geoestrategia.eu

La guerra contra Irán fractura a Europa

La guerra contra Irán fractura a Europa
Ampliar
Por Administrator
x
directorelespiadigitales/8/8/23
lunes 16 de marzo de 2026, 22:05h
Micaela Constantini*
Entre disputas internas, subordinación y crisis energética, el continente enfrenta un escenario cada vez más inestable.
Cuando EEUU e Israel atacaron a la República Islámica de Irán, el impacto llegó hasta territorio europeo fracturando de inmediato lo que quedaba del consenso europeo.
Las reacciones iniciales dentro del continente expusieron las tensiones dentro del continente revelando, una vez más, la incapacidad de Europa para actuar como un actor estratégico autónomo frente a las decisiones de Washington.
Aunque algunos gobiernos europeos intentaron marcar distancia, que parecía contundente en principio señalando que los ataques de Estados Unidos e Israel se ejecutaron “al margen del derecho internacional”, como declararon Francia, Italia o España, las posiciones oficiales terminaron reproduciendo, en mayor o menor medida, el marco narrativo impulsado por Washington. En todos los casos, las condenas a Irán funcionaron como un elemento de equilibrio para justificar, directa o indirectamente, la ofensiva. Incluso en el caso español, donde el gobierno de Pedro Sánchez evitó respaldar explícitamente el ataque, que lo llevó a una confrontación directa con Trump, la condena a Teherán fue utilizada como recurso para sostener una posición de “neutralidad activa”.
En paralelo, varios de los principales países europeos (entre ellos Francia, Reino Unido, Italia, Grecia, España y los Países Bajos, a los que se suman apoyos técnicos y defensivos de Bélgica y Dinamarca) han ofrecido distintos tipos de apoyo militar a los aliados de Washington bajo el argumento de que se trata de medidas “defensivas” y no ofensivas. Este modo utilizado reiteradamente por los europeos, permite mantener la apariencia de distancia política ante su población mientras se preserva el alineamiento estratégico con Estados Unidos.
Lejos de empujarlos a la construcción de una “autonomía estratégica europea”, la crisis ha profundizado las fisuras dentro del continente. Europa no aparece hoy como un bloque cohesionado, sino como un espacio atravesado por disputas simultáneas: algunos gobiernos buscan disputar liderazgo regional, otros intentan garantizar su supervivencia política interna, otros priorizan cálculos electorales, mientras algunos tratan de posicionarse como mediadores y otros asumen abiertamente el papel de garantes del alineamiento atlántico.
En este contexto, tanto la UE como la OTAN vuelven a exhibir su rol estructural dentro del sistema de alianzas occidentales ya que funcionan como instrumentos políticos y estratégicos en el marco de la arquitectura liderada por Washington. La quietud institucional frente a una escalada que amenaza directamente los intereses energéticos y comerciales europeos es, en sí misma, una demostración de ese límite.
Mientras tanto, Bruselas parece más concentrada en administrar las consecuencias económicas del conflicto que en influir sobre su desarrollo. La guerra contra Irán amenaza con agravar una crisis energética que las propias elites belicistas generaron en la guerra que ellos libran contra Rusia. Antes de esta nueva escalada, Europa ya enfrentaba costos energéticos elevados, desindustrialización progresiva y una creciente dependencia del gas natural licuado estadounidense.
La intensificación de la guerra contra Irán podría profundizar estas vulnerabilidades a niveles críticos. No solo amenaza con disparar nuevamente los precios energéticos, sino que también podría debilitar la coherencia del régimen de sanciones contra Rusia, al tiempo que complica la capacidad europea para sostener simultáneamente su apoyo militar y financiero a Ucrania.
En este escenario, Moscú podría terminar beneficiándose de múltiples formas: desde una eventual flexibilización del comercio energético hasta un fortalecimiento relativo de su posición en la guerra contra Ucrania, tanto en el frente militar como en posibles negociaciones futuras. Al mismo tiempo, la redistribución de prioridades estratégicas de Washington podría reducir la disponibilidad de recursos para sostener el esfuerzo bélico ucraniano.
