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Yemen, otoño de 2026: la guerra por el Bab el-Mandeb

Yemen, otoño de 2026: la guerra por el Bab el-Mandeb
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domingo 25 de octubre de 2026, 22:00h
Guillermo Caviasca*
¿Los yemeníes conducidos por el movimiento Ansarolá avanzarán hacia su consolidación y el control del conjunto del territorio, o se enquistará una guerra a causa de la intervención externa?
Introducción
Del 3 al 18 de setiembre las fuerzas huties lanzaron una ofensiva “relámpago” que hizo colapsar las defensas de la coalición del gobierno oficialmente reconocido y respaldado por los saudíes. En esa ofensiva controlaron toda la costa del estrecho de Bab en Mandeb y el estratégico puerto de Mokha como las islas en el estrecho. La primera semana de octubre las fuerzas pro saudíes anunciaron una contraofensiva que debía ser definitiva: “Amanecer de Yemen”. El lunes 5 la coalición anunció que había recuperado Mokha y el control del estrecho de Bab el-Mandeb, y ese mismo día Arabia Saudí, Pakistán y Turquía activaron por primera vez el Pacto de La Meca.
Sin embargo, dos días después, la costa sigue sin dueño claro Mokha es escena de disputas tanto discursivas como militares, los misiles hutíes cruzan otra el cielo de Riad y ninguna fuente hasta el 7 de octubre ha confirmado que la ciudad portuaria haya cambiado de manos. Una guerra que parecía congelada desde 2022 volvió a abrirse, se cruzó con la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y puso a Riad frente a una vulnerabilidad estratégica que ni sus compras de armas ni sus alianzas pueden resolver. Este artículo veremos cómo se movieron los frentes, con qué fuerzas y tácticas se combate, hasta dónde llega el Pacto de La Meca, qué rodea al conflicto en el tablero regional y mundial, y cómo la guerra se libra también en la información y, por primera vez de forma documentada, con inteligencia artificial.
Descifrando la guerra
La tregua en la guerra civil iniciada en fines del 2014 fue acordada por la ONU de abril de 2022, venció en octubre de ese año sin renovación, pero de hecho la tensa calma continuó solo con combates esporádicos y negociaciones en el marco del conflicto regional entre Israel/EEUU e Irán. En ese merco se desarrolló la campaña hutí contra el tráfico del Mar Rojo para “sancionar” a Israel por sus acciones contra los palestinos. El hecho que se da por inaugural en occidente es el abordaje del Galaxy Leader en noviembre de 2023, y con la operación de represalia estadounidense Rough Rider entre marzo y mayo de 2025. Los hutíes declararon una pausa en noviembre de 2025. Paralelamente la coalición anti hutí se rompió. El Consejo de Transición del Sur (pro emiratí) lanzó una ofensiva en diciembre, en respuesta Riad bombardeó Mukalla, el gobierno prosaudí recuperó Seiyun, Mukalla y Adén entre el 3 y el 7 de enero, y el 9 se anunció la disolución del Consejo (y la retirada emiratí de sus posiciones), aunque decenas de miles de sus combatientes seguían en armas. Riad pensó que había ordenado su retaguardia y eliminado a sus competidores emiratíes.
La guerra contra Irán, desde el 28 de febrero, sumó a los hutíes a fines de marzo de con la amenaza al estrecho y el suministro mundial de petróleo. La cuestión se agudizó en julio: tras un ataque a la pista del aeropuerto de Saná, de autoría discutida, Ansarulá declaró el 20 un bloqueo naval a Arabia Saudí, atacando la infraestructura petrolera. También intensificaron sus ataques en el mismo Yemen golpeando en Marib y Hadramaut mataron al menos a treinta soldados del gobierno prosaudi. Debemos destacar que Marib es uno de los puntos clave del frente yemení que en caso de romperse la línea colocaría en apuros al gobierno además de perder los recursos petroleros de la región.
Pero la ruptura vino sorpresivamente por la costa occidental: tras la ofensiva sobre Taiz del 3 de septiembre, los hutíes tomaron Mokha el 10 y la isla de Perim el 11, y quedaron unos dos mil soldados gubernamentales sitiados en las islas Hanish. El tráfico por el estrecho bajó de unos treinta cruces diarios a entre doce y quince. Hubo ataques a Abha, Jizan, Najran y Khamis Mushait, un misil hacia Riad, y drones que cerraron el oleoducto Este-Oeste, atribuidos por Riad y Bagdad a lanzamientos desde Irak. Los sauditas quedaron en peligro.
