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El día después de la guerra en el Golfo Pérsico todo habrá cambiado
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El día después de la guerra en el Golfo Pérsico todo habrá cambiado

Por Administrator
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directorelespiadigitales/8/8/23
martes 07 de abril de 2026, 22:00h
José Luis Carretero Miramar
El presidente norteamericano Donald Trump ha puesto en crisis, en apenas dos semanas de agresión armada contra la República Islámica de Irán, los elementos fundamentales de la hegemonía occidental sobre el sistema capitalista global. Trump, con sus bombardeos sin respaldo estratégico claro ha quebrado, al mismo tiempo, el sistema jurídico internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial, las cadenas de valor globalizadas de la economía neoliberal, y el paradigma geopolítico basado en la actuación del ejército de Estados Unidos como gendarme del mundo.
El sociólogo marxista Immanuel Wallerstein, impulsor de la teoría de los “sistemas-mundo” caracterizaba al capitalismo como un sistema social y le aplicaba la teoría que, en las ciencias naturales, se ha desarrollado para el estudio de los sistemas físicos y biológicos. Así, Wallerstein consideraba que el capitalismo, como todo otro sistema tuvo un inicio, ha pasado por etapas de crecimiento y madurez, y llegará a su final. Para Wallerstein, el sistema mundo-capitalista estaba ya en los inicios de este siglo iniciando una etapa de turbulencias que marcaban la desestabilización global que iba a conducir a su declive. Esta etapa de desestabilización, en todos los sistemas, está marcada por la aparición y creciente multiplicación de crisis interdependientes que conducen a bifurcaciones caóticas cada vez más radicales. Es como la rueda de un vehículo que se sale de su eje: al principio la rueda se va a desplazando de manera casi imperceptible, pero conforme avanza su desestabilización cada nueva sacudida provoca movimientos más violentos e irreversibles.
La agresión de Trump contra Irán ha provocado una de estas bifurcaciones irreversibles en el sistema-mundo. Cuando todo esto acabe el escenario geoeconómico global ya no será el mismo. Las posibilidades de prever el futuro con solvencia son ahora mínimas. El caos, la incertidumbre y la volatilidad son ahora los elementos esenciales para cualquier intento de análisis racional de la situación.
Gaza ha sido el experimento previo que ha convertido en plausible la demolición trumpista de todo el edificio del Derecho Internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial. Un genocidio televisado diariamente y acompañado del silenciamiento de los organismos globales encargados de su prevención, como el Tribunal Penal Internacional y la Corte Internacional de Justicia. Estados Unidos, incluso, mantiene sancionados a los actores jurídicos encargados de hacer cumplir (menesterosamente, cuando menos) el ordenamiento jurídico. Tras esto, la agresión contra Venezuela, un crimen internacional de agresión flagrante. Y, tras ella, la absoluta demolición de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, ya que, en una misma semana, Estados Unidos e Israel agredieron sin provocación ni amenaza previa a una nación soberana firmante de la Carta, llevaron a cabo un magnicidio asesinando a su Jefe de Estado, y cometieron crímenes de guerra y de lesa humanidad televisados internacionalmente como el bombardeo de una escuela en Minab, asesinando fríamente a más de un centenar de niñas sin que nadie haya sido detenido, enjuiciado o separado de su puesto por ello.
La destrucción completa del sistema jurídico internacional tiene muchas más implicaciones de lo que normalmente pensamos. El Sur global lo ha visto todo en vivo y en directo, lo que deslegitima de manera irreversible todo el discurso de los últimos siglos sobre la superioridad de la civilización occidental basada en el Derecho, el cumplimiento de los contratos y los contrapesos y garantías frente al poder absoluto. Es una construcción teórica desarrollada durante siglos que ahora se derrumba sin remedio. El “pacta sunt servanda” se ha terminado y la fuerza desnuda le sustituye. Irán lo ha entendido bien y por eso ha contraatacado con una violencia que no admite los límites legales que su agresor no respeta. Algo que los norteamericanos, acostumbrados a no ser respondidos en sus propios términos en la arena internacional, probablemente no esperaban.
