Tras el
tiroteo verbal ocurrido el 28 de febrero en Casa Blanca entre el presidente de mandato cumplido Volodimir Zelenski —demasiado acostumbrado a los aplausos, las palmaditas y los
Waffen-SS nonagenarios invitados para homenajearlo— y la dupla ejecutiva compuesta por Donald Trump y JD Vance, empecinada a finiquitar el conflicto, la Vieja Metrópoli británica y los vasallos al mejor postor intentan ahora tomar las riendas del asunto.
Indignado por la escena de desobediencia pública —algo imperdonable para un presidente hiper-consciente del estrellato mediático—, Trump decidió apretar las clavijas
ordenando pausar toda la ayuda militar —incluyendo la vital Inteligencia—
y la asistencia financiera actual a Ucrania hasta que el liderazgo ucraniano demuestre un compromiso de buena fe con la paz. La firma del tratado por “minerales críticos y tierras raras”, por supuesto, es el
fee que cobra Trump por sus buenos oficios, dado que él es el único que “tiene las cartas”, como se encargó de acentuar sin disimulo.
Estas medidas constituyen un verdadero «cruce del Rubicón» para Trump: es improbable que
recalcule sus acuerdos con Rusia negociados en Riad, ni que le provoque demasiado escozor las quejas europeas. Parece ser que el ejecutivo estadounidense tiene claro el rumbo y la altitud, y ha puesto datos en su GPS. Salvo una
fatalidad, nada ni nadie puede desviarlo del derrotero. Es por eso que aventuré el arrojadizo título «
La derrota definitiva de Ucrania». Las opciones son cristalinas: una rendición
condicional de la mano de Estados Unidos (
our way) o una rendición
incondicional, gracias a la retirada norteamericana, ante Rusia (
the highway).
Como se comprenderá, esta medida no tiene efecto inmediato en el sentido material, pero sí como impacto político: no es que Ucrania se quede en unas horas sin armamento ni capacidad de asestar golpes; los inventarios están acumulados y diseminados en la retaguardia, al oeste, y empleados de acuerdo a los requisitos operativos del frente. Puede que tengan reservas como para dos o tres meses, posiblemente, dependiendo, por supuesto, de la intensidad de los combates. Sin embargo, la pérdida de (datos de) Inteligencia sí es un asunto grave, pues eso prácticamente gravita de manera automática, atento a que se estaría cancelando un flujo de información en tiempo real, que puede dar a los rusos muchas ventajas operativas y de explotación de iniciativas (… ya se nota en Kursk).
La mismísima directora de Inteligencia Nacional de los Estados Unidos, Tulsi Gabbard, se encargó de confirmar que la información de las agencias estadounidenses en apoyo a Ucrania han sido suspendidas. Esto, también, despeja dudas sobre quién mantenía el “respirador artificial” de la guerra y contra quien realmente se estaban enfrentando los rusos.
Si Estados Unidos congela el suministro de misiles antiaéreos, la Fuerza Aérea Rusa probablemente incremente sus salidas de señuelo para obligar a realizar disparos a la defensa ucraniana y así agotar reservas. Con un escudo defensivo más endeble y permisivo, los rusos aumentarán sus misiones con bombas planeadoras, las cuáles se mostraron extremadamente efectivas en la ultima fase de la guerra.
Debemos tener en cuenta, obviamente, como ya lo vino advirtiendo
el propio Putin en la reunión de la junta del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, que
el gobierno estadounidense no es homogéneo ni todopoderoso. Vale decir, si bien existe comprobadamente una disposición de buena voluntad para terminar la guerra, y para ello deben coordinarse pasos entre los diferentes estamentos y agencias gubernamentales de Estados Unidos y Rusia, aún sobreviven con cuotas nada desdeñables de poder elementos rusófobos y leales a los
straussianos, furibundamente guerreristas, encargados de boicotear órdenes y sabotear comunicaciones.
