geoestrategia.eu
La gramática del fracaso: Trump y el lenguaje del poder sin resultado
Ampliar

La gramática del fracaso: Trump y el lenguaje del poder sin resultado

Por Administrator
x
directorelespiadigitales/8/8/23
lunes 13 de abril de 2026, 22:00h
10 de abril de 2026, 13:43h
Xavier Villar
Ante una operación militar sin rumbo claro, sin objetivos estables y con consecuencias económicas que ya empiezan a sentirse en los hogares estadounidenses, el presidente optó por el único recurso disponible cuando la realidad no acompaña: la intensificación retórica. Prometió enviar a Irán “de vuelta a la edad de piedra”. La frase no fue un desliz. Fue un síntoma diagnóstico.
Para quienes han seguido la historia del discurso imperial occidental sobre el mundo no-occidental, la formulación resulta reconocible en su estructura, aunque inusual en su desnudez. Durante décadas, las intervenciones militares de Estados Unidos se presentaron envueltas en el lenguaje de la liberación: llevar la democracia, proteger poblaciones civiles, modernizar sociedades descritas como atrapadas en el pasado. Afganistán fue una operación de rescate. Irak, una misión de estabilización. El vocabulario humanitario funcionaba como dispositivo de legitimación sobre decisiones que respondían a lógicas estratégicas y económicas de naturaleza distinta. Lo que el discurso del miércoles revela es que ese dispositivo ya no se considera necesario. Su abandono no es accidental: es el índice de una frustración que el lenguaje civilizatorio ya no puede contener.
La amenaza de destruir las infraestructuras eléctricas iraníes se presentó sin el habitual envoltorio de preocupación humanitaria. No hubo referencias a la población que sufriría esas consecuencias. No hubo apelación a valores universales. Hubo una aritmética sin mediación: si no hay acuerdo, las plantas eléctricas caen. Esta brutalidad no es una ruptura con la tradición discursiva occidental; es su continuación bajo condiciones en las que la capa de legitimación se ha vuelto operativamente inútil. El lenguaje colonial no desaparece cuando fracasa: se recalibra, y cuando la recalibración humanitaria deja de ser sostenible, regresa a su forma más directa. Lo que muta no es la lógica sino su envoltura.
El repertorio y su momento
Salman Sayyid ha descrito el discurso occidental sobre el mundo islámico como un repertorio que no se repite sino que itera: los mismos tropos reactivados para servir objetivos estratégicos distintos en distintos momentos históricos. Esa iteración no es aleatoria; responde a una gramática de poder que organiza la diferencia cultural en una jerarquía donde lo no-occidental es permanentemente situado como objeto de gestión, tutela o corrección. La idea de que ciertas sociedades “pertenecen a la edad de piedra” —o que deben ser enviadas de regreso a ella— no introduce ninguna novedad conceptual. Actualiza la vieja tesis de que algunas poblaciones habitan un tiempo anacrónico, situadas fuera de la historia que avanza hacia el progreso occidental: un espacio regresivo que contrasta con el tiempo panóptico y lineal de la modernidad occidental. En esa gramática, Irán no es un Estado con una racionalidad estratégica propia; es una anomalía que debe ser corregida, normalizada o, si la corrección falla, destruida.
La diferencia respecto a formulaciones anteriores no es de contenido sino de forma: la violencia epistémica que antes operaba mediante el lenguaje de la tutela y la liberación opera ahora sin esa mediación. Y lo que resulta analíticamente relevante es precisamente el momento en que ese lenguaje reaparece en su forma más descarnada. La retórica de la liberación requiere una narrativa de avance, de progreso visible, de una población que responde según el guión previsto. Cuando ninguno de esos elementos está disponible, el discurso humanitario se vuelve insostenible como instrumento de legitimación. Lo que queda es la amenaza directa: el lenguaje del castigo, la promesa de destrucción presentada no como un medio sino casi como un fin en sí mismo. Trump declaró estar “muy cerca” de “terminar el trabajo” y simultáneamente prometió destruir infraestructuras civiles si no hay rendición. Las dos afirmaciones coexisten sin tensión aparente: ya ganamos y, si no se rinden, los destruiremos. La contradicción no es un error lógico. Es la marca de un poder que ha perdido la capacidad de narrar su propio proceso de forma coherente, y que por eso recurre a los elementos más primarios de su repertorio.