Washington se mantuvo al margen. Trump ordenó preparar ataques el 17 de septiembre y los postergó el 20; la Casa Blanca habría rechazado dos veces pedidos saudíes de bombardeos. Lo que vuelve a indicar a los estados del Golfo otrora confiados en el paraguas de Washington, frente a la precariedad de esta “protección” que parece más un peligro que una seguridad.  El presidente prosaudí Rashad al-Alimi decretó el 25 de septiembre la movilización general, y el 3 de octubre arrancó la contraofensiva “Amanecer de Yemen”. La coalición habla de unos cien aviones y 324 objetivos en un día. El 5 de octubre el gobierno dijo haber tomado Dhubab y su aeropuerto, la ruta hacia Mokha, el estrecho y la propia Mokha, con apoyo de diversas milicias de dudoso origen y lealtad (Los gigantes, el Escudo de la Patria y la Resistencia de Tihama); los hutíes niegan estos éxitos.
Lo que el think tank occidental Instituto para el Estudio de la Guerra confirma es modesto: fuerzas gubernamentales en el aeropuerto de Dhubab, a unos 54 kilómetros de Mokha, y ningún avance posterior. Si el 5 hablaba de un posible colapso hutí, el 6 sostiene que el avance se detuvo y que la pausa permite a ambos bandos reforzarse, con los hutíes concentrados cerca de Mokha y en Ras al-Ara continúan bombardeando con misiles las posiciones de los prosaudies. Los chinos de Xinhua, que recogieron la versión oficial, citaron también a una fuente hutí en el terreno que habló de anuncios exagerados del gobierno prosaudí. Los combates seguían el día actual día en torno a Dhubab y, según la AFP, hubo más de 270 muertos en 24 horas, cifras sin verificar.
El segundo eje es Taiz. Los hutíes cortaron la ruta que une la ciudad con Adén y cercaron tropas de la coalición en una maniobra de posibles repercusiones operacionales; el gobierno respondió con una ofensiva en el distrito de Waziyah, que el ISW interpreta como operación de preparación para proteger su flanco y amenazar la línea Mokha–Taiz, en un terreno de montaña que limita el apoyo aéreo y favorece a la infantería ligera hutí. La coalición golpeó además la costa de Hodeida, Kamarán y Saada, y hubo bombardeos sobre Saná la capital hutí. El gobierno declaró que su objetivo es Saná. Los analistas en general dudan de que ese objetivo sea posible: sus fuerzas están dispersas, no esta bajo un mismo mando y mal equipadas; los huties son una fuerza sólida y motivada. Según la ONU, hay más de 180.000 desplazados.
El otro frente es el territorio saudí, y ahí la guerra esta semana fue más intensa que en septiembre. El 5 de octubre los hutíes anunciaron ataques contra el aeropuerto Rey Khalid de Riad, el de Abha, la refinería de Aramco en Rabigh, la base aérea de Khamis Mushait y objetivos en Jizan y Najran, y advirtieron a las aerolíneas que el espacio aéreo saudí no es seguro. Riad confirmó daños en los aeropuertos de Jizan y Najran, con tres heridos leves; la coalición dice haber interceptado un misil sobre Khamis Mushait el 6 y otro al norte de Riad en la madrugada del 7, y las embajadas de Estados Unidos y el Reino Unido pidieron a sus ciudadanos que sigan las alertas de defensa civil. El ISW señala que esta campaña es un intento de elevar el costo económico para Riad y forzarlo a retirar su apoyo a las ofensivas; la respuesta saudí combina ataques navales contra depósitos, lanchas rápidas y minas en la costa de Hodeida con una campaña aérea que, según los propios hutíes, suma más de 1.600 incursiones desde que empezó la escalada.
¿Qué balance deja esto? El gobierno retomó iniciativa y mostró que, con apoyo aéreo masivo, puede mover la línea en la llanura costera; pero no logró hasta hoy nada que un observador independiente haya podido comprobar, y avanza sobre un terreno donde los hutíes defienden con francotiradores, drones personales y golpes de mano puntuales que producen gran costo. Los hutíes, por su parte, siguen presionando en todas las direcciones a la vez, desde Marib hasta Taiz, y mantienen la capacidad de golpear a distancia, que es la que más pesa sobre Riad. La situación es de una guerra intensa y estamos en plenos combates. No podemos afirmar que alguna parte no logre romper el frente (por ejemplo, los huties podrían amenazar seriamente Aden y eso sería fatal para los prosaudies) como que la guerra vuelva a estancarse.
