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Ormuz: Irán reescribe las reglas y acaba con la hegemonía naval de EEUU. Análisis

Ormuz: Irán reescribe las reglas y acaba con la hegemonía naval de EEUU. Análisis
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viernes 11 de septiembre de 2026, 22:00h
HispanTV
Las aguas estratégicas del estrecho de Ormuz, por donde transitaba aproximadamente el 20 % del petróleo mundial antes de la reciente guerra, se encuentran en el epicentro de un cambio fundamental en el equilibrio de poder que ha alterado de forma permanente el panorama geopolítico de la región.
Para la República Islámica de Irán, volver al statu quo anterior a la guerra está fuera de toda consideración. El país ha dejado claro, sin lugar a dudas, que los antiguos acuerdos, bajo los cuales todas las embarcaciones atravesaban la vía marítima mientras Irán afrontaba simultáneamente el estrangulamiento económico y las amenazas militares, han quedado relegados a los anales de la historia.
Lo que ha surgido ahora es una nueva realidad estratégica definida por la capacidad de influencia de Irán, el realineamiento regional y el debilitamiento permanente de la hegemonía naval estadounidense en el golfo Pérsico.
Incluso mientras continúan la agresión militar y la piratería marítima de EE.UU., Irán ha dejado enfáticamente claro que la vía marítima no volverá a abrirse hasta que todas sus demandas sean satisfechas. Y, aun si la vía marítima vuelve a abrirse, Irán mantendrá el control total sobre ella.
La nueva realidad estratégica
Más de seis meses después de que Estados Unidos y su representante sionista lanzaran lo que los estrategas militares estadounidenses habían previsto inicialmente como una campaña de “cambio de régimen” de una semana de duración, no se vislumbra una salida clara para los agresores, después de que se quedaran sin cartas que jugar.
Los objetivos que Washington se había fijado al comienzo han cambiado de manera drástica e incómoda. La reapertura del estrecho de Ormuz, que no figuraba entre los objetivos originales de Trump, se ha convertido ahora en una de las principales prioridades estadounidenses. Esta inversión de las prioridades estratégicas dice mucho sobre el error de cálculo que se ha producido y sobre el grado en que Irán ha logrado transformar el estrecho de un vulnerable cuello de botella en un instrumento inexpugnable de poder nacional.
El Ejército iraní ha dejado claro que el estrecho se encuentra bajo su control “completo e incuestionable”, sin permitir que ningún buque de guerra enemigo se aproxime a las aguas iraníes. Todos los buques de guerra hostiles se encuentran a cientos de kilómetros del estrecho. Esto constituye un notable testimonio de la capacidad de Irán para proyectar poder, impedir el acceso del enemigo e imponer costos a quienes en el pasado navegaban por estas aguas con libertad e impunidad.
Desde una perspectiva militar y regional, ninguna embarcación puede atravesar esta vía marítima sin el permiso y la gestión activa de Irán. Esta transformación no se produjo de la noche a la mañana. Es el resultado de décadas de inversión en capacidades navales asimétricas, incluida una extensa flota de embarcaciones de ataque rápido, sistemas de defensa costera, minas navales y misiles antibuque.
Irán también ha realizado importantes inversiones en capacidades de guerra submarina y sistemas no tripulados capaces de saturar las redes defensivas y desbordar a fuerzas navales superiores. La República Islámica ha creado efectivamente una arquitectura de defensa en capas que hace que cualquier operación naval en el estrecho sea extraordinariamente arriesgada para un adversario, independientemente de su superioridad
El marco entre Irán y Omán
El acuerdo entre Teherán y Mascate, cuyos detalles aún se encuentran en discusión, representa una reconfiguración fundamental de las reglas que rigen el cuello de botella petrolero más estratégico del mundo. También marca el fin de la hegemonía naval estadounidense en la región.
