En los últimos años, Estados Unidos ha vendido al mundo una imagen de poder militar absoluto. Una maquinaria invencible, una fuerza aérea intocable. Pero hoy, esa narrativa se está derrumbando frente a Irán.
La gran derrota llegó con la caída de un F-15 Eagle. A partir de ese momento, Washington lanzó una operación de rescate en el sur de Isfahán (en el centro de Irán). Pero lo que debía ser una misión de recuperación, se convirtió en un desastre militar.
Según reportes del Cuerpo de la Guardianes de la Revolución Islámica, las fuerzas iraníes tenían la zona completamente bajo control. Las aeronaves estadounidenses fueron detectadas y atacadas antes de completar su misión de Heliborne.
En una sola noche dos C-130 Hercules, cuatro AH-6 Little Bird, dos MQ-9 Reaper y cuatro helicópteros modelo UH-60 Black Hawk fueron derribados.
Pero hay algo aún más grave. “Las aeronaves estadounidenses fueron derribadas por la defensa aérea iraní, y las propias fuerzas de Estados Unidos terminaron bombardeando a sus propios soldados”, declaró este domingo el portavoz del Cuartel General Central de Jatam al-Anbia.
“La humillación del presidente estadounidense y de su ejército derrotado no podrá repararse con retórica, guerra mediática ni operaciones psicológicas”, apostilló el vocero castrense.
Esto no es solo una derrota militar, sino una crisis de credibilidad. Durante años, sistemas como el F-35 Lightning II fueron presentados como invisibles. Hoy, incluso esa imagen está en duda. Y con ella, la reputación de empresas como Lockheed Martin que sufrió una caída histórica en la bolsa de valores tras el derribo de un F-35 hace apenas dos semanas.
En el mar, la situación no es mejor. Los portaaviones altamente promocionados por Donald Trump, USS Abraham Lincoln y el USS Gerald Ford, han quedado fuera de operación, revelando fallas que contradicen años de propaganda.
En el plano estratégico, Irán ha ido más allá del campo de batalla. El control del Estrecho de Ormuz ha cambiado las reglas del juego. Ya no se trata solo de misiles o aviones, sino del control de una arteria clave de la economía global.
Y mientras tanto, el discurso de Washington se derrumba. Trump afirmó repetidamente que el ejército iraní estaba destruido. Sin embargo, la realidad muestra lo contrario.
Las razones de la derrota estratégica de Estados Unidos
Ahora bien, la pregunta clave es: ¿por qué hablamos de una derrota clara de Estados Unidos en esta guerra?
Primero, el factor geopolítico más decisivo: el control del Estrecho de Ormuz.
Lo que antes era una vía abierta, hoy está cerrada para los adversarios de Irán. Y Teherán ha sido claro: esta situación no necesariamente volverá a la normalidad ni siquiera después del conflicto. Se trata de una victoria estratégica de largo alcance.
Segundo, el desgaste interno en Washington. La salida y destitución de altos mandos militares refleja una crisis de liderazgo y desacuerdos profundos sobre una guerra que no salió según lo planeado.
Tercero, el objetivo principal del conflicto ha fracasado. El uranio que debía ser neutralizado o extraído sigue en territorio iraní. Es decir, la meta inicial de la guerra no se ha cumplido.
Cuarto, el colapso del factor psicológico. Irán ya no teme. Su población ha comprobado que ni el ejército estadounidense ni el israelí son invencibles. Las amenazas, sanciones y presión han perdido su efecto disuasivo. De hecho, Irán continúa exportando petróleo incluso en mayores niveles que antes del conflicto.
Quinto, la caída del mito tecnológico. El supuesto “ídolo” militar, el F-35 Lightning II, ha visto su imagen destruida. Un avión que se presentaba como imposible de detectar ahora es cuestionado. Este golpe ha impactado incluso en la confianza hacia Lockheed Martin, su fabricante.
Sexto, el fracaso operacional en la región. Estados Unidos no ha logrado proteger:
• ni sus propias bases
• ni a sus aliados árabes
• ni a Israel
Las imágenes de drones y misiles iraníes atravesando sistemas de defensa aérea circulan constantemente, evidenciando una vulnerabilidad inesperada.
Séptimo, el aislamiento internacional. A pesar de los intentos de Washington por movilizar apoyo, incluso aliados dentro de la OTAN han evitado involucrarse directamente. Países como España han rechazado participar, negando tanto apoyo logístico como militar.
