Guillermo Caviasca*
La crisis de natalidad como nuevo condicionante estratégico de los conflictos armados del siglo XXI
La guerra de Ucrania ha puesto en primer plano una dimensión del conflicto moderno que la geopolítica y los estudios estratégicos han tardado en incorporar con la seriedad que merece: la demografía. No como telón de fondo estadístico, o como frio análisis del número de reclutas posibles, sino como variable operacional que está reconfigurando la sociología del combate, la capacidad de movilización de los Estados, el factor moral de la población (su entusiasmo, agresividad, voluntad de sacrificio, en términos de la “triada” de Clausewitz) y, en última instancia, las perspectivas de recuperación de posguerra de las sociedades que participan en conflictos prolongados. Complementariamente este factor debe ser puesto en relación con las características de la Revolución en Asuntos Militares (RAM) en desarrollo. Lo que implica para el frente de batalla, el número de soldados, sus características y sus riesgos
Las guerras del pasado (desde las napoleónicas hasta las dos conflagraciones mundiales del siglo XX) se libraron en sociedades estructuralmente distintas a las actuales. Sociedades en las que la familia típica tenía tres, cuatro o más hijos; en las que la edad mediana de la población rondaba entre los veinte a treinta años; y en las que la mortalidad infantil y adulta, pese a las tragedias individuales que producía, mantenía una relación de proporcionalidad con las tasas de natalidad. La guerra masiva de la modernidad era un drama colectivo de proporciones inéditas, pero la sociedad disponía de mecanismos biológicos de reposición que le permitían, aún en los peores casos, a plazo de una o dos generaciones, recuperar su vitalidad demográfica. Los ejércitos eran masivos y las bajas de la infantería eran asumidas como una “posibilidad normal”.
Ese equilibrio estructural ha desaparecido. Y su desaparición transforma radicalmente los términos en que debemos pensar la guerra.
La quiebra del modelo demográfico de las guerras modernas
Para entender la magnitud del cambio en curso conviene partir de una comparación histórica elemental. En la Primera y en la Segunda Guerra Mundial, el reclutamiento masivo arrancaba a millones de jóvenes de familias que tenían, en promedio, varios hijos. Cuando una familia perdía a uno de sus combatientes (tragedia irreparable en términos individuales y emocionales), la sociedad en su conjunto seguía disponiendo de una reserva demográfica significativa. Si una guerra de alta intensidad producía un millón de muertos, ese millón provenía de familias que, en promedio, tenían otros hijos. La sociedad perdía una generación parcial, no una generación entera.
El drama familiar de los muertos y mutilados era enorme, pero la sociedad continuaba: le quedaban los hermanos, los primos, los hijos que no habían ido al frente. La recuperación demográfica, aunque dolorosa, era dada por obvia.
Aun en estas condiciones, vale la pena recordar que la sangría de una generación en las trincheras de la primera guerra mundial fue lo que impulso, entre otras cosas determinantes de base como los cambios técnicos, una Revolución en Asuntos Militares (RAM). Los pensadores militares de entonces buscaron nuevas formas de hacer la guerra que impidieran ese sangriento estancamiento: Fue el surgimiento de la llamada “blitzkrieg” uno de cuyo objetivo era ahorrar, tiempo y vidas.
Hoy el mecanismo de reproducción biológica no funciona. Las sociedades occidentales (y al hablar de “occidentales” incluimos aquí a Rusia, a los países de Europa del Este, a sociedades modernas como Japón, o Corea del Sur y, al menos, a la China urbana) atraviesan desde hace décadas una transformación estructural sin precedentes en la historia demográfica: la familia de un solo hijo se ha convertido en la norma, y la tasa de fecundidad media ha caído muy por debajo del umbral de reposición generacional de 2 mínimo, hasta aproximarse a 1 hijo por mujer. Los datos de Eurostat para 2024 son categóricos: la tasa de fecundidad total en la Unión Europea se situó en 1,34 hijos por mujer, la cifra más baja en más de seis décadas. Las brechas entre países son reveladoras: Francia, que lidera el ranking europeo, apenas alcanza 1,61; Alemania registra 1,36; España e Italia se encuentran en el extremo inferior del espectro, con 1,10 y 1,18 respectivamente. Ningún Estado miembro de la UE supera el umbral de reemplazo. Señalemos el tema local (aunque estemos distantes de un conflicto armado): a tasa de fecundidad en Argentina para 2025 se sitúa en torno a un catastrófico 1,14 – 1,23 hijos por mujer.
