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La falacia del nuevo Yalta

La falacia del nuevo Yalta
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directorelespiadigitales/8/8/23
domingo 15 de febrero de 2026, 22:00h
09 de febrero de 2026, 18:56h
Fernando Esteche, Tadeo Casteglione*
La seducción de la simplicidad
En el fragor de la reconfiguración del orden mundial, una narrativa seduce a analistas, académicos y comentaristas; la idea de un «nuevo Yalta», una supuesta reedición del acuerdo de 1945 mediante el cual las grandes potencias se habrían repartido nuevamente el mundo en esferas de influencia claramente delimitadas.
Esta interpretación, que algunos sitúan simbólicamente en la cumbre de Alaska del 15 de agosto de 2025 entre Donald Trump y Vladimir Putin —eventualmente con o sin China como tercer actor—, ofrece una comodidad analítica evidente. Reduce la complejidad geopolítica contemporánea a un esquema binario o triádico de potencias que negocian en privado mientras el resto del planeta acata pasivamente.
Esta narrativa no es inocente, sino que responde a una urgencia, quizás incluso a una desesperación; la de clausurar prematuramente el debate sobre el multipolarismo emergente. Si las potencias ya se repartieron el mundo, el proceso de reconfiguración habría concluido.
El multipolarismo sería entonces una ilusión, una fase transitoria que desembocó en un nuevo orden estable de subordinación jerárquica. Algunos analistas hablan incluso de «pluripolarismo», categoría que les permite proyectar la posibilidad de la emergencia de nuevos polos pero negando simultáneamente las dinámicas que explicaría la categoría de multipolarismo.
En cualquiera de estas configuraciones —bipolar, tripolar, tetrapolar o pluripolar—, el resto de los países quedaría relegado a la condición de piezas en un tablero ajeno, incapaces de ejercer soberanía real o de navegar autónomamente entre bloques.
El lugar común en estos análisis del “nuevo Yalta” suele enunciar una fórmula simple; América Latina para Estados Unidos, Ucrania para Rusia, Taiwán para China. Esta asignación mecánica de esferas pretende ordenar el caos geopolítico contemporáneo, ofreciendo certezas donde solo hay disputas. A pesar de lo sostenido, cada uno de estos casos desmiente precisamente la tesis que se pretende ilustrar. La evidencia geopolítica contradice sistemáticamente esta falacia analítica.
La evidencia empírica del momento actual contradice esta interpretación simplificadora de manera flagrante. El mundo de 2026 no se asemeja a la rigidez de bloques de la Guerra Fría. Asistimos más bien a una fase de intensa fluidez geopolítica; caracterizada por contradicciones agudas, injerencias que violan supuestas esferas acordadas, y una diplomacia de pivoteo o de alineación múltiple, por parte de potencias medias y países en desarrollo que desafía cualquier esquema de subordinación pasiva. Lo que presenciamos no es el fin de la ilusión multipolar sino su consolidación conflictiva y contradictoria.
Cuando la realidad desborda el marco analítico
El corredor Zangezur
Uno de los ejemplos más contundentes que desmiente la tesis del nuevo Yalta es la agresiva intervención estadounidense en el Cáucaso Sur, específicamente en torno al proyecto del corredor de Zangezur. Este corredor de estrategica importancia, que conectaría directamente a Azerbaiyán con Turquía atravesando territorio armenio, amenaza con cortar la conexión terrestre entre Rusia e Irán; saboteando de paso el ambicioso corredor Norte-Sur que busca vincular la India con Rusia a través de Irán.
La presión estadounidense sobre Armenia, las sanciones contra empresas rusas e iraníes involucradas en infraestructura regional, y el respaldo político y militar a Azerbaiyán constituyen una injerencia directa en lo que, bajo la lógica del nuevo Yalta, debería ser una zona de influencia rusa indiscutible.
Si realmente existiera un acuerdo de reparto de esferas, ¿por qué Estados Unidos arriesgaría tensiones con Moscú en una región periférica? La respuesta es evidente; no existe tal acuerdo.
Lo que presenciamos es competencia geopolítica abierta, donde cada potencia intenta maximizar su influencia sin respetar líneas rojas imaginarias. El caso del corredor Zangezur revela que el conflicto entre las potencias globales no se ha domesticado en un marco de coexistencia negociada, sino que se libra en múltiples frentes simultáneos.
