento” o “medidas de seguridad”.
- En términos de las relaciones entre Estados, se configuran como actos de coerción económica extraterritorial.
- A nivel neuropolítico, el elemento decisivo es otro: el marco narrativo preexistente los hace invisibles como violencia.
Lo que está en juego: por qué Venezuela es central
Estos acontecimientos no ocurren en el vacío. Ocurren en relación con un hecho a menudo marginado del debate público: Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta.
Con aproximadamente 303 mil millones de barriles, concentrados en gran parte en la Faja Petrolífera del Orinoco, el país posee las mayores reservas probadas del mundo, equivalentes a casi una quinta parte del total global conocido.
A estos datos se suman:
- grandes reservas de gas natural;
- enormes yacimientos de oro en el Arco Minero del Orinoco;
- diamantes y minerales críticos (coltán, níquel, titanio, tierras raras);
- abundantes recursos hídricos y capacidad hidroeléctrica;
- una posición geográfica estratégica, a pocas horas de navegación de Estados Unidos y en el centro de las rutas energéticas del Caribe.
En geopolítica, tal concentración de recursos nunca es neutral.
Controlar la narrativa para controlar el acceso
Cuando un país concentra una riqueza de esta magnitud, la primera etapa no es la ocupación militar. Es la deslegitimación cognitiva.
La guerra cognitiva sirve para:
- hacer aceptable la violación de la soberanía;
- normalizar las confiscaciones, bloqueos y medidas extraterritoriales;
- transformar actos de fuerza en “actos de responsabilidad”.
Si la soberanía se presenta como un obstáculo a la libertad, puede ser superada.
Si se criminaliza al Estado, implícitamente sus recursos quedan disponibles.
Si se describe la confiscación de un petrolero como un simple procedimiento técnico, se disuelve la frontera entre el derecho y la coerción.
Hay momentos en que la historia avanza no con proclamas, sino con cambios silenciosos en el lenguaje. Es en estos pasajes donde lo que antes parecía impensable se vuelve primero cuestionable, luego aceptable y finalmente normal.
El 3 de enero de 2026 marca una de estas transiciones. No solo por lo ocurrido, sino también por cómo se informó. Cuando un evento de esta magnitud no produce una ruptura notable en el discurso público, significa que ya se ha realizado el trabajo más profundo: se ha preparado la percepción.
La neuropolítica demuestra que el poder más efectivo no es el que impone, sino el que anticipa el pensamiento, el que construye marcos dentro de los cuales las decisiones parecen inevitables y las alternativas impensables. En este espacio, la soberanía no se niega abiertamente: se redefine, se hace negociable.
Por eso el problema no es sólo de Venezuela.
La cuestión es el precedente que se crea cuando la excepción ya no causa escándalo, cuando la coerción puede administrarse como procedimiento, cuando la confiscación se convierte en la norma.
En un mundo tan estructurado, la primera responsabilidad es permanecer vigilantes respecto del lenguaje, porque el riesgo más profundo de la guerra cognitiva y de la manipulación no es sólo justificar un acto de agresión, sino enseñar a la gente a aceptarlo e incluso celebrarlo como si fuera un acto de salvación.
La soberanía comienza en la mente.