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Rusia en la época de la IA

Rusia en la época de la IA
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directorelespiadigitales/8/8/23
domingo 05 de abril de 2026, 22:00h
Analicemos un momento la forma en que la IA traslada los principios fundamentales del libro de Alex Karp The Technological Republic al contexto ruso: Rusia es una potencia civilizacional (un Estado-civilización) y no simplemente un Estado-nación o una economía periférica. Su existencia histórica y su futuro no solo vienen determinados por las materias primas, el territorio o incluso la paridad nuclear, sino también por la capacidad de conservar y desarrollar una identidad soberana en una época en la que la lucha principal se libra en el ámbito del software, los algoritmos, la inteligencia artificial y el control digital de la realidad.
He aquí un conjunto simétrico de principios, adaptado a la civilización rusa/euroasiática:
  • Rusia es un Imperio desde sus inicios. La civilización rusa ha vencido y sobrevivido no gracias a los procedimientos democráticos (que le son ajenos) ni a la eficiencia del mercado (que sigue siendo un factor secundario), sino gracias a su superioridad tecnológica y espiritual en momentos clave: desde las armas de fuego y la artillería de Iván el Terrible y Pedro I, pasando por el proyecto nuclear y el programa espacial de la URSS, hasta la actual guerra hipersónica y radioelectrónica. La victoria en la Gran Guerra Patria, la Guerra Fría: todo ello es el resultado de la unión entre el Estado, los ingenieros, los científicos y una fe profunda en su misión.
  • La élite rusa actual (incluidos los sectores de las tecnologías de la información y el sector digital) ha perdido el rumbo. Tras 1991 los talentos en estos sectores o bien se marcharon al extranjero o bien se pasaron al sector digital de consumo: redes sociales clonadas, fintech, comercio electrónico, juegos, especulación con criptomonedas, «sustitución de importaciones» en forma de copias de plataformas occidentales. Los recursos y el talento se desperdician en copias triviales en lugar de resolver problemas de escala civilizatoria: defensa, IA soberana, ciberseguridad, análisis predictivo para el Estado, identidad digital del Mundo Ruso.
  • El modelo actual es mortalmente peligroso para la supervivencia de la civilización rusa. En el siglo XXI, el poder es poder del software. Quien controla el software (algoritmos, datos, modelos de IA, computación cuántica), controla la realidad. Occidente y China ya libran una lucha total por la supremacía por el software. Si Rusia se queda en la periferia —con chips dependientes, nubes extranjeras, bibliotecas abiertas y redes neuronales occidentales— perderá su soberanía más rápido que por cualquier derrota militar. China y Occidente no esperarán a que «los alcancemos». Se necesita una nueva alianza entre el Estado-civilización y la industria del software y la IA. El Estado debe reestructurarse radicalmente según el principio de la ingeniería: velocidad, resultado, audacia, rechazo del formalismo burocrático. La élite de las tecnologías de la información y la IA debe orientar el talento hacia tareas civilizacionales: IA soberana (no una copia de ChatGPT, sino un modelo impregnado de la visión rusa del mundo), sistemas de análisis predictivo para la Operación Militar Especial y el Mundo Ruso, ciberdefensa, identidad digital sin puertas traseras, sistemas de armamento autónomos.
  • Se necesitan estructuras similares a Palantir, pero con lógica rusa y sin sesgo atlantista.
  • El «hard power» es imposible sin una fe profunda. El «poder duro» (misiles, tanques, drones, hipersónico) se sostiene únicamente en la «fe»: una identidad civilizacional común, un sentimiento de mesianismo, la unidad, el rechazo al «fin de la historia» liberal, la disposición al sacrificio por el futuro. Sin ello, incluso la IA más potente o el arsenal nuclear más grande se convertirán en instrumentos inútiles. La élite rusa contemporánea carece de esta fe: predominan el cinismo, el nihilismo consumista, el relativismo y la idea de que «todo está permitido si genera dinero».
  • Los ingenieros, científicos y desarrolladores no están exentos de obligaciones para con la civilización. El talento y el éxito no surgen en el vacío. Son posibles gracias a una civilización rusa milenaria, a sus sacrificios, a su cultura, a su lengua y a su Estado. Por eso se exige a los portadores del conocimiento lealtad y contribución a la defensa y el desarrollo de esta civilización y no solo la maximización de los ingresos personales, la emigración o el trabajo para corporaciones globales.
  • Rusia está atravesando una crisis intelectual y espiritual: miedo a los grandes proyectos, conformismo, «pequeñas comodidades», desprecio por la propia tradición bajo el pretexto del «pragmatismo». Hay que rebelarse contra este declive y volver a las tareas audaces y transformadoras: la creación de un espacio digital soberano, la IA como continuación del pensamiento ruso, la Eurasia digital, un mundo multipolar bajo el escudo de software de Rusia.