La cuestión energética continúa profundizando las fracturas internas del continente. La reciente escalada entre Hungría, Eslovaquia y Ucrania en torno al gasoducto Druzhba es un ejemplo claro de hasta qué punto la energía se ha transformado en un instrumento de coerción política dentro del propio espacio europeo. Kiev ha recurrido al corte de Druzhba como herramienta de presión directa sobre Budapest y Bratislava, buscando forzar el levantamiento de sus vetos y resistencias a los paquetes de asistencia financiera y militar.
Pero el trasfondo es aún más sensible ya que la escalada energética se inserta en el escenario político interno húngaro, donde Viktor Orbán se juega su reelección. Zelensky, junto al bloque belicista europeo, utiliza Druzhba como arma para desestabilizar a Hungría frente al escenario electoral profundizando la injerencia de Bruselas para un eventual cambio de gobierno que sirva a sus intereses.
Al mismo tiempo, la crisis vuelve a reabrir debates estructurales que Europa nunca logró resolver: desde la disputa entre energía nuclear y transición verde hasta el cuestionamiento creciente a la capacidad de las instituciones de Bruselas para gestionar crisis de escala continental. Para muchos Estados miembros, las soluciones impulsadas desde la Comisión Europea implican, una vez más, retrocesos en políticas previas, mayores niveles de endeudamiento y costos económicos derivados de decisiones estratégicas tomadas en el propio seno del bloque. Una vez más, Bruselas se posiciona como entidad supranacional tomando decisiones sobre los intereses soberanos de los países miembros que pagan el costo.
En paralelo, la OTAN se mueve en una posición particularmente incómoda. La aparición recurrente de ataques cuya autoría permanece deliberadamente ambigua ha alimentado especulaciones sobre la posibilidad de que Israel está llevando a cabo operaciones destinadas a alterar el cálculo estratégico de los aliados occidentales.
La Alianza Atlántica insiste en que no tiene intención de entrar en la guerra. Pero cada nuevo incidente ambiguo vuelve a colocar a la organización ante la posibilidad de verse empujada gradualmente hacia un conflicto que, al menos formalmente, no quiere librar.
Dentro de este tablero fragmentado, el llamado E3 (Francia, Alemania y Reino Unido) intenta proyectar una imagen de liderazgo y coordinación. Sin embargo, sus acciones reflejan más bien la disputa abierta por el liderazgo europeo.
Macron busca reposicionarse en un momento de fuerte desgaste político interno y pérdida de influencia internacional. Como en otras crisis recientes, el presidente francés intenta presentarse como impulsor de una arquitectura europea de seguridad más autónoma, particularmente en los ámbitos de defensa, disuasión nuclear y política energética, aunque en la práctica sus iniciativas terminan chocando con los límites estructurales del poder europeo. La reciente admisión de que “no se cumplen las condiciones” para desplegar una misión que garantice el comercio marítimo en el estrecho de Ormuz refleja precisamente esas limitaciones.
Por su parte, Merz ha adoptado una postura de alineamiento prácticamente total con Washington, mientras que Starmer intenta mantener un delicado equilibrio entre la presión estadounidense y la necesidad de evitar una implicación directa demasiado visible. No obstante, más allá del discurso, Londres continúa desempeñando un papel activo en el apoyo a Kiev y en la dinámica estratégica del conflicto.
Todo esto ocurre en un continente que probablemente deba afrontar algunas de las consecuencias más duras de la guerra. Europa se encuentra atravesada por una grieta cada vez más profunda en sus sociedades que ya arrastran múltiples crisis y unas élites políticas que continúan privilegiando cálculos geopolíticos y lógicas de alineamiento global.
En ese contexto, la guerra contra Irán amenaza con profundizar aún más las tensiones internas del continente. Y mientras las elites belicistas europeas siguen atrapadas en sus propias disputas de poder, parece cada vez menos claro que sus dirigentes estén realmente preparados para enfrentar la inestabilidad social que podría emerger, tarde o temprano, en las propias calles europeas.