La situación de los países protagonistas del conflicto en Ucrania es aún más crítica: Ucrania registraba antes de la guerra una tasa de 1,2 hijos por mujer, que según el Fondo de Población de la ONU ha colapsado durante el conflicto hasta situarse en torno a 1.0, una de las más bajas del mundo. A lo que se sumó una emigración masiva el inicio del conflicto. Rusia, con una población de 146 millones de habitantes (muy inferior a los 440 millones de la UE o a los 1.400 millones de China), lleva desde 2016 registrando más muertes que nacimientos, y en el 2025 contabilizó aproximadamente 1.16 a 1.18 millones nacimientos contra unos 1.9 millones de fallecimientos, el nivel más bajo en veinticinco años, situación que el propio Kremlin viene calificando de “catastrófica” hace años, e impulsando políticas fuertes pro natalidad.
El hijo único y el fin de la familia como unidad demográfica de reposición
La consecuencia de este cambio estructural para la sociología de la guerra es muy importante, aunque raramente se enuncia con la claridad que merece. En las guerras del pasado, la muerte en combate era el fin de un individuo, no el fin de una familia. Para una familia la muerte de un hijo era una tragedia, pero para el Estado un millón de individuos era una estadística, como señaló Stalin cínica pero realistamente. Hoy, en una sociedad de hijo único, la muerte en combate es simultáneamente el fin del individuo y el fin del linaje familiar en esa generación. No hay hermanos que hereden el apellido, ni hijos que continúen la familia. La familia, como unidad reproductiva y de transmisión cultural, se extingue. Y para el Estado el fin de esa unidad como núcleo de reproducción de la sociedad.
Esta es una transformación cualitativa que va mucho más allá de la intensidad del duelo individual (que siempre fue y seguirá siendo inconmensurable). Es una transformación que afecta a la estructura biológica y social de la comunidad nacional. Imaginemos que en una guerra de alta intensidad mueren trescientos mil jóvenes combatientes. En el siglo XX, esas trescientas mil muertes representaban la extinción de trescientas mil vidas individuales, pero sus familias —con dos, tres o cuatro hijos— continuaban existiendo como unidades sociales y reproductivas. En el siglo XXI, esas mismas trescientas mil muertes representan potencialmente la extinción de trescientas mil familias. El impacto demográfico no es lineal respecto de las pérdidas numéricas: es geométrico.
La muerte de cientos de miles de jóvenes hijos únicos no es solo un drama cuantitativo. Es la extinción de familias enteras, con consecuencias que se proyectarán sobre la capacidad productiva, educativa y científica de esas sociedades durante décadas.
A este efecto directo se superpone uno indirecto de igual o mayor magnitud: la caída adicional de la natalidad durante y después de la guerra. En Ucrania, la población ha caído en aproximadamente diez millones de personas desde el inicio de la invasión a gran escala en 2022, según estimaciones de la ONU: una reducción de aproximadamente una cuarta parte de la población anterior al conflicto, resultado de la combinación de refugiados que abandonan el país, de caída de la fertilidad y de muertes directas e indirectas vinculadas a la guerra. En el primer semestre de 2024, Ucrania registró 87.655 nacimientos, mientras las muertes ascendieron a 250.972 (según cifras oficiales): una tasa de mortalidad que triplicó la de natalidad.
III. El ejército de mediana edad: una novedad histórica sin precedentes
La convergencia de la crisis demográfica con las exigencias del conflicto armado ha producido uno de los fenómenos más inéditos de la historia militar contemporánea: el ejército de mediana edad. En la guerra de Ucrania, múltiples análisis independientes coinciden en señalar que la edad promedio de los soldados en combate —tanto del lado ucraniano como del ruso— ronda los 40 a 45 años, algunos más alarmistas señalan que se aproxima a los 50. En el caso ucraniano, la reducción de la edad de reclutamiento de 27 a 25 años, aprobada en abril de 2024 en medio de polémicas, no ha alterado sustancialmente este promedio, dado que la mayor parte de la tropa disponible es de edad avanzada y que el país ha evitado deliberada y explícitamente movilizar a la franja de 18 a 24 años para no comprometer su ya castigado futuro demográfico.
