geoestrategia.eu
Irán en la mira de un genocida y un mafioso: las protestas económicas y la estrategia de desestabilización de Estados Unidos e Israel
Ampliar

Irán en la mira de un genocida y un mafioso: las protestas económicas y la estrategia de desestabilización de Estados Unidos e Israel

Por Administrator
x
directorelespiadigitales/8/8/23
viernes 02 de enero de 2026, 22:00h
Ibrahim Majed*
La narrativa dominante en los medios occidentales e israelíes ahora es familiar: Irán está al borde del colapso, su sociedad se está volviendo contra el Estado y el régimen está viviendo tiempo prestado.
Esta narrativa no sólo es inexacta, sino que está construida estratégicamente.
Lo que se está desarrollando dentro de Irán no es una revolución política contra el Estado.
Es principalmente una protesta económica y social.
Sin embargo, desde el exterior se lo presenta activamente como un levantamiento político, con un propósito estratégico claro: legitimar la presión externa, la acción encubierta y la desestabilización a largo plazo.
Las protestas son económicas, no revolucionarias
El malestar en Irán se presenta habitualmente como una revuelta política, pero sus raíces materiales son mucho más profundas. Estas protestas tienen como objetivo la supervivencia:
- La inflación superó el 50% en 2025, mientras que el rial ha perdido más del 60% de su valor desde 2022.
- El desempleo juvenil se mantiene cerca del 28% y los salarios están muy por debajo del coste de vida.
- Los precios de los alimentos, la atención sanitaria, la vivienda y la energía siguen aumentando más rápido que los ingresos.
La sociedad iraní no se está movilizando para derrocar al régimen; está exigiendo alivio económico, reformas institucionales y estabilidad social.
Los actores externos deliberadamente anulan esta distinción.
Cada huelga, protesta o queja se replantea como evidencia de la ilegitimidad del régimen.
La crisis económica se convierte en un arma. Las dificultades sociales se convierten en un teatro político.
Esto es una guerra narrativa.
Por qué Estados Unidos e Israel necesitan una historia sobre el “colapso del régimen”
Las protestas económicas por sí solas no pueden justificar la intervención externa. Por lo tanto, una narrativa del inminente fracaso del régimen es esencial para:
- Legitimar la escalada de sanciones y políticas de asedio económico.
- Proporcionar cobertura política para operaciones encubiertas y actividades de inteligencia.
- Normalizar la escalada presentándola como apoyo a un levantamiento popular.
El objetivo no es la reforma.
Se trata de una fragmentación gestionada, que debilita el Estado internamente sin desencadenar una guerra abierta.
Aunque Washington y Tel Aviv no siempre comparten tácticas o cronogramas, sus incentivos estratégicos convergen en torno a un objetivo: impedir que Irán se estabilice, se integre regionalmente o consolide su poder.
Desestabilización encubierta: mover el campo de batalla hacia el interior
Más allá de las sanciones y las narrativas, la presión externa adopta cada vez más formas indirectas y encubiertas:
- Operaciones cibernéticas dirigidas a la infraestructura y los sistemas financieros.
- Penetración de inteligencia en sectores estratégicos y redes sociales.
- Sabotaje y perturbación de nodos industriales y logísticos.
- Operaciones de información diseñadas para amplificar la desconfianza y la polarización.
El objetivo no es derrocar al Estado, sino:
- Drenar la capacidad institucional
- Forzar la entrada de recursos
- Aumentar la inseguridad y la represión
- Ampliar la brecha entre sociedad y gobernanza
El Estado se preocupa por gestionar el estrés interno, lo que reduce su capacidad de proyectar poder externamente.
Irán no es monolítico
La sociedad iraní es internamente diversa y la dinámica de las protestas refleja esa complejidad:
- Los trabajadores y jubilados se centran en los salarios y la seguridad social.
- Los jóvenes y los estudiantes exigen educación, empleo y oportunidades.
- Las regiones periféricas protestan por la degradación ambiental, la escasez de agua y el abandono.
Estas presiones son reales y endógenas.
Los actores externos no los crean, los amplifican y los explotan.