Alemania
Alemania se ha convertido en uno de los apoyos políticos más firmes de la guerra contra Irán. De hecho, en la primera reunión oficial con un líder extranjero desde el inicio de la escalada, Trump recibió al canciller Friedrich Merz en la Casa Blanca.
Durante la reunión, Merz evitó cuestionar públicamente la ofensiva y mantuvo silencio incluso cuando Trump lanzó críticas directas contra el gobierno español por negarse a facilitar el uso de las bases de Rota y Morón. Ese silencio fue interpretado por varios analistas como una señal clara de que Merz está dispuesto a asumir parte del peso logístico que otros aliados europeos han intentado evitar.
En los hechos, Alemania ya se ha consolidado como uno de los principales nodos operativos del despliegue militar estadounidense en Europa. Tras el veto de España al uso de sus bases para operaciones vinculadas con la ofensiva contra Irán, reportes de seguimiento aéreo mostraron cómo varios vuelos militares estadounidenses comenzaron a redirigir sus rutas hacia instalaciones en Alemania, Italia y Grecia.
El alineamiento de Merz con Washington también responde a un cálculo estratégico más amplio. Berlín ha puesto en marcha el mayor programa de rearme de su historia reciente, con un plan de inversión militar que supera los 120.000 millones de dólares y que busca transformar a la Bundeswehr en la fuerza armada más poderosa del continente. Ese objetivo depende en gran medida de la cooperación tecnológica y estratégica con Estados Unidos, lo que explica la complacencia del gobierno alemán frente a las decisiones de la Casa Blanca.
En ese marco, Merz ha respaldado la ofensiva contra Teherán, calificando a Irán como uno de los principales focos de desestabilización global, al tiempo que rechazó la participación alemana pero aconsejó “no sermonear” a sus socios y aliados.
La postura alemana se inscribe además en una continuidad política más amplia. Durante los últimos años, tanto el gobierno de Scholz como la actual administración de Merz han mantenido un apoyo sostenido a Israel en el conflicto de Gaza, combinando respaldo diplomático, cooperación militar y una política interna de fuerte represión a las protestas pro-palestinas.
Uno de los episodios más controvertidos de las últimas semanas fue la detección del avión oficial del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en el aeropuerto berlinés de Schönefeld. La presencia de la aeronave generó un fuerte debate político y jurídico, ya que Netanyahu enfrenta una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra en Gaza.
El gobierno alemán reconoció que autorizó el estacionamiento del avión, aunque aseguró que en su interior solo se encontraba la tripulación. Sin embargo, organizaciones civiles y juristas presentaron denuncias ante la Fiscalía Federal alemana al considerar que Berlín podría estar facilitando de facto el tránsito seguro de un dirigente buscado por la justicia internacional.
El balance general confirma una tendencia clara: lejos de impulsar una estrategia europea autónoma, Alemania ha optado por reforzar su alineamiento con Washington, apostando a que el actual contexto de militarización global le permita consolidarse como el principal poder militar del continente.
Francia
Francia intenta aprovechar la crisis para reposicionarse como potencia estratégica dentro de Europa, la carta que Macron intenta jugar una y otra vez para evitar su fin. En un discurso pronunciado el 2 de marzo frente al submarino nuclear Le Téméraire, el presidente Emmanuel Macron presentó las líneas generales de una nueva etapa en la doctrina nuclear francesa.
El mensaje fue claro: París busca reforzar su papel como potencia nuclear europea. Macron anunció la ampliación del arsenal atómico francés, aunque evitó revelar cifras concretas sobre su tamaño futuro. También confirmó el desarrollo de una nueva generación de submarinos estratégicos que entraría en servicio hacia 2036.
En paralelo, Francia avanza en el desarrollo de nuevas capacidades nucleares aéreas, entre ellas el misil hipersónico ASN4G, destinado a reemplazar a los actuales misiles aire-tierra. Estos sistemas serán inicialmente desplegados en versiones modernizadas del caza Rafale y, en el futuro, podrían integrarse en la próxima generación de aviones de combate europeos.