El volksstrum una milicia de personas mayores. Archivo: Bundesarchiv Bild 146-1971-033-15, Vorbeimarsch des Volkssturms an Goebbels
En Rusia, el fenómeno ha adquirido aún mayor visibilidad. El ejército ha recurrido de manera sistemática a hombres de 50 o 60 años- (se han visto algunos casos hasta 70 años). Son soldados voluntarios, es de destacar, (el núcleo de su ejército de combate en primera línea), con incentivos económicos sustanciales (contratos con bonificaciones de hasta cuatro millones de rublos en algunas regiones, equivalentes a varios años de salario medio), patriotismo, y una propaganda exitosa donde el patriotismo, la hombría y la necesidad de defender la nación, están en primer plano. Datos occidentales que dicen provenir de fuentes abiertas rusas indican que más de 4.000 soldados rusos contratados mayores de 50 años han muerto en combate. Se han documentado casos de combatientes realmente mayores, como el de Yuri Bushkovsky, fallecido en el frente en noviembre de 2024 a los 70 años, quizás un dato extremo pero llamativo. Esto, que es presentado para mostrar las dificultades rusas, expresa otro tipo de lógica y tiene una racionalidad implícita que va más allá de la propaganda “antirrusa”. Pero el caso ucraniano no es muy distinto. Aunque sus menores capacidades demográficas son evidentes, lo cierto es que las informaciones hablan de comandantes del frente mandando a retaguardia a hombres que ya superan los 60 años. Y (volviendo a una comparación con la segunda guerra mundial) ningunos de los dos países se encuentran en una situación como la de Alemania en 1945 para movilizar a hombres mayores en un Volksstrum
Estamos ante un cambio radical en la sociología del combate: los ejércitos en combate en una guerra donde las bajas se pueden contar por cientos de miles ya no sería el lugar de la juventud de una nación, sino, cada vez más, el destino de sus generaciones intermedias e inclusive de hombres mayores en condiciones de cumplir funciones militares.
Este fenómeno no obedece principalmente a la resistencia de los jóvenes al reclutamiento, ni hay un “movimiento pacifista o antibélico”, en ninguno de los dos países. De hecho, la resistencia al reclutamiento siempre existe, pero en general no es razón suficiente para quitar efectivos a los ejércitos (salvo en casos extremos de guerras extremadamente impopulares), sino a una realidad demográfica más profunda: sencillamente hay temor de comprometer la existencia biológica de una generación y hay menos jóvenes que adultos. La pirámide de edad invertida de estas sociedades hace que las cohortes de 40 a 55 años sean numéricamente más grandes que las de 18 a 25. El ejército de mediana edad es también un reflejo fiel de la estructura etaria de las sociedades que la libran.
Para los estados beligerantes, enviar a combatir a hombres de 45 o 50 años entraña un razonamiento implícito de política demográfica: preservar a los jóvenes (que son, además del futuro de la sociedad, el reservorio de su capacidad reproductiva futura) implica sacrificar a quienes ya han cumplido, total o parcialmente, su función reproductiva. Es un cálculo frío y totalmente lógico, raramente enunciado de manera explícita, pero que subyace a las decisiones de movilización de ambos bandos.
La demografía como condicionante estratégico del Estado
La cuestión demográfica no afecta únicamente a las familias ni a los individuos. Afecta a la racionalidad estratégica del Estado como actor comunitario que debe pensar en el largo plazo del conjunto. Un Estado que envía a la muerte a su generación más joven está hipotecando, en un sentido literal, su futuro económico, científico y cultural. Los jóvenes son la fuerza laboral del mañana, los innovadores tecnológicos, los educadores, los padres de la siguiente generación. Su pérdida masiva produce efectos en cascada que se manifiestan con rezago de décadas pero que son, en muchos casos, irreversibles sin grandes flujos migratorios compensatorios (resolución muy debatida en Europa occidental: los nacionalistas la llaman “reemplazo”).
