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La amenaza como construcción: Irán en la gramática del poder occidental

La amenaza como construcción: Irán en la gramática del poder occidental
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directorelespiadigitales/8/8/23
martes 31 de marzo de 2026, 22:00h
Xavier Villar
Más que guerras derivadas de pruebas concluyentes, se trata de procesos en los que la acción precede a su propia justificación. En 2003, la invasión de Irak se articuló en torno a unas armas de destrucción masiva que nunca existieron. El patrón es conocido: primero se establecen determinadas premisas como evidentes; después, la realidad se reorganiza para confirmarlas. La decisión de ir a la guerra no surge de los hechos; son los hechos los que se ajustan a la decisión.
En el caso de Irán, este mecanismo no solo persiste, sino que opera con menor fricción. La actual ofensiva estadounidense no responde a una amenaza empíricamente verificable, sino a un proceso previo de construcción del adversario como problema estructural. Irán no es tratado como un actor cuyas acciones puedan evaluarse en términos específicos, sino como una anomalía persistente dentro del orden regional. A partir de esa definición, las justificaciones se producen de manera acumulativa, superpuestas, sin necesidad de converger en una narrativa coherente.
La diferencia respecto a episodios anteriores no radica en la lógica, sino en el umbral de exigencia. Ya no resulta imprescindible construir un consenso multilateral amplio ni sostener una única línea argumental. La legitimación se fragmenta. Distintas audiencias reciben distintos relatos, todos parciales, todos funcionales. La limitada disposición de las sociedades occidentales a respaldar una guerra abierta con Irán no ha alterado la dirección estratégica, pero sí ha modificado el lenguaje. La coherencia se sustituye por adaptabilidad. El objetivo no es establecer una verdad, sino mantener operativa una estructura de confrontación reduciendo el coste político interno.
Este dispositivo discursivo no busca explicar la realidad, sino organizar la percepción de la misma. La proliferación de argumentos no responde a una voluntad de precisión, sino a una lógica de saturación. Cuantas más justificaciones circulan, menor es la necesidad de que alguna de ellas sea concluyente. El resultado es un entorno en el que la guerra aparece no como una decisión política concreta, sino como una consecuencia casi natural de las circunstancias. En ese desplazamiento, la responsabilidad se diluye y la alternativa se vuelve invisible.
El espectro nuclear y la gestión de la sospecha
El eje central de esta construcción sigue siendo la acusación de que Irán persigue la obtención de armamento nuclear. Sin embargo, durante más de dos décadas, las evaluaciones más consistentes de la propia comunidad de inteligencia estadounidense han sostenido que Teherán no ha tomado la decisión política de desarrollar una bomba. Esta distinción, entre capacidad técnica y voluntad de armamentización, es fundamental, pero se diluye sistemáticamente en el discurso público.
El mecanismo es preciso. El enriquecimiento de uranio, permitido dentro del marco del Tratado de No Proliferación, se presenta como indicio de una intención no demostrada. La capacidad se convierte en sospecha, y la sospecha en amenaza. La carga de la prueba se invierte: ya no es necesario demostrar la existencia de un programa de armas, basta con subrayar su potencial. La posibilidad adquiere el estatus de riesgo inmediato.
Este razonamiento no se aplica de forma homogénea. Estados con capacidades nucleares fuera de cualquier régimen de control, o protegidos por alianzas estratégicas, no están sometidos al mismo escrutinio. La diferencia no se argumenta; se asume como parte del orden internacional vigente. En este contexto, la cuestión no es tanto la proliferación como la distribución desigual de la legitimidad para ejercer determinadas capacidades.
El acuerdo nuclear de 2015 introdujo límites técnicos estrictos y un régimen de verificación sin precedentes. Los organismos internacionales confirmaron de forma reiterada el cumplimiento iraní. El problema, por tanto, no era la ausencia de mecanismos de control. La decisión de Washington de abandonar el acuerdo en 2018 no respondió a una falla estructural, sino a una reorientación política que desmanteló un equilibrio que había demostrado ser funcional.
Tras esa retirada, las evaluaciones de inteligencia continuaron señalando la ausencia de un programa de armamento nuclear activo. Sin embargo, la retórica pública mantuvo intacto el mismo marco interpretativo. Cuando se afirma que los ataques recientes han “neutralizado” capacidades nucleares, se introduce una tensión evidente: o bien existía un programa cuya destrucción era necesaria, lo que invalidaría las evaluaciones previas, o bien no existía, en cuyo caso el lenguaje utilizado responde a una lógica de legitimación más que a una realidad operativa. Ambas posiciones no pueden sostenerse simultáneamente sin erosionar la credibilidad del conjunto.