El discurso también dejó entrever la intención de París de ampliar la cooperación nuclear con algunos aliados europeos. Alemania aparece como el principal socio potencial en ese esquema, al que podrían sumarse otros países como Polonia, Países Bajos, Bélgica, Suecia o Dinamarca. Sin embargo, Macron evitó anunciar medidas concretas como el despliegue permanente de armas nucleares francesas fuera del territorio nacional.
El proyecto apunta a posicionar a Francia como el núcleo de una arquitectura de disuasión europea más autónoma. No obstante, como ha ocurrido con numerosos proyectos militares paneuropeos en el pasado, las ambiciones políticas contrastan con las dificultades reales para materializar estas iniciativas.
En paralelo al debate nuclear, Macron también ha intentado proyectar liderazgo en el terreno militar. Durante una visita a Chipre declaró que un ataque contra la isla debía considerarse un ataque contra Europa, reforzando el discurso francés de defensa del flanco mediterráneo del continente.
En los últimos días el presidente francés también fue filmado inspeccionando tropas a bordo del portaaviones Charles de Gaulle, el único portaaviones operativo de Francia, que según anunció podría ser desplegado junto a otros buques en el estrecho de Ormuz.
Sin embargo, el propio Macron reconoció posteriormente que “no se cumplen las condiciones” para llevar adelante una misión militar destinada a garantizar el comercio marítimo en la zona, describiendo el estrecho como una “zona de guerra”. La eventual misión, afirmó, solo podría organizarse en una etapa posterior y tendría un carácter estrictamente defensivo.
París también ha reforzado su presencia militar en el Golfo. Francia ordenó a sus cazas Rafale desplegados en los Emiratos Árabes Unidos que refuercen la defensa aérea del país, donde mantiene una base militar permanente.
Estas iniciativas reflejan el intento de Macron de proyectar a Francia como garante de la seguridad europea en un momento de creciente incertidumbre internacional. Sin embargo, también evidencian los límites políticos y estratégicos de esa ambición.
En el plano interno, el presidente francés enfrenta un escenario de fuerte desgaste político y una creciente impopularidad. En el plano europeo, su liderazgo se ve condicionado por la competencia con Alemania y por la persistente dependencia estratégica del continente respecto a Estados Unidos. La actual crisis también ha reactivado una disputa silenciosa por el liderazgo dentro de Europa. Mientras Berlín refuerza su alineamiento con Washington y apuesta al rearme de la Bundeswehr, París intenta posicionarse como el centro de una posible autonomía estratégica europea, especialmente en el terreno nuclear y militar.
“Lo que el líder francés está haciendo es participar en un concurso de vanidad. Cabe destacar que el primer ministro británico, Keir Starmer, ha sido ridiculizado por Donald Trump por «no ser Winston Churchill» debido a su indecisión a la hora de enviar apoyo militar. La prensa británica ha señalado que Macron se estaba burlando de la debilidad británica y «restregándonosla por la cara». La visita a Chipre, que todavía mantiene vínculos coloniales con Londres, tenía como objetivo mostrar a los británicos como ineficaces, a diferencia de los caballerosos franceses que acuden al rescate”, argumenta el analista Finian Cunningham.
Los gestos de fuerza y las demostraciones militares no logran ocultar una realidad más profunda: Francia busca liderar un proyecto de defensa europeo que, en última instancia, sigue dependiendo de la arquitectura estratégica atlántica.
Reino Unido
El Reino Unido intentó inicialmente mantener una posición más cautelosa frente a la ofensiva contra Irán. En las semanas previas al estallido del conflicto, Starmer había restringido el uso de la base de Diego García para posibles ataques estadounidenses, argumentando que una intervención sin base legal clara podría violar el derecho internacional.
La decisión provocó una fuerte reacción en Washington. Trump llegó a ridiculizar públicamente a Starmer, ironizando que “no estamos tratando con Winston Churchill” y reprochando la lentitud británica para autorizar el uso de sus instalaciones militares. La presión política y diplomática terminó dando resultado. Tras el inicio de la escalada y la muerte de personal aliado en la región, Londres modificó su postura.