En virtud del acuerdo temporal sobre el corredor, los buques que ingresen al golfo Pérsico utilizarán una ruta septentrional que atravesará íntegramente las aguas territoriales iraníes, mientras que el tráfico de salida utilizará una ruta meridional a través de aguas omaníes. El corredor funcionará como una autopista controlada, con una anchura total de aproximadamente siete millas. Esto no supone un retorno a la navegación libre, sino un sistema de tránsito gestionado, sujeto a la supervisión y aprobación de Irán.
El viceministro de Asuntos Exteriores de Irán, Kazem Qaribabadi, enfatizó recientemente, con su habitual claridad, que este acuerdo no significa la reapertura del estrecho en ningún sentido convencional. La vía marítima permanece, en la práctica, cerrada y no se permite el paso de buques militares bajo ninguna circunstancia. Solo se permitirá el tránsito de barcos comerciales y, aun así, ese privilegio estará condicionado al cumplimiento por parte de Estados Unidos de las condiciones iraníes.
Las negociaciones con Omán se han llevado a cabo a través de un grupo de trabajo conjunto integrado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, la Organización de Puertos y Navegación Marítima y las Fuerzas Armadas. Esta amplia participación institucional pone de manifiesto el consenso nacional que respalda el nuevo enfoque de Irán para gestionar esta vía marítima estratégica.
El error de cálculo estadounidense
El enfoque de Washington respecto al estrecho ha estado marcado por la confusión estratégica y una retórica cambiante que delata una falta fundamental de una política coherente. Trump ha afirmado que la vía marítima está abierta y operativa, al decir a comentaristas conservadores que el estrecho funciona pese a algunos incidentes ocasionales. Esta caracterización contrasta con la realidad de una vía marítima que ha permanecido en gran medida cerrada durante seis meses, elevando los precios de los combustibles y los fertilizantes y generando una presión económica sostenida en Estados Unidos y en sus países aliados.
El memorando de entendimiento de junio de 2026 entre Estados Unidos e Irán fue concebido como una vía para poner fin a la agresión militar y al bandidaje y la piratería marítima estadounidenses, así como para restablecer la normalidad. En virtud de ese acuerdo, Irán habría permitido el tránsito de barcos por el estrecho durante sesenta días. El alto el fuego provocó un aumento de los envíos de crudo, con Irán exportando más de 40 millones de barriles de petróleo durante las dos semanas posteriores al levantamiento del bloqueo naval estadounidense.
Sin embargo, el período de negociación de 60 días expiró sin que se alcanzara ningún acuerdo, principalmente debido a los constantes incumplimientos estadounidenses del memorando de entendimiento. Trump incluso advirtió a Omán contra cualquier interferencia en las negociaciones estadounidenses con Teherán, amenazando con emprender acciones militares contra el sultanato.
Tales amenazas contra un supuesto “aliado” revelan la profundidad de la frustración estadounidense, pero también ponen de manifiesto los límites de la capacidad de influencia de EE.UU. en la región después de la guerra de 40 días. Omán no ha dado marcha atrás y el acuerdo sobre el corredor continúa funcionando conforme a las condiciones establecidas por Irán.
Las condiciones de Irán: no hay vuelta al viejo orden
La posición de Irán es clara, intransigente y está sustentada tanto en argumentos jurídicos como en una necesidad estratégica. El estrecho nunca volverá a las condiciones que regían antes de la guerra, una postura que funcionarios de la Cancillería iraní han descrito como una política de Estado definitiva.
La propuesta iraní a Omán exige que una de las vías de navegación que atraviesan el estrecho quede completamente bajo control iraní, mientras que parte de la otra vía también esté sujeta a la autoridad de Irán. Esto representa una proyección de poder que otorgaría a Teherán una capacidad efectiva de veto sobre todo el tráfico marítimo que atraviesa este crítico cuello de botella.
