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Spinoza, Israel y el Gustavobuenismo divagante

Spinoza, Israel y el Gustavobuenismo divagante
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directorelespiadigitales/8/8/23
miércoles 15 de abril de 2026, 22:00h
Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Ah, el gustavobuenismo divagante. Esa logia de espíritus finos que, habiendo recibido la llave diamantina del materialismo filosófico para abrir las puertas de la eutaxia española —la nuestra, la del solar hispánico —, ha decidido emplearla cual ganzúa de saldo para colarse en el kibutz de las ideas recibidas y ponerse a cantar Hava Nagila alrededor de Spinoza como si fuera el Muro de las Lamentaciones.
He aquí el prodigio: la escolástica buenista, que con tanta prosa acerada nos enseñó a desenmascarar los mitos oscurantistas del nacionalismo étnico y el Idealismo Alemán, se ve de pronto asaltada por una suerte de síndrome de Estocolmo conceptual. Resulta que ahora Baruch Spinoza, el judío de Ámsterdam que pulía lentes para ver mejor la Sustancia Única y que fue excomulgado con toda la pompa sefardí por sus propios correligionarios, resulta, digo, para este grupo exquisito, ser el precursor del Mossad y del partido Likud incluso antes de que estos se otearan en la lejanía de los tiempos. Y todo porque algún dómine de la escuela, en un rapto de humorismo de campanario —de esos que se dicen medio en broma medio en serio mientras se mira de reojo al auditorio para calibrar el efecto—,ha deslizado la especie de que si el bueno de Benito Spinoza viviese hoy, se afiliaría al sionismo con el fervor desatado de un rabino en Shabat.
Baruj Hashem! La ironía es tan gruesa que podría tildarse de gordofóbica. Porque, ¿qué nos dice el amigo Spinoza en el Tractatus que estos exegetas hojean como quien lee la Cosmopolitan? Nos dice, con una claridad que hiela los tuétanos teológicos, que lo de los hebreos fue una cuestión de organización social y fortuna política, una eutaxia de andar por casa, temporal y coyuntural que nada tiene que ver con elección divina alguna, ni con las singularidades metafísicas permanentes tan propias del sionismo. Para Spinoza, Dios no elige naciones como quien escoge un décimo de lotería premiado; la virtud y el entendimiento no conocen de pasaportes. La supuesta excepcionalidad hebrea se reduce, en sus propias páginas, a un mero accidente histórico, a un orden político pasajero que alcanzaron y conservaron durante brevísimo tiempo, como quien conserva una buena dentadura hasta que la caries hace su trabajo.
Nada de ontología eterna, nada de destino manifiesto escrito en lenguas de fuego; todo es pura contingencia material, pura coyuntura que diría el maestro.
Porque la excomunión de Spinoza en 1656 no fue una simple sanción religiosa. La comunidad sefardí ordenó que nadie hablara con Spinoza, que nadie lo ayudara, que nadie leyera sus escritos. Se trató de una expulsión total.
A Spinoza lo excomulgaron no por un quítame allá esas pajas rituales, sino por dinamitar el cimiento teológico del asunto: la idea de pueblo elegido. Y resulta que ahora, tres siglos después, se pretende presentarlo como aval del sionismo. O sea, que utilizan al tipo que voló los cimientos de la casa para justificar la reforma del ático. Genio y figura.
En el Tractatus Theologico-Politicus, Spinoza lo afirma con claridad:
“En cuanto al entendimiento y a la verdadera virtud, ninguna nación se distingue de otra; y, por consiguiente, Dios no ha elegido a una nación con preferencia a otra en este sentido.”
Y añade inmediatamente:
“Los hebreos no fueron elegidos por Dios […] sino únicamente en cuanto a la organización de su sociedad y al Estado que alcanzaron y conservaron durante cierto tiempo.”