El resultado es contundente:
Estados Unidos no solo enfrenta una derrota en el campo de batalla, sino una pérdida de credibilidad global.
La conclusión es clara: la hegemonía estadounidense no se sostenía únicamente en su poder militar, sino en el miedo que proyectaba. Y hoy, ese miedo está desapareciendo.
Análisis de guerra vs. narrativa de café: la prueba AFA aplicada al escenario de Irán
Gabriel Camilli
La Prueba AFA (también conocida como Regla o Criterio AFA) es una herramienta de evaluación estratégica utilizada para determinar si un curso de acción, plan o proyecto es viable antes de su ejecución. Sus siglas corresponden a tres pilares fundamentales: Aptitud, Factibilidad y Aceptabilidad.
Este método es muy común en el ámbito militar, la gestión de proyectos y la planificación estratégica empresarial para filtrar propuestas y seleccionar la más sólida.
LOS TRES PILARES
* Aptitud (¿Sirve para el objetivo?): Evalúa si el plan realmente resuelve el problema o alcanza el objetivo deseado. Un plan es apto si cumple con la misión y los requisitos establecidos. Pregunta clave: ¿Si hago esto, consigo lo que quiero?
* Factibilidad (¿Se puede hacer?): Analiza si se cuenta con los recursos necesarios para llevar a cabo la acción. Esto incluye recursos humanos, técnicos, financieros, materiales y tiempo. Pregunta clave: ¿Tengo los medios para ejecutarlo con éxito?
* Aceptabilidad (¿Vale la pena el costo/riesgo?): Considera si las consecuencias de la ejecución (costos, riesgos, impacto político o social) son proporcionales a los beneficios esperados. Pregunta clave: ¿El resultado justifica el riesgo y el gasto?
APLICACION PRACTICA
Para que un curso de acción sea seleccionado como válido, debe superar las tres pruebas simultáneamente. Si un plan es apto y factible, pero el riesgo de pérdida es demasiado alto, falla la prueba de Aceptabilidad. Si es factible y aceptable, pero no resuelve el problema de fondo, falla en Aptitud. Veamos hoy la “intención” de EEUU de invadir en forma terrestre Irán.
Para nuestros lectores de La Prensa ofrecemos este breve ejercicio de análisis y a modo de ejercicio intelectual. No somos infalibles “solo hacemos crónicas anticipatorias”
De esta forma, aplicar la Prueba AFA a una posible invasión terrestre de EE.UU. a Irán es un ejercicio clásico utilizado por muchos analistas de defensa utilizan para explicar por qué una operación de este tipo es tan compleja.
Un desglose del caso, aplicando los tres pilares al contexto actual de abril de 2026, donde ya existe un conflicto en curso con bombardeos aéreos:
- Aptitud (¿Cumpliría el objetivo?)
La Aptitud es cuestionable debido a la falta de un objetivo político final claro.
Si el objetivo es la desnuclearización: Los bombardeos ya han dañado sitios nucleares, pero asegurar y retirar material enterrado o verificar el cese del programa requeriría tropas en el terreno.
Si el objetivo es el cambio de régimen: Históricamente, las invasiones terrestres de EE. UU. (Irak, Afganistán) han logrado derrocar gobiernos, pero han fallado en estabilizar los países a largo plazo.
Conclusión: Un plan que solo "invade" sin un plan de salida o estabilización no sería apto estratégicamente, ya que Irán solo necesita "sobrevivir un día más" que la voluntad política estadounidense.
- Factibilidad (¿Es posible ejecutarlo?)
A nivel técnico, la Factibilidad es el mayor desafío debido a la geografía y escala.
* Geografía hostil: Irán es casi cuatro veces más grande que Irak, con un terreno montañoso masivo y extensas instalaciones militares subterráneas que dificultan el avance terrestre.
* Recursos necesarios: Se estima que una invasión a gran escala requeriría cientos de miles de tropas y un presupuesto de cientos de miles de millones de dólares, algo difícil de sostener en la economía actual.
* Guerra asimétrica: Irán utiliza tácticas de insurgencia, drones y enjambres de botes rápidos que podrían cerrar el Estrecho de Ormuz, convirtiéndolo en una "trampa mortal" para el suministro logístico.