ASEAN y Asia Central
Otro conjunto de evidencias que contradice la narrativa del reparto de esferas proviene del sudeste asiático y Asia Central. A pesar de que China es el principal socio comercial de casi todos los miembros de ASEAN, y de que Rusia mantiene vínculos históricos profundos con las exrepúblicas soviéticas de Asia Central, Estados Unidos no ha cesado en sus esfuerzos por desestabilizar gobiernos, financiar movimientos opositores y promover «revoluciones de colores».
Esto es lo que abiertamente llamamos “inestabilidad preventiva provocada” en la cual actores proxys que responden a los Estados Unidos toman posición en Asia, ejemplos como lo sucedido en Nepal, Myanmar, Tailandia, Filipinas e Indonesia, en donde fundaciones estadounidenses, ONG y agencias de inteligencia operan abiertamente promoviendo cambios de régimen o desestabilización política reafirman que lejos de haber alguna especie de acuerdo estamos delante de un panorama global abierto y en disputa.
En Kazajistán, Kirguistán y otros países euroasiáticos, se repiten patrones similares; protestas amplificadas mediáticamente, financiamiento opaco de grupos activistas, presiones sobre élites locales y un claro mecanismo de desestabilización. Que tiene como fin dañar el estado de las relaciones en la región y la vecindad pacífica.
La persistencia de estas intervenciones estadounidenses sugiere que Washington no acepta ninguna esfera de influencia ajena como legítima. Su estrategia parece ser más bien la de intervenir en todo espacio que escape a su control, incluso a riesgo de confrontación indirecta con otras potencias.
Irán y la derrota del redespliegue imperial
El caso de Irán resulta totalmente necesario de comprender para afirmar lo que sostenemos, si pensáramos que el mundo está dividido en esferas de influencia, ¿a qué ámbito pertenecería Irán? ¿Al chino, al ruso, o constituiría una zona gris?
Lo cierto es que Teherán ha derrotado sistemáticamente las intenciones de redespliegue imperialista estadounidense; tanto la pretensión de una guerra civil impuesta que fracasó, como la de una guerra convencional que Estados Unidos no pudo concretar hasta el momento dada la evidencia de que es una situación en la que no saldría airoso.
La agresión imperialista contra Irán —mediante sanciones, sabotajes, asesinatos selectivos, y presión diplomática— se ha estrellado contra la capacidad de resistencia y adaptación de la República Islámica, que ha consolidado su influencia regional precisamente en el período en que se supone que las grandes potencias habrían acordado esferas.
Irán comercia con China, coopera militarmente con Rusia, integra la Organización de Cooperación de Shanghai y los BRICS expandidos; pero mantiene autonomía estratégica que desafía cualquier clasificación simple. Su supervivencia y proyección regional demuestran que existen márgenes de maniobra para potencias regionales que se niegan a aceptar subordinación, incluso bajo presión imperial extrema.
Gaza y los límites del desafío
La campaña genocida en Gaza presenta, sin embargo, un enigma particular. La relativa pasividad de las grandes potencias no occidentales —Rusia, China, Türkiye e Irán en menor medida— ante la catástrofe humanitaria y el genocidio en desarrollo resulta desconcertante.
Si el multipolarismo implicara genuina competencia por influencia global, ¿por qué estas potencias no capitalizan política y diplomáticamente la debacle moral de Occidente en Palestina?
Ninguna explicación valida la tesis del nuevo Yalta. Si acaso, revelan que el multipolarismo está en formación y que las potencias ascendentes aún carecen de capacidad o voluntad para desafiar la hegemonía occidental en todos los teatros de operaciones simultáneamente.
Gaza no es evidencia de reparto de esferas, sino de límites en el desafío al orden existente; un recordatorio de que el multipolarismo es un movimiento conflictivo y desigual, no un estado ya consolidado.
Venezuela, Cuba y América Latina
El caso de Venezuela y Cuba —frecuentemente citado como prueba del nuevo Yalta— merece análisis más matizado en los cuales no se deben ignorar los “por menores”. Es cierto que la ayuda rusa y china a estos países no alcanza niveles que reviertan su cerco económico a lo cual también tenemos que tener en cuenta las distancia geográficas (ver caso de Corea del Norte).
