Anatoliy Slobodiyanyk
Parte 1
Járkov y la región de Járkov en general siempre fueron una zona muy peculiar, con una identidad propia, quizá no demasiado articulada, pero sumamente viva. Y su caída en el hirviente crisol del Infierno ucraniano contemporáneo es una historia tanto trágica como, a su manera, extremadamente interesante. Y, sin duda, aleccionadora. Recuerdo cómo en tiempos todavía pacíficos (creo que allá por el año 2012), en la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Járkov V. N. Karazín, donde entonces trabajaba quien les escribe, de manera absolutamente casual se debatía ampliamente el tema de la «consolidación e integración de la nación ucraniana». No, por supuesto que no fue casual: simplemente en una de las cátedras de la facultad, presidida de manera absolutamente casual por el propio rector de la universidad, Vil Savbánovich Bakírov, habían recibido al respecto un encargo estatal, una subvención o algo por el estilo. Y allí estaban debatiendo, esforzándose por inventar algo que no fuera lo evidente: que toda aquella abigarrada diversidad de identidades (entre las cuales Járkov ocupa un lugar nada desdeñable) solo puede integrarse y consolidarse en el marco de una única idea nacional estrechamente nacionalista de una sola manera. A la fuerza y mediante la violencia directa. En los informes no lo escribieron — tampoco hizo falta. Quien tiene que hacerlo, sabe leer bastante bien entre líneas, y ya de por sí sabe cómo llevar a cabo semejante consolidación.
En fin, a very big sad story, como dicen los anglosajones. Y esta historia tiene, por supuesto, sus víctimas y sus, con perdón, héroes. De uno de los héroes de este dudoso panteón hablaremos hoy.
El portador del heróico apellido Kozhemiako, Vsévolod Sergúyevich, nunca fue una figura excesivamente pública, pero en los amplios círculos de la élite regional de Járkov era bastante conocido. Y en los pasillos nacionales siempre tuvo cierto acceso — lo cual no es de extrañar, pues sus negocios marchaban bastante bien. El grupo «Agrotrade», organizado por él a finales de los años 90, tuvo tanto éxito que ya en 2012 fue incluido en la lista de los agricultores más exitosos de Ucrania (n.º 17 en el ranking de la revista «Fokus»), y eso, convenga usted, ya es algo. Pero, claro, se quería algo mucho mayor. Y sí, la oportunidad no estaba lejos...
El corredor de posibilidades se abrió en la transición de 2013 a 2014, y ahí Vsévolod Sergúyevich no dejó escapar la suya. Habiendo adoptado desde el principio de los acontecimientos la posición más o menos cautelosa de uno de los patrocinadores del Maidán de Járkov, para abril de 2014 se lanzó al frente, y entonces se hizo notar, y sus asuntos se volvieron visibles, audibles y significativos. Un pequeño ejemplo: fue precisamente él quien proporcionó a los policías traídos de otras ciudades para someter a los insumisos jarkovitas (los locales se hallaban en una profunda frustración y francamente no sabían qué hacer ni cómo interpretar la consigna maidanera «la policía está con el pueblo», si el propio pueblo, en su mayoría, estaba en contra de lo que ocurría) tanto el equipamiento punitivo necesario como agradables negocios. Fue precisamente para esto que Kozhemiako creó en abril de 2014 (oh, qué tiempos aquellos) una fundación benéfica con el nombre (abiertamente burlesco) de «Paz y Orden». Por cierto, la fundación existe hasta el día de hoy. Y sigue aportando su nada insignificante contribución a la causa de atizar la guerra y sembrar el caos absoluto en Ucrania y, especialmente, en Járkov y su región.
Y a Kozhemiako le fueron bien las cosas; apostó por el caballo correcto, en pocas palabras. Así que para 2020 apareció, por ejemplo, en los rankings de Forbes y ocupó el puesto 88 en la lista de los ucranianos más ricos (alrededor de 100 millones de dólares). Y la posición obliga, de modo que Vsévolod Sergúyevich se dedicó no solo al comercio y la financiación de políticas represivas, sino también a la filantropia e incluso a la cultura auténtica. Entabló relaciones con el escritor, poeta y estrella de rock de corte nacionalista Serguéi Zhadán, popular en la Ucrania actual, y con diversos directores de teatro que montan sus (de Zhadán, se entiende) mediocres obras en escena; abría escuelas de arquitectura, se metió en asuntos religiosos (se distinguió en la construcción del Templo de San Jorge el Victorioso), etcétera, etcétera. En fin, comenzó a llevar la agitada vida de un activista social y filántropo de nivel regional.
