Thierry Meyssan
Jeffrey Epstein parece haber disfrutado lo que hacía, pero no debemos olvidar que estaba trabajando para un servicio de inteligencia. Y ese servicio de inteligencia era el Mossad. Los crímenes que Epstein cometió eran ante todo la vía que le permitía chantajear a sus “amigos”. Por ahora, no hay personalidades ucranianas directamente implicadas pero muchos elementos hacen pensar que, desde Ucrania, alguien “suministraba” niños a la red de Epstein.
En la imagen, Andriy Yermak, abogado internacional implicado en política, fue el mentor de Volodimir Zelenski en la escena política y se convirtió en jefe de la administración del actor transformado en presidente. Zelenski es bipolar y Yermak lo reemplazaba en todo durante sus periodos depresivos. Cuando Yermak dimitió, como consecuencia de la operación anticorrupción Midas, Zelenski declaró que Yermak no era corrupto y que dimitía por otras razones.
El caso Epstein estremece el conjunto de Estados considerados “desarrollados”. Es importante resumir los hechos: el multimillario estadounidense Jeffrey Epstein organizó una red de informantes por cuenta del Mossad israelí y de la rama franco-suiza de los Rothschild. Para poder chantajearlos, Epstein proponía a ciertos altos personajes relaciones sexuales extraconyugales y poco a poco los implicaba en torturas y posiblemente en asesinatos y canibalismo. Las personas que llegan a ocupar posiciones importantes en la sociedad pueden sentir cierta necesidad de comprobar que tienen poder sobre los demás. Y algunos individuos sólo son capaces de sentirse poderosos cuando cometen actos reprehensibles, entregándose a prácticas unánimemente condenadas sin sufrir las consecuencias.
No hay nada nuevo en ese tipo de chantaje. En Francia se vio el “caso Doucé”, en 1990, y Bélgica fue escenario del “caso Dutroux”, en 1995-1996, pero nunca hubo respuestas claras sobre los objetivos de aquellos casos de chantaje –sólo salieron a la luz algunos nombres de personalidades, pero los criminales que ocupaban altos puestos nunca fueron detenidos. Lo nuevo, en el “caso Epstein”, es que el Departamento de Justicia de Estados Unidos dispone de 9 millones de páginas de documentos –por ahora sólo se ha publicado una tercera parte de toda esa documentación.
Los citados “casos” Doucé y Dutroux eran casos de chantajes montados por los servicios secretos de la OTAN. Había personas chantajeadas no sólo en Francia y en Bélgica sino en toda la Unión Europea. Las personalidades utilizadas a través del chantaje nunca fueron molestadas… así quedaban disponibles para seguir siendo utilizadas.
En este momento, 25 personas relacionadas con Epstein han negociado con el fiscal federal estadounidense. Han desembolsado sumas considerables para obtener impunidad y evitar que se mencionen sus nombres. En los primeros 3 millones de documentos publicados se han censurado todas las menciones referidas a esas personas, a pesar de que sí aparecen los nombres de las víctimas de abusos sexuales.
Se ignora cuál ha sido el criterio utilizado en el Departamento de Justicia estadounidense para determinar el orden de publicación de los documentos. Los documentos publicados hasta ahora sólo implican a personalidades europeas y no hay menciones de personalidades estadounidenses. Puede ser casualidad, pero también puede ser una manera de desestabilizar a ciertos “aliados” en espera del momento en que la opinión pública, asqueada, se canse del asunto.
No obstante, se sabe que varios ex jefes de Estado y/o de gobierno, así como algunos actualmente en funciones, están implicados. Algunos entregaron informaciones o datos económicos, financieros o comerciales, otros revelaron secretos políticos, militares o diplomáticos. Todos cometieron actos penados por la ley y traicionaron a sus países. Sin que ellos lo supieran, el destinatario final de la información que proporcionaban era el Estado de Israel, o al menos una facción del gobierno israelí.
De manera recurrente, varios informantes –algunos de ellos testigos manipulados, otros enfermos mentales y a veces, mucho más raramente, auténticos testigos– denunciaron la participación de personalidades en ritos de cultos satánicos.