En cuanto a Trump, venía acumulando una buena dosis de furia por las declaraciones desafiantes de Zelenski, que lo acusaban de estar cooptado por Putin, y por el atrevimiento de atacar el oleoducto Caspian Pipeline Consortium (CPC), que conecta Tengiz (Kazajistán) con el puerto ruso del Mar Negro, Novorosíisk, en el que tienen participaciones societarias las empresas estadounidenses Chevron y ExxonMobil. Pero la sangre llegó al río cuando Zelenski fue a Washington a pudrirla, repitiendo incansablemente su insoportable parafernalia propagandística, no dando las gracias por la gestión de paz y finalmente, poniendo el dedo en la llaga cuando les advirtió a Trump y Compañía que “ellos tenían un hermoso océano” y por eso no se sentían amenazados.
Volodimir Zelenski y Donald Trump empiezan su espinoso cruce verbal en la Oficina Oval, en un episodio mediático nunca antes visto. La imprudencia del ucraniano lo hizo meter en camisa de once varas.
Por ahora no tenemos elementos para hacer precisiones, pero Zelenski pudo pecar de impetuoso, al ver que su repetidora de viejos eslóganes no calaba en los corazones de sus contertulios, o bien, pudo interpretar impecablemente su rol, buscando adrede la indignación americana, a sabiendas que disponía de un Plan B. Yo me inclino por la imprudencia y el desbarajuste fortuito.
No obstante, los europeos enseguida hicieron propia la ruta alternativa y autónoma de liderar sin Trump. Ésta empezó a tomar un rumbo cada vez más decidido con el show anglo-europeo (no hay error, Reino Unido no es geopolíticamente Europa) montado por Keir Starmer en Lancaster House, junto a un conjunto exclusivo de 18 líderes, algunos de los cuáles parecían encantados de estar allí (como Pedro Sánchez y Emmanuel Macron) y otros, parecían menos cómodos (como Giorgia Meloni).
En 10 Downing Street, el primer ministro británico Keir Starmer le dijo al presidente de mandato cumplido ucraniano, Volodimir Zelenski, aquello a lo que lo tienen acostumbrado: vítores, palmaditas, sonrisas y el “pleno respaldo” para que siga enviando a la muerte a su propia población.
Un impávido Starmer, que también se había topado con los nones de Washington al exigir, en honor a la «
Special Relationship», que acompañaran a los británicos como «garantes del acuerdo», dio entonces una conferencia de prensa donde insistió en la «amenaza rusa» y la necesidad de proceder a
un súbito rearme continental para «frenar a Putin». Sostuvo que “cada nación debe contribuir de la mejor manera que pueda, aportando diferentes capacidades y apoyo, pero todas asumiendo la responsabilidad de actuar, todas incrementando su propia parte de la carga”. Nadie zafa al desafío de la hora: Si la
Pérfida Albión toma la flauta de Hamelin, los roedores se alinean y apoyan, que tantos años de obediencia a Washington les dan entrenamiento de sobra.
Vamos, que el asunto se ha puesto meridiano: lo que está ocurriendo ahora mismo en el continente europeo, es un choque entre ideologías, estilos administrativos e intereses geoestratégicos entre Estados Unidos, por un lado, y la Unión Europea (y su handler británico), por el otro. No solamente la nueva dirigencia estadounidense tiene sumo desprecio por el wokismo-burocrático-moralista de la supranación, con raíz axiomática en la Agenda 2030 de Davos, contra el cual despliega cuestiones identitarias “tradicionalistas” como el cristianismo y el Estado-nación —que la acercan al concepto civilizatorio ideado por Putin—, sino que además la naturalizan como un competidor en toda regla, para lo cual esbozan una guerra comercial, que ya tuvo sus primeros indicios en la imposición de nuevos aranceles.
Ucrania, por consiguiente, ya no es un elemento convocante, donde los neoconservadores europeos y norteamericanos coordinan a sus anchas acciones en pos del hegemonismo imperialista, sino por el contrario, se ha convertido en un territorio de choque, donde las visiones de uno y otro bando intra-occidental, contrastan y divergen.
Es por ese motivo que la Administración Trump, a través de
su vice, fue a la Conferencia de Seguridad de Múnich a decir que “el enemigo no era Rusia ni China
sino el repliegue de Europa respecto de sus valores fundamentales”, y se dedica a priorizar un enfoque transaccional, guiado por el bilateralismo y el apoyo a socios ideológicamente afines.