La desestabilización no se impone mecánicamente desde afuera; surge de la interacción entre vulnerabilidades internas e incentivos externos.
Irán tiene su propia estrategia
Este análisis no implica pasividad por parte de Irán. Irán no es simplemente un objetivo, sino un actor con sus propias doctrinas, límites y planes de contingencia.
Si la presión interna se extiende más allá de cierto umbral, es improbable que Irán contenga la respuesta dentro de sus fronteras. Histórica y estratégicamente, Teherán considera la desestabilización interna una forma de guerra, no un asunto exclusivamente interno.
En ese caso, la respuesta probablemente sería regional: revivir los planes para expulsar a las fuerzas estadounidenses de Irak (y la influencia israelí del norte de Irak), aumentar la presión sobre las posiciones y asociaciones israelíes en Azerbaiyán y los Emiratos Árabes Unidos, y activar la influencia en múltiples teatros en lugar de absorber la presión en silencio.
En otras palabras, la estrategia estadounidense-israelí de internalización conlleva un riesgo implícito: que, en cambio, externalice.
Guerra por otros medios
Este conflicto no se limita a las fronteras o los campos de batalla.
Se desarrolla económica, psicológica, social e informativamente mucho antes de volverse militar.
  • Las sanciones debilitan la resiliencia económica.
  • Las narrativas debilitan la legitimidad.
  • Las acciones encubiertas debilitan la cohesión interna.
  • La presión diplomática debilita las alianzas.
Sólo cuando se agotan estos mecanismos es probable que se produzca un conflicto abierto.
Para entonces, el objetivo ya está fragmentado y fatigado.
Esto sigue la lógica clásica de la guerra indirecta: degradar, fragmentar, agotar y sólo entonces, si es necesario, atacar.
Esto no es una pausa antes de la guerra.
Esto es una guerra, por otros medios.
El encuentro en Mar-a-Lago y la estrategia de EE.UU. para desestabilizar a Irán, un juego de proxies y redefinición de líneas rojas
Jaime DQVA
El reciente encuentro entre el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y el presidente estadounidense, Donald Trump, en Mar-a-Lago, trascendió la mera fotografía diplomática para revelar un ajuste táctico en una estrategia de larga data: la desestabilización sistémica de la República Islámica de Irán. Lejos de ser una iniciativa novedosa, este movimiento se inscribe en el marco de opciones de política delineadas hace años por el establishment estratégico estadounidense, donde el uso de un "proxy" o aliado regional para aplicar presión militar y asumir riesgos aparece como una herramienta calculada.
En 2009, el influyente Centro Saban de Brookings publicó el análisis "Which Path to Persia? Options for a New American Strategy toward Iran" (Pollack et al., 2009). Este documento, un manual de opciones para enfrentar a Irán, exponía con frialdad un abanico de estrategias que iban desde la diplomacia y la contención hasta el cambio de régimen y la acción militar directa. De manera crucial, el análisis consideraba la opción de "Dejárselo a Bibi: Permitir o Alentar un Ataque Militar Israelí" (Pollack et al., 2009, p. 12), reconociendo explícitamente la utilidad de que un aliado asuma los costos iniciales y la retaliación de una acción bélica preventiva.
El documento argumentaba que un ataque israelí podría ser útil para Estados Unidos, incluso si solo retrasaba el programa nuclear iraní, al "comprar tiempo" para otras estrategias o al debilitar al régimen (Pollack et al., 2009, p. 62). Esta lógica resuena poderosamente hoy. Las declaraciones posteriores a Mar-a-Lago, donde Trump avaló un potencial ataque si Irán "continúa su programa de misiles" (Majed, 2026, 2 de enero), no hacen más que redefinir la línea roja –del arsenal nuclear al misilístico– manteniendo viva la justificación para la acción militar. Como señala un análisis, esto expone el objetivo real: "no la disuasión, sino la contención permanente y el debilitamiento estructural" de la autonomía estratégica iraní (Majed, 2026, 2 de enero).