La guerra que no siguió el guión
La operación fue concebida como una intervención de corta duración con efectos rápidos y visibles. Cuatro semanas después, los portaaviones siguen desplegados, las operaciones aéreas continúan, y el objetivo inicial —sea cual fuera exactamente— no se ha alcanzado. Miles de misiles de crucero lanzados, decenas de miles de objetivos declarados. Y sin embargo, Irán sigue operando, sigue controlando el Estrecho de Ormuz bajo sus propias condiciones, sigue generando una incertidumbre en los mercados de seguros y en los flujos de transporte marítimo que ningún despliegue naval ha logrado despejar.
Lo que ha quedado al descubierto es la brecha entre la superioridad militar convencional y la capacidad de producir efectos políticos estables. Irán no ha necesitado ganar en términos convencionales. Le ha bastado con no perder de la manera que Washington esperaba. La estrategia iraní de defensa en mosaico —frecuentemente reducida en los análisis occidentales a un inventario de misiles y drones, desvinculada del marco político que le otorga coherencia— ha demostrado una resiliencia que la doctrina de los centros de gravedad no sabe procesar. Esa doctrina presupone que toda arquitectura de poder tiene un centro cuya destrucción produce el colapso del conjunto. Es una lectura que reproduce, en el plano militar, el mismo sesgo que organiza el discurso político occidental sobre las sociedades no-europeas: la incapacidad de concebir formas de organización que no repliquen la estructura centralizada y jerárquica que el pensamiento occidental considera universal.
La gestión política del conflicto ha revelado además una estructura de toma de decisiones que resulta difícil de calificar de otra manera que como errática. Los objetivos han mutado con una frecuencia que hace imposible evaluar el éxito o el fracaso: primero el cambio de “régimen”, luego descartado, luego proclamado como conseguido “por accidente”. El discurso del miércoles incluyó la afirmación de que ya existe un “nuevo régimen” en Teherán con el que Washington está en contacto, seguida de la amenaza de destruir sus infraestructuras si no hay acuerdo. La incoherencia no es retórica: refleja una incapacidad real para definir qué resultado político se persigue y por qué medios podría alcanzarse.
Las relaciones con los aliados han sufrido un deterioro que trasciende este conflicto. Las negativas europeas a participar en el aseguramiento del Estrecho de Ormuz generaron la amenaza más explícita pronunciada jamás por un alto funcionario estadounidense contra la propia existencia de la Alianza Atlántica: si los aliados no permiten el uso de sus bases para defender los intereses de Washington, la OTAN se convierte en una calle de sentido único. Los países del Golfo Pérsico, tratados en foros recientes con una mezcla de desprecio y transaccionalismo sin disimulo, tienen pocos incentivos para comprometer capital político en una operación cuya lógica no comparten. China observa con cautela táctica cómo el arsenal occidental se vacía a un ritmo que tardará años en recuperarse.
Lo que la desnudez del lenguaje revela
“Mandarlos de vuelta a la edad de piedra” no es solo una amenaza. Es el colapso visible de un sistema de legitimación que llevaba décadas operando mediante la separación discursiva entre el “régimen” y la población iraní. Esa estructura cumplía una función precisa dentro del repertorio colonial: presentar la presión sobre el Estado como una forma de protección de la sociedad, introducir una cuña entre el gobierno y sus gobernados, legitimar la intervención como liberación. La distinción entre el “régimen” y el pueblo no es una descripción de la realidad política iraní; es un dispositivo discursivo que hace posible la violencia sobre una sociedad presentándola como dirigida exclusivamente contra sus opresores. La capa humanitaria no era decorativa: era el mecanismo mediante el cual la violencia epistémica y material del proyecto occidental se hacía aceptable para audiencias domésticas e internacionales, y mediante el cual se negaba a Irán la condición de sujeto político con una racionalidad propia.
