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Trump en China, primeros análisis: El encuentro entre Trump y Xi saca a la luz la debilidad estadounidense

Trump en China, primeros análisis: El encuentro entre Trump y Xi saca a la luz la debilidad estadounidense
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directorelespiadigitales/8/8/23
viernes 15 de mayo de 2026, 22:00h
Marc Vandepitte
Del 13 al 15 de mayo Donald Trump realiza una visita de Estado al presidente Xi Jinping en Beijing. La intención original era hablar sobre el conflicto comercial entre ambos países, pero ahora la agenda está dominada por la guerra en Asia Occidental, llamada eurocéntricamente Medio Oriente. Hay mucho en juego, pero es muy dudoso que esta cumbre vaya a producir resultados tangibles.
Guerra Fría
Las cosas no van realmente bien entre las dos grandes potencias. Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética, EE. UU. se presentó como el líder indiscutible de la política mundial. En 1992, un año después de la caída de la Unión Soviética, el Pentágono escribió: “Nuestro primer objetivo es impedir que aparezca un nuevo rival en el escenario mundial. Debemos disuadir a los competidores potenciales incluso de aspirar a un papel mayor a nivel regional o mundial”.
Treinta años después China se ha convertido en el principal “competidor potencial” que debe ser contenido. El Congreso de EE. UU. declaró en el marco de las discusiones presupuestarias para 2019 que “la competencia estratégica con China a largo plazo es una prioridad principal para Estados Unidos”. Se trata de una estrategia integral que se lleva a cabo en distintos frentes.
Washington intenta frenar el ascenso tecnológico de China impidiendo la exportación de chips avanzados y otras tecnologías de alto valor. La economía china se ve obstaculizada con aranceles comerciales y controles de inversión. Además, EE. UU. intenta aislar económicamente a China de países vecinos como Japón, Corea del Sur, Vietnam e India cerrando acuerdos comerciales con ellos y formando así un bloque conjunto.
La estrategia militar respecto a China sigue dos vías: una carrera armamentista y el cerco del país. EE. UU. gasta 13 veces más en armamento por habitante que China y Trump ha anunciado que el próximo año quiere aumentar el presupuesto nada menos que en un cincuenta por ciento.
Estados Unidos tiene alrededor de China unas 400 bases militares. También hay planes para desplegar un sistema de misiles de alcance medio en el Pacífico, con lo que China quedaría dentro de su radio de acción. Beijing responde a esta nueva Guerra Fría con inversiones y comercio exterior. Con la campaña “nuevas fuerzas productivas” China apuesta plenamente por industrias avanzadas como los vehículos eléctricos, las baterías y la biotecnología. Con una gigantesca inversión anual de 1 600 mil de millones de dólares China quiere romper la dependencia de la tecnología occidental y proteger al país contra la agresión estadounidense.
En el ámbito exterior destaca la Iniciativa de la Franja y la Ruta, o la Nueva Ruta de la Seda, que representa cientos de inversiones, concesiones de crédito, acuerdos comerciales y decenas de Zonas Económicas Especiales por un valor de 900 mil millones de dólares. Están distribuidas en 72 países, con una población total de unos cinco mil millones de personas, lo que equivale al 65 por ciento de la población mundial.
Una posición débil
Cuando Donald Trump viaja a Beijing, no lo hace desde una posición de fuerza. Su política exterior caprichosa y la escalada del conflicto con Irán han debilitado seriamente a Estados Unidos. El intento del año pasado de imponer a China aranceles comerciales del 145 por ciento fue cancelado de inmediato cuando Beijing bloqueó la exportación de tierras raras.
Washington esperaba golpear a China con la guerra contra Irán al presionar su suministro de petróleo, pero ese objetivo ha fracasado. Es más, la inestabilidad en Asia Occidental parece jugar precisamente a favor de Beijing. Mientras EE. UU. se estanca en el estrecho de Ormuz y con ello siembra la inquietud en los mercados financieros, China se perfila como un factor estable y fiable en el comercio mundial.
El aumento de los precios de la energía debido a la guerra funciona como un impulso para la energía verde. Dado que las empresas chinas poseen el 70 por ciento de la producción mundial de tecnología verde, China ve aumentar fuertemente sus exportaciones de paneles solares y baterías.
Además, Beijing actúa como “proveedor de última instancia” de combustibles y fertilizantes, lo que aumenta su prestigio diplomático en el Sur Global.