En un punto, Estados Unidos está actuando como un globo aerostático que se libera de contrapesos para ganar altura: quizás referenciándose en la excesiva expansión del bloque socialista, cuyo eje central y fulcro fue la URSS, quien se convirtió en un surtidor constante de fondos a su universo satelitario, Trump puede que tenga una visión asertiva en eso de desfinanciar la OTAN —donde gasta millones con escaso éxito concreto—, o abandonar relaciones especiales con un bloque que se ha transformado en un “collar de melones”.
Téngase en cuenta además ciertas tendencias centrífugas: Europa está bajo una incipiente fragmentación política —sólo basta echar un vistazo a las recientes elecciones alemanas o a los 5 primeros ministros franceses que se sucedieron en apenas un año—, pendiente del retorno de los nacionalismos y con una evidente pérdida de competitividad. ¿Es acaso interesante para Estados Unidos mantener una política continental para países que van hacia una configuración disgregada, más cercana al mapa de 1935 que al de 1998?
Los británicos están en una situación complicada, porque por un lado quieren liderar la Europa Continental, pero por otro no piensan renunciar a su asociación privilegiada, pues han perdido peso como actor singular. Demás está decir que los británicos no se sienten ni son parte de la Europa Continental, e históricamente siempre se las han rebuscado para inocular discordia y sacar adecuada tajada, es por ello que maniobran entre el liderazgo y la defección.
La reunión de Starmer con sus coetáneos europeos el 2 de mayo, con sus grandilocuentes declaraciones, llegó a algunas conclusiones a mitad de camino entre el desafío y la mano tendida a los Estados Unidos.
Starmer dijo que había trabajado con Francia y Ucrania en un plan para poner fin a la guerra consistente en:
- mantener el flujo de ayuda bélica a Kiev y la presión económica sobre Rusia para que Ucrania resguarde poder negociador;
- asegurar que Ucrania (idealmente Zelenski) esté en la mesa de negociaciones y de que cualquier acuerdo de paz debe garantizar su soberanía y seguridad;
- seguir armando a Ucrania para disuadir futuras invasiones.
- desarrollar una “coalición de los dispuestos” para defender a Ucrania y garantizar la paz.
No obstante, sin Estados Unidos, la ecuación se convierte en inecuación y esto lo tiene presente el astuto inglés: “para tener éxito, este esfuerzo también debe contar con el fuerte respaldo de Estados Unidos”, sostuvo como rúbrica de sus arengas.
Y está claro que Trump ha rechazado en tres ocasiones (con Macron, Starmer y el mismo Zelenski) este tipo de planes de paz. Según lo conversado en Riad, tanto Rusia como Estados Unidos:
No aceptan fuerzas europeas en Ucrania como garantía de ningún acuerdo. La reacción rusa del 24 de febrero de 2022 intentó frenar la atlantización de Ucrania, y la inserción de tropas europeas implicaría una atlantización de facto.
No aceptan altos al fuego temporales sino ir por las “raíces profundas” del diferendo (esto es, lograr una nueva arquitectura de seguridad permanente en Europa coincidentes con los draft enviados el 17 de diciembre de 2021, que consagran el Principio de Seguridad Indivisible)
No aceptan el rearme de Ucrania. Los rusos, en particular, lo han expresado hasta el hartazgo: uno de los objetivos de la Operación Militar Especial fue desmilitarizar Ucrania.
El inagotable canciller ruso, Serguéi Lavrov, señala las candiciones del Kremlin respecto a que ninguna guarnición europea o atlantista se sume como garantía de paz.
Estas abismales diferencias dejan la situación bajo un manto de incertidumbre, pero lo que sí es certero es que Rusia prosigue las operaciones militares, y si Estados Unidos cierra el grifo del suministro, sus perspectivas de victoria se acrecientan exponencialmente. Así que el reloj está a su favor. Por el contrario, el tiempo se vuelve cuenta regresiva cuando apremia, y por eso también las maniobras a toda prisa de los europeos.
Probablemente, Zelenski entendió que después de todo, el Plan B es un Plan C (por “condicional”).
Los actos “rebeldes” de Zelenski fueron compensados por un tweet donde asegura estar preparado para negociar —para lo cual deberá derogar la ley que él mismo impulsó y que prohibía conversaciones con los rusos—, aunque lanzó iniciativas, como los diferentes tipos de treguas, que ningún dirigente ruso jamás firmaría.
