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Trump y la radicalización del imperialismo: una lectura desde la tradición sociológica cubana y soviética
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Trump y la radicalización del imperialismo: una lectura desde la tradición sociológica cubana y soviética

Por Administrator
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directorelespiadigitales/8/8/23
jueves 19 de marzo de 2026, 22:00h
Alexander Bukowsky
Marco teórico: imperialismo, crisis y forma política
“El imperialismo es la fase superior del capitalismo, y el fascismo es la fase superior del imperialismo, y el totalitarismo su característica más intrínseca.”
Hilda Soza Saura
En El imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin definió el imperialismo como el estadio del capitalismo caracterizado por la concentración de la producción y el capital en monopolios, la fusión del capital bancario con el industrial, la exportación de capital, la formación de asociaciones internacionales monopolistas y el reparto territorial del mundo entre las grandes potencias.
Esta caracterización no era meramente económica: implicaba consecuencias políticas. La fase imperialista tiende a intensificar contradicciones internas y externas, generando crisis que pueden alterar las formas políticas de dominación. Lo único que nos salvó de ese extremo por más de 46 años fue la URSS, un bloque ideológico que logró tener una base moral y militar, un plan de desarrollo alternativo con la dignidad humana como base, que castraba toda manifestación pura del bloque contrario. Junto con la R.D.A., Cuba y Vietnam, y todos los que de una forma u otra lo intentaron, hicieron a los anglosajones y sus vasallos (nunca tienen compañeros, solo esclavos) repartir mejor las ganancias, creando un Estado del bienestar supuesto, ya que solo pocos afortunados de las minorías —en importancia más que en número— lo vieron. Solo bastaba ir a ver las películas del blaxploitation, americanas, sobre la realidad de Harlem y del Bronx. Y también, ayudados con sus agentes de la C.I.A. y de la Escuela de Frankfurt, le dieron un corte filosófico a la burguesía que fuera aceptado y entendido por cualquiera de la educación superior para arriba, haciendo que para el sistema burgués la verdad era lo que decían ellos; y ellos, como Anna Arendt, traidora de raza y clase número uno, igualando a Stalin —el que los liberó— con el que los asesinó, y después se hacía la dolida… Bueno, era novia de un nazi, judía ella. En una ingeniería social que cabe señalar genial, aunque diabólica, crearon el más perfecto sistema de rifas de loterías constantes de su financierismo, basado en las burbujas perpetuas que salen del trabajo vivo y recursos ajenos que su mano invisible pentagónica y otanista extraen de cuanta periferia y cuanta tierra ajena se deje. Ese Wall Street, dueño de los laboratorios de su Ivy League, ha desarrollado eso de tal manera que ha lobotomizado a la sociedad americana y a sus vasallos con que todos pueden ser millonarios de la noche a la mañana. Han robado la ilusión y la pasión del humano por la vida plena y la trasladaron a la carrera y la competencia; ese eterno rentista, vampírico, empalador, illuminati, reptiliano, sionista y ahora caníbal, y su hermana la City.
“Protesten, protesten, pero no hagan la revolución.”
Marcuse, mayo de 1968.
Introducción: crisis de hegemonía y mutación del poder
Desde la tradición marxista-leninista, el fascismo fue interpretado como una forma política emergente en momentos de crisis orgánica del capitalismo monopolista. Georgi Dimitrov, en el VII Congreso de la Internacional Comunista, lo definió como la dictadura terrorista abierta de los sectores más reaccionarios del capital financiero. Posteriormente, economistas soviéticos como Evgeny Varga analizaron el vínculo entre crisis estructural, militarización y concentración de poder estatal.
En el pensamiento cubano contemporáneo, autores como Fernando Martínez Heredia y Juan Valdés Paz han reflexionado sobre la relación entre hegemonía, legitimidad y formas de dominación en contextos de transición sistémica. Desde esa perspectiva, la cuestión no es si existe una repetición mecánica del fascismo clásico, sino si determinadas dinámicas en el centro imperial revelan procesos de radicalización autoritaria en condiciones de declive relativo.
El fenómeno Trump puede examinarse bajo esta matriz: no como copia histórica del fascismo europeo, sino como expresión de tensiones internas del imperialismo estadounidense en fase de reconfiguración.
Dimensión militar: imperialismo en competencia sistémica
Lenin definió el imperialismo como fase del capitalismo caracterizada por concentración monopólica, exportación de capital y disputa por zonas de influencia. En el siglo XXI, esa disputa adopta formas tecnológicas, financieras y estratégicas.
La doctrina “America First” no eliminó el intervencionismo, pero sí reformuló su narrativa: redefinición transaccional de alianzas, presión sobre socios estratégicos y construcción de China como adversario sistémico central. La militarización discursiva —empleo de categorías de guerra en debates económicos y migratorios— puede interpretarse como mecanismo de cohesión interna ante la competencia global.
Desde una lectura inspirada en Varga, este tipo de retórica emerge cuando la potencia hegemónica enfrenta pérdida relativa de control sobre mercados y cadenas productivas.