Los intentos de EE. UU. de obstaculizar la industria tecnológica china han fracasado. Precisamente han estimulado a China a innovar más rápidamente y a hacerse menos dependiente del extranjero. La ventaja tecnológica de EE. UU. se reduce visiblemente. Los avances chinos en Inteligencia Artificial (IA) siguen pisándole los talones a EE. UU., mientras empresas estadounidenses como Nvidia presionan para obtener reglas más flexibles por miedo a perder su mercado.
Trump está contra la pared en su propio país. El bloqueo del estrecho de Ormuz dispara los precios del combustible y aviva la inflación. Por ello, su popularidad ha caído a un punto mínimo: un 62 por ciento de la población desaprueba su política. Debido a esto, las perspectivas para las elecciones de medio término de noviembre son particularmente sombrías.
Al desatar su guerra arancelaria y una contienda unilateral e innecesaria contra Irán, Trump ha alejado a sus aliados y ha creado espacio para que Xi Jinping forje un nuevo orden mundial multilateral.
En el ámbito financiero la guerra erosiona aún más la hegemonía de EE. UU. Los países utilizan cada vez más el renminbi chino para eludir los riesgos del dólar y las sanciones estadounidenses. Irán permite el paso de barcos por el estrecho de Ormuz a cambio de pagos en moneda china o criptomonedas.
Esta situación le da a Xi Jinping mucho margen de negociación. Washington ya no dicta las condiciones en esta nueva realidad, sino que incluso debe pedir ayuda al presidente Xi para mantener abiertas las vías navegables internacionales. En China reina la convicción de que el poder de EE. UU. disminuye de forma irreversible. Ahí se considera a Donald Trump como un síntoma de este declive y, al mismo tiempo, como un acelerador del mismo.
Temas de conversación
El próximo encuentro entre Trump y Xi girará en torno a tres temas importantes: la guerra en Irán, las relaciones económicas y la situación de Taiwán. Al mismo tiempo, el punto muerto sobre el estrecho de Ormuz pesará como una sombra sobre todas las conversaciones.
El bloqueo del estrecho de Ormuz amenaza el suministro vital de petróleo que mantiene en marcha la industria china, pero Beijing ha acumulado grandes reservas para unos cuatro meses. Trump insistirá firmemente ante Xi para que utilice su influencia en Teherán a favor de un alto al fuego y la liberación del estrecho de Ormuz.
La relación entre China e Irán, sin embargo, es compleja, porque China también intenta mantener buenas relaciones con los Estados del Golfo. Por ello, Beijing no puede simplemente dictar el rumbo de Teherán, aunque quisiera hacerlo.
En el ámbito económico Trump busca rápidamente éxitos tangibles de cara a las elecciones de medio término estadounidenses. Sobre la mesa hay grandes acuerdos, como la compra de aviones Boeing y productos agrícolas. A cambio, China quiere aranceles de importación más bajos y controles de exportación menos estrictos sobre la tecnología de alto valor.
La posibilidad de un verdadero avance sigue siendo escasa. Más bien parece probable una prolongación de la frágil tregua comercial. China espera más previsibilidad en los acuerdos comerciales.
Sobre la cuestión de Taiwán se camina a tientas. Beijing insiste en un rechazo estadounidense más firme a la independencia taiwanesa, de modo que Washington debería luchar contra la independencia de Taiwán en lugar de simplemente no apoyarla. Es posible, aunque no seguro, que Trump lo acepte para cerrar acuerdos, a pesar de la resistencia en Washington y Taipéi.
En resumen, para Xi son fundamentales la estabilidad de las exportaciones y una postura más estricta de EE. UU. respecto a Taiwán, mientras que Trump aspira sobre todo a acuerdos que puedan agradar a su base electoral y a un pronto desbloqueo del estrecho de Ormuz.
Miedo hegemónico
La cumbre entre Trump y Xi tiene lugar en un momento en que se están desplazando las relaciones de poder entre EE. UU. y China. Washington llega a Beijing con necesidades urgentes: una salida a la crisis en torno a Irán, precios del petróleo más bajos, calma en los mercados financieros y un éxito político de cara a las elecciones de medio término. Xi, en cambio, puede presentarse como el líder de un país que, pese a la presión sobre su abastecimiento de petróleo y sus exportaciones, parece mejor preparado para una confrontación prolongada.
¿Utilizará China su influencia sobre Irán para resolver la crisis estadounidense en Asia Occidental y qué precio tendrá que pagar Trump por ello en materia de comercio y respecto al estatus de Taiwán?
Es probable que no sea factible un gran avance. El resultado más probable es un enfriamiento temporal: acuerdos para no dejar que la guerra comercial descarrile aún más, presión diplomática sobre Irán y formulaciones vagas sobre Taiwán.
