Robert Steuckers
Análisis: Ronald RADOSH, Prophets on the Right. Profiles of Conservative Critics of American Globalism, Free Life Editions, Nueva York, 1975 (ISBN: 0-914156-22-5).
La historia de la oposición estadounidense a la Segunda Guerra Mundial es muy interesante. Nos introduce a las ideas de los aislacionistas y neutralistas de Estados Unidos, los únicos aliados objetivos y fieles que podemos tener al otro lado del Atlántico, aparte, por supuesto, de los patriotas de la América hispana.
Abordar este tema implica formular algunas observaciones preliminares:
La historia contemporánea se evalúa desde el punto de vista de una propaganda. ¿Cuál? La que fue orquestada por los belicistas estadounidenses, agrupados en torno al presidente Roosevelt. La tarea de la historia es, por lo tanto, descubrir la realidad más allá de la cortina de humo propagandística.
La historia contemporánea está determinada por la perspectiva rooseveltiana, según la cual:
- Estados Unidos es la vanguardia, la tierra elegida de la libertad y la democracia;
- Estados Unidos debe actuar de manera que el mundo se alinee con ellos.
A través de su ideología mesiánica, intervencionista y globalista, Estados Unidos se erige como el brazo armado de Yahvé, llamado a unir al mundo bajo la autoridad de Dios. Su presidente es el vicario de Yahvé en la Tierra (y ya no el Papa de Roma).
Sin embargo, para imponerse, esta ideología mesiánica, intervencionista y globalista ha tenido enemigos internos, adversarios aislacionistas, neutralistas y diferencialistas. De hecho, en las décadas de 1930, 1940 y 1950, dos bandos se enfrentaban en Estados Unidos. En lenguaje actual, se podría decir que los partidarios de la «aldea universal» se enfrentaban a los partidarios del «autocentrismo».
¿Quiénes fueron los adversarios del globalismo de Roosevelt, además del más famoso de ellos, el piloto Lindbergh, vencedor del Atlántico? Analizaremos a cinco de ellos:
- Oswald Garrison VILLARD, editor del periódico Nation, de tendencia de izquierda, liberal y pacifista.
- John T. FLYNN, economista y columnista de New Republic, también de tendencia de izquierda.
- El senador Robert A. TAFT, de Ohio, líder del Partido Republicano, apodado «Mr. Republican».
- Charles A. BEARD, historiador progresista.
- Lawrence DENNIS, intelectual tildado de «fascista», exdiplomático en América Latina, especialmente en Nicaragua y Perú.
Todos estos hombres tenían una trayectoria y un pasado muy diferentes. Entre los años 1938 y 1941 todos eran aislacionistas. Entre los años 1943 y 1950, se los consideraba «conservadores» (es decir, adversarios de Roosevelt y de la alianza con la URSS); de 1948 a 1953, rechazaron la lógica de la Guerra Fría (defendida por la izquierda socialdemócrata después de la guerra).
¿Por qué esta evolución, que hoy en día ya casi no se comprende?
En primer lugar, porque la izquierda está a favor del «globalismo»; a sus ojos, los aislacionistas son retrógrados y los intervencionistas son internacionalistas y «progresistas».
A raíz de la Guerra de Vietnam (otra guerra intervencionista), la izquierda cambió de punto de vista.
De hecho, el intervencionismo es sinónimo de imperialismo (lo cual es moralmente condenable para la izquierda hostil a la Guerra de Vietnam). El aislacionismo forma parte del no imperialismo estadounidense, del anticolonialismo oficial de EE. UU., lo cual, en el contexto de la Guerra de Vietnam, es moralmente aceptable. De ahí que la izquierda militante deba retomar un pensamiento antiimperialista. La moral está del lado de los aislacionistas, aunque alguien como Flynn, por ejemplo, se haya vuelto macartista y Dennis haya defendido el fascismo. Analicemos las ideas y los argumentos de cada uno de estos cinco aislacionistas.
Charles A. BEARD
Charles A. Beard es un historiador que ha escrito 33 libros y 14 ensayos importantes. Su tesis central es la del «determinismo económico»; esto demuestra que es un hombre de izquierda en la tradición británica de Mill, Bentham y el marxismo moderado. Para Beard, la estructura política y jurídica se deriva de la estrategia económica. La creciente complejidad de la economía implica una creciente complejidad del juego político debido a la multiplicación de los actores. La Constitución y el aparato legal son, por lo tanto, el reflejo de los deseos de las clases dominantes. La creciente complejidad postula, a su vez, la introducción del sufragio universal, para que la complejidad real de la sociedad pueda reflejarse correctamente en la representación.
