El 22 de septiembre de 2026, el presidente estadounidense Donald Trump calificó a Irán, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, como “
patrocinador del terrorismo” y le advirtió que, de no alcanzar “un acuerdo” —expresión que, a la luz del ultimátum planteado, se trata de la exigencia de una capitulación incondicional—, le esperaba una “
aniquilación rápida”.
Dos días más tarde, tomó la posta el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, mediante un
discurso de extrema dureza en el que combinó recursos discursivos ya habituales —la apelación permanente a la victimización y la reivindicación de la excepcionalidad israelí— con la negación del
evidente genocidio en Gaza y nuevas amenazas
explícitas contra Irán.
Más allá de las controversias que puedan suscitar las caracterizaciones y responsabilidades atribuidas a cada actor, hay en estos pronunciamientos un elemento difícil de soslayar: la normalización de la amenaza como instrumento de la política internacional. Cuando dirigentes de Estados con capacidad militar extraordinaria presentan ante el principal foro multilateral del planeta la destrucción de otro Estado como una posibilidad explícita, el problema trasciende el conflicto bilateral y alcanza al propio sistema de normas destinado, al menos formalmente, a limitar el recurso a la fuerza.
La gravedad adquiere una dimensión adicional si se la inscribe en la secuencia de acontecimientos iniciada meses antes, cuando Estados Unidos e Israel emprendieron conjuntamente —sin tapaderas, sin eufemismos, obscenamente— una ofensiva ilegal contra Irán que incluyó masacres civiles, asesinatos selectivos (incluso un magnicidio) y crímenes de guerra. El dato relevante no reside únicamente en la violencia desplegada, sino en que aquella operación se produjo mientras la vía diplomática continuaba siendo presentada como una alternativa posible. La fuerza pasó así a ocupar el lugar que, al menos en el plano declarativo, correspondía a la negociación.
En este contexto, prácticas como la ruptura unilateral y sorpresiva de compromisos asumidos, la utilización del engaño, la manipulación propagandística, la tergiversación de episodios históricos y la presentación de la violencia más atroz y desmedida como “acto de justicia”, dejan de aparecer como asuntos aislados y comienzan a configurar, desde la perspectiva de sus críticos, un patrón de comportamiento asociado a la preservación de posiciones de poder y de hegemonismo.
Pero el escenario internacional parece estar experimentando una modificación sustantiva. Los Estados que durante décadas soportaron presiones, intervenciones, sanciones y acciones militares de las grandes potencias —muchas veces bajo una combinación de prudencia estratégica, temor y cálculo de costos— muestran crecientemente una disposición diferente a aceptar pasivamente esas condiciones. Parafraseando a George Orwell, hay «Rebelión en la Granja».
La reacción de la víctima habitual frente al abuso deja, de este modo, de ser una anomalía para convertirse en uno de los síntomas más visibles de la transformación del sistema internacional. Eso significa “buscar la multipolaridad”.
Lo visto en la ONU, con los alegatos de Rusia e Irán, e inclusive de Turquía y Jordania, contrastó fuertemente con la actitud de “dueños del mundo” exhibida por israelíes y estadounidenses, rodeados por la aquiescencia de sus vasallos circunstanciales y, en ciertos casos, por el silencio de Estados directamente humillados por sus acciones, como Venezuela. Más que una simple divergencia discursiva, quedó expuesta una fractura cada vez más visible acerca de quiénes se arrogan la potestad de establecer las reglas del orden internacional y quiénes cuestionan, desde distintas posiciones, ese supuesto derecho.
Poco después de que el tándem israelo-estadounidense se despachara con su habitual exhibición de soberbia, intimidación y cinismo, tuvo lugar la reunión entre Trump y el presidente chino Xi Jinping, en Washington. El contraste resultaba particularmente significativo: mientras unos reivindicaban, mediante la fusta, una posición de primacía, Xi llegaba a tierra norteamericana en son de paz, apaciguamiento, negociación, una competencia comercial “bajo límites morales”, e incluso, colaboración.
Un recibimiento tan majestuoso del líder chino solamente se debe al extraordinario crecimiento económico y tecnológico experimentado por China desde la década de 1990, que terminó obligando a Estados Unidos a reconocerla como una gran potencia, un par.
Washington no solamente había repudiado a China en el sistema internacional, incluso negándole inicialmente su derecho a la banca permanente del Consejo de Seguridad, sino que ya para el punto de inflexión que significó la caída del Bloque Socialista, había apostado a que la integración de China en la economía mundial terminaría produciendo también una transformación de su estructura política.
Tras la represión sobre los contrarrevolucionarios de Tiananmen en 1989, y ante el fracaso de las expectativas occidentales de una rápida liberalización del régimen, buena parte de la dirigencia estadounidense entendía que la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 favorecería el desarrollo de una economía de mercado y, a largo plazo, generaría presiones en favor de una mayor apertura política.
La premisa implícita era que la internacionalización económica y la expansión de una clase empresarial terminarían haciendo cada vez más difícil la persistencia de un sistema comunista. Pero la evolución de China demostró, sin embargo, que aquella relación entre liberalización económica y liberalización política no era inevitable: Beijing consiguió integrarse al capitalismo mundial preservando el control político del Partido Comunista Chino.
Así, lejos de ser fagocitada por el “diktat corporativista” —como ocurrió finalmente con Europa y, durante casi toda su historia, con Latinoamérica—, China logró reconfigurarse como un “sistema nuevo”: autónomo, dinámico y dotado de una lógica propia de desarrollo. Es precisamente esa autonomía la que, desde la perspectiva de quienes conciben el orden internacional en términos de hegemonía, convierte a China en una “amenaza” para la “seguridad nacional”. El problema no reside únicamente en sus capacidades materiales, económicas, tecnológicas o militares, sino también en algo potencialmente más disruptivo: su capacidad de irradiación.
No resulta entonces extraño que, desde los altavoces de la Metrópoli, la etiqueta de “comunista” sea aplicada con creciente facilidad a toda experiencia que se resista a reproducir sus patrones políticos.
Para numerosas naciones, China constituye una referencia acerca de lo que significa desarrollo pacífico, cooperación productiva y la construcción de relaciones internacionales asentadas en reglas y beneficios recíprocos. Y es precisamente esa posibilidad la que resulta difícil de asimilar para un Occidente cuya expansión histórica estuvo estrechamente vinculada al colonialismo como instrumento de dominación y organización.