Este dilema ya estaba presente en los grandes conflictos del siglo XX, pero la densidad demográfica de aquellas sociedades (y su mucho mayor tasa de natalidad) lo atenuaba. Las guerras napoleónicas, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial destruyeron generaciones enteras, pero las sociedades sobrevivientes disponían de un resto poblacional joven suficientemente numeroso para reconstruir. Francia tardó décadas en recuperarse demográficamente del conflicto de 1914-1918 (y de hecho nunca recuperó del todo la posición demográfica relativa que tenía a mediados del siglo XIX), pero la recuperación fue posible porque el país tenía, al terminar la guerra, una base demográfica joven sobre la que construir y/o las nuevas familias volverían a tener varios hijos.
En el contexto actual, esa base simplemente no existe en las magnitudes necesarias. No es objeto de este artículo polemizar sobre las la cantidad de muertos y heridos de esta ya muy prolongada guerra. Pero esta en ambos bandos en las seis cifras sin dudarlo. Ni Ucrania ni Rusia pueden permitirse perder varias decenas de miles de jóvenes de entre 18 y 30 años cada X meses sin afectar gravemente su capacidad demográfica de las próximas dos o tres generaciones. No es por tanto casualidad (aunque tampoco se deba exclusivamente a ello, ya que la voluntad de pelear de los adultos y mayores existe) que ambos países hayan tendido a reclutar soldados de mayor edad: la lógica demográfica, más allá de las consideraciones políticas inmediatas sobre el impacto del reclutamiento juvenil en familias de hijos únicos, empuja en la misma dirección.
Para un Estado en demografía declinante, sacrificar a sus jóvenes en una guerra prolongada equivale a una apuesta a una sola carta: ganar el conflicto o condenar a la sociedad a una crisis de largo plazo de la que es difícil prever la salida.
Las proyecciones demográficas de largo plazo de Naciones Unidas son contundentes respecto a Rusia: según distintos escenarios, la población rusa de seguir la tendencia podría caer desde los 146 millones actuales hasta entre 74 y 112 millones para 2100. El gobierno ruso ha tomado nota de este problema (también otros europeos, pero también el gobierno chino) y se enfoca en un combate frontal contra las ideologías feministas y “de género” occidentales, acusándolas de ser responsables de la caída general de la fertilidad de las mujeres, aferrándose a vincular la guerra con la resistencia cultural a occidente y la recuperación de los valores tradiciones de familia. La proyección de disminución poblacional adquiere toda su gravedad cuando se la contrasta con el papel que el tamaño de la población desempeña en la capacidad de proyección de poder de un Estado. Cuando se la pone en relación con la guerra en curso: un conflicto que está acelerando las pérdidas demográficas (por muertes en combate, por emigración de jóvenes y por caída adicional de la natalidad) a un ritmo que ninguna política de incentivos a la maternidad puede compensar hoy en el corto y mediano plazo.
Contra tendencias
Señalábamos al principio de este artículo que nos encontrábamos en una época en la que una RAM se estaba desplegando ante nuestros ojos en los campos de batalla.
Las nuevas tecnologías están provocando una paradoja: la presencia física de soldados disminuye en la línea de frente para evitar la detección, la densidad de sensores, drones y sistemas automáticos (densidad digital) ha aumentado drásticamente, creando un entorno que algunos consideran de “transparencia total”. Si pensamos cuantos soldados se necesitaban para cubrir un frente de batalla vemos que en las Guerras napoleónicas cuya tecnología era el mosquete y una artillería básica se utilizaban 5000 o 10000 soldado por km. En la primera guerra mundial con artillería pesada moderna y ametralladoras de 500 a 1000 hombres apiñados en trincheras podía cubrir 1Km. Hoy en la guerra de Ucrania 10 hombres apoyados por Drones FPV, satélites y sensores de todo tipo pueden cubrir 1Km. Claro aquí no hablamos de que en una ofensiva se necesitan muchísimos más, que más allá de la “línea de frente” la guerra actual despliega muchos más hombres en actividades de apoyo y la gestión de toda esta tecnología que opera en el frente. De hecho, más allá de estos pelotones de 10, 20 o 30 que cubren 1km de frente en la “línea de contacto” (concepto a discutir en la guerra actual donde la “tierra de nadie y la “zona de muerte” se extiende mucho más que en el pasado dado las nuevas tecnologías), se considera que rusos y ucranianos mantienen unos 500 hombres en total. El combatiente moderno deja de ser parte de una pared de escudos o fusiles, o parte de una columna blindada densa que penetra el territorio enemigo, se convierte la parte humana, en un nodo más de información en el territorio.