Y el crimen de agresión de la presidencia estadounidense finiquita también la era de la globalización económica, que ya estaba herida tras los aranceles lanzados unilateralmente por Trump contraviniendo todos sus acuerdos bilaterales anteriores y el régimen de la Organización Mundial de Comercio. Los misiles en el Golfo anuncian el espectro brutal de la estanflación (inflación sin crecimiento) y escenarios de recesión en Estados Unidos, Asia y la Unión Europea.
El cierre del estrecho de Ormuz impulsa un aumento vertiginoso de los precios de la energía, el transporte y los fertilizantes. Es decir, una crisis salvaje del sistema sanguíneo del aparato productivo global. Para los economistas de Aberdeen y Goldman Sachs un aumento del precio del petróleo hasta los 180 dólares llevaría al Reino Unido, la UE y los Estados Unidos a una recesión acompañada de una inflación de más del 5 %. Filipinas ha declarado ya el estado de emergencia energética, la India raciona el consumo de gas porque ya no puede sostener al mismo tiempo el consumo industrial y el de los hogares, los precios de la gasolina y el diésel se han disparado un 12 % y un 22% en la Unión Europea en las últimas tres semanas según el Boletín Semanal del Petróleo de la Comisión Europea. Se multiplican las señales de alarma en los Bancos Centrales y en los despachos de los fondos de inversión.
El modelo de acumulación basado en la globalización de las cadenas de valor se ha quebrado de forma irreversible. Muchas de esas cadenas están rotas o tratan de rearticularse en función de criterios geopolíticos más que propiamente económicos. Se avanza en un modelo de pactos bilaterales inestables en un mundo más multipolar. Estados Unidos trata de sustituir la eficiencia productiva perdida por el saqueo puro y duro, y de estrangular las fuentes energéticas del crecimiento de China. Pero la sombra de una derrota militar en Irán (y volverse de allí con las manos vacías y sin reabrir el estrecho de Ormuz lo sería) implicaría que su última carta se habría jugado en vano, que el “gendarme del mundo” dejaría de ser invencible y de provocar pavor.
Y esa es la bifurcación geoestratégica fundamental que se ha iniciado: el imperio comienza su caída. El poder norteamericano, que ya no se basa en su primacía productiva, se ha ido retirando sobre la hegemonía que garantiza un presupuesto militar muy superior al del resto de la humanidad junto al “señoreaje del dólar” que permite mantener déficits imposibles para cualquier otro Estado.
La derrota militar en Afganistán, pese a ser claramente premonitoria de lo que estaba por venir, podía aún presentarse como algo episódico ocurrido en un espacio marginal de la geografía mundial. La previsible derrota en Irán, que tiene como origen el simple hecho de que la República Islámica ha decidido resistir, implica una crisis mucho más profunda de la hegemonía militar norteamericana. No sólo estamos viendo que gran parte del armamento más moderno y caro del Ejército más tecnologizado del mundo puede ser neutralizado por drones baratos utilizados con inteligencia. Además, se ha vuelto evidente que, si alguien quiere de verdad resistir, la hegemonía aérea y tecnológica no garantiza la destrucción del adversario. Los vaivenes de las declaraciones del presidente norteamericano profundizan otro marco de decadencia: Trump responde a las turbulencias en el mercado de bonos estadounidenses, que son un síntoma de la creciente tendencia de los inversores a poner en cuestión la hegemonía del dólar como moneda de respaldo global. Los fondos y los Estados se plantean si es racional seguir acumulando dólares cuando el Imperio ya no puede mantener el orden. Si el poder militar y el financiero de Estados Unidos colapsan por una clara derrota en el Golfo Pérsico el Imperio entrará en una espiral descendente irreversible.