Sin embargo, a estas alturas, un conflicto militar de alto nivel en el Pacífico occidental entre las dos mayores economías globales, resultaría en una verdadera catástrofe. Las cadenas de suministro vitales estarían seriamente comprometidas y el mercado interno estadounidense se vería con constreñimientos. Es por eso que Occidente golpea a aliados fundamentales, como Rusia e Irán. Aunque tratándose de Washington nunca se sabe.
Sugestivamente, Trump pareció recordarle a Xi que la fuerza constituye una dimensión inherente del poder estadounidense: le regaló a Xi una estatua de un águila calva, con las alas desplegadas. Difícilmente pueda considerarse un mero objeto artístico: la imagen encierra una carga simbólica, como una advertencia del poderío estadounidense, que encima, pretendía que fuera instalado en los aposentos de Beijing.
Por su parte, Xi respondió con su propia simbología: anunció el envío de dos pandas, Ping Ping y Fu Shuang, al zoológico de Atlanta, como “emisarios de amistad”.
La diferencia es abismal: un águila de metal, congelada en una actitud rapaz, frente a dos animales vivos, asociados a la mansedumbre, la pachorra y el juego. ¿Cómo hubiera reaccionado Trump si en su gira por China recibiera de manos de Xi una estatua de bronce de un dragón lanzando fuego por la boca?
A Xi poco le importan estas demostraciones de testosterona: el objetivo de Beijing es mantener una
estabilidad estratégica con Estados Unidos.
Lo fáctico es que ambas economías están profundamente entrelazadas; no solamente a nivel comercial, sino también a nivel financiero, con Beijing subsidiando deuda pública estadounidense con la compra de Bonos del Tesoro. Tal es así, que contradiciendo la bibliografía liberal, la China “comunista” exige a Estados Unidos “capitalista” que compita libremente, sin sanciones, reglas asimétricas o medidas coercitivas monopólicas. 🤭
Asimismo, Xi exigió que Estados Unidos respete los intereses fundamentales de China sobre Taiwán, emparentados con la salvaguardia de la unidad nacional y la integridad territorial. Este es un tema espinoso: Estados Unidos reconoce “una sola China” pero mantiene una “ambigüedad estratégica” respecto de Taiwán, y no duda en armarla hasta los dientes. No obstante, a diferencia de Biden, Trump ha sido cuidadoso en no arengar la independencia taiwanesa.
Uno podría preguntarse a qué fue Xi Jinping a Washington. No hubo grandes acuerdos, apenas prórrogas de algunos pactos
preexistentes logrados en Beijing durante la visita de Trump los días 13 a 15 de mayo de 2026.
Podríamos decir que Xi
olfatea lo que se viene y, fiel a esa proverbial inclinación china por prevenir antes que curar, procura anticiparse al conflicto. Le ofrece a Washington sintonizar, evitar la Trampa de Tucídides e introducir llamados a la calma. Incluso sugiere una suerte de
cogobernabilidad mancomunada. Pero difícilmente Occidente parezca dispuesto a abandonar esa mentalidad binaria según la cual ganar implica
necesariamente que otro pierda. Sus designios continúan proyectándose, en cambio, sobre los dos escenarios más caldeados de la actualidad: Ucrania y el
frente oriental europeo, por un lado, y
Medio Oriente, por el otro.
Sin embargo, para no perder su costumbre, Trump liberó el 2 de octubre los primeros dos de 66 cazabombarderos
F-16V Block 70 de ultimísima generación para la RoCAF, en un gesto abiertamente provocador.
Apenas una semana después de su encuentro con Xi Jinping, Trump permitió finalmente la llegada a Taiwán de los dos primeros F-16V Block 70 de un lote de 66 cazabombarderos adquiridos por Taipéi. La operación estaba comprometida desde 2019 y su entrega acumulaba años de retrasos; sin embargo, el timing no deja de resultar sugestivo: los dos aparatos habían permanecido en Hawái durante semanas y arribaron a la isla inmediatamente después de la cumbre sino-estadounidense.
Esta semana, Estados Unidos continuó reforzando como nunca su dispositivo militar en Oriente Medio, mientras Trump se hacía el misterioso acerca de si ordenará o no una nueva ofensiva contra Irán y, llegado el caso, con qué poder de fuego lo hará (¿nuclear?).
Semejante acumulación de medios militares no se improvisa ni se despliega sin contemplar escenarios concretos de utilización. Dos grupos de ataque encabezados por portaaviones ya se encuentran en el área —el USS George H. W. Bush y el USS George Washington—, mientras el USS Theodore Roosevelt acaba de zarpar de San Diego rumbo a Oriente Medio para incorporarse al dispositivo. Vale decir, Washington dispondrá de tres portaaviones en la región, una concentración naval excepcional, si aparte sumamos los buques anfibios con unos 10.000 Marines desplegados.
El componente aéreo tampoco resulta menor. La presencia estadounidense en las bases israelíes es de tal magnitud que los aviones cisterna han llegado a ocupar una parte sustancial de la capacidad aeroportuaria de Ben Gurion.
Todo ello ocurre mientras Washington refuerza también las defensas de sus aliados del Golfo: en las últimas semanas fueron desplegadas baterías Patriot adicionales en Arabia Saudita y Qatar.
Quedará por ver qué iniciativa tomarán los iraníes. Porque Teherán ya no parece dispuesto a limitarse a reaccionar ante cada movimiento del enemigo: también está intentando imponer sus propios tiempos, costos y condiciones.
Trump dice que “tienen que tomar la decisión de volarlos o hacer un acuerdo”. A juzgar por el movimiento de tropas y medios, y la caracterización de las autoridades de Irán como “locos”, la decisión estaría tomada.
No obstante, el canciller iraní Abbas Araghchi acercó a través de intermediarios una propuesta para reabrir el estrecho de Ormuz en siete días, eso sí, respetando los puntos del
MoU que Washington firmó y
jamás acató:
Hábilmente, el canciller iraní acercó una propuesta a Estados Unidos para reabrir el estrecho de Ormuz. Trump rechazó la propuesta. El plan contemplaba levantar los bloqueos estadounidenses sobre los puertos iraníes, descongelar activos y cancelar las sanciones petroleras.