Beard se sentirá repugnado por la guerra de 1914-18:
Los resultados de esta guerra son contrarios al idealismo wilsoniano, que había impulsado a Estados Unidos a intervenir. Después de 1918, hay más totalitarismo y autoritarismo en el mundo que antes. La Primera Guerra Mundial culmina con un retroceso de la democracia.
Fueron las inversiones en el extranjero (principalmente en Francia y en Gran Bretaña) las que impulsaron a Estados Unidos a intervenir (para salvar a sus clientes de la derrota).
De ahí que el verdadero remedio sea la autarquía continental (continentalismo).
A las inversiones en el extranjero, dice Beard, hay que oponer inversiones internas. Se necesita una planificación nacional. Hay que construir una buena infraestructura vial en Estados Unidos; hay que aumentar los presupuestos para las escuelas y las universidades. Para Beard, el planismo se opone al militarismo. El militarismo es un mesianismo, impulsado esencialmente por la Liga Naval, que en su momento contó con el respaldo del almirante Mahan, teórico de la talasocracia. Para Beard, el Ejército de los Estados Unidos debe ser únicamente un instrumento defensivo.
Beard es, por lo tanto, un economista y un teórico político que anticipa el New Deal de Roosevelt. Por lo tanto, en un primer momento se muestra a favor del presidente estadounidense, ya que este lanzó un gigantesco plan de obras de interés público. El New Deal, a los ojos de Beard, es una reestructuración completa de la economía nacional estadounidense. Beard razona como los continentalistas y los autarquistas europeos y japoneses (en particular Tojo, quien muy pronto habla de una «esfera de coprosperidad de Asia Oriental»). En Alemania, esta reestructuración autárquica promovida por el primer Roosevelt despierta entusiasmo y da argumentos a los partidarios de un nuevo diálogo germano-estadounidense después de 1933.
El programa «Big Navy»
Pero Roosevelt no podrá aplicar su programa, ya que se encontrará con la oposición de los círculos bancarios (que obtienen mayores dividendos de las inversiones en el extranjero), del complejo militar-industrial (surgido durante la Primera Guerra Mundial) y de la Liga Naval. Para Beard, el programa «Big Navy» traiciona la autarquía prometida por el New Deal.
El programa «Big Navy» provocará una repetición de la historia. Roosevelt prepara la guerra y la militarización de Estados Unidos, explica Beard. En 1934 estalla el escándalo Nye. Una investigación llevada a cabo por el senador Gerald Nye demuestra que el presidente Wilson, el secretario de Estado Lansing y el secretario del Tesoro Gibbs McAdoo, el coronel House y los círculos bancarios (en particular J.P. Morgan & Co) impulsaron deliberadamente la guerra para evitar una crisis, una depresión. Resultado: esa depresión solo se pospuso diez años (1929). Por lo tanto, la política razonable sería decretar un embargo general ante cada guerra para que Estados Unidos no se vea arrastrado al lado de ninguna de las partes beligerantes.
En 1937, Roosevelt pronuncia su famoso «Discurso de la Cuarentena», en el que anuncia que Washington pondrá a los «agresores» en cuarentena. Al aplicar de manera preventiva esta medida de represalia únicamente a los agresores, Roosevelt toma una decisión y abandona el terreno de la neutralidad, señala Beard. En 1941, cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor, la mañana del 7 de diciembre de 1941, Beard reveló en la prensa que Roosevelt había obligado deliberadamente a Japón a cometer ese irreparable acto de guerra. De 1941 a 1945 Beard admitirá la naturaleza «expansionista» de Alemania, Italia y Japón, pero no dejará de instar a Estados Unidos a no seguir ese ejemplo, porque Estados Unidos es «autosuficiente» y la agresividad de esos Estados no está dirigida directamente contra ellos. Luego, en una segunda serie de argumentos, la guerra desintegra las instituciones democráticas estadounidenses. Se pasa de una democracia a un cesarismo con fachada democrática.
Beard acusa al gobierno estadounidense de Roosevelt de buscar entrar en guerra a toda costa contra Japón y Alemania. Su acusación se centra, en particular, en cuatro hechos importantes:
Denuncia el intercambio de destructores de fabricación estadounidense a cambio de bases militares y navales británicas en el Caribe y en Terranova (Newfoundland).