Mientras tanto se mantiene la contradicción subyacente entre ambos países. Estados Unidos quiere conservar su dominación mundial, mientras que China persigue un orden mundial multilateral. Esta cumbre no cambiará nada de eso.
Lo que China teme, sobre todo a largo plazo, es el llamado “miedo hegemónico” de EE. UU.: una gran potencia en decadencia que, por desesperación, golpea salvajemente a su alrededor, fenómeno conocido desde la Antigüedad griega como la “trampa de Tucídides”. Las acciones de EE. UU. en Irán y Venezuela, junto al bloqueo petrolero contra Cuba, demuestran para Beijing que ahora el poder prevalece sobre el derecho, lo que hace que el mundo sea imprevisible y peligroso.
Simbolismo y diplomacia de China por la visita de Trump
Meredith Chen
Desde las charlas vespertinas de Obama en la isla Yingtai, en los terrenos de Zhongnanhai, hasta la recepción de té de Trump en la Ciudad Prohibida, los escenarios históricos han sido durante mucho tiempo un telón de fondo simbólico para momentos clave de la diplomacia entre Estados Unidos y China.
Mientras Trump se prepara para su visita a China de miércoles a viernes —la primera de un presidente estadounidense en casi nueve años—, todas las miradas no solo estarán puestas en la agenda de la cumbre, sino también en los detalles cuidadosamente coreografiados que rodean la recepción, incluidos los lugares que aparecen en el itinerario.
Se espera que el foco recaiga en el Templo del Cielo, Patrimonio Mundial de la UNESCO, un complejo imperial centenario asociado con rituales, orden cósmico y autoridad política.
Se espera que Trump llegue a Pekín el miércoles por la tarde antes de participar en una ceremonia de bienvenida y en una reunión bilateral con Xi a la mañana siguiente, según la subsecretaria de prensa principal de EE. UU., Anna Kelly. Dijo el domingo que los dos líderes recorrerían el Templo del Cielo y asistirían a un banquete de Estado.
Kelly dijo que Xi y Trump volverían a reunirse el viernes para tomar el té y un almuerzo de trabajo.
El Templo del Cielo, o Parque Tiantán, es un complejo religioso que data del siglo XV, simbolizando la relación entre la tierra y el cielo, un concepto central en la cosmología tradicional china.
Era utilizado por los emperadores de las dinastías Ming y Qing como lugar sagrado para ofrecer sacrificios al cielo y rezar por una buena cosecha, reforzando al mismo tiempo el papel del emperador como intermediario entre el orden celestial y el gobierno terrenal.
Situada en la parte sureste del centro de Pekín, abarca 273 hectáreas (675 acres), una superficie aproximadamente cuatro veces mayor que la Ciudad Prohibida.
La Ciudad Prohibida fue la primera parada de Trump durante su visita de primer mandato en 2017, con el presidente estadounidense recibiendo una bienvenida más grandiosa de lo habitual en lo que Pekín calificó como una “visita de Estado plus”.
En ese momento, Xi y la primera dama Peng Liyuan se reunieron con Trump y su esposa Melania para tomar el té en el Bao Yun Lou, o Salón de los Tesoros Encarnados, en el antiguo palacio imperial.
La estructura es un edificio imperial de estilo occidental erigido en 1915 para almacenar tesoros de otras residencias imperiales fuera de Pekín, construido con fondos remitidos por el gobierno estadounidense bajo el entonces presidente Theodore Roosevelt.
Durante la charla del té, Trump compartió un vídeo de su nieta Arabella, vestida con un qipao, cantando canciones chinas y recitando poemas clásicos chinos en mandarín.
Fue una recepción poco común, marcando la primera vez que China acogía a un jefe de Estado extranjero dentro de la Ciudad Prohibida desde la fundación de la moderna República Popular China en 1949.
La Ciudad Prohibida ha sido frecuentemente incluida en los itinerarios de líderes extranjeros que visitan Pekín, pero estas visitas suelen organizarse dentro de las operaciones normales del museo, sin el cierre total del lugar.
El Templo del Cielo, aunque no tan exclusivo como la Ciudad Prohibida, se decía que era un destino favorito de Henry Kissinger, el exsecretario de Estado estadounidense que ayudó a orquestar el acercamiento entre Washington y Pekín, quien visitó el lugar más de una docena de veces.
Durante su viaje secreto a China en 1971, que allanó el camino para la histórica visita del presidente Richard Nixon un año después y la eventual normalización de los lazos, Kissinger visitó por primera vez el Templo del Cielo durante una pausa en las negociaciones.
El martes, la administración del parque del templo del cielo anunció que el recinto estaría cerrado al público los días 13 y 14 de mayo, y que los visitantes que ya hubieran comprado entradas podrían solicitar reembolsos.