Militarización discursiva y construcción del enemigo
En la teoría soviética del imperialismo, la competencia entre potencias no es contingente, sino estructural. Cuando la hegemonía se erosiona, el Estado refuerza su papel como garante directo del capital nacional.
La doctrina “America First” (partido que surgió en la Segunda Guerra Mundial, nada nuevo) debe interpretarse bajo esa lógica. La identificación de China como adversario sistémico integral, la revisión agresiva de alianzas, la presión sobre organismos multilaterales y la narrativa de asedio migratorio no fueron simples decisiones tácticas: constituyeron un marco permanente de confrontación. Siempre necesitan emigrantes y los convierten en enemigos cuando han cumplido la cuota.
El elemento decisivo no es la cantidad de guerras iniciadas, sino la construcción de una mentalidad de guerra continua. La migración fue presentada como invasión; el comercio, como guerra; la prensa, como enemigo interno. Esta estructura discursiva cumple la función clásica del fascismo: cohesionar mediante amenaza.
La militarización simbólica del espacio civil prepara subjetivamente a la sociedad para aceptar concentración de poder como mecanismo de defensa nacional.
Dimensión económica: nacionalismo, capital y reindustrialización
El fascismo histórico no abolió el capitalismo; lo subordinó a objetivos estratégicos del Estado. Dimitrov subrayaba que el fascismo protegía al capital monopolista bajo formas políticas excepcionales.
En el caso de Trump, la combinación de proteccionismo selectivo, guerra arancelaria y reducción fiscal a grandes corporaciones muestra una tensión entre nacionalismo productivo y continuidad del capitalismo oligárquico. No hubo planificación centralizada ni partido único, pero sí instrumentalización política del comercio internacional como herramienta de presión geoeconómica.
La narrativa de reindustrialización funcionó como mecanismo de movilización social en regiones afectadas por deslocalización productiva, fenómeno que sociólogos cubanos han vinculado al impacto desigual de la globalización neoliberal en las clases trabajadoras del centro capitalista.
Dimensión social: polarización y legitimidad
Juan Valdés Paz ha trabajado la noción de legitimidad como elemento estructural del orden político. Cuando la legitimidad institucional se erosiona, el liderazgo carismático tiende a ocupar su lugar mediante apelación directa al “pueblo”.
El trumpismo operó bajo lógica plebiscitaria: desconfianza hacia instituciones intermedias, cuestionamiento de procesos electorales y construcción de una identidad nacional homogénea frente a élites y minorías políticas. Esta simplificación del campo social recuerda los mecanismos descritos por Dimitrov sobre la movilización de masas bajo esquemas dicotómicos.
Sin embargo, a diferencia del totalitarismo clásico, las instituciones estadounidenses mantuvieron autonomía significativa: poder judicial activo, federalismo operativo y prensa diversa. La tensión fue estructural, pero no culminó en monopolio político integral.
Dimensión cultural: propaganda, repetición y hegemonía simbólica
El análisis soviético del fascismo subrayó el papel central de la propaganda como herramienta de homogeneización ideológica. El principio de repetición, simplificación y apelación emocional fue central en la consolidación de regímenes totalitarios europeos.
En el caso contemporáneo, la diferencia es tecnológica: redes sociales, comunicación directa y fragmentación mediática sustituyen al monopolio estatal clásico. No obstante, pueden identificarse elementos estructurales comparables:
  • Consignas identitarias reiteradas como núcleo movilizador.
    • Deslegitimación sistemática de prensa crítica.
    • Construcción permanente de enemigos internos y externos.
    • Conversión del conflicto político en confrontación moral absoluta.
Desde la tradición cubana de análisis cultural, podría interpretarse esto como disputa por hegemonía simbólica en condiciones de crisis del consenso liberal.
VII. ¿Fascismo o populismo imperial en crisis?
La categoría “totalitarismo” implica control integral del Estado, partido único y supresión sistemática de oposición organizada. Esos rasgos no se consolidaron estructuralmente durante la administración Trump.
Sin embargo, sí pueden observarse tendencias de radicalización discursiva, personalización extrema del poder y erosión de confianza institucional. En términos leninistas, podría interpretarse como reacción política en el centro del sistema ante reconfiguración del equilibrio mundial.
La hipótesis más prudente no es afirmar la existencia de un régimen fascista pleno, sino señalar la emergencia de dinámicas autoritarias en una potencia imperial que enfrenta competencia estratégica y fractura interna.
Conclusión
Desde una lectura apoyada en la tradición soviética y cubana, el fenómeno Trump puede analizarse como expresión de tensiones propias del imperialismo en fase de ajuste hegemónico. La radicalización retórica, el nacionalismo económico y la polarización social no constituyen automáticamente fascismo histórico, pero sí revelan desplazamientos significativos dentro del orden liberal.
La cuestión geopolítica central no es nominal —cómo clasificar el fenómeno— sino estructural: si la competencia sistémica global acelerará procesos de concentración de poder y reducción del pluralismo en el centro capitalista.
Ese escenario, más que una repetición del pasado, podría constituir una forma contemporánea de gestión autoritaria en contextos de transición multipolar.