La narrativa que presenta a Israel como el único impulsor beligerante contra Irán es engañosa y omite la arquitectura estratégica estadounidense. Como apunta el analista Brian Berletic, "EE.UU. está usando a Israel (como usa a Ucrania, Taiwán, Filipinas) para avanzar en su objetivo global de confrontar el multipolarismo" (Berletic, 2026, 2 de enero). La relación es de dependencia asimétrica: Israel proporciona la acción en el terreno, la retórica de amenaza existencial y asume el riesgo de represalias directas, mientras Estados Unidos brinda cobertura diplomática, inteligencia de primer nivel, armamento avanzado y el paraguas de seguridad final.
Esta dinámica es funcional para Washington. Permite ejercer una presión máxima sobre Teherán externalizando los costos más peligrosos. Si estalla un conflicto abierto, los misiles iraníes –como los que impactaron en suelo israelí en junio de 2025– tendrían como destino inicial a Israel, no a bases estadounidenses en el Golfo. Esto no absuelve a Israel de su agencia y sus propios intereses expansionistas, pero sitúa sus acciones en el contexto de una estrategia mayor orquestada desde Washington, para la cual es un instrumento clave, aunque no siempre perfectamente alineado.
La estrategia no es solo militar. Siguiendo el menú de opciones de "Which Path to Persia", Estados Unidos despliega un ataque multifacético. Las protestas económicas en Irán, como las recientes por la devaluación del rial, son explotadas narrativamente para pintar un régimen al borde del colapso (Karaki, 2026, 2 de enero). Esta cobertura, amplificada por medios aliados, busca legitimar la presión externa y desestabilizar internamente, un punto reconocido incluso por altos funcionarios iraníes como Ali Larijani (PressTV, 2026, 2 de enero).
Paralelamente, se libra una guerra híbrida. Irán anunció recientemente haber repelido uno de los mayores ciberataques DDoS contra su infraestructura de comunicaciones, con más de 120,000 fuentes de ataque (PressTV, 2026, 1 de enero). Este tipo de operaciones, junto con sabotajes y campañas de desinformación, buscan degradar la resiliencia nacional iraní, agotar sus recursos y crear un terreno fértil para el malestar, cumpliendo con el objetivo de desestabilización sin una guerra convencional declarada.
Irán no es un actor pasivo. Su respuesta a las amenazas ha sido contundente, advirtiendo que cualquier intervención "desestabilizará toda la región" (Larijani, citado en PressTV, 2026, 2 de enero) y prometiendo una respuesta dura. Su doctrina de disuasión se basa en una retaliación asimétrica y en la capacidad de imponer costos inaceptables, como demostró en la "Guerra de los 12 Días".
El peligro del juego de proxies que juega Estados Unidos es la pérdida de control. Una nueva campaña de ataques contra objetivos iraníes, incluso si es ejecutada por Israel, podría cruzar un umbral que lleve a Teherán a responder directamente contra intereses estadounidenses en la región, arrastrando a Washington al conflicto directo que buscaba evitar. La reunión en Mar-a-Lago no fue un episodio aislado, sino un capítulo más en una estrategia persistente de contención y desgaste contra Irán, donde Israel funciona como la punta de lanza de una política que, en última instancia, busca preservar la hegemonía estadounidense en un Oriente Medio cada vez más multipolar.
Referencias:
Berletic, B. [@BrianJBerletic]. (2026, 2 de enero). It needs repeating (again)... [Publicación de X]. X. https://x.com/BrianJBerletic/status/2005912958124134855?s=20
Berletic, B. [@BrianJBerletic]. (2026, 2 de enero). On riots in Iran... [Publicación de X]. X. https://x.com/BrianJBerletic/status/2006945929438589349?s=20
Karaki, B. [@bkrkaraki]. (2026, 2 de enero). Iran Reality Update [Publicación de X]. X. https://x.com/bkrkaraki/status/2006828640701472887?s=20
Majed, I. [@ibrahimtmajed]. (2026, 1 de enero). Iran’s Situation: A Reality Check Update [Publicación de X]. X. https://x.com/ibrahimtmajed/status/2006727449103491427?s=20
Majed, I. [@ibrahimtmajed]. (2026, 2 de enero). Trump-Netanyahu Meeting and the Next Iranian "Threat" [Publicación de X]. X. https://x.com/ibrahimtmajed/status/2005723110444519798?s=20
Pollack, K. M., Byman, D. L., Indyk, M., Maloney, S., O'Hanlon, M. E., & Riedel, B. (2009). Which Path to Persia? Options for a New American Strategy toward Iran. The Saban Center for Middle East Policy at the Brookings Institution.