En 2017, el primer día de la visita de Estado de Trump, el Museo del Palacio —ubicado en la Ciudad Prohibida— también cerró ese día para acoger a la primera pareja.
En la diplomacia china, los lugares históricos rara vez son solo telones de fondo, y a menudo se interpretan como ricos en simbolismo, transmitiendo mensajes sobre la historia y las relaciones bilaterales.
Tomar el té en Bao Yun Lou “podría enviar una señal contundente al gobierno estadounidense de que se necesita cooperación en lugar de antagonismo entre ambos países”, dijo el profesor de relaciones internacionales de la Universidad Renmin, Jin Canrong, en 2017.
Durante una visita de Estado en noviembre de 2014, el expresidente estadounidense Barack Obama dio un paseo privado con Xi por Yingtai, un palacio imperial en una isla dentro del recinto de Zhongnanhai que ahora sirve como centro de poder para el Partido Comunista y el gobierno central.
Según detalles de la charla publicados por medios estatales, Xi presentó a Obama la historia imperial de Yingtai, incluyendo su asociación con la diplomacia imperial, las campañas para consolidar el dominio Qing y los esfuerzos de reforma de finales de la dinastía Qing.
Obama respondió que los esfuerzos de reforma a lo largo de la historia, tanto en Estados Unidos como en China, a menudo encontraban resistencia y requerían coraje político, según los informes.
Las conversaciones informales, conocidas como las “charlas vespertinas en Yingtai”, duraron más de cuatro horas y son ampliamente consideradas como uno de los intercambios más simbólicos en la diplomacia entre Estados Unidos y China.
El regreso de Trump a Pekín se produce en medio de tensiones sobre aranceles, Taiwán y la rivalidad tecnológica entre ambas potencias. Se espera que la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán tenga un papel destacado durante la cumbre.
En un vídeo publicado el lunes, el ministerio de Asuntos Exteriores chino instó a Estados Unidos a “elegir el camino correcto” y a “coexistir pacíficamente” con una China “lista y abierta”.
“Ni China ni Estados Unidos pueden remodelarse mutuamente, pero sí pueden elegir cómo quieren involucrarse”, decía.
“La elección correcta es comprometerse con el principio de respeto mutuo, mantener la línea de convivencia pacífica y esforzarse por la perspectiva de una cooperación en la que todos ganen.”
Jaque mate en Washington: Por qué fracasó la presión estadounidense sobre China
Pepe Escobar
Shanghái – El poderío de China avanza a pasos agigantados, como un vehículo eléctrico que frena bruscamente. El ambiente está electrizado. Durante una cena de negocios en un histórico restaurante cantonés, la visita de Trump a China, al menos, orienta la conversación hacia algo más tangible: los caminos contrastantes que Occidente y Oriente trazarán para las futuras generaciones.
La comunidad empresarial de Shanghái no parece especialmente impresionada por la llegada del Emperador Bárbaro. Sin embargo, todas las variables geopolíticas imaginables podrían entrar en juego en la que probablemente sea la reunión diplomática más importante del Año de la Guerra 2026, con posibles decisiones comerciales y de seguridad que probablemente afectarán a todo el Sur Global.
Empecemos por las preocupaciones estadounidenses más mundanas. Maestro en el arte de la falta de empatía, Trump al menos podría haber revelado toda la historia a viva voz: "No pienso en la situación financiera de los estadounidenses. No pienso en nadie".
Sin embargo, lo hace. Teme convertirse en un político débil y sin poder tras las elecciones de mitad de mandato. Por eso, presionará a Pekín para que compre más soja —para satisfacer a su base electoral del Medio Oeste— y más aviones Boeing. Presionará a Pekín para que exporte tierras raras —para apaciguar al complejo militar-industrial—.
Y, por supuesto, ejercerá la máxima presión sobre Xi para que Teherán abra el estrecho de Ormuz, de modo que los precios del petróleo bajen, la inflación disminuya y la Reserva Federal recorte los tipos de interés.
No tiene recursos suficientes para lograr sus objetivos. En cuanto a la guerra tecnológica, su política de máxima presión solo ha llevado a China a superar de forma espectacular a los proveedores estadounidenses una y otra vez. En cuanto a la guerra comercial, China ha diversificado significativamente sus exportaciones e incluso ha alcanzado un superávit comercial récord.
Irán, por supuesto, es la clave de todo, sobre todo porque expone, ante los ojos del mundo, las flagrantes y colosales deficiencias estructurales de la "nación indispensable". ¿Qué hará Trump? ¿Amenazar a Xi porque Irán utiliza el sistema satelital chino BeiDou, que ha convertido a toda Asia Occidental en un escaparate para los misiles balísticos iraníes?