Actualmente tanto la base de Diego García como la de RAF Fairford, en territorio británico, están siendo utilizadas por bombarderos estratégicos estadounidenses B-1 y B-52. Aunque el gobierno británico insiste en que se trata de operaciones “defensivas”, destinadas a proteger a los ciudadanos británicos en la región del Golfo, el tipo de aeronaves desplegadas y la naturaleza de las misiones sugieren un papel mucho más directo en la arquitectura operativa de la ofensiva estadounidense.
En la práctica, el Reino Unido se desempeña como plataforma logística avanzada para las operaciones militares estadounidenses. La infraestructura británica, desde bases aéreas hasta enclaves estratégicos heredados de la era colonial, continúa funcionando como parte integral del despliegue global de EEUU.
De hecho, de acuerdo a Dania Akkad, “la participación de Gran Bretaña comenzó en enero, cuando tanto el armamento británico como el estadounidense empezaron a trasladarse al este en preparación”.
De acuerdo a Akkad, más de un centenar de aviones de combate y al menos 25 aeronaves de transporte C-17 han transitado por bases británicas como RAF Lakenheath y RAF Mildenhall, además del aeropuerto civil de Prestwick, evidenciando la importancia estratégica de la infraestructura británica para las operaciones de Washington. Además de los bombarderos estadounidenses, incluyendo B-52 y B-1,el Reino Unido reforzó su propia presencia militar en la región mediante el traslado de cazas, sistemas antiaéreos y radares a Chipre y Qatar, además del despliegue del destructor HMS Dragon y patrullas aéreas con Eurofighter Typhoon y F-35 para interceptar drones y proteger a los aliados del Golfo.
No obstante, tras el ataque con drones contra la base aérea de Akrotiri, en Chipre, el pasado 2 de marzo, la vulnerabilidad británica quedó expuesta. El episodio puso de relieve una paradoja incómoda: ante la falta de buques británicos en la zona, fueron Francia, Grecia e Italia quienes desplegaron fragatas y aviones de combate para reforzar la defensa del espacio aéreo chipriota.
Londres también ha incorporado al conflicto un componente ligado a la guerra en Ucrania. Especialistas británicos y ucranianos han sido desplegados en la región para contribuir a la defensa contra drones y misiles.
España
Dentro de la Unión Europea, España ha encabezado la posición de rechazo más explícita a la ofensiva contra Irán. El presidente Pedro Sánchez calificó la operación como una “acción militar unilateral” ejecutada al margen del derecho internacional y dejó en claro que Madrid no autorizará el uso de las bases de Rota y Morón de la Frontera para operaciones que no tengan encaje en la Carta de las Naciones Unidas.
La decisión, sustentada en las cláusulas de los acuerdos bilaterales que reconocen la soberanía española sobre estas instalaciones de uso conjunto, provocó una reacción inmediata de Washington. Trump llegó a calificar a España como un “aliado terrible” y amenazó con represalias comerciales, incluso insinuando que Estados Unidos podría utilizar las bases de todos modos.
El episodio volvió a poner de relieve la naturaleza profundamente asimétrica de estas infraestructuras militares, en donde formalmente están bajo soberanía europea, pero integradas de facto en la arquitectura operativa estadounidense.
Sin embargo, la posición española también revela ciertas ambigüedades. Mientras el gobierno reivindica el principio de legalidad internacional y ha reactivado el histórico lema del «No a la guerra», Madrid mantiene presencia militar en los márgenes del conflicto.
El envío de la fragata Cristóbal Colón a las aguas cercanas a Chipre, junto al grupo naval francés encabezado por el portaaviones Charles de Gaulle, y el mantenimiento de sistemas antimisiles Patriot en Turquía reflejan una estrategia que el propio gobierno define como “defensiva”.