Ha sido documentadas dentro de las tácticas huties maniobras de engaño: maquetas de artillería y misiles para atraer ataques aéreos y embarcaciones no tripuladas con apariencia de pesqueros. La propaganda hutí es sostenida y acompañó la escalada con el lema del “asedio por asedio”; la batalla de partes de esta semana, con ambos bandos anunciando victorias que el otro califica de ficticias, es ya una operación de información en sí misma. Hay desinformación verificada con inteligencia artificial, como un video falso del ataque al aeropuerto de Saná en 2025, y un audio presuntamente falso atribuido a Tareq Saleh, aún sin verificar que desorganizo a las fuerzas prosaudies. La interferencia de señales GPS y AIS está documentada en el Mar Rojo y el Golfo, etc.
El episodio más novedoso lo reveló Anthropic el 10 de septiembre. Según AP y AFP, que citan su informe, una célula basada en el norte de Yemen desarrolló tres programas de armas guiadas usando Claude Code en lugar de ingenieros de software, para el guiado, la navegación y el control; fragmentó las consultas para ocultar su propósito, y tras el fracaso de una prueba de cohete volvió al asistente para preguntar por qué había fallado. Anthropic dice no tener evidencia de un dispositivo operativo y no nombró al grupo, de modo que atribuirlo a los hutíes es una inferencia periodística. Un dirigente hutí respondió que sus fuerzas tienen capacidades de producción modernas, y el analista Trevor Ball estimó que podrían estar explorando lo hipersónico.
Los hutíes se apoyan en un dispositivo de movilización politizado, compromisos tribales y cursos de formación de jóvenes (que según la ONU habrían dado entrenamiento/formación a unos 56.000). Hay asesores de Hezbolá y, según los estadounidenses, asesores de la Guardia Revolucionaria iraní. También dispone de oficiales veteranos del antiguo ejército con formación militar en la URSS. El Movimiento Hutí no publica su organigrama y ninguna de las cifras que circulan tiene verificación independiente, pero los especialistas coinciden en describirlo como una pirámide de cuatro capas, cada una con una función distinta. En la cúspide está el núcleo político-militar duro, de entre 20.000 y 30.000 combatientes formados en Saada (el bastión histórico hutí) en batallones con adoctrinamiento intensivo. De allí salen el comando de misiles y drones, entrenado supuestamente por asesores de la Guardia Revolucionaria iraní y de Hezbolá; las unidades de asalto que rompen los frentes clave, como Marib o Hodeida, y ejecutan incursiones transfronterizas; y la guardia que protege a Abdulmalik al-Houthi y al mando superior en Saná.
Debajo se ubican unos 50.000 a 70.000 soldados del antiguo Ejército Republicano convencional y profesional que quedaron leales a Ali Abdullah Saleh cuando este se alió con los hutíes entre 2014 y 2017. Aportan el saber táctico, el mantenimiento de la artillería pesada, los blindados soviéticos T-55 y T-62 y los radares heredados, y conservan las escuelas de artillería y las comisiones de logística regular.
La tercera capa son las milicias populares, de 60.000 a 80.000 hombres reclutados entre los jóvenes de Saná, Dhamar, Ibb y Hajjah. Sostienen la red de puestos de control del norte y el centro, guarnecen los frentes secundarios y, bajo el nombre de seguridad preventiva, funcionan también como herramienta de seguridad interior (atributos de la definición del ejercicio de soberanía: “seguridad interior y defensa exterior”).
La cuarta capa es la más elástica: las levas tribales de las confederaciones Hashid y Bakil, que van de 50.000 a más de 100.000 hombres según la intensidad de la guerra. No integran el ejército permanente. Se convocan cuando hay bajas masivas o se prepara una gran ofensiva, mediante el marco cultural tribal y acuerdos de protección o pago con los jeques, y reciben armamento ligero y una paga periódica.
Esa masa se reparte por regiones militares calcadas de la antigua estructura yemení. En la costa del Mar Rojo, de Hodeida a Hajjah, actuarían unos 25.000 a 35.000 hombres; en los frentes orientales y fronterizos, de Marib, Al-Jawf y Saada, entre 40.000 y 50.000; en Saná y las gobernaciones centrales, otros 30.000 a 40.000 entre reserva e instrucción; y en el estrecho de Bab el-Mandeb y las bases insulares, entre 3.000 y 5.000 especialistas navales y costeros. La suma de las capas ronda los 180.000 a 280.000 combatientes, con un techo mayor si se cuentan las levas, y encaja con el rango de 200.000 a 350.000 que manejan las estimaciones abiertas. La fuerza de esta estructura no está en el número, sino en la combinación de un núcleo ideologizado que maneja las armas de largo alcance, oficiales profesionales que sostienen lo pesado, una milicia que controla el territorio y una reserva tribal que se activa a pedido.
