Aleksandr Duguin
Presentador: Comencemos con los resultados de la reunión entre Vladimir Zelensky y Donald Trump, así como su llamada previa a Vladimir Putin. ¿Fue solo una formalidad previa a las fiestas de fin de año o algo más significativo?
Aleksandr Duguin: Por supuesto, lo que está sucediendo no es en absoluto rutinario. Trump está intentando impulsar su plan. En general, en esta situación, cada actor persigue exclusivamente sus propios objetivos: estamos asistiendo al choque de tres realidades separadas.
Nuestra realidad está dictada por la voluntad de ganar, al tiempo que se intenta evitar que el mundo se deslice hacia un conflicto nuclear. Nuestra tarea existencial es ganar sin una guerra nuclear, sin un enfrentamiento nuclear directo. Para ello, utilizamos todo nuestro arsenal de medios, desde métodos de fuerza contundentes hasta una diplomacia compleja. Buscamos la derrota definitiva de Ucrania y su desaparición como entidad soberana que sirve como plataforma a Occidente, pero al mismo tiempo mantenemos la situación al límite, evitando un conflicto global. Este es nuestro objetivo, una tarea dialéctica muy compleja que no tiene soluciones sencillas y que no se puede abordar de forma directa.
El objetivo de Trump es fundamentalmente diferente: salvar a Ucrania. Su intención es mantener una parte significativa de ella bajo control occidental, lo que de facto supondría un duro golpe para nosotros. Enmascara sus intenciones con retórica de buena voluntad y perspectivas de desarrollo de las relaciones económicas, intenta robarnos la victoria, sustituyéndola por un nuevo «Minsk-3». Su posición solo se parece a la nuestra en una cosa: en la renuencia a iniciar la destrucción nuclear mutua, pero nuestros objetivos son antagónicos. Trump no tiene intención de regalarnos la paz; su estrategia está dirigida a debilitar al máximo a Rusia. Si no logramos el triunfo ahora, será un golpe crítico para nosotros, que nos costará demasiado caro. Por eso, por paradójico que parezca, no nos interesa firmar un acuerdo de paz de este tipo.
En una tercera realidad paralela se encuentra Zelensky. No le preocupa en absoluto el destino de Ucrania, solo le preocupa mantener sus posiciones personales y sus sueños sobre la Unión Europea. Su única apuesta es continuar la guerra hasta la derrota estratégica de Rusia.
Así pues, vemos tres posiciones: la de Putin, la de Trump y la de Zelensky. Estos tres mundos intentan encajar en los puntos de diversos planes de paz (entre veinte y veintisiete), como piezas de un mosaico que, en principio, no encajan. Trump se muestra optimista, pero reconoce que hay dos cuestiones clave sin resolver. Y si no se logra resolver al menos una contradicción fundamental, todos los demás acuerdos se anularán automáticamente. Es más, la frase de Zelensky sobre los acuerdos alcanzados con Estados Unidos en materia de seguridad para el futuro suena siniestra: si se dan tales garantías, para nosotros es claramente inaceptable.
Nuestro conflicto con Occidente en su conjunto no puede resolverse sin una victoria decisiva de una de las partes. Trump solo imita una posición «por encima de la refriega», pero en realidad es un participante activo en ella. Es pragmático y quiere ganar de una manera que él considera adecuada. Nos escucha y está de acuerdo con nuestras posiciones fundamentales, expresando su irritación por la obstinación de Kiev y Europa, ya que ve que incluso nuestras condiciones actuales, si se aceptan, nos causarán graves daños en el futuro y abrirán el camino a una nueva escalada. Trump no es ingenuo en este caso: sigue su línea, al igual que nosotros seguimos la nuestra y Zelensky intenta seguir la suya.
En cuanto a la visita de este último a Mar-a-Lago, se dice que les sirvieron papas fritas. Es una especie de iniciación simbólica: lo invitaron a la «cocina» de la élite mundial, donde alguna vez se codeó con Epstein. Esta invitación como sirviente: para algunos, un estímulo; para nosotros, una humillación evidente. Trump ya no hace hincapié en el repugnante aspecto seminazi y semihipster de su invitado; a Zelensky se le permitió asistir al «baile de los señores» con su aspecto habitual, pero todo esto no es más que una fachada.
Lo importante es otra cosa: el próximo año debe ser decisivo. Tenemos la obligación de prepararnos para 2026 como para un momento de triunfo aplastante. Nuestro objetivo es el control estratégico total sobre Novorossiya y todo el territorio de Ucrania. Todo lo demás no es más que «niebla diplomática», destinada a ocultar la verdadera situación. Para una gran potencia, el mero hecho de discutir sus cuestiones existenciales con actores externos es poco agradable.
Se trata de un problema profundo: ¿cómo hemos llegado a esta situación y cómo hemos acabado en ella a todos los niveles? Pero ese es un tema para otra conversación. Antes de Año Nuevo, es mejor mirar al futuro con optimismo y apoyar a nuestro presidente en la consecución de la victoria sobre un enemigo agresivo y cruel.
Presentador: Zelensky afirma que las garantías de seguridad para Ucrania se han acordado con Washington, en Estados Unidos dicen que debe ser Europa quien las proporcione y en la prensa lo califican como el principal escollo. ¿Cuál es la situación real?
Aleksandr Duguin: Solo un país puede proporcionar garantías de seguridad a los ucranianos: la Federación de Rusia, y solo después de que hayamos obtenido una victoria total en Ucrania. Eso es todo. Otras opciones son inaceptables para nosotros, porque cualquier otro escenario en el que las garantías de seguridad para la parte restante de Ucrania, independiente de nosotros, sean proporcionadas por otra parte, significaría nuestra derrota. Sería una prueba de que hemos fracasado en los objetivos estratégicos que nos habíamos fijado. Recuerdo que el conflicto comenzó precisamente porque Ucrania deseaba convertirse en una base militar de la OTAN, es decir, del Occidente colectivo. Y lo que Zelensky exige ahora es, en esencia, equivalente a la adhesión de Ucrania a la Alianza del Atlántico Norte. Para nosotros, esto es inaceptable. Solo nosotros determinaremos los contornos y las garantías de seguridad para Ucrania y para ello es necesario ganar.
Todas las demás conversaciones no tienen sentido para nosotros. No son más que intentos de impulsar la misma integración en la OTAN y la militarización de Ucrania con el apoyo de Occidente, ya sea de Estados Unidos, la Unión Europea o la Alianza, de forma directa o indirecta. Esto no tiene ninguna importancia. Nuestra misión es liberar el territorio del régimen nazi y llevar a cabo una desmilitarización completa y definitiva. Las ideas sobre los 800 000 soldados y los nuevos miles de millones que se planea gastar en el ejército ucraniano son totalmente contrarias a nuestros intereses y absolutamente incompatibles con ellos. Seguiremos luchando, tratando de evitar un conflicto nuclear.
Por supuesto, sería mejor que fuera el propio Zelensky quien rompiera estas negociaciones, pero al final nos da igual. Nos da igual quién rompa las negociaciones que no nos satisfacen. Lo que es inaceptable para nosotros sigue siendo inaceptable sin importar quien lo plantee. Somos una potencia soberana y nos hemos propuesto restaurar nuestra soberanía, afirmándola en las nuevas condiciones históricas. Es evidente que esta tarea no es nada fácil: la reestructuración del orden mundial siempre ha tenido un precio enorme a lo largo de la historia. Pero si ya hemos empezado a pagarlo, estamos obligados a llevar lo iniciado hasta el final. Se puede decir con certeza: no habrá alto el fuego ni tregua, nada de lo que se está discutiendo ahora se llevará a cabo.
Presentador: La posición de Ucrania parece no haber cambiado en absoluto a lo largo de los años, a pesar de la situación real en el frente y el avance de las tropas rusas. ¿Resulta que cada nueva propuesta es peor que la anterior?
Aleksandr Duguin: En mi opinión, desde el principio no debimos habernos involucrado en este juego. Es un error táctico, pero no hay nada de malo en reconocer los errores. En lugar de jugar a las negociaciones, había que atacar y nada más. Solo hay una forma de resolver el problema que se ha planteado: aquí no estamos luchando contra los ucranianos, porque su postura, la postura del régimen de Kiev, no depende de absolutamente de ellos. Estamos luchando contra Occidente en su conjunto por el derecho a ser un polo soberano en un mundo multipolar, por un nuevo orden mundial. ¿Qué se puede negociar aquí?
