Pepe Escobar
El único arte que el príncipe debe dominar por completo es el arte de la guerra
Maquiavelo
El guerrero supremo vence sin luchar
Sun Tzu
Se suponía que esta sería la calma antes de la tormenta. Un momento en el que el Sindicato de Epstein entablaría relaciones con los países del Sur Global reunidos en Nueva York con motivo de la —comatosa— Asamblea General de la ONU y los seduciría con diversos «regalos», alejándolos de la inminente Gran Debacle y desviando la atención de la vertiginosa velocidad del colapso de la Pax Americana.
Pasemos al miércoles, cuando tenemos el primer día del debate de la Asamblea General de la ONU, en el que se supone que Neo-Craso/Neo-Calígula/Goldfinger/El Niño Psicópata pronunciará un discurso.
Ese mismo día, se reúne con los jeques petroleros del Golfo para lo que podría convertirse en una especie de pacto suicida.
Y luego, el viernes, Xi Dada acude en persona a EE. UU. en una visita de Estado oficial. Es seguro que saltarán chispas (invisibles).
Todo ello garantizaría que la casi inevitable nueva ofensiva demencial contra Irán y el Eje de la Resistencia pudiera posponerse unos días.
Pero entonces la histeria volvió a reinar de nuevo, cuando las partes interesadas imperiales, presas del pánico, se enfrentaron a algunos hechos alarmantes sobre el terreno, desde la nulidad de las exportaciones de petróleo saudí hasta el «quema, nena, quema» en el aeropuerto de Riad.
Entra en escena el estruendo de las cucarachas «bling bling» corriendo despavoridas. Parecen darse cuenta de que atacar de nuevo a Irán, ahora mismo, es más que peligroso, ya que la escalada se descontrolará por completo —y acabará con Teherán acabando con los jeques petroleros muertos de miedo—.
Así pues, las cucarachas descubrieron, por las malas, que pase lo que pase, Irán está destinado a convertirse en la potencia hegemónica del petróleo del Golfo Pérsico.
A continuación, Pakistán y Turquía —los otros dos miembros de la sumamente dudosa Alianza de Defensa de La Meca— entran en pánico al unísono, prometiendo defender a Arabia Saudí incluso por la fuerza.
Para ponerlo en contexto, pasemos al portavoz de Ansarallah, Mohammad Al-Bukhaiti:
«Por Dios, si Turquía o Pakistán se involucran, los golpearemos con mano de hierro. Y al igual que hoy estamos poniendo en su sitio a Arabia Saudí, también los pondremos en su sitio a ellos».
Ese fue el consejo cortés del mayor de los al-Bukhaiti. El menor, Hussain, periodista, se expresó en un tono mucho más contundente: si Pakistán ataca a Yemen, Yemen no permitirá que ningún buque mercante pakistaní atraviese el Mar Rojo; lanzará un ataque directo contra Pakistán; y considerará a Pakistán un socio sionista.
Cómo se está desmoronando la Casa de Saud
Ahora estamos en plena «escalada a toda marcha». El «choque y pavor» energético está a la vuelta de la esquina. Se han agotado todas las reservas de seguridad: las Reservas Estratégicas de Petróleo de EE. UU. (SPR); el oleoducto saudí Este-Oeste (durante al menos un mes, quizá más); y el recorte metódico y considerable de las importaciones de petróleo por parte de China.
Lo único que queda es Fujairah, en los Emiratos Árabes Unidos, con un volumen de solo 2 millones de barriles al día. Pero si Estados Unidos ataca al Eje de la Resistencia, eso también desaparecerá en un instante.
Arabia Saudí no puede exportar petróleo ni gas. Así pues, al torpe y solitario decisor MbS solo le queda una salida: rendirse. Aceptar las condiciones de Yemen. Y que espere que la factura incluya las tres provincias del sur que los británicos robaron y entregaron a los saudíes en 1934.
No rendirse significa que la posibilidad de que la Casa de Saud sobreviva sea muy escasa.
Alastair Crooke, en plena forma, lo ha clavado a la perfección. La campaña relámpago de Ansarallah y las Fuerzas Armadas yemeníes llevaba planificada nada menos que siete años.
Saná tiene una visión a muy largo plazo. Esto supone que Yemen asuma el control total del proceso; pero con un resultado totalmente alineado con Teherán.