- Aceptabilidad (¿Vale la pena el costo?)
Este es el filtro donde la mayoría de los analistas consideran que el plan falla.
* Costo humano y político: Las bajas militares en un conflicto de este tipo serían extremadamente altas. Esto generaría un rechazo social interno en EE. UU. similar al de la era de Vietnam.
* Impacto económico global: Una guerra terrestre en Irán dispararía los precios del petróleo y afectaría el transporte global de mercancías.
* Riesgo de escalada regional: Una invasión directa activaría a aliados de Irán (Hezbolá, milicias en Irak y Siria), transformando un conflicto bilateral en una guerra regional total.
Es importante destacar el análisis hecho por Ivan Sidorienko 1122MRR (@IvanSid1122MRR), donde se profundizan las “opciones” que tendría esta posible operación:
- Desembarcar en el Golfo Pérsico.
- Desembarcar en el Golfo de Oman.
- Capturar el uranio enriquecido.
Todas las operaciones militares deben cumplir indefectiblemente con
Los requisitos de Aptitud - Factibilidad - Aceptabilidad y en base a eso hago el análisis, nos señala en Cnl. Duran.
Amigos y lectores de La Prensa:
* Mientras el aficionado busca certezas en el mapa, el profesional analiza las capacidades en la logística: la guerra no es un juego de opinión, es una ciencia de fricción y recursos.
* El análisis serio de la guerra se escribe con datos, geografía y doctrina; el resto es simplemente narrativa para el espectáculo.
* En el análisis militar, el silencio del experto vale más que la elocuencia del que confunde un titular con una estrategia. Esto hacemos en esta columna de La Prensa.
El "Ejército de Cristal": Los Puntos Críticos de la Defensa de EE. UU.
La supremacía militar de Estados Unidos enfrenta una paradoja peligrosa: posee la tecnología más avanzada del mundo, pero su producción depende de una infraestructura industrial alarmantemente frágil y centralizada. Un análisis del Instituto de Investigación de Política Exterior revela que la capacidad de combate de alta intensidad se sostiene sobre tres pilares únicos, cuya interrupción colapsaría la maquinaria bélica de Washington.
1️ Los Tres Puntos de Estrangulamiento
El complejo militar-industrial ha pasado de la resiliencia de la Guerra Fría a una eficiencia de "justo a tiempo" que ha dejado vulnerabilidades críticas:
🔵Propulsión (Cedar City, Utah): La empresa AMPAC es el único proveedor nacional de perclorato de amonio, el oxidante esencial para todos los motores de cohetes sólidos (desde misiles Patriot hasta los ICBM nucleares). Un solo incidente en esta planta detendría la fabricación de misiles en todo el país.
🔵Explosivos (Kingsport, Tennessee): La Planta de Municiones de Holston es la única fuente de explosivos de alto poder RDX y HMX. Sin estos químicos, las ojivas de precisión y las bombas de gran capacidad no pueden fabricarse. No existe una "capacidad de aumento" inmediata; construir una nueva línea de producción tardaría años.
🔵Motores de Crucero (Pontiac, Michigan): Williams International fabrica los motores turbofán para misiles clave como el Tomahawk y el JASSM. La capacidad de reposición es crítica: reemplazar los misiles gastados en apenas 4 días de combate real requeriría actualmente hasta 53 meses de producción continua.
2️ Geología y Silicio: Los Frenos Naturales
Más allá de las fábricas, el Pentágono enfrenta límites físicos que el dinero no puede acelerar:
🔵Dependencia de Materias Primas: EE. UU. depende críticamente de China y Rusia para minerales como el antimonio (municiones), neodimio (imanes de guiado) y galio (radares AESA).
🔵La Trampa de los "Chips Heredados": Aunque se busca soberanía en chips de 3nm, la mayoría de los misiles actuales funcionan con semiconductores de tecnología madura (14nm a 90nm), un sector dominado globalmente por fundiciones chinas.
3️ La Respuesta Estratégica
Para mitigar esta fragilidad, Washington ha iniciado una reindustrialización de emergencia basada en tres ejes:
🔵Ley de Producción de Defensa (DPA): Inyecciones de capital para reabrir minas de antimonio y duplicar la síntesis de químicos en Utah.
🔵Friend-shoring: Delegar la fabricación de munición pesada en aliados clave como Polonia, Australia y Japón para crear una red de seguridad externa.