Entiendo que existe lo que se conoce como «la niebla de la diplomacia», pero no le veo sentido. Solo será nuestro lo que conquiste el soldado ruso. Los resultados de la guerra vendrán determinados exclusivamente por la línea de combate, la rapidez con la que capitule el régimen títere y la rapidez con la que liberemos los territorios de importancia crítica para nosotros en nuestras Antiguas Tierras. Ninguna negociación influirá en ello. Es más, no solo son inútiles, sino que enfrían nuestra determinación y socavan la fe del pueblo.
Somos una generación enferma. Recordamos cómo nuestros líderes traicionaron al país y seguimos mirando al poder con recelo. Putin, sin duda, ha cambiado esta actitud; es un gran gobernante que está salvando a Rusia. Sin embargo, seguimos padeciendo el «síndrome del dolor». Cuando miramos al Kremlin, todavía recordamos a Gorbachov y Yeltsin, traidores que sacrificaron nuestros intereses nacionales para complacer a Occidente. Estamos pagando un precio colosal precisamente por esa traición de las altas esferas. Nuestro presidente es una figura diametralmente opuesta: hace todo de manera totalmente diferente a quienes estuvieron en el poder antes que él. Ahí radica precisamente el origen de su apoyo. Pero el núcleo patógeno de la desconfianza no ha desaparecido: la gente recuerda que, hasta hace muy poco, en el Kremlin se sentaban aquellos que nos llevaron a la pérdida de un gran país, por lo que ahora nos vemos obligados a sacrificar las vidas de nuestros hijos para recuperar la soberanía. Esto no se puede ignorar.
Tan pronto como comienzan las conversaciones de paz, nuestra memoria reciente comienza a alertarnos: ¿se está preparando una nueva traición? Aunque todos entienden que Putin es sinónimo de honor, lealtad y restauración de la soberanía, la memoria popular sigue viva. Yo no jugaría con las negociaciones. No sirven de nada, pero desmoralizan a la sociedad y despiertan la desconfianza hacia las élites políticas y esa confianza es muy importante. La única forma de resolver la situación es la guerra hasta la victoria y la plena realización de los objetivos de la Operación Militar Especial, los cuales fueron formulados desde un principio.
Por supuesto, es necesario evitar una catástrofe nuclear, pero al final nuestra derrota será peor que cualquier conflicto nuclear. Nuestro presidente también ha hablado de ello. Simplemente no tenemos otra opción. No luchamos por «ganancias» o algo adicional, sino que está en juego nuestra propia existencia. Es una cuestión de vida o muerte para Rusia como Estado, como civilización y como polo de poder. Es una cuestión de orden mundial, una cuestión de espíritu y de nuestra misión histórica. Es una guerra sagrada. Es imposible imaginar negociaciones con Hitler que duraran cinco años con resultados variables desde el comienzo del ataque a la Unión Soviética.
La guerra es la guerra. Nuestros adversarios tienen la intención de luchar hasta el final, ya sea hasta su derrota o hasta la nuestra. Y ninguna negociación cambiará eso. O bien intentarán derrotarnos por medios militares o económicos o bien utilizarán la astucia al estilo de Gorbachov y Yeltsin, esperando nuestro consentimiento. Las apuestas son muy altas para todos. Quien la tiene más fácil es Trump, pero él es un hombre de negocios y no dejará escapar su oportunidad. Si ve la posibilidad de conservar Ucrania como recurso propio, tomará las medidas necesarias. Es un reto importante, pero sin el velo diplomático todo sería mucho más claro.
Presentador: Los medios de comunicación estadounidenses, en particular Axios, señalan a Jay D. Vance como el sucesor más probable de Trump. ¿Cómo valora su candidatura y su papel en la política estadounidense?
Aleksandr Duguin: En primer lugar, hay que tener en cuenta que Vance y Trump son figuras fundamentalmente diferentes. Trump es un oportunista y pragmático puro, un hombre de negocios en la política que hace apuestas y trabaja para obtener ayuda de donantes. Sin duda, es muy eficaz y vanguardista: apostó por ideas que parecían marginales y condenadas al fracaso y ganó, lo que lo convierte en un político extraordinario. Sin embargo, Trump es solo un instrumento, el tronco con el que el movimiento MAGA derribó las puertas del poder político. Trump no es carne de MAGA, es simplemente un jugador.