Sin embargo, esta posición comienza a mostrar fisuras cuando se observa el papel concreto que España desempeña dentro de la arquitectura militar de la OTAN en la región. Desde 2015, Madrid mantiene de forma ininterrumpida una batería de misiles Patriot en la base aérea de Incirlik, en Turquía, siendo actualmente el único país de la Alianza que sostiene ese despliegue permanente después de que otros socios, como Alemania o Países Bajos, retiraran sus sistemas.
La contradicción se hizo aún más evidente el 4 de marzo, cuando la ministra de Defensa, Margarita Robles, confirmó que el personal español en Turquía proporcionó los datos de radar y seguimiento que permitieron interceptar un misil dirigido hacia espacio aéreo turco.
Aunque el derribo fue ejecutado finalmente por un destructor estadounidense en el Mediterráneo, la información suministrada por el radar español fue clave para identificar y “marcar” el objetivo. Este episodio coloca al gobierno de Sánchez en una posición incómoda: mientras en el plano discursivo reivindica el histórico lema del «No a la guerra», en la práctica sus fuerzas armadas continúan integradas en el dispositivo de inteligencia y defensa que sostiene las operaciones militares de la OTAN en el conflicto.
En este contexto, incidentes como el ataque con drones contra la base británica de Akrotiri, en Chipre, que precipitó el despliegue naval europeo en la zona, adquieren una dimensión particularmente sensible. En escenarios de guerra híbrida y operaciones de falsa bandera, este tipo de episodios puede funcionar como mecanismo de escalada destinado a arrastrar progresivamente a los aliados europeos hacia una implicación mayor en el conflicto.
Sin pruebas concluyentes sobre la autoría directa de algunos de estos ataques, pero con claros incentivos estratégicos para ampliar la coalición occidental, la hipótesis de operaciones encubiertas o de falsa bandera comienza a circular con fuerza entre analistas, reflejando hasta qué punto la dinámica del conflicto amenaza con diluir las fronteras entre defensa, provocación y participación indirecta en la guerra.
En términos políticos, Sánchez intenta capitalizar el sentimiento antibelicista de la sociedad española para diferenciarse del alineamiento más automático de otros gobiernos europeos con Washington. No obstante, esta combinación de rechazo discursivo a la guerra y participación en misiones de contención en la periferia del conflicto expone las tensiones internas de la política europea, incluso las posiciones más críticas dentro del bloque siguen operando dentro de la arquitectura estratégica de la OTAN.
Italia
La posición italiana refleja quizás el ejemplo más claro de esta ambigüedad estratégica europea. La primera ministra Giorgia Meloni declaró ante el Senado que la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel era “incompatible con el derecho internacional” y aseguró que Italia “no está en guerra ni tiene intención de estarlo”.
En esa misma línea, Roma anunció que no autorizaría el uso de bases como Aviano o Sigonella para ataques directos contra Irán, limitando formalmente su utilización a tareas logísticas previamente contempladas en los acuerdos bilaterales con Washington. Sin embargo, al mismo tiempo el gobierno italiano reforzó su presencia en el Golfo mediante el envío de sistemas de defensa aérea y la ampliación de su participación en misiones navales destinadas a proteger rutas comerciales y activos energéticos.
El objetivo de Meloni parece ser preservar el equilibrio entre la fidelidad a la alianza atlántica y la necesidad de evitar una implicación directa en la guerra.
No obstante, la neutralidad italiana resulta cada vez más difícil de sostener si se observa el papel estructural que desempeña su territorio dentro de la arquitectura militar estadounidense.
Italia alberga más de medio centenar de instalaciones militares de Estados Unidos, entre ellas la estación aeronaval de Sigonella, en Sicilia, considerada uno de los principales centros operativos del Mediterráneo, desde donde operan aeronaves de vigilancia como los P-8A Poseidon y drones estratégicos MQ-4C Triton.
A esto se suma el sistema satelital MUOS instalado en Niscemi, una infraestructura clave para las comunicaciones militares de Estados Unidos y la OTAN. Durante los ataques contra Irán durante las últimas semanas, estas instalaciones habrían proporcionado capacidades de inteligencia, vigilancia y mando indispensables para las operaciones en el Golfo y el estrecho de Ormuz.