En paralelo, la vía diplomática no estaba agotada. Las negociaciones indirectas habían avanzado hacia la posibilidad de un nuevo acuerdo que combinara inspecciones con límites definidos. Irán, pese a años de sanciones, había mostrado disposición a operar dentro de ese marco. La interrupción del proceso no se produjo por falta de avances, sino en el momento en que estos empezaban a consolidarse. Un acuerdo efectivo reduce el espacio para la narrativa de la amenaza. Su ausencia la reactiva y la hace políticamente útil.
La inminencia como construcción operativa
El segundo pilar de la justificación se articula en torno a la noción de amenaza inminente. Se trata de un concepto particularmente maleable. Lo inminente, por definición, aún no ha ocurrido y no puede verificarse plenamente. Debe ser afirmado como condición previa para justificar la acción.
En el discurso estadounidense, la inminencia no se deriva de pruebas concluyentes, sino de escenarios hipotéticos. Si determinadas presiones generan una posible respuesta iraní, esa respuesta anticipada se convierte en motivo suficiente para actuar previamente. La relación entre causa y efecto se reorganiza. Lo que se presenta como amenaza inicial es, en muchos casos, la proyección de una reacción.
En este marco, la amenaza no se descubre, sino que se configura. La inteligencia deja de operar exclusivamente como instrumento analítico y pasa a funcionar como un repertorio de elementos que pueden organizarse en función de una conclusión predefinida. El mismo conjunto de datos puede sustentar estrategias opuestas según el encuadre adoptado. La interpretación precede a la evidencia.
El desplazamiento es significativo. El umbral para el uso de la fuerza deja de depender de conductas verificables y pasa a asentarse en la representación de posibilidades. La seguridad deja de ser una categoría delimitada y se convierte en un campo expansivo. La frontera entre evidencia e inferencia se vuelve progresivamente más difusa.
El papel de los actores aliados en este proceso queda, en gran medida, fuera del encuadre. Las acciones de socios regionales, incluidas operaciones encubiertas o medidas coercitivas, forman parte del entorno estratégico en el que se producen las decisiones iraníes. Sin embargo, el discurso dominante tiende a presentar a Teherán como origen exclusivo de la inestabilidad, obviando la dimensión relacional del conflicto. La respuesta iraní aparece como causa, no como consecuencia.
En ausencia de pruebas públicas de un ataque inminente, la categoría de inminencia se mantiene como requisito estructural. No es una conclusión derivada de los hechos, sino una condición que permite actuar sin necesidad de demostración. Funciona como una autorización previa que reduce el umbral político para el uso de la fuerza.
La aceleración del ciclo informativo refuerza esta dinámica. Informes basados en fuentes no verificadas circulan con rapidez, amplificados por redes mediáticas y centros de análisis. El tiempo entre afirmación y decisión se reduce, limitando las posibilidades de contraste. La distancia entre narrativa y evidencia se acorta hasta el punto de volverse irrelevante para la toma de decisiones.
La función de la narrativa en el orden internacional
Consideradas en conjunto, estas narrativas no forman un argumento coherente. No están diseñadas para ello. Su función es construir un entorno en el que la continuidad de la confrontación aparezca como razonable, incluso necesaria.
El objeto de esta construcción no es una acción concreta de Irán, sino su insistencia en mantener una política exterior autónoma. La categoría de amenaza se utiliza para gestionar esa autonomía dentro de un sistema que distribuye de manera desigual la legitimidad del poder.
Capacidades comparables son toleradas en unos actores y problematizadas en otros. La diferencia responde a una estructura jerárquica que no se declara, pero que opera de forma constante.
Una vez retirada la retórica, lo que emerge no es solo el contenido de las acusaciones, sino el método que las produce. Las guerras no se legitiman mediante pruebas concluyentes, sino mediante marcos interpretativos que preceden a los hechos y sobreviven a ellos. Es en esa distancia donde la acción militar se vuelve posible y, sobre todo, repetible.