Además, si Europa es tan autosuficiente como para imponer condiciones… ¿Por qué aporta apenas el 30% del presupuesto total de la OTAN? ¿Por qué depende para la defensa continental de las bases permanentes de Estados Unidos en su territorio? ¿Por qué se ha amparado en el Escudo Antimisiles de diseño y construcción estadounidense para contrarrestar los misiles balísticos rusos? ¿Por qué la industria de Defensa europea, en general, se ha supeditado al Complejo Militar-Industrial de Washington, o se ha visto forzada a desaparecer? Y la pregunta del millón ¿Qué pasaría con las diferencias europeas si colapsara (el corset unificador de) la OTAN?
Saquemos los trapitos al sol: Europa podrá configurarse simbólicamente como un bloque pétreo y agresivo, pero ni siquiera combinando sus mejores ejércitos estaría hoy en condiciones de derrotar a una Rusia, que aún desgastada por 3 años de guerra y con sus debilidades demográficas, está lejos de no tener con qué responder. Además, a no olvidarlo, Rusia es la mayor potencia nuclear del planeta. Recientemente, ha modificado su doctrina de uso, incluso permitiéndose reaccionar ante ataques convencionales masivos. La peligrosidad de la postura europea, entonces, es rayana a la locura. No solamente porque Rusia definitivamente no es una amenaza para ellos, sino porque están jugando a ser Prometeo robándole el fuego a Zeus. Y sin embargo, insisten en una única apuesta: continuar la guerra a como dé lugar para intentar que se active la cláusula solidaria de la OTAN que implique el involucramiento de Estados Unidos en una refriega mortal con los rusos. Así, pasarían de “protagonistas” a espectadores, y de ser “líderes” a segundones.
Solamente la notable responsabilidad y prudencia de la dirigencia rusa actual ha impedido que esta guerra se convierta en terreno de pruebas para la fuerza del átomo.
Y si Estados Unidos no se involucra… pues caerá en Trump toda la responsabilidad del colapso de Ucrania. Ellos hicieron toooodo lo que estaba a su alcance.
En lo que respecta a Zelenski y sus forajidos de Kiev, tienen tanto odio inoculado, actúan tanto como pitecántropos fanatizados, que están absolutamente dispuestos a agotar el stock de sangre de su país sin mayores remordimientos ni pudores con tal de seguir abrevando de las mieles de la “solidaridad ajena”, por supuesto, con los desvíos del caso a paraísos fiscales. Quizás suponen que nada tiene fin, que nada termina.
Así las cosas, Ucrania compraría a Europa la mayoría de los tipos de armas que necesita, aún cuando la oferta sea limitada y existan algunos sistemas que Europa no construye en el presente, como por ejemplo, los sistemas de defensa antiaérea/antimisilística de altas y muy altas cotas, absolutamente vitales.
Por otra parte, el plan de rearme europeo puede implicar
no menos de 5 a 10 años… y se calcula en 800.000 millones de euros. ¿Quién los pagará y qué efectos provocará en la calidad de vida de los ciudadanos? Sin duda, ello contribuirá a la inflación, recortes de gastos sociales, aumentos tarifarios, posible devaluación de la moneda, altísimo endeudamiento… en fin,
sacrificios para el ciudadano de a pie, que confirman la colosal distribución inversa del ingreso (un robo a los trabajadores para llenar los bolsillos de los capitalistas ligados al negocio del rearme) que se les viene encima a la brevedad.
Volviendo al tema de las luminarias: si en Londres canta un gallo, en París, canta otro con grito más ensordecedor. Al fin de cuentas, no hay Comunidad Europea que aplaque los recelos humanos y los protagonismos personales y nacionales. Allí entonces apareció el grito del presidente Emmanuel Macron, quien a pesar de ser un Rothschild-boy ligado a la banca sionista del Reino Británico, no quedó nada conforme con la tibia proclama del inglés y salió a la palestra buscando confrontar desesperadamente, por más apuesta desafiante.
En tal sentido, el miércoles 5 de marzo hizo un discurso en
cadena nacional donde blandió una vez más la existencia de la «amenaza rusa» y otros puntos interesantes como los que reproduzco aquí literalmente:
“La amenaza rusa existe y afecta a los países europeos… Rusia ha convertido el conflicto ucraniano en un conflicto global”.