Además, se multiplican las señales de inicio de una nueva oleada de lucha de clases a nivel global. La reorganización del mundo sindical en muchos países (como el propio Estados Unidos), las revueltas recurrentes en el Sur del mundo, la articulación de un movimiento internacional creciente de solidaridad con Gaza…Todo ello anuncia un tendencial despertar de las luchas sociales. De forma aún desorganizada y sin un programa claro, las clases populares empiezan a agitarse frente al avance del fascismo como paradigma de gestión de la política estatal y de la producción social. Está por ver hasta donde podrá avanzar este proceso de “constitución social” de los sectores dominados en un contexto que puede desembocar en una gran conflagración global entre las potencias capitalistas en la próxima década. Los avances en la combatividad y la organización de la clase trabajadora no son lineales, pueden desatarse aceleradamente en poco tiempo o hundirse en una inercia esterilizante durante décadas, en función del contexto y de la capacidad estratégica y práctica de sus cuadros militantes.
Lo que está claro es que el mundo que viene ya no será el que hemos conocido hasta la comisión del crimen de agresión norteamericano e israelí sobre la República Islámica de Irán. El mundo cambió el día que Trump decidió atacar la escuela de Minab sin un plan claro y el régimen iraní decidió responder sin autolimitarse a un espectáculo pasivo de supuesta resistencia.
Decía el condottiero italiano renacentista César Borgia que cuando “todo es caos bajo el cielo, la situación es inmejorable”. Pero eso sólo es cierto para las clases populares si dedican su energía a organizarse, prepararse, unir sus fuerzas y desarrollar las capacidades de su militancia.
El Gran Israel y el Nuevo Orden Regional
Jwan Zreiq*
Las campañas de Israel en Gaza, Líbano e Irán no son crisis aisladas, sino frentes interconectados dentro de un proyecto más amplio de dominio regional.
El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados en todo Irán. Entre los primeros objetivos alcanzados se encontraba una escuela primaria de niñas en Minab. El edificio quedó destruido y cerca de 170 niños perdieron la vida . La investigación militar estadounidense, que ahora se enfrenta a pruebas fotográficas de un misil estadounidense, continúa en curso.
Existe una manera de interpretar el momento actual como una serie de emergencias inconexas: una guerra en Gaza, incursiones israelíes en el Líbano, ataques contra Irán. Cada una tiene sus propios actores y su propia lógica de escalada.
En los medios de comunicación árabes y occidentales, la pregunta que circula con frecuencia es: ¿Por qué Irán ataca a los países árabes? Desde esta perspectiva, la presencia de bases militares estadounidenses en la región se considera algo natural, mientras que la respuesta de Irán se presenta como una anomalía.
Lo que desaparece es la lógica expansionista que a menudo se describe como Gran Israel . No se trata solo de una fantasía ideológica, aunque también lo es. Ahora mismo, es un hecho observable sobre el terreno.
A las pocas horas de los ataques conjuntos, Irán, tal como había advertido públicamente, lanzó contraataques contra bases militares estadounidenses y activos aliados en todo Oriente Medio, incluyendo Jordania, Kuwait, Baréin, Catar, Irak, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Las estimaciones consolidadas sitúan el número de civiles muertos en Irán, a causa de la primera oleada de ataques y los posteriores, en más de mil, mientras los equipos de rescate continúan recuperando cuerpos de estructuras derrumbadas y sitios industriales dañados. Entre los fallecidos en la ofensiva inicial se encontraba el Líder Supremo Ali Jamenei , cuya muerte fue confirmada por las autoridades iraníes y cuyo fallecimiento ha dado paso a un período de incertidumbre política. Posteriormente, Irán atacó buques en el estrecho de Ormuz, lo que obligó a la Agencia Internacional de Energía a liberar 400 millones de barriles de petróleo crudo para estabilizar el suministro mundial.