La estrategia estadounidense frente a Irán refleja una dificultad más amplia: la incapacidad de integrar actores que no se subordinan a su arquitectura regional sin recurrir a la coerción. La presión constante no ha producido rendición, pero sí ha reforzado dinámicas de resistencia y adaptación en Teherán. En ese sentido, la política de contención se convierte en un factor que reproduce aquello que pretende gestionar.
La cuestión, por tanto, no es únicamente si Irán representa una amenaza, sino cómo se define esa amenaza y con qué finalidad. En el contexto actual, el concepto ha dejado de ser una categoría analítica para convertirse en un instrumento de política. Mientras esta lógica permanezca, la producción de conflictos seguirá dependiendo menos de los hechos que de la necesidad de organizarlos dentro de un marco que los haga políticamente utilizables.
En este esquema, la guerra deja de ser el resultado de un fallo de la diplomacia y pasa a ser una extensión de un orden que requiere conflictos periódicos para reafirmar sus jerarquías. Irán, en este contexto, no es una excepción, sino un caso que expone con claridad la mecánica de ese sistema.
Estados Unidos y su guerra sin causa
Irshad Ahmad Mughal
Si algo enseña la Historia, es que las guerras no se ganan solo con poderío militar. Se ganan con claridad de propósito, unidad de alianzas y convicción en la causa. En la actual confrontación que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán, esos tres elementos parecen cada vez más inconsistentes del lado estadounidense.
En el centro de este malestar estratégico se encuentra Donald Trump, un líder conocido por su retórica decidida y sus tácticas contundentes. Sin embargo, este conflicto se resiste a cualquier simplificación. No es una guerra convencional con líneas de batalla definidas; es, en cambio, una lucha prolongada marcada por la ambigüedad, la vacilación y los rendimientos decrecientes.
El episodio más reciente de esta crisis comenzó en 2018, cuando Washington se retiró del acuerdo nuclear con Irán y puso en marcha una cadena de agresiones en escalada. El asesinato de Qassem Soleimani en 2020 profundizó las hostilidades, acercando a ambas partes a una confrontación directa. Lo que siguió no fue una guerra decisiva, sino un prolongado conflicto en la sombra: ciberataques, enfrentamientos indirectos o «guerras proxy» y señales estratégicas sin resolución.
Ahora, años después, Estados Unidos se encuentra en una posición preocupante: muy involucrado, pero estratégicamente incierto.
El problema central no es la debilidad militar, sino la confusión conceptual. En los círculos de la política estadounidense e incluso en sus propias filas militares persiste una pregunta fundamental: ¿de quién es esta guerra? ¿Es una prioridad central para la seguridad nacional de Estados Unidos, o se trata principalmente de un conflicto impulsado por los imperativos regionales de Benjamin Netanyahu?
Semejante ambigüedad tiene consecuencias. Cuando el propósito de la guerra se vuelve confuso, la moral comienza a erosionarse. Los soldados combaten mejor cuando comprenden no solo su misión, sino también la necesidad que la justifica. Sin esa claridad, incluso el ejército más avanzado corre el riesgo de perder su ventaja psicológica.
A este desafío se suma la visible vacilación de los aliados de Estados Unidos. A diferencia de conflictos anteriores, en los que Washington construyó coaliciones sólidas, esta confrontación revela fracturas. Muchos socios son reacios a comprometerse plenamente, al considerar que la crisis es de alcance regional, no una urgencia global, y les puede afectar gravemente. El resultado es un cambio sutil pero significativo: Estados Unidos parece cada vez más solo.
En marcado contraste, la postura de Irán se define por su coherencia ideológica. Para Teherán, este no es un conflicto discrecional, sino una cuestión de supervivencia. Su liderazgo enmarca la lucha en términos existenciales, reforzando una narrativa que sostiene tanto el apoyo popular como la determinación militar. La historia sugiere que esa claridad, por controvertida que sea, puede ser una ventaja decisiva en conflictos prolongados.
Esta asimetría, entre la incertidumbre estadounidense y la convicción iraní, se halla en el corazón del actual desequilibrio estratégico.
La situación invita inevitablemente a la comparación con la guerra de Vietnam, donde Estados Unidos quedó atrapado en un conflicto que no podía ganar de manera decisiva ni del que podía salir fácilmente. Aunque los contextos difieren, la lección de fondo sigue siendo notablemente pertinente: las guerras sin objetivos claros ni respaldo unificado tienden a derivar hacia el estancamiento o una retirada total.