Pero Trump rechazó la propuesta. Y resulta ya evidente que la opción por la guerra está tomada: tendremos una impresionante operación sobre Irán a la mayor brevedad, y muy posiblemente, se involucre armamento nuclear, como vengo prediciendo desde hace tiempo.
El analista brasileño
Pepe Escobar sostuvo que Xi habría sugerido a Trump regresar al Memorando de Entendimiento oportunamente suscripto por Trump en Versalles. El argumento chino, sin embargo, excedería largamente la cuestión iraní: cumplir lo firmado constituiría, ante todo, una forma de recuperar la confianza internacional en la palabra y la seriedad de Washington, y una manera de intentar creer en el espíritu de cogobierno estadounidense.
Pero la actitud crecientemente confrontativa de Trump —respecto de Taiwán, Venezuela, Rusia, Cuba, Irán o Groenlandia— adquiere para Xi un efecto descorazonador. En la tradición política y diplomática china, la palabra empeñada y, con mayor razón, el compromiso formalmente suscripto, poseen un considerable valor reputacional. Desde esa perspectiva, los permanentes cambios de posición de Trump resultan especialmente difíciles de conciliar con una relación basada en la previsibilidad y la confianza: hoy puede calificar a Xi de “amigo” y mañana adoptar medidas hostiles o directamente montar una emboscada estratégica.
Según Escobar, Xi estaría llegando al límite de su paciencia y comenzaría a utilizar intensamente sus instrumentos económicos para responder a Washington.
Las medidas asimétricas chinas me obligan a replantear aquello que pregunté en mi artículo «
A China le está llegando su “Ucrania”»: ¿hasta cuándo China admitirá que se la provoque, se la
contenga, se la expulse y se la cerque mediante una combinación de presión militar, política y económica sin responder de manera proporcional?
Respecto de Irán, aliado de China y proveedor de crudo, el 1.° de octubre, Trump hizo una sentencia escalofriante en una entrevista con TIME:
Periodista: La semana pasada dijo que podría aniquilar a Irán. Esa fue la palabra que usó.
Trump: Sí, lo haría. Es posible.
Periodista: Ya hizo versiones de esa amenaza antes. También se ha llamado “presidente de la paz”.
Trump: Sí.
Periodista: ¿Cómo puede el presidente de la paz pedir la aniquilación de todo un pueblo?
Trump: Porque al aniquilar Irán, crearemos la paz en el mundo. Con Irán, no creo que puedas tener paz jamás.
Para sostener semejante afirmación como una tautología, Trump ha propagado reiteradamente inexactitudes históricas y demonizado ad infinitum a un pueblo y a una dirigencia que —más allá de las controversias y los “gustos”— no ha declarado formalmente la guerra a ninguno de sus vecinos en cientos de años y que, sin embargo, ha sido objeto de reiteradas acciones militares, con efectos devastadores sobre su población y medio ambiente.
Por lo pronto, Irán se sostiene sobre los pilares básicos de su defensa: contraataques a distancia sobre las bases adelantadas estadounidenses y cierre parcial del estrecho de Ormuz. Pero son instrumentos defensivos que surgieron como respuesta a tres ataques viles de la coalición israelo-estadounidense en el transcurso de apenas siete meses: junio de 2025 (Rising Lion/Midnight Hammer), enero de 2026 (Mahsa Amini II = ataque inflacionario, campañas de difamación, sabotajes e infiltración terrorista) y febrero de 2026 (Epic Fury/Roaring Lion).
La semana pasada, Irán afirmó haber impactado sobre 19 buques infractores en Ormuz. Hay demasiado “ruido blanco” al respecto y no es posible corroborar esos datos (
Simplicius llama a Ormuz el “Estrecho de Schrödinger” 😄). La posible verdad es que muchos son impactados y otros pasan sigilosamente por el “corredor omaní” bajo el estímulo y la protección estadounidense.
Irán no controla del todo Ormuz, pero el hecho de que no fluya adecuadamente es un punto a su favor y eso, para el Eje Israelo-Estadounidense, requiere “soluciones prácticas”, pues el oleoducto saudí
Petroline aún sigue sin bombear adecuadamente, Bab el-Mandeb está a “tiro de piedra” de la artillería hutí, y no puede descansarse en las
caravanas de camiones-cisterna que atraviesan el desierto desde Irak a Siria.
¿Negociaciones? ¿Diálogo? ¿Mediaciones? ¿Respeto del Memorando de Entendimiento? ¡No! Lo que vuelve a asomar en el horizonte es una nueva operación militar, acompañada —como siempre— por una intensa operación psicológica destinada a presentar a los iraníes como terroristas perversos, intrínsecamente crueles y, por lo tanto, como un enemigo con el que no se puede negociar, sino únicamente combatir. Los iraníes creen en un posible desembarco y se prepararan ya para combates en las ciudades, incluso, armando a las mujeres.
Todo aquel que pueda empuñar un fusil es un soldado de la patria.
Si de imaginar persecuciones, construir relatos y convertirlos en combustible para desatar la furia militar se trata, pocos como Netanyahu. Ya hemos oído sus infumables discursos en la ONU en los últimos años, plagados de cinismo.
Este 30 de septiembre de 2026, en el vuelo FZ1073 de Flydubai, un Boeing 737 que cubría la ruta Dubái–Tel Aviv con 174 personas a bordo, en su mayoría israelíes, protagonizó un episodio insólito y extraordinario.
Según la versión difundida por los israelíes, el copiloto —de nacionalidad omaní— atacó con un cuchillo al comandante indio Smit Machchhar [
1]. El avión comenzó entonces un descenso abrupto y perdió unos 4.300 metros en menos de 30 segundos. Se emitieron señales de emergencia y posteriormente el código 7500, utilizado internacionalmente para indicar una interferencia ilícita a bordo.
Lo que siguió parece salido de un guion cinematográfico: el comandante herido consiguió abrir la puerta de la cabina; pasajeros y tripulantes redujeron al copiloto y lo inmovilizaron; y uno de los pasajeros “con experiencia aeronáutica” (Yaniv Hayun) asumió los controles. Finalmente, la aeronave fue desviada y realizó un aterrizaje de emergencia en Tabuk, Arabia Saudita.