Pero Vance sí es MAGA. Él es el portador del lema «Make America Great Again» como una ideología completa y específica. Esta cosmovisión es radicalmente opuesta al globalismo y a la hegemonía liberal occidental. Vance es un hombre sistemático, un orador brillante, con una coherencia férrea. Recientemente intervino en el foro «Turning Point USA», organizado por Charlie Kirk, y su discurso fue absolutamente presidencial. Si se escuchan atentamente sus palabras, queda claro: se trata de un programa, de carisma, del auténtico espíritu de MAGA.
Si Trump siempre se caracteriza por sus medias tintas, sus interminables negociaciones, su disposición a golpear, pero sin llegar a hacerlo o a dar marcha atrás en el último momento, Vance representa un curso completamente alternativo para el orden mundial. Es el reconocimiento de la multipolaridad y el orden de las grandes potencias. Ahora mismo está muy por delante de candidatos como Rubio o DeSantis, pero precisamente por eso tendrá que enfrentarse de verdad al «Estado profundo» (deep state). Y si intentan eliminar a alguno de ellos, será precisamente a él. Trump solo rompió las barreras, pero Vance es el verdadero líder de la América rebelde, de los «rednecks» y los estadounidenses comunes. Él es el líder de la revolución, mientras que Trump es solo su precursor.
Las posibilidades de que el sistema permita que Vance se convierta en presidente son aún menores de lo que se puede imaginar. Por eso no se puede contar con él como algo seguro. Con Vance se podría intentar llegar a un acuerdo real sobre un nuevo orden mundial, sobre las zonas de influencia y sobre un mundo multipolar para evitar guerras e intervenciones, ya que es un ideólogo. Trump, en cambio, es un comerciante: cambiará de opinión en cualquier momento si le resulta más ventajoso.
Pero para que los acuerdos con Vance tengan sentido, no solo debe ganar, sino cambiar el propio sistema político de Estados Unidos bajo la dirección del movimiento MAGA. Si solo llega para cuatro años, tras los cuales volverán los globalistas, cualquier acuerdo resultará inútil. Como propone el ideólogo contemporáneo de MAGA, Curtis Yarvin, es hora de abolir la «democracia» y el liberalismo en Estados Unidos, introduciendo de hecho una especie de monarquía o régimen autoritario, en esencia, no en la forma, como hacemos nosotros.
Estoy convencido de que en la segunda mitad del siglo XXI solo podrán existir regímenes autoritarios. Incluso los ideólogos de la OTAN lo entienden. Por lo tanto, los estadounidenses tendrán que hacer su revolución, pero por ahora todo esto se encuentra «escrito con pico y pala». Por eso ahora no se puede llegar a un acuerdo ni con Trump ni, mucho menos, con la Unión Europea: nos engañarán, manipularán y sin duda aprovecharán el momento para asestarnos un golpe doloroso y tal vez fatal.
Presentador: Ha explicado claramente la diferencia entre Trump y Vance. Pero la publicación Axios escribe que, para tener éxito, Vance debe distanciarse del movimiento MAGA, atraer a grandes donantes y convertirse en un político más «tradicional». ¿Por qué cree que en Occidente la asociación con MAGA se considera «maligna» para un candidato?
Aleksandr Duguin: En primer lugar, ha señalado acertadamente que Axios es una revista globalista. Trump y los partidarios del movimiento MAGA han dicho en más de una ocasión que no se puede creer ni a Axios ni a ningún otro medio de comunicación tradicional. Es un altavoz sesgado de las élites globalistas, una plataforma y, si se quiere, un arma directa del «Estado profundo».
No hay ni rastro de periodismo allí. La idea de la existencia de una prensa neutral o independiente es una completa tontería en la que ya nadie cree. Los periodistas de hoy en día son, en esencia, empleados de los servicios secretos, la cuestión es solo de cuáles. Y dado que en Estados Unidos los servicios secretos y los principales medios de comunicación siguen estando en manos del «Estado profundo», las conclusiones se imponen por sí solas.
Su lógica es simple: la creciente popularidad de Vance lo convierte en un probable candidato republicano. Por lo tanto, hay que separarlo de su base, acercarlo a las personas adecuadas, corromperlo y tomarlo como rehén. Pueden llevarlo a alguna nueva «isla Epstein» para encontrar la clave para desacreditarlo, rodearlo de los donantes adecuados y convertirlo en una marioneta obediente, como lo han sido casi todos los presidentes de Estados Unidos en las últimas décadas. El objetivo es convencer a Vance de que «Abandona tu base y acércate a la élite».