Hoy, Washington se enfrenta a un dilema similar. La escalada conlleva el riesgo de una guerra regional más amplia con consecuencias impredecibles. La retirada, por otro lado, corre el riesgo de ser interpretada como una derrota y debilidad. Este estancamiento estratégico explica la creciente percepción de frustración en el seno del liderazgo estadounidense.
Mientras tanto, el relativo silencio, o la casi desaparición de Benjamin Netanyahu de la escena global, añaden una sensación de incertidumbre, planteando interrogantes sobre la coordinación y la alineación a largo plazo entre los aliados.
La realidad más amplia es difícil de ignorar: el poder por sí solo no basta. Sin un propósito claramente definido, incluso las naciones más poderosas pueden verse estratégicamente a la deriva.
Si Estados Unidos quiere alterar la trayectoria de este conflicto, primero debe responder a una pregunta sencilla pero crítica: ¿»por qué / para que» está luchando? Hasta que esa pregunta no se resuelva, la presión por desvincularse no hará más que aumentar.
La Historia ha demostrado que salir de una guerra suele ser más difícil que entrar en ella. Cuanto más se demore la claridad, mayor será el costo de la retirada.
En ese sentido, el campo de batalla más decisivo puede no encontrarse en Oriente Próximo, sino dentro del propio Washington.
El estrecho vínculo entre la guerra en Oriente Medio y el conflicto en Ucrania.
Fabrizio Poggi
El meollo de la cuestión, y el titular que mejor lo resume, es el del periódico británico The Telegraph del 17 de marzo, con motivo de la visita del líder del golpe nazi a Londres y su posterior gira europea: «La gira de Zelensky, "no se olviden de mí", expone el pánico en Ucrania». El pánico de un actor al quedar fuera del foco de atención; y durante mucho tiempo. La agresión yanqui-sionista contra Irán ha relegado a Ucrania a un segundo plano en la atención mundial y, como informa RIA Novosti, si se llevara a cabo una operación terrestre, el conflicto en Oriente Medio podría prolongarse durante meses, si no años. Y, con todos los problemas que esto acarrearía (y que ya conlleva, incluso en términos de apoyo interno) para Donald Trump, Ucrania caería del décimo al décimo milésimo puesto. Este es un problema grave no solo para Ucrania, sino también para Europa, hasta tal punto que diversos medios de comunicación occidentales citan a diplomáticos europeos que afirman: «Oriente Medio ha redefinido radicalmente el enfoque político: para nosotros y para Ucrania, esto es un desastre». Es hora de volver a ocupar un lugar central, y esto se puede lograr conectando de alguna manera a ambos.
Así pues, Kiev, y especialmente el falso presidente, se esfuerzan por recuperar la atención. Como observa el exdiputado de la Rada, Oleg Tsarëv, Zelensky está provocando deliberadamente a Irán para que tome represalias contra los Banderaítas, con el fin de mantener la atención y el apoyo de Occidente: «Zelensky necesita ser el centro de atención, el escenario y, sobre todo, un público agradecido. Lo peor es ser olvidado». Todas las declaraciones sobre los drones, que Kiev insiste en ofrecer a los países del Golfo Pérsico para protegerlos del Shahed, todas las declaraciones de Zelensky sobre Irán: todo esto es simplemente un intento de atraer la atención.
Procedamos en orden, comenzando con las observaciones del observador Vladimir Pavlenko de la Agencia REX, según las cuales Netanyahu «suplicó al narcotraficante y ucraniano "caducado" que lo ayudara en la lucha contra los drones iraníes». Aparentemente, cuando el ataque conjunto contra Irán comenzó a estancarse y Trump dejó escapar que los iraníes se habían puesto en contacto con él ofreciéndole negociar, Netanyahu estalló de rabia. En ese momento, los iraníes se apiadaron de Trump y dijeron la verdad, y resultó que el propio Trump había contactado con Teherán a través de los italianos, pero no había logrado un acuerdo para negociar. Luego, Israel atacó la infraestructura petrolera iraní, lo que enfureció a Trump, quien, oficialmente, lucha por bajar los precios del petróleo, que amenazan con mermar el apoyo al Partido Republicano. Ahora, sin embargo, Netanyahu lo presiona con sus ataques, que, casualmente, al igual que los ataques de Zelensky contra la infraestructura petrolera rusa, contribuyen al aumento de los precios del petróleo y, simultáneamente, a la disminución del apoyo interno a Trump.