PressTV. (2026, 1 de enero). Irán frustra uno de los mayores ciberataques contra infraestructura de comunicaciones: Ministro. https://www.presstv.ir/Detail/2026/01/01/761673/Iran-cyberattacks-Sattar-Hashemi-communications-infrastructure-Behzad-Akbari-DDoS-
PressTV. (2026, 2 de enero). “Tengan cuidado con sus soldados”, advierte Larijani a EE.UU. tras la intromisión de Trump. https://www.presstv.ir/Detail/2026/01/02/761714/Larijani-warns-Trump-after-meddlesome-post
Villar, X. (2026, 2 de enero). La Lógica de la Confrontación Permanente: EEUU, Israel y la Autonomía Iraní. HispanTV.
La Lógica de la Confrontación Permanente: EEUU, Israel y la Autonomía Iraní
Xavier Villar
En Mar-a-Lago, un escenario donde la informalidad diplomática rara vez es accidental, el primer ministro Benjamín Netanyahu y el presidente Donald Trump mantuvieron esta semana una reunión cuyo contenido, filtrado con cuidado, fue más allá de los lugares comunes del expediente iraní. La atención no se centró en el programa nuclear de Teherán, eje discursivo de dos décadas de presión y advertencias, sino en un objetivo más inmediato y operativo: el arsenal iraní de misiles balísticos y de crucero. Según fuentes cercanas a ambos gobiernos, la petición israelí fue explícita. Estados Unidos debería lanzar, o al menos respaldar políticamente y apoyar desde el plano logístico, una nueva campaña de ataques orientada a degradar de manera significativa esas capacidades.
Sin embargo, más allá de la coyuntura inmediata, este renovado ímpetu bélico ilumina con crudeza dos realidades estratégicas incómodas. En primer lugar, desnuda la narrativa, ampliamente difundida en ciertos círculos occidentales tras la llamada “Guerra de los 12 Días” de junio de 2025, de una victoria israelí-estadounidense decisiva y paralizante. En segundo lugar, actúa como un sintomático y desesperado intento de Tel Aviv por reconfigurar la arquitectura de seguridad regional ante el lento pero inexorable pivot estadounidense hacia Asia, formalizado en la reciente Doctrina de Seguridad Nacional de la Administración Trump, que señala el fin de la era de las grandes intervenciones militares en Oriente Medio.
El espejismo de la degradación: lo que junio no pudo destruir
La retórica oficial tras los intercambios de junio fue abiertamente triunfalista, en particular en Washington y Tel Aviv. Donald Trump afirmó haber “destruido por completo” el programa nuclear iraní. Benjamín Netanyahu habló de un “golpe estratégico histórico”. Medios alineados con esta narrativa describieron instalaciones como Fordow y Natanz reducidas a escombros humeantes y una capacidad de disuasión iraní severamente mutilada. Se instaló la imagen de un Irán doblegado, forzado a una tregua humillante tras una demostración abrumadora del poder tecnológico occidental e israelí.
La renovada insistencia de Netanyahu en la amenaza misilística perfora ese relato con precisión quirúrgica. Si la ofensiva conjunta hubiera sido tan concluyente, si la capacidad iraní de reconstrucción y represalia hubiera quedado realmente neutralizada, resultaría difícil explicar la urgencia por retomar la vía militar apenas seis meses después. La respuesta, sugerida por evaluaciones de inteligencia no publicitadas y por declaraciones más cautas del propio estamento de seguridad israelí, apunta a una conclusión menos complaciente: la campaña de junio fue, en el mejor de los casos, parcial y reversible.