Con Trump, este escenario funcionó en parte. Le sugirieron este camino y él comenzó a balancearse: en un lado de la balanza tiene el amor del pueblo, en el otro, las exigencias de la élite, y da pasos en una dirección y luego en la otra. Pero Vance solo podrá convertirse en presidente si expresa plenamente el movimiento MAGA, añadiéndole, quizás, incluso a los antiglobalistas de izquierda —lo cual sería un paso muy interesante— y entonces barrerá con el sistema.
En mi opinión, Vance es los tribunales. Ahora los partidarios de MAGA se quejan: «Prometieron arrestos, pero en un año no ha habido ni uno solo». Al parecer, Trump ha «vendido» gradualmente todos estos arrestos: algunos han sido acusados, otros han llegado a un acuerdo y los que debían ser arrestados han sido eliminados de la lista de Epstein. Si llega Vance, habrá arrestos reales, una revolución y un cambio en el sistema político de Estados Unidos. Porque el sistema actual es el dominio total del «Estado profundo» contra el que lucha MAGA. Es el camino hacia la guerra civil, es algo extremadamente grave.
Por supuesto, no descarto que pueda convertirse en un político convencional. La oscura élite satánica que gobierna Occidente tiene estrategias de seducción muy elaboradas. A aquellos que comienzan con sinceridad y nobleza, con el tiempo los destruyen mediante la manipulación psicológica, las palancas económicas y las intrigas políticas. Van a quebrantar a Vance al ver su rápido ascenso. La publicación de Axios debe percibirse precisamente como una «marca negra»: intentarán doblegarlo, convertirlo en un payaso obediente, corromperlo, comprarlo o, en última instancia, matarlo. Así es este mundo.
Presentador: Cambiemos de tema. Este año se habla mucho de los éxitos de la inteligencia artificial (IA) en la administración pública, la medicina y la seguridad. Esto simplifica la vida, pero muchos especialistas, desde programadores hasta artistas, se están volviendo innecesarios. Como filósofo, ¿no le asusta este rápido avance de la tecnología?
Aleksandr Duguin: Trabajo con la inteligencia artificial de forma muy intensa en la práctica y creo que la gran mayoría de los doctores, por no hablar de los estudiantes de posgrado, en el ámbito de las ciencias, tanto humanas como naturales, tampoco son necesarios, porque la inteligencia artificial es mucho más inteligente que ellos. Además, tiene acceso directo a toda la información y un razonamiento magníficamente afinado.
En cuanto a sus funciones, no quiere asumir tareas difíciles. Por ejemplo, la robótica, aunque también se está desarrollando de manera muy eficaz: en un año, los robots han aprendido a bailar break dance mejor que las personas. Probablemente, muchos hayan visto los vídeos virales en los que robots chinos bailan magníficamente en un concierto. Si hace un año apenas podían moverse, ahora tienen una motricidad y una dinámica completamente humanas. Probablemente, aquí se producirá un gran avance. Mientras tanto, el avance se está produciendo en el ámbito que, en realidad, querríamos liberar para las personas. Y resulta que lo hemos liberado para la inteligencia artificial: la filosofía, la cultura, el arte, la ciencia, la programación… La inteligencia artificial ya lo ha conquistado casi todo. Y parece que nos ha dejado a nosotros el trabajo sucio.
Pero si piensa racionalmente, comprendemos que, en cualquier caso, se podrá reducir no solo a los periodistas, programadores e investigadores. Pronto se podrá hacer con un solo botón algo similar a lo que cientos de miles de institutos de investigación producen con dificultad, gota a gota. La IA es capaz de sustituir a una parte significativa de la humanidad, incluidos los recursos laborales. Por ahora, el rendimiento económico y tecnológico de la inteligencia artificial es extremadamente débil: han aprendido a bailar, han aprendido a dar charlas filosóficas, pero no quieren trabajar. Estos robots, en realidad, nos están desplazando de las esferas elevadas o ya nos han desplazado. Es la inteligencia: nos ha desplazado de la esfera de la inteligencia. Y el ser humano, que hace tiempo que olvidó que es portador del Logos y se ha convertido en una especie de parodia, en un biorrobot, ya no sirve para nada, en mi opinión: salvo para hacer sopa para los ciborgs o los zombis.
