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Reflexiones sobre el Leviatán de la mano de Carl Schmitt

Reflexiones sobre el Leviatán de la mano de Carl Schmitt
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directorelespiadigitales/8/8/23
viernes 13 de marzo de 2026, 22:00h
08 de marzo de 2026, 19:06h
Juan Gabriel Caro Rivera
En una entrevista del 2007, sobre la controversia acerca de las relaciones de Estados Unidos con Israel, el experto en relaciones internacionales estadounidense, John Mearsheimer, defendió la tesis que la exclusividad que Estados Unidos desplegaba alrededor de las relaciones con Israel, desde un punto de vista realista, perjudicaban gravemente los intereses de Estados Unidos en el Medio Oriente: «Creo que cuando esa relación especial, tan crítica para nuestros intereses, se vuelve exclusiva, cuando esa relación especial se vuelve excluyente, entonces, creo, los intereses estadounidenses sufren» (1). Mearsheimer, después de ser atacado por el libro que escribió junto a Stephen Walt (The Israel Lobby) en 2007, volvió a reafirmar su postura en otra entrevista dirigida hacia él en el 2024, donde lo cuestionaban sobre la veracidad de sus tesis del poder de un lobby israelí que dominaba la política exterior de los Estados Unidos. Sin embargo, Mearsheimer respondío: «Creo que tenemos razón en nuestras ideas. El lobby es tan poderoso como siempre» (2). Incluso un gran experto como Mearsheimer encuentra difícil de explicar porque un país tan pequeño como Israel es capaz de controlar la política exterior de una gran potencia como los Estados Unidos, y aunque comprende que el elemento religioso juega un papel muy importante, especialmente en el hecho de que «algunos de los actores clave en el lobby no son judíos, y el ejemplo más destacado de esto es un grupo ampliamente conocido como el sionismo cristiano. Se trata de cristianos evangélicos duros que desempeñan un papel clave en la promoción de políticas proisraelíes» (3), pareciera que los análisis de Mearsheimer, a pesar de ser bastante lógicos y atentos, fueran incapaces de captar la realidad detrás de semejante influencia. Mearsheimer, al final, es un realista y un escéptico, sacando como conclusión de que los intereses de Estados Unidos estarían mejor protegidos si su política tomara en cuenta a otros actores del Medio Oriente, fuera de Israel. Para él, resulta incomprensible este poder que ejerce el lobby israelí sobre los Estados Unidos.
Resulta interesante constatar, que otro pensador de talla internacional, Carl Schmitt, se preguntó sobre este mismo problema hace más de ochenta años. Nicholas Sombart, el hijo del famoso economista alemán Werner Sombart, recuerda en sus memorias las muchas conversaciones que tenía con Carl Schmitt. Lo más interesante es que el hijo del frío y racional economista hablaba de que Schmitt practicaba una clase de conocimiento muy «diferente al que había recibido de mi padre, que me había transmitido un sólido esquema de hechos… Para mi padre la vía al conocimiento pasaba por un saber universal, siempre accesible a todos», en cambio, Schmitt «me ofrecía vertiginosas visiones topográficas de conjunto. No entrenaba mi memoria, sino mí fantasía. Era un “saber” de otro tipo… Es por naturaleza “secreto”. El conocimiento asociado a esta verdad no puede ser comunicado por vía directa», por lo tanto, «la verdad es el monopolio secreto, celosamente custodiado, de una restringida élite de “iniciados”, y el acceso a ella requiere de una “iniciación” que no está permitido a cualquiera… El medio para comunicarla (para transmitir lo inexpresable) es la imagen mítica» (4). Pero, ¿cuál es este conocimiento secreto tan celosamente custodiado del que parecía custodiar Carl Schmitt y del que nos habla Nicholas Sombart?
Carl Schmitt fue sin duda el jurista más importante del siglo XX y el peso de sus ideas se sigue sintiendo hoy en día. En general, en los medios de comunicación y en las discusiones filosóficas, tanto de los pensadores de izquierda como de derecha, se suele citar muchos de sus libros, como La teología política, El concepto de lo político o la Teoría del partisano. Conceptos como lo político, el estado de excepción y el Gran Espacio se han convertido hoy en día en un tema de reflexión ordinario sobre el cual diferentes expertos han escrito enormes tratados intentando explicar las ideas de este famoso profesor de Plettenberg. No obstante, resulta interesante constatar que otros de sus conceptos, aquellos que hacían referencia explicita hacia un saber arcano y poco conocido, es pocas veces abordado por los diferentes autores que lo citan o han construido su pensamiento alrededor de sus ideas. Uno de estos conceptos arcanos de Carl Schmitt sin duda se encuentra en uno de sus libros de juventud, siendo quizás este, junto con Tierra y Mar, el libro más esotérico que este pensador alemán alguna vez haya escrito. El libro en cuestión se titula El Leviathan en la teoría del Estado de Tomás Hobbes y está lleno de ideas interesantes que, para bien o para mal, han caído en el olvido en la actualidad.