Las imágenes por satélite de bases de la Guardia Revolucionaria y de instalaciones vinculadas a la producción de misiles mostraron daños considerables, pero no una destrucción sistémica. El entramado industrial iraní, caracterizado por su descentralización, su endurecimiento físico y una cadena de suministro ampliamente doméstica, exhibió una resiliencia que los ataques de precisión no lograron eliminar. Según estimaciones de centros europeos de estudios de defensa, Irán conservaría entre el 40 y el 60 por ciento de su capacidad de lanzamiento de misiles balísticos de medio y largo alcance. Más relevante aún, su doctrina de disuasión, basada en la saturación de defensas adversarias mediante oleadas de proyectiles relativamente baratos y no todos interceptables, permanece intacta.
El desplazamiento del discurso israelí desde la amenaza de un arma nuclear inminente hacia el peligro de un arsenal misilístico abrumador no constituye, por tanto, un simple ajuste táctico. Representa el reconocimiento implícito de un fracaso estratégico a la hora de degradar el núcleo de la defensa iraní. Lo que Netanyahu persigue ahora no es impedir un desarrollo futuro, sino neutralizar una capacidad existente que ya demostró su eficacia en junio, cuando decenas de proyectiles lograron penetrar el sistema defensivo israelí, provocando daños materiales y, sobre todo, un impacto psicológico significativo. La guerra de junio no quebró a Irán; confirmó la vigencia de su principal instrumento de disuasión.
El vacío que se avecina: la Doctrina Trump y la búsqueda israelí de un garante
Este renovado activismo militar israelí no puede entenderse, como ya se ha mencionado, al margen del nuevo marco estratégico emanado de Washington. La Doctrina de Seguridad Nacional presentada a finales de 2025, si bien mantiene un lenguaje firme sobre la competencia con China, traza una línea inequívoca en relación con Oriente Medio. La era de las intervenciones a gran escala y de la ingeniería regional liderada por Estados Unidos se da por concluida. En su lugar, se prioriza una estrategia de estabilización de bajo coste, la delegación de responsabilidades en aliados regionales y la contención de conflictos que puedan distraer recursos y atención de la rivalidad con Pekín.
Para Israel, este giro resulta profundamente inquietante. Durante décadas, su capacidad militar en la región ha descansado sobre un pilar central: el respaldo estratégico de Estados Unidos, no solo como proveedor de armamento avanzado, sino como actor dispuesto a intervenir directamente llegado el caso. El llamado pivote hacia Asia amenaza con replegar ese paraguas o, al menos, con dejarlo parcialmente abierto.
La insistencia de Netanyahu en Mar-a-Lago puede leerse, en este contexto, como un intento de reanclar a Washington a una lógica estratégica anterior mediante la creación de hechos consumados. Si consigue comprometer a Trump, aunque sea de forma implícita, en una nueva campaña contra las capacidades misilísticas iraníes, habrá alcanzado dos objetivos cruciales: infligir un daño tangible a su principal adversario y recrear una relación de dependencia operativa que obligue a Estados Unidos a mantener un grado de implicación militar en la región que su nueva doctrina aspira precisamente a reducir.
Se trata, sin embargo, de una apuesta elevada y cargada de riesgos. Trump, un presidente que presume de haber “traído la paz” y que es especialmente sensible al clima de opinión de su base electoral, cada vez más escéptica ante nuevas aventuras exteriores, podría percibir una escalada con Irán como una distracción costosa y un lastre político. Las advertencias de figuras influyentes como Tucker Carlson, que han denunciado una supuesta “relación parasitaria” con Israel, probablemente resuenen en un presidente que se encamina hacia unas elecciones de medio mandato particularmente complejas.
La resiliencia iraní
Desde Teherán, la lectura es sustancialmente distinta. Las declaraciones oficiales posteriores a la reunión de Mar-a-Lago han sido de una firmeza cuidadosamente calibrada. El presidente Masoud Pezeshkian advirtió de una respuesta “severa” ante cualquier nueva agresión. No se trata de una amenaza retórica. La doctrina militar iraní, puesta a prueba en junio, descansa en la lógica de la escalada controlada y en la capacidad de imponer costes inaceptables, no en la pretensión de imponerse en una guerra convencional directa.