Rusia, absorbida por Ucrania y sus periferias cercanas, carece de recursos para sostener socios lejanos. China prioriza proyectos de infraestructura de largo plazo sobre rescates financieros inmediatos o apoyos militares incondicionales.
Washington no tolera presencia china significativa en su «patio trasero», contradiciendo frontalmente cualquier hipótesis de que China acepta la hegemonía estadounidense en América Latina a cambio de que Washington no sabotee proyectos chinos en la región. La evidencia muestra exactamente lo opuesto; Estados Unidos sí sabotea, y China no responde con contramedidas equivalentes.
La expulsión de empresas chinas de los puertos del Canal de Panamá, el bloqueo a inversiones chinas en litio boliviano, las presiones para excluir a Huawei de redes 5G en Brasil, y la oposición sistemática a infraestructura financiada por Beijing dan por sentado en este sentido que no hay acuerdos ni repartición global.
América Latina: la esfera que no se acepta
El esquema simplificador del nuevo Yalta suele enunciar; América Latina para Estados Unidos, Ucrania para Rusia, Taiwán para China. Cada caso merece escrutinio porque cada uno desmiente la tesis que pretende ilustrar.
Si América Latina fuera reconocida como esfera exclusiva estadounidense en un acuerdo de reparto, China no sería el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Argentina. No detentaría el megapuerto de Chancay en Perú (incluido las futuras ampliaciones), el ambicioso proyecto del tren bioceánico, ni tendría presencia en infraestructura crítica a lo largo del continente. La Iniciativa de la Franja y la Ruta incluye múltiples proyectos latinoamericanos; ferrocarriles, puertos, redes 5G, explotación de litio.
China ha otorgado préstamos por más de 140 mil millones de dólares gobiernos latinoamericanos desde 2005, desafiando directamente la hegemonía financiera estadounidense en el hemisferio.
Más aún, si existiera tal acuerdo, Estados Unidos no necesitaría desplegar esfuerzos amplios y sistemáticos de sabotaje contra presencia china. La expulsión de Huawei, el arrebato de los puertos panameños, las presiones sobre gobiernos para rechazar inversiones chinas demuestran precisamente lo contrario; Washington percibe a China como amenaza en su «patio trasero» y actúa en consecuencia.
China, por su parte, no acepta ninguna zona como vedada; su penetración económica en América Latina es parte de su estrategia global de construcción de alternativas al orden estadounidense.
Ucrania: la guerra como refutación
Si Ucrania hubiera sido reconocida como esfera rusa en un nuevo Yalta, simplemente no habría guerra ni nadie la sostendría hasta la actualidad. La Operación Militar Especial rusa de febrero de 2022 y la resistencia ucraniana mantenida de manera constante por Occidente con armamento masivo, entrenamiento militar, inteligencia satelital, sanciones económicas coordinadas y respaldo político demuestran que no existe consenso sobre a quién «pertenece» Ucrania.
Occidente ha invertido más de 200 mil millones de dólares en sostener a Ucrania militarmente, una cifra que ninguna potencia gastaría si hubiera aceptado ceder esa esfera de influencia.
La adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, la militarización del flanco oriental europeo, el despliegue de sistemas antimisiles, y la expansión de bases estadounidenses en Polonia y los Bálticos, sumado a la creación de una megabase militar en de la OTAN en Rumanía con fronteras en Ucrania son movimientos incompatibles con un acuerdo que reconociera la región como esfera rusa.
Si el nuevo Yalta existiera, Estados Unidos habría permitido que Rusia tomara Kiev en 72 horas, como calculaban los propios servicios de inteligencia occidentales. En cambio, Occidente transformó el conflicto en guerra de desgaste diseñada para debilitar a Rusia estratégicamente.
Guerra que hasta el día de hoy el mismísimo gobierno de Donald Trump sostiene financieramente y con armamento al régimen de Kiev incluso existiendo mesas de negociaciones de paz a nivel internacional, dando a entender que no hay nada definitivo sobre este asunto.
Taiwán: la ambigüedad estratégica que persiste
Si Taiwán fuera reconocido como esfera china en un nuevo Yalta, Estados Unidos no habría aprobado en diciembre de 2025 el paquete de venta de armas más grande de la historia destinado a la isla; 11.100 millones de dólares que incluyen sistemas de cohetes HIMARS (los mismos utilizados en Ucrania), misiles antitanque, drones de ataque y sistemas de artillería de largo alcance capaces de golpear territorio continental chino. Esta venta, sumada a otra aprobada en noviembre de 2025, demuestra que la administración Trump mantiene y profundiza el compromiso militar con Taipéi.