Irán nunca perdió su corredor petrolero con China cuando el emperador berberisco impuso el "bloqueo". El flujo se mantiene activo a través de una red de buques cisterna clandestinos que navegan cerca de las aguas territoriales iraníes y pakistaníes, transferencias de barco a barco, cargamentos camuflados y, ahora, refinerías chinas a las que Pekín ha ordenado absorber el riesgo de las sanciones.
Se trata de una lucha de facto no solo en términos talasocráticos, sino también en términos terrestres euroasiáticos: a través del Corredor Ferroviario Euroasiático, esos trenes que conectan Xi'an con Teherán y viceversa. Si bien los ferrocarriles aún no alcanzan el volumen de las exportaciones marítimas, desde una perspectiva estratégica son absolutamente cruciales, lo que demuestra que la presión ejercida por el transporte marítimo es totalmente distinta del control económico que ejerce el transporte terrestre.
La "brillante" idea de Estados Unidos de estrangular la cadena de suministro de petróleo de China, desde Venezuela hasta el estrecho de Ormuz, así como de sancionar las refinerías chinas de pequeña escala, solo ha llevado a que China emergiera como uno de los verdaderos mediadores clave durante el alto el fuego (que se incumple continuamente), junto con Rusia.
La operación Hormuz, ejecutada a la perfección por Irán, tuvo escaso impacto en las importaciones chinas, al igual que la limitación de las exportaciones de las tarjetas gráficas Nvidia H100 y H200 para "controlar" la IA china, que prácticamente no tuvo efecto. Al fin y al cabo, China ignora por completo a Nvidia. El DeepSeek V4 utiliza chips locales. Y la H200 no se vende en China.
Xi ni siquiera tendrá que decirle a Trump cara a cara que, si insiste en librar una guerra financiera bloqueando las instituciones financieras que apoyan a las refinerías portuarias, Pekín no tendrá ninguna dificultad en librar una guerra económica a gran escala.
Taiwán no es la única baza que queda. De hecho, Taiwán ni siquiera es una baza. Para Pekín, Taiwán es una cuestión de seguridad interna. Todo lo demás es mera propaganda. Pekín podría invertir en convencer a Trump de que cancele la venta de armas a Taiwán por valor de 11.000 millones de dólares, que incluye destructores equipados con el sistema Aegis, F-35, misiles Patriot (ineficaces) y aviones E-2D Hawkeye como sistemas de alerta temprana. Pero incluso eso es secundario.
¿Qué queda, entonces, después de toda esta pompa (a menor escala)? En el mejor de los casos, el actual y bastante precario statu quo.
El plan tecnológico de China
En resumen, la estrategia de Trump consiste en obligar a Xi a ejercer presión diplomática sobre Irán para que acepte las condiciones de Barbarian y ponga fin a la guerra. Esto representa un cambio radical en todos los aspectos.
Incluso si eso sucediera, Trump podría ofrecer a cambio relaciones comerciales "estables" entre Estados Unidos y China, prórrogas de las treguas comerciales y concesiones en materia de controles técnicos. Xi no está nada impresionado; según la máxima de Lavrov, Estados Unidos es "incapaz de llegar a un acuerdo".
La imagen de los BRICS, ahora gravemente dañada, podría ni siquiera mencionarse en las conversaciones. China abordará sus serios problemas internos por separado, en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores en India, casi simultáneamente con la reunión entre Trump y Xi en Pekín.
Xi también podría sospechar que los verdaderos titiriteros de Trump —el "feudalismo tecnológico", los grandes bancos y las diversas ramificaciones de "Sionismo S.A."— han orquestado una guerra mundial sistemática y planificada, que ya está en marcha y que continuará hasta alrededor de 2040, con el objetivo de atacar infraestructuras globales esenciales, el comercio y la energía, con el fin de derrumbar el antiguo orden e instaurar un "Gran Reinicio" mucho más rentable.
Esto es exactamente lo contrario, crudo y brutal, de la política oficial china, que busca crear una comunidad para un futuro compartido para la humanidad. Xi no se desviará ni un ápice de esta política, que de hecho es suya, para satisfacer el ego desmesurado de un narcisista patológico y psicópata.
Xi ya está centrado en el Plan Quinquenal de 141 páginas, presentado en marzo, que hace referencia a la IA más de 50 veces; aspira a una penetración del 70% de la IA en la economía china para 2027; y aborda temas como las redes de comunicación cuántica espacio-Tierra, los plazos para la fusión nuclear y las interfaces cerebro-computadora.
El Plan Quinquenal también contempla “medidas extraordinarias” para lograr la autosuficiencia en tierras raras y semiconductores, reforzando una cadena de suministro sin la cual el ejército estadounidense simplemente perecería.
El plan de China incluye la implementación de la IA en toda la economía; la robótica como pilar industrial; la infraestructura espacial; la computación cuántica; y la consolidación total de su dominio en el procesamiento de tierras raras.
Podríamos llamarlo un plan de guerra chino de facto —con prioridad para la seguridad nacional— en una confrontación directa con Estados Unidos. Creer que Trump puede cambiar algo con una serie de promesas vacías es sumamente ingenuo.
La historia quedará registrada. Lo que ya es seguro es que la idiotez de intentar mantener el dominio global estrangulando a la emergente superpotencia China mediante un "bloqueo" de los puertos iraníes y el estrecho de Ormuz, incendiando todo el oeste de Asia y arruinando su propia economía, debe figurar entre las tres mayores idioteces producidas por el profundamente engañado Estado profundo estadounidense.
El emperador no tiene ropa ni cartas
Pepe Escobar
A Business Shanghai no le impresiona precisamente la llegada del emperador de Barbaria.
La potencia china avanza como un vehículo eléctrico que rompe barreras de velocidad. El ambiente es electrizante. En una cena de negocios en un emblemático restaurante cantonés, la visita de Trump a China al menos impulsa la conversación hacia algo más tangible: los caminos contradictorios para las generaciones futuras, desde Occidente hasta Oriente.
El mundo empresarial de Shanghái no está precisamente impresionado por la llegada del Emperador de Barbaria. Aunque todas las variables geopolíticas posibles puedan estar en juego en lo que podría considerarse la reunión diplomática más importante del Año de la Guerra 2026, con posibles decisiones en materia de comercio y seguridad que sin duda afectarán a todo el Sur Global.
Comencemos con las preocupaciones más mundanas de los estadounidenses. Trump, un maestro en el arte de la falta de empatía, al menos puede haber echado por tierra todo el juego: «No pienso en la situación financiera de los estadounidenses. No pienso en nadie».
Y, sin embargo, sí lo hace. Le aterra convertirse en un presidente sin poder tras las elecciones de mitad de mandato. Por eso presionará a Pekín para que compre más soja —para apaciguar a su base del Medio Oeste— y más aviones Boeing. Presionará a Pekín para que exporte tierras raras; para apaciguar al complejo industrial-militar.
Y, por supuesto, ejercerá la máxima presión sobre Xi para que este presione a Teherán a fin de que abra el estrecho de Ormuz, de modo que bajen los precios del petróleo, se reduzca la inflación y la Reserva Federal recorte los tipos de interés.
No tiene ninguna baza para llevar a cabo esta agenda. En la guerra tecnológica, su máxima presión solo ha llevado a que China eluda de forma espectacular a los proveedores estadounidenses, una y otra vez. En la guerra comercial, China ha diversificado ampliamente sus exportaciones e incluso ha obtenido un superávit comercial récord.
Irán, por supuesto, es la clave, sobre todo al mostrar ante los ojos de todo el planeta los evidentes y gigantescos agujeros estructurales de la «nación indispensable». ¿Qué hará Trump? ¿Amenazar a Xi porque Irán está utilizando el sistema de satélites chino BeiDou, lo que de facto ha reducido toda Asia Occidental a una casa de cristal ante los misiles balísticos iraníes?
Irán nunca perdió su corredor de conectividad petrolera con China cuando el Emperador de Barbaria ideó el «bloqueo». El flujo continúa, a través de la red de petroleros clandestinos que navegan cerca de las aguas territoriales iraníes y pakistaníes, los trasvases de barco a barco, los cargamentos camuflados y, ahora, las refinerías chinas a las que Pekín ha ordenado absorber el riesgo de las sanciones.
No se trata de una lucha que se limite únicamente al ámbito marítimo, sino también al terrestre en Eurasia —a través del corredor ferroviario euroasiático, con esos trenes que circulan de Xi’an a Teherán y viceversa—. Puede que el ferrocarril aún no alcance el volumen de las exportaciones marítimas, pero estratégicamente es absolutamente clave, lo que pone de manifiesto que la presión marítima es completamente diferente del estrangulamiento económico terrestre.
La «brillante» idea estadounidense de asfixiar la cadena de suministro de petróleo de China —desde Venezuela hasta Ormuz— y sancionar además a las refinerías chinas de pequeña escala solo ha llevado a que China se erija como uno de los mediadores reales clave durante el alto el fuego (incesantemente roto), junto a Rusia.
Todo el juego de Ormuz, llevado a la perfección por Irán, ha tenido muy poco impacto en las importaciones chinas, al igual que restringir las exportaciones de Nvidia H100 y H200 para «controlar» la IA china tuvo un impacto prácticamente nulo. Al fin y al cabo, China ignora de facto a Nvidia. El modelo DeepSeek V4 utiliza chips locales. Y el H200 no se vende en China.
Xi ni siquiera necesitará decirle a Trump cara a cara que, si insiste en desplegar una guerra financiera cerrando las instituciones financieras que respaldan a las refinerías portuarias, Pekín no tendrá ningún problema en desplegar una guerra económica a gran escala.
Taiwán no es la única carta que le queda. Taiwán ni siquiera es una carta. Taiwán es una cuestión de seguridad interna para Pekín. Todo lo demás no es más que propaganda. Es posible que Pekín invierta en persuadir a Trump para que anule la venta de armas por valor de 11.000 millones de dólares a Taiwán, que incluye destructores equipados con Aegis, F-35, misiles Patriot (ineficaces) y aviones E-2D Hawkeye para la detección temprana. Pero incluso eso es secundario.
Entonces, ¿qué queda tras toda la pompa y solemnidad (reducida)? En el mejor de los casos, el actual y bastante precario statu quo.
El plan chino para la guerra tecnológica
En pocas palabras, la estrategia de Trump consiste en obligar a Xi a ejercer presión diplomática sobre Irán para que acepte las condiciones de Barbaria para poner fin a la guerra. Se trata de una iniciativa condenada al fracaso en todos los aspectos.
Incluso si eso ocurriera, a cambio Trump podría ofrecer unas relaciones comerciales «estables» entre EE. UU. y China; prórrogas de las treguas comerciales; y concesiones en materia de controles tecnológicos. A Xi no le impresiona nada de eso, ya que sabe, siguiendo la máxima de Lavrov, que Estados Unidos es «incapaz de llegar a un acuerdo».
Es posible que la marca BRICS, gravemente dañada, ni siquiera figure en las discusiones. China abordará sus graves desafíos internos por separado, en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores en la India, que se celebrará casi simultáneamente a la de Trump y Xi en Pekín.
Xi también podría sospechar que los verdaderos manipuladores de Trump —el feudalismo tecnológico, la gran banca y diversos vástagos de Zionism Inc.— han urdido una guerra mundial secuencial y sistémica que ya se está librando, desde ahora hasta aproximadamente 2040, dirigida contra la infraestructura global esencial, el comercio y la energía, diseñada para derrumbar el viejo orden e instaurar un auténtico Gran Reinicio, en términos mucho más rentables.
Eso es exactamente lo contrario, de forma cruda y descarnada, de la política oficial china, que busca formar una comunidad para un futuro compartido de la humanidad. Xi no se desviará ni un milímetro de esta política —en realidad, su política— para apaciguar el desmesurado ego de un narcisista patológico y psicópata.
Xi ya se encuentra concentrado en el Plan Quinquenal de 141 páginas, presentado en marzo, que hace referencia a la IA más de 50 veces; se fija como objetivo una penetración de la IA del 70 % en toda la economía china para 2027; y se compromete con redes de comunicación cuántica entre el espacio y la Tierra, plazos para la fusión nuclear e interfaces cerebro-ordenador.
El Plan Quinquenal también anuncia «medidas extraordinarias» para la autosuficiencia en tierras raras y semiconductores, reforzando una cadena de suministro sin la cual el ejército estadounidense simplemente perecería.
El plan chino prevé la implementación de la IA en toda la economía; la robótica como columna vertebral industrial; la infraestructura espacial; la computación cuántica; y el fortalecimiento total del dominio en el procesamiento de tierras raras.
Llámelo un plan de guerra chino de facto —a nivel de prioridad de seguridad nacional— en una confrontación directa con EE. UU. Creer que Trump sería capaz de alterar algo de todo ello con un montón de promesas vacías es más que ingenuo.
La historia se escribirá. Lo que ya es seguro es que la idiotez de intentar mantener el dominio global estrangulando a la superpotencia emergente China mediante un «bloqueo» de los puertos iraníes y el estrecho de Ormuz, y provocando que toda Asia Occidental se incendie mientras se arruina la propia economía en el proceso, debe figurar entre las tres principales de la larga serie de idioteces producidas por el profundamente engañado Estado profundo estadounidense.
China le envió un mensaje contundente a Trump… ¿Lo entendió?