Así, mientras el gobierno italiano condena públicamente la guerra, su territorio continúa integrado de facto en la infraestructura tecnológica y logística que sostiene las operaciones militares occidentales, revelando, una vez más, hasta qué punto la autonomía estratégica europea se encuentra limitada por la propia arquitectura de seguridad atlántica.
OTAN
La crisis también puso a prueba a la Alianza Atlántica, donde comenzaron a circular presiones para transformar incidentes puntuales en un mecanismo de implicación colectiva.
Tras el ataque con drones contra la base británica de Akrotiri, en Chipre, territorio bajo soberanía del Reino Unido, distintos relatos plantearon la posibilidad de invocar el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, la cláusula de defensa colectiva que obliga a los aliados a responder ante una agresión contra uno de sus miembros.
En paralelo, Washington habría presionado a Londres y a otros socios para reforzar la presencia militar en la isla, mientras aumentaban las alertas de seguridad, las advertencias de viaje estadounidenses y una serie de episodios confusos, desde falsas alarmas hasta el cierre temporal del aeropuerto de Paphos, que contribuyeron a elevar la tensión regional.
Sin embargo, el episodio también evidenció los límites de esa escalada. El Reino Unido evitó calificar el incidente como un “ataque armado” contra su territorio, una decisión clave que automáticamente bloquea la activación del Artículo 5. De este modo, la Alianza Atlántica quedó formalmente al margen de la guerra.
El secretario general de la Alianza, Mark Rutte, lo dejó claro al afirmar que no existe ningún plan para que la OTAN se involucre directamente en la guerra contra Irán, más allá de las decisiones individuales que cada aliado pueda adoptar para facilitar las operaciones de Estados Unidos e Israel. Mientras la retórica estratégica del bloque insiste en la cohesión y la disuasión colectiva, en la práctica la alianza evita asumir el costo político de una implicación formal en una guerra cuyo detonante y conducción permanecen fuera del control europeo.
UE
La reacción de la UE ha estado marcada por la ambigüedad y las divisiones internas. La jefa de política exterior del bloque, Kaja Kallas, evitó condenar directamente la ofensiva estadounidense-israelí y se limitó a pedir el “pleno respeto de la Carta de las Naciones Unidas”, una formulación diplomática que generó críticas dentro del Parlamento Europeo por no señalar responsabilidades concretas en la ruptura del principio de no agresión.
Esta cautela refleja el dilema estructural de Bruselas: mientras algunos gobiernos europeos buscan distanciarse de la escalada militar, la arquitectura política del bloque continúa profundamente vinculada a la estrategia atlántica. El resultado es una posición común cada vez más difícil de sostener, en la que el discurso legalista convive con una incapacidad práctica para definir una política exterior verdaderamente autónoma.
Sin embargo, el desafío más inmediato para Europa es el energético. El cierre del estrecho de Ormuz y la decisión de Catar de suspender temporalmente su producción energética han golpeado directamente a la seguridad energética del continente. Europa depende en gran medida del gas natural licuado catarí, que representa cerca de una quinta parte del comercio mundial de GNL y cuyo tránsito pasa en buena medida por ese corredor estratégico.
Tras el inicio de la guerra en Ucrania y la ruptura con el suministro energético ruso, el bloque reconfiguró su matriz energética hacia proveedores más costosos y rutas logísticas mucho más vulnerables, aumentando su dependencia de proveedores como Doha y EEUU. El impacto de la crisis fue inmediato: los precios del gas en Europa registraron subas cercanas al 50% en cuestión de horas, mientras entidades financieras advertían que un cierre prolongado del estrecho podría dispararlos aún más. Con los depósitos de gas europeos apenas en torno al 30% de su capacidad, su nivel más bajo desde 2022, el continente enfrenta una tormenta perfecta marcada por menor oferta, mayores precios y reservas debilitadas.
Las tensiones dentro del bloque se volvieron aún más evidentes cuando Trump anunció unilateralmente una autorización temporal para permitir la compra de petróleo ruso que permanecía en tránsito marítimo, una medida que buscaba estabilizar los mercados energéticos tras la escalada en Medio Oriente.