Más aún, Trump ha exigido que Taiwán aumente su gasto militar al 5% del PIB para 2030 (inicialmente pidió 10%, muy por encima de lo que gasta Estados Unidos o sus aliados).
El presidente taiwanés Lai Ching-te anunció en respuesta un presupuesto especial de defensa de 40 mil millones de dólares para el período 2026-2033, incluyendo el proyecto T-Dome, un sistema de defensa aérea multicapa. Estas exigencias estadounidenses de militarización taiwanesa contradicen frontalmente cualquier idea de que Washington cedió la isla a Beijing.
Estados Unidos mantiene la política de «ambigüedad estratégica»; Trump afirmó en noviembre de 2025 que Xi Jinping «no se atreverá a mover ficha sobre Taiwán» porque «conoce las consecuencias», pero cuando se le preguntó directamente si Estados Unidos defendería militarmente a la isla en caso de invasión china, evadió responder. Esta postura —proyectar fuerza sin comprometer intervención— es incompatible con un acuerdo de cesión de esferas. Si existiera tal acuerdo, simplemente no habría ventas de armas masivas ni exigencias de militarización.
El fortalecimiento del Quad (Estados Unidos, Japón, Australia, India) y del AUKUS (Australia, Reino Unido, Estados Unidos) ambos dispositivos de patrullaje y contencion de china en el indopacifico, tiene como objetivo explícito contener a China en el Indo-Pacífico. La militarización del Pacífico occidental, con bases en Japón, Corea del Sur, Guam y Filipinas, responde a la lógica de cerco a China, no de reconocimiento de esferas.
El lugar común analítico que asigna América Latina a Estados Unidos, Ucrania a Rusia y Taiwán a China es, entonces, una ficción que oculta la realidad de competencia abierta. En cada uno de estos casos, las potencias rivales desafían activamente la pretensión hegemónica de la otra. No hay acuerdo; hay disputa.
Diplomacia de pivoteo, autonomía potencias medias
Uno de los fenómenos más reveladores del momento geopolítico actual es la sofisticada diplomacia de pivoteo desplegada por potencias medias y países en desarrollo.
Cuando hablamos de “diplomacia de pivoteo” o también llamada de alineación múltiple de las potencias medias, nos referimos a la estrategia mediante la cual Estados con peso regional —pero no hegemónicos— evitan quedar atrapados en bloques rígidos y optan por diversificar sus alianzas según intereses concretos, sector por sector y coyuntura por coyuntura.
Este comportamiento refleja un amplio margen de maniobra en las relaciones internacionales, propio de un sistema internacional en transición hacia la multipolaridad. Lejos de un “Yalta 2.0” o de una nueva repartición del mundo entre grandes potencias, el escenario actual muestra una fragmentación del poder
Lejos de aceptar pasivamente su subordinación a uno u otro bloque, estas naciones maniobran activamente para maximizar su autonomía y beneficios.
Vietnam constituye un ejemplo paradigmático; mantiene relaciones de seguridad cada vez más estrechas con Estados Unidos como contrapeso a China, pero simultáneamente es uno de los principales socios comerciales de Beijing y miembro fundador de iniciativas chinas como el RCEP. Hanoi negocia acuerdos de defensa limitados con Washington mientras firma contratos energéticos con Moscú y expande lazos con Nueva Delhi.
Mongolia, enclavada entre Rusia y China, ejecuta una «política del tercer vecino» que busca vínculos con Estados Unidos, Japón, India y Europa como contrapeso a sus dos gigantes fronterizos.
Este fenómeno se expresa con especial claridad en el caso de Türkiye, cuya política exterior encarna de forma paradigmática la diplomacia de pivoteo y la alineación múltiple. Ankara mantiene vínculos simultáneos —y muchas veces tensos— con la OTAN, Rusia, China, Irán y el mundo árabe, sin subordinarse plenamente a ninguno de estos ejes. En ese marco debe entenderse el impulso al proyecto del “Gran Turán”, una iniciativa político-cultural y geoestratégica que articula a los Estados túrquicos de Asia Central y el Cáucaso bajo liderazgo turco, institucionalizada en la Organización de Estados Túrquicos. Este proyecto revela que Türkiye no solo administra equilibrios entre grandes potencias, sino que construye su propio espacio de poder, con agendas, corredores energéticos, infraestructuras, cooperación militar y proyección identitaria propias.