Por otro lado, las predicciones que desde los 90 anunciaban que la guerra se reduciría a operaciones contra actores marginales como grupos terroristas o milicias, grupos delictivos de alto nivel tipo carteles o, a lo sumo “Estados parias”. Se señalaba que esos adversarios de un hegemónico mundo “basado en normas” no requerirían grandes operaciones militares como las de antaño sino guerra de tipo policial, “implantación de la paz” o implantación de la “democracia y los derechos humanos” cambiando un régimen mediante operaciones hibridas con un despliegue de fuerzas no masivo. Estas predicciones se han visto refutadas. Todo anuncia que ejércitos reducidos de especialistas o mercenarios no serán suficientes, y que la sociedad en su conjunto deberá aportar esfuerzo y hombres a la guerra (y un tipo de especialista civil militarizado de nuevo tipo), volviendo a alguna forma de servicio militar.
Veamos el siguiente cuadro del Impacto Tecnológico de la RAM en la Densidad del Campo de Batalla

En conclusión, de estas contra tendencias en lo que hace a la cuestión demográfica. Si los contendientes hoy para cubrir 1200 km de frente despliegan unos 500000 hombres en el frente; en la segunda guerra mundial hubieran necesitado varios millones para ser efectivos y solidos evitando infiltraciones y sorpresas (una división de unos 15 mil hombres cubría entre 5 y 10 km eficazmente si se abandonaba la guerra de movimientos que requiere menos); y en la primera guerra mundial si se pensaba en una línea continua, de trincheras en torno a los 10 millones (cosa que en el frente de Este no se logró). Pero detrás de estos 500000 hay muchos más; y la “iluminación” del campo de batalla expone al infante o a un vehículo que se aproxime a una tasa de muerte o destrucción muy alta. Siendo así que por mas que comparado con las primera y segunda guerras mundiales las bajas son menores, ciertamente en 4 años debemos contabilizar cientos de miles de muertos en ambos bandos y muchos más heridos y mutilados.
Una variable ignorada en los análisis del conflicto
Resulta llamativo que la dimensión demográfica haya permanecido relativamente marginal en los análisis estratégicos del conflicto ucraniano, comparada con el protagonismo que han recibido la logística de armamentos, la guerra de drones, el apoyo de la OTAN o las dinámicas de negociación diplomática. La demografía opera en escalas de tiempo más largas y sus efectos son menos espectaculares a corto plazo, lo que la hace menos apta para el análisis periodístico inmediato. Pero su importancia estratégica no es menor: en el mediano y largo plazo, la capacidad de una sociedad para regenerarse demográficamente después de un conflicto condicionará, como un vector determínate del “poder nacional”, más allá del resultado inmediato del combate. E implica la relación de fuerzas real entre los bandos en conflicto.
La historia ofrece ejemplos ilustrativos. Francia, que emergió nominalmente victoriosa de la Primera Guerra Mundial, pagó el precio de su trauma demográfico con una generación de varones diezmada que la dejó militarmente débil ante Alemania en los años treinta. La baja natalidad francesa de los años veinte fue, en parte, consecuencia directa de la catástrofe demográfica de 1914-1918. Extrapolando esta lógica a las sociedades contemporáneas (con tasas de natalidad ya en mínimos históricos antes del conflicto), el horizonte es considerablemente más sombrío.
En este sentido, el conflicto ucraniano está generando, de manera acelerada y concentrada, un daño demográfico que sus efectos plenos no serán visibles en los titulares de hoy sino en los censos de dentro de veinte o treinta años: no podemos cuantificar hoy las bajas por que los actores las ocultan y tergiversan como parte de la guerra, por lo tanto no sabemos cuántas de las bajas de esta guerra son jóvenes y cuantos hombres de cierta edad; lo que si podemos afirmar es que una guerra de alta intensidad como la de Ucrania, obliga a los actores a evitar que esos cientos de miles de muertos sean de los rangos de edad bajos. Una generación joven que perdiera un porcentaje significativo sus miembros dejaría una herida que, a diferencia de las ciudades destruidas o las infraestructuras dañadas, no se reconstruye con financiación internacional ni con inversión en capital físico.