Denuncia la «Conferencia del Atlántico», celebrada entre el 9 y el 12 de agosto de 1941 entre Churchill y Roosevelt. Esta conferencia desembocó en un acto de guerra en detrimento del Portugal neutral: la ocupación de las Azores por parte de los estadounidenses y los británicos.
Denuncia el incidente de septiembre de 1941, en el que buques alemanes respondieron al fuego del USS Greer. Beard sostiene que Roosevelt exageró el incidente y basa su argumento en el informe del almirante Stark, que demuestra la intervención del buque al lado de los ingleses.
En octubre de 1941, un incidente similar enfrenta a buques de la Kriegsmarine con el USS Kearny. Roosevelt exagera el suceso con el apoyo de los medios de comunicación. Beard replica basándose en el informe del secretario de la Marina Knox, que revela que el buque estadounidense participó activamente en los combates entre buques ingleses y alemanes.
Una estrategia de provocación
Beard concluye que la estrategia de Roosevelt busca provocar deliberadamente un incidente, un casus belli. Esta actitud demuestra que el presidente no respeta las instituciones estadounidenses y no sigue la vía jerárquica normal, que pasa por el Congreso. La democracia estadounidense ya no es más que una fachada: el Estado de EE. UU. se ha vuelto cesarista y ya no respeta al Congreso, órgano legítimo de la nación.
Es interesante señalar que la izquierda estadounidense recuperará a Beard en contra de Johnson durante la guerra de Vietnam. De Roosevelt a Johnson, la izquierda estadounidense cambió por completo, modificando de arriba abajo su argumentación; apoyaba a Roosevelt porque era el impulsor del New Deal, con todas sus facetas sociales e intervencionistas y porque fue el líder de la gran guerra «antifascista». Deja de apoyar la opción presidencialista frente al demócrata Johnson y vuelve a inclinarse a favor del Congreso, porque se opone a la guerra de Vietnam y al dominio de los lobbies militar-industriales. De hecho, la izquierda estadounidense reconocía en 1960 que había sido autoritaria, escudo de la autocracia rooseveltiana y antiparlamentaria (¡mientras reprochaba a los fascistas serlo!). Peor aún, ¡la izquierda reconocía que había sido «fascista» en nombre del «antifascismo»!
Así pues, en una primera etapa, la izquierda estadounidense había sido intervencionista. En una segunda, se volvió aislacionista. Esta contradicción se exportó (muy) parcialmente a Europa. Esta transformación, típicamente estadounidense, constituye la particularidad del panorama político al otro lado del Atlántico.
Poner a Japón entre la espada y la pared…
También son interesantes de estudiar las posiciones de Beard sobre la guerra de Estados Unidos contra Japón. Beard comienza por señalar que Japón quería una «esfera de coprosperidad del este asiático», que incluyera a China y extendiera la influencia japonesa profundamente en el territorio del antiguo Imperio Celestial. Por esta razón, creyendo que así contrarrestaría la expansión japonesa, Roosevelt organizó el embargo contra Japón, con el objetivo de asfixiarlo. Al aplicar dicha política, el presidente estadounidense puso a Japón entre la espada y la pared: o perecer lentamente o arriesgarlo todo. Japón, en Pearl Harbor, eligió la segunda opción. Lo que está en juego en la guerra entre Estados Unidos y Japón es, por lo tanto, el mercado chino, al que Estados Unidos siempre ha querido tener acceso directo. Estados Unidos busca una política de «puertas abiertas» en toda Asia, tal como había buscado una política idéntica en la Alemania de la República de Weimar. En la polémica que lo enfrenta a Roosevelt, Beard se alinea con Hoover, cuya crítica tiene peso. Beard y Hoover consideran que la actuación de Japón en China no vulnera en absoluto la soberanía nacional estadounidense, ni perjudica los intereses de Estados Unidos. Estos no tienen por qué preocuparse: los japoneses nunca lograrán «japonizar» a China.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Beard no dejará de oponerse a las manifestaciones de belicismo de su país. Critica la política de Truman. Rechaza la bipolarización, tal como se arraiga en las máquinas propagandísticas. Critica la intervención estadounidense y británica en Grecia y Turquía. Critica la búsqueda de incidentes en el Mediterráneo. Rechaza el espíritu de «cruzada», incluso cuando se dirige contra el mundo comunista.