Desde octubre de 2023, Israel ha estado expandiendo sus fronteras físicas en todas direcciones.
En Gaza, se rompió el alto el fuego y se reanudaron las operaciones militares. La Franja está siendo reocupada y su población se encuentra bajo un bloqueo total. En Cisjordania, en 2024 se estableció un récord de 59 nuevos asentamientos no autorizados, de los cuales 70 recibieron financiación estatal. En 2025, se preveía la aprobación de 50 000 nuevas viviendas, cuatro veces el récord anual anterior.
En Líbano, más de 517.000 personas han sido desplazadas tan solo en la última semana, el segundo desplazamiento masivo en menos de dos años. Este no es un frente nuevo. Antes de que comenzara esta oleada, las fuerzas israelíes ya habían matado a cerca de 400 personas durante el período de alto el fuego declarado y se negaron a retirarse de cinco posiciones militares dentro del territorio libanés.
Cada uno de estos acontecimientos se ha narrado como una crisis independiente. En conjunto, trazan una frontera que se expande en todas direcciones. Más allá de Asia Occidental, los crecientes lazos políticos y de seguridad de Israel en África, destacados por Yotam Gidron, refuerzan la ocupación de Palestina y, de hecho, respaldan las ambiciones territoriales que a menudo se denominan Gran Israel.
Días antes de que cayeran las bombas sobre Irán, la barrera ideológica se derrumbó por completo, y lo que quedó por encima de ella fue todo lo relacionado con la administración imperial en la región.
El embajador estadounidense Mike Huckabee afirmó que no habría problema si Israel reclamara todo el territorio entre el Nilo y el Éufrates: una vasta extensión que abarcaría el territorio israelí actual, los territorios palestinos de 1967, Jordania, Líbano, Siria y amplias zonas de Egipto, Irak y Arabia Saudita. Netanyahu presentó su «hexágono de alianzas», un plan de seguridad que vincula a Israel con India, Grecia, Chipre y un conjunto de estados árabes, africanos y asiáticos no identificados, con Israel como eje central. La oposición israelí invocó las fronteras bíblicas como consenso nacional.
El hexágono de Netanyahu trata sobre el orden. La declaración de Huckabee se refería a la tierra. Uno nombra lo que se va a confiscar; el otro diseña el sistema mediante el cual se administra y normaliza la confiscación. Un territorio sin una estructura de gobernanza es ocupación.
El hexágono sitúa a Israel en el centro de un sistema de seguridad regional que hace gobernable al Gran Israel. Lo que hace que esta arquitectura sea tan precisa en su ambición imperial es a quién nombra y a quién no. India aporta profundidad militar y tecnológica, así como un marco común para catalogar los movimientos de resistencia como terrorismo. Grecia y Chipre aportan legitimidad mediterránea y proximidad a la OTAN. La normalización que iniciaron los Acuerdos de Abraham y que el hexágono busca completar: la transformación de los gobiernos árabes en actores clave del dominio regional israelí, intercambiando su silencio sobre el despojo palestino por garantías de seguridad y acceso económico.
En otras palabras, el hexágono ofrece una estructura en la que las condiciones de protección y las de complicidad son las mismas, ofrecidas simultáneamente a gobiernos cuyas poblaciones no pueden ser informadas de lo que se ha acordado en su nombre.
La desconexión entre la lucha anticolonial y el Estado-nación capitalista se hace especialmente patente en el propio Golfo Pérsico. Al momento de escribir este artículo, las poblaciones del Golfo han estado recibiendo impactos de misiles iraníes durante 13 días, debido a que sus gobiernos albergan la infraestructura a través de la cual se libra esta guerra.