Hasta este momento, el único jefe de Estado conocido cuyo entorno practica misas negras características de ese tipo de culto, es el presidente no electo ucraniano Volodimir Zelenski. Hace tiempo que circulan rumores abominables sobre este personaje sin que haya sido posible confirmarlos. Pero, el 31 de enero pasado, su ex encargada de prensa, Yulia Mendel, reveló que el hombre de confianza de Zelenski, Andriy Yermak, el ex jefe de la administración presidencial, hoy en desgracia, practicaba ritos satánicos [
1]. Según Yulia Mendel, Yermak traía “brujos chabad” de Israel, Georgia y Latinoamérica y «
quemaban hierbas, recogían fluidos de cadáveres para fabricar muñecas». En dos semanas, la internet Ucrania se llenó de caricaturas y bromas sobre «
Yermak el Brujo», que había augurado a Zelenski que Rusia no intervendría en Ucrania. Yermak, personaje que los ucranianos solían llamar “Alí Babá”, dirigía, por otro lado, una extensa red de corrupción, cuya existencia salió a la luz durante la Operación Midas [
2].
Desde que fue destituido, Yermak ha retomado a su práctica como abogado. Según la prensa ucraniana, Yermak asiste cada mañana a un gimnasio y por las tardes va a su oficina. Los periodistas que siguen sus desplazamientos lo han visto visitar los domicilios del director de los ferrocarriles, Oleksandr Kamyshin, y de Rustem Umerov, el secretario del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional de Ucrania, hoy bajo investigación en relación con la trama de corrupción descubierta durante la Operación Midas. Lo más interesante es que Yermak visitó al controvertido ex ministro de Justicia Herman Haluchtchenko y al ex embajador de Kiev en Israel Yevgen Korniychuk, quien es por demás pariente por alianza del presidente del Tribunal Supremo, Vassyl Onopenko. Finalmente, el abogado de Yermak, Ihor Fomin, y Korniychuk visitaron a Timur Mindich (el socio de negocios, hoy en fuga, de Volodimir Zelenski) en Israel [
3].
Entre los documentos del caso Epstein publicados hasta ahora, sólo una tercera parte del total, hay varios pasaportes ucranianos pero el Departamento de Justicia de Estados Unidos censuró los nombres, las direcciones y las fotos de sus titulares, que mantenían relaciones con Epstein.
También hay documentos que demuestran que Epstein viajó repetidamente a Kiev y que el francés Jean-Luc Brunel cumplía encargos para él en la capital ucraniana. Jean-Luc Brunel dirigía las agencias de contratación de modelos Karin Models (en París) y E=MC2 (en Miami). Este personaje, acusado en Francia de proxenetismo, tuvo (como Epstein) la oportuna idea de “suicidarse” en la cárcel, en la conocida prisión de La Santé, en París. Por su parte, Timur Mindich también dirigía una agencia de contratación de modelos denominada Fire Point, en Kiev. Hasta ahora se ignora cuántos jóvenes ucranianos y ucranianas cayeron en las redes de estos individuos.
Es en este contexto que el abogado Volodimir Vatras, miembro de la comisión jurídica de parlamento ucraniano, acaba de presentar un proyecto de reforma del Código Civil ucraniano [
4].
Esa proposición de reforma del Código Civil ucraniano apunta a proteger la reputación de las personas acusadas de corrupción hasta su condena final y reduce la edad legal para el matrimonio a… 14 años, lo cual haría imposible toda acción judicial por corrupción de menores o violación de menores de más de 14 años y menos de 18. La prensa ucraniana ya habla de «
pedofilia de Estado» [
5].
Apoyándose en la Convención sobre los Derechos del Niño, numerosos ucranianos han iniciado la recogida de firmas contra este proyecto de reforma que consideran una modificación esencialmente regresiva [
6]. Quienes puedan no haber comprendido aún de qué se trata deben saber que esta reforma tendrá incluso carácter retroactivo y se aplicará a todos los casos posteriores a 2014, o sea todo el periodo posterior al golpe de Estado de la plaza Maidan. La aprobación de ese proyecto de reforma eliminaría todas las disposiciones del Código Penal ucraniano contra la pedofilia [
7].
¿Conoce usted algún Estado en el mundo que, ahora o en el pasado, haya reducido la edad legal del matrimonio... y con aplicación retroactiva? Por supuesto que no.
No está de más recordar que este mismo gobierno ucraniano acusa a Rusia de haber secuestrado 900 000 niños. Moscú, que desmiente esa cifra, precisa que esos niños no fueron capturados sino recogidos en el campo de batalla y evacuados hacia Rusia para protegerlos de las acciones bélicas. Hasta ahora, Kiev ha presentado públicamente una lista que contiene los nombres 339 niños, cuya devolución reclama la administración de Zelenski. ¿Dónde están los nombres de los miles de niños restantes?
La respuesta está quizás en los 6 millones de páginas del expediente Epstein que siguen siendo secretas. Los experimentos “médicos” facilitados por Hunter con el uso de soldados ucranianos como conejillos de Indias ya eran indignantes. Los secuestros de niños ucranianos por la pandilla de Zelenski serán vomitivos.
Haciendo uso de la palabra ante el parlamento ucraniano, la diputada Inna Sovsun declaró el 11 de febrero: «La norma que los miembros de la Comisión están tratando de hacer aprobar, sobre el matrimonio con jóvenes de 14 años, es una pura salvajada. Contradice el buen sentido y las normas europeas. ¿Cuántos problemas hay todavía en ese código? No lo sabemos. Por consiguiente, me uno a las exigencias de los abogados para excluir del examen el proyecto de Código Civil, examinarlo detalladamente de nuevo en comisión, discutirlo en el seno de la sociedad y, sólo después, someterlo al Parlamento.»
Ruslan Stefanchuk, presidente del parlamento ucraniano e ideólogo del partido Servidor del Pueblo (la formación política de Zelenski) se ha implicado a fondo tanto en la redacción de esta modificación del Código Civil como en su defensa ante el parlamento. Stefanchuk es un científico y pedagogo que durante mucho tiempo ha trabajado con niños… y también está implicado en el escándalo revelado por la Operación Midas. Todos los expertos observan que las declaraciones de Stefanchuk no corresponden con el contenido del texto presentado al Parlamento.
Stefanchuk estaba en Washington la semana pasada. El 7 de febrero se reunió con Riley M. Barnes, el secretario de Estado adjunto a cargo de Democracia, Derechos Humanos y Derechos de los Trabajadores. Stefanchuk aseguró al funcionario estadounidense que ningún niño ha desaparecido en Ucrania pero insistió en afirmar que Rusia ha “capturado” 900 000 niños ucranianos.
Ya de regreso en Kiev, Stefanchuk se encontró prácticamente una revuelta de toda la sociedad. Sólo entonces reconoció que, en su estado actual, el proyecto de nuevo Código Civil no puede ser sometido a votación en el parlamento. Pero el problema que esa reforma trata de enterrar sigue existiendo.
Hasta ahora sólo conocemos la tercera parte de los documentos del caso Epstein que el Departamento de Justicia de Estados Unidos tiene en su poder. Cuando se conozcan otros elementos tendremos que inventariar la información que iba a parar a manos de Epstein y preguntarnos cómo la utilizaban los dirigentes de Israel.
NOTAS
[
2] «
Operación anticorrupción deja la clase dirigente de Kiev al desnudo»,
Red Voltaire, 15 de noviembre de 2025; «
Días finales de Zelenski: ¿está implicado en el atentado a Trump y el asesinato de Charlie Kirk?», por Alfredo Jalife-Rahme,
La Jornada (México),
Red Voltaire, 15 de noviembre de 2025; «
El inodoro de oro de la “billetera de Zelensky” y su agencia de “modelos” constructora de drones», por Alfredo Jalife-Rahme,
La Jornada (México),
Red Voltaire, 21 de noviembre de 2025.
[
3] «
Єрмак після відставки зустрічався з Камишіним, Умєровим та послом України в Ізраїлі», Надія Собенко, Суспільне Мовлення, 6 лютого 2026 p. [en español, “Después de dimitir, Yermak se reunió con Kamyshin, con Umerov y con el embajador ucraniano en Israel», Nadiya Sobenko, Radio-televisión pública, 6 de febrero de 2026].
[
4] «
Проект Цивільного кодексу», Верховна Рада, 6 лютого 2026 р. [en español, “Proyecto de Código Civil, Verkhovna Rada, 6 de febrero de 2026).
[
5] «
“Державна педофілія”: відомий експерт заявив, що в Україні можуть декримінализувати секс дорослих з 14-річними,», Уляна Виноградова,
Блік, 8 лютого 2026 [en español, «“Pedofilia de Estado”: conocida experta declara que Ucrania podría despenalizar las relaciones sexuales entre adultos y jóvenes de 14 años», Ulyana Vinogradova, Blik, 8 de febrero de 2026]; «
Сексуальний підтекст! “дрімучі норми” Цивільного кодексу: шість суперечностей його нового проєкту», Жанна Безп’ятчук, BBC, 9 лютого 2026 [en español, “Sexualidad y normas sin consecuencias: del Código Civil: seis contradicciones del nuevo proyecto”, Zhanna Bezpiatchuk, BBC, 9 de julio de 2026].
[
6] Por ejemplo: «
Петиція», Верховна Рада, 6 лютого 2026 р. [en español, «Petición», Verkhovna Rada, 6 de febrero de 2026.]; «
Проєкт нового Цивільного кодексу: чому норма про шлюб з 14 років викликає занепокоєння», Українська Гельсінська спілка, 6 лютого 2026 [en español, “Proyecto de nuevo Código Civil: por qué la norma sobre el matrimonio a partir de los 14 años es fuente de inquietud, Unión Ucraniana de Helsinki, 6 de febrero de 2026.].
