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Irán y el costo invisible: Cómo un conflicto podría alterar la estrategia estadounidense

Irán y el costo invisible: Cómo un conflicto podría alterar la estrategia estadounidense
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Por Administrator
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directorelespiadigitales/8/8/23
miércoles 28 de enero de 2026, 22:00h
Xavier Villar
Esa lógica ha resultado funcional en otros escenarios, pero con Irán cada vez lo es menos. Un ataque estadounidense contra territorio iraní no sería interpretado como una operación discreta ni como un episodio más dentro de una rivalidad prolongada. Sería leído como una ruptura estratégica: el momento en que el poder acumulado de Estados Unidos en Asia Occidental comienza a generar efectos adversos que se retroalimentan entre sí.
No se trata de un argumento moral ni de un alegato humanitario. Tampoco de una defensa ideológica de Teherán. Es un ejercicio de contabilidad estratégica. La cuestión no es si Estados Unidos puede atacar a Irán. Técnicamente, puede hacerlo. La cuestión es qué empieza a perder en el mismo instante en que decide hacerlo.
Las declaraciones recientes de altos mandos iraníes deben leerse en este marco. Cuando Teherán advierte que cualquier ataque será tratado como una guerra total, no está fijando líneas rojas operativas concretas, ni señalando escaladas puntuales. Está eliminando una categoría analítica: la noción de ataque limitado deja de existir como opción creíble. Esa posición no nace de un impulso belicoso, sino de la experiencia de décadas de gestión estratégica frente a un entorno hostil, en el que la República Islámica ha logrado sostener su seguridad mediante prudencia calculada.
Durante años, Irán ha utilizado la disuasión indirecta, la influencia asimétrica y la gestión cuidadosa de la escalada como instrumentos de control de riesgo. La contención ha sido una elección deliberada y sostenida, diseñada para proyectar capacidad y determinación sin comprometer el margen de maniobra. Esta lógica ha permitido a Teherán construir un entramado de capacidades resilientes, capaces de absorber golpes, disuadir agresores y mantener estabilidad relativa en un contexto de presión constante. La claridad estratégica actual busca reemplazar la ambigüedad que alguna vez permitió absorber shocks sin desencadenar escaladas mayores. No se trata de provocar un conflicto, sino de redefinir con precisión las consecuencias de cualquier acción externa.
La inversión del equilibrio regional
Durante décadas, Estados Unidos no ha tratado a Israel únicamente como un aliado político. Lo ha integrado como una plataforma avanzada de proyección de poder, un nodo logístico, tecnológico e intelectual que amplifica la eficacia de su presencia en Asia Occidental. Esa base ha funcionado como un centro de control desde el que se coordina inteligencia, se planifican operaciones indirectas y se proyecta influencia regional con costos relativamente bajos.
Una guerra con Irán alteraría esta ecuación. La respuesta iraní no se orientaría a gestos simbólicos ni a demostraciones teatrales. Estaría diseñada para generar efectos operativos acumulativos. Su objetivo no sería infligir daño por sí mismo, sino reducir la fiabilidad de Israel como plataforma desde la cual Estados Unidos proyecta poder. La presión sostenida sobre infraestructuras críticas, transporte, actividad económica y vida civil tendría consecuencias que se extienden más allá del impacto inmediato. Israel dejaría de funcionar como multiplicador estratégico y se convertiría en un foco de absorción de recursos. Estados Unidos no proyectaría poder desde Israel, sino que tendría que redirigir recursos para sostener su viabilidad operativa.
Este desplazamiento tendría implicaciones más amplias. En el momento de máxima exigencia estratégica, Washington vería comprometida su plataforma regional más valiosa, no por una derrota puntual, sino por una inversión progresiva de prioridades. La disuasión no se restauraría; se volvería más costosa y menos fiable. A ello se suma la asimetría doctrinal: mientras el poder militar estadounidense está diseñado para imponer resultados mediante superioridad tecnológica, velocidad y concentración, Irán ha construido su enfoque estratégico sobre la premisa de la duración. En un conflicto prolongado, no buscaría el enfrentamiento directo en los términos más favorables a Washington. Apostaría por tiempo, dispersión y acumulación gradual de costes.
Una vez iniciado el conflicto, Estados Unidos enfrentaría un dilema estructural. Retirarse supondría un coste reputacional elevado. Permanecer implicaría desgaste progresivo de capacidades. Cada escalada reforzaría el compromiso; cada despliegue reduciría la disponibilidad de fuerzas para otros teatros. No sería una derrota convencional, sino una erosión sostenida y silenciosa. La experiencia histórica demuestra que este tipo de desgaste suele ser más corrosivo que pérdidas visibles. La estrategia de resistencia iraní convierte la paciencia en ventaja y la previsibilidad en límite de maniobra para el adversario.
