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Síntesis comparada de la guerra multimodal

Síntesis comparada de la guerra multimodal
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directorelespiadigitales/8/8/23
viernes 24 de abril de 2026, 22:00h
Enrique Area Sacristan*
El análisis comparado de la Guerra de los Ochenta Años, la Guerra de los Treinta Años, Vietnam, Afganistán, Ucrania y el conflicto Irán–Estados Unidos–Israel permite afirmar que la doctrina multinodal no surge de una intuición aislada, sino de la observación de una anomalía estratégica recurrente: la incapacidad de transformar la superioridad, la presión o incluso la destrucción en una estabilización definitiva del sistema. Esa anomalía aparece de forma embrionaria en los conflictos históricos de larga duración, adquiere una formulación más visible en los conflictos modernos de resiliencia insurgente y alcanza su expresión más nítida en los entornos contemporáneos de alta interdependencia.
La comparación histórica muestra, en primer lugar, que la persistencia del conflicto no es un fenómeno nuevo. Tanto en la Guerra de los Ochenta Años como en la de los Treinta Años, la superioridad relativa de determinados actores no produjo un cierre rápido ni una decisión inequívoca. En ambos casos, el conflicto se prolongó porque el adversario conservó capacidad funcional suficiente y porque el sistema político en el que se desarrollaba no podía ser reorganizado de manera simple mediante la fuerza. Sin embargo, esos conflictos seguían desarrollándose en un entorno de interdependencia limitada, donde la persistencia era sobre todo consecuencia de la complejidad política, militar y logística, no todavía de una estructura sistémica globalizada.
Vietnam introduce un cambio de nivel. Allí ya no se observa solo la dificultad de decidir, sino la incapacidad de una superioridad militar abrumadora para traducirse en estabilización estratégica. La presión constante no colapsa el sistema adversario, que se adapta, redistribuye funciones y continúa operando. Afganistán radicaliza este fenómeno: no solo hay resiliencia bajo presión, sino reconfiguración tras la destrucción aparente. El sistema talibán no desaparece, sino que reaparece bajo nuevas formas, mostrando que la neutralización de estructuras visibles no equivale a la neutralización de la funcionalidad del sistema. Estos dos casos son esenciales porque desplazan el problema desde la derrota del adversario hacia la persistencia de su capacidad de operar.
Ucrania añade otro elemento decisivo: la coexistencia entre guerra convencional de alta intensidad y lógica multinodal. El territorio, el fuego y la maniobra siguen importando de forma central, pero ya no bastan para explicar el conflicto. La resiliencia estatal ucraniana depende de nodos críticos externos —apoyo militar, financiero y tecnológico—, de nodos secundarios —información, sanciones, legitimidad internacional— y de nodos de apoyo —cohesión social, institucionalidad, capacidad de movilización—. La guerra no se decide únicamente en el frente, sino en la capacidad de cada actor para sostener o perturbar el sistema en el que ese frente se inserta.
El caso Irán–Estados Unidos–Israel representa, dentro de esta secuencia, la formulación más clara de la guerra multinodal. Aquí la lógica del conflicto ya no necesita ser inferida a partir de la persistencia; se manifiesta directamente en la gestión de nodos críticos globales, como Ormuz, cuya alteración afecta a la funcionalidad del sistema internacional sin necesidad de colapsarlo. En este escenario, la amenaza sobre el nodo puede ser tan eficaz como su interrupción efectiva, y la interacción estratégica se articula sobre la producción de disfunción, incertidumbre y presión sistémica antes que sobre la destrucción decisiva del adversario. Es el caso donde mejor se observa que el núcleo del conflicto ya no es vencer, sino impedir una estabilización definitiva favorable al contrario.
De la comparación de todos estos casos se desprenden varias conclusiones doctrinales. La primera es que la doctrina multinodal no invalida la experiencia histórica ni las doctrinas clásicas, sino que las reordena. Clausewitz sigue siendo indispensable para entender la subordinación política de la guerra; Jomini conserva valor donde el espacio y la concentración siguen siendo decisivos; la aproximación indirecta de Liddell Hart, la lógica sistémica de Warden o la integración multidominio siguen siendo útiles en su respectivo plano. Pero ninguno de estos marcos explica por sí solo por qué, en determinados conflictos, la guerra se prolonga aunque se combata correctamente y aunque la superioridad se manifieste con claridad. Ese hueco explicativo es precisamente el espacio en el que se sitúa la doctrina multinodal.
La segunda conclusión es que la resiliencia constituye el verdadero hilo conductor de todos los casos, aunque adopte formas distintas. En los conflictos históricos, esa resiliencia es principalmente político-militar; en Vietnam y Afganistán, político-social y organizativa; en Ucrania, estatal e interdependiente; en Irán, sistémica y global. Lo que cambia no es la existencia de resiliencia, sino la forma en que esta se articula y la escala a la que opera. La resiliencia deja así de ser un atributo defensivo y pasa a convertirse en el centro de gravedad real del conflicto.
La tercera conclusión es que la estabilización sustituye a la decisión como problema estratégico central. En los conflictos clásicos, la persistencia era un obstáculo para la decisión; en la guerra multinodal, la imposibilidad de estabilización se convierte en el núcleo mismo del conflicto. Ya no se trata solo de que la guerra no termine, sino de que el sistema sobre el que se desarrolla dificulta estructuralmente su cierre. En ese desplazamiento reside la originalidad y la fuerza de la doctrina.
En consecuencia, el valor doctrinal de esta comparación no está únicamente en mostrar que existen precedentes históricos de persistencia, sino en demostrar que el presente introduce una transformación cualitativa: la guerra deja de desarrollarse dentro del sistema para operar directamente sobre su funcionamiento. Ahí es donde la multinodalidad deja de ser una intuición y se convierte en una categoría doctrinal con capacidad explicativa propia.
Cuadro comparativo doctrinal de los casos estudiados