El marco jurídico en el que se sustenta esta posición se deriva del artículo 5 del memorando de entendimiento entre EE.UU. e Irán, que establece claramente que Irán es responsable de determinar las disposiciones relativas a la navegación, las operaciones de desminado y las medidas de seguridad. Estados Unidos, como señaló Qaribabadi, violó el memorando al abrir una ruta marítima alternativa por el sur con la cooperación de Omán, una vía que Teherán no reconocerá ni siquiera durante una hora.
Irán también ha dejado claro que cualquier acuerdo sostenible debe reconocer sus intereses fundamentales. No puede implementarse ningún acuerdo estable mientras continúe un bloqueo ilegal o mientras persistan los intentos agresivos de impedir las exportaciones iraníes.
El fin del asedio naval estadounidense debe ser una condición práctica previa para el restablecimiento pleno de las condiciones normales de navegación. Esto refleja la experiencia de Irán durante la última década. Irán ha prometido no volver jamás a ese estado de vulnerabilidad, y las negociaciones sobre el estrecho son una expresión directa de esa voluntad y determinación inquebrantables.
La dimensión económica
No se puede exagerar la importancia económica de esta reconfiguración. La capacidad de Irán para exportar petróleo libremente, con más de 40 millones de barriles enviados durante las dos semanas posteriores al levantamiento del bloqueo, alteró fundamentalmente su posición económica y restableció un grado de estabilidad fiscal que había estado ausente durante años.
El restablecimiento del comercio marítimo provocó una fuerte caída de los precios del petróleo, con el crudo Brent cotizando cerca de los 73 dólares por barril, casi un 40 % menos que los 118 dólares alcanzados en el punto máximo de la guerra en abril. Sin embargo, esto volvió a cambiar después de que EE.UU. restableciera el bloqueo en un movimiento desesperado y de que Irán también cerrara el estrecho de Ormuz a todo tráfico no regulado.
Irán no busca simplemente regresar a los patrones comerciales anteriores a la guerra. Como afirmó el presidente del Parlamento y principal negociador, Mohamad Bagher Qalibaf, la soberanía del estrecho de Ormuz corresponde a Irán y Omán, y el tráfico en el estrecho está sujeto a las disposiciones determinadas por Irán. Irán no renunciará bajo ninguna circunstancia a sus derechos en el estrecho de Ormuz.
Esta es una declaración de política nacional que ha quedado institucionalizada mediante el marco de negociación y los acuerdos operativos actualmente vigentes.
Las implicaciones económicas van mucho más allá de los ingresos petroleros de Irán. Por el estrecho de Ormuz transita aproximadamente el 30 % del comercio marítimo mundial de petróleo y una parte significativa de los cargamentos de gas natural licuado. Cualquier interrupción de este flujo tiene efectos en cadena sobre los mercados energéticos mundiales, la producción industrial y los precios al consumidor en todo el mundo.
Es la Administración Trump la que, mediante sus políticas de mano dura y su aventurerismo militar, ha causado estragos en la economía mundial y en la seguridad energética.
Las implicaciones regionales
La emergente alianza entre Irán y Omán para gestionar el estrecho representa un realineamiento más amplio del poder regional que marcará la política de Asia Occidental durante las próximas décadas.
Durante décadas, Estados Unidos construyó su presencia en el golfo Pérsico sobre la premisa de la libertad de navegación, bajo la convicción de que su Armada podía entrar y salir a su antojo, que sus bases eran inviolables y que su hegemonía regional no tenía rival.
Esa premisa ahora ha muerto definitivamente. Irán se ha convertido en una superpotencia regional capaz de imponer costos, controlar el acceso y redefinir las reglas de enfrentamiento a nivel regional y mundial. La gestión iraní y su soberanía sobre esta vía marítima estratégica han alterado fundamentalmente el equilibrio de poder y la capacidad de influencia en la región.