Aquí termina el texto de la IA, que ha aplicado las ideas de Alex Karp a Rusia. No está mal, ¿verdad? Un plan muy sensato para el renacimiento de Rusia. Pragmático y, en general, bastante realista. Solo que ellos tienen una República, nosotros un Imperio y el resto —lo técnico— puede ser bastante similar. Otra cosa es que nuestros tecnócratas, junto con las ideas de Alex Karp, adoptan su «fe», «sus valores» y su República. Nosotros debemos aclarar a lA IA que hay que aplicar todo esto a Rusia teniendo en cuenta su identidad. Y eso es todo. La disputa entre patriotas y digitalizadores queda resuelta.
¿Y saben por qué la IA ha podido hacerlo tan fácilmente? Porque durante décadas los partidarios de la Idea Rusa, a quienes hasta hace poco no se les prestaba atención, y ahora apenas se los escucha, han trabajado desesperadamente escribiendo libros, artículos, textos, publicaciones, materiales y traducciones, con cuya ayuda han construido un mapa impresionante de la Civilización Rusa. Imperio, Eurasia, multipolaridad, Estado-Civilización, el Mundo Ruso, el significado eterno del Ortodoxismo, la identidad profunda, la potencia, la ontología del Estado, la geopolítica de la Tierra, la sacralización del poder, el tradicionalismo y los valores tradicionales, la gran misión de Rusia, el gran pueblo, la crítica a la unipolaridad, al atlantismo, al liberalismo, a Occidente, etc. — todo esto no son eslóganes, sino teorías, sistemas, escuelas, corrientes. Existe un Gran Narrativo Patriótico Ruso con teorías y conceptos, terminologías y sistemas. Y cuando la IA tiene que cumplir la tarea encomendada, recurre automáticamente a este patrimonio como a algo que se da por sentado. Así, puede que pase desapercibido, pero es precisamente la IA, que aún no ha sido censurada por completo, la que muestra la magnitud de nuestra enorme labor —no solo de varias décadas, sino de varios siglos—, si incluimos a los eslavófilos, los euroasiáticos, los nacional-bolcheviques, los monárquicos, los ortodoxos, los sofiólogos y los patriotas soviéticos.
Para completar el panorama, citaré lo que la IA escribió sobre Alex Karp y su proyecto:
El libro de Alex Karp (CEO de Palantir) The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West (2025, en colaboración con Nicholas W. Zamiska) es una crítica mordaz del Occidente contemporáneo y, en especial, de Silicon Valley, así como un manifiesto sobre cómo se deben reestructurar las relaciones entre la tecnología, el Estado y la identidad nacional. He aquí un resumen de las ideas principales del libro: Estados Unidos y Occidente son una «república tecnológica» desde sus inicios.
Estados Unidos dominó el siglo XX no solo gracias a la democracia, sino sobre todo gracias a su superioridad tecnológica (especialmente en materia de software). La victoria en la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, Internet: todo ello es resultado de una estrecha alianza entre el Estado y los ingenieros (el Proyecto Manhattan, DARPA, los inicios de Silicon Valley gracias a los encargos del Pentágono).
Silicon Valley ha perdido el rumbo
Tras la victoria en la Guerra Fría y el inicio de la Pax Americana, los ingenieros y empresarios pasaron de tareas de importancia nacional a productos de consumo: redes sociales, aplicaciones de reparto de comida, publicidad, compras. El talento y los recursos se desperdician en cosas «triviales» en lugar de resolver los verdaderos retos (defensa, delincuencia, medicina, educación).
El modelo actual es peligroso para la supervivencia de Occidente
En el siglo XXI, la principal lucha por el poder es la lucha por la supremacía en el software y la IA. China y los regímenes autoritarios utilizan activamente la tecnología para obtener poder militar y geopolítico. Si Occidente no vuelve a las tareas más urgentes, perderá la nueva carrera armamentística.
Se necesita una nueva alianza entre el Estado y la industria del software
Karp aboga abiertamente por una estrecha colaboración (y no por la separación) entre el Gobierno y las empresas tecnológicas (como Palantir). El Estado debe adoptar el enfoque de la ingeniería (soluciones rápidas, audacia, orientación a resultados) y las empresas tecnológicas deben canalizar el talento hacia la defensa, la seguridad nacional y los grandes objetivos de la civilización.
El «poder duro» requiere una «creencia blanda»
El «poder duro» (militar, tecnológico) es imposible sin una «creencia blanda»: una identidad nacional común, una cultura, unos valores, patriotismo y sentido del deber. La élite contemporánea (incluida la élite tecnológica) carece de estos fundamentos «blandos»: no hay un objetivo común, no hay orgullo por la civilización, prevalecen el conformismo, el relativismo y el nihilismo consumista.
Los ingenieros no están exentos de obligaciones para con la nación
Los ingenieros con talento y los fundadores de empresas no crean sus éxitos «de la nada»: se benefician de los frutos de la civilización estadounidense (occidental). Por eso se les exige lealtad y una contribución a la defensa y el desarrollo de esta civilización y no solo la maximización de los beneficios o la comodidad personal.
Crítica al decadentismo y llamamiento a la ambición
El libro es una acusación contra la fragilidad intelectual, la cobardía de los líderes, la pérdida de ambición y el vacío espiritual. Karp exige «rebelarse contra» este declive y volver a proyectos audaces y transformadores, aunque sean impopulares o políticamente tóxicos.