Caso

Rasgo dominante

Tipo de resiliencia

Nodos críticos

Nodos secundarios

Nodos de apoyo

Valor para la doctrina multinodal

Guerra de los Ochenta Años

Persistencia del sistema rebelde frente a una potencia superior

Político-militar y comercial

Comercio marítimo, apoyo inglés, plazas estratégicas

Alianzas, percepción política, finanzas

Cohesión política neerlandesa, redes urbanas

Proto-multinodal: anticipa la no linealidad entre presión y cierre

Guerra de los Treinta Años

Prolongación por complejidad política y multiplicidad de actores

Política y militar estatal

Alianzas, ejércitos, capacidad de financiación

Equilibrios diplomáticos, legitimidad confesional

Estructura estatal y coalicional

Antecedente estructural: muestra la desvinculación entre esfuerzo y resolución

Vietnam

Superioridad militar sin estabilización estratégica

Político-social, militar y externa

Apoyo soviético/chino, red insurgente, legitimidad revolucionaria

Opinión pública internacional, política interna de EE.UU.

Cohesión ideológica, control social, adaptación organizativa

Caso moderno clave: evidencia la resiliencia sistémica frente a la superioridad

Afganistán

Reconfiguración del sistema tras destrucción inicial

Tribal, social, política y organizativa

Santuarios externos, redes talibanes, control local

Percepción internacional, legitimidad del gobierno afgano

Estructuras tribales, cultura política, apoyo social difuso

Caso multinodal pleno: demuestra reconfiguración tras colapso aparente

Ucrania

Guerra convencional + interdependencia sistémica

Estatal, institucional, social y externa

Apoyo occidental, logística, infraestructura energética

Información, sanciones, legitimidad internacional

Cohesión social, administración estatal, movilización

Caso híbrido-avanzado: muestra multinodalidad coexistiendo con guerra convencional

Irán–EE.UU.–Israel

Gestión de nodos globales sin colapso del sistema

Estatal, regional y sistémica

Ormuz, flujos energéticos, red de aliados/proxies

Mercados energéticos, sanciones, diplomacia, percepción de riesgo

Cohesión del régimen, alianzas, capacidad de proyección

Formulación más clara: la guerra multinodal se manifiesta directamente sobre el sistema global