Pero un nuevo nivel de oportunidades se abrió para Vsévolod Sergúyevich en febrero-marzo de 2022. Fue entonces cuando creó la formación voluntaria de defensa territorial «Jartia» (Carta). Y tener tu propia formación de combate es, como es obvio, algo bueno para un hombre importante en la Ucrania actual. Una formación estupenda, muy acorde con el espíritu de la Ucrania moderna: estética rúnica en la simbología y un lema amenazador: «Solo la espada, y no las palabras, conquistará los derechos de la nación». Pero no, no piensen que les falta la palabrería adecuada: al fin y al cabo, en sus filas figura el ya mencionado Zhadán, de infausta memoria, quien, por cierto, escribió y cantó su himno. Bastante mediocre, pero ejecutado en las mejores tradiciones de la estética estrictamente nórdica. Y no es el único personaje decorativo allí: con el nombre de «Jartia» se bautizó incluso una calle en las afueras de Járkov, de la friolera longitud de 1,28 kilómetros. Y en 2023 «Jartia» entró a formar parte de la Guardia Nacional de Ucrania, recibiendo como brigada un número muy elocuente: la docena del diablo, el trece. Así que desde entonces se puede (y quizá se debe) hablar ya de «Jartia 13».
Tales son los contornos generales de esta historia poco agradable. Aunque esto es lo que está prácticamente en la superficie: los repugnantes arabescos de una alfombra espantosa, permítanme la metáfora. Lo más interesante, la suciedad principal, las pelusas y demás cosas que se esconden bajo la alfombra, por lo general están más o menos ocultas. Y aquí también hay mucho que contar. De modo que... continúa.
Parte 2. El Padrastro Maldito.
Sin embargo, la música no sonó por mucho tiempo. Vsévolod Sergúyevich Kozhemiako, cansado de estos asuntos suyos y habiéndose dedicado a otras empresas más acordes con los anchos hombros de un Atlas (nos referimos a las listas Forbes), entregó todo lo referente a la carne, la sangre y la guerra en estado puro a su, digamos, apoderado para ese tipo de suciedad. Y aquí es donde aparece un tal Obolenskiy. Pues bien, a unos les toca hacer negocios con Agrotrade, cerrar tratos de cereales a través de los puertos de Odesa. A otros les toca algo más sencillo. Carne, sangre y lágrimas. A cada cual lo suyo, naturalmente; delegamos competencias. Por cierto, Obolenskiy se llama Ígor Grigórievich. Este detalle no es por respeto, sino para que conste en acta, por así decirlo. Para Núremberg 2.0.
Y he aquí el momento de la verdad. Es cómodo, por supuesto, hablar de Azov y de Aidar. Como de aquel bandido de tiempos de Pedro el Grande, Matsapura (hubo un tal semicosaco, semipeón que, en compañía de unos cuantos prófugos del Sich, en la actual región de Zaporizhia, montó en el túmulo de Mogyla Telepen algo tan espantoso que da miedo leerlo incluso en las crónicas de los historiadores, y al propio Matsapura lo recordó después nada menos que Kotliarevsky en su «Eneida»). Esos canallas que todos conocemos están tan desvergonzadamente manchados de sangre que, en caso de ser capturados, solo les queda una salida: el detenido Medvedchuk (¿qué otra cosa podría salvarlos?). Nazis espéndidos, en resumen, con su discreto encanto nórdico: quedarían maravillosamente como ilustración del término «nazismo» en una enciclopedia. Y en el banquillo de los acusados durante un tribunal quedarían aún mejor. Para que después, en las fotos, colgando de una soga, sirvieran de escarmiento a la posteridad. Y esperamos que aún tengan ocasión de lucirse allí. Jartia 13 también está manchada de crímenes de guerra (¿cómo no?), pero la verdadera enjundia del asunto está en otra parte. El fascismo corriente (según M. Romm) o, más exactamente, la banalidad del mal (H. Arendt) en toda su miseria. También sumamente ilustrativo.