Frente a un movimiento de mando centralizado y doctrina unificada de los huties, quienes lo enfrentan forman una coalición fragmentada, con facciones que responden a patrocinadores, territorios e ideologías distintos. Formalmente están agrupadas bajo el Consejo de Liderazgo Presidencial que encabeza Rashad al-Alimi, respaldado por Arabia Saudí. Ningún número es verificable: las nóminas del conjunto rondan el medio millón de hombres, pero esa cifra no equivale a combatientes, e incluye soldados que solo existen en el papel. Siete regiones militares organizan en teoría el despliegue; en la práctica, cada facción pelea donde está su base.
La estructura más antigua es el ejército gubernamental, con centro en Marib y Taiz, que combina restos del ejército republicano, brigadas vinculadas al partido islamista Islah y levas locales. Controla las zonas petroleras de Marib y Shabwa, pero arrastra corrupción, fragmentación y fricción con los separatistas. Estas fuerzas están dispersas en varios frentes y con equipo anterior a la guerra, podrían sostener sus líneas, pero no desalojar a los hutíes de sus bastiones de montaña. La segunda pata fueron las fuerzas del Consejo de Transición del Sur (ex proemiraties): el Cinturón de Seguridad de Adén, Lahj y Abyan y las Élites de Hadramaut y Shabwa. Los Emiratos las armaron durante años, y su meta fue siempre el sur independiente (estrategia que podemos ver sostiene Emiratos también en Somalia: crear estados menores nuevos aliados). Tras la ofensiva de diciembre, la intervención saudí y la salida emiratí, el Consejo anunció su disolución en enero, pero decenas de miles de combatientes seguían en armas. Esa base armada es la fractura abierta del campo antihutí.
El peso de la ofensiva actual recae en la costa del Mar Rojo. Allí operan las Brigadas de los Gigantes, de unos 20.000 a 22.000 hombres, salafistas y tribales del sur, consideradas la tropa de choque más eficaz; la Resistencia Nacional de Tareq Saleh, cuya cifra oscila entre 9.000 y 32.000 según la fuente; y la Resistencia de Tihama, milicia de las llanuras costeras. A ellas se suma el Escudo de la Patria, de 30.000 a 45.000 hombres, creado en 2023 por Alimi con financiación y equipo saudíes y formado por reclutas del este, Hadramaut y Al-Mahra: es la fuerza con que Riad cuenta para tener un instrumento propio en un campo que no controla del todo. No es correcto ver “mercenarios” pero algunos de estos grupos riman.
La fuerza terrestre depende del apoyo externo, y este es principalmente aéreo y saudí. Riad puso más de cien aviones en las primeras horas de la ofensiva, helicópteros de ataque Apache y una campaña de ataques navales contra depósitos, lanchas rápidas y minas de la costa de Hodeida. Su portavoz dijo que la coalición garantiza la “protección aérea” del estrecho. Washington aporta inteligencia: según el New York Times, más de doscientos analistas estadounidenses ayudan a seleccionar blancos desde los centros de mando saudíes, y reabastece en vuelo a los aviones saudíes, aunque Donald Trump se negó a atacar directamente a los hutíes. Francia también reabastece, y su presidente anunció soldados, radares y sistemas de defensa para proteger las instalaciones petroleras de Yanbu. El Reino Unido despliega un avión cisterna Voyager para cubrir el espacio aéreo saudí.
El Pacto de La Meca sumó otra capa. Pakistán tiene en el reino tropas, cazas JF-17, escuadrones de drones y baterías de defensa aérea, y su ministro de Defensa las describe en un “papel de apoyo” y reconocimiento mientras las fuerzas saudíes combaten; Turquía no reconoció despliegue alguno y su Parlamento debe ratificar el tratado. Los analistas esperan de ambos defensas antiaéreos, drones, guerra electrónica, inteligencia y asesoramiento, y no una operación terrestre en Yemen. En el mar, la misión europea Aspides debería proteger el tráfico hasta febrero de 2027.
Los problemas de fondo son tres. El primero es la ausencia de mando único: los hutíes responden a una sola jerarquía, mientras estas fuerzas responden a patrocinadores distintos. El segundo son los choques internos entre separatistas y fuerzas del gobierno central por Adén o Shabwa. De hecho, la ruptura entre Arabia Saudita y Emiratos fue la ventana de oportunidad que aprovecharon los huties. El tercero es la dependencia del apoyo aéreo: la contraofensiva muestra que con cobertura masiva el gobierno puede mover la línea en la llanura costera, pero también que no consolida lo ganado sin ella, y que, en las montañas intrincadas de Taiz y hacia Saná, el apoyo aéreo rinde mucho menos.