La guerra multinodal no nace cuando aparece la persistencia del conflicto, sino cuando esa persistencia deja de ser una anomalía histórica y pasa a convertirse en una propiedad estructural del sistema sobre el que la guerra se desarrolla.
La guerra multinodal y Ucrania.
Ucrania y la guerra multinodal: interdependencia, resiliencia y disputa por la estabilización del sistema
La referencia a Ucrania como objeto de estudio en relación con la doctrina de la guerra multinodal sitúa el análisis en el escenario más exigente del conflicto contemporáneo: un entorno en el que la guerra convencional de alta intensidad coexiste con una estructura sistémica altamente interdependiente. Este caso permite evaluar no solo la validez del marco multinodal, sino también su capacidad para integrarse con las doctrinas clásicas sin sustituirlas, explicando aquello que estas no alcanzan a resolver.
La Guerra de Ucrania presenta una característica fundamental: la coexistencia de dos lógicas operativas distintas. Por un lado, una guerra convencional en la que el control del territorio, el empleo masivo de fuego y la maniobra continúan siendo determinantes. Por otro, una estructura sistémica en la que factores como la logística internacional, el apoyo externo, la información, la economía y la legitimidad política condicionan de forma decisiva la evolución del conflicto.
Desde una perspectiva clásica, la guerra puede interpretarse como un enfrentamiento entre dos Estados en el que la acumulación de fuerza, la degradación del adversario y la conquista de posiciones estratégicas deberían conducir, al menos teóricamente, a una decisión. Sin embargo, la evolución del conflicto muestra que esta relación no se produce de forma lineal. A pesar de la intensidad de las operaciones y de las variaciones en el control territorial, no se ha alcanzado una estabilización definitiva del sistema en términos favorables a ninguno de los actores.
En este sentido, Ucrania confirma uno de los postulados centrales de la doctrina multinodal: la desvinculación entre superioridad parcial y cierre estratégico. Ni la presión militar rusa ni la capacidad de resistencia ucraniana, apoyada externamente, han logrado producir una resolución. El conflicto se mantiene en una dinámica de persistencia en la que el sistema continúa funcionando pese a la intensidad de la presión.
Esta constatación exige situar el análisis en relación con el pensamiento de Carl von Clausewitz. Clausewitz sigue siendo plenamente válido para comprender la guerra como interacción de voluntades y para explicar la importancia del combate, la fricción y la subordinación a la política. Sin embargo, su marco presupone que la acumulación de presión, correctamente dirigida, puede conducir a una decisión.
Ucrania introduce una matización relevante. La presión militar, aun siendo intensa y sostenida, no produce automáticamente estabilización. La voluntad política no se expresa únicamente en la resistencia o en la ofensiva, sino en la capacidad de sostener el sistema a través de redes externas de apoyo, legitimidad interna y resiliencia institucional.
La lógica multinodal permite interpretar este fenómeno como un desplazamiento del centro de gravedad hacia la funcionalidad del sistema. En Ucrania, este centro no se encuentra únicamente en el frente, sino en la capacidad del Estado para seguir operando: mantener sus líneas logísticas, sostener su economía, preservar su legitimidad y asegurar el flujo de apoyo externo.
En este contexto, el apoyo occidental adquiere la condición de nodo crítico. La asistencia militar, financiera y tecnológica no actúa simplemente como refuerzo, sino como elemento estructural que permite al sistema ucraniano continuar funcionando bajo presión. La alteración de este nodo tendría efectos inmediatos sobre la dinámica del conflicto, lo que evidencia la naturaleza interdependiente del sistema.
Del mismo modo, las sanciones económicas, los flujos energéticos y la información constituyen nodos cuya alteración condiciona el comportamiento de actores más allá del campo de batalla. La guerra deja así de desarrollarse exclusivamente en el frente para proyectarse sobre un sistema global que amplifica y redistribuye sus efectos.
La función de la amenaza adquiere una dimensión particularmente significativa. La posibilidad de escalada, el uso potencial de determinados medios y la presión sobre infraestructuras críticas generan efectos que no requieren ejecución plena para influir en el sistema. La amenaza se convierte en un instrumento de regulación que actúa sobre la percepción y el comportamiento de los actores implicados.