En conclusión, Beard se mantuvo durante toda su vida política como partidario de la autarquía continental estadounidense y como un decidido adversario del mesianismo ideológico. Beard no era ni antifascista ni anticomunista: era un autarquista estadounidense. El antifascismo y el anticomunismo son ideas internacionalistas, por lo tanto, abstractas e irreales.
Oswald Garrison VILLARD
Nacido en 1872, Oswald Garrison Villard es un periodista neoyorquino muy famoso, que ofrece su prosa precisa y clara a dos periódicos, el Post y el Nation, propiedad de su padre. El trasfondo ideológico de Villard es el pacifismo. Se convierte en miembro de la Liga Anti-imperialista ya en 1897. En 1898 se opone a la guerra contra España (en la que esta pierde Cuba y Filipinas). Considera que la guerra es incompatible con el ideal liberal de izquierda. En 1914 es uno de los principales defensores de la neutralidad. De 1915 a 1918 expresó su decepción con respecto a Wilson. En 1919 se rebeló contra las cláusulas del Tratado de Versalles: la paz es injusta y, por lo tanto, frágil, ya que sanciona el derecho del más fuerte, repetía sin cesar en sus columnas. Se opone a la intervención estadounidense contra la Rusia soviética, en el momento en que Washington desembarca tropas en Arkhangelsk. De 1919 a 1920 celebra la destitución de Wilson y la no adhesión de Estados Unidos a la Sociedad de Naciones. Apoya el neoaislacionismo.
Entre 1920 y 1930 Villard modificó su filosofía económica. Se inclinó hacia el intervencionismo. En 1924 apoyó las iniciativas del populista La Follette, quien quería que se incluyera en la Constitución estadounidense la obligación de celebrar un referéndum antes de cualquier guerra o incluso antes de cualquier operación militar en el extranjero. Villard también anhelaba la creación de un «Tercer Partido», sin la etiqueta socialista, pero cuyo objetivo fuera unir a todos los progresistas.
En 1932 Franklin Delano Roosevelt llegó al poder. Villard acogió con beneplácito este ascenso a la presidencia, al igual que Beard. Y, al igual que Beard, más tarde rompería con Roosevelt al rechazar su política exterior. Para Villard, la neutralidad es un principio fundamental. Debe ser una obligación (neutralidad obligatoria). Durante la Guerra Civil Española, la izquierda (incluido su periódico Nation, donde él se convierte en una excepción) apoya a los republicanos españoles (al igual que Vandervelde en el POB). Él, imperturbable, aboga por una neutralidad absoluta (al igual que Spaak y De Man en el POB). La izquierda y Roosevelt quieren decretar un embargo contra los «agresores». Villard, al igual que Beard, rechaza esta postura que impide toda neutralidad absoluta.
Más poder para el Congreso
Las posturas de Villard permiten analizar las divergencias dentro de la izquierda estadounidense. De hecho, en la década de 1930, el New Deal resulta ser un fracaso. ¿Por qué? Porque Roosevelt debe enfrentar la oposición de la «Corte Suprema» (CS), que es conservadora. Villard, por su parte, quiere darle más poder al Congreso. ¿Cómo reacciona Roosevelt? Aumenta el número de jueces en la CS e introduce así a sus propios candidatos. La izquierda aplaude, creyendo así poder cumplir las promesas del New Deal. Villard rechaza este recurso porque conduce al cesarismo. La izquierda le reprocha a Villard aliarse con los conservadores de la CS, lo cual es falso, ya que Villard había sugerido aumentar las prerrogativas del Congreso.
En esta polémica, la izquierda se revela «cesarista» y hostil al Congreso. Villard se mantiene fiel a una izquierda democrática y parlamentaria, pacifista y autárquica. Villard no «traiciona». Esta división conduce a una ruptura entre Villard y la redacción de Nation, ahora dirigida por Freda Kirchwey. En 1940 Villard abandona el Nation tras 46 años y medio de buenos y leales servicios, acusando a Kirchwey de «prostituir» el periódico. Esta «prostitución» consiste en rechazar el principio autárquico y adherirse al universalismo (mesianico). Villard contraataca entonces:
Recordará que es un abogado del Congreso, por lo que es demócrata y no filofascista.
También recordará que se opuso a los conservadores de la CS.
Afirmará que fue el amateurismo de Roosevelt lo que llevó al fracaso al New Deal.
Demuestra que, al apoyar a Roosevelt, la izquierda se vuelve «fascista» porque contribuye a amordazar al Congreso.