El Pacto de La Meca y su primera prueba. Frente a Yemen un aliado de Iran. El pacto se firmó el 7 de agosto entre Mohamed bin Salmán, Erdoğan y Shehbaz Sharif sobre la base del acuerdo saudí-paquistaní de 2025. Su texto no es público, y analistas coincidían en que no creaba mando conjunto ni mecanismo automático de activación. Ankara aclaró entonces que no apuntaba contra Irán, y los más probable es que su efectivización esta más relacionada con el nuevo orden en emergencia, el repliegue de EEUU, su ineficacia y imposibilidad de mantenerse como potencia dominante en la región, y la multipolaridad. Entre agosto y septiembre solo se constituyó un comité y una secretaría permanente en Riad, y durante el avance hutí de septiembre no se activó. El 5 de octubre, tras una reunión de emergencia en Riad con Khalid bin Salmán, Ishaq Dar y Hakan Fidan, el comité máximo lo hizo por primera vez. El comunicado reafirma el rechazo a “cualquier ataque o amenaza” contra la integridad territorial del reino y manda aplicar con rapidez los compromisos de defensa colectiva “según los arreglos aprobados y la legislación nacional de cada parte”. Condena los ataques recientes, en especial los dirigidos a La Meca y Medina de dudosa atribución, y no nombra a los hutíes, que niegan haber apuntado a los lugares santos. No fija cifras ni funciones. El ministro saudí anunció “medidas de disuasión colectiva” contra los ataques y “los responsables”.
A dos días de esa decisión, lo verificable es poco. Pakistán no informa cuántos efectivos tiene en el reino: Reuters estimó unos 8.000 en mayo, y otros medios hablan de decenas de miles, cifras que no concilian. Reuters informó además que envió cuatro aviones cargados de armas a Adén para apoyar al gobierno yemení, y un funcionario occidental dijo que ya hay personal paquistaní en el sur de Yemen, aunque no está claro si sirve bajo mando saudí con contrato o bajo su propio ejército. Su ministro de Defensa, Khawaja Asif, habla de un “papel de apoyo”, con reconocimiento, mientras las fuerzas saudíes combaten, y el viceprimer ministro insiste en que el pacto es defensivo. Turquía no reconoció ningún despliegue. Su Parlamento debe aprobar el tratado antes de que Erdoğan lo ratifique; su presidente, Numan Kurtulmuş, lo espera en la agenda “en el próximo período”. Enviar tropas también requiere autorización, salvo que el tratado sea base legal suficiente, algo imposible de saber sin el texto. Los analistas esperan aportes defensivos y especializados, como defensa antiaérea, drones, guerra electrónica, inteligencia y asesores, y no una operación terrestre en Yemen. Irán dice que un despliegue defensivo sería tolerable, pero que una acción ofensiva sería una línea roja, y su cancillería advirtió que complicaría las cosas. Un funcionario occidental resumió el objetivo saudí como lograr “respaldo internacional” para su contraofensiva en desarrollo.
El contexto legal y político explica la cautela. Pakistán mantiene desde 2015 una resolución parlamentaria que lo declara neutral en Yemen pero comprometido con la defensa de Arabia Saudí y de los lugares santos si fueran amenazados, lo que explica la insistencia en La Meca y Medina en la declaración. Islamabad evita decir dónde termina su papel y si puede seguir fuera del combate, y además necesita su credibilidad como mediador con Teherán. Turquía, miembro de la OTAN, mantiene vínculos comerciales y políticos con Irán y su canciller insiste en combinar el apoyo a la defensa saudí con una salida dialogada. La fórmula “todos los responsables” es deliberadamente ambigua y puede abarcar acciones más allá de interceptar misiles; otros especialistas, como el turco Hasan Selim Özertem, la presentan como un pacto “no ofensivo”. Esa ambigüedad es la esencia del instrumento: da a Riad un paraguas político sin comprometer a sus socios con una guerra en Yemen. Al menos hasta ahora, ya que conflictos de esta envergadura pueden “resbalarse” hacia lugares no esperados El pacto funciona, por ahora, más como señal de disuasión y de diversificación saudí ante la poca capacidad o voluntad de EEUU de ser el paraguas de seguridad, que, como fuerza en el frente, aunque ya hay indicios de apoyo material paquistaní al gobierno prosaudí.
Conclusiones
La geopolítica de los “choke points” coloca a los huties en un lugar que potencian sus capacidades. El estrecho de Ormuz sigue con tráfico por debajo de lo normal con altibajos y una disputa retórica entre Trump e Irán. Pero la amenaza es evidente. Cuánto manda Teherán sobre los hutíes es materia de disputa: creemos que son en buena medida autónomos, pero sus acciones sean por decisión propia o por dependencia iraní, son eficaces y parte del bloque iraní de la región. Entre julio y octubre no hay ataques verificados entre hutíes e Israel, y el INSS israelí recomienda ayudar a Riad con discreción. China pide moderación y desescalada, sin alto el fuego literal, y según Reuters presionó en privado a Irán y negoció el paso de sus petroleros. Rusia expresa preocupación y propone un esquema colectivo de seguridad para el Golfo sin una posición tajante. La Unión Europea mantiene la operación militar Áspides (ineficaz, pero plataforma de apoyos logísticos que se ven periódicamente) y sugiere ampliarla.