En los círculos de seguridad iraníes predomina la percepción de que la contención mostrada en junio, al limitar los ataques a objetivos militares y evitar una escalada descontrolada pese a las bajas civiles sufridas, fue interpretada en Occidente como una señal de debilidad. Un segundo ataque, en particular si se dirigiera contra lo que Teherán considera el núcleo de su defensa soberana, su arsenal misilístico, provocaría una respuesta de distinta magnitud y velocidad. Entre las opciones evaluadas figuran ataques a gran escala contra infraestructuras críticas israelíes, o el cierre del estrecho de Ormuz con sus evidentes repercusiones sobre la economía mundial.
El riesgo, por tanto, no se limita a una nueva ronda de hostilidades. Apunta a una dinámica de escalada difícil de contener que podría arrastrar a Washington a un conflicto prolongado, precisamente el escenario que la nueva doctrina estadounidense busca evitar.
Conclusión: El ancla estratégica: los esfuerzos israelíes y el precio de la dependencia
El encuentro en Mar-a-Lago no fue una mera reunión de aliados. Representó la culminación de una campaña metódica y persistente por parte de Israel para asegurar, consolidar y, sobre todo, expandir el compromiso de seguridad estadounidense en un momento de transición histórica. El éxito de estos esfuerzos es evidente: las declaraciones posteriores del presidente Trump, que equiparan el desarrollo misilístico iraní con su programa nuclear como justificación para posibles ataques, muestran que la diplomacia israelí ha logrado redefinir las "líneas rojas" según sus propios intereses.
Este logro, sin embargo, no es un fin en sí mismo, sino un eslabón más en una cadena de dependencia estratégica. Los esfuerzos israelíes no buscan simplemente un apoyo puntual; buscan anclar a Estados Unidos a una lógica de confrontación permanente con Irán, creando un mecanismo por el cual cualquier avance defensivo de Teherán pueda ser interpretado, con el beneplácito de Washington, como un casus belli. En el contexto del “pivot” asiático estadounidense, esta maniobra adquiere urgencia: es un intento de garantizar que la retirada relativa de EE.UU. de la región no afecte su papel como garante último de la supremacía militar israelí.
La insistencia en el programa misilístico, precisamente tras una guerra que no logró degradarlo, revela la profundidad de esta estrategia. Al elevar esta capacidad a la categoría de amenaza existencial equiparable a lo nuclear, Israel consigue dos objetivos: primero, mantiene a Irán en el centro de la agenda de seguridad de Washington; segundo, institucionaliza un estado de tensión que requiere vigilancia y predisposición a la acción continuas por parte de Estados Unidos. Pero lo que esta narrativa tiende a ocultar es la resiliencia iraní: el arsenal de misiles no es solo una amenaza; es la piedra angular de una estrategia defensiva cuidadosamente diseñada, capaz de regenerarse y de disuadir incluso a potencias tecnológicamente superiores.
No obstante, este éxito diplomático conlleva un riesgo estratégico mayúsculo, tanto para Tel Aviv como para Washington. Al aceptar este marco ampliado, Estados Unidos no solo se compromete potencialmente a una serie de conflictos abiertos para defender una “línea roja” elástica y dinámica, sino que también cede a Israel la llave para activar la maquinaria militar estadounidense según criterios propios, que pueden diferir de los intereses más amplios de Washington en un mundo donde la rivalidad con China es prioritaria.
Para Israel, el riesgo reside en la sobreextensión y en la generación de expectativas difíciles de cumplir. Al asegurar este nivel de compromiso estadounidense, se incrementa la presión para presentar la amenaza como inmediata y justificar la necesidad de acción, lo que puede derivar en escaladas prematuras o en interpretaciones agresivas de información ambigua. Al mismo tiempo, la narrativa de dependencia refuerza, entre ciertos sectores críticos en Estados Unidos, la percepción de que la relación con Tel Aviv no es una alianza entre iguales, sino un lastre que puede arrastrar a Washington hacia conflictos prolongados y sin resolución clara.