Conclusión: la demografía como dimensión de la revolución militar contemporánea
La aparición del ejército de mediana edad como rasgo estructural de los conflictos armados del siglo XXI en sociedades de baja natalidad no parece que sea un fenómeno coyuntural, anecdótico, ni acotado a la actual guerra en Ucrania. Es una expresión concreta de la intersección entre la “contra” revolución demográfica que atraviesan las sociedades desarrolladas y la intensificación de la guerra como instrumento de resolución de conflictos entre Estados.
Esta intersección obliga a repensar varias categorías fundamentales del análisis estratégico: la capacidad de movilización sostenida de las naciones en guerra; el umbral de tolerancia social al sacrificio cuando cada muerte en combate implica la extinción de una familia; la racionalidad de las estrategias de desgaste en conflictos donde el agotamiento demográfico es un factor tan real como el agotamiento material; y el papel que el Estado moderno debe asumir en la preservación del capital demográfico como recurso estratégico de largo plazo.
La guerra de Ucrania, con su peculiar característica de convertir a hombres de 40 y 50 años en la norma (y no en la excepción, o una situación extrema) del combatiente, no es una anomalía histórica. Es el primer gran laboratorio visible de lo que será la guerra en las sociedades del siglo XXI: si es más lenta, y se mantiene costosa en términos de capital humano y demográfico, las consecuencias generacionales deberán ser evaluadas entre los estrategas políticos y militares. Las nuevas doctrinas, formas de hacer la guerra, tipo de reclutamiento deberán tener en cuenta el tipo de sociedades de las cuales emergen los ejércitos. Pensemos en Ucrania la reticencia a bajar el rango de edad de llamada a filas; o en Rusia donde los reclutas de servicio militar (salvo caso extremos de riesgos en el frente) se busca mantenerlos en actividades militares o zonas del frente menos expuestas. Aunque en ambos casos la tendencia a enviar al frente a los más jóvenes crece a medida que la guerra se prolongue y las bajas aumenten
El problema de la demografía y la guerra no es solo un problema del día después del conflicto. Es un condicionante activo que está modificando, aquí y ahora, la estructura de los ejércitos, la lógica de la movilización y el horizonte temporal en que los Estados calculan el costo de seguir combatiendo.
En nuestros análisis no hemos tomado nota suficientemente esta dimensión. La sociología de la guerra contemporánea la ha mencionado de pasada, en general a propósito de las dificultades de reclutamiento ucraniano. Pero la cuestión es más profunda y más estructural: Es parte de una época histórica que se está definiendo, con sus modos de vivir, sus pautas culturales, sus formas de organizar la producción, Sus tecnologías en industrias clave y sus formas de hacer la guerra. En ese marco debemos entender la revolución militar contemporánea, entendida no solo como revolución tecnológica (drones, inteligencia artificial, guerra cognitiva) sino como transformación de las condiciones sociales y demográficas, de las que la guerra es parte, es impulso, y cuyas consecuencias regresan a la sociedad cuando termina
* Doctor en Historia UBA / Autor de libros de historia sobre el movimiento obrero, historia militar y geopolítica / Experto en Defensa. Miembro del equipo de PIA Global
Disminución de la tasa de natalidad, suicidio aplazado
Roberto Pecchioli
En la calle más transitada de mi barrio, un supermercado ha cerrado, reemplazado por una tienda de artículos para mascotas. La plaza arbolada cercana, un lugar de encuentro y juego popular, es frecuentada más por perros que por niños. En todas partes, se tiene la sensación de estar al final del ciclo vital de una civilización: ancianos, extranjeros, personas con mascotas sujetas con correa para sobrellevar la soledad, tratadas como niños, interminables filas de personas de cabello blanco en los centros de salud. Es como si estuviéramos presenciando la muerte planificada de una civilización, una nación, un pueblo. Con la indiferencia de los protagonistas —nosotros— y de las instituciones. La tasa de natalidad se desploma, la población nativa disminuye, la inmigración aumenta y, a su vez, tienen menos hijos tras su llegada. El sistema globalista, consumista, individualista y liberal-capitalista es el anticonceptivo más poderoso. La alegría de los marineros náufragos, como en el Titanic dirigiéndose hacia el iceberg fatal. Cantamos, bailamos o simplemente lo ignoramos, pero el fin de esta nación y de otras, con sus respectivas civilizaciones, costumbres y tradiciones, se acerca a través de la consunción biológica. Cierran escuelas y jardines de infancia, y se abren residencias de ancianos, modestamente llamadas centros de vida asistida. En Italia, la tasa de fecundidad por mujer ha caído a 1,1, la mitad de los 2,1 que permiten la reproducción biológica al mismo ritmo. Un desastre que preocupa poco o nada a la población, cuyos promotores son las clases dominantes.