🔵Salto Tecnológico: Inversión masiva en impresión 3D de metales para fabricar motores y piezas complejas sin depender de las lentas cadenas de fundición tradicionales.
El escenario de guerra moderna ha cambiado la prioridad de la precisión por la masa. EE. UU. posee un ejército letal, pero su base industrial es un "punto único de fallo". Un ataque cinético o un ciberataque coordinado sobre estas tres instalaciones no solo dañaría al ejército; lo dejaría, en términos logísticos, irreemplazable durante años.
Arrogancia militarista y sin ataduras de Estados Unidos
Fernando M. García Bielsa
Para comprender la naturaleza y el curso actual de la política estadounidense, en particular de su proyección hacia el exterior, hay que atender la conexión que existe entre la impronta dejada por tradición violenta en que se forjó esa nación, con la propensión al uso de la fuerza y al belicismo propios de la fase imperialista cuando intenta con obstinación mantener su predominio global.
Estados Unidos ha permanecido en un estado en guerra permanente los casi dos siglos y medio de su existencia como país independiente, con recurrentes grados de violencia en diversos ámbitos, y con un agresivo expansionismo. Ello ha marcado la conformación de esa nación y sus modos de vida, entremezclados con una acendrada creencia de ser ellos un pueblo superior y escogido por Dios.
Esa conjunción –entre la propensión histórica a la violencia y al uso de la fuerza con las urgencias imperiales del presente-, se corresponde y tiene su razón de ser en la maraña de poderosos intereses corporativos que se alimentan con el negocio de la producción armamentista y la proyección bélica. Se trata de una economía de guerra muy arraigada e importante para una parte de la población y para una amplia gama de emprendedores y suministradores de servicios e insumos en las distintas regiones.
En la sustentación y sintonía que todo ello se encuentran poderosos intereses basados en la obtención del lucro, la explotación rentable de la guerra y las pretensiones de dominación globales agresivas del país.
La forma en que está conformada la economía estadounidense, el peso que tiene la industria armamentista, las empresas de alta tecnología y el sector militar en su sentido más amplio, propicia la natural imbricación con la elite financiera y con una amplia retahíla de intereses creados, tanto internacionales como a lo largo del país.
Se establece a estas alturas una sujeción obligada y aparentemente indetenible hacia el gasto militar y su constante aumento, así como con una política exterior agresiva.
Tal situación aparece acoplada con la necesidad y el intento de preservar su estatus geopolítico y de contrarrestar su declinación y pérdida de hegemonía.
La economía de EE. UU., se basa en un alto porcentaje, en la guerra, en la industria militar, la cual es como cualquier tipo de industria: hay producción, hay almacenamiento, hay caducidad, hay innovación tecnológica, se alimenta de una red de suministradores, genera fuentes de trabajo a lo largo del país, pero llega el momento en el cual ese armamento se tiene que utilizar, su producción se tiene que vender y revender, sus stocks se tienen que renovar...
Y si no hay guerras, si no hay conflictos en el mundo, esa producción se estanca y sus almacenes ya no tienen esa liberación, no se despejan, no hay nuevos pedidos, y eso quiere decir que se paraliza la producción no hay innovación, ni aplicación de las nuevas tecnologías, etc. Todo ello tiene una gran y multifacética repercusión en la economía y en el sistema político...
El objetivo planteado a fines de la II Guerra Mundial de mantener una amplia superioridad militar para disuadir a sus adversarios, pronto devino un fin en sí mismo y ha condicionado la carrera armamentista por más de setenta años, incluso después que el fin de la Unión Soviética los puso en entredicho. Sin dudas, es mucha la influencia y los intereses que se benefician de un presupuesto militar que ya alcanza el millón de millones de dólares cada año.
El espectro político interno –complejo y degradado como está - le es todavía, relativamente favorable. La proyección de su política internacional y militar cuenta con un respaldo abrumador desde la elite y desde ambos partidos dominantes, apoyados en poderosos medios de información oligárquicos y en la manipulación de la cultura y la ideología de las masas.
Actualmente, al menos transitoriamente, se ha producido cierto giro ante la carencia de apoyo popular a la guerra, y la oposición activa tanto al genocidio en curso en Gaza, como a la que se ha generado contra Irán.