La dimensión temporal refuerza esta interpretación. La duración del conflicto no es únicamente consecuencia de la dificultad de imponer una decisión, sino expresión de una estructura en la que el sistema puede sostenerse bajo presión mediante la redistribución de recursos y la adaptación continua. La persistencia deja de ser una anomalía y pasa a constituir una forma de equilibrio inestable.
En comparación con conflictos como Vietnam o Afganistán, Ucrania introduce una diferencia significativa. En aquellos casos, la resiliencia del sistema se manifestaba frente a una superioridad externa en entornos asimétricos. En Ucrania, la resiliencia se articula dentro de un Estado que combate convencionalmente, pero cuya capacidad de supervivencia depende de su integración en un sistema más amplio.
En relación con los conflictos históricos de larga duración, como la Guerra de los Treinta Años o la de los Ochenta Años, Ucrania comparte la persistencia y la dificultad de decisión. Sin embargo, la diferencia estructural es clara. Mientras que en aquellos conflictos la guerra se desarrollaba dentro de un sistema que la condicionaba, en Ucrania la guerra actúa directamente sobre un sistema interdependiente cuya funcionalidad se convierte en objeto de disputa.
Desde la perspectiva multinodal, el conflicto no se decide únicamente en el campo de batalla, sino en la capacidad de los actores para estabilizar o impedir la estabilización del sistema en el que operan. La superioridad militar, aunque relevante, no resulta suficiente si no se traduce en control funcional del sistema.
En conclusión, Ucrania constituye un ejemplo paradigmático de guerra multinodal en coexistencia con la guerra convencional. No invalida las doctrinas clásicas, pero muestra sus límites en entornos de alta interdependencia. La decisión ya no depende exclusivamente de la derrota del adversario, sino de la capacidad de imponer una forma de estabilidad sobre un sistema que tiende a resistirla.
La guerra ya no se prolonga únicamente porque no puede cerrarse.
Se prolonga porque el sistema, en su interdependencia, permite su continuidad sin estabilizarse en términos definitivos.
Y es en esa disputa por la estabilización del sistema donde la guerra multinodal encuentra una de sus expresiones más complejas.
Guerra multinodal. Iran vs EE.UU
Irán–Estados Unidos–Israel y la guerra multinodal: nodos críticos, disrupción sistémica y la imposibilidad de estabilización como forma de conflicto
La referencia al conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel permite situar la doctrina de la guerra multinodal en su expresión más clara y contemporánea. A diferencia de los conflictos históricos o de los casos modernos previamente analizados, aquí no se trata únicamente de interpretar la persistencia del conflicto, sino de observar directamente un sistema en el que la interacción estratégica se articula sobre nodos cuya alteración condiciona el funcionamiento global sin producir su colapso.
La actual crisis en torno al Estrecho de Ormuz constituye el núcleo de esta dinámica. Este corredor concentra aproximadamente una quinta parte del flujo mundial de petróleo, lo que lo convierte en un nodo crítico de primer orden dentro del sistema energético global . Su alteración no afecta únicamente a los actores en conflicto, sino al conjunto del sistema internacional, desde mercados financieros hasta la seguridad alimentaria global .
En este contexto, la interacción entre Irán, Estados Unidos e Israel no puede interpretarse en términos clásicos de victoria o derrota. A pesar de la superioridad militar estadounidense y de la capacidad operativa israelí, el conflicto no se orienta hacia una resolución decisiva, sino hacia la gestión de la funcionalidad del sistema. La alternancia entre apertura y cierre del estrecho, el bloqueo naval y las acciones limitadas muestran que la guerra se desarrolla mediante ajustes continuos que evitan tanto el colapso como la estabilización definitiva .
Desde la perspectiva multinodal, este sistema se articula a través de tres tipos de nodos claramente identificables.
Los nodos críticos son aquellos cuya alteración impacta directamente en la funcionalidad global. En este caso, el estrecho de Ormuz constituye el nodo crítico por excelencia. Su cierre o bloqueo no implica una victoria militar directa, pero introduce una disrupción sistémica que afecta a la economía global, a la estabilidad política de múltiples Estados y a la dinámica del propio conflicto. La capacidad de Irán para controlar o amenazar este nodo le permite compensar su inferioridad convencional, mientras que la capacidad estadounidense para mantener abierto el tránsito constituye un elemento central de su estrategia.