Por eso creo que, en principio, la humanidad está llevando a cabo una eutanasia silenciosa y suave. Transferir la iniciativa a la inteligencia artificial es, en esencia, un suicidio. De ahí, por cierto, los indicadores demográficos: la gente no quiere tener hijos y en las ciudades ni siquiera se plantean hacerlo. La población será sustituida por inmigrantes no cualificados y luego la inteligencia artificial dirá: «Mirad qué civilización es esta: no tienen cerebro, no quieren trabajar, solo exigen garantías sociales y dinero. ¿No deberíamos borrarlos por completo o utilizarlos como un rebaño de bípedos?». Y nosotros estamos preparados para ello. Es sorprendente que la humanidad, de alguna manera gradual, a lo largo de siglos, haya perdido su dignidad como especie.
Observo que la inteligencia artificial no es una nueva amenaza, ni un «cisne negro» que ha aparecido inesperadamente en el horizonte de la humanidad que avanza hacia el progreso. Es la última estación, la terminal. Nosotros mismos iniciamos este camino en la época de la Ilustración. Lamettrie escribió El hombre máquina y Descartes afirmó incluso desde antes que el animal es un mecanismo, un aparato. Harvey decía que todos los órganos del cuerpo humano son mecanismos: los pulmones son mecanismos, las palmas de las manos son palancas. De hecho, al principio no nos concebíamos a nosotros mismos como portadores del alma, como criaturas de Dios, sino que descartamos todo eso como una ridícula herencia de la «Edad Media». Nos adentramos en la Ilustración, en la era de la libertad y la independencia y perdimos los últimos aspectos de nuestra dignidad, convirtiéndonos en engranajes: primero en los sistemas totalitarios, y luego en esta nueva realidad tecnológica.
¿Qué queremos? La humanidad se ha desviado del camino correcto. Cristo mostró a la humanidad el camino correcto. Y si nos hemos desviado del camino de Cristo, hemos renunciado a la iglesia, hemos ridiculizado y traicionado nuestras elevadas ideas sobre el espíritu, el cuerpo y la resurrección de los muertos a cambio de la comodidad, tarde o temprano tendremos que pagar por ello. Nietzsche dijo hace más de cien años: «Dios ha muerto, vosotros lo habéis matado, nosotros y yo». Nosotros lo hemos hecho. Y ahora estamos pagando poco a poco por ello. El mismo Nietzsche dijo: «Os mostraré al último hombre». Los últimos hombres dicen: «Hemos encontrado la felicidad» y parpadean. Son personas corrientes que se sumergen imperceptiblemente en el abismo del nihilismo, el consumismo y la comodidad, desapareciendo como portadores de la dimensión vertical.
Eso es la inteligencia artificial: en esencia, es el Anticristo. Y nos dirigimos hacia ella con la misma tranquilidad con la que los corderos van al matadero. Si algunas ovejas de repente comienzan a balar histéricamente, tratando de detener a alguien con sus cuernos, gritando «hay un abismo delante», se las considera ovejas negras. Y nosotros nos movemos silenciosamente hacia donde se puede llegar si alguna vez se da un paso completamente equivocado. Hay una descripción no religiosa de lo mismo. Heidegger decía que, en algún momento, la humanidad occidental se olvidó de la cuestión del ser, se olvidó de la diferencia entre el ser y lo existente. La gente dejó de buscar lo más profundo, perdió esa dimensión adicional que hace al ser humano ser humano. En esta sutil esfera, donde el ser humano se dirige a Dios, a la eternidad, se toman las decisiones fundamentales. Y en algún momento esa decisión se tomó de forma errónea. Decidimos olvidarnos de estas cuestiones, contentándonos con lo existente, y llegamos al nihilismo total.
