Mohamed Lamine KABA
Había dicho que toda una civilización estaba muriendo esa noche. Unas horas más tarde, Donald Trump dio marcha atrás. Amenazó con arrasar Irán. Firmó su plan como una base útil para las negociaciones. Es la máxima expresión de un tigre de papel.
Este artículo pretende demostrar cómo la paciencia y la determinación del pueblo iraní ponen al descubierto el falso poder de Estados Unidos. A continuación, se analizará la situación de Israel desde la perspectiva de la expansión militar estadounidense en Oriente Medio.
La hegemonía no se derrumba ante los golpes; se desintegra desde dentro, por la pérdida de credibilidad, la sobreextensión y las contradicciones acumuladas.
El alboroto inicial
Esto ya no es una hipótesis. Ni un eslogan. Es un diagnóstico frío, metódico, casi clínico.
La
noción de «tigre de papel», acuñada por Mao Zedong y atribuida abierta y burdamente a Rusia en el contexto de su operación militar especial en Ucrania por los partidarios de MAGA y sus aliados europeos, ha cambiado de enfoque. Ha pasado de la periferia al centro. Ya no designa al enemigo periférico, sino la propia estructura del poder estadounidense. Y este cambio no es una mera retórica. Es el resultado de una cadena de acontecimientos, un desvelamiento gradual, una revelación de la realidad.
Porque todo empezó con un alboroto.
En los primeros compases de la guerra, Washington hablaba con total seguridad. El ritmo era el de una victoria inmediata: una guerra breve, precisa y decisiva. Una demostración de fuerza destinada a restaurar una hegemonía supuestamente intacta. Donald Trump, fiel a su estilo político teatral, ya se proyectaba hacia la posguerra. Sus declaraciones bélicas y triunfalistas sugerían una guerra ya ganada. La secuencia estaba predeterminada: conmoción, incredulidad, capitulación.
Pero la guerra real no se ajusta a los escenarios. Rápidamente surgió una desconexión. Una brecha, inicialmente imperceptible, luego cada vez más evidente, entre las declaraciones iniciales y la realidad. Lo que debía ser rápido se prolongó. Lo que debía controlarse se volvió incierto. Lo que debía ser demostrativo se volvió revelador.
Es en este vacío donde se produce la inversión.
El cambio
Durante décadas, Estados Unidos impuso su visión del mundo. Clasificó, nombró y jerarquizó a los «estados rebeldes», las «potencias revisionistas» y las «amenazas sistémicas». Este lenguaje no era neutral; estructuraba la realidad tanto como la describía. Sin embargo, en esta guerra, este lenguaje se ha vuelto contra su origen. Ya no es el adversario el que parece frágil, sino el propio Imperio, sobreexpuesto, sobreextendido y plagado de contradicciones.
Ni la Rusia de Vladimir Putin ni ningún actor periférico encarnan ya esta imagen. Es el núcleo del sistema el que flaquea. Y, casi caricaturizada, la presidencia de Donald Trump se ha convertido en su manifestación visible.
Porque entre las declaraciones iniciales y la realidad actual, la brecha se ha vuelto abismal.
Hipertrofia
Este debilitamiento no se debe a un colapso repentino, sino a una hipertrofia.
El poder estadounidense se ha expandido hasta el punto de la saturación. Demasiadas bases, demasiados frentes, demasiadas sanciones, demasiadas narrativas contradictorias. Esta acumulación, lejos de fortalecer su dominio, diluye su eficacia. El Pentágono proyecta su fuerza sin lograr estabilizar los teatros de operaciones. El Tesoro multiplica las sanciones sin producir una asfixia decisiva. La diplomacia amenaza sin convencer.
El exceso se vuelve contraproducente. El poder se disipa.
En este contexto, las proclamaciones iniciales de victoria aparecen, en retrospectiva, como construcciones discursivas. Es decir, instrumentos de gestión política interna más que interpretaciones estratégicas de la realidad. Se trata menos de análisis que de puesta en escena.
MAGA: ¿doctrina o patología?
El movimiento
MAGA acentúa esta dinámica. No se trata de una ruptura, sino de una revelación. Donald Trump no creó las contradicciones del poder estadounidense; las hizo visibles, las exacerbó, a veces hasta el punto de la caricatura. Su enfoque se basa en un unilateralismo descontrolado, una estrategia transaccional carente de credibilidad y una escalada sin ninguna perspectiva de solución.
Ante todo, está plagado de contradicciones permanentes.
La guerra se describe alternativamente como «casi terminada» y luego como una situación que requiere intensificación. El adversario es declarado «de rodillas» antes de ser redefinido como una «gran amenaza». Estos cambios no son simplemente una maniobra política. Señalan un colapso más profundo: la incapacidad de establecer una línea estratégica coherente.