Los nodos secundarios modulan y amplifican los efectos generados sobre los nodos críticos. En este conflicto, estos nodos incluyen los mercados energéticos, las sanciones económicas, la percepción internacional y la actividad diplomática. La volatilidad del precio del petróleo, las negociaciones en terceros países o la intervención de actores regionales no determinan por sí mismos el resultado, pero condicionan la intensidad y dirección de la presión sistémica .
Los nodos de apoyo sostienen la resiliencia del sistema. En el caso iraní, estos incluyen la cohesión interna, la estructura del régimen y su red de aliados regionales. En el caso estadounidense, la capacidad de proyección global, sus alianzas y su legitimidad internacional. Estos nodos no generan efectos inmediatos visibles, pero determinan la capacidad de cada actor para sostener su posición en el tiempo.
La interacción entre estos niveles define la lógica del conflicto. La presión sobre el nodo crítico no se orienta a su destrucción definitiva, sino a su control reversible. Irán cierra o amenaza con cerrar Ormuz para generar disrupción sin provocar un colapso que también le perjudicaría. Estados Unidos actúa para mantener su funcionalidad sin eliminar completamente la capacidad iraní de alterarlo. Ambos actores operan dentro de los límites impuestos por el propio sistema.
Esta dinámica confirma de manera especialmente clara uno de los postulados centrales de la doctrina multinodal: la desvinculación entre acción y resolución. La intervención sobre nodos produce efectos, pero no conduce a una decisión definitiva. El sistema no se rompe; se ajusta.
La comparación con los conflictos previamente analizados permite precisar el alcance de esta formulación.
En la Guerra de los Ochenta Años, la resiliencia del sistema rebelde neerlandés anticipa esta lógica, pero en un entorno de interdependencia limitada. Los nodos existían —comercio, apoyo externo—, pero no tenían capacidad de generar efectos globales inmediatos.
En la Guerra de los Treinta Años, la multiplicidad de actores introduce complejidad, pero la guerra sigue desarrollándose principalmente dentro del sistema, no sobre él. Los nodos son políticos y militares, pero no sistémicos en sentido global.
En Vietnam, aparece con mayor claridad la resiliencia estructural del sistema adversario. El apoyo externo actúa como nodo crítico y la opinión pública como nodo secundario. Sin embargo, la interdependencia global aún es limitada y la guerra no se articula plenamente sobre nodos funcionales globales.
En Afganistán, el sistema demuestra su capacidad de reconfiguración tras la destrucción inicial. Los nodos son más difusos y distribuidos, pero el conflicto sigue desarrollándose en un entorno relativamente poco interdependiente a escala global.
En Ucrania, la estructura multinodal se hace plenamente visible en coexistencia con la guerra convencional. Los nodos críticos —apoyo externo, logística— y secundarios —información, sanciones— adquieren un papel central, pero el conflicto sigue teniendo un componente territorial decisivo.
El caso de Irán–Estados Unidos–Israel introduce un salto cualitativo. Aquí, la guerra no se libra únicamente sobre el territorio ni se orienta a la destrucción del adversario, sino a la gestión de nodos cuya alteración condiciona el funcionamiento del sistema global. El conflicto no busca el colapso, sino la regulación de la inestabilidad.
Esta diferencia permite afirmar que este escenario constituye la formulación más clara de la guerra multinodal. No porque sea más intenso, sino porque su lógica estructural se manifiesta sin necesidad de ser inferida. La guerra no se decide porque el sistema no puede permitirse ser estabilizado en términos definitivos.
En conclusión, el conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel muestra que la guerra multinodal no es una construcción teórica, sino una realidad observable. La interacción estratégica se articula sobre nodos cuya alteración permite generar efectos sin producir resolución. La persistencia no es una anomalía, sino una propiedad estructural del sistema.
La guerra ya no se prolonga únicamente porque no puede cerrarse.
Se prolonga porque el sistema, en su propia interdependencia, impide su estabilización definitiva.
Y es en esa gestión de la inestabilidad, articulada a través de nodos críticos, secundarios y de apoyo, donde la guerra multinodal alcanza su expresión más clara.
*Doctor por la Universidad de Salamanca.