Tadeo Casteglione*
“Te inclinaste ante Estados Unidos y visitaste Israel cuando ningún primer ministro en el mundo lo visitó durante su guerra contra Gaza. Has traicionado los valores de la India. Has hecho un gesto abyecto.”
La frase retumbó en el Parlamento indio con la fuerza de un trueno. No la pronunciaba un líder de la oposición cualquiera, era Mahua Moitra, diputada del Congreso, mirando fijamente a Narendra Modi mientras le recordaba, punto por punto, el catálogo de renuncias que su gobierno había acumulado en apenas unos meses.
Afuera, los mercados energéticos se derrumbaban, mientras que adentro, la verdad se abría paso entre los escaños. Lo que se estaba diciendo, en el fondo, era algo que la tradición india conoce bien: con el demonio no se pacta. Se le enfrenta o se le huye, pero no se sienta uno a su mesa esperando migajas.
El hundimiento de la dignidad
La fragata iraní IRIS Dena atracó en Visakhapatnam en febrero de 2026, invitada por la Armada india para participar en el ejercicio naval multinacional MILAN. Oficiales iraníes desfilaron junto a sus pares indios, compartieron ceremonias, intercambiaron saludos, incluso el presidente de India asistió a los actos.
Durante una semana, el buque fue huésped de honor de la marina india, símbolo viviente de la amistad entre dos civilizaciones milenarias que comparten más de 3.000 años de historia.
La fragata zarpó y a los pocos días, navegaba frente a las costas de Sri Lanka cuando un submarino nuclear estadounidense la torpedeó y hundió. Ochenta y siete marineros iraníes murieron en el ataque.
India guardó silencio. No hubo condena, no hubo declaración de pesar, no hubo una sola palabra oficial sobre los 87 hombres que habían sido sus huéspedes. En Washington, el secretario de Guerra estadounidense se jactaba públicamente de la operación. India, mientras tanto, miraba hacia otro lado.
Lo que se señaló en el Parlamento indio no fue solo la ausencia de una respuesta diplomática. Fue la constatación de un patrón, en el cual la India había interiorizado tanto su propia subordinación que ya ni siquiera era capaz de defender el honor de quienes habían sido sus invitados.
Un país que recibe a un buque amigo y luego guarda silencio cuando ese buque es atacado no es un país neutral: es un país que ha renunciado a tener dignidad propia.
La lógica del politeísmo diplomático o lo cual los altos dirigentes de la India llaman “alineación múltiple”—la idea de que se puede mantener buenas relaciones con todos simultáneamente— chocó aquí con su límite más brutal.
India pretendía ser amiga de Irán y socia de Estados Unidos al mismo tiempo. Cuando el conflicto estalló, Washington le exigió demostrar de qué lado estaba. India demostró que no estaba del lado de sus amigos. Y al hacerlo, perdió lo único que la geopolítica no perdona cuando se es débil: la credibilidad.
El abrazo de Jerusalén: la ofrenda al dios equivocado
Tres días antes del hundimiento de la IRIS Dena, Narendra Modi pronunciaba un fervoroso “Am Yisrael Chai” en la tribuna de la Knéset. El pueblo de Israel vive, dijo, mientras estrechaba la mano de Benjamin Netanyahu, un hombre sobre el que pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra en Gaza.
En la tradición india, hay una enseñanza clara, no todos los dioses merecen el mismo altar. La diplomacia de alineación múltiple funciona cuando los actores con los que se relaciona uno tienen intereses diversos, pero no antagónicos.
No funciona cuando uno de esos actores es el “Gran Satán” —como lo llamaba el ayatolá Jamenei, y no por capricho teológico sino por constatación política—, es decir, una fuerza que no busca tu bienestar sino tu subordinación, que no negocia contigo, sino que te extorsiona, que no te ofrece alianzas sino vasallaje.
Modi no solo puso en riesgo su propia credibilidad internacional, sino que puso en riesgo la estabilidad energética de su país, el bolsillo de sus ciudadanos, la relación con socios históricos y todo esto solo por demostrar que India estaba del “lado correcto”, aunque ese lado fuera el de los bombardeos, el de los bloqueos, el de la extorsión permanente.
El barril que se esfumó
Pero el verdadero precio de la sumisión no se pagó en gestos simbólicos ni en discursos parlamentarios. Se pagó en los tanques de almacenamiento de las refinerías indias cuando los precios comenzaron a dispararse y los barcos dejaron de llegar.
Desde mediados de 2022 hasta fines de 2025, India compró petróleo ruso con descuentos que llegaron a superar los 20 dólares por barril. Mientras Europa pagaba facturas récord y Estados Unidos vaciaba sus reservas estratégicas, Nueva Delhi refinaba crudo barato y alimentaba su crecimiento a costa de la guerra ajena. Era el negocio del siglo, un colchón energético que pocos países podían permitirse, y Modi lo sabía.
Pero el negocio tenía un precio político. Y Washington llamó a cobrar.