En general, el libro es a la vez: una acusación contra el Silicon Valley actual, un llamamiento al renacimiento del «proyecto nacional» de Estados Unidos, una justificación de la misión de Palantir (colaboración con organismos estatales, defensa, IA de seguridad).
[Aquí la IA ya se muestra un poco «woke», aunque todavía se contiene]. Se trata de un texto escrito por un «halcón», nacional-capitalista y antipostmoderno, que muchos han interpretado como un manifiesto de la nueva era del militarismo tecnológico de Occidente.
El posmodernismo global (Entrevista)
Presentador: Para empezar, le propongo que comente las declaraciones y los ultimátums del presidente de Estados Unidos, dirigidos tanto a Irán como a otros países de la región. Por un lado, Donald Trump exige a Teherán que desbloquee inmediatamente el estrecho de Ormuz, amenazando con lanzar, de lo contrario, ataques masivos contra las instalaciones energéticas iraníes —y ya ha prometido empezar por las centrales eléctricas más grandes—. Por otro lado, llegan informes de que Trump se ha dirigido también a las monarquías árabes del Golfo Pérsico. Según la información de los periodistas, les ha presentado una factura financiera sin precedentes: se trata de billones de dólares a cambio de la continuación de la presencia militar estadounidense. Esto ocurre en regiones donde se concentran un gran número de bases estadounidenses y donde los monarcas locales están acostumbrados a confiar en la protección de EE. UU. en cuestiones de seguridad. ¿Cómo valora usted este momento: se trata de un auténtico chantaje geopolítico o de un intento de Trump de revisar radicalmente las reglas del juego en Oriente Próximo?
Alexander Dugin: Me parece que en esta guerra, que está casi al borde de convertirse en la Tercera Guerra Mundial, no entendemos del todo lo que ocurre: ¿es ya una realidad o solo los prolegómenos de ella? Quizá estos acontecimientos aún puedan, si no evitarse, al menos posponerse. En esta guerra —seamos cautelosos con las definiciones— todo está demasiado estrechamente ligado a los discursos, es decir, a lo que dice la gente. Las palabras de EE. UU., Israel, Irán y los países del Golfo difieren cada vez más de lo que ocurre sobre el terreno y de las decisiones que se toman en la realidad. Esta guerra se desarrolla simultáneamente en dos planos: en el ámbito de la narrativa y en el de los hechos. Y ambos se entremezclan de forma extraña.
Si la propaganda clásica se limita a glorificar a los suyos y humillar a los adversarios, exagerando las pérdidas ajenas y silenciando los propios fracasos, aquí vemos algo diferente. Antes, la realidad existía por sí misma, y la propaganda solo intentaba embellecerla. Por cierto, permítanme recordarles: las leyendas sobre las «cámaras de gas» en Alemania aparecieron ya en la Primera Guerra Mundial; los países siempre se acusan mutuamente de atrocidades. Pero la guerra moderna se distingue por el hecho de que el equilibrio se ha desplazado drásticamente hacia la narrativa. Las publicaciones de Trump en la red social Truth Social, sus declaraciones y los vídeos de respuesta de la parte iraní ya no son solo propaganda. Los iraníes, por ejemplo, crean contenidos extremadamente eficaces con ayuda de la inteligencia artificial: sistemas completos de imágenes de cómo Irán aplasta al enemigo.
En este intercambio de golpes virtuales se entremezclan imágenes de acontecimientos reales y separar unas de otras se vuelve casi imposible. ¿Por qué en varios vídeos se le contaron seis dedos a Netanyahu? Inmediatamente surgieron rumores de que había muerto y que lo que veíamos era un simulacro. Luego aparece el Netanyahu real con unas ruinas de fondo, pero no se sabe de quién son esas ruinas y vuelve a surgir la pregunta: ¿es real o es una simulación?
Lo mismo ocurre con el intercambio de ultimátums: es una guerra de discursos. Trump exige que se abra el estrecho de Ormuz e Irán responde: «Hay una guerra, habéis matado a nuestros líderes, el estrecho está bajo nuestro control y haremos lo que queramos». Si quieren, cortarán los cables de Internet que discurren por el fondo; si quieren, prohibirán el paso de petroleros o atacarán las plantas desalinizadoras. No lo olviden: la península Arábiga, con la excepción del sur de Yemen, es un desierto continuo. La vida allí, incluido Israel, depende de la desalinización del agua de mar e Irán tiene todas las posibilidades de ponerle fin. Teherán le dice a los estadounidenses: «Lárguense de aquí, abandonen las bases, paguen un billón de dólares y llévense a su Israel, para que este malentendido no exista en absoluto». Y Trump, en respuesta, amenaza con enviar infantería, una enorme flota y abrir el estrecho por la fuerza.
Israel, por su parte, anuncia la ampliación de sus operaciones: la conquista del sur del Líbano (la fase terrestre, al parecer, ya ha comenzado), ataques contra Damasco, la construcción del «Gran Israel». La cosa llega hasta operaciones en el Monte del Templo. Recientemente se mostró un fragmento de un misil caído cerca de la mezquita de Al-Aqsa, justo donde los radicales quieren construir el Tercer Templo. Si es verdad o se trata de imágenes generadas por IA, tampoco lo sabemos. El Santo Sepulcro está cerrado y, posiblemente, ni siquiera lo abrirán en Pascua. En el aire se huele la amenaza de una explosión en la mezquita de Al-Aqsa. Al mismo tiempo, los iraníes están claramente intensificando la escalada y no tienen intención de sentarse a negociar.
Los políticos israelíes están llamando hoy abiertamente a matar a los hijos de los líderes políticos —me refiero a los iraníes—. Mientras tanto, desde las monarquías del Golfo llegan señales constantemente contradictorias: unas veces dicen «unámonos a la coalición de EE. UU. e Israel en la lucha contra Irán» y otras «dejadnos en paz». Se dirigen a los estadounidenses con una pregunta tácita: «¿Por qué nos habéis traicionado? Hemos acogido vuestras bases para que garanticen la seguridad, no para que generen peligro. Debéis protegernos, pero solo protegéis a Israel. Queremos salir de esta alianza». Y acto seguido se escucha el mensaje contrario: «atacaremos juntos a Irán». Y, lo que es más, un mismo jeque puede pronunciar discursos contradictorios con un intervalo de quince minutos o varias horas.
Dado que el propio Trump cambia constantemente de discurso, empezamos a pensar que todos los demás también pueden permitírselo. Pero lo más importante es que ni siquiera sabemos si ese jeque realmente dijo eso, si se trata del mismo jeque o si existe siquiera. Pero tan pronto como se difunde la declaración, millones de personas, incluidos los gobiernos, comienzan a tomar decisiones reales basadas en estas campañas virtuales. El mundo virtual ha demostrado su peso en la Tercera Guerra Mundial.
Recientemente, el interesante analista Kees van der Pijl señaló: el capitalismo moderno no consiste en absoluto en dinero, demanda o recursos; consiste en un entramado de servicios secretos, medios de comunicación y tecnologías de la información. Ahí es donde se decide todo. Los medios de comunicación crean una imagen, el sector de las tecnologías de la información la transmite y la difunde en las redes, y los servicios secretos, destinados a ocultar la verdad y a sonsacar los secretos ajenos, añaden su elemento de moderación. Nos enfrentamos a una guerra del capitalismo de nuevo tipo, en la que esta «trinidad» determina quién gana, quién ha dicho qué y en qué condiciones.
Ahora todo el mundo comenta la declaración de Douglas McGregor en una conversación con Mario Navfal en la red X. Afirmó que el presidente de Rusia amenazó a Israel con el uso de armas nucleares si Israel las utilizaba primero contra Irán. Por cierto, gracias a Trump se ha revelado oficialmente que Israel tiene armas nucleares: los anteriores presidentes lo ocultaban, pero Trump lo dice sin rodeos: «pues las tiene, las tiene, pero no las usa». Si esto sale de la boca del presidente de EE. UU., es algo serio. Por supuesto, las palabras de McGregor chocan con el estilo de nuestro presidente, él no lo diría tan directamente. Y no sabemos de dónde sacó eso McGregor: si se lo inventó, lo leyó o alguien le llamó y se lo contó.
Sin embargo, mi tesis principal es: esto no es simplemente la «niebla de la guerra» ni propaganda clásica. Se trata de un estilo completamente nuevo de llevar a cabo operaciones militares, que en un sesenta por ciento, o incluso al cien por cien, se libran y se ganan en el ámbito virtual. Eso es precisamente lo que quiero destacar.
Por eso resulta muy difícil evaluar y considerar con seriedad el ultimátum de Trump o las acciones reales de las partes. Lo mismo ocurre con la Unión Europea: circulan flujos de información absolutamente contradictorios y mutuamente excluyentes. Unos dicen que la Unión Europea se ha sumado a Trump y envía tropas para la guerra contra Irán; otros, justo lo contrario: que los europeos reprochan a Trump e Israel el desencadenamiento de esta guerra y no quieren apoyarlos. De unas publicaciones de Trump en las redes sociales se puede sacar una conclusión, y de otras declaraciones suyas, la totalmente opuesta.
¿Va nuestro barco a rescatar al sector energético cubano o lo han desplegado las fuerzas de bloqueo de EE. UU.? Tampoco se sabe con certeza. Se dibujan todo tipo de esquemas, se dan datos sobre la ubicación, pero ¿estamos ayudando realmente a Cuba o no? ¿Estamos ayudando a Irán o nos quedamos sentados esperando? ¿Cuál es la posición de China: apoya plenamente a Teherán o también está a la espera? Realmente no sabemos nada.
Ahora se ha popularizado un meme sobre la estrategia de Trump: «como yo mismo no sé lo que hago, mis adversarios se verán confundidos y tampoco entenderán lo que hace Estados Unidos. Así ocultaremos nuestros planes, que quizá ni siquiera tengamos». Todo esto se convierte en un nuevo sistema posmodernista al estilo de Tarantino. Si no fuera por las víctimas reales, si no fuera por el sufrimiento de cientos de miles de personas que se han convertido en rehenes de este sangriento performance, podría incluso parecer cómico —como las películas de Tarantino o Lynch, que vemos con placer. Lynch, es cierto, aconsejaba no buscar sentido en sus películas: ¿de dónde sacas que en una obra posmoderna deba haberlo?
Pero esa advertencia tiene sentido en el arte. Sin embargo, aplicada a la guerra, donde mueren niños y personas inocentes, resulta espantosa. Quizás sea la primera guerra en la historia de la humanidad en la que no se vislumbra ningún sentido: o bien está tan oculto que incluso los propios iniciadores del proceso han perdido el hilo de sus pensamientos o bien se trata de un plan sumamente astuto en el que todos fingen no saber lo que están haciendo.
Presentador: ¿No se convertirán, en tal caso, las medidas y acciones concretas en el único factor decisivo —lo único sobre cuya base aún se pueden sacar conclusiones y tomar decisiones? Tienes toda la razón: no verlo significa simplemente no vivir en 2026, cuando cualquier palabra puede ser interpretada o incluso pronunciada por otra persona en nombre de alguien, ya sea en tono humorístico, en el marco de la posironía o como un falso intencionado. Por supuesto, hay que verificarlo todo y buscar las fuentes originales, pero, en última instancia, solo la realidad da la respuesta. El mismo barco: ¿navega o no navega? Se dicen cosas diferentes, pero esperemos simplemente el resultado. Hay que esperar un tiempo, aunque en nuestra época no está bien visto esperar: todo el mundo lo quiere todo y ya, aquí y ahora. ¿Cree usted que queda lugar para los hechos reales en este océano de simulaciones virtuales?
Alexander Dugin: Lo que usted menciona era relevante antes. Antes, la realidad servía efectivamente como criterio de veracidad de un enunciado. Pero el problema es que no somos filósofos y nuestra sociedad no es filosófica. Por eso nos perdimos un giro crucial que tuvo lugar en Occidente —sobre todo en Francia— hace ya cuarenta o incluso cincuenta años.
Allí comenzó a cobrar fuerza la filosofía del posmodernismo, que proclamó: la realidad no existe. La realidad dejó de ser el criterio de la verdad. La verdad se encuentra ahora dentro del texto, dentro del discurso y la narrativa, mientras que la realidad en sí misma es algo opcional, dejado fuera de los paréntesis. Se puede ignorar. No se trata simplemente de la arbitrariedad de unos excéntricos como Deleuze o Guattari: se basa en la lingüística estructural de Ferdinand de Saussure, en las ideas sobre el connotado y el denotado. Es la corriente más importante de la filosofía del siglo XX, que desembocó en el concepto de que la realidad no existe.
Por costumbre, solemos decir: «veamos las acciones reales». Pero en el sistema posmoderno esto no funciona. Si la realidad es solo un producto de la interpretación, entonces la acción de la que no se habla no existe. Y a la inversa: la acción de la que se habla existe, aunque no se haya llevado a cabo. Vuestra forma de verificación es la «vieja» forma de verificación de la Modernidad. Funcionaba cuando la propaganda decía una cosa y la gente miraba: ahí está el barco y no estaba.
En el posmodernismo, la operación de verificar lo dicho con aquello de lo que se habla ha cambiado radicalmente. Nos hemos perdido medio siglo de intensa reflexión sobre el ser, la ontología y lo que es la verdad, el sujeto o el rizoma. Mientras nosotros nos lo perdíamos, todo eso se estaba reflexionando e implementando en el ámbito militar, en la tecnología y en la propaganda. Nosotros, en cambio, seguimos viviendo con ideas «cavernícolas». Y una de esas ideas ridículas y arcaicas es la creencia de que la realidad es real, y no virtual.
Presentador: Yo, sin embargo, propondría evaluar no las intenciones, sino los resultados concretos. Trump ha escrito en su red social Truth Social que, tras la «derrota» de Irán, ahora se centrará en los enemigos internos: el Partido Demócrata. Pero si analizamos los resultados con imparcialidad: ¿realmente ha sido derrotado Irán? Sí, ha sufrido pérdidas colosales en muchos ámbitos, pero claramente no se ha puesto el punto final. Hoy, 23 de marzo, Trump ha anunciado una pausa de cinco días en los ataques contra el sector energético iraní, supuestamente debido a «negociaciones exitosas», aunque Teherán lo niega. Probablemente sea demasiado pronto para sacar conclusiones definitivas, pero en nuestra época no se suele esperar: el resultado se necesita aquí y ahora. ¿Creen que la historia pondrá los puntos sobre las «i» o que, en el mundo posmoderno, el «resultado» también se convertirá en una cuestión de interpretación? En resumen: ¿merece la pena esperar resultados reales o nos quedaremos en este terreno de declaraciones interminables?
Alexander Dugin: La historia ha terminado; ha comenzado la poshistoria. Y se trata de una sustancia completamente diferente. Los resultados de hoy en día no son más que una conversación sobre ellos, son una parte más del discurso general. Vivimos en un mundo que nosotros mismos conformamos. Por eso no debemos esperar pasivamente a que ciertos «resultados» se manifiesten por sí solos, sino construir activamente nuestra propia realidad: una realidad rusocéntrica, una virtualidad rusa, si se quiere, un posmodernismo ruso. De lo contrario, simplemente no podremos salir de esta trampa de interpretaciones ajenas.