Ni Japón ni Alemania le guardan rencor a Estados Unidos, escribe, por lo que no hay necesidad de hacerles la guerra. El objetivo razonable a perseguir, repite, es yuxtaponer en el planeta tres bloques modernos, autárquicos y herméticos: Asia bajo el liderazgo de Japón, Europa y América. Se une al Comité «America First», que afirma que si Estados Unidos interviene en Asia y en Europa, el caos se extenderá por todo el mundo y los problemas sin resolver se acumularán.
Villard no perdonará la política de Truman y la acribillará con sus críticas. En sus editoriales, describe a Truman como un «político de pueblo incompetente», ensalzado por Roosevelt y su «pandilla». Villard criticará el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Se opondrá al Tribunal de Núremberg, a los estadounidenses que buscan favorecer el control de Francia sobre el Sarre y a todos aquellos que quieren dividir a Alemania. Villard se convertirá luego en un opositor de la Guerra Fría, se rebelará contra la división de Corea y contra la creación de la OTAN.
Robert A. TAFT
El padre de Robert A. Taft fue, durante un tiempo, presidente de la CS. Su entorno familiar era el de los republicanos de vieja tradición. Robert A. Taft inició su carrera política siguiendo los pasos de Herbert Hoover y colaboró en su «Programa de Alimentos». En 1918 fue elegido representante por Ohio. En 1938 se convirtió en senador por ese Estado. A partir de ese año, se comprometió de lleno en la lucha por la «no intervención». Toda política, según él, debe ser defensiva. Criticaba duramente las posturas «idealistas» (es decir, poco realistas) de los demócratas mesiánicos. «Hay que defender lo concreto y no las abstracciones», ese es su lema. La guerra, dice, llevaría a silenciar al Congreso, a hacer retroceder a los gobiernos locales y a fortalecer al gobierno central. Aunque Alemania gane, argumenta, no atacará a Estados Unidos y una eventual victoria del Reich no detendría los flujos comerciales. De ahí, afirma Taft, que hay que reforzar a toda costa la «Ley de Neutralidad», impedir que los buques estadounidenses entren en las zonas de combate, evitar incidentes y decretar un embargo general, pero que permita, no obstante, el sistema de venta «cash-and-carry» («pagar y llevarse»), aplicable a todos los beligerantes sin restricciones. Taft es realista: hay que vender todos los productos sin excepción. Nye, senador de Dakota del Norte, y Wheeler, senador de Montana, quieren un embargo sobre las municiones, las armas y el algodón.
«Lend-Lease» y «cash-and-carry»
Taft no será candidato republicano en las elecciones presidenciales porque el Este vota en su contra; solo cuenta con el apoyo del Oeste, hostil a la guerra en Europa. Se opondrá a la práctica comercial del «Lend-Lease», ya que esto implica enviar convoyes por el Atlántico y provoca inevitablemente incidentes. En julio de 1941, la necesidad de proteger los convoyes conduce a la ocupación de Islandia. Taft formula una contrapropuesta: hay que sustituir el «Lend-Lease» por el «cash-and-carry», lo cual no impide en absoluto fabricar aviones para Gran Bretaña. En junio de 1941 la izquierda se adhiere a una especie de frente internacional antifascista, a instancias de los comunistas (tanto los visibles como los encubiertos). Taft mantiene su voluntad de neutralidad y constata que la mayoría se opone a la guerra. Solo una minoría de financieros está a favor del conflicto. Taft insiste entonces en su idea central: el pueblo trabajador del Oeste está siendo manipulado por la oligarquía financiera del Este.
Dentro del Partido Republicano, Taft también lucha contra la facción intervencionista. Su principal adversario es Schlesinger, quien afirma que los aislacionistas están provocando un cisma dentro del partido, lo que podría llevar a su desaparición o a su exclusión del poder durante mucho tiempo. ¿Qué sucedió en esta lucha? Los intervencionistas republicanos, alineados detrás de Wendell Willkie, buscarán una alianza con la derecha demócrata de Roosevelt para impedir que los republicanos regresen al poder. De 1932 a 1948 los republicanos quedarán marginados. Una configuración similar ya había marcado la historia estadounidense: el cisma de los whigs en 1858 sobre la cuestión de la esclavitud (que posteriormente desembocó en la Guerra de Secesión).