Larry C. Johnson
Antes de que Trump bajara de su avión presidencial en Pekín, los chinos ya estaban enviando señales sutiles pero claras de que lo consideran un líder de segunda categoría y de que las relaciones siguen siendo tensas.
En primer lugar, el diario China Daily restó importancia a la próxima reunión entre Xi y Trump, publicando un titular sobre las conversaciones entre Xi y el líder de Tayikistán. La reunión con Trump quedó relegada a un segundo plano en un artículo de la sección lateral titulado: Xi gestiona las relaciones entre China y Estados Unidos en medio de la incertidumbre global.
En segundo lugar, los sitios web de CCTV y XINHUA —a fecha de 12 de mayo de 2026— no decían nada sobre la próxima reunión con Trump.
En tercer lugar, antes de la llegada de Trump, la Embajada de China en Washington publicó una lista de cuatro “líneas rojas” que “Washington no debería cuestionar”. Estas son:
  • El tema de Taiwán,
  • Democracia y derechos humanos en China,
  • El sistema político,
  • Los derechos de Pekín al desarrollo.
El mensaje de China a Trump: China no aceptará ninguna crítica de Trump ni de su delegación sobre estos temas. Mencionar cualquiera de ellos será considerado un insulto a China.
En cuarto lugar, a la llegada de Trump a Pekín, el avión fue recibido en el aeropuerto por el viceprimer ministro chino (o vicepresidente, según algunos informes) y otros altos funcionarios chinos, en lugar del propio presidente Xi Jinping; también estuvieron presentes representantes diplomáticos estadounidenses y chinos, así como una guardia de honor. Esta fue la misma formación que recibió a Trump en noviembre de 2017 durante su primer viaje a China.
Compárese esto con los honores otorgados a Vladimir Putin. Xi Jinping lo recibió personalmente a su llegada, en lugar de dejar la bienvenida en manos de funcionarios de menor rango. Los informes sobre la visita de Putin en 2024 y otras visitas de Estado indican que Xi lo recibió con todos los honores ceremoniales (ceremonia de bienvenida o recepción en el Gran Salón del Pueblo) y lo recibió a su llegada a Pekín.
Xi Jinping, en sus declaraciones públicas iniciales durante la primera reunión de las respectivas delegaciones, afirmó lo siguiente:
▪️La base de las relaciones entre China y Estados Unidos debe fundamentarse en el beneficio mutuo.
▪️La confrontación conlleva un daño mutuo; es necesario ser socios, no rivales.
▪️China y Estados Unidos deberían superar la “trampa de Tucídides”* y construir un nuevo paradigma de relaciones.
La «trampa de Tucídides» es un concepto político según el cual una potencia emergente amenaza a un Estado dominante, lo que hace que un conflicto armado entre ambos sea prácticamente inevitable. Se utiliza a menudo para describir las relaciones entre China y Estados Unidos.
Sobre la cuestión de Taiwán, Xi afirmó que:
Un enfoque erróneo respecto a la cuestión de Taiwán podría desencadenar un conflicto entre China y Estados Unidos. La paz en el estrecho de Taiwán es un factor clave en las relaciones entre ambos países.
Un tema que probablemente se discuta en privado, fuera de la vista de las cámaras, son las sanciones. Inmediatamente antes de la partida del presidente Trump a Pekín (13 de mayo de 2026), la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció el 11 de mayo de 2026 sanciones dirigidas a 12 personas y entidades (3 personas + 9 empresas) por facilitar la venta y el envío de petróleo iraní a China.
Previamente, el 24 de abril de 2026, Estados Unidos impuso sanciones a cinco importantes refinerías chinas, entre ellas Hengli Petrochemical (Dalian) Refining Co. y productores más pequeños de Shandong/Hebei, por la compra de miles de millones de dólares en crudo iraní. Esto provocó que China aplicara por primera vez sus "Reglas de Bloqueo" (Anuncio n.º 21 del 2 de mayo), prohibiendo a las entidades chinas cumplir con dichas sanciones estadounidenses. Posteriormente, el 8 de mayo de 2026, la administración Trump anunció nuevas designaciones de empresas chinas (por ejemplo, empresas de satélites y tecnología como MizarVision/Chang Guang) acusadas de colaborar con las actividades militares y de inteligencia de Irán.
Estoy seguro de que el presidente Xi abordará estas medidas directamente con Trump durante su conversación privada programada para el viernes. Si bien Trump y su equipo de seguridad nacional esperaban que estas acciones presionaran a China para que redujera su apoyo a Irán, esas esperanzas se verán frustradas y China insistirá en que tales acciones son incompatibles con la amistad. Queda por ver si Trump revocará estas sanciones.