Costes sistémicos y consecuencias externas
Las implicaciones económicas de un conflicto con Irán serían profundas. No se financiaría mediante un esfuerzo fiscal compartido, sino a través de endeudamiento y expansión monetaria. Las consecuencias previsibles incluyen presión inflacionaria, aumento de los costes energéticos y desviación de capital desde inversión productiva hacia gasto militar. El efecto agregado sería un debilitamiento del núcleo económico para sostener compromisos periféricos, un patrón que rara vez produce estabilidad duradera y que ha sido recurrente en la historia de grandes potencias que intentan sostener hegemonía distante.
Al mismo tiempo, un conflicto de esta naturaleza reordenaría prioridades estratégicas a escala global. Mientras Estados Unidos concentra atención y recursos en Oriente Medio, otros actores ganarían margen de maniobra. China, en particular, podría aprovechar la redistribución de foco estratégico: cada misil comprometido en el Golfo es uno menos disponible en Asia; cada grupo naval utilizado, uno menos en el equilibrio del Pacífico. La competencia sistémica se ve alterada sin que China tenga que intervenir directamente.
Además, un ataque contra Irán sería percibido globalmente no como un conflicto bilateral, sino como una reafirmación de la fuerza como instrumento central de Washington. Esa percepción generaría presiones difusas sobre intereses estadounidenses en múltiples entornos, persistentes y acumulativas. La amenaza no sería su magnitud inmediata, sino su dispersión y constancia. Estados Unidos se enfrentaría a un entorno donde su presencia misma se convierte en catalizador de desgaste, un escenario de erosión estructural más que de confrontación directa.
El poder descansa, en última instancia, en la credibilidad. Si Estados Unidos inicia una guerra que no puede concluir, que no logra asegurar rutas comerciales clave y que transfiere inestabilidad económica a sus aliados, la confianza se erosiona. Los socios diversifican; los competidores prueban límites. La pregunta central no es la capacidad militar inmediata, sino el efecto acumulativo sobre la posición relativa de Estados Unidos en el sistema internacional.
La conclusión es más sutil de lo que a menudo se presenta, pero no por ello menos relevante. El principal riesgo para la proyección estadounidense no deriva únicamente de las capacidades de Irán, sino de la interpretación errónea de un Estado que ha perfeccionado durante décadas la paciencia estratégica y la resiliencia. Cualquier decisión de confrontar a Teherán militarmente no sería un simple error táctico; constituiría una apuesta estratégica frente a un sistema diseñado para absorber impactos, imponer costes acumulativos y preservar el equilibrio regional. El resultado no sería una catástrofe inmediata, sino una secuencia prolongada de presiones por desgaste, graduales, sistémicas y difíciles de revertir, que pondrían a prueba la credibilidad, el alcance operativo y la concentración de Estados Unidos.
No se trata de ideología. Es una autopsia estratégica escrita antes del desenlace. Un intento de comprender cómo una decisión técnicamente viable puede acelerar dinámicas que terminan redefiniendo el equilibrio de poder que pretendía preservar. La prudencia y la claridad en la planificación, la percepción de riesgo y la gestión de la duración del conflicto son factores determinantes que exceden la suma de capacidades militares o despliegue de recursos. En este sentido, la estrategia iraní se sostiene en la lógica de la resistencia prolongada, donde la paciencia y la consistencia operativa se convierten en herramientas de estabilidad relativa frente a la presión externa.
Detrás de disturbios en Irán: espionaje, manipulación mediática, monárquicos descartados y lecciones históricas
Hamed Khosroshahi *
En las últimas semanas, Irán ha vuelto a ser el centro de atención de los medios regionales e internacionales. La drástica depreciación de la moneda nacional frente al dólar estadounidense, sumada a las tensiones económicas provocadas por las sanciones unilaterales e injustas impuestas por Estados Unidos, desató protestas pacíficas.
Las protestas pacíficas por legítimas preocupaciones económicas pronto degeneraron en disturbios en las calles y en violentos enfrentamientos en algunas ciudades, incluida la capital, Teherán.
Sin embargo, una parte significativa de los medios globales principales optó por retratar estos sucesos con un evidente sesgo, alineándose abiertamente con los alborotadores e, incluso, en algunos casos, con elementos terroristas.
Algunos medios llegaron a etiquetar los disturbios como una “revolución” e insinuaron que el sistema político de Irán estaba al borde del colapso.
Esta narrativa unilateral contrasta de manera tajante con las pruebas disponibles e incluso con las declaraciones de algunos funcionarios actuales y antiguos de los regímenes de Estados Unidos e Israel, quienes reconocieron, explícita o implícitamente, la presencia de elementos de inteligencia extranjeros, particularmente operativos vinculados al Mossad (servicio de espionaje del régimen israelí), en los disturbios que sacudieron el país el 8 de enero.
Comentarios públicos, entrevistas y declaraciones en redes sociales de figuras estadounidenses e israelíes bien conocidas señalaron el rol activo de las redes de inteligencia israelíes sobre el terreno, lo que reforzó las advertencias de larga data de la República Islámica sobre la injerencia extranjera.
Para comprender completamente la situación actual, es necesario rememorar un episodio crucial reciente: la guerra de 12 días impuesta a la República Islámica por Israel en junio del año pasado. Esta guerra comenzó con la agresión israelí, incluyendo el asesinato de altos comandantes militares, científicos nucleares y ataques a instalaciones militares y nucleares sensibles dentro de Irán.
Tras la agresión inicial e injustificada, la retaliación misilística de Irán, en particular los duros golpes propinados por las fuerzas armadas iraníes durante los dos últimos días de la guerra impuesta, inclinó la balanza a favor de Irán. Según múltiples informes, fue después de estos golpes decisivos que el régimen de Tel Aviv solicitó un alto el fuego.
En este contexto, el jueves 8 de enero, cuando las calles de Teherán y varias otras ciudades fueron testigos de acciones coordinadas por elementos terroristas vinculados al Mossad, puede justificadamente considerarse como el “decimotercer día” de la guerra: un día en el que la confrontación pasó de un enfrentamiento militar abierto a una fase híbrida que combinaba ataques militares, guerra mediática y disturbios urbanos.
Junto a estos desarrollos, ciertos medios occidentales e israelíes, así como funcionarios en Washington y Tel Aviv, promovieron a Reza Pahlavi, el hijo del monarca derrocado de Irán, quien fue destituido durante la Revolución Islámica de 1979, como un supuesto “futuro líder” de Irán.
Este proyecto mediático ignora deliberadamente la memoria histórica colectiva del pueblo iraní, que no ha olvidado las razones detrás de su revolución popular: la corrupción financiera generalizada dentro de la familia Pahlavi, la extrema centralización del poder, la dictadura, la represión sistemática y la subordinación al Occidente.
En las últimas semanas, en medio de los disturbios en las calles y el terrorismo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, emitió repetidos mensajes sugiriendo su disposición a atacar Irán bajo el pretexto de “apoyar al pueblo iraní”. El miércoles 14 de enero, muchos medios internacionales lo describieron como la “hora cero” para un posible ataque militar de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Sin embargo, en una repentina y reveladora reversión, Trump anunció que no tenía intención de llevar a cabo el ataque. En los días posteriores, muchos analistas concluyeron que la completa preparación militar de Irán y su clara postura disuasoria fueron las principales razones detrás de la retirada de Trump.
Notablemente, esa misma noche, Reza Pahlavi y sus seguidores en el extranjero reaccionaron con visible frustración y decepción ante la decisión de Trump, una reacción que expuso aún más el grado en el que el “proyecto Pahlavi” sigue dependiendo de la intervención extranjera.
Irán es un mosaico de etnias y culturas. Sus diversos grupos étnicos no han olvidado el racismo y la discriminación que vivieron durante la era Pahlavi.
Contrario a la propaganda hostil, en las últimas dos semanas, ciudades como Tabriz y otras regiones de habla turca, Ahvaz —con la mayor población árabe del país—y la provincia de Kurdistán han experimentado los disturbios más leves.
En discursos públicos, manifestaciones masivas condenando los disturbios e incluso en estadios de fútbol, especialmente durante los partidos del popular equipo Tractor de Tabriz, se escuchó repetidamente un lema unificado que llevaba un claro mensaje político e histórico: “Azerbaiyán es honorable; Pahlavi es deshonorable”.
Este canto no es simplemente una reacción a los eventos recientes. Es una reafirmación de la memoria histórica viva de las comunidades étnicas de Irán, comunidades que no desean volver a un pasado definido por la dictadura, la exclusión y la dependencia extranjera.
* escritor y analista con sede en Teherán.