“Rusia continúa armándose. Moscú consagra el 40% de su presupuesto al esfuerzo de guerra. Y piensa aumentar en más de un tercio sus ejércitos, y su material bélico en 2030”.
“Hemos preparado un plan para la paz en Ucrania. La paz no puede construirse a cualquier precio y bajo el dictado ruso, y no puede ser la capitulación de Ucrania”.
“Quiero creer que Estados Unidos permanecerá de nuestro lado. Pero también tenemos que estar preparados por si Estados Unidos ya no está de nuestro lado”.
“Tendremos que invertir más en defensa. Necesitamos aumentar la inversión militar sin nuevos impuestos. Nuestro ejército es el más capaz de Europa y tenemos armas nucleares que nos proporcionan protección”.
Es importante hacer algunas acotaciones, más allá de la sarta de inventos absolutamente exacerbados y malintencionados que ha proferido Macron.
Él mismo es una figura impopular (
Micron, lo ha llamado Medvédev en
un tweet reciente) y está de salida. Esto quedó de manifiesto en las últimas elecciones parlamentarias y los continuos rechazos a “sus” primeros ministros. Asoma, como una sombra acechante,
Le Rassemblement National al final del camino y Macron lo sabe. Aunque burdo y elemental, este podría ser un intento de atornillarse al poder y cosechar apoyos que cada vez le son más esquivos, utilizando la vieja artimaña de la amenaza exterior.
Por otra parte, lo primero que me viene a la mente es recordar que, hasta no hace mucho tiempo atrás,
Macron era partidario del diálogo con Moscú. Es más, al creer en junio de 2022 que Rusia obtendría una “derrota segura” procuró ser magnánimo y llamó a
evitar la “humillación” de Moscú; autoproclamándose como un “puente entre Oriente y Occidente”.
Ya para cuando la derrota rusa no fue tan inminente, en abril de 2023, Emmanuel Macron visitó China, preocupado por sus inversiones. Tras las reuniones con Xi Jinping, aliado silencioso de Moscú, sostuvo que “
Europa debe reducir su dependencia de Estados Unidos y evitar verse arrastrada a una confrontación entre China y Estados Unidos por Taiwán (…) Si las tensiones entre las dos superpotencias se calientan… no tendremos tiempo ni recursos para financiar
nuestra autonomía estratégica y nos convertiremos en vasallos”.
Pero a medida que el poder financierista lo ha regañado y su popularidad fue in decrescendo, su beligerancia fue en aumento, tanto desde lo dialéctico como desde sus compromisos.
Es evidente, por cierto, que Rusia y Francia chocan en muchos sentidos: la tensión de las naciones del Sahel africano con el administrador colonial francés han tenido por detrás el espaldarazo liberador ruso. El mercado de las gramíneas, dominado por Rusia, también es un punto de conflicto. Para hundir su cuña, Francia ha intentado movilizar a la diáspora armenia y a la moldava, haciendo tratados de asistencia recíproca en zonas sensibles a la Federación (el Cáucaso y Transnistria).
Ni hablar que Francia nunca abandonó su búsqueda de recuperar la gloria como potencia mundial. Hacía allí iban sus críticas a fines de 2019 cuando sostuvo que Europa estaba “al borde de un precipicio” mientras que la OTAN estaba con “muerte cerebral” y necesitaba comenzar a pensar en sí misma, estratégicamente, como una potencia geopolítica. A la orilla de los resultados, su análisis fue bastante certero… el problema es que ni los británicos ni los alemanes —ni siquiera los italianos—, quieren a una Francia como potencia regente continental.
Un extracto del discurso de Macron, haciendo alusión al paraguas nuclear francés.
Macron también osó decir que Rusia vulneró los tratados de Minsk I y II, cuando el mismísimo François Hollande confesó que los tratados fueron firmados con el firme propósito de violarlos y ganar tiempo para armar a Ucrania para una conflagración. Dicho sea de paso, Angela Merkel también confesó lo mismo. Francia y Alemania eran garantes del acuerdo.
Último y fundamental punto: el discurso decididamente belicista e incomprensiblemente rusófobo de Macron parece haber tenido su origen en el influyente multimillonario Bernard-Henri Lévy, el filósofo de la élite neoliberal ligado a la Banca Rothschild.
Un satisfecho Bernard-Henri Lévy estrecha la mano del presidente francés tras su discurso televisado.