La amenaza de destruir infraestructuras eléctricas no distingue entre el “régimen” y la población. Afecta a ambos por igual, y la ausencia de cualquier reconocimiento de ese hecho en el discurso presidencial señala que la separación ya no se considera operativamente útil. No es que Washington haya decidido abandonar el lenguaje humanitario por principio. Es que la situación en el terreno ya no lo hace sostenible. Un poder que avanza puede permitirse el lujo de la retórica de la liberación. Un poder frustrado habla en los términos que siempre estuvieron debajo: control, castigo, sometimiento. Y al hacerlo, revela que la gramática colonial no era un exceso ni una aberración del orden liberal, sino uno de sus registros constitutivos, disponible siempre que las condiciones lo requieran.
Irán lleva décadas leyendo ese lenguaje desde sus propias categorías históricas, sin la mediación del discurso que lo envuelve. El golpe de 1953, la guerra de los ochenta sostenida desde el exterior, las sanciones, los sabotajes, los asesinatos selectivos con componentes tecnológicos de precisión: la experiencia iraní del poder occidental no está mediada por sus declaraciones humanitarias, sino por sus efectos materiales. Que ese discurso caiga ahora no produce en Teherán el efecto de revelación que quizás se esperaba en Washington. Confirma, simplemente, lo que la experiencia histórica ya había establecido: que el lenguaje de la civilización y el lenguaje de la destrucción no son opuestos, sino dos registros del mismo repertorio, activados según las condiciones del momento.
La edad de piedra a la que Trump amenaza con devolver a Irán no es una descripción geográfica ni temporal. Es la posición que el imaginario colonial lleva siglos reservando a quienes se niegan a ser gestionados.
Verificación de hechos: El discurso de Trump sobre la guerra contra Irán y afirmaciones que no se sostienen
Press TV
Muchos esperaban que señalara el fin de la costosa campaña militar o que anunciara una escalada significativa. En cambio, las declaraciones –y las afirmaciones– resultaron en gran medida familiares, repitiendo lo que él ha dicho reiteradamente a medios afines y publicado en redes sociales.
En su intervención de 20 minutos, básicamente reiteró los mismos puntos que impulsaron esta guerra no provocada e injustificada desde el principio.
Aquí, examinamos –y desacreditamos– algunas de las afirmaciones clave realizadas en el discurso.
Trump dijo que el ejército estadounidense casi ha cumplido sus objetivos en la guerra contra Irán.
Esta afirmación no resiste el análisis. Mientras el presidente de EE. UU. busca una salida tras más de un mes de una costosa campaña militar, la realidad es cada vez más clara: el agresor no ha logrado alcanzar sus objetivos declarados a pesar de desplegar una fuerza abrumadora.
Según los observadores, los principales objetivos de la guerra –ampliamente descrita como no provocada e innecesaria– han fracasado. Estos incluyen el “cambio de régimen”, limitar las capacidades misilísticas de Irán, desmantelar su programa nuclear y, más recientemente, reabrir la vía estratégica del estrecho de Ormuz.
La República Islámica permanece intacta y operativa. Un nuevo Líder ha asumido el cargo y continúa dirigiendo el sistema, mientras que los comandantes militares asesinados han sido reemplazados, como ocurrió también durante la guerra de 12 días, con sucesores que dirigen activamente las operaciones.
Las capacidades misilísticas de Irán también se mantienen intactas, evidenciadas por operaciones sostenidas y de alta intensidad contra objetivos estadounidenses e israelíes en toda la región. La infraestructura clave, incluidos los bases de misiles subterráneas, permanece en gran medida intacta, mientras las fuerzas iraníes continúan imponiendo costos a sus adversarios.
El programa nuclear de Irán –de carácter pacífico– también ha perdurado. A pesar de los ataques ilegales e injustificados a ciertas instalaciones nucleares y del asesinato de científicos nucleares, la base tecnológica y el conocimiento indígena subyacentes permanecen en pie.