Aun así, los ideólogos y estrategas yanquis, los diseñadores de políticas, pasan por encima de la opinión pública, y siguen construyendo e instalando –una y otra vez- la imagen demoniaca de supuestos enemigos externos, al tiempo que enarbolan el concepto de "seguridad nacional" que tiene una ubicuidad y un peso enorme en Washington.
Imponen esa narrativa por sobre el hecho de que, en el plano estratégico y geográfico, Estados Unidos vive en un entorno de seguridad extremadamente favorable gracias a su ubicación territorial, a la preponderancia del dólar en las finanzas internacionales, así como a su arsenal nuclear seguro.
Con prontitud otras supuestas amenazas a la seguridad nacional fueron articuladas e infladas, y sirvieron de base para reforzar una voluntad bipartidista ampliamente mayoritaria en pro del gasto militar. Cada año se asignan recursos y cifras superiores, mientras que buena parte de la propia infraestructura económica del país se desmorona, y el monto de la deuda pública sobrepasa, ya ampliamente, al cuantioso Producto Interno Bruto de la nación.
Los cálculos geopolíticos y el peso de la economía militar
Seguir por ese curso aparentemente ilógico se impone principalmente dado el enorme peso económico, político, mediático y cultural del llamado Complejo Militar-Industrial, extensa red de entidades públicas y corporaciones privadas, principalmente alimentada con fondos del presupuesto federal, ramificada a lo largo del país, de la cual dependen miles de subcontratistas y cientos de miles de puestos de trabajo.
La industria de armamentos y el intrincado mundo de entidades asociadas, grupos financieros, tanques pensantes y complejos mediáticos tienen un peso de primer orden en los centros de poder del país.
En ello confluyen –y brindan apoyo- los intereses de un buen número de grandes transnacionales y otros capitales cuyas tasas de ganancia se alimentan con la explotación de los recursos naturales en zonas remotas del planeta que sirven como bases de sustentación del imperio.
Esto se refleja en la disposición de la amplia mayoría de la elite y del cuerpo político nacional, y no solo de los legisladores asociados a ese entramado de intereses, de apoyar con entusiasmo el aumento del gasto militar, la política exterior agresiva, las aventuras bélicas y el uso en ellas de subalternos locales o mercenarios, con miras a reducir la presencia de sus tropas sobre el terreno. En lo que se ha dado en llamar como un enfoque de "realismo ofensivo", el imperio se siente obligado, sí o no, a contrarrestar el poderío ruso y el avance múltiple de China.
Es una situación que tiene efectos y que emplaza la política exterior del país, su naturaleza imperialista, su arrogancia y resistencia a acomodarse ante los cambios geopolíticos en curso, y los intereses económico-financieros en juego en diversos confines del planeta, los cuales se constituyen parte importante de sus bases de sustentación.
Ello se afianza, además, en el hecho de que, en las estructuras de diseño de políticas, tanto en el Pentágono como en el Departamento de Estado y en el Consejo de Seguridad Nacional, se ha cimentado la presencia creciente de elementos de ultraderecha y, con ellos, una casi absoluta primacía de enfoques y estrategias militaristas. Parten de considerarse por encima de ataduras morales, religiosas u otras en la conducción de sus políticas, con las que pretenden conservar los restos de su anterior dominio.
Tales círculos de gobierno, con dosis de fanatismo e insolencia, tienen una forma altanera de pensar, y dicen: gobernaremos el planeta, seguiremos siendo los policías del mundo, y nos aseguraremos que nunca surja un rival de consideración para Estados Unidos. Y consideran que tienen el derecho de hacerlo dado que –según un antiguo mito, son una nación "predestinada" e indispensable, con la "responsabilidad de proteger" y liderar.
Esos enfoques no son coyunturales ni dependen de quien encabece este o aquel gobierno de turno, pero se hicieron más evidentes con Donald Trump en la presidencia, quien incluso declaró estar limitado solo por sus propios criterios y que no necesita las leyes internacionales.
Esos funcionarios empoderados que diseñan la política exterior actúan con arrogancia hegemónica, desde la creencia que su poder es ilimitado. Generalmente pasan por alto el contexto y los intereses de sus adversarios y, aun, subvaloran las capacidades con que estos cuentan.
A la par con ello, se ha producido una reducción del debate interno,y se han fortalecido los sectores de línea dura, quienes generalmente dominan buena parte de la repercusión en los medios. Es una fórmula perfecta que explica muchos de sus descalabros en política exterior, pero también, lamentablemente, el caos y la muerte que generan.