De modo que sacar a Spinoza de su Ámsterdam de canales y mercaderes para vestirlo con el uniforme del sionismo contemporáneo es una operación de prestidigitación hermenéutica que ni el propio Isaac Luria se habría atrevido a ejecutar. Es como si dentro de tres siglos alguien afirmara, con idéntica ligereza, que Unamuno sería hoy un influencer de TikTok especializado en vídeos de autoayuda para opositores a notarías. Se puede decir, claro, en una sobremesa regada con pacharán, regueros blancos y ausencia de testigos. Pero otra cosa es intentar colarlo como corolario del materialismo filosófico.
Porque la cuestión, señores míos, no es la gimnasia dialéctica con la que los alabarderos del Gustavobuenismo divagante retuercen a los clásicos. La cuestión es la Eutaxia. La de aquí. La de España.Si la doctrina exige, con la fuerza de un silogismo, partir del Estado propio y de su continuidad histórica … ¿Qué pintan estos sublimes pensadores defendiendo la eutaxia del Estado de Israel como si fuera la de una provincia española? ¿Es que acaso Marruecos no existe? ¿Es que ese vecino del sur, que algunos miran con una indulgencia impropia de quien conoce el basilisco geopolítico, no constituye la principal presión realmente existente contra nuestras fronteras, nuestros caladeros y nuestras ciudades norteafricanas?
Y es que resulta que, ese Reino Alauita, el que nos enseña los dientes cada vez que se habla deCeuta, Melilla o el Sáhara, es el aliado estratégico, la niña mimada del Estado de Israel. Y si Israel firma con Marruecos un “plan de trabajo militar conjunto para 2026” , le transfiere tecnología para fabricar drones de ataque SpyX en suelo marroquí y le suministra sistemas antiaéreos Barak MX , y Marruecos es quien aprieta las tuercas a España en el Estrecho y el Sáhara, defender los “planes y programas” de Israel a capa y espada equivale, en la práctica, a darle la razón al vecino que te disputa la linde del jardín. Lógica de parvulario, oigan.
A ello se añaden, por si fuera poco, aquellos episodios que afectaron a personal militar español desplegado como cascos azules en Líbano, así como determinadas posiciones diplomáticas que, interpretadas desde la lógica irrenunciable del Estado propio, no pueden considerarse simplemente neutras o anecdóticas. El materialismo filosófico no debería ser un juego de salón; es un instrumento fino para analizar la realidad política desde el aquí y el ahora del Estado desde el que se filosofa. Si ese aquí se desplaza, si de pronto el punto de partida no es la Madrid sino Tel Aviv, entonces no estamos haciendo materialismo filosófico. Estamos haciendo otra cosa. Estamos, para decirlo con claridad, haciendo apologética.
El resultado es un espectáculo grotesco, digno de una novela de Enrique Jardiel Poncela: un grupito de intelectuales que, blandiendo el Tractatus como si fuera el título de propiedad de una casa que no es la suya, se dedican a defender los planes y programas de un Estado extranjero con más fervor que la de los intereses estratégicos propios. Han confundido la Symploké con un viaje del Imserso a Jerusalén. Han convertido el imperativo categórico del Estado propio en una moneda de vellón para comprar indulgencias en el mercado de las ideas bienpensantes.
Y así nos luce el pelo. Mientras España, la real, la histórica, la que tiene continuidad y problemas geopolíticos concretos, se enfrenta a presiones externas e internas que ponen a prueba su eutaxia, sus supuestos defensores filosóficos están ocupados discutiendo si Spinoza llevaría o no kipá en el Muro de las Lamentaciones. ¿Qué Estado defienden? ¿El español? Desde luego, no lo parece. Al otro, al israelí, lo defienden con más denuedo que el propio Netanyahu. Y a eso, en buen romance castellano y con la venia de Don Gustavo, se le llama sencillamente hacer el ridículo. O peor aún: hacerle el juego al adversario estratégico.
Qué quieren que les diga. A mí, Spinoza me sirve para entender que España tiene su fundamento en su propia coyuntura histórica y que, por tanto, hay que cuidarla como a una copa de cristal de La Granja. Si a otros les sirve para justificar alianzas con quienes nos rozan las costuras en el Estrecho, quizá deberían hacérselo mirar.
La filosofía materialista es muy seria para andar jugando con ella al Scalextric geopolítico en las sobremesas.