Finalmente, el estrecho de Ormuz sigue cerrado a los buques estadounidenses y aliados. Los esfuerzos por reabrirlo hasta ahora han fracasado, con incluso Washington señalando un cambio en sus prioridades.
Trump dijo que Estados Unidos está “desmantelando sistemáticamente la capacidad del régimen para amenazar a Estados Unidos o proyectar poder fuera de sus fronteras”.
Irán nunca ha representado una amenaza para Estados Unidos ni para ningún país de la región. De hecho, a diferencia de Estados Unidos, Irán nunca ha iniciado una guerra en su historia. La República Islámica siempre ha actuado en defensa propia, lo cual es su derecho legítimo según el derecho internacional.
En las operaciones Verdadera Promesa 1 y 2, las Fuerzas armadas iraníes atacaron los territorios ocupados en defensa propia después de que el régimen israelí atacara a comandantes y activos iraníes en la región.
En la Verdadera Promesa 3, fue el régimen israelí, seguido por Estados Unidos, quien inició una agresión no provocada e ilegal contra la República Islámica, lo que llevó al asesinato de varios comandantes iraníes, científicos nucleares y ciudadanos comunes.
Esta vez, nuevamente, fue la máquina de guerra israelí-estadounidense la que atacó a la República Islámica y asesinó al Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, junto con algunos comandantes militares de alto rango y líderes políticos.
Como Irán había advertido previamente, respondió con fuerza contra las instalaciones militares y estratégicas israelíes y las bases militares estadounidenses dispersas por la región.
Trump dijo que los objetivos de Estados Unidos se han logrado en gran medida, afirmando que las capacidades militares, misilísticas y nucleares de Irán han sido “aniquiladas”.
Esta afirmación es una repetición de lo que el presidente estadounidense ha declarado una y otra vez en sus publicaciones en redes sociales durante las últimas cuatro semanas, mientras que los hechos sobre el terreno contradicen sus declaraciones.
Las capacidades militares iraníes, incluyendo sus lanzamientos de misiles, siguen plenamente operativas, lo que se demuestra en que continúan lanzando diariamente y de manera constante oleadas de misiles y drones contra objetivos israelíes y estadounidenses en toda la región.
Hasta ahora, se han llevado a cabo 90 oleadas de ataques con misiles y drones bajo la Operación Verdadera Promesa 4, devastando la infraestructura militar israelí-estadounidense en la región.
Observadores militares de todo el mundo han reconocido que el arsenal de misiles iraní es, con mucho, el más amplio del mundo, contando con varias “ciudades de misiles” subterráneas.
El programa nuclear autóctono de Irán también permanece intacto, a pesar de múltiples ataques recientes contra algunas instalaciones nucleares en las últimas semanas.
Como han enfatizado los funcionarios iraníes, no puede ser eliminado con unos pocos ataques a sitios físicos ni con el asesinato de científicos nucleares. Los expertos son indestructibles.
Trump dijo que la Armada y la Fuerza Aérea de Irán han desaparecido y que los misiles están agotados.
La Armada iraní sigue presente, a pesar del cobarde ataque estadounidense a una de sus fragatas en aguas internacionales, que provocó el martirio de más de 100 marinos.
La Armada iraní sigue vigente, a pesar del asesinato del comandante del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), el general de brigada Alireza Tangsiri, y otros comandantes con él.
La Armada iraní está muy viva y más fuerte que nunca, lo que se demostró con las operaciones realizadas en los últimos días, especialmente el miércoles, que incluyeron el lanzamiento de más de 100 misiles pesados, drones de ataque y 200 cohetes en un vasto radio operativo que abarcó decenas de miles de kilómetros en toda Asia Occidental, de norte a sur de los territorios ocupados, apuntando a posiciones estadounidenses y sionistas.