De modo que la política exterior del país padece ahora de altas dosis de aventurerismo. El acontecimiento más reciente, la agresión a Irán, después de desoír múltiples advertencias, ha sido calificada por muchos como uno de los mayores errores de política exterior en la historia estadounidense. Se demuestra que no basta la superioridad militar.
Con la marcada y abierta inclinación de Washington por usar la fuerza para imponer sus pretendidas prerrogativas sobre el resto del mundo, la naturaleza imperial y guerrerista de Estados Unidos se ha vuelto aún más evidente.
Ante el argumento que pretende negar el estatus imperial de Estados Unidos dado que su poder en el mundo no depende de un dominio territorial directo, el sociólogo italiano, Marco D´Erasmo, señala que ese país se ha provisto y despliega una estructura piramidal, una jerarquía de sometimiento –voluntario o no- y que impone grados de soberanía decrecientes bajo su todavía privilegiada posición de hegemonía global: sobre sus congéneres anglófonos, sobre sus asociados de la alicaída Europa y, con mayor saña, mediante su accionar agresivo hacia el resto del mundo. Todo asentado, además, en su predominio financiero, sobre las reglas del comercio establecidas y en su poderío militar.
Con ello logran diversos grados de adherencia y/o de sometimiento, pero encuentran también, de manera creciente, desafíos y resistencia a los dictados imperiales.
Declinación imperial y pérdida de hegemonía
Washington ha pretendido compensar el relativo declive económico del país, persistiendo en una estrategia de ampliación del alcance planetario (e incluso extraterrestre) de su presencia militar. Son renacidos sueños geopolíticos de dominación global. En definitiva, siempre han cultivado la ilusión de que el poderío militar es el testimonio de la grandeza nacional y que mediante la fuerza son capaces de lograr todo lo que se propongan.
Tales sueños están cada vez más alejados de la realidad, no solo ante los desafíos externos y el impresionante ascenso de China, sino debido a elementos de su realidad interna causantes de la declinación, tales como la desindustrialización, el notable crecimiento de la deuda pública; la nociva gravitación del capital especulativo, la creciente desigualdad económica y estancamiento del proceso de movilidad ascendente que deterioran el consenso democrático; la obsolescencia de las infraestructuras y otros.
Pese a esa realidad, y ante un orden mundial cambiante y multipolar, los grupos de poder y el gobierno estadouidense se muestran belicosos y se han volcado a fortalecer su tradicional línea de confrontación; se aferran e intentan conservar su supremacía, con carácter permanente, expandiendo sobremanera la proyección de su poderío militar.
Esa especie de compulsión de apoyarse en la fuerza también busca aplastar las dudas acerca de su actual estabilidad y poderío, y respecto a la percepción de que existe un serio deterioro de la capacidad y posición de predominio estadounidense.
Como fue esbozado por el Pentágono, el plan de Estados Unidos es más dinero, más agresión y más vigilancia interna. En lugar de adaptarse juiciosamente a su declive relativo, forjándose un nuevo lugar en el emergente mundo multipolar, los líderes estadounidenses han perseguido la fantasía de un dominio infinito. En respuesta a ese proceso de apariencia inexorable, Estados Unidos pretende seguir actuando y hacer más de lo mismo que ha estado causando su declive.
¿Derecho internacional o bases militares extranjeras? Esa es la cuestión
Thierry Meyssan
La guerra que Israel, Estados Unidos y Reino Unido iniciaron contra Irán ha puesto en tela de juicio el derecho internacional. Hasta el Consejo de Seguridad había olvidado la definición qué es “la agresión”… y acaba de pronunciarse contra la definición aprobada en la Asamblea General. Estamos ante una situación nunca vista. Todos los Estados miembros de la ONU tendrán que escoger ahora entre el derecho internacional y el sistema de alianzas que Estados Unidos imaginó.
La guerra de Israel, Estados Unidos y Reino Unido [1] contra Irán está dejando una profunda huella en las Naciones Unidas y modifica radicalmente la percepción del derecho internacional. Hasta ahora todos creían que el derecho internacional se basaba únicamente en el respeto, por parte de cada Estado, de los tratados que ha firmado y en el respeto del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Sin embargo, con el paso del tiempo, todos se han acostumbrado a ver que Israel y Estados Unidos nunca son vistos como violadores de la ley.