Presentador: En las últimas semanas nos han estado asustando con imágenes de vídeo del Oriente Próximo y sobre lo que hay detrás de ellas en realidad solo podemos hacer conjeturas. Las principales figuras de Rusia comentan activamente la situación. El portavoz del presidente, Dmitri Peskov, ha vuelto a subrayar hoy que los ataques contra instalaciones nucleares en Irán, incluidas Bushehr y Natanz, son un juego extremadamente peligroso, que puede acarrear consecuencias irreparables para toda la región. En su estilo característico, recordó que la situación ya ayer debería haber pasado a un régimen de resolución político-diplomática. Pero aquí uno no puede evitar preguntarse: los Estados Unidos y, personalmente, Trump, que unas veces amenaza con «borrar de la faz de la tierra» las centrales eléctricas iraníes y otras anuncia una pausa de cinco días, tienen una «diplomacia» muy particular. ¿Es posible, en absoluto, reducir estos enfoques a un denominador común y hay alguna posibilidad de un diálogo real en tales condiciones?
Alexander Dugin: Verá, la cuestión es la siguiente: aquí hay otro aspecto de la filosofía que es importante. Vivimos en un mundo posmoderno, y hasta ayer era el mundo moderno, que ha llegado a su fin. Toda la humanidad lo lamenta amargamente, sin comprender en realidad lo que le está sucediendo, porque no se interesa por la filosofía. A Gilles Deleuze hay que leerlo en lo más alto de cualquier sociedad que quiera comprender la política mundial —no para adoptar sus ideas, sino para tener una idea de las proporciones reales de lo que está sucediendo.
Estamos atrapados en ese «aún ayer»: «aún ayer había que», «aún ayer prometieron», «aún ayer era así». Pero hoy todo es diferente. Ha llegado una nueva era: la historia ha terminado, ha comenzado la poshistoria. Y uno de sus principales rasgos es la aceleración. Es lo que Paul Virilio llamó «dromocracia»: el poder de la velocidad. Este principio explica casi todo lo que está sucediendo en Oriente Medio. En el marco del aceleracionismo, lo importante no es actuar correctamente, sino actuar rápido. Hazlo rápido y tendrás razón. ¿Y qué hay que hacer exactamente? Lo que sea: golpear rápido al enemigo, esquivar rápido, hablar rápido, olvidar rápido o retractarse de lo dicho. Lo principal es el ritmo.
Nosotros, en cambio, intentamos volver a la situación de «hoy mismo». Es comprensible desde el punto de vista humano, parece más normal. «Hoy mismo» existía la ONU, había un mundo bipolar, existían «líneas rojas» y tratados de control de armamento. La gente firmaba acuerdos y —lo que es importante— los cumplía. Pero eso ya no existe.
¿Cómo explicar a nuestros máximos dirigentes políticos que los filósofos no son bichos raros ni lunáticos que, por no tener nada mejor que hacer, leen a Kant, Hegel o Heidegger? No es un capricho. Las personas que se dedican a la filosofía de la política y las relaciones internacionales intentan comprender la esencia misma de los procesos mundiales. Allí, en Estados Unidos, se dan cuenta de ello: fíjense en Peter Thiel, el hombre que llevó a Trump al poder. Es un multimillonario de Silicon Valley, fundador de Palantir, pero al mismo tiempo da conferencias sobre el Anticristo y el Katechon. Él, junto con su cofundador Alex Karp, le interesan la escatología, el fin de la historia y el gobierno mundial.
Los acontecimientos en Oriente Medio encajan para ellos en este sistema de coordenadas posmoderna. Y nosotros seguimos hablando de «violación de las normas de la ONU». Por supuesto que se violan, porque la ONU es «cosa del pasado». La organización existe solo como un dolor fantasma. Es un sistema que se formó tras la Segunda Guerra Mundial, en función de quién ganó en ella. Si hubiera ganado Hitler, habría sido otro sistema. Si no hubiéramos liberado a media Europa del nazismo, habría sido una tercera. Pero cuando expulsaron de este sistema a la Unión Soviética, que fue traicioneramente destruida por sus enemigos (a quienes ni siquiera condenamos y a veces incluso les erigimos monumentos), nuestra conciencia quedó atrapada en esos dolores fantasmales del pasado.
Putin se ha puesto a intentar recuperarnos de todo esto, pero ¡qué terriblemente atrasados estamos en esta situación! Y, ante todo, no solo en la fabricación de armamento, aunque también en eso. Hemos perdido nuestro potencial industrial por la falta de reformas que debimos haber llevado a cabo en nuestro sistema intelectual y educativo ayer mismo o anteayer. Nos hemos quedado terriblemente rezagados y no entendemos en absoluto en el mundo en el que nos encontramos, donde los acontecimientos se desarrollan a una velocidad increíble. Pensábamos que todo se desarrollaría según un único guion, pero ha resultado ser todo lo contrario.