El costo mundial es físico. En agosto el Bab el-Mandeb registró 1.165 travesías, un 49 por ciento menos que en julio, mientras Suez contó 1.232 tránsitos, un 28 por ciento más que un año antes. El Brent osciló entre 104 y 108 dólares en septiembre y cayó por debajo de los 100 el 6 de octubre, todavía un 30 por ciento sobre el nivel previo a la guerra. Los informes sobre si el oleoducto Este-Oeste fluye se contradicen: AFP dijo que estaba detenido y Bloomberg, que operaba normalmente. Una guerra de bajo costo en un estrecho tan angosto vuelve insegura todo lo que pasa por él, de la misma forma que un oleoducto es un blanco fácil de dañar como fácil de reparar. Pero todo converge en acumular para la crisis económica mundial que amenaza.
El otoño de 2026 muestra una periferia que dejó de ser un teatro secundario. Un movimiento con producción local, contrabando y masa de municiones baratas puso a prueba la defensa de una potencia regional super equipada que depende de sistemas importados y que, según una cita no verificada, habría gastado el 86 por ciento de sus PAC-3 (avanzado misil interceptor perteneciente al sistema de defensa aérea y antimisiles MIM-104 Patriot) en la guerra con Irán. Esa asimetría es una forma de dependencia estratégica: quien compra sus escudos al centro tiene que racionarlos pensando en el vendedor no solo en sus intereses, y quien fabrica su masa de misiles (aunque sea con apoyo externo, como los huties), impone el ritmo. El pacto de La Meca es el intento saudí de aflojar esa dependencia, pero hoy es más promesa que dispositivo, y el caso Anthropic agrega un dato incómodo: el conocimiento de ingeniería de uso dual se democratiza más rápido de lo que los regímenes de control logran regularlo, aunque no hay prueba de un arma operativa.
Quedan preguntas abiertas. ¿Quién controlará finalmente la costa de Bab el Mandeb al concluir estas ofensivas y contraofensivas? ¿Llegarán tropas turcas y paquistaníes, y con qué función, o el pacto seguirá como declaración? ¿Cuánto decide Teherán, y qué haría si hay combate ofensivo con intervención turca o paquistaní? ¿Qué hará finalmente Washington, será la retirada de la región que muchos pronostican la conclusión de este amplio conflicto regional? ¿Y hasta dónde puede la inteligencia artificial acortar la distancia entre un actor con recursos limitados y un Estado industrial? ¿Qué rol jugara Israel en la región si EEUU se repliega de la primera línea de combate? ¿Cómo, finalmente, la nueva revolución militar abre espacios para la emergencia de niveles mayores de autonomía? Por último: ¿los yemeníes conducidos por el movimiento Ansarolá avanzarán hacia su consolidación y el control del conjunto del territorio, o se enquistará un guerra a causa de la intervención externa?
* Doctor en Historia UBA / Autor de libros de historia sobre el movimiento obrero, historia militar y geopolítica / Experto en Defensa. Miembro del equipo de PIA Global
De Yemen a Pastunistán: los pueblos que se niegan a ser derrotados
Junaid S. Ahmad
Los generales de Pakistán son conscientes del peligro que supone enfrentarse a los hutíes de Yemen. Deberían comprender la locura, mucho mayor aún, que supone declarar la guerra política a los pastunes. El mismo estamento militar que duda en desafiar a una resistencia invicta en el extranjero ahora se imagina que puede aplastar a un pueblo igualmente desafiante en su propio territorio.
Yemen ya ha puesto al descubierto la fatal arrogancia de ese cálculo: una potencia de fuego abrumadora no puede forzar la sumisión, y un pueblo decidido a resistir no puede ser aterrorizado para que obedezca de forma permanente.
Durante más de una década, Arabia Saudí, armada y protegida por Washington, desató una violencia militar devastadora sobre Yemen. Los bombardeos, las restricciones del bloqueo, el hambre, las enfermedades y los desplazamientos masivos asolaron un país ya de por sí empobrecido. Sin embargo, Ansar Allah sobrevivió, consolidó su posición y desarrolló la capacidad de contraatacar a adversarios mucho más ricos.
La monarquía saudí poseía una superioridad militar abrumadora. Lo que no pudo comprar, ni siquiera con los miles de millones estadounidenses, fue la victoria sobre un adversario que se negaba a rendirse.