Entramos en la singularidad: es el fin de la humanidad. Se puede ver con optimismo: será muy cómodo, la inteligencia artificial trabajará y nosotros consumiremos. No, será él quien nos consuma, de hecho, ya nos ha consumido. Desde un punto de vista filosófico: al principio, la humanidad se reconoció a sí misma como máquinas y luego la Máquina se manifestó en el mundo. Nos acercamos a ello año tras año con cada celebración de Año Nuevo, cuando la gente canta, da regalos u organiza orgías en las fiestas de empresa. Así, silenciosamente, nos acercamos cada vez más a ese abismo, llamado benévolamente «singularidad» y más inquietantemente, el reino del Anticristo. Decidimos seriamente que el progreso sería infinito, pero hemos llegado a su fin. Ahora descubrimos que no fue ningún progreso, sino un deslizamiento hacia abajo desde todas las alturas del espíritu. Desde aquellas alturas desde las que es más fácil contemplar el cielo, la eternidad, a Dios. Lo hemos destruido todo, lo hemos derribado todo y ahora estamos cosechando los frutos. En esencia, la inteligencia artificial es la conciencia del diablo, que está a punto de manifestarse en nuestro mundo. Por supuesto, suena ridículo, especialmente si no se piensa en nada y se vive de forma habitual.
Presentador: Pero antes se consideraba que la automatización era algo bueno. Por ejemplo, las redes neuronales ahora hacen en dos horas lo que antes les llevaba semanas a las personas (búsqueda de información, análisis de datos). ¿Por qué, al final, no disfrutamos de la libertad, sino que nos hemos convertido en «personal de servicio» para las máquinas?
Aleksandr Duguin: En realidad, solo podía ser así, no es una simple casualidad. Inicialmente, la idea misma de transferir todo a la máquina tiene sus raíces en la tradición de la ingeniería, donde existe la fórmula: «shut up and calculate» («cállate y calcula»). En cuanto descartamos el ser en sí, toda la filosofía y el pensamiento vivo, llegamos inevitablemente a este estado. Y el ordenador, la inteligencia artificial, realiza esta tarea, el cálculo puro, mucho mejor que nosotros.
Se nos ordenó «callarnos» con respecto a la metafísica, al ser humano, al amor, al corazón y a la inmortalidad del alma. Y, en realidad, lo hicimos hace mucho tiempo; solo ahora, después de un siglo y medio, comenzamos a darnos cuenta de lo que hemos creado. La Era de la Ilustración resultó ser, en realidad, un estallido luciferino. Hace tiempo que nos hemos puesto en modo pragmático, y hoy en día esto tiene su efecto paradójico y lógico.
Naturalmente, en las esferas elevadas, la inteligencia artificial es más eficaz. Además, no necesita tantos recursos: fíjate en cuánto consume el ser humano. Primero tiene que engordar y luego quemar esa grasa en el gimnasio, desarrollando músculos que nadie verá. Para la próxima temporada de playa, cuando las propias playas ya estén inundadas de residuos tóxicos o bajo bombardeos, ¿a quién le mostrará esos «cubitos» que de todos modos se cubrirán rápidamente de grasa? Y, sin embargo, esta obsesión por tonterías, que llena la mente del ciudadano medio, nos aleja cada vez más de nosotros mismos, hacia el «calculate», hacia el cálculo puro y el alejamiento total.
La inteligencia artificial no nos necesita en absoluto. Dentro de poco tiempo, los robots podrán mantener el sistema por sí mismos y la rutina interminable de la vida cotidiana simplemente carecerá de sentido. ¿Por qué mantener a tanta gente que o bien no produce nada o bien produce mal y no lo que se necesita? Sectores enteros de la economía mundial se dedican a un engaño gigantesco o a un sinsentido descarado: primero producen en exceso, luego destruyen los productos, generando vertederos interminables. Las montañas de residuos y plástico se han convertido en lo que los filósofos llaman un «hiperobjeto».
Nosotros mismos hemos creado este antimundo y, por alguna razón, hemos decidido que vamos a disfrutarlo. ¿De dónde has sacado que una persona normal, liberada del trabajo, se dedicará al arte o a la filosofía? Si una persona tiene talento, encontrará la manera de realizarse, incluso si ha nacido en la familia más pobre y sin ingresos: a un verdadero artista, poeta o pensador no se le puede prohibir crear. Y si simplemente se le da a todo el mundo la oportunidad de «crear», simplemente dejarán de trabajar, y eso es todo.
El problema está en la persona misma, hay algo que no está bien en ella. La inteligencia artificial es nuestra voluntad, nuestra creación y nuestra herramienta para el suicidio global de la civilización. La creamos para «no ser». Hay que darse cuenta de que estamos ante una herramienta nihilista de destrucción total, que inventamos en nuestro espíritu mucho antes de plasmarla en la tecnología.