Existe un paralelismo asombroso con lo ocurrido en Afganistán hace cinco años —
una historia que seguí en detalle. El entonces Gobierno títere de Ghani se derrumbó en solo diez días debido a la paciente interconectividad tribal pastún llevada a cabo bajo los auspicios del general Soleimani.
Ahora se trata del mismo proceso, en el que participan líderes tribales árabes. Es fácil de vender. El Estado «saudí» híbrido se construyó en torno a un núcleo wahabí ultrasectario, un grupo de beduinos analfabetos que pastoreaban camellos, con una sola familia que monopolizaba el dinero, el poder político y todas las decisiones.
Muchas de las aproximadamente 100 tribus no tendrán ningún problema en formar parte de un proceso para integrar el Reino en lo que podría denominarse el complejo Irán-Ansarallah. Recuperarán su petróleo; Arabia ya no se verá reducida a ser un sustituto estadounidense del poder persa; y eso supondrá el fin de la comida gratis para las petroleras estadounidenses. China no puede sino aprobar esta visión.
Los jeques petroleros han elegido su bando
Saná envió un mensaje claro a EE. UU. a través de Omán. Yemen solo atacaría la navegación saudí, y no la estadounidense ni la internacional. Esto se mantendrá siempre y cuando Washington no ataque a Yemen. Sin embargo, si eso ocurre, Yemen arrasará la base estadounidense en Yibuti, esencial para la vigilancia de todo el Cuerno de África.
La cuestión clave ahora es si EE. UU. —y el Pacto de La Meca— realmente han dado la espalda a Arabia Saudí. O si esto no es más que una cortina de humo de realineamiento previa a un ataque concertado —con el CCG incluido— contra Ansarallah.
Si eso ocurre, Teherán ha dejado muy claro que atacará los activos militares y comerciales estadounidenses en todo el Golfo, especialmente en los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, y hasta en Irak.
El general de división Mohsen Rezaee, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y representante personal del líder Mojtaba Jamenei, resumió el contexto en una sola frase:
«Les invitamos [a los países del CCG] a la reunión de Salalah [en Omán]… y ellos respondieron con una reunión secreta en Alemania con el Mando Central de EE. UU. e Israel».
Todo está aquí. Irán invitó a los jeques petroleros del CCG a una mesa regional común. En cambio, el CCG optó por la mesa de Washington y Tel Aviv.
Rezaee también ha destacado cómo Irán ha mejorado sus misiles supersónicos, pasando de Mach 6 a Mach 10; ha ampliado la guerra electrónica y las defensas aéreas; y ahora es capaz de alcanzar buques estadounidenses en cualquier punto del —lejano— Océano Índico.
Luego está ese misil antinave que se divide en 80 proyectiles, probado —con éxito— contra un portaaviones estadounidense. El Pentágono guarda silencio al respecto.
Rezaee, en más de un sentido, ha aconsejado discretamente a la Armada de los Estados Unidos que se retire del Océano Índico antes de que vuelvan a saltar chispas.
Volvamos de nuevo al joven al-Bukhaiti: «Se espera una escalada importante por parte de Arabia Saudí en los próximos días… Se enfrentará a una respuesta de represalia sorpresa que hará que Arabia Saudí y sus aliados se olviden de que perdieron Mocha y Bab al-Mandab».
Así pues, es posible que el Sindicato de Epstein haya planeado una operación en solitario en Yemen, solo para descubrir que Irán y Yemen van de la mano.
Respeten las condiciones de Irán. De lo contrario…
Teherán transmitió sus nuevas condiciones a EE. UU. a través de Catar, aunque Rezaee siga definiendo al «respetado Gobierno pakistaní» como un socio de consulta constante.
Las condiciones incluyen la liberación de los activos congelados y el fin del bloqueo naval de Trump. Rezaee afirmó que hay siete condiciones, pero solo reveló seis. La lista no incluía el «levantamiento de las sanciones económicas».
El primer punto hecho público es «el fin de la guerra en todos los frentes».
Eso es exactamente lo que figuraba al inicio del memorándum de entendimiento «del gato muerto».
El memorándum de entendimiento de junio ya contenía exenciones para la exportación de crudo y una cláusula de no imposición de nuevas sanciones.
Luego está la reciprocidad en el estrecho de Ormuz. Eso forma parte de la estrategia de negociación de Teherán. Rezaee afirmó que Irán está «a un paso» de anunciar un acuerdo de gestión del estrecho de Ormuz con Omán que podría requerir el respaldo regional.
