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Todo será Ceuta

Todo será Ceuta
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viernes 28 de agosto de 2026, 17:21h
Sertorio
Durante su comparecencia en el Congreso este 26 de agosto, la ministro de “Defensa”, Margarita Robles, reconoció que los servicios de inteligencia españoles habían advertido de lo que se preparaba en Ceuta veinticuatro horas antes de que se produjera el asalto a nuestra plaza de soberanía. Pese a esto, el Gobierno decidió no hacer nada; dejó que los invasores entrasen y sacrificó a la población española, que pasó a ser rehén y víctima de los recién llegados. Pese a desplegar en Ceuta potentes unidades de combate, nada menos que un tercio de la Legión y una agrupación de Regulares, nada se hizo para proteger al territorio y a los nacionales españoles, aunque la función esencial de un Estado es defender al pueblo y al suelo; no en otra cosa se funda, desde los faraones hasta hoy, su legitimidad para exigirnos el pago de tributos. ¿Se imagina alguien esta escena en la España de 1960, por ejemplo, cuando una pareja de guardias civiles se bastaba y se sobraba para estas tareas? El respeto a una nación no se basa en los mimos y recompensas que proporciona a los gamberros que fuerzan sus límites, sino en su capacidad para rechazarlos con la debida contundencia, sin retroceder ante nada.

Existían el tiempo y los medios para impedirlo, pero nada se quiso hacer. Los ceutíes fueron abandonados a su triste suerte y hoy, con su vida y sus negocios arruinados, asisten a la destrucción de la que fue su ciudad. Algo que es obra y propósito del Gobierno que les ha vendido. Ceuta ya ha sido entregada. Nunca se recuperará de esta oleada ni de las que le sigan, que son la excusa perfecta para “redimensionar” España, para excluirla de la orilla sur del Estrecho, al igual que el acuerdo sobre Gibraltar de julio pasado dejó el norte en manos británicas. Ante las crisis “migratorias” que nos golpean, la actitud del Gobierno de Madrid es siempre la misma: bajarse los pantalones y dar las gracias a Marruecos. En los últimos tiempos, España ha renunciado a defender al pueblo saharaui, ha entregado miles de millones al Majzén para su desarrollo, ha reenviado el gas argelino “sobrante” (que tanta falta hace en nuestra acogotada red de energía) a Rabat y le ha regalado sin ninguna necesidad el ser sede del Mundial de fútbol. El agradecimiento de la satrapía alauí lo vimos el 30 de julio en las playas de Ceuta. Cualquier gobierno provisto de un mínimo de dignidad estaría ahora formando una alianza militar y política con Argelia, nuestro aliado natural. España, no; el gobierno de Madrid agradece sus leales servicios al de Marruecos. En un porvenir no muy lejano, el mentecato de turno en La Moncloa se sacará de la chistera un proyecto de “cosoberanía”y, en años o meses, la cobardía del Régimen y la sustitución demográfica harán el resto. Y no hay que ser adivino, ya ocurre, ante nuestros ojos, con el éxodo de los ceutíes a la península, que sólo acaba de comenzar.
Esta vergüenza no será la única. En un futuro próximo, toda España vivirá escenas como las de Ceuta. Lo que hoy pasa allende el Estrecho, mañana pasará en Ciudad Real, en Lugo, en Torrelavega, en Balaguer y en la puerta de nuestras casas. El objetivo de la Unión Europea es africanizar Europa, llenarla de emigrantes y convertir nuestro continente en un Bangladesh rebosante de mano de obra barata, que arruine a las clases medias y sature los servicios públicos hasta dejarlos inoperantes. Así se podrá producir con menos costes y se podrán privatizar la sanidad y la educación, así como la seguridad. Los estratos de población que se lo puedan permitir, vivirán más o menos protegidos en colonias donde se pagan a buen precio los servicios elementales que antes proporcionaba el Estado; y los demás, las desposeídas clases medias y los trabajadores, estarán condenados a vivir en los gigantescos “bidonvilles” que, al estilo de lo que vemos en las playas de Ceuta, es lo que le espera a la “white trash” europea. Que Londres, París o Roma se acaben pareciendo a Lagos, Dacca o Manila no les importa a quienes ya viven completamente aislados de la plebe, a quienes veranean en La Mareta o compiten en lujosas regatas y se niegan a que les incordien los habitantes de la capital del África española, cuyo triste sino consiste en ser espejo de lo que nos espera a todos los demás europeos. Seremos Tercer Mundo en una generación.
Crueldad y sarcasmo supremo, la propia nación es la que, al tributar, paga su asesinato y reemplazo. El dinero que el contribuyente tiene que entregar al Estado que le quiere perder, robar y dejar en la miseria, se emplea en satisfacer las necesidades de los invasores, no las de los invadidos, a los que su propia legislación les impide protestar y defenderse. De nuevo, Ceuta sirve de excelente ejemplo: organizaciones soi-disant “no gubernamentales”, pero que se nutren del dinero del Estado ( o sea, del nativo), se desvelan por los invasores que han violado nuestras fronteras, al tiempo que no dedican el menor esfuerzo a atender a los nacionales, que viven encerrados en sus casas y no disponen de atenciones básicas. Nadie protege al europeo originario. Nadie va a defenderlo. Se gastarán millones en Ucrania y en su guerra perdida (esa siniestra zahurda de dinero público, donde engorda la fortuna de las oligarquías occidentales), pero ni un euro va a la defensa de nuestros barrios, de nuestras calles, de nuestras plazas de soberanía. Fuerzas de seguridad modernas y muy bien equipadas se emplean para proteger al invasor y para atemorizar al invadido, cuya seguridad “no garantizan”. Todo ese equipo militar no está destinado a defenderte, lector, sino a todo lo contrario: a destruirte. Ya es hora de que entendamos que el Estado le ha declarado la guerra a la nación y que no parará hasta borrarla del mapa.