El 9 de febrero de 2014, en la plaza Maidán de Kiev, Bernard-Henri Lévy se dirige a los ciudadanos ucranianos con un furibundo discurso antirruso. Lévy se hizo popular en 1976 como fundador de los nouveaux philosophes (nuevos filósofos) franceses, como André Glucksmann y Alain Finkielkraut, críticos de la izquierda radical surgida de «Mayo del 68». Se considera que su influencia de Lévy fue fundamental para que el presidente Nicolas Sarközy se solidarizase con los yihadistas de Libia.
Bernard-Henri Lévy a punto de cenar con Volodimir Zelenski, de quien dijo con admiración, ya en 2021, “Este hombre se ha convertido en la pesadilla de Putin. Si le enviamos las armas, aviones y defensas que tanto necesita, puede convertirse en el hombre que acabe con él”.
Mientras tanto, siguiendo su propia hoja de ruta, Washington está elaborando un plan para aliviar las sanciones a determinadas entidades e individuos rusos, como un paso de concordia más hacia el restablecimiento normal de relaciones y la facilitación del fin de conflicto en Ucrania, tarea asignada al «Grupo de Interacción Diplomática Bilateral».
Esto es una verdadera patada en los dientes a los eurolemmings y la dictadura banderista. Lejos de moverle el amperímetro, el despreciado Trump sigue la marcha de la normalización de relaciones con Rusia. Las presiones por las buenas (adularlo) o por las malas (desafiarlo) no están dando el resultado pretendido.
A propósito…
Mientas Macron desempolva su disuasión nuclear para recordarle a Europa que “él también la tiene grande” y todos pueden estar bajo su paraguas 100% francés, Trump saca a relucir una idea de reducción mutua del gasto militar en un 50% para Estados Unidos, Rusia y China, especialmente, en cuanto a los onerosos artefactos nucleares.
Posdata: estuve a punto de titular este artículo como «
Zooropa, What do you want?», en honor a las primeras frases de la canción
Zooropa de la banda de rock irlandesa
U2. La canción marca, por supuesto poética y metafóricamente, las tensiones intrínsecas de Europa, y a la vez, sus contradicciones entre el futuro deseable y el pasado más atroz. Se las recomiendo para que la
escuchen e interpreten su lírica. Por supuesto, desistí de poner ese título porque era
técnicamente referencial y difícil de comprender.
Renacimiento europeo: una visión para la renovación de la civilización
Alexander Raynor
Alexander Raynor reseña el libro de Robert Steuckers The European Enterprise, destacando su argumento de que Europa puede restaurar su fuerza civilizacional formando parte de una «Gran Alianza Euroasiática» de París a Pekín, que ofrece una alternativa al dominio estadounidense en medio del declive de Europa.
En su exhaustivo análisis de la geopolítica europea, The European Enterprise: Geopolitical Essays, Robert Steuckers presenta una visión convincente de la renovación europea mediante la creación de una «Gran Alianza Euroasiática» que contrarreste la hegemonía estadounidense y restaure la independencia europea. Examinando patrones históricos, realidades geográficas y posibles alineamientos estratégicos, traza un camino a seguir para la civilización europea.
El núcleo del análisis de Steuckers es el reconocimiento de que el control de regiones geográficas clave – en particular el Mar Negro, los Balcanes y el Mediterráneo oriental – que ha sido crucial a lo largo de la historia. Desde la antigua Roma hasta nuestros días, pasando por el Imperio Otomano, estas zonas han servido como puntos de pivote estratégicos vitales. Comprender estos patrones duraderos resulta esencial para desarrollar estrategias contemporáneas eficaces.
Steuckers rehabilita el concepto de Reich o imperio como principio organizador positivo que puede unir respetando la diversidad. A diferencia de los Estados-nación modernos o del universalismo globalista, los imperios tradicionales permitían la coexistencia de pueblos y culturas diferentes manteniendo su singularidad dentro de un marco civilizatorio más amplio. Este modelo ofrece importantes lecciones para construir nuevas formas de unidad europea.