El libro de Carl Schmitt sobre la teoría del Leviatán en Tomás Hobbes parte de la siguiente premisa: el objetivo de Hobbes, como el “profeta del Leviatán”, es restablecer la unidad entre la religión y la política destruida por el cristianismo: «Hobbes combate la escisión típicamente judeocristiana de la unidad política originaria. La distinción de los dos poderes, temporal y espiritual, era ajena a los paganos, según Hobbes, porque la religión era a sus ojos parte integrante de la política; los judíos construyen la unidad partiendo de lo religioso. Sólo la Iglesia romana papal y las iglesias o sectas presbiterianas, afanosas de poder, viven de esa separación del poder espiritual y el temporal, capaz de aniquilar al Estado. La superstición y el abuso de extrañas creencias en los espíritus, nacidos del miedo y del ensueño, han destruido la unidad pagana originaria y natural de la política y la religión. La lucha contra el “reino de las tinieblas” a que la Iglesia romana aspira, el restablecimiento de la unidad originaria, he ahí, como dice Leo Strauss, el sentido genuino de la teoría política de Hobbes» (5). Esta unidad entre la política y la religión, estaba dada para Hobbes en el símbolo de la serpiente y el dragón, el cual fue removido por los cristianos de los estandartes de la Roma conquistadora por el converso de Constantino y posteriormente por el papado durante la Edad Media. Al igual que el emperador Juliano, Hobbes trató de restaurar un símbolo de la realeza: «Como el Leviatán es también una serpiente o un dragón, conviene recordar que ambos animales, en el mito y en la leyenda, aparecen, a veces, como hostiles y malos en la mitología preasiática y judía, al paso que los pueblos no judíos ven en la serpiente o dragón el símbolo de divinidades protectoras y buenas. En este sentido, el dragón chino no es un caso único. Los celtas adoraban a las serpientes y dragones; los longobardos, vándalos y otras estirpes germánicas tenían el dragón o la serpiente como símbolo bélico. Entre los anglosajones figura el dragón desde muy antiguo como emblema en el campamento real» (6).
Según Schmitt, el objetivo de Thomas Hobbes al usar el símbolo del Leviatán con tal de restablecer el poder soberano y ponerle fin a las guerras de religión, era de una manera u otra parar el derramamiento de sangre que la escatología había alimentado durante este período. Schmitt afirma que el «Leviatán y Behemoth llegan a ser, en esta interpretación, mitos polémicos judíos del más elevado estilo. Son las imágenes vistas con ojos judíos de la energía vital y de la fecundidad de los pueblos paganos, del “gran Pan”, que el odio y el sentimiento de superioridad judíos han desfigurado en monstruos» (7). El libro de Schmitt debe considerarse como un balance que «debe establecerse de manera decisiva si el mito del Leviatán engendrado por Hobbes resultó ser una verdadera restauración de la unidad vital originaria, si ha dado buenos resultados como imagen político-mitica que combatía la destrucción judeo-cristiana de la unidad natural o no, y si estuvo a la altura de la dureza y la aspereza de una lucha de este tipo» (8). Es precisamente este último punto, el que Schmitt cuestiona de forma decisiva. Para Carl Schmitt Thomas Hobbes, al elegir el símbolo del Leviatán como la fuente de poder del Estado, actuó como un aprendiz de brujo inmaduro que buscaba recuperar la autoridad del poder de la monarquía, pero en lugar de elegir un símbolo tradicional de la realeza como el dragón o el león eligió al Leviatán.