Para Schlesinger los capitalistas, los conservadores y la CS son hostiles a Roosevelt y al New Deal, que consideran una forma de socialismo. Taft replica que los plutócratas y los financieros se han aliado con los revolucionarios, hostiles a la CS, ya que este es un principio estatal eterno, al servicio de la causa del pueblo, la de la mayoría generalmente silenciosa. Los plutócratas apoyan el belicismo de Roosevelt porque esperan conquistar mercados en Europa, Asia y América Latina. Esa es la razón de su belicismo.
Tanto Schlesinger como Taft atribuyen la responsabilidad a los capitalistas o a los financieros (los «plutócratas», como se les llamaba en esa época). La diferencia es que Schlesinger denuncia como capitalismo al capital productivo arraigado (inversiones), mientras que Taft denuncia al capital financiero y errante (no inversión).
En contra de la idea de una «cruzada»
Cuando los japoneses bombardearon Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 y destruyeron los buques de guerra que allí se encontraban, la prensa, al unísono, se burló de Taft y de sus principios neutralistas. La estrategia japonesa consistió en atacar el puerto hawaiano, donde solo había buques viejos, para impedir que la flota prestara auxilio a Filipinas —que los japoneses se disponían a invadir— antes de dirigirse hacia los yacimientos de petróleo y caucho de Indonesia. Taft replica que se debería haber negociado y acusa a Roosevelt de negligencia tanto en las islas de Hawái como en Filipinas. No deja de criticar la idea de la cruzada. ¿Por qué Estados Unidos sería el único en poder iniciar cruzadas? ¿Por qué no Stalin? ¿O Hitler? La idea y la práctica de la «cruzada» conducen a la guerra perpetua y, por lo tanto, al caos. Taft denuncia luego como una aberración la alianza entre Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS (tan apreciada por Walter Lippmann). A esta alianza hay que sustituirla por planes regionales, agrupando en torno a potencias hegemónicas a los pequeños Estados demasiado débiles para sobrevivir armoniosamente en un mundo en plena transformación a gran escala.
Taft se opondrá a Bretton Woods (1944), a las inversiones masivas en el extranjero y a la creación del FMI. Manifestará su escepticismo respecto a la ONU (Dumbarton Oaks, 1944). Se muestra a favor de ella con la condición de que esta instancia se convierta en un tribunal de arbitraje, pero rechaza cualquier refuerzo de la ideología utópica. Después de la guerra, Taft se opondrá a la Doctrina Truman, a la creación de la OTAN, al Plan Marshall y a la Guerra de Corea. En 1946 Churchill pronuncia su famosa frase («Hemos matado al cerdo malo», siendo este Hitler, mientras que el «cerdo bueno» implícito y que hay que matar es Stalin) y lamenta que haya caído un «telón de acero» desde Stettin hasta el Adriático, sumiendo a Europa Central y Oriental en «regímenes policiales». Taft, un conservador «viejo republicano», admite los argumentos anticomunistas, pero sostiene que esa hostilidad, legítima en el plano de los principios, no debe conducir a la guerra en la práctica.
Taft se opone a la OTAN porque es una estructura intervencionista, contraria a los intereses del pueblo estadounidense y a los principios de arbitraje que deberían regir en la ONU. Además, será un pozo sin fondo de dinero. En cuanto a la URSS, modifica un poco su opinión tan pronto como Moscú se dota de la bomba atómica. Sin embargo, apoya a Joe Kennedy (padre de John, Robert/Bob y Ted) cuando este exige la retirada de las tropas estadounidenses de Corea, Berlín y Europa. A Taft se le acusa de inmediato de «hacerle el juego a Moscú», pero sigue siendo anticomunista. En realidad, se mantiene fiel a sus posiciones iniciales: es un aislacionista estadounidense, constata que el Nuevo Mundo está separado del Viejo y que esta separación es un hecho natural que hay que tomar en cuenta.
John T. FLYNN
A John T. Flynn se le puede describir como un «New Dealer» decepcionado. Beard y Villard también habían expresado su decepción ante el fracaso de la reestructuración de la economía norteamericana llevada a cabo por Roosevelt. Flynn denuncia desde muy temprano la estrategia del presidente de crearse «enemigos míticos» para desviar la atención de los fracasos del New Deal. Critica el cambio de rumbo de los comunistas estadounidenses, que se vuelven belicistas a partir de 1941. Los comunistas, dice, traicionan sus ideales y utilizan a Estados Unidos para impulsar la política soviética.