Steuckers ofrece una crítica exhaustiva de la actual hegemonía estadounidense y sus métodos de control. Estos incluyen el dominio militar a través de la OTAN, la guerra económica mediante el control de los recursos energéticos y los sistemas financieros, la subversión cultural a través de los medios de comunicación y el «poder blando», el apoyo a movimientos separatistas destructivos, el despliegue de sistemas de vigilancia como ECHELON y la promoción de ideologías desestabilizadoras. Comprender estos mecanismos es crucial para desarrollar contraestrategias eficaces.
La pieza central de su visión positiva es la posible creación de un «eje París-Berlín-Moscú» que podría servir de base para la independencia europea y una alianza euroasiática más amplia que incluyera a Rusia, China, Irán e India. Se crearía así un poderoso contrapeso al dominio mundial estadounidense, al tiempo que se restablecerían las conexiones históricas de Europa con Asia.
Steuckers esboza varias propuestas concretas para alcanzar estos objetivos. Europa debe desarrollar capacidades militares independientes y sistemas espaciales y de satélites libres del control de la OTAN. Necesita infraestructuras energéticas autónomas y redes de suministro que conecten Europa con Rusia y Asia. Es esencial invertir en enlaces de transporte a través de la masa continental euroasiática. Deben restablecerse los principios diplomáticos tradicionales basados en la soberanía y la no injerencia.
Igualmente importante es cultivar la conciencia histórica y la confianza civilizacional para contrarrestar la subversión cultural. Europa debe apoyar a las fuerzas estabilizadoras en lugar de a los movimientos separatistas destructivos. El desarrollo de medios y sistemas de comunicación independientes es crucial. Las políticas económicas deben favorecer la inversión productiva frente a la especulación.
Steuckers demuestra la continua relevancia de las lecciones históricas para los retos contemporáneos. El control de los puntos geográficos clave y de las rutas de transporte sigue siendo vital. La organización política debe equilibrar la unidad con la diversidad. Los principios diplomáticos tradicionales conservan su valor. La confianza cultural es esencial. Y las nuevas tecnologías reconfiguran las posibilidades estratégicas dejando intactas las realidades geopolíticas fundamentales.
Steuckers imagina un mundo multipolar en el que Europa recupere una auténtica independencia y vigor civilizatorio. Las distintas esferas culturales coexistirían sin universalismos destructivos. Los principios diplomáticos tradicionales restablecerían la estabilidad internacional. La tecnología se pondría al servicio del desarrollo humano y cultural en lugar del control. Y la auténtica diversidad sustituiría al falso multiculturalismo.
La fuerza de su análisis reside en su combinación de profundos conocimientos históricos con una aplicación práctica contemporánea. Reconoce tanto los factores materiales como culturales de la geopolítica. Ofrece propuestas concretas junto a una visión estratégica más amplia. Comprende las múltiples dimensiones del poder: militar, económico y cultural. Y aprecia la auténtica diversidad dentro de los marcos civilizacionales.
En lugar de aceptar un nacionalismo destructivo o un falso universalismo, Steuckers traza un camino hacia una auténtica renovación civilizacional que respete tanto la unidad como la diversidad etnocultural. Comprendiendo las pautas históricas y las realidades geográficas y desarrollando al mismo tiempo aplicaciones prácticas y contemporáneas, los europeos pueden trabajar por una mayor independencia y vitalidad cultural.
El éxito requiere una clara comprensión de las realidades históricas y geográficas, la construcción de alianzas estratégicas con socios naturales, el desarrollo de capacidades independientes en áreas clave, la resistencia a ideologías y movimientos subversivos, el cultivo de auténticas tradiciones culturales y la adopción de medidas prácticas en los ámbitos militar, económico y tecnológico.
La visión que se presenta es, en última instancia, la de una renovación europea a través de la recuperación de la conciencia histórica y la confianza cultural, el desarrollo de una auténtica independencia en áreas estratégicas clave, la construcción de alianzas con socios civilizacionales naturales, la adopción de medidas prácticas hacia una mayor autonomía y fortaleza, y la valoración de la diversidad etnocultural dentro de la unidad.
Combinando un profundo análisis histórico con claridad estratégica y propuestas concretas de actuación, Steuckers muestra cómo Europa puede recuperar su fuerza civilizacional y su independencia, contribuyendo al mismo tiempo a un orden mundial multipolar más estable. Su obra ofrece tanto el marco teórico como la orientación práctica necesarios para la renovación europea en el siglo XXI.