Los generales de Pakistán tienen todas las razones para reflexionar sobre esa humillación.
Cuando Riad exigió la participación militar pakistaní en su campaña de Yemen en 2015, Islamabad se negó. La oposición parlamentaria, las sensibilidades sectarias y los cálculos regionales determinaron esa decisión. Pero tras el lenguaje diplomático se escondía un peligro estratégico inconfundible: Pakistán corría el riesgo de quedar atrapado en otra guerra imposible de ganar, sacrificando soldados y prestigio frente a una resistencia curtida en mil batallas que ni siquiera el inmenso arsenal de Arabia Saudí había podido someter.
Rawalpindi comprende el precio de un enfrentamiento humillante con los hutíes. ¿Por qué cree que enfrentarse a los pastunes será menos desastroso?
Esa pregunta ha adquirido una urgencia aterradora con la imposición del estado de emergencia y el gobierno del gobernador en Khyber Pakhtunkhwa, que suspende al gobierno provincial elegido del Pakistan Tehreek-e-Insaf de Imran Khan.
Tras décadas de convertir los territorios pastunes en campos de batalla para la intervención extranjera, el aventurerismo estratégico, la guerra con drones, la contrainsurgencia y el terrorismo militante, el establishment de seguridad de Pakistán somete ahora a su representación constitucional a un control federal extraordinario.
Primero, devastar la patria de un pueblo. Luego, criminalizar sus reivindicaciones. Por último, desmantelar su autoridad democrática en nombre de la seguridad nacional.
Los pastunes han pagado un precio atroz por las guerras imperiales de Washington y la obsesión de Rawalpindi por la manipulación estratégica de Afganistán. Las comunidades han soportado masacres terroristas, operaciones militares, desplazamientos, desapariciones y una inseguridad implacable.
Sin embargo, su voluntad política sobrevivió a la devastación.
A lo largo de generaciones, la resistencia pastún a la dominación ha abarcado tanto la lucha armada como la movilización no violenta. Hoy en día, su expresión política más trascendental incluye la resistencia democrática de masas asociada a Imran Khan.
Y Khan no es un mero fenómeno provincial.
Su extraordinaria popularidad entre los pastunes va acompañada de un formidable apoyo en todo Pakistán. Su desafío amenaza no solo a un puñado de generales, sino a un orden de gobierno militar-civil arraigado, junto con potencias extranjeras acostumbradas a ejercer influencia a través de las élites complacientes de Pakistán.
Eso es lo que hace que Khan sea tan peligroso para el establishment: desafía no solo quién gobierna Pakistán, sino quién posee el poder para decidir a quién se le permite gobernar.
Las dinastías Sharif y Bhutto-Zardari proporcionan una fachada civil a un orden político cada vez más dispuesto a subordinar los mandatos electorales y la autonomía provincial a los imperativos de la supremacía militar.
La grotesca contradicción es imposible de ocultar.
Los generales exigen que los pastunes abandonen la militancia, pero cuando estos se movilizan a través de las urnas, las asambleas y la política constitucional, el establishment actúa también contra esas instituciones.
Yemen demuestra lo catastróficamente que esa arrogancia puede volverse en su contra.
Ansar Allah ha soportado años de ataques militares sin renunciar a su posición político-militar. Los pastunes, cuya historia abarca asimismo generaciones de resistencia a la agresión, han soportado sucesivos intentos de silenciarlos, fragmentarlos y someterlos.
Sus estrategias actuales difieren. Su determinación de resistir la dominación impuesta constituye el paralelismo esencial.
Los generales de Pakistán dudan ante los hutíes porque una intervención militar conlleva el riesgo de un fracaso costoso y humillante. Deberían temer las consecuencias de su enfrentamiento con los pastunes precisamente por la misma razón.
El peligro no es que la resistencia constitucional pastún se convierta inevitablemente en una rebelión armada. El peligro es que estrangular las alternativas políticas pacíficas profundice la alienación y genere la inestabilidad que los generales pretenden evitar.
Rawalpindi debería recordar lo que Riad aprendió a un coste devastador: destruir una sociedad no es lo mismo que derrotar su resistencia.
Los hutíes se negaron a doblegarse ante la maquinaria bélica de Arabia Saudí, respaldada por Estados Unidos. Los pastunes se han negado a ceder su dignidad política ante la intervención extranjera, el terrorismo militante o el Estado de seguridad nacional de Pakistán.
Los generales de Pakistán temen una guerra imposible de ganar en Yemen. Deberían temer la locura de provocar una contra su propio pueblo.
Pueden suspender gobiernos, encarcelar a líderes y militarizar provincias enteras. Lo que no pueden hacer es bombardear a un pueblo para que ame a sus opresores —o aterrorizarlo para que acepte una humillación permanente—.