Flynn se vio, a su pesar, cercano a los círculos fascistas (y folclóricos) estadounidenses (Christian Front, German-American Bund, el American Destiny Party de Joseph McWilliams, un antisemita). Pero le interesaba el éxito de Lindbergh y de su America First Committee. Después de la guerra, criticará las posturas de la Sociedad Fabiana (a la que califica de «socialismo fascistizante») y abogará por un gobierno popular, lo que lo lleva a seguir la estela de McCarthy. Desde esta perspectiva, suele equiparar «comunismo = administración», argumentando que la organización de la administración en Estados Unidos fue introducida por Roosevelt y perfeccionada por Truman. Sin embargo, a pesar de esta cercanía con el anticomunismo más radical, Flynn se mantuvo hostil a la guerra de Corea y a cualquier intervención en Indochina contra los comunistas locales.
Lawrence DENNIS
Nacido en 1893 en Atlanta, Georgia, Lawrence Dennis estudió en la Philips Exeter Academy y en Harvard. Sirvió a su país en Francia en 1918, donde alcanzó el grado de teniente. Tras la guerra, inició una carrera diplomática que lo llevó a Rumania, Honduras, Nicaragua (donde fue testigo de la rebelión de Sandino) y Perú (en el momento en que surgía el indigenismo peruano). Entre 1930 y 1940 desempeñó un papel intelectual de gran importancia. En 1932 se publica su libro Is Capitalism Doomed? Se trata de un alegato a favor del planismo, en contra de la expansión desmesurada del crédito, de la exportación de capitales y de la falta de inversión —que prefiere prestar el dinero en lugar de invertirlo localmente y, por lo tanto, genera desempleo—. El programa de Dennis consiste en forjar un sistema tributario coherente, aplicar una política de inversiones generadoras de empleo y desarrollar la autarquía estadounidense. En 1936 otra obra suscita el debate: The Coming American Fascism. Este libro constata el fracaso del New Deal, debido a una planificación deficiente. También señala el éxito de los fascismos italiano y alemán que, según Dennis, sacan las conclusiones correctas de las teorías de Keynes. El fascismo se opone al comunismo porque no es igualitario y el no igualitarismo favorece a los buenos técnicos y a los buenos administradores (los «directores», dirá Burnham).
Existe una diferencia entre el «fascismo» (planificador) tal como lo define Dennis y el «fascismo» rooseveltiano que denuncian Beard, Villard, Flynn, etc. Este cesarismo/fascismo rooseveltiano se despliega en nombre del antifascismo y ataca a los fascismos europeos.
En 1940 una tercera obra de Dennis acapara los titulares: The Dynamics of War and Revolution. En esta obra, Dennis predice la guerra, que será una «guerra reaccionaria». Dennis retoma la distinción de Corradini, Sombart, Haushofer y Niekisch entre «naciones proletarias» y «naciones capitalistas» (ricos/pobres). La guerra, escribe Dennis, es la reacción de las naciones capitalistas. Estados Unidos y Gran Bretaña, naciones capitalistas, se opondrán a Alemania, Italia y la URSS, naciones proletarias (el Pacto germano-soviético aún está vigente y Dennis aún no sabe que se disolverá en junio de 1941). Pero The Dynamics of War and Revolution constituye, sobre todo, una autopsia del mundo capitalista estadounidense y occidental. La lógica capitalista, explica Dennis, es expansiva, busca extenderse y, si no tiene o ya no tiene la posibilidad de extenderse, se marchita y muere. De ahí que el capitalismo busque constantemente nuevos mercados, pero esta búsqueda no puede ser eterna, ya que la Tierra no es infinitamente extensible. El capitalismo solo es posible cuando hay expansión territorial. De ahí surge la lógica de la «frontera». El territorio se amplía y la población crece. Las curvas de ganancias pueden aumentar, dada la necesidad de invertir para ocupar o colonizar esos territorios, equiparlos, dotarlos de infraestructura, y la necesidad de alimentar a una población en fase de explosión demográfica. Históricamente hablando, esta expansión tuvo lugar entre 1600 y 1900: los pueblos blancos de Europa y América tenían una frontera, una meta que alcanzar, territorios que desbrozar y organizar. En 1600 Europa se adentra en el Nuevo Mundo; de 1800 a 1900 Estados Unidos conquista su Oeste; Europa se expande por África.