Estos ataques se dirigieron a lugares en "Eilat", "Tel Aviv" y "Bnei Brak", centrados en sitios militares y concentraciones de fuerzas israelíes. También se atacó con un misil de precisión un escondite de las fuerzas de ocupación estadounidenses en Baréin, que albergaba a 80 personas.
Dos sistemas de radar aéreo de alerta temprana operados por fuerzas estadounidenses en la región, ubicados en una estructura marítima en aguas e islas de Emiratos Árabes Unidos, fueron destruidos con alta precisión.
Un petrolero perteneciente al régimen israelí, operando bajo el nombre comercial "Aqua 1", también fue atacado con precisión y actualmente arde en la región central del Golfo Pérsico.
Un punto de reunión secreto y encubierto de las fuerzas estadounidenses fuera del perímetro de la Quinta Flota enemiga en Bahréin fue atacado con múltiples drones de ataque y misiles balísticos. Según informes de campo, un gran número de oficiales navales superiores fueron trasladados a hospitales en la ciudad de Manama tras el ataque.
El centro de preparación de helicópteros "Chinook" y sus hangares de almacenamiento de equipos en la base de Al-Udeid fueron atacados utilizando una combinación de misiles balísticos y drones.
Varias formaciones de drones de ataque también fueron lanzadas contra el grupo de ataque del portaviones "Abraham Lincoln" en el norte del Océano Índico, que, según documentación e imágenes satelitales, ha abandonado su posición anterior y se ha retirado más profundamente en el océano.
De manera similar, la Fuerza Aérea iraní sigue plenamente activa, lo que se evidencia en sus ataques diarios con misiles y drones a objetivos en los territorios ocupados y en toda la región.
Trump dijo que ya ha ocurrido un “cambio de régimen” en Irán
Esta es una afirmación que ha repetido tanto en sus entrevistas como en publicaciones en redes sociales, y ya ha sido desacreditada por muchos, incluidos periodistas occidentales y analistas políticos.
La guerra de agresión, lanzada en medio de conversaciones nucleares indirectas entre Teherán y Washington bajo mediación omaní el 28 de febrero, tenía como objetivo inicial el “cambio de régimen” en Irán. La primera ola se dirigió específicamente al Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei, y a algunos comandantes militares de alto rango.
A diferencia de la guerra de 12 días en junio del año pasado —que también ocurrió en medio de la diplomacia nuclear— cuando todos los intentos, abiertos y encubiertos, de asesinar al Líder fracasaron, esta vez los defensores del “cambio de régimen” en Washington y Tel Aviv presumieron que los fundamentos de la República Islámica habían sido sacudidos y que su colapso era inminente.
Inmediatamente después de lanzar la llamada “Operación Furia Épica”, Trump expresó la esperanza de que el pueblo iraní derrocaría a su gobierno una vez que los ataques estadounidense israelíes terminaran. “Cuando hayamos terminado, tomen su gobierno. Será suyo para tomar”, dijo, dirigiéndose a los iraníes, sin descartar la posibilidad de presencia militar estadounidense en tierra.
Según un observador que habló con Press TV, el plan era recrear en Irán el escenario de Venezuela, aunque con una fuerza militar mucho mayor a la desplegada en Caracas.
La semana pasada, después de que casi todas las bases y activos militares estadounidenses en la región fueran devastados por los ataques de represalia iraníes, Trump afirmó que el “cambio de régimen” ya había ocurrido en Irán, refiriéndose a la elección del ayatolá Seyed Moytaba Jamenei como nuevo Líder.
Muchos usuarios en redes sociales se burlaron de esa afirmación, diciendo que la máquina de guerra estadounidense israelí no logró ni siquiera cambiar los lemas revolucionarios, y mucho menos provocar un “cambio de régimen.”
La República Islámica no está centrada en individuos sino en instituciones; los regímenes pueden caer, pero las repúblicas democráticas con gobiernos funcionales tienden a fortalecerse.