Epstein o la anarquía del poder: genealogía de un régimen sin moral
Santiago Mondejar Flores
El estallido del caso Epstein no representa una aberración en el orden político contemporáneo, sino su manifestación más desnuda. Pensarlo como una desviación patológica —como un “monstruo” aislado en la periferia moral del sistema— es un gesto tranquilizador que protege a las estructuras que lo hicieron posible. La indignación que se agota en la condena individual cumple una función ideológica: restaura la ficción de que el orden sigue siendo esencialmente sano, de que basta con expulsar una figura anómala para que la normalidad recupere su curso. Sin embargo, desde una perspectiva antropológica y filosófico-política, Epstein aparece más bien como una figura liminar: no encarna la corrupción del poder, sino su forma real.
Este desplazamiento es basal. No se trata de un sistema virtuoso infiltrado por una anomalía, sino de una racionalidad que produce, necesita y reproduce estos dispositivos. Epstein no es un exceso marginal: es el lenguaje mismo de un orden que ya no reconoce fronteras claras entre legalidad e ilegalidad, entre norma y excepción, entre institución y crimen. Su red de islas privadas, fundaciones filantrópicas, vuelos clandestinos, acuerdos judiciales opacos y silencios estratégicos no debe leerse como una sucesión de anomalías, sino como una escena estructural. No un “caso”, sino una puesta en acto de lo que Pier Paolo Pasolini, al leer a Sade, llamó la anarquía del poder (Pasolini, 1975).
Pensar a Epstein como escena implica desplazar el foco desde la psicología individual hacia el dispositivo que lo sostiene. La escena no remite a un sujeto, sino a una constelación de prácticas, discursos, instituciones y silencios. En ese sentido, Epstein no es una mera desviación moral, sino un operador dentro de una racionalidad que ya no se orienta por fines trascendentes ni por valores universalizables, sino por la pura expansión de su capacidad de dominación. El poder ya no necesita justificarse: se reproduce con impunidad, situándose más allá del bien y del mal.
Riccardo Finozzi ha mostrado que tanto en Los 120 días de Sodoma de Sade como en Salò o los 120 días de Sodoma de Pasolini, el poder no aparece como estructura estable, sino como una paradoja viviente: necesita de las instituciones que simultáneamente destruye y se alimenta de los valores que dice representar (Finozzi, 2016). No hay aquí un “orden” que se corrompe: hay una fuerza que se realiza precisamente a través de la suspensión de toda normatividad común.
Los libertinos de Sade —y los jerarcas fascistas de Pasolini— no surgen desde fuera del sistema. Son nobles, jueces, obispos, burócratas, es decir, portadores del lenguaje de la ley. Pero su goce surge de la suspensión de ese mismo lenguaje. De ahí que el poder sea “anárquico” no porque carezca de organización, sino porque ha roto todo vínculo con una racionalidad compartida. No se subordina a fines históricos ni a narrativas éticas: se ejerce como pura arbitrariedad, como una fuerza que se legitima únicamente por su capacidad de imponerse.
Epstein encarna esta misma lógica. Su proximidad a presidentes, príncipes, banqueros, científicos y magnates tecnológicos no fue una infiltración en un sistema sano, sino la condición misma de su funcionamiento. Como ha mostrado Foucault, el poder no opera principalmente como represión, sino como red productiva de relaciones (Foucault, 1976). Epstein no era un parásito externo: era un nodo privilegiado dentro de esa red.
La anarquía del poder no se ejerce desde la sombra: se exhibe bajo la forma de fundaciones benéficas, discursos filantrópicos, proyectos de “impacto social” y promesas de innovación. Como ya había advertido Hannah Arendt, el mal moderno no necesita monstruos: puede administrarse como procedimiento (Arendt, 1963). La violencia que atraviesa este orden no es un residuo arcaico, sino el reverso necesario de su pretensión universal.
En Sade, la razón ilustrada se revela inseparable de su contrario: la reducción del otro a materia disponible (Sade, 1785/2006). En Pasolini, esa lógica se traslada al corazón de la modernidad tardía: el cuerpo deja de ser un lugar de sentido para convertirse en un recurso. La víctima ya no es un sujeto, sino una función.
Finozzi subraya cómo, a través de la repetición infinita de escenas de violencia, los cuerpos pierden toda singularidad y se transforman en cifras dentro de una contabilidad del exceso (Finozzi, 2016). Esta despersonalización no es un efecto colateral: es el corazón mismo del dispositivo. Como en Salò, las jóvenes explotadas por Epstein fueron absorbidas por una economía del secreto, del placer y del intercambio. Sus nombres se diluyen, sus biografías se fragmentan, sus historias se reducen a registros de vuelo y expedientes judiciales.
Alessia Ricciardi ha mostrado que Pasolini anticipa el horizonte biopolítico en el que los cuerpos se convierten en objetos de administración y consumo (Ricciardi, 2007). Lo que en Sade era una excepción —un castillo donde la ley se suspende— se convierte en Pasolini en regla. La violencia deja de ser transgresión para volverse sistema. Epstein no necesitó un espacio aislado: su escenario fue el propio mundo globalizado, donde la circulación de capital, información y cuerpos se normaliza bajo la apariencia de libertad (Bauman, 2000).
La Isla de Epstein ya no es un lugar geográfico: es una forma de relación social. Es el espacio simbólico donde la ley se suspende sin necesidad de proclamarlo, donde la excepción se integra al funcionamiento cotidiano del sistema. Como sugiere Agamben, el estado de excepción implícito se ha convertido en paradigma de gobierno (Agamben, 2005).
En este ámbito, el escándalo cumple una función paradójica. Pasolini afirmaba que ser escandalizado es un placer, porque nos permite una cercanía repulsiva con aquello que negamos. Pero cuando el escándalo se convierte en mercancía mediática y arma oligárquica, pierde su potencial crítico. El caso Epstein fue absorbido por la lógica del espectáculo: series, documentales, titulares. Como en Salò, el horror se vuelve repetición sin memoria.
A. Robert Lauer ha señalado que Salò no trata solo del fascismo histórico, sino de la fase terminal de la modernidad, que se repliega sobre su propio vacío (Lauer, 2011). Epstein aparece entonces como una figura postmoderna: sin ideología explícita, pero plenamente coherente con la racionalidad instrumental que gobierna el mundo contemporáneo (Horkheimer & Adorno, 1947/2002).
La anarquía del poder no implica caos, sino hiperorganización sin fundamento ético. En Sade, la transgresión absoluta genera frustración: ningún exceso es suficiente. Esa frustración impulsa una violencia infinita. Del mismo modo, el sistema que permitió a Epstein operar no puede detenerse: debe reproducir indefinidamente su propia dinámica.
Desde una perspectiva antropológica, asistimos a una mutación profunda: del cuerpo como portador de sentido al cuerpo como residuo funcional. Pasolini hablaba de un “genocidio cultural” producido por el consumismo, que destruye las formas de vida sin necesidad de violencia visible (Pasolini, 1975). El caso Epstein representa la fase extrema de ese proceso: cuando la vida humana deja de ser incluso un valor simbólico.
Pensar el caso Epstein a la luz de Sade y Pasolini no es tanto una analogía literaria como un deber crítico que nos obliga a reconocer que la violencia no irrumpe desde fuera, sino desde el centro del sistema. Que el poder contemporáneo no se funda en la ley, sino en la normalización de su suspensión permanente, que nos obliga a cuestionar la lógica que convierte a los seres humanos en estadísticas, a la historia en repetición y al escándalo en entretenimiento y herramienta política.
Epstein, como los libertinos de Sade o los jerarcas de Salò, no es un monstruo excepcional. Es el rostro visible de una normalidad que ha perdido toda medida. En su figura se condensa la verdad más inquietante de nuestro tiempo: que la anarquía del poder no es un desvío del orden, sino su principio constitutivo.
Bibliografía
Agamben, G. (2005). State of exception. University of Chicago Press.
Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem: A report on the banality of evil. Viking Press.
Bauman, Z. (2000). Liquid modernity. Polity Press.
Finozzi, R. (2016). Sade e Pasolini: L’anarchia del potere. Mimesis.
Foucault, M. (1976). Histoire de la sexualité I: La volonté de savoir. Gallimard.
Horkheimer, M., & Adorno, T. W. (2002). Dialectic of enlightenment (E. Jephcott, Trans.). Stanford University Press. (Trabajo original publicado en 1947)
Lauer, A. R. (2011). Pier Paolo Pasolini: The poetic of heresy. University of Toronto Press.
Pasolini, P. P. (1975). Scritti corsari. Garzanti.
Ricciardi, A. (2007). The ends of mourning: Psychoanalysis, literature, film. Stanford University Press.
Sade, D. A. F. (2006). The 120 days of Sodom (R. Seaver & A. Wainhouse, Trans.). Grove Press. (Trabajo original publicado en 1785)