El escudo que hace temblar a Tel Aviv: el verdadero objetivo geopolítico del "Pacto de La Meca".
El 5 de octubre, el Comité Estratégico Político y de Defensa del Pacto de La Meca celebró una reunión de emergencia en Riad, apenas unas semanas después de su sesión inaugural. Los tres gobiernos signatarios comenzaron a implementar el compromiso de defensa colectiva firmado en el Palacio de Safa en La Meca.
El ministro de Defensa saudí, el príncipe Khalid bin Salman, confirmó a X la activación de la disuasión conjunta para proteger el reino. El comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores pakistaní reiteró la intención de proceder al despliegue rápido de las fuerzas y capacidades militares acordadas. Si bien no se menciona a ningún adversario específico, la medida responde a semanas de ataques de represalia llevados a cabo por las Fuerzas Armadas Yemeníes, alineadas con Ansarallah (YAF), contra infraestructura estratégica saudí.
Según el analista de The Cradle , Malek al-Khoury , el Pacto de La Meca surgió del acuerdo de defensa mutua entre Arabia Saudí y Pakistán de septiembre de 2025, que culminó en el entendimiento trilateral del 7 de agosto de 2026 entre Mohammed bin Salman, Recep Tayyip Erdogan y el jeque Baz Sharif.
Activación de socios y riesgos
El pacto cuenta con una secretaría encabezada por el general pakistaní retirado Nauman Mahmood. Sin embargo, como señala el observador The Cradle , tanto Islamabad como Ankara mantienen fronteras bien definidas:
Pakistán: El ministro de Defensa, Khawaja Asif, aclaró que las tropas de Islamabad y Ankara realizarán tareas de apoyo y reconocimiento, dejando las operaciones ofensivas en manos de los saudíes. El ejército confirmó la presencia de tropas en el reino y desmintió categóricamente las informaciones del New York Times sobre supuestos ataques aéreos pakistaníes en Yemen.
Turquía: El artículo 92 de la Constitución turca exige la aprobación del Parlamento para el despliegue de fuerzas en el extranjero. El ministro de Asuntos Exteriores, Hakan Fidan, ha descartado cualquier despliegue de tropas contra Yemen.
De este modo, Riad consigue protección defensiva sobre sus ciudades e instalaciones industriales sin obligar a sus socios a entrar directamente en el conflicto.
Las reacciones de Teherán y la cuestión yemení.
Según la reconstrucción de Malek al-Khoury para La Cuna , la decisión de Riad forma parte de la gestión de la crisis regional que comenzó con la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán a principios de año. La activación del pacto tiene como objetivo resistir una guerra de desgaste sin abrir un frente directo con Teherán.
Irán recibió la noticia con frialdad: la prensa cercana al régimen (como Tasnim y Nour News ) criticó el acuerdo, pero la verdadera línea roja de Teherán se centraría en la participación activa en acciones ofensivas contra las Fuerzas Armadas Judías, mientras que toleraría una postura meramente defensiva.
Mientras tanto, la presión desde el sur sigue siendo extremadamente alta. Los ataques de la Fuerza Aérea Judía contra instalaciones energéticas y los aeropuertos de Jazan, Najran y Riad (este último con víctimas mortales los días 10 y 11 de octubre) mantienen a la región en una situación de intensa tensión.
El panorama diplomático: Tel Aviv, Abu Dabi y la ruta siria.
El análisis realizado por el experto de The Cradle destaca cómo el Pacto de La Meca está alterando los equilibrios regionales al aislar las ambiciones de Tel Aviv:
Relaciones con Israel: A pesar de la cooperación técnica registrada tras el aterrizaje de emergencia del vuelo FZ1073 de flydubai, secuestrado en Tabuk, Riad reitera que el establecimiento de un Estado palestino independiente dentro de las fronteras de 1967 sigue siendo una condición innegociable.
Deshielo con los EAU: La visita a Riad del vicepresidente emiratí Mansour bin Zayed Al Nahyan demuestra un intento de coordinación sobre Yemen, a pesar de la desconfianza de Abu Dabi hacia un pacto que rivalice con los Acuerdos de Abraham.
Corredores comerciales a través de Siria: Paralelamente, Riad está invirtiendo en proyectos de infraestructura y conectividad en Siria (como la red ferroviaria y el proyecto Silk Link), construyendo rutas alternativas alrededor de los bloques regionales.
En conclusión, como se señala en el análisis publicado en The Cradle, el Pacto de La Meca no constituye una "OTAN islámica" integrada, pero sí representa un sólido escudo disuasorio con el que cualquier nuevo gobierno israelí tendrá que lidiar después de las elecciones del 27 de octubre.