Los países de Asia Central —Kazajistán, Uzbekistán y Turkmenistán— ilustran con nitidez la lógica de la alineación múltiple, profundizan su integración económica con China a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, mantienen vínculos de seguridad con Rusia mediante marcos heredados del espacio postsoviético y, al mismo tiempo, dialogan y negocian con Estados Unidos, Türkiye y la Unión Europea para diversificar mercados, inversiones y proyección internacional.
Sin embargo, el caso de Turkmenistán resulta particularmente revelador pese a su condición de actor clave en las rutas comerciales euroasiáticas y en el mapa energético regional, ha optado por no integrarse en ninguna estructura formal de gobernanza regional, sosteniendo una política exterior de neutralidad permanente que le ha valido ser considerado el país más neutral del mundo.
En África, la Alianza de Estados del Sahel —integrada por Malí, Burkina Faso y Níger— constituye uno de los ejemplos más claros de autoafirmación estratégica y diplomacia de pivoteo en el Sur Global. Estos Estados rompieron de manera frontal con el esquema neocolonial de seguridad impuesto durante décadas por Francia y, más recientemente, por Estados Unidos, expulsando bases militares extranjeras, cancelando acuerdos de defensa asimétricos y denunciando la ineficacia —y el carácter desestabilizador— de las misiones occidentales bajo el pretexto de la “lucha antiterrorista”. En su lugar, recurrieron a cooperación militar con Rusia, buscando capacidades reales para recuperar control territorial y soberanía en contextos de alta presión interna y externa.
Al mismo tiempo, lejos de una alineación rígida o excluyente, los países del Sahel mantienen y amplían vínculos económicos y comerciales con China, especialmente en infraestructura, energía, minería y conectividad, mientras preservan relaciones selectivas con Europa en materias como exportaciones de materias primas, agricultura y comercio regional. Este enfoque pragmático confirma que no se trata de un simple “giro hacia Moscú”, sino de una reconfiguración autónoma de alianzas, donde la seguridad, la economía y la diplomacia se gestionan en circuitos diferenciados. La experiencia saheliana demuestra que incluso Estados históricamente sometidos a tutela externa pueden romper con lógicas de dependencia, redefinir socios y construir esquemas regionales propios, desmintiendo cualquier narrativa que pretenda encasillar el orden mundial actual en una reedición del reparto bipolar o de un hipotético
Arabia Saudita representa otro caso emblemático de diplomacia de pivoteo y autonomía estratégica en el nuevo escenario internacional. Bajo el liderazgo del príncipe heredero Mohammed bin Salman, Riad ha dejado atrás el alineamiento automático con Washington para desplegar una política exterior pragmática, diversificada y soberana, guiada por intereses nacionales de largo plazo. Su incorporación a los BRICS expresa con claridad esta lógica, no como ruptura frontal con Occidente, sino como apuesta por un orden multipolar, ampliando márgenes de negociación financiera, comercial y geopolítica. En esa misma línea se inscribe el abandono progresivo de la exclusividad del petrodólar, aceptando pagos energéticos en otras monedas y abriendo la puerta a mecanismos alternativos que erosionan uno de los pilares históricos del poder estadounidense.
La ASEAN como bloque ejemplifica aún mejor esta dinámica; sus miembros no forman un bloque unificado pro-China o pro-EEUU, sino que cada país calibra individualmente su posición según intereses nacionales. Entre los países miembros de la ASEAN con política exterior propia y soberanas podemos mencionar potencias emergentes como Indonesia y Malasia que juegan un rol sumamente estratégico en la diversificación de la arena internacional.
Esta compleja red de alianzas cruzadas y la mera existencia de estos bloques contradice frontalmente la lógica del reparto en esferas.