Netanyahu no tardó en presentar el episodio como un
intento deliberado de estrellar el avión —como en la
opereta del 11-S—
y perpetrar un atentado terrorista. Pero existen infinidad de datos que “
no encajan” y todo parece estar
desembocando en una
burda falsa bandera, destinada a construir un
casus belli contra Irán, del mismo modo que ocurrió con el rudimentario episodio del
dron de Leipzig.
Pero, aun cuando la versión es ridícula y risible, el tándem israelo-estadounidense tiene un nuevo cascabel para tintinear “el
terrorismo iraní” en la previa del ataque que se viene:
Todo dentro nada afuera: En 21 segundos, Netanyahu convirtió el insólito episodio aeronáutico en una narración cerrada: un pasajero “y sus amigos” evitaron una tragedia similar a la del 11-S, que por cierto, está infectada de situaciones anómalas y sospechosas. Del “atacante” omaní todavía ni siquiera conocemos su nombre, pero sí sabemos que era un “radicalizado islamista” y que su intención era “estrellar el avión”. Y entonces llega lo más inquietante: “quienquiera que lo haya hecho” recibirá una represalia. La fórmula deja convenientemente abierto el destinatario: primero se construye el atentado, después se identifica al culpable y finalmente se anuncia el castigo. El próximo paso podría ser la aparición de “pruebas” de un supuesto involucramiento iraní, aun cuando se carezca de toda evidencia. Si no estuviéramos hablando de vidas humanas y de la posibilidad de una nueva guerra, la escena tendría todos los ingredientes de una pieza teatral del absurdo.
Con una liviandad terrorífica, Trump afirma que ese episodio aeronáutico con serios rasgos de inverosimilitud, obedece indefectiblemente a un “plan iraní”.
Por supuesto, aprovechando la embestida propagandística, dos de los bastiones ideológicos de Netanyahu
mueven la cola como canes excitados. El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben-Gvir —el mismo que publicó un tuit de apoyo a la causa malvinera, en anticipación de un eventual desembarco sobre la Patagonia [
2]— irrumpió el lunes 28 de septiembre en la Mezquita de Al-Aqsa, durante la festividad judía de Sucot, en un gesto de abierta provocación, al tiempo que auguraba que impulsará una política de inmigración —léase colonización—en Judea y Samaria (Cisjordania).
El otro supremacista judío, (el ministro de Finanzas) Bezalel Smotrich, se sintió fervorosamente a favor de otro genocidio palestino:
Tenemos que ir a la guerra en Cisjordania. Tenemos que hacer en Cisjordania lo que hicimos en Gaza. Quiero matar a todos los terroristas. Quiero recoger todas las armas.
Si nos convertimos en un imperio de armamento sofisticado y vendemos a todo el mundo, el mundo nos necesitará. El Estado de Israel debe ser un activo a ojos del mundo para preservar su posición.
Bezalel Smotrich no tiene el más mínimo pudor en impulsar genocidios.
Lo que parece increíble, y que se haya cumplido según lo previsto, es la retirada total de tropas estadounidenses de Irak. Bagdad y Washington había acordado la retirada en 2024 y el plazo formal vencía el 30 de septiembre de 2026. Recordaremos que Estados Unidos ocupa Irak desde el 1.° de mayo de 2003, cuando el presidente George H. Bush declaró el fin de las operaciones de combate tras tres semanas, pero allí comenzó formalmente la ocupación militar y administrativa de Irak.
Estados Unidos no tuvo contemplaciones con esa nación: lanzó una guerra bajo pretextos que terminaron por derrumbarse —las célebres armas de destrucción masiva y las acusaciones que pretendían vincular a Irak con los (nunca comprobados) ataques con ántrax—, bombardeó e invadió el país después de más de una década de sanciones que habían asfixiado su economía y, durante la ocupación, avanzó sobre sus recursos petrolíferos, saqueándolos. La resistencia fue respondida con detenciones masivas, torturas, asesinatos y una represión implacable.
Veintitrés años después, unos 2.500 soldados estadounidenses todavía permanecían en territorio iraquí, concentrados en su mayoría en la base aérea de Harir, en Erbil, en la región del Kurdistán. Su misión oficial era “enfrentar al Estado Islámico” 🤭 [
3], aquella misma organización terrorista-yihadista de donde surgió el actual presidente de Siria, Ahmed al-Charaa, hoy aliado de Washington, ergo, de Israel. Pero, al fin de cuentas, se han retirado. No demasiado lejos:
apenas hasta Jordania.
Es, en rigor, un movimiento simbólico: Estados Unidos no abandona la región, sino que reposiciona sus fuerzas.
Para Irak, sin embargo, el significado es mucho mayor. El repliegue evoca el cierre de una Era iniciada con el «ritual» del 11-S, que desembocó en la invasión y ocupación estadounidense de 2003. Y todo parece indicar que esa Era podría terminar de cerrarse con un ataque de dimensiones extraordinarias contra Irán.
La salida se produce tras meses de ataques contra posiciones estadounidenses por parte de las milicias chiítas proiraníes integradas en las Fuerzas de Movilización Popular (
Hashd al-Shaabi). Para la Guardia Revolucionaria iraní, tener tropas estadounidenses apostadas
tan cerca de Irán constituye, naturalmente, una ventaja. Pero el problema es otro: según el acuerdo original, las facciones de la resistencia iraquí
debían desarmarse e integrarse en las estructuras de seguridad del Estado en paralelo con la retirada estadounidense. Son, además, las mismas facciones que fueron bombardeadas masivamente por Estados Unidos y Arabia Saudita el 29 de julio y que, como respuesta,
devolvieron el vuelto el 10 de septiembre, destrozando dos estaciones de bombeo del oleoducto
Petroline saudí. La posibilidad de que los americanos vuelvan a las andadas en Irak está a la vuelta de la esquina.
Por supuesto, los ingresos derivados de la venta del petróleo, al igual que ocurre con Venezuela, siguen pasando por el Tesoro estadounidense. Es el mecanismo mediante el cual Washington mantiene bajo su control el flujo y la administración de esos recursos, aun cuando el petróleo sea extraído y comercializado por terceros.
Donde no habrá retirada, sino más bien una extraña “bienvenida”, es en Groenlandia.
Apenas asumido como presidente por segundo mandato, Donald Trump manifestó públicamente sus apetencias por “ocupar aquellos espacios donde Estados Unidos se había retirado”. Lo dejé registrado
explícitamente en mi artículo «
Trump apunta al Ártico y al Canal de Panamá» que invito a releer.
Allí, advertí sobre la irredentista política exterior que se venía, sustentada en la coerción territorial, económica y el poder militar. Los tres escenarios inmediatos eran Canadá-México, Groenlandia y el Canal de Panamá.
En América del Norte, Trump planteaba la incorporación de Canadá como el “Estado 51”, mientras
amenazaba a México con aranceles y, eventualmente, con una intervención militar contra los cárteles.
Esa amenaza, lejos de desaparecer, sigue latente.
Para conservar su autonomía y evitar la influencia
unidireccional de Washington, Canadá ha hecho
un giro inaudito hacia Europa. El primer ministro Mark Carney viajó a Estrasburgo —sede del Parlamento Europeo— y ofreció colaboración en defensa, energía, minerales críticos, IA, espacio, finanzas y tecnología. Úrsula von der Leyen quedó encantada con la oferta. Incluso planteó la posibilidad de incorporar a Canadá como “miembro asociado” de la UE. El 16 de septiembre Canadá solicitó
formalmente incorporarse a la
Joint Expeditionary Force (JEF), una estructura militar liderada por el Reino Unido. No debemos perder de vista que el jefe de Estado canadiense es el rey Charles III de Inglaterra… Canadá es
aún una monarquía constitucional. [
4]
A principios de este año, había advertido
aquí y
aquí sobre las profundas divergencias que comienzan a erosionar la tradicional
Special Relationship entre Estados Unidos y el Reino Unido. En este nuevo tablero geopolítico, Canadá adquiere una importancia decisiva: una pieza que puede desplazarse en múltiples direcciones y alterar el equilibrio de fuerzas. En términos ajedrecísticos, bien podría ser la “Reina” de esta partida.
Carney, que ya había viajado a Beijing en enero, abrió una nueva etapa de cooperación con China en comercio, energía y agricultura, y también se ha acercado como nunca a Ucrania y Turquía, dos alfiles bajo la mira británica (con Kiev “in the pocket”). Canadá también abrió un nuevo consulado en Nuuk, Groenlandia, y se posiciona como un competidor autónomo de Washington, aumentando el gasto militar, pero por supuesto, nunca abandonando su postura antirrusa. En ese sentido, el 22 de septiembre se celebró la primera reunión ministerial del Canada–Nordic-Baltic Eight, con Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, Estonia, Letonia y Lituania con el foco en la «contención de los rusos en el Ártico».
Respecto de Canadá, el hegemonismo estadounidense parece estar logrando el resultado contrario al deseado: una mayor diversificación en sus socios comerciales, ¡incluyendo China!
En el Ártico, la pretensión estadounidense sobre Groenlandia aparece como un asunto estratégico que excede (aunque no elimina) la explotación de hidrocarburos, pesca y minerales críticos. Se trata de las rutas marítimas y el proceso de deshielo que crea un espacio de competencia entre Estados Unidos, Rusia, Canadá y China. La Ruta Marítima del Norte, dominada geográficamente por Rusia, constituye uno de los principales objetivos geopolíticos de esa disputa.
En mi artículo «
Ártico, descomposición del orden atlántico» señalé las insoportables presiones de Washington sobre Copenhague, que fueron explicitadas por Trump en el Foro de Davos el 21 de enero de 2026, incluso con una velada amenaza militar. También vaticiné que Dinamarca adoptaría el “modelo chipriota” por el cual
cedería bases y sus zonas de despliegue,
donde Estados Unidos ejercería en efecto soberanía, a cambio de mantener el título de regente del territorio.
Este 22 de septiembre de 2026, Estados Unidos, Dinamarca y el gobierno de Groenlandia firmaron en New York un acuerdo que actualiza y amplía el acuerdo de defensa estadounidense-danés de 1951. No es una cesión de Groenlandia, claro. Pero garantiza la expansión militar estadounidense permitiéndole ampliar la Base Espacial de Pituffik (ex Thule) y establecer nuevas áreas de defensa en Narsarsuaq, en el sur, y Mestersvig, en la costa oriental.
Este acuerdo es muy amplio: permite que aviones, buques, vehículos y tropas estadounidenses tengan
libertad de movimiento entre las áreas de defensa y podrán sobrevolar, aterrizar y operar en territorio y aguas territoriales groenlandesas, a libertad. Es el trampolín para instalar la
“Cúpula Dorada” (
Golden Dome), el plan de defensa antimisiles y espacial de Estados Unidos para neutralizar los nuevos dispositivos misilísticos rusos, que no sé si sabrán, pero no atraviesan el Atlántico, sino el casquete polar ártico.
Y ya que toda esta ofensiva geopolítica en el Ártico apunta a cercar a Rusia por el norte, veamos qué está sucediendo en Europa y en el Frente Oriental.
Los rusos están haciendo ahora aquello
que debieron hacer ya a comienzos de 2023: atacar los centros logísticos, las redes de transporte, los centros de datos y comunicaciones, y la infraestructura energética que sostiene al régimen banderista, y no solamente privilegiar blancos militares. Tuvieron que suceder decenas de acciones terroristas por parte de Kiev/OTAN —atentados con bomba (a militares y
bloggers), la carnicería de Crocus City Hall, los drones de
Spiderweb, la matanza de adolescentes en
Starobelsk y una campaña intensiva de 40 días contra las refinerías rusas— para que Moscú finalmente reaccionara con la Ley del Talión.
En tal sentido, los bombardeos rusos están siendo incesantes y fulminantes. Por primera vez, los ucranianos comienzan a enfrentar una creciente escasez de alimentos básicos. La falta de comida, combustible, electricidad y agua podría convertirse en un gravísimo problema durante el próximo invierno. Y el éxodo ya comenzó: ¡muchos están abandonando Kiev!
Gracias a los satélites
Rassvet, la red de internet satelital que Rusia
puso en práctica recientemente, los ataques sobre Kiev son extremadamente precisos.
El alcalde de la ciudad, el ex boxeador y parte de la tríada golpista del Maidán de 2014 [
5], Vitali Klitschko, instó a los kievitas a prepararse para momentos dramáticos. El puente de Patón [
6], sobre el río Dniéper, fue impactado en varias ocasiones. El tráfico vehicular quedo suspendido. Aunque no parecen haber causado gran daño, podrían ser precursores para calibrar sistemas de guiado para el futuro.
Un dron Geran-5 impacta sobre el puente de Paton, en Kiev. Por supuesto, este no es el único puente que enlaza Kiev, pero sí uno de los más importantes.
No es el único puente impactado: el Puente Sur y el Puente del Metro también lo fueron. Estos puentes fueron construidos por los (odiados) soviéticos y tienen una impresionante resistencia, pues están preparados para ser batidos por bombas. En consecuencia, son extremadamente difíciles de destruir. Los drones a reacción Geran-5 pegan contra los soportes para así dañar los sistemas de tensión de cables atirantados. Estos puentes son instrumentales para el reabastecimiento del frente y por lo tanto, objetivos clave. El que no se haya hecho antes fue una “decisión política”, pero también una cuestión de oportunidad: las defensas antiaéreas ucranianas están en su momento más bajo. El uso de drones a reacción —que no existieron sino hasta 2026— de bajo coste, sumado a los satélites Rassvet —que le dan precisión—, posibilita la encomienda.
Pero esto parece poca cosa comparado a lo que puede generarse en todo el frente oriental europeo.
Vengo advirtiendo sobre la marcha de
Europa hacia una confrontación directa con Rusia desde larga data en todos mis artículos alusivos (que pueden chequear en el
menú inicial). En Alemania, el puerto de Hamburgo ya está militarizado, mientras el canciller Friedrich Merz acaba de enviar a la juventud alemana cartas para que se presenten en los cuarteles para un “apto físico”. La guerra, programada para 2029-2030, podría adelantarse para fines de 2026 o principios de 2027.
Al igual que los ucranianos, los bálticos reclaman que Europa muera en el altar de su rusofobia. Alemania —que tiene una base permanente en Lituania— y Polonia fueron históricamente protectores de estas comunidades. Ahora Vilna, que rodea el exclave de Kaliningrado junto con Polonia, logró una reforma constitucional por la cual permite el asentamiento de armamento nuclear en su territorio.
Como ocurre con Transnistria, las características de aislamiento del óblast de Kaliningrado hacen de su defensa una empresa extremadamente compleja.
Así las cosas, el 22 de septiembre, por 99 votos contra 13, se tomó la imprudente decisión. Uno de los grandes promotores, el ex ministro de Defensa lituano, Laurynas Kasčiūnas, sostuvo:
Somos el único país de la región que tiene esta restricción. Letonia no lo tiene, Estonia no lo tiene, Polonia no lo tiene, Finlandia acaba de eliminarlo.
No hay que subestimar la voluntad suicida de los
leminos [
7] bálticos, pues tres altos dirigentes están inmersos en lugares clave de la Unión Europea: (1) la
estonia Kaja Kallas, Alta Representante para Asuntos Externos y Seguridad, (2) el
letón Valdis Dombrouskis, comisario europeo de Economía y Productividad y (3) el
lituano Andrius Kubilius, comisario europeo de Defensa y Espacio.
La belicosidad y el atrevimiento de los bálticos —que, recordemos, permitieron el uso de su espacio aéreo para el sobrevuelo de drones ucranianos— podría hacer que Rusia se vea en la necesidad de “desmantelar” la “estructura ofensiva” de esos países (como hicieran los rusos en Ucrania, o como hicieran los soviéticos en 1940 con los propios bálticos). El analista Alexander Nosovich sostuvo:
Francia y Reino Unido ya no ocultan sus planes de desplegar armas nucleares en la región fronteriza rusa. El propósito de su implicación con los estados bálticos es el mismo que en la década pasada con los ucranianos: crear un nivel inaceptable de amenazas a la seguridad en las fronteras rusas que obligue a Moscú a actuar.
Es por eso que, advirtiendo que la OTAN estaría preparando un bloqueo aéreo y naval sobre Kaliningrado, Moscú lanzó esta semana una advertencia de extrema gravedad: si la Alianza intentara aislar el exclave ruso, Rusia estaría dispuesta a recurrir a sus armas nucleares. La advertencia fue difundida entre el 28 y el 30 de septiembre por las embajadas rusas en Bélgica, Reino Unido e Irlanda, y posteriormente quedó plasmada en una nota diplomática dirigida a la OTAN.
Dmitri Medvédev hizo alusión a esta circunstancia:
Lituania, según entiendo, ha hablado sobre abrir la puerta a la posible colocación de cualquier arma, incluidas las nucleares. Si, Dios no lo quiera, si algo así sucede y tenemos que reaccionar a sus acciones, nadie intervendrá por ellos. Y en cuanto al conocido Artículo 5 [de la OTAN], no se aplicará; todos lo reconocen. Porque si se aplicara, conduciría a una catástrofe global, a una catástrofe planetaria. No son tontos. Pero Lituania desaparecerá del mapa del mundo.
Las palabras de Medvédev calaron hondo en la OTAN, porque sugieren que Moscú no cree que las potencias europeas estén dispuestas a “saltar” en defensa de los bálticos. Mark Rutte tuvo que salir al cruce, pero su respuesta resultó cuando menos extraña: admitió que el Artículo 5 no garantiza en realidad ningún tipo de defensa concreta, aunque intentó presentar esa misma vaguedad como una expresión de la fortaleza atlantista.
El Artículo 5.° de la OTAN dice: «Las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas ellas, y en consecuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva reconocido por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, ayudará a la Parte o Partes atacadas, adoptando seguidamente, de forma individual y de acuerdo con las otras Partes, las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada, para restablecer la seguridad en la zona del Atlántico Norte». Rutte dice que la cláusula es deliberadamente ambigua 😦. Pero no parece serlo: diáfanamente indica que si se produce un ataque contra una parte, el resto podrá actuar con LAS MEDIDAS QUE JUZGUEN NECESARIAS, entre ellas, la respuesta militar.
Incluso el primer ministro de Lituania, Mindaugas Sinkevičius, salió a poner algunos “paños fríos”: tras fomentar la paranoia, y al notar que su país estaba siendo manipulado por los guerreristas de Bruselas, al báltico le entró el miedo, y con él, el raciocinio. Eligió suavizar el relato diciendo que la amenaza existe —pues tampoco puede oponerse al relato oficial—, pero no hay ninguna prueba concreta de que esté materializándose. 🙄
El 29 de septiembre de 2026, el primer ministro lituano Mindaugas Sinkevičius efectivamente moderó las advertencias sobre una posible agresión rusa inminente. En la conferencia conjunta con Mark Rutte sostuvo que no había pruebas de que Rusia estuviera preparándose para actuar contra la región en las próximas semanas o meses, aunque subrayó que el riesgo existía.
Así las cosas, mientras la OTAN y la UE prometen una
Barbarroja 2.0 fulminante contra los rusos —eso sí, siempre en nombre de la «autodefensa», lo que
inevitablemente me recuerda a alguien 🫢—, en el polígono de Chebarkul, en los Urales, se desarrollaban los ejercicios militares «Centro-2026» [«Центр-2026»]. En ellos participaron contingentes de China, Mongolia y Pakistán, junto con fuerzas de otros países, y se pusieron en práctica las (amargas) enseñanzas extraídas de la guerra en Ucrania: desde el empleo de drones FPV con termita para agujerear redes, hasta el uso de vehículos terrestres no tripulados y otras plataformas robóticas.
Nótese al inicio los drones lanzando fuego-termita para agujerear redes y el paso de unidades robóticas —incluso un tanque no tripulado NRTK «Kurier» con una bandera rusa desplegada— y motorizadas.
Además, «Centro-2026» estuvo coordinado con los ejercicios de la OTSC «Interacción-2026», «Búsqueda-2026» y «Escalón-2026», en los que participaron contingentes de Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. En el conjunto de las maniobras se movilizaron unos 47.000 militares, alrededor de 700 unidades de material bélico, más de 600 drones y más de 60 sistemas robóticos. El propio presidente Putin supervisó personalmente la fase activa de los ejercicios. A buen entendedor…
Sin embargo, resultó
particularmente interesante la
intervención política de Putin en el Club Internacional de Debate Valdái, que tuvo lugar entre el 28 de septiembre al 1.° de octubre de 2026, y al que en su momento dediqué
un artículo completo pues se trata de un foro fundamental para comprender
cómo Moscú interpreta la política internacional, cuáles son sus principales preocupaciones estratégicas y qué mirada proyecta sobre el orden mundial.
Putin hizo muchas declaraciones impactantes. En primer lugar, cuestionó
la asimetría del pedido occidental de un “
alto el fuego económico”: detener los ataques rusos contra objetivos de importancia económica para Ucrania a cambio de que Kiev suspendiera sus ataques contra las refinerías rusas. El razonamiento fue sencillo: mientras Rusia dejaría de golpear instalaciones fundamentales para la economía ucraniana,
Ucrania podría seguir exportando sus productos y utilizando libremente sus puertos y vías de comercio; en cambio, aunque las refinerías rusas dejaran de ser atacadas, Moscú seguiría sin poder colocar
libremente su excedente de diésel en los mercados internacionales debido a las sanciones occidentales. “¿Cómo llegará nuestro diésel al mercado mundial si las sanciones continúan?”, planteó Putin.
A propósito del diésel, los precios en Europa han alcanzado niveles récord:
Cuadro que muestra cómo en algunos países europeos se han disparado los precios de los combustibles básicos para el consumo civil e industrial.
La oferta está sacudida fundamentalmente por la caída de las exportaciones rusas. Rusia ha sido históricamente uno de los grandes proveedores mundiales de diésel y, tras la oleada de ataques ucranianos contra sus refinerías, Moscú decidió prolongar hasta fines de octubre la prohibición de exportar este combustible. Europa, que durante años había continuado abasteciéndose de productos refinados rusos incluso de manera indirecta, se encuentra ahora maniatada por sus propias sanciones y por la interrupción de esas cadenas de suministro.
La magnitud de la crisis quedó expuesta el 2 de octubre: el G7 acordó coordinar, a través de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), la liberación inmediata de 100 millones de barriles de petróleo y productos derivados durante cuatro meses, incluyendo una inyección sustancial de diésel concentrada en los primeros 20 días.
Es decir, mientras Moscú sostiene que dispone del diésel pero no puede colocarlo libremente en los mercados occidentales por las sanciones —lo cual no sería cierto, pues bajó enormemente la producción por los ataques ucroatlantistas—, el G7 se ve obligado a recurrir a sus propias reservas estratégicas para sostener la oferta.
El presidente francés, Emmanuel Macron, uno de los dirigentes europeos más confrontativas contra Rusia, ahora reconoce que “el gas muy barato ruso” era el factor clave de la “competitividad europea”. Pero acota secamente “se terminó”. Lo que Macron no explica es por qué se terminó. No fue una fatalidad histórica: fue el resultado de las decisiones adoptadas por la Unión Europea en el marco de su alineamiento automático con Washington y de su afán de “derrotar estratégicamente” a Rusia. Ahora Europa está sufriendo el coletazo del diésel.
Putin dejó otras pinceladas en Valdái. Por supuesto, se refirió sin tapujos al conflicto en —y no con— Ucrania: una diferencia de apenas dos letras, pero de enorme significancia. Asimismo, afirmó lo obvio: que Ucrania es un ente hostil manipulado que no podría sostenerse bajo su propios medios porque ha perdido su condición de Estado-nación soberano y está controlada por intereses extranjeros.
Como un mantra, Putin destaca las “causas fundamentales” de la operación rusa en Ucrania, convertida por Occidente a partir de 2014 en una especie de Anti-Rusia.
Para luego acotar y asimilar la probable reiteración de este escenario en Kaliningrado, a la luz de las crecientes amenazas y preparativos de Polonia, Alemania y Lituania.
Putin recalca que cualquier aventura militar sobre Kaliningrado obtendrá como respuesta “todas las armas” de las que dispone la Federación Rusa.
Al preguntársele si Rusia debería hacer algo para “desintegrar” la Unión Europea, Putin respondió con confianza que
no hacía falta: la UE, dijo, se encargará de hacerlo
por sí misma, empujada por sus propias tendencias autodestructivas. Y vaya que se acumulan desafíos en el horizonte europeo: las fuerzas euroescépticas que ganan terreno en Francia y
Alemania, las rebeliones juveniles que incendian París y los miles de jóvenes alemanes que buscan sustraerse al
nuevo servicio militar.
Putin dice que no hará ningún esfuerzo por desintegrar la Unión Europea. Parafraseando un antiguo proverbio (probablemente romano): «Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo».
Lo que se está apreciando en el escenario ucraniano es que Rusia está compensando sus extremadamente lentos avances en la línea del frente con la expansión de la guerra a otros ámbitos, donde ha acumulado enormes éxitos contra la infraestructura logística y energética, quizás, a la espera de que el invierno haga su trabajo.
Putin dejó en Valdái algo más que una colección de advertencias y definiciones. Dejó, sobre todo, la impresión de una Rusia que observa el deterioro de su adversario al que solo le falta un empujón para mandarlo al abismo, aunque no debería tampoco ignorar sus propios problemas. Mientras, Europa incrementa su retórica de confrontación, enfrenta el desgaste de su modelo energético, la pérdida de competitividad, las tensiones sociales y el crecimiento de fuerzas políticas que cuestionan el rumbo de Bruselas.
El tablero internacional parece estar ingresando en una etapa en la que la fuerza vuelve a ocupar el centro de la política mundial. Vimos un adelanto de ello en las desagradables intervenciones de Trump y Netanyahu ante la ONU, mientras otros expositores advertían sobre la inevitabilidad de la multipolaridad. Las amenazas de destrucción, las sanciones, los despliegues militares, la articulación de alianzas y la utilización de la coerción económica muestran que el «orden basado en reglas» se resiste a desaparecer a la vez que atraviesa una crisis profunda. Frente a él emerge una realidad multipolar en la cual algunos actores ya no parecen dispuestos a aceptar pasivamente los términos establecidos por Washington y sus aliados.
Pero como en todo cambio paradigmático que nos dejó la Historia, este que se está produciendo y que no alcanzamos aún a develar completamente, es multifacético: político, social, tecnológico, biológico, religioso, y posiblemente incluso, dimensional.
El problema es que se exterioriza por la confrontación, porque los que gozan de hegemonía no están dispuestos a compartir poder ni a abandonar el timón de los cambios.
Putin pronostica nuevos conflictos armados debido a los movimientos tectónicos que están sacudiendo la gobernanza global.
Occidente presiona a Rusia en Europa, cerca a China en el Pacífico y le impide tender relaciones en vedados «cotos de caza» (como el continente americano), amenaza a Irán por meramente existir y extiende su presencia en el Ártico, donde instalará su control espacial. Pero cada movimiento destinado a contener a sus adversarios produce también efectos inesperados: China diversifica sus vínculos, Canadá se aproxima a Beijing y Bruselas, Rusia retorna a sus intereses en el hiperespacio, la Unión Europea se resquebraja y los países del Sur Global encuentran mayores incentivos para escapar de la dependencia de un único centro de poder.
Mientras Occidente articula la guerra como una opción de contención, quizá no advierta que está acelerando precisamente aquello que pretende evitar: la consolidación de un sistema internacional menos occidental, menos unipolar y cada vez más dispuesto a disputar las reglas del juego. Pero la pregunta decisiva permanece: ¿Qué quedará de ese juego si la violencia se desborda y desemboca en una Tercera Guerra Mundial, sin límites ni inhibiciones para emplear las armas más terroríficas jamás construidas?
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Poco después del “evento misterioso”, el comandante se entrevistó con el primer ministro indio Narendra Modi para las cámaras. Una vez más, y lejos de toda prudencia, Modi se presta al juego de la demonización contra Irán.
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El presidente argentino Javier Milei, cuya política exterior ha estado supeditada a Israel, sostuvo en New York que “Argentina es la nueva tierra prometida” (para Israel). La expresión adquiere una resonancia inevitable al contrastarla con aquella otra, atribuida al rabino Sergio Bergman durante su paso como funcionario del gobierno de Mauricio Macri (aliado de Milei) según la cual la Argentina era una tierra “para partir y repartir”. Dos formulaciones separadas por casi una década, pero unidas por una misma metáfora territorial.
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Y la coincidencia temporal resulta, cuanto menos, sugestiva: apenas una semana después de la declaración de Milei, la Corte Suprema —integrada actualmente por apenas tres jueces— dejó sin efecto la sentencia que había impedido la aplicación del artículo 154 del DNU 70/2023, revalidando en la práctica la derogación de la Ley de Tierras Rurales y, con ella, de los límites que restringían la adquisición de tierras por extranjeros.
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La conjunción de ambos episodios vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que excede largamente la propiedad inmobiliaria: qué ocurre con la soberanía territorial cuando el suelo nacional queda
progresivamente sometido a una lógica de libre disponibilidad. El riesgo, en última instancia, no es solamente económico: es el de una Argentina crecientemente fragmentada, vulnerable a procesos de concentración territorial y, en el extremo, a una balcanización..
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Fueron Rusia e Irán quienes “rompieron la espina dorsal” al Estado Islámico, tanto en Siria como en Irak. Estados Unidos dio constantes muestras de apoyo a esa organización.
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El primer ministro canadiense pronunció en el Foro Económico de Davos un discurso clave sobre la necesidad de que las
“potencias medianas” se alíen para presentar un frente común ante potencias abusivas como … Estados Unidos. Unas semanas más tarde, Europa se negó a seguir a Washington en su aventura militar en Medio Oriente cuando atacó, sin informar a sus aliados transatlánticos, a Irán.
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Los tres caras ucranianas que aparecieron con
Victoria Nuland durante la crisis del Euromaidán fueron las del jázaro
Arseniy Yatsenyuk, dirigente de
Batkivshchyna (Patria), quien posteriormente sería primer ministro de Ucrania,
Vitali Klitschko, líder de UDAR, ex boxeador y posteriormente alcalde de Kiev, y
Oleh Tyahnybok, dirigente del partido neonazi banderista
Svoboda (Libertad).
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Fue inaugurado en 1953 y lleva el nombre del ingeniero
Yevhen Paton, pionero soviético de la soldadura y fundador del Instituto de Soldadura Eléctrica de Kiev. No tiene nada que ver con el general estadounidense George Patton, aunque tratándose de los banderistas todo pudo haber sido.
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Los leminos o
lemmings son roedores que habitan las tundras, la taiga y las praderas árticas. A raíz del documental de 1958 denominado
Infierno blanco se extendió la creencia de que se suicidaban en masa arrojándose desde los acantilados al mar como parte de un mecanismo natural de autorregulación de su población.
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