Aunque habla de «una legítima defensa colectiva» de Israel (sic), ese argumento fue barrido por la sorprendente franqueza del presidente estadounidense Donald, quien reconoció que Irán no amenazaba a Estados Unidos [2]. Hasta ese momento, Washington mentía descaradamente para mantener la impresión de que respetaba el derecho internacional. Basta recordar las mentiras de los presidentes estadounidenses George W. Bush y Barack Obama sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, sobre las ficticias “armas de destrucción masiva” iraquíes, las masacres supuestamente perpetradas por los gobiernos derrocados en Libia y en Siria y las guerras posteriores.
El primer ministro de Israel, Benyamin Netanyahou, se ha limitado a su discurso, que ya tiene 30 años, sobre «la cabeza del pulpo», o sea Irán, para justificar los actos de Israel. Netanyahu no ha encontrado nada mejor que citar las divisas que corean los iraníes –«¡Muerte a la entidad sionista!», «¡Muerte a Estados Unidos!»–, afirmando que Irán quiere matar a todos los israelíes y a todos los estadounidenses. Sin embargo, que alguien grite «¡Abajo la entidad sionista!» nunca ha querido decir que esa persona quiera matar a todos los israelíes sino sólo que cuestiona la autoproclamación del Estado de Israel, sin el reconocimiento de las Naciones Unidas y en contradicción con el proyecto inicial de instalación de un Estado binacional en Palestina. En cuanto a la consigna «¡Muerte a Estados Unidos!», más bien significa que Irán cuestiona la legitimidad de un Estado surgido de la masacre de millones de pobladores autóctonos y de la esclavización de millones de negros arrancados por la fuerza a su África natal.
Lo lógico sería que todos los Estados miembros de la ONU dijesen que esta guerra es ilegal, que es una “agresión” en el sentido de lo establecido en la Carta de las Naciones Unidas. ¡Pero no fue así! Exceptuando a la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte), nadie lo dijo, aunque es probable que todos lo hayan pensado. Lo único que puede explicar ese silencio vergonzoso es el enorme poderío militar de Estados Unidos, lo cual hace que muchos países prefieran ignorar esa verdad. Pero es evidente que esta cobardía colectiva va a tener consecuencias.
Sin embargo, no es eso lo más importante. No sólo esta guerra ilegal es en sí una “agresión”, con la que los gobiernos de Israel y de Estados Unidos violan los tratados que alguna vez firmaron esos Estados. Lo peor es que esos Estados están haciendo esta guerra de manera «bárbara», en el sentido descrito en la Conferencia de La Haya, en 1899. El primer ministro de Israel se jacta de haber asesinado uno por uno los líderes religiosos, militares y político del país que considera “su” enemigo. Crímenes de los que también se jacta el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Hasta ahora, los occidentales consideraban que asesinar líderes o dirigentes políticos era inmoral e incluso contraproducente. De hecho, Israel y Estados Unidos están perfectamente conscientes de que es contraproducente… pero no les importa que sea inmoral [3]. A lo largo de 78 años, Israel ha asesinado líderes palestinos, al extremo de que hoy en día no hay verdaderos líderes palestinos con quienes Israel pueda negociar.
En el caso particular de Irán, Israel inició su guerra arrasando el domicilio del Guía de la Revolución iraní, el ayatola Alí Khamenei, y asesinándolo. Es exactamente como si hubiese bombardeado el Vaticano y asesinado al papa León XIV porque este, como todos sus predecesores, se opone a la creación de un Imperio judío, conforme a las ideas del sionista revisionista Vladimir Ze’ev Jabotinsky (1880-1940), aunque acepta que Israel y Palestina sean un refugio para los judíos del mundo entero, como preconizaba el sionista Theodor Herzl (1860-1904).
Teniendo eso en cuenta, no es sorprendente que ahora aparezcan movimientos terroristas, como Harakat Ashab al-Yamin al-Islamia (Movimiento Islámico del Pueblo de la Mano Derecha), que ponen bombas en Bélgica, Países Bajos, Reino Unido y, quizás, próximamente en Francia, ya que los chiitas adeptos del principio Velayat-e faqih se sienten obligados a vengar el asesinato de su líder espiritual.