Nuestra América y la paradoja de la sobredeterminación
América Latina presenta una paradoja desconcertante en el marco del multipolarismo. Mientras regiones como África y Asia experimentan creciente competencia entre potencias por influencia y recursos, Nuestra América parece retroceder hacia formas renovadas de rebosadas de sobredependencia neocolonial y metacontrol, a Estados Unidos sin que ninguna potencia alternativa —ni China, ni Rusia, ni la UE— ofrezca contrapesos efectivos.
Los últimos años han presenciado una ofensiva conservadora que revirtió avances progresistas; lawfare contra líderes de izquierda, financiamiento de movimientos de ultraderecha, intervenciones en procesos electorales, sanciones unilaterales y bloqueos financieros han reconfigurado el mapa político regional.
La pregunta crítica es; si realmente existiera competencia multipolar, ¿por qué China, siendo el principal socio comercial de Brasil, Argentina, Chile y Perú, no contrarresta estas dinámicas?
Una primera hipótesis sostiene que América Latina simplemente no es prioritaria para otras potencias. China prioriza su entorno inmediato y sus rutas comerciales críticas; Rusia concentra recursos en su cercano extranjero; la UE carece de capacidad proyectiva autónoma. Bajo esta lógica, Washington recuperaría influencia por defecto.
Una segunda hipótesis reconoce asimetrías estructurales persistentes. América Latina sigue atada a Estados Unidos por múltiples vectores; integración económica (USMCA, dolarización), dependencia financiera (FMI, bancos estadounidenses), penetración cultural, redes de élites, bases militares, y sistemas de inteligencia interconectados. Romper estas ataduras requeriría inversión política, económica y de seguridad que otras potencias no están dispuestas a realizar.
Ninguna de estas explicaciones valida la tesis del llamado nuevo Yalta. Al contrario, demuestran que el multipolarismo es desigual y geográficamente fragmentado. La declinación hegemónica estadounidense es real pero no lineal; Washington retiene capacidad de dominio en su hemisferio incluso cuando pierde terreno en Eurasia. Algunas economías regionales con autonomía relativa —México y Brasil— logran márgenes de maniobra limitados, pero la tendencia general es de reconcentracion rederteminacion neocolonial.
La ausencia de una estrategia común, la fragmentación política deliberadamente inducida y la renuncia a mecanismos de integración soberana han impedido que Nuestra América se sume de manera activa al nuevo ciclo de la realidad geopolítica. En lugar de diversificar alianzas, negociar con múltiples polos o diseñar agendas autónomas en energía, comercio y defensa, buena parte de la región refuerza esquemas de dependencia heredados, profundizando una lógica de recolonización económica y cultural. La tragedia es que esta recolonización de Nuestra América ocurre precisamente cuando el orden global se fractura, desperdiciando una ventana histórica para construir autonomía.
Europa y la disolución del sueño occidental
Como señalamos en el artículo «Groenlandia y el último aliento de la humanidad occidental» publicado en PIA Global, ya está rota la idea de Occidente como tal; en este contexto, Europa navega a la deriva, sin cartas de navegación claras y con un timón que otros pretenden manejar desde fuera. El continente enfrenta hoy una disyuntiva estratégica existencial entre continuar como nave auxiliar de Washington, forzada a surcar mares de confrontación permanente con China y Rusia, o atreverse a dar un golpe de timón, redefinir su rumbo y construir una autonomía real mediante la diversificación de socios, si es que aspira a llegar a buen puerto en el nuevo orden internacional en ciernes.
La guerra en Ucrania aceleró esta crisis. Europa asumió costos económicos devastadores —sanciones a Rusia que cortaron energía barata, subsidios masivos a Ucrania, desindustrialización— mientras Estados Unidos se beneficiaba exportando gas licuado a precios exorbitantes.
El “America First” de Donald Trump explicitó una lógica estructural de competencia interimperialista, en la que Estados Unidos dejó en claro que sus intereses nacionales prevalecen incluso sobre los de sus propios “aliados”, desnudando el carácter instrumental de las alianzas occidentales. En Europa, sin embargo, el caso de Gran Bretaña presenta una singularidad: lejos de ser un actor subordinado al entramado continental, Londres impulsa un proyecto postimperial propio, articulado en torno a la Commonwealth, su proyección financiera global y la persistente “relación especial” con Washington. El concepto de Global Britain, consolidado tras el Brexit, no supone un repliegue, sino un intento de reconfigurar su influencia mundial mediante diplomacia activa, acuerdos comerciales selectivos, presencia militar extraterritorial y un rol central en las arquitecturas de seguridad anglosajonas.