La grave situación de Italia se acerca rápidamente al punto de no retorno, el momento en que revertir la tendencia será imposible, incluso si se intentara. Este es el caso de Corea del Sur, el país asiático que ostenta el triste récord de colapso demográfico en el llamado mundo desarrollado. Una nación milenaria que ha avanzado rápidamente por el camino del progreso industrial y tecnológico, con ingresos y educación en aumento, siendo sus empresas insignia gigantes en tecnología y producción de semiconductores como Samsung, compañías automotrices y navales como Hyundai, y electrónica de consumo (LG). El bienestar material no trae felicidad: el caso coreano muestra una nación donde, junto con las tasas de natalidad, también se están derrumbando los matrimonios y la estabilidad familiar. El número de mascotas, sustitutos sentimentales en el desierto de la soledad masiva, aumenta exponencialmente.
Este cambio se evidencia en el auge de movimientos como el llamado 4B, surgido entre jóvenes surcoreanas que aboga por una ruptura total con el modelo familiar. El término se refiere a cuatro renuncias explícitas: no casarse, no tener relaciones sentimentales, no tener relaciones sexuales con hombres y no tener hijos. Se trata de una drástica respuesta regresiva a las condiciones sociales, laborales y culturales consideradas incompatibles con la formación de una familia, con un impacto directo en la disminución de la tasa de natalidad. Los resultados ya son visibles en la vida cotidiana. Las ventas de cochecitos para perros han superado a las de cochecitos para bebés, y el número de mascotas se ha disparado en la última década. Cientos de escuelas primarias no registraron nuevas matrículas el año escolar pasado; en la capital, Seúl, la matrícula preescolar está cayendo en picado.
Las previsiones son aún más preocupantes. Corea del Sur está envejeciendo y pronto se convertirá en un país dominado por jubilados, con una fuerza laboral menguante y un sistema de protección social al borde del colapso. El gobierno lleva años intentando frenar esta tendencia con ayudas económicas, permisos parentales y políticas de conciliación laboral y familiar. La inversión en los últimos años ha superado los 200.000 millones de wones (120.000 millones de euros). Estas medidas no han logrado revertir una tendencia que se extiende más allá del ámbito económico. Muchos denuncian el elevado coste de la vivienda, la presión laboral —con jornadas de las más largas del mundo desarrollado— y la distribución desigual del trabajo doméstico. A todo esto se suma un clima de creciente tensión social, con casos de violencia, escándalos sexuales y la difusión en línea de contenido ilegal que han alimentado la desconfianza en las relaciones entre los sexos. Al mismo tiempo, ha surgido una reacción masculina que acusa a los movimientos feministas de exacerbar la crisis demográfica.
El resultado es una creciente tensión entre jóvenes de ambos sexos, con graves implicaciones políticas, sociales y culturales. La guerra entre los sexos, sumada al modelo individualista que los hace reacios a formar una familia, ha provocado una drástica caída de la natalidad. Esto no difiere de la realidad que se vive en nuestro propio país, con Italia, España y Grecia a la cabeza en la carrera hacia el abismo demográfico. La diferencia radica en que Corea del Sur ya ha superado el umbral crítico. Su trayectoria demuestra hasta qué punto una sociedad puede sufrir un declive irreparable cuando convergen las dificultades económicas, los cambios socioculturales disruptivos impuestos desde arriba y el conflicto abierto entre los sexos. Este escenario también se está desarrollando en nuestro país.