Como si no fuese suficiente, Benyamin Netanyahu y Donald Trump arremeten ahora contra los civiles iraníes [4], los mismos civiles iraníes a los que ayer llamaban a «derrocar el régimen». ¿Cuál es el resultado? Los iraníes a los que la propaganda occidental no pudo convencer de que los Guardianes de la Revolución habían masacrado 40 000 de sus compatriotas se han enrolado masivamente… en los Guardianes de la Revolución para rechazar a los agresores.
La particular crueldad de los bombardeos israelo-estadounidenses contra Irán se puso de relieve con los ataques contra los depósitos de hidrocarburos de Teherán ya que los incendios así provocados produjeron emanaciones de «óxidos de azufre y nitrógeno» dando lugar a lluvias ácidas [5].
Después de haber entendido que, a través de Benyamin Netanyahu y de Donald Trump, Israel y Estados Unidos han desatado una “agresión” ilegal contra Irán y se comportan como Estados barbaros, asesinando dirigentes y atacando deliberadamente civiles e infraestructuras civiles, se hace evidente que Irán está ejerciendo su derecho a defenderse.
Ese es el “descubrimiento” que aporta esta guerra. El derecho internacional estipula que todo Estado agredido tiene derecho a responder militarmente no sólo contra el territorio del Estado agresor sino también contra las bases militares que, desde el extranjero, participan en la agresión, y también contra los Estados que albergan esas bases [6]. Nunca, desde la creación de las Naciones Unidas, un Estado agredido había respondido atacando al Estado agresor en los territorios de un tercer Estado. El mundo entero había olvidado esa forma de respuesta, particularmente eficaz en estos tiempos de globalización económica [7].
Hasta los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU habían olvidado la «Definición de la agresión» adoptada por unanimidad (sin voto) por la Asamblea General de la ONU, el 14 de diciembre de 1974. Al extremo que después del inicio de esta guerra, los miembros del Consejo de Seguridad adoptaron, el 11 de marzo de 2026, una resolución (la 2817) que «condena con la mayor firmeza los ataques inaceptables perpetrados por la República Islámica de Irán» contra los seis Estados del golfo Pérsico y Jordania. Dicho claramente, el Consejo de Seguridad adoptó una resolución que contradice la resolución adoptada en 1974 por la Asamblea General, de la que son miembros los Estados del Consejo de Seguridad, eso significa que los miembros del Consejo de Seguridad acaban votar una resolución contraria al derecho internacional.
Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Kuwait, Omán y Qatar se han visto arrastrados a esta guerra en contra de su voluntad. Esos 7 Estados –al igual que el Consejo de Seguridad– reaccionaron inicialmente sin entender lo que estaba sucediendo. Recurrieron al Consejo de Seguridad, multiplicando sus cartas a ese órgano, hasta que acabaron por darse cuenta de que Irán está en su derecho y que el Consejo de Seguridad ni siquiera lo había notado. Tanto los 7 Estados afectados como los Estados miembros del Consejo son firmantes de la resolución 3314 (XXIX) que la Asamblea General de la ONU aprobó el 14 de diciembre de 1974. Las protestas de esos 7 países se hicieron entonces menos fuertes, más vagas… porque ahora ven que en su momento aceptaron la instalación de bases militares estadounidenses en sus territorios para garantizar su propia seguridad y que ahora la existencia de esas bases los convierte en blancos legítimos de la respuesta militar iraní.
Hay varias maneras de reaccionar ante esa contradicción. Una sería declarar que el derecho internacional resulta “inapropiado”, pero ¿quién va entonces a “protegerlos” en el futuro? Otra reacción posible sería reconocer que Estados Unidos actúa de una manera que los pone en peligro, pero ¿están dispuestos esos países a renunciar a ese “padrino”?
Hasta el momento en que escribimos este artículo, más de 80 cartas han circulado en el Consejo de Seguridad… sin que ninguno de esos Estados haya sido capaz de resolver la disyuntiva: ¿Derecho internacional o bases militares extranjeras?, esa es la cuestión.
Incapaz, como los demás, de conciliar lo inconciliable, el Sultanato de Omán «invita el Consejo de Seguridad a ejercer las responsabilidades que le competen implementando una evaluación global e imparcial de las causas profundas de esta crisis para poder abordarlas a la raíz y no únicamente de manera superficial» [8].
Notas