En este contexto, el acercamiento de la UE a India cobra sentido estratégico como síntoma. Nueva Delhi ofrece un mercado gigantesco, una economía en crecimiento, y la posibilidad de contrapesar tanto a China como a Estados Unidos sin alinearse plenamente con ninguno. La reciente reunión entre Ursula von der Leyen y Narendra Modi simboliza un reconocimiento tácito dentro de las élites europeas; el sueño de «Occidente» como bloque unificado liderado por Estados Unidos se está disolviendo. Es además un síntoma de la necesidad de Europa de contar con una autodeterminacion y margen de maniobra propia en medio de la perdida de su rol en la arena internacional.
Corresponde señalar que el nivel de intercambio comercial que existe entre China y potencias europeas como Francia y Alemania es formidable; ambos países mantienen fluidos e importantes intercambios comerciales con China que limitan cualquier confrontación total. Esta realidad económica tensiona con las presiones estadounidenses para contener a Beijing.
La aceleración imperial como síntoma de declinación
Cuando hablamos de declive o declinación hegemónica no nos referimos a una implosión súbita ni a un derrumbe inmediato del poder, por si fuera necesario aclarar el sentido del castellano. Hablamos de decadencia estructural, de un proceso gradual en el que el hegemón pierde capacidades relativas, económicas, industriales, tecnológicas, financieras, militares y, sobre todo, de capacidad de ordenar el sistema internacional según sus propios términos.
El poder no desaparece de un día para otro, pero se erosiona, se vuelve más costoso de ejercer y cada vez menos eficaz, obligando a recurrir a la coerción, la sanción o la presión en lugar del consenso y la legitimidad.
El regreso de Donald Trump a la presidencia estadounidense en 2025 ha coincidido con una aceleración vertiginosa de conflictos en múltiples teatros geopolíticos. Lejos de estabilidad, presenciamos apertura simultánea de frentes; intensificación de presiones sobre China (aranceles, restricciones tecnológicas, militarización del Pacífico), escalada en Ucrania, amenazas contra Irán, desestabilización en América Latina, intervención en el Cáucaso, y competencia renovada en África. Esta simultaneidad no es accidental; responde a una lógica de contraofensiva imperial desde la declinación.
Estados Unidos percibe que su ventana de hegemonía indiscutida se está cerrando. China avanza en tecnologías críticas, BRICS expande membresía, el dólar enfrenta desafíos incipientes (aumento del valor de la plata y el oro), y alianzas estadounidenses muestran fatiga. Ante este panorama, la estrategia parece ser imponer costos máximos a rivales en todos los frentes disponibles, intentando retrasar la reconfiguración multipolar.
Trump, pese a su retórica aislacionista, ejecuta una política exterior agresivamente intervencionista; sus amenazas de anexar Groenlandia como estado 51, Canadá como estado 52, recuperar el Canal de Panamá, y controlar recursos energéticos ajenos expresan una mentalidad imperial que no acepta límites a la proyección de poder estadounidense en su búsqueda de asegurarse cadenas de suministros.
Pese a su agresividad, la contraofensiva imperial estadounidense enfrenta límites estructurales crecientes. Sobreextensión; abrir frentes simultáneos dispersa recursos y atención, creando vulnerabilidades. Fatiga de aliados; europeos cuestionan costos de subordinación, Corea del Sur y Japón resienten presiones para confrontar a China (su principal socio comercial), países del Golfo buscan autonomía.
En este aspecto existen contramedidas asimétricas; China responde con política industrial agresiva y sustitución tecnológica, Rusia se adapta a sanciones mediante reorientación hacia Asia, Irán consolida influencia regional. En simultaneo, Estados Unidos enfrenta un declive interno del cual la gestión Trump no solo no ha podido solucionar sino que las ha expandido entre ellas podemos mencionar la desindustrialización, endeudamiento explosivo, polarización política interna extrema, guerra civil híbrida en desarrollo y erosión de infraestructura que son claros síntomas de la actualidad de la metropolis imperial.
La aceleración de frentes bajo Trump, entonces, no es signo de fortaleza sino de urgencia. Es el movimiento de una potencia que sabe que el tiempo corre en su contra y busca desesperadamente reconfigurar el tablero antes de que sea demasiado tarde. Una potencia genuinamente segura no necesita abrir conflictos simultáneos en todos los continentes. Esta hiperactividad es síntoma de declinación, no de control.
El multipolarismo como horizonte conflictivo
La tesis del «nuevo Yalta» se revela, como ya dijimos, como una construcción analítica que responde más a deseos de predictibilidad que a evidencia empírica. No existe acuerdo de reparto de esferas de influencia entre Estados Unidos y Rusia, eventualmente con o sin China. Las potencias no han renunciado a competir globalmente. Estados Unidos no acepta zonas de influencia ajenas como legítimas. Rusia y China aún carecen de capacidad o voluntad para desafiar frontalmente la hegemonía estadounidense en todos los teatros. Potencias medias y países en desarrollo maniobran activamente para maximizar autonomía.
Lo que presenciamos no es la consolidación de un nuevo orden bipolar o tripolar, sino la descomposición conflictiva del orden unipolar sin que haya emergido aún una arquitectura multipolar estable. Este período de transición se caracteriza por contradicciones agudas; injerencias que violan supuestas esferas (corredor Zangezur, Asia Central), pasividad desconcertante donde esperaríamos competencia (Gaza), sobredeterminación neocolonial en regiones periféricas (Nuestra América), y aceleración de conflictos por parte de la potencia hegemónica declinante.
Antonio Gramsci lo planteó con precisión; «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro nacen los monstruos». Esos monstruos son precisamente las guerras, los genocidios, la conflictividad dramática que caracteriza este momento histórico. No corresponde hacerse ilusiones con una transición armónica hacia el multipolarismo.
Justamente esta conflictividad dramática da cuenta de ese tránsito, de esa crisis orgánica donde lo viejo —el orden unipolar estadounidense— no termina de morir y lo nuevo —el orden multipolar— no termina de nacer. Las guerras en Ucrania, Gaza, el Sahel, las tensiones en el Pacífico, la escalada en el Cáucaso, no son aberraciones ni accidentes; son la expresión de un orden que se resiste a morir y de otro que lucha por nacer.
El multipolarismo no debe entenderse como un estado ya alcanzado, sino como un proceso histórico en desarrollo; contradictorio, desigual y abierto. China es ya una potencia consolidada, no emergente; al igual que Rusia mantiene capacidades significativas pese a sanciones; India crece y se posiciona; Turquía proyecta influencia regional; Irán resiste y avanza; la Alianza del Sahel desafía presencia occidental en África. Las potencias medias (Vietnam, Indonesia, México, Brasil) adquieren márgenes de maniobra inéditos, aunque operen bajo restricciones estructurales. Las periferias permanecen mayoritariamente subordinadas, aunque con focos de resistencia.
La urgencia con que algunos analistas proclaman el fin de la posibilidad del multipolarismo o el fin de la ilusión multipolar revela ansiedad ante la incertidumbre. Prefieren la estabilidad imaginaria de la subordinación a la complejidad de un mundo en transformación. Esta postura no es políticamente neutral; naturaliza jerarquías, desactiva proyectos de soberanía, legitima resignación.
Por lo cual la tarea en estos tiempos no es decretar prematuramente el fin del multipolarismo ni apostar ingenuamente a que potencias como China o Rusia rescatarán automáticamente a las periferias. Nuestra tarea es reconocer la fluidez del momento, identificar contradicciones aprovechables, construir capacidades endógenas de resistencia y transformación, y fortalecer alianzas Sur-Sur que disputen los términos del orden emergente.
La declinación de un hegemon sin sucesores claros es precisamente el escenario que abre posibilidades multipolares. El «nuevo Yalta» es un mito consolador que oculta la realidad de un mundo en disputa. El multipolarismo no ha sido sepultado; está en construcción, mediante luchas, contradicciones y resistencias.
Nuestra tarea es intervenir en esa construcción, no desde la ilusión de que el orden multipolar será automáticamente más justo, sino desde el reconocimiento de que solo abre posibilidades que luego debemos disputar políticamente.
El mundo no está repartido. La historia no ha terminado.
* Dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global.
* Experto en Relaciones Internacionales y Experto en Análisis de Conflictos Internacionales, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Geopolítica por la ESADE, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk. Miembro del equipo de PIA Global.