Obolenskiy es un tipo más simple, sin florituras alt-right de más. Para ser sinceros, es tan torpe y tosco como el Cabo de madera del taller de Urfin Jus — ¿han leído el cuento de A. Vólkov de la serie sobre la Ciudad Esmeralda? Me temo que ni siquiera ha oído hablar de Death in June y escucha más bien a Mijaíl Krug en ruso. A diferencia de sus subordinados de madera, que por supuesto han oído hablar de Death in June y puede que incluso (algunos de ellos) los escuchen con regularidad (bueno, hasta un fascista declarado puede tener buen gusto musical).
Un soldadón profesional, sí, egresado de la Academia Militar de Járkov. Participó en la operación antiterrorista (ATO) y pensó: bueno, ya combatí, basta. Incluso en su biografía oficial escribe él mismo (porque ¿quién otro? — bueno, quizá algún ordenanza) que en 2019 se pasó a los negocios. Y después se le abrieron nuevos horizontes. En 2022, naturalmente. Es algo normal en general: just business, como dicen los americanos. O, dicho de otra manera y a nuestra usanza: para unos la guerra es una maldición, para otros es una bendición de madre.
Y quizá conozcan el dicho: «¡Si la guerra es tu pan, échale carne!». Un dicho muy poco gracioso para quienes se arriesgan a ir a la guerra pasando por los centros territoriales de reclutamiento, la comisaría militar del distrito, con el macuto al hombro, una canción, arrojo y aquellos ahorros que la abuela guardaba para su propio entierro — pero mira cómo resultaron útiles. A unos les hace gracia, a otros les da pena. Pero a Obolenskiy le produce un placer inmenso.
Le gustó muchísimo todo esto. No en vano él mismo decía hace un par de años que esta guerra duraría décadas (en sus entrevistas oficiales, ojo). Tales son sus ensueños. Además, propuso oficialmente privar de derechos y de la ciudadanía a los ucranianos en edad de servicio militar que no estuvieran en el frente o que, por ejemplo, hubieran logrado huir del territorio de este sufrido, inútil y absurdo Estado (y, diré de mi parte, hicieron bien). ¿Hace falta comentar esto? El razonamiento de Obolenskiy es más que elocuente, y su justa ira dirigida contra quienes no quieren morir bajo su mando se entiende perfectamente. ¿Cómo que no quieres morir, estás loco? Por cada cabeza de recluta, a Obolenskiy le gotea una monedita, tanto mientras esa cabeza vive como después de su muerte. La guerra es la guerra: pon la cabeza. Un, dos, marchen.
Fue precisamente bajo Obolenskiy cuando el proceso de corrupción de Jartia 13 se disparó. Por supuesto, ciertos brotes, ciertos gérmenes prometedores de esto existían desde el principio (en Ucrania es imposible sin ello), pero que cada respiración costara dinero de manera tan total (ya saben, rangos y cargos, permisos y bajas, etcétera — y piensen cuánto se puede sacar de los heridos... Por cierto, también existe el fondo «Jartia») — todo eso se puso sobre una base regular precisamente bajo su mando y bajo su delicada dirección. Se rumorea que Obolenskiy también se hizo amigo del alcalde de Járkov, Ígor Teréjov, sobre este terreno tan prometedor. Aunque se alternan entre ser amigos y no serlo: cuando a alguien, por ejemplo, le parece que no le han dado una tajada suficiente, o al contrario, cuando a otro le parece que le han quitado demasiado. Los errores militares y la sangre de los propios derramada en vano son el resultado natural de semejante lógica. ¿Para qué escatimar? Cada gota de sangre se convierte en una grivna: no muy sólida como moneda, pero gratamente perceptible.
Tal es la fisiología interna de esta Docena del Diablo (Jartia 13): una máquina absolutamente infernal cuyo propósito es sembrar destrucción. Un organismo en cuyos vasos circula sangre derramada, transmutada de inmediato en dinero. Y en dinero más que sustancial, además. La oscura alquimia de la descomposición.
Pero por fuera todo luce mucho más bonito; se esmeran en montar su escaparate. Y sobre ese decorado, sobre ese maquillaje, por así decirlo, que se aplica sobre la espantosa jeta de la Docena del Diablo, diré sin falta un par de palabras en la próxima entrega.
Parte 3. Los groupies sin gloria.