Trump dijo que Irán estaba “al borde” de fabricar un arma nuclear
Antes de la guerra, Trump presentó repetidamente el programa nuclear de Irán como una amenaza central y amenazó con acciones militares para desmantelar la infraestructura nuclear iraní, más de ocho meses después de haber afirmado que el programa estaba “obliterado”.
En su discurso sobre el Estado de la Unión el 24 de febrero, el presidente estadounidense —desestimando a su propia agencia de inteligencia— acusó a Irán de reiniciar su programa nuclear y afirmó que estaba persiguiendo capacidades capaces de amenazar a Europa e incluso a Estados Unidos.
La realidad es que Irán ha afirmado repetidamente que no busca armas nucleares y que su programa nuclear es únicamente con fines pacíficos, basado en la fatwa (decreto religioso) emitida por el Líder mártir de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Ali Jamenei.
Fue Trump quien se retiró unilateralmente del acuerdo nuclear con Irán en mayo de 2018 y volvió a imponer sanciones paralizantes al país. En respuesta, Irán se vio obligado a aumentar su enriquecimiento de uranio, pero sigue estando lejos de alcanzar un nivel apto para armas.
A diferencia del régimen israelí, que no es signatario del Tratado de No Proliferación (TNP), Irán ha firmado el tratado y ha permitido inspecciones regulares de sus instalaciones nucleares. Y hasta ahora, la agencia de la ONU no ha encontrado nada que dé la impresión de que el programa nuclear iraní no sea pacífico.
Incluso el jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), Rafael Grossi, quien está estrechamente alineado con el régimen sionista, ha reconocido que Irán está lejos de fabricar una bomba nuclear.
Trump dijo que su primera preferencia siempre fue el camino de la diplomacia
La más reciente guerra de agresión se lanzó en medio de las conversaciones nucleares indirectas entre Teherán y Washington bajo la mediación de Omán, el 28 de febrero. La guerra de junio del año pasado también fue iniciada por el régimen israelí, con el permiso estadounidense, en medio de las negociaciones.
En ambas ocasiones, la buena fe de Irán fue traicionada por la administración Trump, recurriendo a una temeraria aventura militar en medio de la diplomacia nuclear.
En las recientes conversaciones en Mascate y Omán, los mediadores iraníes hicieron todo lo posible para asegurar que el programa nuclear iraní no tenía desviaciones y era completamente pacífico. Mantuvieron que Irán no buscaba construir un arma nuclear. De hecho, ambas partes y los mediadores omaníes habían reconocido avances en las negociaciones.
Fue Trump quien retiró a Estados Unidos del histórico acuerdo nuclear de 2015, bajo el cual Irán había aceptado restringir su enriquecimiento nuclear a cambio del alivio de sanciones.
Así que queda claro quién está a favor de la diplomacia para resolver los problemas. No son Estados Unidos, ni la Administración Trump. Siempre ha sido la República Islámica de Irán.
Las guerras han sido impuestas a la República Islámica desde que la administración Trump fue secuestrada por intereses sionistas. Esto incluso es admitido por comentaristas occidentales. ‘Israel Primero’ ha reemplazado efectivamente a ‘Estados Unidos Primero’.
Trump dijo que EE.UU. importa “casi nada de petróleo” a través del estrecho de Ormuz
Según la Administración de Información Energética de EE.UU., citada también por algunos medios estadounidenses, en 2024 Estados Unidos importó 0,5 millones de barriles diarios de crudo y condensados a través del estrecho de Ormuz.
Eso representó el 7 % de las importaciones de crudo y condensados de EE.UU. y el 2 % del consumo de líquidos de petróleo. Por lo tanto, contrariamente a la afirmación de Trump, Estados Unidos sí recibe petróleo a través del estrecho de Ormuz, cuyo flujo ahora ha sido detenido a raíz de la guerra no provocada e ilegal contra Irán.
El cierre efectivo del estrecho ha alterado el suministro global y provocado un fuerte aumento en los precios del petróleo, con el crudo Brent acercándose a niveles récord. Los analistas advierten que los precios podrían alcanzar los 200 dólares por barril si la guerra de agresión persiste y EE.UU. rechaza las demandas iraníes.