El sistema de los Estados del Golfo representa la forma más refinada del colonialismo. Su riqueza se basa en la extracción de recursos de Sudán y Yemen, su régimen laboral en la explotación del sistema kafala y de los trabajadores migrantes del sur de Asia, y su seguridad en alianzas con las mismas potencias que colonizaron la región, así como en el fortalecimiento de los lazos militares con la ocupación israelí de Palestina. El petroestado, por su propia naturaleza, sobrevive garantizando que las condiciones que generan pobreza nunca sean cuestionadas de raíz. Luchar contra el imperialismo en el Golfo es luchar contra el propio Estado.
Esta es la estructura que el hexágono fue diseñado para proteger y extender; una visión territorial declarada abiertamente antes de que cayera una sola bomba sobre Irán. El marco se estableció con antelación para que, cuando llegaran los ataques, estos ya estuvieran prefigurados y posicionados dentro de un orden regional que se había descrito como inevitable.
Dentro de esta lógica, todos los estados vecinos que podrían haber planteado un desafío coherente al dominio regional israelí se han visto fracturados, mientras que Irán permanece intacto, militarmente capaz y políticamente comprometido con la arquitectura de la resistencia, razón por la cual ha sido atacado.
La estructura de dominio del hexágono depende de corredores energéticos indiscutibles. Irán la disputa directamente. Dado que el Corredor Económico Internacional de Mancomunidad (IMEC) rodea físicamente a Irán, el hexágono lo rodea políticamente; los ataques buscan lograr lo que la fragmentación no pudo: eliminar el último obstáculo para un sistema regional en el que Israel opere como centro indiscutible.
Esta arquitectura está documentada. En 1982, Oded Yinon publicó «Una estrategia para Israel en la década de 1980» en Kivunim, la revista de la Organización Sionista Mundial. La premisa era explícita: la fragmentación de los estados árabes vecinos en entidades más pequeñas y controlables. Cada una se fracturó a lo largo de sus líneas divisorias internas de sectarismo, etnia y geografía hasta que ninguna pudo plantear un desafío coherente al dominio regional israelí.
Lo que siguió, la disolución de Irak, Libia y Siria, no puede atribuirse a un solo plan, e insistir únicamente en causas internas es ignorar las consecuencias de la fractura una vez que se produce. El imperio genera las condiciones, instalando dictadores, imponiendo sanciones y financiando grupos afines, para luego utilizar la inestabilidad resultante como justificación para la intervención. La disolución de estos estados se asemeja menos a una orquestación y más a un patrón de explotación, lo cual, en todo caso, resulta una conclusión aún más inquietante.
El marco de Yinon se interpreta con mayor precisión como una estructura de oportunismo: un compromiso de tratar las líneas de fractura existentes como recursos, de profundizar lo que ya está agrietado, de garantizar que ningún estado vecino desarrolle la coherencia necesaria para limitar la expansión israelí.
El concepto de necropolítica de Achille Mbembe da nombre a este mecanismo: el mundo de la muerte, un espacio organizado de tal manera que el asesinato se vuelve ilegible como sistema, donde cada zona de devastación queda sellada dentro de su propia temporalidad y un elenco de actores locales disponibles para ser culpados.
Esta ambigüedad opera simultáneamente en los planos territorial, económico y epistemológico. Cuando caen misiles sobre una capital, lo interpretamos como una escalada local. Cuando las sanciones estrangulan una economía, lo llamamos diplomacia. Cada evento se presenta en su propio contexto, y para cuando percibimos un patrón, la estructura ya está establecida.
La cuestión de quién atacó primero se plantea como una cuestión de secuencia, no de estructura. La pregunta más profunda sobre a qué visión más amplia sirve esta guerra permanece sin respuesta. Esto es lo que el sistema no puede explicar. Puedes diseñar un hexágono, trazar un corredor y disolver los estados que te rodean, y aún así habrá un hombre entre los escombros con un altavoz que atraviesa el hormigón, y eso bastará para volver a empezar.
Todo fuego es el mismo fuego. Y también todo regreso.
* escritor palestino afincado en Amán que explora los sistemas de poder, el exilio y la resistencia a través de ensayos personales y políticos.