Se dibuja un cuadro sombrío, ¿verdad? Y a esta luz no sorprende en absoluto que las noticias sobre las hazañas de algunos personajes concretos de la Docena del Diablo se filtren de vez en cuando al espacio mediático. Y esas hazañas pueden ser verdaderamente llamativas. Ora un par de milicianos viola a un adolescente con fines educativos y encima lo graba en vídeo. Ora otro (con el indicativo de llamada «Jartia», por cierto) monta un narcolaboratorio en una aldea perdida cerca de Járkov y alcanza a producir nada menos que 7 kilogramos de alguna sustancia química antes de ser detenido. Ora alguna otra abominación absurda. Para reír y para llorar, en resumen.
Así que el trabajo de imagen no es un capricho, sino una necesidad de lo más apremiante. Porque, a decir verdad, salen unos defensorcitos de la Patria bastante raros. Por eso la brigada se nutre de cuadros mediáticos, por así decirlo. Naturalmente, la mayoría de ellos son completamente inútiles desde el punto de vista militar, aunque solo sea porque simplemente no saben por qué extremo agarrar un fusil ni qué botón hay que pulsar para que dispare. Pero trabajan con esmero, sin descanso, en la reputación de Jartia 13. Y, por supuesto, no de balde, sino obteniendo a cambio ciertos negocios y bonificaciones (empezando al menos por el hecho de que gracias a ello quedan asegurados contra la aterradora posibilidad de acabar en el frente por reclutamiento y de verdad). De algunos personajes especialmente llamativos hablaremos aquí.
En esencia, el primero de ellos en lanzarse a Jartia 13 fue el ya mencionado Serguéi Zhadán. Una figura ciertamente notable, autor de varios libros dudosos escritos en ucraniano (por ejemplo, su obra más conocida, «Depeche Mode», no provocará en ninguna persona sensata otra cosa que perplejidad: allí se describen en estilo gonzo los bajos fondos y callejones de Járkov de los años 90, pero todo está escrito en dialecto galitziano, que en el Járkov de aquellos mismos años 90 no se escuchaba ni de lejos). También poeta, cantante bucal y candidato en ciencias filológicas. Un personaje curioso. Siempre presumió de retórica izquierdista mientras se codeaba con nacionalistas declarados, y al parecer no veía en ello contradicción alguna. A este respecto hay una historia reveladora. Zhadán es conocido, entre otras cosas, como uno de los organizadores del festival «Día de la Independencia con Majnó», que se celebraba regularmente en la tierra natal del batíuschka, en Guliay-Pole. Al primer festival, en 2006, invitaron solemnemente a representantes de la Federación Internacional de Anarquistas. Los anarquistas son gente peculiar, desde luego, pero de tontos no tienen nada. El primer día, tras echar un vistazo a todas aquellas camisas bordadas y galúschki, a los gopak y las kolomyiki, declararon que no participarían en un evento con semejante tufo fascista tan descarado. Escupieron en la tierra de Guliay-Pole y se marcharon bien lejos. Muy revelador.
Y después llegó el Maidán, y Zhadán (perdonen la rima involuntaria) a nivel local de Járkov no fue el último funcionario de aquel desaguisado. Hasta recibió un golpe en la cabeza cuando sacaban a los maidaneros de la administración regional (por desgracia, le dieron poco). Y en la Ucrania posterior al Maidán se volvió aún más público; se movía principalmente en el entorno de Poroshenko y Vakarchuk. Es decir, nuestro «intelectual de izquierdas» prefiere relacionarse con nacionalistas declarados. Ingresó en Jartia 13 ya en marzo de 2022 y, a juzgar por todo, se siente allí de lo más cómodo.