Las implicaciones para los países vecinos de Irán son igualmente profundas. Los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico han dependido durante mucho tiempo de las “garantías de seguridad” estadounidenses para proteger su comercio marítimo y sus exportaciones energéticas. La nueva realidad los obliga a recalibrar sus relaciones. El acuerdo sobre el corredor podría servir como modelo para futuras estructuras de seguridad regional que reduzcan la influencia estadounidense al tiempo que incrementen la responsabilidad de Irán.
El futuro del estrecho de Ormuz se determinará mediante las negociaciones que continúen entre Irán y Omán. El objetivo es establecer un corredor permanente y determinar cómo se administrará el estrecho a largo plazo, sin ninguna interferencia extranjera.
Estados Unidos y sus aliados se enfrentan a una decisión estratégica. Pueden aceptar una nueva arquitectura regional en la que Irán ejerza una soberanía efectiva sobre el estrecho, o pueden continuar una confrontación que ya ha demostrado ser mucho más costosa y prolongada de lo que habían previsto.
Sin embargo, lo que no pueden hacer es restablecer el statu quo anterior a la guerra. Ese capítulo se ha cerrado y las reglas del juego han sido reescritas por la determinación iraní, su paciencia estratégica y su capacidad demostrada para imponer costos a sus adversarios.
Estrecho de Ormuz: La batalla por el control de los flujos
Por Xavier Villar
Al mismo tiempo, también afirma que grandes volúmenes de petróleo están atravesando el Estrecho de Ormuz.
El problema está en que ninguno de los rastreadores encargados de contabilizar los envíos de petróleo a nivel mundial puede confirmarlo. Según datos de TankerTrackers, la máxima autoridad en este tema, durante la última semana pasaron por el estrecho 3,8 millones de barriles diarios, mientras que, por ejemplo, durante los 25 días en que estuvo vigente el Memorando de Entendimiento, transitaron 9,8 millones de barriles diarios.
Existe, además, otra cuestión que problematiza aún más la versión estadounidense: no todos los barriles que logran salir a través de la llamada “ruta omaní” representan necesariamente una victoria para Washington. Algunas fuentes iraníes señalan que la situación es más compleja: parte de estos flujos podría incluir crudo iraní mezclado con las exportaciones de países vecinos afines, como Irak, o tráfico que Teherán permite a cambio de ingresos u otras concesiones que le ayudan a soportar mejor el bloqueo.
Los recientes acontecimientos en el estrecho de Ormuz muestran que la rivalidad entre Irán y Estados Unidos ha dejado atrás la fase de amenazas de cierre de la vía marítima y de demostraciones de poder naval, y ha entrado en una etapa más compleja. En este sentido, tal y como apuntan varios expertos iraníes, la cuestión principal ya no es únicamente si el estrecho está “abierto o cerrado”, sino quién puede gestionar el flujo real de barcos, petróleo y mercancías a través de esta vía marítima.
El objetivo de Estados Unidos en la parte sur del estrecho de Ormuz, en las últimas semanas, va más allá de una operación convencional de escolta naval. Washington está tratando de establecer una ruta marítima controlada, bajo cobertura militar, para permitir que parte del flujo energético continúe desde el Golfo Pérsico hasta el Mar de Omán y de ahí hacia los mercados mundiales.
Pero, como ya se ha apuntado, ese es el objetivo. Otra cosa distinta es la realidad, y en este sentido los datos de navegación muestran que el tráfico en el estrecho sigue muy por debajo de los niveles normales. Es evidente que, a pesar de todos los esfuerzos, Estados Unidos todavía no ha conseguido devolver el estrecho a la normalidad anterior a la guerra. El objetivo de controlar el estrecho está fuera del alcance estadounidense, pero es aquí donde conviene detenerse y explicar la diferencia entre el control del territorio y el del flujo. En la teoría del poder marítimo, los cuellos de botella marítimos, como el estrecho de Ormuz, no son importantes únicamente por su ubicación geográfica. Su importancia reside en que un actor puede utilizarlos para influir en el flujo de mercancías, energía y comunicaciones.