En estas condiciones, la disuasión misma pierde su esencia. Sin embargo, era el núcleo de la estrategia estadounidense. Una disuasión creíble presupone una correlación entre la amenaza y la acción. Esta correlación se está erosionando. Los adversarios ahora consideran el costo político de una escalada estadounidense y explotan las asimetrías. Irán, sin limitarse necesariamente a lograr una victoria militar convencional, impone un ritmo diferente: el del desgaste, el de prolongar el conflicto, el de la creciente complejidad.
La guerra se está convirtiendo en una guerra de umbrales, y Washington está perdiendo gradualmente el control de la misma.
La economía de la coerción
El mismo fenómeno se observa en el ámbito económico. Las sanciones, antes consideradas un arma definitiva, están entrando en una fase de rendimientos decrecientes. Su proliferación trivializa su uso y reduce su impacto. Surgen circuitos paralelos, se configuran alternativas monetarias y las formas de cooperación financiera sortean gradualmente el orden dominante. Para Trump, el dólar debe seguir siendo fundamental, pero ya no goza de una competencia indiscutible, y el estrecho de Ormuz está poniendo al yuan chino en una situación delicada.
Además de esta erosión material, se produce una transformación cognitiva.
guerra cognitiva
El monopolio narrativo occidental se desmorona. Donde Washington antes definía la realidad, ahora debe cuestionarla. La opinión pública del Sur Global ya no acepta pasivamente la narrativa occidental; la cuestiona, la compara y, a veces, la rechaza. La guerra contra Irán actúa como catalizador en este sentido. Revela la doble moral, pone de manifiesto las incoherencias y socava la pretensión de universalidad.
En este contexto, las declaraciones triunfalistas de los primeros días se revelan como lo que son: instrumentos de propaganda, desfasados con la realidad sobre el terreno.
Convergencia euroasiática
Simultáneamente, se está produciendo una reconfiguración en toda Eurasia. Rusia, China e Irán: tres trayectorias distintas, pero una convergencia funcional. No se trata de una alianza formal en el sentido estricto, sino más bien de una coordinación gradual de facto: desdolarización sostenida, corredores de energías alternativas y cooperación directa. El proyecto estadounidense de contención se enfrenta así a una nueva realidad: Eurasia ya no está fragmentada; está aprendiendo a conectarse.
Y cada contradicción en Estados Unidos acelera este proceso.
La obsesión por el control
Desde el fin de la Guerra Fría, Washington ha perseguido un objetivo constante: impedir el surgimiento de un bloque euroasiático autónomo. Esto implica controlar los flujos comerciales, asegurar los cruces fronterizos y fragmentar las potencias continentales. La guerra contra Irán forma parte de esta estrategia, pero también revela sus limitaciones. Porque controlar no es lo mismo que dominar, y contener no es lo mismo que neutralizar.
Bourdieu y la profundidad
Para comprender plenamente esta transformación, es necesario, como sugirió
Pierre Bourdieu , «apoyarse en los hombros de otros». Mirar más allá implica trascender el acontecimiento y comprender su estructura subyacente. Y esa estructura es clara: la unipolaridad se está erosionando, la multipolaridad aún se muestra reticente a estabilizarse y el sistema internacional está entrando en una fase de turbulencia.
En este período turbulento, los excesos estadounidenses actúan como aceleradores del declive.
El Sur estratégico
El Sur Global, por su parte, observa y se adapta. África, Asia y América Latina ya no buscan una alineación automática. Buscan margen de maniobra, diversifican sus alianzas y aprovechan las rivalidades. La guerra contra Irán se está convirtiendo en un ejemplo paradigmático: demuestra que es posible resistir y, por lo tanto, negociar de manera diferente.
La deconstrucción de la hegemonía
Este cambio no se traduce en un colapso repentino de la hegemonía estadounidense. Más bien, se asemeja a una deconstrucción gradual. La hegemonía no se derrumba ante golpes; se desintegra desde dentro, a través de la pérdida de credibilidad, la sobreextensión y las contradicciones acumuladas.
Estados Unidos ahora cumple con todos estos requisitos.
Y Donald Trump, lejos de ser una anomalía, es el catalizador. Sus declaraciones contradictorias, sus victorias proclamadas prematuramente, sus cambios de rumbo estratégicos no son casualidad. Son los síntomas visibles de un trastorno más profundo.
La desnudez del poder
Al final de esta secuencia, una cosa queda clara.
El tigre de papel ya no es lo que nos hicieron creer en la retórica occidental. Ahora es visible: los Estados Unidos de América.
No porque el poder estadounidense haya desaparecido, sino porque ya no basta para estructurar el mundo. Sigue siendo inmenso, pero ya no es absoluto. Ahora se disputa, se negocia, se erosiona.
Ella duda. Ella pone a prueba. Ella se expone.
Y ahora el mundo lo sabe.
La guerra contra Irán no es una victoria. Es una revelación.
Y en la historia de las relaciones internacionales, las revelaciones suelen ser los primeros indicios de cambios irreversibles.
*experto en geopolítica de la gobernanza e integración regional, Instituto de Gobernanza, Ciencias Humanas y Sociales, Universidad Panafricana.