La decisión generó preocupación entre los dirigentes europeos, que ven en ella una fractura del frente occidental contra Moscú. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, advirtió que el levantamiento parcial de las restricciones podría fortalecer la capacidad financiera rusa en plena guerra en Ucrania, mientras la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reiteró que no es momento de relajar las sanciones energéticas.
La medida volvió a exponer hasta qué punto las decisiones estratégicas de Washington pueden alterar el delicado equilibrio político y económico europeo sin consulta previa con sus aliados.
En paralelo, las propias divisiones internas del bloque han quedado nuevamente al descubierto. Gobiernos como el de Viktor Orbán han aprovechado la coyuntura para cuestionar abiertamente la política de sanciones y reclamar la reanudación de las importaciones energéticas rusas como forma de contener el aumento de los precios del combustible en Europa.
Este desacuerdo se suma a otras tensiones, como la disputa energética en torno al oleoducto Druzhba o el creciente impacto de la guerra contra Irán sobre los mercados energéticos europeos. En este contexto, la UE enfrenta una paradoja cada vez más visible: mientras intenta presentarse como un actor geopolítico capaz de sostener sanciones, estrategias energéticas y compromisos militares, las decisiones unilaterales de sus socios atlánticos y las divergencias entre sus propios Estados miembros continúan profundizando la fragmentación del proyecto europeo.
En este contexto, la guerra contra Irán también comienza a cumplir una función política dentro del propio bloque. Se alimenta la narrativa securitaria promovida por sectores atlantistas de las élites europeas, que presentan la escalada como una justificación para profundizar el gasto militar y acelerar la securitización del continente. Sin embargo, esa estrategia corre el riesgo de profundizar las múltiples crisis que ya atraviesa Europa.
Mientras los gobiernos discuten nuevas inversiones en defensa y refuerzos estratégicos, buena parte de la sociedad europea enfrenta un escenario marcado por inflación, encarecimiento de la energía, pérdida de competitividad industrial y creciente costo de vida.
En última instancia, la pregunta de fondo es hasta qué punto puede sostenerse un proyecto político cada vez más militarizado cuando para el ciudadano europeo promedio la principal preocupación no es la amenaza de un misil, sino la incertidumbre cotidiana de pagar el alquiler, la factura de energía o mantener su empleo.
En conjunto, la crisis revela algo más profundo que una simple divergencia táctica entre aliados: expone las fisuras estructurales del proyecto atlántico europeo. Mientras algunos gobiernos intentan proyectar liderazgo militar, otros buscan refugiarse en el derecho internacional o en una neutralidad relativa, pero todos operan dentro de una arquitectura estratégica que continúa siendo definida en gran medida desde Washington, incluso sin aviso previo por parte de EEUU hacia sus “socios”.
La guerra contra Irán actúa así como un acelerador de las contradicciones internas del bloque: evidencia la fragilidad de la política exterior común de la Unión Europea, la dependencia y subordinación a Estados Unidos y la incapacidad del continente para actuar como un actor geopolítico autónomo.
Lejos de consolidar su papel en el escenario internacional, Europa aparece cada vez más atrapada entre la presión de sus alianzas atlánticas, sus propias divisiones internas y el riesgo de verse arrastrada a conflictos cuyo diseño estratégico se decide fuera de sus fronteras.
Si esta dinámica persiste, el problema para las élites europeas no será únicamente geopolítico, sino también interno: el encarecimiento de la energía, la pérdida de competitividad industrial y el deterioro del nivel de vida amenazan con trasladar las consecuencias de estas decisiones estratégicas al terreno social.
En un continente donde la crisis del costo de vida ya erosiona la legitimidad de los gobiernos, profundizar simultáneamente la militarización y la presión económica podría terminar abriendo un escenario de creciente conflictividad y estallidos sociales en las propias calles europeas.
*Micaela Constantini, redactora en jefe en PIA Global. Periodista y licenciada en comunicación social. Parte del equipo editorial de PIA Global.