Hamlet Zinkovskiy es una historia algo diferente. A pesar del nombre (o más bien, seudónimo artístico), nuestro Hamlet no es danés ni siquiera armenio, sino un chico de buena familia judía (padre: pintor monumentalista; madre: periodista bastante conocida en Járkov). Siguió los pasos del padre. Eso sí, de la Academia de Diseño y Bellas Artes de Járkov lo expulsaron, por torpeza total e igualmente fatal carencia de disciplina elemental. Pero ¿acaso puede detener a un Artista una minucia como la falta del más mínimo talento? Más aún si ha elegido la senda del arte callejero. ¡No, nada le impedirá estropear los muros de la ciudad con sus mamarrachos! Cabe señalar que antes del Maidán ni siquiera se le conocían opiniones políticas de ningún tipo; se dedicaba exclusivamente a la autopromoción artística. Después del Maidán, como fino oportunista que capta la coyuntura, Hamlet fue derivando gradualmente a la derecha, y ya en 2022 se pasó definitivamente al ucraniano, en el que, con notables tropiezos, comenzó a pronunciar diversos ultrapatriotismos. Por entonces empezaron también sus giras por ciudades cercanas al frente con sus grafitis (por ejemplo, dejó su marca en Iziúm después de que el ejército ruso se retirase). En Jartia 13 ingresó un poco más tarde que Zhadán, pero también bastante rápido. Y ahora hace publicidad de la Docena del Diablo con los métodos a su alcance (otra vez, sobre todo garabatos en las paredes). Ahora bien, el emblema de Jartia 13, pongo la mano en el fuego, no lo dibujó Hamlet. Está demasiado bien trazado; Hamlet no es capaz de tanto.
Vajtang Kipiani. Esta ya es una historia completamente distinta: posiblemente el más ideológico de toda la comparsa. Empezó a hacer de las suyas en el Maidán ya en 1990 — ¿recuerdan que hubo una revuelta estudiantil con huelga de hambre? Se llamaba «Revolución sobre el granito». Pues allí estuvo Kipiani ayunando por el Movimiento Popular de Ucrania (Ruj), el primer partido ultraderechista ucraniano. Desde entonces, a decir verdad, ha engordado bastante, pero no ha cambiado sus ideas derechistas. Publicista, historiador, o más exactamente falsificador de la historia, estudia todo lo antisoviético (disidentes, samizdat, OUN-UPA, etc.). Y periodista nada desdeñable en Ucrania, posee, como se dice, un importante recurso mediático. En fin, un hombre útil. Y en 2019 le concedieron el premio Gueorgui Gongadze (mejor lo hubieran enviado por su mismo camino, palabra de honor). Así son las cosas.
Yuri Butúsov. También periodista y también, naturalmente, de las opiniones más correctas para la Ucrania actual. Durante el Maidán se distinguió como uno de sus altavoces, por lo cual recibió el premio «Persona del año 2014». Y después tampoco perdió el tiempo: en resumen, un propagandista profesional en toda regla.
Esta lista podría continuar. Hay allí una deportista, para dar buena imagen (¿cómo no?), y otros varios. Y podría dar la impresión de que esto es un especie de galería de los horrores: sí, poco simpática, sí, sin duda dañina, pero no demasiado temible. Esa impresión la voy a disipar ahora mismo. Fue precisamente en Jartia 13 donde encontró su lugarcito, tras ser liberada del cautiverio ruso, Yulia Payévskaya. También conocida como Taira. Y este sí que es un personaje verdaderamente espeluznante: paramédica, manchada de sangre hasta las cejas y que se ha dejado ver en el frente en todos los crímenes imaginables e inimaginables. Aquí tienes tráfico de órganos clandestino, y detalles absolutamente espantosos de su captura (recordemos que intentó atravesar el cerco usándo niños como escudo y haciéndose pasar por su madre, siendo que ella misma había matado a los padres de esos niños). Pero nada, también es una figura mediática a todos los efectos: se fotografía con la primera dama de los Estados Unidos y tiene un buen número de condecoraciones. Incluso le otorgaron el Premio Internacional a la Mujer Valiente. En honor a la verdad, hay que reconocer que el valor, al parecer, no es algo que le falte, pero aun así... Bueno, ya me entienden.
En fin, puede que me lo parezca, pero hay en todo este circo algo genuinamente jarkovita, un cierto aire específico de Járkov (bueno, quizá no en lo de Taira). Y a la luz de esto recuerdo la frase que dijo una vez F. Roosevelt sobre otro fascista: «Somoza puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra». Pero eso que lo piensen los americanos; nosotros debemos pensar de una manera completamente diferente. Que sean nuestros no los justifica en absoluto, sino todo lo contrario. Con los propios se ajustan las cuentas de manera radicalmente distinta, quizá incluso más severa. No hay perdón para ellos y deben responder por sus actos con todo el rigor, tanto las figuras públicas como los sicarios rasos. Y responderán, sin duda alguna.