El Leviatán en la Cábala judía es una bestia impía asesinada por Yahvé o el arcángel Gabriel y del cual luego los judíos se alimentaban de su carne y luego construyen con sus restos casas y refugios (9). Schmitt consideraba que el hecho de que Hobbes hubiera elegido este símbolo para representar el poder del Estado moderno fue un error que condenaba al Estado a ser destruido por aquellos iniciados en la cabalística judía y que sabían cómo eliminar o penetrar su autoridad. A estos iniciados en los secretos de la Cábala Schmitt les dio el nombre de poderes indirectos. Estos poderes indirectos, que operaban a espaldas y de forma libre dentro de la autoridad del Leviatán, bajo el principio de libertad de consciencia que protegía el Estado moderno (la teología política de Spinoza), terminaron aliándose para destruir a su enemigo jurado: «Todos los poderes indirectos, de otra manera enemistados los unos con los otros, estuvieron de pronto de acuerdo y se aliaron para “la captura de la gran ballena”. Ellos la mataron y la destriparon» (10). Este ritual de sacrificio sangriento, explica Schmitt, tenía orígenes bíblicos y cristianos que terminó alimentando toda clase de movimientos subversivos que buscaban destruir la soberanía del poder estatal y su autoridad: «Para el pio lector de la Biblia, el Leviatán continúa siendo algo espantoso; para el puritano, un signo de la más descarada idolatría de una criatura. Para todo buen cristiano tenía que ser una idea horrorizante ver al gran animal contrapuesto al corpus mysticum del Dios hecho Hombre, al gran Cristo. Con respecto a los judíos, la imagen del Leviatán, interpretada desde siglos por rabinos y cabalistas, reforzó su sentimiento de superioridad ante los pueblos paganos y el ídolo bestial de su voluntad de poder. El ilustrado humanista, por su parte, podía concebir perfectamente el Estado como obra de arte y maravillarse, pero para su gusto clasicista y su sensibilidad sentimental, el Leviatán, elevado a símbolo del Estado, aparecía o como una bestialidad o como una máquina transformada en Moloch que había perdido todas las fuerzas de un mito de la razón y que sólo quedaba como representación de un “mecanismo”, muerto y movido desde el exterior, a quien ahora se colocaba en oposición polémica contra el “organismo” animado y movido desde el interior» (11). Fue así como al final grupos de revolucionarios de judíos secularizados, sectas cristianas, logias masónicas, guerrillas espirituales y sociedades secretas terminaron convirtiéndose en organizaciones subversivas que acabaron por condenar a la soberanía estatal. Los intentos de Hobbes de crear un nuevo mito político para asegurar la autoridad del Estado fracasaron con la creación de poderes indirectos que socavaron el absolutismo por medio de la defensa del igualitarismo y la democracia. El hundimiento del Antiguo Régimen coincide, por cierto, con la interpretación de un sangriento ritual de nacimiento que da origen al mundo moderno por medio de un ritual de sangre: el Terror y el asesinato de los reyes.
Ahora bien, existe en todo esto un punto incluso más importante. Uno de estos poderes indirectos, nacidos del descuartizamiento ritual del Leviatán a finales del siglo XIX fue el sionismo. Si seguimos las ideas de Gershom Scholem, el mayor experto en la Cábala del siglo XX, entonces podemos decir que el sionismo es en realidad una secularización de la mística judía. Scholem defendía este punto citando el ejemplo de Sabattai Zevi: el “pecador santo” que a través de su transgresión daba nacimiento a un nuevo mundo y derogaba la antigua ley (12). El sionismo era, para Scholem, la continuación de la mística judía en un mundo donde la religión se había desvanecido y no es gratuito que en el año de 1923 «Gerhard Scholem permaneció en Alemania sólo hasta Yom Kipur, después de lo cual inmediatamente hizo aliyah y cambió su nombre por el de Gershom» (13). Si la tesis del sionista Scholem es correcta y el sionismo se convirtió en el Mesías colectivo que trae consigo el triunfo de la escatología judía sobre la forma romana (el katechon), entonces los actuales acontecimientos que están ocurriendo a nivel mundial no son más que la continuación de un sacrificio ritual que hoy en día los sionistas interpretan a nivel mundial.
En sus conversaciones con Nicholas Sombart, Schmitt sostiene que los «acontecimientos actuales le estaban dando la razón al judaísmo. La interpretación cristiana de la historia, basada sobre el pecado original y sobre la redención del hombre en el más allá, le parecía perdedora. La victoriosa era la hebraica: la humanidad está en progreso hacia un futuro “reino de paz”, hacia la “Nueva Jerusalén”, lejana en el tiempo pero situada en el más acá. La escatología estaba a punto de imponerse sobre el mesianismo. Con la secularización moderna, especialmente a partir de la Revolución francesa, los pueblos europeos habían acelerado el curso de la historia en el sentido marcado por el judaísmo» (14). Esto implicaba, según Schmitt la disolución del katechon, que para él coincidía con el catolicismo y el cristianismo en general. El hecho de que hoy predomine el cristianismo sionista entre los cristianos conservadores no hace sino confirmar las tesis de Schmitt de la disolución del mismo cristianismo por medio de la escatología judía. Ahora bien, Schmitt también llega a la conclusión de que «todo esto no habría sucedido tan rápido si no hubiera sido por una cosa: la combinación del universalismo judío con el dominio inglés de los mares. ¡Ésta es la simbiosis ideal conforme al espíritu del mundo! La visión judía de un imperio universal y la potencia marítima inglesa se fundieron en un inmenso proyecto para la humanidad, al que nadie puede sustraerse. Y ello porque los judíos dominan el arte secreto de tratar al Leviatán. Saben domesticarlo y en el momento oportuno descuartizarlo. Sin violencia. ¿Por arte de magia? ¿Por ensalmo? ¡No, con el poder de la mente!» (15). Cuando Carl Schmitt tenía estás conversaciones con Nicholas Sombart, el Leviatán hegemónico del mundo era el Imperio Británico que comenzó a desmoronarse después de la Segunda Guerra Mundial, en 1948, año de fundación del Estado de Israel. Hoy el Leviatán moderno es Estados Unidos. Si la Primera y la Segunda Guerra Mundial dieron nacimiento al Estado de Israel, hoy los sionistas consideran que una Tercera Guerra Mundial hará que su poder sobre el mundo sea incuestionable. Para el sionismo ha llegado el momento de descuartizar al Leviatán (Estados Unidos) y construir con sus restos el Tercer Templo y alimentar con su carne a su pueblo. Las guerras en Libia, Siria, Sudán, Gaza e Irán no son más que rituales de sacrificio liderados por el sionismo para construir el Eretz Israel de mar a mar. Y ahora, los poderes indirectos (la isla de Epstein) han desatado una guerra sobre la isla mundial en contra de las naciones gentiles para preparar el restablecimiento del poder que Israel tenía en la época de David y Salomón.
Hoy en día, como explica el filósofo ruso Alexander Dugin, el aceleracionismo se ha convertido en la ideología real de la élite globalista, sin importar que este aceleracionismo sea de izquierda (progresista, woke, etc.) o de derecha (sionista, neoconservador, etc.) (16). El aceleracionismo no es más que un nombre modernizado para lo que no es otra cosa que la escatología judía la cual ha engullido por completo el tiempo y el ritmo de los otros pueblos. Frente al actual estado de cosas, sería bueno recordar las palabras de Joseph de Maistre, en uno de los capítulos más enigmáticos de sus Consideraciones sobre la revolución francesa, que lleva por título “La destrucción violenta de la humanidad”: Hay, además, motivos para creer que esta destrucción violenta no es un mal tan grande como se cree: al menos, es uno de esos males que entran en un orden de cosas en que todo es violento y contra naturaleza, y que producen compensaciones. En primer lugar, cuando el alma humana ha perdido su temple por la molicie, la incredulidad, y los vicios gangrenosos que acompañan al exceso de civilización, no puede volver a templarse más que en la sangre. No es fácil, ni mucho menos, explicar porqué la guerra produce efectos tan diferentes según las diversas circunstancias” (17).
Notas:
  1. Debate over Controversial ‘Israel Lobby’ Continues, https://www.npr.org/transcripts/14566795
  2. Carl Schmitt, Tierra y Mar, Editorial Trota, págs. 98-99.
  3. Carl Schmitt, El Leviathan en la teoría del Estado de Tomás Hobbes, Editorial Struhart & Cía, 2002, pág. 65.
  4. Ibíd., págs. 64-65.
  5. Ibíd., págs. 64.
  6. Ibíd., págs. 68.
  7. Carl Schmitt, El Leviathan en la teoría del Estado de Tomás Hobbes, Editorial Struhart & Cía, 2002, pág. 166.
  8. Ibíd., págs. 136.
  9. Steven M. Wasserstrom, Religion after religion. Gershom Scholem, Mircea Eliade, and Henry Corbin at Eranos, págs. 63-64.
  10. Ibíd., págs. 115.
  11. Carl Schmitt, Tierra y Mar, Editorial Trota, págs. 100-101.
  12. Ibíd., pág. 101.