Sergio Meneses
El pasado fin de semana, tras la victoria del Paris Saint-Germain en la final de la Champions League, París volvió a convertirse en escenario de disturbios. Miles de personas salieron a celebrar el título, pero, como ya es costumbre en este tipo de festejos masivos en ciertas zonas de la ciudad, centenares de jóvenes aprovecharon la ocasión para destrozar vehículos, quemar mobiliario urbano, saquear y enfrentarse a la policía. Imágenes de coches calcinados, escaparates rotos y contenedores en llamas recorrieron las redes. Nada nuevo bajo el sol parisino.
Lo verdaderamente revelador no fueron los disturbios en sí —previsibles y repetidos—, sino la reacción de cierta izquierda que se autoproclama “transformadora”. En lugar de condenar la violencia gratuita, una parte de ella la justificó, la romantizó o directamente la celebró. Es la izquierda infantil, la izquierda ACAB, que siente una fascinación casi erótica por el lumpenproletariado cuando este se dedica a la destrucción sin propósito.
Para esta corriente, cualquier acto de vandalismo cometido por jóvenes de barrios marginales se convierte automáticamente en “resistencia”. No importa que no haya ninguna reivindicación política clara, ningún liderazgo ideológico ni un horizonte de transformación social. Basta con que los protagonistas pertenezcan a sectores marginales para que la destrucción se interprete como un grito contra “el sistema”.
Es un romanticismo repugnante de unos jóvenes que, en muchos casos, actúan por pura excitación, por imitación, por ausencia de límites o simplemente por la oportunidad de saquear. No hay conciencia de clase por ningún lado. Hay rabia difusa, hedonismo destructivo y, en no pocos casos, pura delincuencia común.
Marx ya advertía sobre el lumpenproletariado: esa capa social degradada, sin conciencia de clase, fácilmente manipulable y dispuesta a servir tanto a la reacción como al crimen organizado. Lejos de ser vanguardia revolucionaria, el lumpen es, en palabras del propio Marx, “la hez de todas las clases”. Hoy, sectores de la izquierda infantil han invertido completamente esa valoración: lo que era un problema estructural se ha convertido en objeto de fetichismo.
Las organizaciones serias, aquellas que entienden el sentido de la transformación social, saben que la violencia solo tiene sentido cuando está subordinada a un objetivo político claro y cuenta con dirección estratégica. La quema de coches en París tras una final de fútbol no tiene nada de eso. Es violencia lúdica, nihilista, contraproducente. Lejos de acercar a la clase trabajadora a sus intereses, la aleja: el trabajador que ve su coche destruido o su barrio convertido en zona de guerra no siente solidaridad con los incendiarios, sino rechazo y miedo.
Sin embargo, para la izquierda ACAB esta distinción es “burguesa”. Condenar los disturbios sería “estigmatizar a los jóvenes de los barrios”. Mejor guardar silencio o soltar la consabida frase: “la violencia viene del Estado”.
Esta actitud no solo es moralmente repugnante. Es políticamente suicida. Al legitimar al lumpen como sujeto revolucionario, esta izquierda abandona a la clase trabajadora real —esa que se levanta a las seis de la mañana, paga impuestos y quiere seguridad en sus barrios— para abrazar a los parásitos sociales que viven al margen de cualquier contribución productiva. El resultado es previsible: pérdida de apoyo popular y fortalecimiento de la derecha que sí habla claro sobre orden y seguridad.
La izquierda que debe construirse —si es que aún aspira a ser alternativa de poder— tiene que romper radicalmente con esta fascinación infantil por la destrucción gratuita. La violencia lumpen no es emancipadora. Es regresiva. Los intereses de la clase trabajadora pasan por educación, empleo digno, vivienda asequible, sanidad pública fuerte y seguridad en los barrios, no por ver arder contenedores cada vez que hay un evento deportivo.
Aquellos que justifican o callan ante estos episodios no son aliados de los trabajadores. Son cómplices de la degradación social. Y como tal, merecen ser repudiados con contundencia.
La verdadera transformación social no nacerá de jóvenes quemando coches sin motivo. Nacerá de trabajadores organizados, con conciencia y con proyecto. El resto es espectáculo y folklore lumpen.