Una descripción procedente de Tasnim califica el acuerdo como «un paso hacia el ejercicio de la soberanía de Irán sobre el estrecho». Paralelamente, el ministro de Asuntos Exteriores, Araghchi, comunicó a su homólogo y amigo Wang Yi en Pekín que Irán «ha llegado a un acuerdo con Omán para abrir el estrecho». A continuación, Ghalibaf reiteró el domingo que el estrecho de Ormuz permanecerá cerrado hasta que se cumplan las condiciones de Irán.
La respuesta de Washington, el domingo, fue una retórica demencial —como de costumbre—. El «neo-Craso/niño psicótico» declaró a Fox News que se encuentra en «modo de decisión». Y luego soltó una barbaridad intergaláctica: está decidiendo «si voy a hacer volar por los aires a toda la nación y cuándo».
No hace falta añadir nada.
Básicamente, tiene tres opciones: 1. Nuevos ataques. 2. Dejar que Irán «se pudra» económicamente (ese es el plan por ahora). 3. Un acuerdo. En un arranque de sentido común, también afirmó que «probablemente estaría dispuesto» a reunirse con el presidente Pezeshkian en la Asamblea General de la ONU.
Las Fuerzas Armadas de Irán, por su parte, afirmaron disponer de información según la cual Washington ha decidido, «con el visto bueno de ciertos países de la región», reanudar las acciones y amenazaron con «ataques continuos, efectivos y dolorosos».
En cuanto al panorama general, Pakistán insistió en que no se está debatiendo ninguna respuesta militar en relación con Yemen. Turquía «no desea entrar en la contienda». Aun así, el portavoz militar de Pakistán se ha comprometido a llegar «hasta donde sea necesario», y el Ministerio de Asuntos Exteriores confirmó «algunos despliegues» en el marco de la Alianza de Defensa de La Meca. Fuentes bien informadas de Islamabad aseguran que esto es solo para guardar las apariencias: Pakistán no puede permitirse verse arrastrado a una guerra contra Ansarallah.
El quid de la cuestión es que el Sindicato de Epstein sencillamente no puede permitirse no (cursiva mía) actuar. Consideren las circunstancias extremas: ya no pueden controlar el colapso monetario, la eliminación de la cadena de suministro alimentario y la escasez generalizada de petróleo y gasóleo. Necesitan tácticas de distracción a gran escala.
Mientras tanto, el auge revolucionario de Yemen acelera el calendario hacia el enfrentamiento decisivo. Por su parte, Irán se concentra en garantizar una debacle definitiva a medio plazo al estilo «neo-Craso/Goldfinger/Psicosis», al tiempo que perfecciona su nueva doctrina ofensiva: es decir, estar preparado para lanzar un ataque preventivo ante cualquier indicio de inquietud por parte de EE. UU.
Resulta casi imposible encontrar la razón en un universo geopolítico ilógico donde nada importa y donde el Hegemón está totalmente fuera de control. Sin embargo, persistimos.
Todos somos pasajeros de la (inminente) tormenta.
¿Guerra mundial o simple anarquía? ¿Qué está pasando en el mundo actual?
RIAC *
La prolongada crisis en las relaciones entre Rusia y el “Occidente colectivo”, la campaña militar de EE. UU. e Israel contra Irán, la situación en Gaza, Yemen y otros focos de tensión del planeta plantean inevitablemente la pregunta de qué está pasando en el mundo actual.
Los conflictos armados se ven agravados por la revolución en el ámbito militar, la amplia difusión de diversas formas de la denominada guerra híbrida en el espacio informático y digital y las restricciones económicas y financieras. Surge la tentación de calificar lo que está ocurriendo como una nueva guerra mundial, que ya está en marcha y cuyo final no se vislumbra.
Sin embargo, tal valoración parece prematura. Las relaciones internacionales se encuentran en la situación habitual de anarquía, es decir, de competencia entre Estados en ausencia de un derecho internacional estable y eficaz, así como de un monopolio de la violencia.
La anarquía puede derivar en el futuro en una guerra mundial, pero no es en absoluto sinónimo de ella. Caracterizar con precisión la situación actual resulta esencial para determinar qué instrumentos de política exterior son los más adecuados para afrontarla.
Se podría definir el concepto de guerra mundial desde el punto de vista de su alcance y sus métodos de combate, así como de la estructura organizativa de sus participantes. En cuanto al alcance, se trataría de un conflicto que implique a todas o a una parte importante de las potencias principales y abarque todo el espacio geográfico mundial o gran parte del mismo.
En cuanto a los métodos, se trata del empleo de un amplio conjunto de herramientas militares y no militares que obliguen al enemigo a capitular o lo dejen exhausto y provoquen un cambio en su rumbo político, tanto en la política exterior como interior.
En cuanto a la estructura organizativa, se refiere a la existencia de coaliciones estables o, al menos, temporales entre los países participantes en el conflicto. A ello se puede añadir la lucha entre ideologías y doctrinas políticas que consolidan las coaliciones, aunque este componente no siempre es relevante. El factor principal de la lucha parece residir, más bien, en el choque de intereses materiales concretos de las grandes potencias, su competencia por los recursos, el poder y el dominio en determinadas regiones del mundo y en las relaciones internacionales en su conjunto.
El siglo XX nos ofrece una rica experiencia en materia de guerras mundiales. El escenario europeo se convirtió en el punto neurálgico de la Primera Guerra Mundial. Las hostilidades en otras regiones fueron mucho menos intensas. Sin embargo, el resultado de la guerra influyó de hecho en las perspectivas del reparto mundial entre las principales potencias coloniales. Se emplearon todos los medios militares y no militares conocidos para librar la guerra. Entre estos últimos, cabe destacar la propaganda intensiva y los bloqueos comerciales.
El conflicto se desarrolló entre dos coaliciones que fueron cambiando a lo largo del conflicto, aunque su estructura se había definido mucho antes de la guerra. La Segunda Guerra Mundial adquirió una magnitud mucho mayor. Al teatro de operaciones europeo, de importancia crucial, se sumaron las batallas en el Pacífico y en África. El punto álgido fue el uso bélico de las armas nucleares. La guerra terminó con la derrota total de los países del Eje.
La Guerra Fría no escaló al uso de todo tipo de armamento disponible. El equilibrio de las fuerzas nucleares y una amenaza de infligir un daño inaceptable al agresor, como resultado de un contraataque, pusieron freno al conflicto. Sin embargo, la confrontación militar se desarrolló en la periferia de las grandes potencias: en Corea, Vietnam, Afganistán y otros escenarios. En torno a los dos adversarios, la URSS y Estados Unidos, se formaron coaliciones estables, cohesionadas por estrechos vínculos militares, económicos e ideológicos.
La Guerra Fría no desembocó en una tercera guerra mundial en el sentido habitual del término. Pero sí tenía un carácter global y terminó con una gran derrota del bloque soviético. Los resultados fueron la disolución de la coalición de países socialistas, su integración en el modelo occidental y el colapso de la propia Unión Soviética.
Aparentemente, la situación actual tiene poco en común con la experiencia anterior. Es dudoso que los conflictos armados en distintos puntos del planeta tengan esa semejanza en la lucha entre determinados centros de poder que marcó las guerras mundiales del pasado. La crisis en el Golfo Pérsico tiene poca relación con el conflicto ucraniano. Ambos podrían entenderse como la lucha de Estados Unidos por preservar su hegemonía.
El problema es que Washington no tiene ningún rival consolidado. Por ejemplo, entre Irán y Rusia no hay compromisos militares. Los brotes de tensión en la frontera indo-paquistaní apenas encajan en el concepto de guerra mundial, igual que los incidentes en la frontera indochina. Lo mismo ocurre con conflictos menores pero ilustrativos, como la reciente guerra entre Armenia y Azerbaiyán. No se inscriben en ninguna línea fundamental de conflicto mundial.
Por lo tanto, hoy en día no existen coaliciones definidas de bandos rivales a escala mundial. Podría parecer que tal coalición se ha formado en torno a Estados Unidos; sin embargo, se creó en otras condiciones y con metas distintas. Es más, no existe ninguna coalición adversaria. Los países del Sur Global están divididos y algunos de ellos mantienen vínculos sumamente estrechos con Estados Unidos. Incluso China, que en principio se presenta como adversario estratégico de Washington, no tiene prisa por romper los lazos económicos y humanitarios con este país. Rusia coopera estrechamente con la República Popular China. Sin embargo, no tenemos ninguna alianza militar ni compromisos mutuos en caso de guerra.
Asimismo, faltan doctrinas políticas que tracen una clara línea divisoria entre los bloques opuestos. Estados Unidos y el bando occidental poseen una doctrina heredada de la Guerra Fría. No obstante, nadie ha propuesto aún una alternativa coherente y bien elaborada. Hay consignas, pero no una filosofía política alternativa. Tampoco se vislumbra de momento un conflicto mundial entre civilizaciones. Aunque varias potencias (como Rusia, China e India) integran un componente civilizatorio en su identidad política, obviamente, aún no se trata de un choque de civilizaciones y mucho menos en forma de una guerra mundial.