La era capitalista ha terminado
Conclusión de Dennis: la era capitalista ha terminado. Ya no habrá guerras fáciles, ni más impulsos económicos mediante expediciones coloniales con escasos recursos, de bajo costo en materia de inversiones, pero que reportan enormes dividendos. Esta imposibilidad de nuevas expansiones territoriales explica el estancamiento y la depresión. Por lo tanto, los gobernantes tienen cuatro opciones:
- Aceptar pasivamente el estancamiento;
- Optar por el modelo comunista, es decir, por la dictadura de los intelectuales burgueses que ya no pudieron acceder al capitalismo;
- Crear un régimen directivo, corporativista y colectivista, sin suprimir la iniciativa privada y en el que la función de control político-estatal consista en dar directrices eficaces;
- Librar una guerra a gran escala, a modo de paliativo.
Dennis está a favor de la tercera solución y teme la cuarta (por la que opta Roosevelt). Dennis se opone a la Segunda Guerra Mundial, tanto en el Pacífico como en el teatro de operaciones europeo. Más tarde, se opondrá a las guerras de Corea y de Vietnam, medidas de estímulo económico similares, destinadas a destruir bienes para poder reconstruirlos o para acumular dividendos, con los que se especulará y que no se invertirán. Por haber adoptado tales posturas, Dennis será vilipendiado de manera mezquina por la prensa del sistema entre 1945 y 1955, pero continúa imperturbable perfeccionando sus tesis. Comienza por refutar la idea del «pecado» en la práctica política internacional: para Dennis no existe un «pecado fascista» ni un «pecado comunista». La obsesión estadounidense por aplicar políticas de «puertas abiertas» (open doors policy) es un eufemismo para referirse al imperialismo más implacable. La Guerra Fría implica riesgos enormes para el mundo entero. La guerra de Vietnam, su estancamiento y su fracaso, demuestran la inutilidad de la cuarta solución. Con este análisis, Dennis tiene un impacto indiscutible en el pensamiento contestatario de izquierda y en la izquierda populista, a pesar de su etiqueta de «fascista».
En 1969, en Operational Thinking for Survival, Dennis ofrece a sus lectores su obra definitiva. Consiste en una crítica radical del American Way of Life.
Conclusión
Hemos mencionado a cinco figuras de la oposición estadounidense a Roosevelt. Sus argumentos son similares, a pesar de sus diversos orígenes ideológicos y políticos. Podríamos haber comparado sus posiciones con las de disidentes estadounidenses más conocidos en Europa, como Lindbergh o Ezra Pound, o menos conocidos, como Hamilton Fish. También podríamos haber analizado los trabajos de Hoggan, un historiador contemporáneo inconformista, que destaca las responsabilidades británicas y estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial y expone minuciosamente las posiciones de Robert LaFollette. Por último, podríamos haber analizado con mayor profundidad la trayectoria política de este político populista de la década de 1920, líder de los «progresistas». Lo que todos ellos tenían en común: la voluntad de mantener una línea aislacionista, de no intervenir fuera del Nuevo Mundo y de maximizar el desarrollo del territorio de Estados Unidos. El 80 % de la población los siguió. Los intelectuales estaban divididos.
La trayectoria de estos hombres nos muestra el poder de la manipulación mediática, capaz de cambiar rápidamente la opinión del 80 % de la población estadounidense y arrastrarla a una guerra que no les concernía en absoluto. También demuestra el impacto de los principios autárquicos, que deberían conducir a una yuxtaposición pacífica de grandes espacios autónomos y autosuficientes. En Europa, este tipo de debate se ignora deliberadamente a pesar de su amplitud y profundidad; la aventura intelectual y política de estos estadounidenses inconformistas es hoy desconocida y sigue sin explorarse.
Un estudio de esta problemática descarta cualquier enfoque maniqueo. Se observa que en la izquierda estadounidense (al igual que en cierta derecha, la de Taft, por ejemplo), la hostilidad hacia la guerra contra Hitler y Japón implica, mediante una lógica implacable y constante, la hostilidad posterior hacia la guerra contra Stalin, la URSS, Corea del Norte o el Vietnam de Ho Chi Minh. En el ámbito lingüístico francófono, parece que los movimientos no conformistas (tanto de derecha como de izquierda) nunca han tomado en cuenta la oposición interna a Roosevelt, cuya lógica es de una claridad y una transparencia admirables. Qué lamentable miopía política…
(Conferencia pronunciada en Ixelles en la Tribuna de la EROE en 1986, bajo el patrocinio de Jean E. van der Taelen; texto inédito hasta la fecha).