No hemos comprendido del todo lo que ocurrió tras el colapso del mundo bipolar. Nos golpeaban desde fuera, pero en realidad todo se derrumbó desde dentro: fue un «trabajo interno», asunto nuestro. Nosotros mismos minamos la Unión Soviética. Nuestro presidente, Vladímir Vladímirovich, ha dicho en repetidas ocasiones que fue la mayor catástrofe geopolítica y que la llevamos a cabo con nuestras propias manos. El desmantelamiento se produjo desde Moscú. Y esto es lo más terrible: junto con la URSS se derrumbó la paz de Yalta, se rompieron los tratados y el equilibrio de fuerzas. Dejamos de ser un actor, dejamos de ser una gran potencia.
No comprendemos del todo las motivaciones de Trump, la lógica del IRGC que gobierna Irán, ni las acciones de las monarquías petroleras del Golfo, de Israel y del mundo islámico. No nos comprendemos a nosotros mismos ni nuestro lugar en el mundo. Sí, nos aferramos acertadamente a la idea salvadora de la multipolaridad: fue una apuesta vanguardista y acertada. El Estado-civilización, la geopolítica euroasiática, los valores tradicionales: son destellos de lucidez, respuestas adecuadas a los retos. Pero la velocidad con la que ponemos en práctica estos principios filosóficos e ideológicos no se corresponde en absoluto con la magnitud de las amenazas. Esto se vuelve casi ridículo.
Por eso estoy convencido que bajo ningún precepto se puede menospreciar la filosofía. Ella proporciona las orientaciones más precisas y generales. La filosofía no le dirá al político qué botón pulsar: la decisión siempre la toma el líder. Pero es precisamente la filosofía la que permite describir correctamente qué es el Occidente moderno, o más exactamente, los cinco Occidentes diferentes.
Fíjense en el Occidente actual: tras la llegada de Trump, se ha dividido en cinco polos. Sigue siendo un Occidente colectivo, pero en su interior han surgido cinco centros con sus propios actores.
El primer polo es Trump. Se diferencia radicalmente de Biden. Sea cual sea la estrategia que elija y por mucho que cambie sus decisiones, se trata de una línea de desarrollo de EE. UU. absolutamente diferente, un Occidente independiente y aislado.
El segundo polo es Israel. Se ha convertido en un centro de toma de decisiones de pleno derecho. Antes parecía que se trataba simplemente de una potencia proxy, un puesto avanzado de Occidente en el mundo islámico, que vivía de las subvenciones de Estados Unidos y Europa. Pero vemos que no es la «cola del perro», sino el cerebro. La posición de Netanyahu es la de un sujeto que determina por sí mismo la política occidental. Afirma: «la civilización occidental somos nosotros y vosotros solo sois nuestra prolongación». Ahora toda América está literalmente sacudida por los debates sobre la influencia decisiva del lobby israelí en las decisiones estatales fundamentales.
El tercer polo es la Unión Europea (Francia y Alemania). La vieja Europa intenta abrirse paso a través de la capa liberal de Macron y Merz. Vemos golpes sincronizados: el increíble éxito de Marine Le Pen en Francia y de «Alternativa para Alemania» (AfD). Hacia dónde se desviará este proceso, es una incógnita. Macron y Merz se debaten: ora desafían a Trump, ora le siguen dócilmente.
El cuarto polo es Gran Bretaña. Ya no es la Unión Europea, ni una simple base estadounidense, ni siquiera parte del impersonal mundo anglosajón. Londres tiene sus propios planes y métodos de intervención rápida. Muchas decisiones sobre Ucrania se toman precisamente allí: el MI-6 puede iniciar una operación sin siquiera consultar con la CIA o Bruselas.
El quinto polo son los globalistas. No han desaparecido; hoy en día los personifican el Partido Demócrata de EE. UU. y las estructuras de Soros. Tienen un punto de vista diferente: son contrarios a la guerra con Irán y contrarios a Netanyahu, pero al mismo tiempo son partidarios fanáticos de la guerra contra Rusia en Ucrania.
Entre estos cinco centros se desarrolla un juego complejo y cada uno de ellos encierra una dimensión posmoderna. Por ejemplo, la política de Netanyahu está impregnada de un mesianismo del que casi no se habla en público, aunque ese es su único contenido: las ideas del Fin del Mundo, el Tercer Templo, las «vacas rojas» y la llegada del Mesías. Se está produciendo una transición del arquetipo del Mesías sufriente (Ben-Yosef) al Mesías poderoso y victorioso (Ben-David). Si se aplica esta clave, todo en la política israelí se vuelve comprensible, pero a nivel oficial nadie se atreve a hablar de ello.
Lo mismo ocurre en Europa: la actual Unión Europea es una especie de posmodernismo. Gran Bretaña tiene su propio posmodernismo, Trump es posmodernismo puro, absoluto. Y los globalistas, con sus agendas transgénero y sus actitudes pro-ecologistas, también viven en el posmodernismo. Estos mundos no coinciden, pero pueden consolidarse, ensamblándose y desensamblándose como en un caleidoscopio: giramos el aparato y los cristales forman un nuevo fractal.