Así pues, cuando Zelensky propuso enviar a sus operadores de drones a Oriente Medio, Trump replicó que no los necesitaba; por el contrario, Netanyahu, por despecho hacia Trump, aceptó descaradamente. Cuando llegó la solicitud de Tel Aviv, recuerda Pavlenko, tres grupos de operadores ucranianos ya habían partido hacia Jordania, a una base militar estadounidense que pocos días después fue devastada por un ataque con misiles iraníes. Zelensky solicitó entonces a su Estado Mayor hasta 50 grupos de este tipo; siguió un breve periodo de indecisión, hasta que los israelíes intervinieron decisivamente en Kiev, coincidiendo con una misión a Kiev de representantes de la empresa estadounidense "Anduril Industries". En cuestión de días, los aeropuertos polacos y griegos se habían transformado en centros militares para el transporte de "mercancías" de Ucrania a Oriente Medio.
Como sabemos, en los primeros días de la respuesta iraní, las defensas aéreas del Golfo lanzaron mil misiles tierra-aire, mientras que todo el complejo militar-industrial occidental produce no más de 700-800 de estos sistemas al año. Los árabes pidieron más misiles a los estadounidenses, pero la respuesta fue: nosotros iremos primero, luego Israel, y ustedes recibirán lo que sobre. Ucrania, por supuesto, quedó excluida.
La postura de Zelensky respecto a los enemigos de Irán no ha pasado desapercibida en Teherán, e Ibrahim Azizi, presidente del comité parlamentario de seguridad nacional, declaró explícitamente que, de conformidad con el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas sobre la legítima defensa contra la agresión, Irán tiene derecho a reconocer como legítimo cualquier objetivo en territorio ucraniano. En Kiev, Oleg Soskin, exasesor del presidente Leonid Kuchma, afirmó que Zelensky «se ha convertido en un objetivo legítimo para los ataques iraníes tras amenazar a Teherán y ayudar a Israel. Los iraníes lo perseguirán. No debería haberse involucrado en esto». Pero, ¿cómo podría mantenerse al margen del foco internacional?
Ahora bien, Pavlenko observa que, más allá de las relaciones entre los dos bandidos, Estados Unidos e Israel, lo más importante para Rusia es el "lenguaje común" que los partidarios ucranianos de Bandera han encontrado con los sionistas, tal como lo hicieron en su momento con los nazis: una "coincidencia significativa. Los judíos piden ayuda a los 'Khokhli' y, como demostración de 'lealtad', atacan el Palacio de la Cultura ruso en el Líbano. Israel atacó una institución rusa y pidió ayuda a Kiev contra Irán, aliado de Rusia; es razonable esperar que el 'modesto' apoyo judío a Kiev en el pasado se vuelva ahora más concreto".
¿A qué te refieres? Hace apenas unas semanas, circularon rumores sobre una posible iniciativa anglo-francesa para suministrar tecnología nuclear a Kiev. Y mientras Londres y París están sujetos al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), Israel no está sujeto a nada: no es parte del TNP y, a diferencia de India, Pakistán y Corea del Norte, no reconoce su estatus nuclear, aunque no lo niega. Pavlenko recuerda que el expresidente estadounidense Carter reveló en una ocasión el tamaño del arsenal nuclear israelí, hablando de 150 ojivas, varias docenas de ellas de alto rendimiento. Tel Aviv podría decidir dar ese paso por su cuenta o, a petición de ciertas "partes interesadas", actuar como intermediario en la transferencia a Ucrania tanto de las armas nucleares como de los especialistas que las integrarán con los sistemas de lanzamiento de Kiev. El único obstáculo podría ser la inteligencia rusa, que, una vez descubierta la conspiración, haría imposible su implementación práctica.
Volviendo a la campaña de marketing de Ucrania, Kiev, con la persistencia de un vendedor ambulante oriental, intenta vender sus productos, concretamente su supuesta experiencia única en defensa contra drones. Tras el rechazo de Trump a su oferta, Zelensky se centró en las partes directamente implicadas: anunció que más de 200 "especialistas" ucranianos ya se encontraban en los estados del Golfo y que el secretario del Consejo de Seguridad, Rustem Umerov, había estado visitando las principales capitales de la región durante una semana.