El aumento en los precios del crudo se ha trasladado rápidamente al mercado de gasolina en EE.UU. Los precios promedio han superado los 4 dólares por galón, mientras que el diésel ha alcanzado entre 5 y 6 dólares por galón en muchos estados, niveles no vistos en años. Este aumento está generando creciente descontento en todo el país.
Más allá del crudo, el cierre del estrecho a los buques de EE.UU. y aliados también ha afectado al GNL, fertilizantes y otras materias primas clave. Los costos logísticos y las primas de seguros han aumentado, intensificando las presiones inflacionarias en EE. UU., particularmente a través del transporte, alimentos y costos industriales más altos.
Los consumidores estadounidenses sienten cada vez más la presión, tanto en la gasolinera como en sus presupuestos domésticos, mientras el alza de los precios de la energía se refleja en los gastos diarios, según informes de medios estadounidenses.
Demócratas en EE.UU., y también algunos republicanos, han criticado duramente a Trump y su administración por el aumento de los precios de la energía. El líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer (D-NY), publicó en X una captura de pantalla de un artículo del New York Times, afirmando que la “Casa Blanca no se preparó para el aumento de los precios del petróleo debido a su guerra imprudente”.
Trump dijo que misiles balísticos de Irán podrían haber alcanzado pronto a EE.UU.
Esta es otra afirmación que no supera la verificación de hechos. El alcance de los misiles iraníes se limita a 2000 kilómetros, y eso no ha cambiado hasta el momento. La reciente afirmación sobre un ataque iraní a la isla Diego García, a aproximadamente 5.000 km, fue negada por Irán.
Por lo tanto, hasta hoy, Irán no ha desarrollado un ICBM que pueda alcanzar objetivos en otros continentes, porque no tiene intención de hacerlo. Los misiles iraníes están destinados a la autodefensa y, principalmente, a disuadir al régimen israelí.
Como se ha visto, las fuerzas armadas iraníes han atacado activos israelíes y estadounidenses en la región durante esta guerra, no el territorio continental de EE.UU. Eso demuestra que la afirmación de Trump carece de fundamento.
Como señalan los observadores, la afirmación de Trump se basa en comentarios del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, quien previamente afirmó que Irán estaba desarrollando misiles capaces de alcanzar ciudades estadounidenses. Esto tenía el objetivo de infundir miedo en los estadounidenses y presionar al gobierno de EE. UU. para un enfrentamiento directo con la República Islámica.
Trump dijo que la guerra es “una verdadera inversión” para los niños estadounidenses y las futuras generaciones.
Esta afirmación ha sido refutada por los propios estadounidenses. Ellos están firmemente en contra de la guerra contra Irán y de aventuras militares similares alrededor del mundo que no sirven a los intereses de EE.UU.
La aprobación de Trump ha caído al 36 por ciento en medio de esta guerra, el nivel más bajo desde su regreso a la Casa Blanca, según una encuesta de Reuters/Ipsos publicada el lunes.
Otra encuesta de Fox News situó su desaprobación en el 59 por ciento, el nivel más alto registrado en ambos mandatos, en medio del creciente descontento por la guerra contra Irán.
La encuesta, publicada el miércoles, encontró que casi el 60 por ciento de los estadounidenses desaprueba el desempeño de Trump, el nivel más alto desde su elección inicial en 2016.
Un notable 59 por ciento de los encuestados dijo que desaprueba el desempeño de Trump como presidente, mientras que el 47 por ciento indicó que lo “desaprueba fuertemente”.
Este fin de semana, más de siete millones de estadounidenses salieron a las calles en todo EE.UU. en manifestaciones “No Kings” (No a los Reyes) contra las desastrosas políticas internas y externas de Trump, particularmente la guerra no provocada e ilegal contra la República Islámica de Irán.
Se realizaron más de 3200 marchas en los 50 estados, con los organizadores describiéndolo como el “día de acción no violenta más grande de la historia estadounidense” – en contra de Trump.