Pero ¿dónde tenemos un análisis adecuado de esto? Seguimos viendo o bien un «Occidente colectivo» o bien ese Occidente que existía en tiempos pasados. Y, sin embargo, todo cambia vertiginosamente. Esta «dromocracia» —el poder de la velocidad según Paul Virilio— requiere estudio. Es hora de crear una dirección filosófica estatal o una comisión sobre la posmodernidad, porque ya nos enfrentamos a esto en el ámbito de las tecnologías digitales, las guerras en la red, los drones y los robots. Este año, muy probablemente, veremos en el campo de batalla robots terrestres de ambos bandos. Los parámetros de nuestra existencia están cambiando, mientras que nuestros medios de comunicación y la cobertura de los expertos se han quedado estancados en una fase embrionaria.
Es necesario encontrar el tono adecuado para analizar los acontecimientos: tanto la guerra de Irán como el mesianismo de Israel y el trumpismo. Debemos situar incluso nuestra guerra en Ucrania en este nuevo contexto adecuado. Y es que estos cinco «Occidentes», en una determinada configuración, pueden alinearse, como un desfile de planetas, formando un frente sólido contra el mundo multipolar. Algunos de ellos están más en contra nuestra, otros contra el polo islámico o contra China. La India se inclina ahora hacia nosotros, es un Estado-civilización con un enorme potencial espiritual, pero también es el «eslabón débil» debido a la fortísima influencia de Occidente. Debemos pensar en esto constantemente.
Es hora de que nuestros medios de comunicación cambien la terminología. La propaganda del «viejo orden» ya no funciona: se necesita un nuevo orden verbal, un nuevo orden de narrativas. Exigir a los analistas soluciones prefabricadas en este momento es una farsa. Mientras no dibujemos el mapa de la nueva realidad, de los nuevos significados y de las nuevas ontologías, nuestro análisis se deslizará por una superficie cuyas leyes nosotros mismos no comprendemos.
Si la realidad ya no existe, esta noticia es mucho más importante que la apertura o el cierre del estrecho de Ormuz. Por cierto, el nombre del estrecho se remonta al dios zoroástrico de la luz: Ahura Mazda (Ormuzd). Fue precisamente la tradición iraní la que creó por primera vez una imagen detallada del tiempo lineal y de la batalla final de los últimos tiempos. Y así volvemos al punto de partida. Los mitos antiguos, la religión viva y las estrategias posmodernistas se han entrelazado en el tejido del mundo con el que nos enfrentamos a diario.
Como acertadamente señaló Peskov: «ya ayer era necesario». Ayer era el mundo y hoy es el posmundo, el posuniverso con leyes completamente diferentes. Necesitamos urgentemente espacios y programas donde la gente pueda pensar con sensatez y de forma adecuada en el contexto del momento actual.
Presentador: Yo matizaría: supongo que Dmitri Peskov se refería a que el proceso diplomático debería haber comenzado mucho antes. No en el sentido de volver al «mundo anterior», sino en el sentido de que las partes han tardado demasiado en llegar a una solución política. En cuanto a su división en «cinco Occidentes» … ¿Acaso alguna vez ha sido diferente? Usted ha mencionado a la Europa continental como un centro único, pero incluso allí se pueden distinguir diferentes polos: los alemanes y los franceses, por ejemplo, se han enfrentado durante siglos desde una perspectiva histórica. Por lo demás, unos se acercan y otros se alejan de la esfera de influencia. Tomemos el ejemplo de Israel: ¿cuándo han dado los Estados Unidos siquiera un paso concreto contra el lobby israelí? ¿Ha habido alguna iniciativa significativa de Tel Aviv que Washington no haya apoyado? Con los republicanos esto ocurre de forma más activa, con los demócratas —un poco más moderada—, pero el hecho sigue siendo el mismo: Estados Unidos nunca ha dejado pasar ni una sola resolución antiisraelí en el ámbito de la ONU. Esto es solo un ejemplo de que algunas constantes en la política se mantienen, a pesar de todas las transformaciones posmodernistas.
Alexander Dugin: Sin duda, siempre han existido ciertas contradicciones. Pero con Clinton, Bush hijo, Obama y, sobre todo, con Biden, el Occidente colectivo se fue transformando sistemáticamente en algo unitario. Las fuerzas globalistas y la democracia liberal —lo que hoy es solo uno de los cinco polos— dominaban entonces casi sin oposición.
Israel, por supuesto, se salía un poco de este ordenado sistema, pero se intentaba contenerlo. Tanto Biden como sus predecesores, durante los anteriores conflictos libaneses, consideraban a Tel Aviv como un aliado fundamental, pero en ningún caso como un centro de decisión autónomo. Sin embargo, ahora, en gran parte gracias a la política radical e impredecible de Trump, estos centros ocultos se han manifestado desde el lado más inesperado.
No solo se han dado a conocer, sino que a veces se encuentran en oposición directa entre sí, como vemos en el ejemplo del choque de intereses entre Estados Unidos y la Unión Europea en la cuestión de Groenlandia. Se está produciendo un cambio colosal en el equilibrio y estos polos están adquiriendo significados completamente nuevos. Es precisamente sobre esta transformación fundamental sobre la que quería llamar la atención.