La experiencia de Ucrania en la lucha contra drones (los "Gherans" rusos son una versión avanzada de los "Shaheds" iraníes) es, sin duda, de gran interés para los países involucrados en la guerra actual, aunque, en lo que respecta a Estados Unidos, ya la han estudiado a fondo sobre el terreno. Como señala Alexander Fidel en el portal "Alternativa", en el pasado era práctica común que agregados militares de estados neutrales estuvieran presentes en los cuarteles generales de los ejércitos en conflicto, a menudo de ambos bandos. Hoy, la extrema reticencia de los países de Oriente Medio respecto a las propuestas de Zelensky se explica por su renuencia a generar tensiones en sus relaciones con Rusia. Sin duda aceptarían "asistencia consultiva", siempre que fuera confidencial —y Moscú probablemente la ignoraría—; pero no es el caso de Zelensky, quien la utilizaría para maximizar su publicidad e incitar a esos países contra Rusia. También es muy probable que su "plan geoestratégico", como señala Rostislav Ishchenko, sea más amplio y apunte a integrarse directamente en la coalición antiiraní.
En otras palabras: intentar «fusionar» las dos guerras, la ucraniana y la iraní, en una sola, librada por dos coaliciones: una compuesta por Estados Unidos, Israel, Ucrania y países de Oriente Medio, aunque con reticencia, pero con la posibilidad de que se unan otros países occidentales; la otra, compuesta por Rusia e Irán. En tal combinación, como espera Zelensky, el riesgo de que Trump busque una paz «por separado» con Rusia se reduciría drásticamente, mientras que su apoyo como aliado en la guerra clave de Trump aumentaría considerablemente.
En resumen, sin embargo, Zelensky sigue sin poder «sacar provecho» de la Guerra del Golfo y, como declaró a la BBC: «Tengo un presentimiento muy negativo sobre el impacto de esta guerra en la situación de Ucrania. La atención de Estados Unidos está más centrada en Oriente Medio que en Ucrania, lamentablemente». Hoy, al parecer, no solo le preocupa el fin de la ayuda financiera estadounidense (que prácticamente ha desaparecido), sino también la pausa en las conversaciones de paz, que podría tener consecuencias desastrosas para Ucrania.
La semana pasada, en su intervención ante el Consejo Europeo, donde pidió, como de costumbre, que se mantuviera el apoyo a Ucrania y la presión sobre Rusia, Zelensky afirmó haber recibido señales de la parte estadounidense que apuntan a una posible reanudación inminente de las negociaciones. «¿Pero qué actitud adoptará la parte rusa esta vez? Es responsabilidad de todos asegurar que los rusos no lleguen con la sensación de que su posición se ha fortalecido significativamente».
Es decir, el énfasis ya no está en «la guerra hasta el final» ni en el «castigo del agresor», sino en evitar que la posición negociadora de Kiev se debilite: la paz es casi inevitable, y la única cuestión ahora son las condiciones. Las negociaciones sobre Ucrania se acercan a un momento decisivo, declaró el presidente finlandés Alexander Stubb, quien afirmó que la situación podría evolucionar de dos maneras: o Kiev se verá obligada a hacer concesiones territoriales a Moscú, o las negociaciones fracasarán por completo, dejando a Europa sola ante el problema, sin el apoyo de Estados Unidos a Ucrania. Según se informó, Stubb también declaró que «Europa podría ayudar a Trump en Irán si proporcionara toda la asistencia necesaria a Ucrania».
Ahora está claro que la Guerra del Golfo está fortaleciendo la posición de Rusia: aumento de los precios de la energía, disminución de las reservas de municiones, especialmente las de los sistemas de defensa aérea, etc. Y ahora parece que las razones por las que los europeos han comenzado a mostrar interés en una solución pacífica en Ucrania, incluso a costa de concesiones territoriales, están en gran medida vinculadas a la constatación de que no pueden prescindir de los recursos energéticos rusos, en particular del gas.
Sin embargo, concluye Fidel, no se puede descartar que los líderes occidentales hayan recibido información que les lleve a considerar la posibilidad de que pronto se produzcan acontecimientos que podrían cambiar radicalmente la situación mundial, lo que haría realmente oportuno acelerar la paz, especialmente teniendo en cuenta las señales cada vez más claras que llegan desde el otro lado del Atlántico de que Trump está dispuesto a abandonar a Zelensky a su suerte.
*Ha colaborado con "Novoe Vremja" ("Nuevos Tiempos"), Radio Moscú, "Il Manifesto", "Avvenimenti" y "Liberazione".