Lo cierto es que las medidas económicas no son la solución. Necesarias, por supuesto, pero constituyen un mero paliativo para un invierno demográfico que solo da resultados a muy largo plazo. Esto se evidencia en los casos de China y Rusia, que también están abordando el problema. No ocurre así en Occidente, donde el individualismo libertario y la completa inversión de los valores y prioridades subjetivas se mueven en la dirección opuesta. Solo un cambio profundo en los principios generales podría evitar el declive y la desaparición de muchas naciones históricas. La realidad es el triunfo de la cultura de la muerte. El nacimiento de nuevos miembros de la comunidad se impide mediante la anticoncepción y, sobre todo, el aborto, que ha pasado de ser un delito a una opción y, finalmente, a un derecho absoluto que se ejerce a expensas del Estado, que financia su propia extinción biológica.
Trabajan silenciosamente para reducir la esperanza de vida mediante el deterioro de los derechos sociales, las condiciones laborales y la atención médica. No fomentan la formación de familias de ninguna manera (ni económica, ni fiscal, ni basada en valores), ni dan prioridad a la unión entre un hombre y una mujer. Finalmente, incitan abiertamente a los enfermos, ancianos, deprimidos y pobres a renunciar a la vida, a la eutanasia, el asesinato o el suicidio asistido. Todo esto se presenta como una ampliación de los derechos individuales; el poder de la comunicación, la propaganda y el adoctrinamiento, desde la infancia, genera el consenso necesario. También se quejan de la inmigración de reemplazo, que se ha vuelto indispensable —llevan décadas actuando en esta dirección— para evitar el colapso de toda la estructura económica.
La disminución de la natalidad está provocando un marcado cambio en el gasto —tanto público como privado— centrado en la población anciana y enferma, lo que hace que la comunidad sea menos dinámica, obligada a la defensa y reducida a la mera supervivencia. Estamos bailando una danza macabra en la que el triunfo de la muerte de nuestra nación, de nuestra forma de vida heredada, de nuestra cultura y cosmovisión construidas a lo largo de los siglos, avanza rápidamente, pero todo esto es reprimido, excluido del debate público. Estamos muriendo, pero sin darnos cuenta. A nadie parece importarle a quién le transmitimos una inmensa herencia, rápidamente dilapidada, como en ciertas familias cuyos hijos degenerados o libertinos destruyen el trabajo de generaciones. Otro elemento desalentador es la negación de la responsabilidad: quienes viven en el presente solo piensan en sí mismos, no se preocupan por los demás —empezando por sus familias—, creen exclusivamente en el éxito personal y el entretenimiento vulgar. Los hijos son una carga insoportable. Este es el egoísmo de las generaciones más jóvenes, pero también de los ancianos, cuyo instinto de autoconservación se convierte en pura supervivencia.
La sociedad civil se vuelve menos dinámica, más egocéntrica y más cerrada. Perros, gatos, pájaros y otros animales se convierten en los únicos compañeros. Reciben la atención (y el gasto) que en una sociedad sana se destinaría a hijos, nietos y personas vulnerables. La muerte se convierte en la solución para escapar del sufrimiento existencial o las dificultades. Una mujer inglesa tuvo una muerte «dulce» (¡!) en una clínica suiza (un último refugio higiénico de la infelicidad) a pesar de gozar de perfecta salud, devastada por la muerte de su hijo. El trágico fresco final de un mundo en decadencia, donde la vida tiene cada vez menos sentido, carece de relaciones, de futuro, de seres queridos y de principios que compartir y transmitir.
La verdadera pregunta, la más dolorosa, es si nuestra sociedad merece sobrevivir. ¿Vale la pena librar una batalla final para salvarla? Quien escribe esto cree que debemos intentarlo, por respeto a nosotros mismos, a la historia y a la esperanza de un futuro que jamás ha abandonado a la humanidad. Entonces abandona su hogar, se enfrenta a la realidad y a la multitud de contemporáneos casuales que lo rodean, ve lo que ve, escucha sus conversaciones, observa comportamientos, preferencias, peculiaridades, y concluye que nunca la extinción de una gran civilización fue tan justa y merecida. Sin padres, sin hijos, sin ideales, indiferente a todo excepto al consumo y a los "derechos", la solitaria multitud corre sin rumbo. El último cierra la puerta.