A lo largo de 2025, la administración Trump desplegó una ofensiva de presión sin precedentes: aranceles del 50% a productos indios, sanciones secundarias a empresas que comerciaran con Rusia, amenazas de excluir a India de acuerdos tecnológicos críticos. El mensaje era claro y no admitía matices, se debía dejar de comprar a Moscú o enfrentar las consecuencias.
Modi cedió y entre noviembre de 2025 y enero de 2026, las importaciones de crudo ruso cayeron a su nivel más bajo en tres años. Los descuentos se redujeron y los contratos a largo plazo quedaron en suspenso. India había hecho su parte del trato, confiando en que Washington respondería con las concesiones prometidas.
El 28 de febrero, Irán fue bombardeado y el estrecho de Ormuz, por donde transita el 40% del suministro energético indio, se cerró de facto. Los buques petroleros quedaron varados, los seguros marítimos se dispararon y la oferta de crudo de Irak, Arabia Saudita y Emiratos Árabes quedó atrapada tras un muro de fuego.
Desesperada, Nueva Delhi volvió a tocar la puerta de Moscú. La respuesta fue glacial: podían comprar, sí, pero a precios de mercado. El crudo Urals, que hasta diciembre se conseguía con 20 dólares de descuento, cotizaba ahora a 98,93 dólares por barril en puertos indios y con aumentos constantes diarios. El diferencial con el Brent se había reducido a apenas 4,80 dólares. Un 70% más caro que antes del conflicto.
La “exención de 30 días” que Estados Unidos concedió a regañadientes para permitir la compra de petróleo ruso varado en el mar no era una concesión; era una burla con forma de documento oficial. Podían comprar, sí, pero al precio que la necesidad impusiera. Podían comprar, pero sin descuentos, sin preferencias, sin el estatus de “socio preferencial” que habían disfrutado durante tres años.
India había cambiado petróleo barato y seguro por petróleo caro e incierto. Había cambiado un aliado confiable por un socio que la extorsiona. Había cambiado 20 dólares de descuento por 4,80 dólares de migaja. Y lo había hecho voluntariamente, sin que nadie le apuntara un arma a la cabeza. Solo por miedo a desobedecer.
Las cuentas que no cierran
El resultado de esta secuencia de decisiones está hoy a la vista de cualquiera que mire los números con honestidad.
Las reservas estratégicas de crudo en India están en su nivel más bajo desde 2020, el costo del GLP, el gas que utilizan 333 millones de hogares indios para cocinar, se ha disparado un 40% en dos semanas. Los descuentos rusos, que durante tres años fueron el principal sostén del crecimiento indio y permitieron mantener a raya la inflación importada, son hoy un recuerdo.
Y Estados Unidos, el socio al que Modi le entregó la política exterior a cambio de promesas, acaba de iniciar una investigación por “prácticas comerciales desleales” contra productos indios.
Exactamente el mismo castigo que India evitaba cuando compraba petróleo ruso y mantenía cierta distancia de Washington. Exactamente las mismas sanciones que la administración Trump utilizó como amenaza para forzar la reducción de compras a Moscú.
India sacrificó su autonomía energética, su relación con Rusia y su credibilidad ante el Sur Global como con Irán por un puñado de promesas que nunca se cumplieron. Y cuando la tormenta llegó, descubrió que el paraguas que le habían vendido estaba lleno de agujeros.
Lo que se señaló en el Parlamento indio no era una profecía ni una exageración opositora. Era la constatación de un hecho que cualquier analista con dos dedos de frente podía ver, la política exterior del gobierno había terminado alineando al país con los mismos que lo perjudican sistemáticamente.
Durante tres años, Rusia le vendió petróleo barato a India sin pedirle nada a cambio, sin condicionar su política exterior, sin exigirle que se postrara ante nadie. Estados Unidos, en cambio, le pidió que dejara de comprarle a su socio, que redujera su relación con Irán, que se alineara en la ONU, que aceptara aranceles punitivos mientras negociaba.
El precio de la cosecha
Hay momentos en que la geopolítica funciona como un espejo, devolviendo a cada quien la imagen de sus propias decisiones. India se paró frente a ese espejo el 28 de febrero, cuando los misiles comenzaron a caer sobre Teherán. Y lo que vio no fue la potencia emergente que presume de autonomía estratégica, ni el socio confiable del Sur Global que aspira a un asiento permanente en el Consejo de Seguridad.
En el espejo se ve un país con las refinerías medio vacías, los descuentos petroleros esfumados, la credibilidad hecha trizas entre sus socios históricos y un silencio cómplice que sus propios diputados calificaron de “abyecto”.
La tradición india tiene una palabra para lo que ocurre cuando se intenta contentar a todos sin discernir: “adharma” que en definitiva significa “la desviación del camino correcto”. No es la diversidad de dioses lo que condena el hinduismo, sino la incapacidad de distinguir entre quienes merecen devoción y quienes merecen combate.
No se trata de equidistancia ni de balances. Se trata de algo más elemental: saber quién es quién en el tablero global.
*Editor general de PIA Global – Experto en Relaciones Internacionales y Análisis de Conflictos, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk.