Evgueni Vertlib
La historia de Rusia es un drama espiritual plasmado en la materia del Estado, cuyo camino es una sucesión de altibajos metafísicos, en los que la forma política siempre ha reflejado el estado del alma del pueblo. La ortodoxia se convirtió no solo en una religión, sino también en el eje interno de la civilización rusa, el arquetipo a través del cual Rusia entendía el poder, el sufrimiento y la misión. Cada época, desde la arcaica pagana hasta la post-secular del siglo XXI, no fue solo un cambio de formas, sino un proceso psicohistórico de desplazamiento y retorno de lo sagrado. La adopción del cristianismo dio sentido al poder, pero introdujo una trágica dualidad: Rusia siempre ha vivido entre la cruz y la espada, la conciliación y la autocracia, la fe y la utopía, el icono y el hacha. El pensamiento político aquí nunca se separó mucho del espiritual: el zar y el santo, el pueblo y Dios, el imperio y la conciencia formaban un organismo único que vivía sus neurosis y catarsis, preguntándose angustiosamente cómo unir la eternidad y el poder.
La Rus precristiana era un espacio de multiplicidad arquetípica, donde lo sagrado y el poder formaban un orden único. El pueblo se sentía parte de un organismo colectivo, dispuesto a cambios internos, y el príncipe desempeñaba las funciones de defensor y guardián del orden espiritual. La psique del pueblo era móvil y, en la conciencia pagana, al igual que en el mundo anterior a la caída, el hombre, sin conocer la culpa, buscaba restablecer el equilibrio del orden mundial mediante rituales. La adopción del cristianismo supuso una transformación de la fe, un paso de la multiplicidad de espíritus a una única fuente de existencia en la Trinidad cristiana. Rusia buscaba una forma de acuerdo capaz de unir a tribus heterogéneas, y el cristianismo ofrecía otra forma de conexión con lo divino a través de Cristo, donde la fe se convertía en un instrumento de transformación moral. La conciencia surgió como un órgano interno de medida moral, a través de la conciencia del pecado y la responsabilidad personal ante Dios. El bautismo se convirtió en un acto estratégico de centralización: el príncipe obtuvo legitimidad sacra y el pueblo, un punto de referencia interno. La Iglesia se convirtió en mediadora entre el hombre y la eternidad, formando la disciplina moral y la estructura cultural. La conciliación se reforzó a través de las oraciones comunitarias y la fusión de lo sagrado y lo político dio lugar a una nueva forma de integridad: la unidad del espíritu, el poder y el pueblo. La ortodoxia primitiva fue la respuesta al anhelo de la Rus de un referente espiritual y espacial capaz de unir a las tribus dispersas en un solo pueblo, creando un equilibrio entre las esferas espiritual y secular. La Asamblea Popular de Novgorod se convirtió en una forma verdaderamente democrática de autogobierno, una manifestación de la soberanía colectiva sobre el poder del príncipe, que exigía al gobernante no solo fuerza, sino también una proporción espiritual con la voluntad de la comunidad.
Este equilibrio comenzó a transformarse con las reformas de Pedro I, cuando el impulso religioso interno, anteriormente dirigido a Dios y a la comunidad, comenzó a transformarse en lealtad al Estado. Las formas de igualdad espiritual —«hermanos», «colegialidad», «paz»— desaparecieron del lenguaje, dando paso a palabras como «deber», «rango» y «servicio». Psicológicamente, la fe pasó a vivirse no como una revelación, sino como una obligación, como una norma de función social. La iconografía perdió su profundidad simbólica, sustituida por imágenes teatralizadas y «retratísticas», y la arquitectura de los templos reflejó una nueva geometría disciplinaria, en la que la verticalidad de las agujas sustituyó a la cúpula bulbosa. Psicoanalíticamente, esto significó el desplazamiento del sentimiento de comunicación viva con Dios y su sustitución por el arquetipo del Padre-Soberano: severo, racional, pero frío. Así, en las profundidades de la conciencia popular se formó una nueva forma de santidad: la sacralidad de la obediencia, donde la conciencia ya no discute con el poder, sino que encuentra en la sumisión una forma de justificación interna. En el siglo XIX, el lema «Por la fe, el zar y la patria» consolidó esta tríada de Uvarov, en la que las normas espirituales funcionaban como mecanismo de solvencia civil y la conciliación garantizaba un consenso controlado. Sin embargo, estos lazos no resistieron la crisis prerrevolucionaria de la conciencia de sí mismo, agudamente percibida por Lenin: «Los de arriba no pueden, los de abajo no quieren». La crisis de la conciencia religiosa coincidió con el colapso del sistema político del imperio. La voluntad popular intentó en vano movilizar al poder para repeler la confusión importada y la soberanía se debilitó. La sociedad se encontró al borde de la destrucción de la verticalidad espiritual, y la psique del pueblo se vio sobrecargada por los nuevos y desorientadores impulsos de la cultura occidental.
La Revolución de Octubre de 1917 destruyó radicalmente la conciencia religiosa tradicional: la Iglesia perdió el apoyo del Estado y se desmanteló la jerarquía espiritual. El pueblo perdió sus lazos históricos identificativos y los arquetipos de la unidad perdieron su fuerza. La psique de la sociedad se enfrentó a un profundo conflicto interno y el inconsciente colectivo quedó desintegrado. El pueblo se convirtió en «bestia», psicológicamente vulnerable y manipulable, y el trauma espiritual de la sociedad se prolongó durante décadas. Con la caída del imperio, la política estatal destruyó deliberadamente los símbolos religiosos, pero en el vacío de la falta de espiritualidad surgió una resistencia interna: un movimiento disidente que se expresó en formas clandestinas de creatividad religiosa y social, sobre todo en el fenómeno del samizdat. La intelectualidad creativa se convirtió en el núcleo de la resistencia espiritual, interrumpiendo la línea de la degradación espiritual total. Sin embargo, tras la destrucción de la fe tradicional, el Estado creó un sustituto de la espiritualidad: el «Código moral del constructor del comunismo» (1961), que se convirtió en el equivalente ideológico de los Diez Mandamientos. El lugar de Dios lo ocupó la ideología, el lugar de la Iglesia, la estructura del partido, y el amor al prójimo fue sustituido por la exigencia de una lealtad incondicional al colectivo. La conciliación se transformó en una forma ideológica de colectivismo, integrada en la verticalidad del partido, donde su contenido espiritual fue desplazado por la funcionalidad política. La vida del partido se convirtió en un sustituto de la unidad espiritual y la conciliación, al perder su dimensión metafísica, se transformó en un instrumento de control ideológico y de mantenimiento de la estabilidad del sistema.
La desintegración de la URSS supuso para Rusia una derrota geoestratégica y espiritual. La conciencia colectiva quedó traumatizada por la pérdida: no solo se desintegró la estructura imperial, sino también la propia lógica de la continuidad histórica. La pérdida de Malorosia (Ucrania), los países bálticos y el sur del país debilitó el contorno geopolítico de seguridad, y Rusia, al perder su profundidad estratégica, pasó de ser un imperio a convertirse en un líder regional. La psique del pueblo experimentó una desorientación, análoga a la pérdida de la esencia espiritual. La década liberal de 1990 se convirtió en una época de descomposición de los fundamentos tradicionales y de relativismo moral. La idea de libertad fue sustituida por la permisividad, y los valores espirituales, por equivalentes de mercado. La Iglesia se utilizó como instrumento de cobertura simbólica de unas reformas desprovistas de contenido moral, y las apelaciones de Yeltsin a la espiritualidad discrepaban con el saqueo privatizador que ocurría en la realidad. El pueblo experimentaba una brecha cognitiva entre la declaración de valores y el empobrecimiento real. El arquetipo de la unidad fue sustituido por el instinto de supervivencia y este período se convirtió en una época de división interna de la conciencia nacional. Hoy en día, la patología histórica de la estatalidad rusa tiene sus raíces en la ruptura entre lo sagrado y lo político, consolidada por la reforma de Pedro el Grande. La separación violenta de lo espiritual de lo político dio lugar a una división crónica de la identidad: una dicotomía entre la soberanía interna y la imperialidad externa. La situación actual se caracteriza por un déficit psicoideológico crónico, con síntomas de pérdida de inmunidad semántica, fases colectivas de excitación ideológica, seguidas de apatía y cinismo.
Las formas de superar este vacío psicoideológico incluyen el renacimiento de los valores espirituales a través de la ortodoxia, la cultura y la memoria histórica, así como la integración de la memoria histórica y los valores contemporáneos. Es necesario formar nuevas formas de unidad basadas en la responsabilidad espiritual y la comprensión colectiva de la misión rusa. La Rusia contemporánea debe formar una vertical estratégica, uniendo el poder verdaderamente popular, a la ortodoxia pre-reformista y la conciencia de la misión katechonica como defensa del espacio civilizatorio. La unidad arquetípica se fortalece a través de la legitimación espiritual, cultural e histórica del poder, y las personas se sienten gradualmente parte de un todo sagrado y nacional, percibiendo al Estado como un instrumento para preservar la existencia rusa. La ortodoxia y la memoria histórica crean un contorno moral y psicológico estable, compensando las consecuencias del trauma. El pronóstico es relativamente favorable con una terapia orientada a la recuperación espiritual y ontológica. El curso principal del tratamiento es la reintegración de los principios sagrados y estatales, el retorno de la política a la función de servicio, en lugar de la dominación. Es necesaria la reconstrucción de la conciencia nacional como un organismo vivo, donde la fe se convierte en el sistema nervioso y la soberanía en el sistema circulatorio. La recuperación es posible si se reconoce el trauma profundo y se toma conciencia de la misión histórica de Rusia como katechon, que impide la desintegración del mundo. Solo a través de la autorreflexión espiritual y la creación de un centro interno se garantiza la estabilidad, cuando lo imperial y lo ortodoxo dejan de ser un eslogan y vuelven a ser el aliento de una civilización viva.
La historia rusa, vista a través del prisma del psicoanálisis del espíritu, revela una patología crónica que es la esencia de la existencia rusa que se mueve entre el trauma y su misión: la división de la conciencia nacional, cuyas raíces se remontan a la reforma de Pedro el Grande. Esta reforma, al ser un acto de europeización forzada, desmanteló la homeostasis cultural prepetrina, en la que la fe (lo sagrado) y el poder (lo político) respiraban al unísono. La separación violenta del centro espiritual del cuerpo político del Imperio dio lugar a una larga disociación cultural: la racionalidad imperial externa pasó a existir separada de la mentalidad colectiva interna del pueblo. No se trata simplemente de un cambio político, sino de una profunda trauma que condujo a la pérdida del ritmo psicoespiritual natural del país.
El principal síntoma clínico del camino ruso es el síndrome de la pérdida del centro sagrado. La patogénesis pasó por varias etapas: primero, por la racionalización imperial, donde la espiritualidad se convirtió en una función de obediencia al Estado, sustituyendo psicológicamente la comunicación viva con Dios por el arquetipo del Padre-Soberano y generando la sacralidad de la obediencia como forma de justificación interna. Luego, en el período soviético, tras el colapso revolucionario, el poder sustituyó la fe por la ideología, creando un sustituto de la conciliación: el colectivismo del partido, donde la moral se regulaba desde arriba. Esto condujo a un «alivio sintomático» temporal a través de la movilización ideológica, pero no curó el trauma, sino que lo enmascaró con un código moral equivalente a la disciplina externa. El punto culminante fue el choque postsoviético de la década de 1990, cuando la desintegración de la URSS se convirtió no solo en una derrota geopolítica, sino también existencial: se derrumbó la última verticalidad de sentido, aunque fuera sustitutiva, provocando un vacío psicoideológico, un estado en el que los intereses atomizados desplazaron a la identidad colectiva. La situación actual se caracteriza por la necrosis espiritual y la disociación cultural, donde la retórica patriótica externa a menudo se combina con la inseguridad interna y la falta de una fe auténtica y activa. El país, como organismo, busca la reintegración, aspirando a reencontrarse a sí mismo como Katechon, no como un mecanismo estatal, sino como una ciudadela del espíritu.
Para pasar de un trauma crónico a una misión sostenible, es necesario eliminar las omisiones estratégicas fundamentales. El fracaso clave de la Rusia contemporánea es la falta de un lenguaje funcional para el futuro. Durante siglos, el país ha vivido de conceptos prestados y, hoy en día, a pesar del renacimiento de la ortodoxia y la memoria histórica, no se ha formulado un discurso nacional único y coherente, orgánico a la tradición civilizatoria rusa, pero orientado hacia el futuro. La omisión radica en que la restauración de la fe y la historia no va acompañada de la creación de una futurología nacional, una imagen del futuro deseado que inspire, como lo hizo en su día «Moscú, el Tercer Imperio». Sin esa imagen, el Estado siempre será reactivo y el pueblo, desorientado.
La segunda omisión crítica radica en la estrategia de personal y el arquetipo de la élite. Históricamente, la élite rusa era producto de la voluntad autocrática o de la selección partidista, y tras la desintegración de la URSS surgió una élite de mercado orientada al capital. La principal omisión estratégica es la incapacidad del Estado para crear un nuevo arquetipo de clase dirigente que sea competente, moralmente disciplinada y arraigada en la lógica civilizatoria. Para garantizar la estabilidad estratégica y la soberanía tecnológica, es necesaria una meritocracia de servicio, en la que la lealtad al rumbo nacional y la responsabilidad a largo plazo sustituyan al beneficio personal. La actual clase dirigente, educada en el cinismo postsoviético, sigue siendo el principal eslabón débil en la estructura de Katechon.
Por último, la tercera omisión radica en la estrategia organizativa: el análisis muestra que la soberanía se ha transformado en un mecanismo disciplinario, pero se ha perdido su verdadera esencia: la conexión viva entre el centro y la periferia. La omisión estratégica radica en que Rusia aún no ha pasado de la administración territorial a una gestión sistémica inteligente, que perciba al país como un organismo cibernético único y complejo. Esto requiere la eliminación de la imitación burocrática, la creación de un ciclo cerrado de producción estratégica (soberanía tecnológica) y la sincronización de todos los eslabones. La soberanía, como objetivo final, no se logra con declaraciones, sino con la capacidad de gestionar todos los procesos críticos, de modo que ninguno de ellos dependa de centros intelectuales o productivos externos.
El pronóstico sigue siendo relativamente favorable solo si Rusia pasa de una política compensatoria (simbólica) a una restauración ontológica. El tratamiento consiste en la reintegración de los principios sagrados y estatales. El camino de Rusia en el siglo XXI requiere no solo el renacimiento de la ortodoxia, sino su uso como sistema nervioso de la civilización, que garantice la disciplina moral y la compostura interior. La estructura estratégica final debe basarse en tres vectores interrelacionados que resuman todos los significados: la continuidad del significado (síntesis de la memoria histórica en un código nacional único), la subjetividad tecnológica (garantía de la plena controlabilidad de los sistemas críticos y capacidad de desarrollo anticipado) y la disciplina moral (formación de una nueva élite de servicio y acción colectiva). Solo a través de este triple esfuerzo —Espíritu, Tecnología y Voluntad— lo imperial y lo ortodoxo dejarán de ser un eslogan y volverán a ser el aliento de una civilización viva, capaz no solo de sobrevivir, sino también de cumplir su misión de Katechon: evitar la desintegración definitiva del mundo global.