En este sentido (y teniendo claro que el control del territorio es prácticamente imposible), Estados Unidos está intentando desplazar, usando el corredor sur del estrecho, el poder desde el control del territorio al control del flujo. En las últimas semanas, de acuerdo con varios artículos, Estados Unidos ha establecido en la parte sur del estrecho, cerca de las costas de Omán, un mecanismo controlado para el tránsito de petroleros. La operación incluye la programación de los movimientos de los barcos, coordinación de inteligencia, protección aérea y naval, así como la dirección de las embarcaciones por una ruta que, según Washington, “presenta un menor riesgo”.
Que este plan no se haya podido ejecutar gracias a las acciones preventivas y ofensivas iraníes no le quita relevancia. Estados Unidos está tratando, en realidad, de establecer un nuevo “orden operativo” en el estrecho cuyo objetivo final es privar a Irán del control del flujo de este paso estratégico. En este sentido, los ataques contra algunos sistemas iraníes de radar y vigilancia formaban parte de este plan desde el momento en que Irán consiguió controlar el estrecho.
Se puede, por tanto, apuntar a un cambio de modelo en la presencia militar estadounidense en el Golfo. En el pasado, la misión estadounidense se centraba principalmente en la disuasión. La presencia de buques de guerra estadounidenses transmitía a Irán y a otros actores regionales el mensaje de que cualquier intento de cerrar el estrecho o de atacar masivamente los buques comerciales podría provocar una respuesta militar. Ahora, sin embargo, Estados Unidos ha dado un paso más e intenta gestionar directamente el flujo de navegación. Washington intenta demostrar que, incluso si Irán consigue alterar parte del tráfico marítimo, Estados Unidos es capaz de establecer una ruta operativa alternativa.
En otras palabras, Estados Unidos pretende reducir el valor estratégico de la geografía de Ormuz sin poder, o sin querer, hacerse con el control total del propio estrecho. Algo que, por el momento, no está siendo capaz de conseguir. Además, el plan estadounidense de control de flujos presenta ciertas debilidades: una ruta militar no puede, por sí sola, sustituir la estabilidad política. Si la guerra continúa, las compañías navieras seguirán afrontando mayores costes de seguros, seguridad, tripulación y retrasos y, en muchos casos, cancelaciones.
Además, está el acuerdo entre Irán y Omán para el control conjunto del estrecho. De llevarse a cabo, la ruta sur dejaría incluso de tener el más mínimo sentido, en términos políticos, militares y económicos, para los Estados Unidos.
En este sentido, el corredor sur y el plan estadounidense en torno a él constituyen el acontecimiento estratégico más importante en estos momentos para Irán, no porque haya resuelto el problema, sino porque ha demostrado que la lucha por Ormuz ha entrado en una fase en la que el “control del flujo” es tan importante como el “control de la vía marítima”.
Pero, como apunta el politólogo estadounidense John Mearsheimer: “No nos queda ninguna carta militar por jugar. Son los iraníes quienes tienen la carta militar.”
En otras palabras, el equilibrio de la coerción militar se ha inclinado, casi de forma decisiva, a favor de Irán.
Irán le infligió a EE. UU. su mayor derrota estratégica y se convirtió en la fuerza dominante de Oriente Medio
Vladimir Projátilov
Una confesión reveladora de un destacado neoconservador estadounidense
Robert Kagan, uno de los principales neoconservadores estadounidenses, escribió en la revista The Atlantic un artículo titulado «Iran Unleashed» (1), en el que afirma que la coalición estadounidense-israelí, creada para la guerra contra Irán, no logró derrotar a Teherán y, más aún, ha fortalecido su posición regional, lo que ha llevado a que los países del Golfo Pérsico ahora deban buscar urgentemente nuevos modelos de seguridad.