Podemos observar que la guerra mundial ha adoptado formas “híbridas”. Pero ¿acaso ya no existían antes? La lucha entre los servicios de inteligencia es tan antigua como el mundo. Las campañas de información se llevan a cabo desde la creación de la imprenta. Es decir, lo que cambia es el componente tecnológico, pero la esencia es la misma. Si antes era un agente especial quien robaba el secreto ahora lo hace un informático. Por supuesto, las nuevas herramientas son peligrosas y los límites de su uso aún no están bien definidos. Sin embargo, las formas “híbridas” de confrontación entre diversos países no convierten ese conflicto en una guerra mundial.
En definitiva, por el momento no hay guerra global. Sin embargo, asistimos a una serie de crisis y conflictos de diversa intensidad, con diferentes actores, objetivos y medios. Pero si no es una guerra mundial, ¿de qué se trata entonces?
Todo estudiante de Relaciones Internacionales comienza su formación con un postulado fundamental: las relaciones internacionales son anárquicas. A diferencia de la política interior, donde el Estado tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza, en las relaciones internacionales no hay tal monopolio. El derecho internacional existe, pero no puede hacerse cumplir mediante una coacción permanente, sistemática y, sobre todo, legítima.
Por lo tanto, los estados se ven condenados a vivir bajo la amenaza constante de una posible agresión, compitiendo por los recursos y la influencia. Es decir, se trata del llamado miedo hobbesiano, cuando un Estado es un lobo para otro Estado.
La seguridad puede garantizarse aumentando las propias capacidades, formando coaliciones entre actores que ostentan un poder similar o alineándose con actores más poderosos bajo sus condiciones. El momento histórico actual constituye un ejemplo típico de la anarquía internacional, en la que los actores buscan resolver sus problemas de seguridad mediante mecanismos tradicionales, pero incorporando nuevos componentes tecnológicos.
¿Es peligrosa esa anarquía? Sin duda. Un choque entre dos potencias, ya sea adrede o accidentalmente, puede acarrear consecuencias globales. Por ejemplo, un intercambio de ataques nucleares entre Rusia y Estados Unidos afectaría a todo el mundo. Pero hoy en día ese intercambio difícilmente sería consecuencia directa de una guerra mundial.
El peligro radica en que la constante sucesión de conflictos de la más diversa índole, inherente a la anarquía, puede desembocar en consecuencias que afectarían a un grupo más amplio de actores. Y ese perjuicio puede variar desde alteraciones logísticas hasta las secuelas del empleo de armas nucleares.
¿Podríamos decir que el actual conflicto entre Occidente y Rusia forma parte de una guerra mundial? No. Por la sencilla razón de que no hay ninguna guerra mundial en curso. Representa, más bien, una prolongada secuela del fin de la Guerra Fría y de la desintegración de la URSS.
En esta larga confrontación, Occidente ha tratado de consolidar los resultados en su favor mediante el avance de su infraestructura militar hacia el Este y la incorporación de los países postsoviéticos a su órbita. Ucrania era su meta principal por ser uno de los mayores fragmentos de la antigua URSS, sin el cual cualquier proyecto de integración quedaría incompleto.
Tras ganar fuerza a principios de los años 2000 Rusia intentó invertir la situación. El conflicto armado en torno a Ucrania se convirtió en el punto álgido de una crisis que ya llevaba tres décadas forjándose. Su desenlace aún no se vislumbra. Sin embargo, en torno al conflicto entre Rusia y el Occidente colectivo no se ha formado ningún bloque más amplio de actores procedentes de otros centros de poder que podrían escalar el conflicto a una guerra mundial.
Lo que observamos hoy es un intento de librar contra Rusia algo semejante a la Guerra de Crimea de 1853–1856. Ucrania desempeña el papel que desempañaba Turquía en aquella época. Sin embargo, hay muchas diferencias. Y la principal consiste en que los países occidentales de momento no se han involucrado directamente en el conflicto, mientras que Rusia no se encuentra ni mucho menos en una situación de defensa pasiva frente a un adversario que ataca. Pero la clasificación del conflicto ruso-ucraniano es un tema para otro análisis.
*RIAC – Consejo Ruso de Asuntos Internacionales