«En el futuro, Irán será la fuerza dominante en la región y no Estados Unidos ni Israel», escribe Kagan, señalando que los países vecinos ya se están adaptando a los cambios radicales en el panorama regional.
Un punto clave en el argumento de Kagan es la incapacidad de la presión militar para obligar a Teherán a retroceder.
Señala la reanudación de las sanciones de EE. UU. en el marco de la política de «máxima presión», el ataque de 12 días de Estados Unidos e Israel contra instalaciones nucleares iraníes y la guerra que le siguió, iniciada en febrero, en la que murieron el líder del país y numerosos funcionarios de alto rango, y que luego se convirtió en ataques de varias semanas contra instalaciones militares iraníes.
A pesar de la magnitud de la campaña militar de Estados Unidos e Israel, Teherán no se rindió.
Kagan destaca un importante punto de inflexión en marzo, cuando Israel atacó el yacimiento de gas iraní de South Pars y Teherán lanzó un contraataque contra la planta de producción de gas natural licuado de Ras Laffan, en Catar.
Según el analista estadounidense, la importancia de esta respuesta no radicó en que Irán pudiera vencer a Estados Unidos en una guerra aérea convencional, sino en que demostró su capacidad para infligir a las infraestructuras energéticas del Golfo Pérsico un daño suficiente como para provocar una crisis económica mundial.
Posteriormente, Washington detuvo los ataques contra las instalaciones energéticas iraníes y presionó a Israel para que cesara sus ataques contra los yacimientos petroleros iraníes (2).
Kagan recuerda que las amenazas posteriores de Estados Unidos de reanudar los ataques se enfrentaron repetidamente al mismo problema: Irán amenazaba con medidas de represalia, los gobiernos de los países del Golfo Pérsico advertían sobre las consecuencias y Washington se negaba a una escalada.
«Las acciones de Estados Unidos han demostrado claramente que Washington teme la escalada más que Irán, y no solo ahora, sino también en el futuro», escribe.
Según Kagan, el estrecho de Ormuz se está convirtiendo en la palanca estratégica más importante de Irán. Teherán considera cada vez más a Ormuz como «un componente permanente de su poder geopolítico y el factor disuasivo más fuerte contra otro ataque por parte de Estados Unidos o Israel».
El memorando de entendimiento de junio entre Irán y Estados Unidos (3), en esencia, es un reflejo de este cambio en el equilibrio de poder. En el acuerdo Irán se compromete a «tomar medidas» para garantizar «el paso seguro de los buques mercantes», mientras que Teherán y Omán discutirán la gestión del estrecho «de conformidad con el derecho internacional aplicable y los derechos soberanos de los Estados ribereños».
Este acuerdo ha consolidado de facto la victoria de Irán, ya que no restableció el orden marítimo anterior a la guerra ni otorgó a Washington el más mínimo papel en la gestión de las vías navegables. Así lo demuestran también los estrictos mecanismos iraníes de control de la navegación, que incluyen el registro, los permisos y las rutas designadas.
El general de brigada Hossein Mohoggi, portavoz del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), declaró durante su reciente intervención en la provincia de Hormozgán que el estrecho de Ormuz no es solo una ruta económica (4), sino un elemento clave del poderío estratégico de Irán.
«Según Mohoggi, la apertura del estrecho está condicionada al cumplimiento de los mecanismos legales y de defensa establecidos por Teherán y este proceso es totalmente independiente de las consultas que Irán mantiene paralelamente con Omán para acordar nuevas normas de navegación.
La parte iraní exige el cese total de la injerencia de la Casa Blanca en el diálogo bilateral entre Teherán y Mascate, la anulación de las restricciones contra la flota mercante iraní, así como la introducción de nuevas normas de paso que excluyan la circulación de embarcaciones de países que hayan causado daños económicos o de otro tipo a la República Islámica», —señala el canal de televisión turco TRT (5), indicando que la declaración del representante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) se produjo en medio de informes sobre la conclusión de las negociaciones entre Irán y Omán sobre la gestión conjunta del estrecho de Ormuz.
El 22 de agosto, el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Galibaf (6), declaró que los países vecinos habían comenzado a dirigirse a Teherán con propuestas para la posible firma de nuevos acuerdos en materia de seguridad y la ampliación de la cooperación económica, afirmando que las consecuencias de la guerra entre Estados Unidos contra Irán han puesto de manifiesto los riesgos que conlleva depender de Washington como principal garante de la seguridad en la región.
Galibaf informó que Teherán ha recibido numerosas comunicaciones de los países vecinos relacionadas con nuevas formas de cooperación política, económica y en materia de seguridad.
Galibaf también señaló que Washington ha puesto en peligro precisamente a aquellos países que considera aliados, al dar prioridad a los intereses israelíes por encima de su seguridad.
«Estados Unidos ha puesto en peligro la seguridad de cada uno de sus aliados», afirmó, y agregó que Washington ha actuado «mediante la intimidación y el desprecio total de sus intereses en favor de Israel, poniendo en riesgo su propia existencia».
«Galibaf no especificó a qué países se refería. Sin embargo, sus comentarios se produjeron después de que varios Estados del Golfo Pérsico, que tradicionalmente dependen de las garantías de seguridad de Estados Unidos, se vieran directamente expuestos a las consecuencias de la guerra.
Durante el conflicto, Irán lanzó ataques contra instalaciones militares estadounidenses y otros objetivos en la región, incluidas bases en Bahréin, Kuwait y Jordania, así como contra instalaciones en Arabia Saudita y Catar. «Las economías de los países del Golfo Pérsico y las infraestructuras críticas se vieron afectadas al mismo tiempo por los ataques con misiles y por graves interrupciones en el suministro de energía a través del estrecho de Ormuz», señala el canal de televisión libanés Al-Mayadeen (7).
Hace unos días, Irán recibió una invitación para unirse al «Acuerdo de La Meca» entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán sobre defensa colectiva. Así lo declaró el director de la agencia de noticias del Parlamento iraní, Mehdi Rahimi, en una entrevista con Al-Mayadeen (8).
Según él, las autoridades iraníes están analizando actualmente la propuesta. También destacó que el esfuerzo por crear un «paraguas de seguridad» entre los países de la región es una victoria para Irán, que desde hace tiempo ha estado abogando por ello.
La guerra entre Estados Unidos e Irán demostró que EE. UU. pone en peligro la seguridad de los países de la región en lugar de cumplir sus promesas de protegerlos, afirmó el director de la agencia de noticias del Parlamento.
Los líderes de Pakistán, Arabia Saudita y Turquía firmaron el 7 de agosto en La Meca un acuerdo según el cual un ataque contra uno de los participantes se considerará un ataque contra los tres.
La esperada adhesión de Irán al «Acuerdo de La Meca» significará, en esencia, la creación de una «OTAN persa» y marcará la mayor derrota estratégica de Estados Unidos, como señala Robert Kagan.
Kagan explica que Irán se está convirtiendo en la fuerza dominante de la región gracias a su firme control sobre el estrecho de Ormuz, lo que le da a Teherán más herramientas prácticas de influencia que la posesión de armas nucleares.
Mientras que las armas nucleares sirven principalmente para disuadir un ataque, el control sobre este nudo energético le da a Teherán, según el destacado analista estadounidense, una influencia constante sobre los Estados que dependen de los recursos energéticos del Golfo Pérsico y puede ayudarle a ejercer presión sobre sus adversarios y a debilitar las sanciones de Estados Unidos.
En la realidad geopolítica actual, Estados Unidos ha perdido la capacidad de convertir su superioridad militar en el resultado político deseado, lo que hace que la pérdida de su influencia en otras regiones del mundo sea solo cuestión de tiempo.
Notas: